Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 26
Que pueda el principio pensador del hombre ser empujado hasta nivel tan bajo, pueda ser arrastrado y agarrotado allí por las obscuras tiranías de la fatalidad; que pueda quedar sujeto á lazos desconocidos en ese principio, es desconsolador.
¡Oh pobre pensamiento de los miserables!
¡Ay! ¿No acudirá nadie en socorro del alma humana entre las sombras? ¿Es acaso su destino esperar allí por siempre jamás al espíritu, al libertador, al inmenso jinete de los pegasos y de los hipogrifos, al caballero de color de aurora, que desciende del empíreo entre dos alas, al radiante caballero del porvenir?
¿Tendrá ella que llamar siempre inútilmente en su auxilio la lanza de luz del ideal?
¿No hay ya para esa pobre alma aherrojada más que el sudario de la materia, las ignominias del oprobio?
¿Está condenada á oir llegar espantosamente en el espesor del abismo al Mal, y entrever, cada vez más cerca, bajo las aguas asquerosas, aquella cabeza draconiana, aquellas fauces arrojando baba, aquella ondulación serpenteante de garras, de hinchamientos y de anillos?
¿Habrá de permanecer allí, sin un rayo de luz, sin una esperanza, entregada á esa aproximación formidable del monstruo, sintiéndola vagamente, temblando, despavorida, retorciendo los brazos, encadenada para siempre á la roca de la noche, sombría Andrómeda, pálida y desnuda en las tinieblas?
III =Germanía que llora y germanía que ríe=
Como se ve, la germanía toda entera, lo mismo la germanía de hace cuatrocientos años que la germanía de hoy día, está penetrada de ese sombrío espíritu simbólico que da á todas las palabras, ora un aspecto dolorido, ora un aire amenazador.
Se adivina en ellas la antigua tristeza feroz de aquellos truhanes del Patio de los Milagros que jugaban á las cartas con naipes peculiares suyos, de los cuales se han conservado algunos.
El ocho de bastos, por ejemplo, representaba un gran árbol con ocho hojas enormes de trébol, especie de personificación fantástica de la selva.
Al pie de ese árbol se veía una hoguera en que tres liebres asaban á un cazador puesto en su asador, y detrás, en otra hoguera, una marmita humeante, de la que salía la cabeza de un perro.
Nada tan lúgubre como esas represalias en pintura, en una baraja de naipes, teniendo á la vista las hogueras en que se quemaba á los contrabandistas y las calderas en que se cocía á los monederos falsos.
Las diversas formas que tomaba el pensamiento en el reino de la germanía, hasta la canción, hasta la burla, hasta la amenaza, tenían todas ese carácter impotente y humillado.
Todos los cantares, de los que se han recogido algunas melodías, eran humildes y lastimeros hasta hacer llorar.
El _pigre_ llama el _pobre pigre_, y siempre es la liebre que se esconde, el ratón que se escapa, el pájaro que huye.
Apenas reclama, se concreta á suspirar; uno de sus gemidos ha llegado hasta nosotros:
_Je n'entrave que le dait comment meck, le daron des orgues, peut atigen ses mômes et ses momignards el les locher criblant sans être agité lui-même_ (No comprendo cómo Dios, padre de los hombres, puede atormentar á sus hijos y á sus pequeñuelos, y oirlos gritar sin atormentarse á sí mismo).
El miserable, siempre que tiene ocasión de pensar, se hace pequeño ante la ley y raquítico ante la sociedad; se está boca abajo, suplica, se vuelve del lado de la piedad; se le ve reconocer su falta.
Hacia mediados del último siglo verificóse un cambio. Los cánticos de las cárceles, los ritornelos de los ladrones tomaron, por así decirlo, un gesto característico y jovial. El plañidero _maluré_ fué reemplazado por _larifla_.
Encuéntrase en el siglo XVIII, en casi todas las canciones de las cárceles y presidios, como entre las chusmas, una alegría diabólica y enigmática.
Se oye allí este estribillo estridente y saltón que parece iluminado por una luz fosforescente y como arrojado en el bosque por un fuego fatuo, tocando el pífano:
Mirlababi surlababo, Mirliton ribonribette Surlababi mirlababo, Mirliton ribonribo.
Esto se cantaba degollando á un hombre en una cueva ó en un rincón de un bosque.
Síntoma grave. En el siglo XVIII disípase la antigua melancolía de esas clases doloridas.
Sueltan la carcajada; búrlanse del gran _meg_ (Dios) y del gran _dab_ (rey).
Al darles á Luis XV, llaman al rey de Francia «marqués de Pantin». Y están ya casi alegres.
Sale de esos miserables una especie de luz ligera, como si ya nada les pasase en la conciencia.
Esas tribus lamentables de la sombra no tienen ya únicamente la audacia de las acciones, sí que también la audacia negligente del ingenio; indicio de que van perdiendo el sentimiento de su criminalidad, y de que comprenden que hasta entre los pensadores y los reflexivos encuentran cierto apoyo, aunque indefinible todavía.
Indicio de que el robo y el pillaje comienzan á infiltrarse hasta con doctrinas y sofismas, que les hacen perder algo de su fealdad, prestando una gran parte á los sofismas y á las doctrinas.
Indicio, en fin, de que si no surge alguna diversión, está cercana alguna explosión prodigiosa.
Detengámonos un momento.
Señalaremos un hecho.
¿Á quién acusamos aquí? ¿Es al siglo XVIII? ¿Es á su filosofía?
No por cierto.
La obra del siglo XVIII es sana y buena. Los enciclopedistas, con Diderot á la cabeza; los fisiócratas, con Turgot á la cabeza; los filósofos, con Voltaire á la cabeza; los utopistas, con Rousseau á la cabeza, son las cuatro legiones sagradas á las que debe la humanidad su inmenso avance hacia la luz.
Son las cuatro vanguardias del género humano en dirección á los cuatro puntos cardinales del progreso: Diderot hacia todo lo bello, Turgot hacia lo útil, Voltaire hacia lo verdadero, Rousseau hacia lo justo.
Pero al lado, y por bajo de los filósofos había los sofistas, vegetación venenosa mezclada con la frondosidad saludable, cicuta de la selva virgen.
Mientras que el verdugo quemaba en la escalera principal del Palacio de Justicia los grandes libros libertadores del siglo, escritores hoy día olvidados publicaban, con privilegio del rey, cierta clase de escritos extrañamente desorganizadores, ansiosamente leídos por los miserables.
Algunas de esas publicaciones, cosa singular, patrocinadas por un príncipe, se encuentran en la _Biblioteca secreta_.
Estos hechos, profundos pero ignorados, pasaban desapercibidos en la superficie. Á veces, la obscuridad misma de un hecho es la que constituye su peligro. Es obscuro, porque es subterráneo.
De todos los escritores, el que quizá ahondó más entonces en las masas la galería menos sana, fué Restif de la Bretonne.
Este trabajo, peculiar á toda Europa, hizo más estragos en Alemania que en ninguna otra parte.
En Alemania, durante cierto período, resumido por Schiller en su drama famoso de _Los bandidos_, el robo y el pillaje se erigían en protesta contra la propiedad y el trabajo; se asimilaban ciertas ideas elementales, espaciosas y falsas, justas en apariencia, absurdas en realidad; se envolvían con esas ideas, desaparecían en cierto modo de ellas, tomaban un nombre abstracto y pasaban al estado de teoría; y de esa manera circulaban en las multitudes laboriosas, pacientes y honradas, sin notarlo siquiera ni los químicos imprudentes que habían preparado la mixtura, ni las masas que la absorbían.
Siempre que se produce un hecho de esta índole, resulta grave.
El sufrimiento engendra la cólera; y mientras las clases prósperas se ciegan ó se adormecen, lo cual es siempre cerrar los ojos, el odio de las clases desgraciadas enciende su tea á la luz de algún ánimo disgustado ó contrahecho que medita en un rincón, y se pone á examinar la sociedad.
El examen del odio, ¡cosa terrible!
De ahí provienen, si la desgracia de los tiempos lo quiere, esas aterradoras conmociones que se llamaban antiguamente _jacquerías_, junto á las cuales las agitaciones puramente políticas son juegos de niños, porque no son ya la lucha del oprimido contra el opresor, sino la rebelión de la estrechez contra el bienestar. Todo se derrumba entonces.
Las _jacquerías_ son temblores del pueblo.
Ese peligro, inminente quizá en Europa hacia fines del siglo XVIII, fué el que vino á paralizar la Revolución francesa, ese acto inmenso de probidad.
La Revolución francesa, que no es otra cosa que lo ideal armado de la cuchilla, se levanta, y con un solo movimiento brusco cierra la puerta del mal abriendo la del bien.
Deslinda la cuestión, promulga la verdad, expulsa el miasma, sanea el siglo y corona al pueblo.
Puede decirse de ella que ha creado al hombre por segunda vez, dándole una segunda alma: el derecho.
El siglo XIX hereda y se aprovecha de su obra; y hoy día la catástrofe social que indicábamos anteriormente, es simplemente imposible. ¡Ciego es quien la acusa! ¡Necio quien la teme! La Revolución es la vacuna de la _jacquería_.
Gracias á la Revolución, las condiciones sociales han cambiado. Las enfermedades feudales y monárquicas no están ya en nuestra sangre. No hay ya Edad Media en nuestra constitución.
No estamos ya en los tiempos en que espantosos hormigueos interiores producían irrupciones en que se oía bajo los pies la carrera obscura de un ruido sordo, en que aparecían á la superficie de la civilización indefinibles levantamientos de galerías de topos, en que se agrietaba el suelo, en que se abría el techo de las cavernas, y en que de repente se veía salir de la tierra cabezas monstruosas.
El sentido revolucionario es un sentido moral.
El sentimiento del derecho, desarrollado, desarrolla el sentimiento del deber.
La ley de todos es la libertad, que concluye donde empieza la libertad de otro, según la admirable definición de Robespierre.
Desde 1789, el pueblo todo entero se dilata en el individuo sublimado; no hay pobre que, teniendo su derecho, no tenga su irradiación; el hambriento siente sobre sí la honradez de la Francia; la dignidad de ciudadano es una armadura interior; el que es libre, es escrupuloso; el que vota, reina.
De ahí la incorruptibilidad; de ahí el aborto de las ambiciones funestas; de ahí los ojos heroicamente bajos ante las tentaciones.
El saneamiento revolucionario es tal, que en un día de emancipación, en un 14 de julio, ó en un 10 de agosto, no hay ya populacho. El primer grito de las muchedumbres iluminadas y engrandecidas es: «¡Muera el ladrón!».
El progreso es hombre y es honrado; lo ideal y lo absoluto no sirven ya de tapujo.
¿Por quiénes fueron escoltados en 1848 los furgones que contenían las riquezas de las Tullerías? Por los traperos del barrio de San Antonio.
El andrajo dió la guardia al tesoro. La virtud hizo resplandecer á los harapientos.
Estaba allí, en aquellos furgones, en cajas apenas cerradas, algunas hasta entreabiertas, entre cien estuches deslumbradores, la antigua corona de Francia, toda de diamantes, teniendo por remate el carbunclo real del regente, que valía treinta millones de francos; y guardaban ellos, con los pies descalzos, aquella corona.
Nada, pues, de _jacquería_. Lo siento por los hábiles, puesto que desaparece en último término ese antiguo coco, y ya en adelante no podrá nadie servirse de él en política.
Se ha roto el gran resorte del espectro rojo. Y todo el mundo lo sabe. El espantajo ya no espanta á nadie.
Los pájaros se permiten familiaridades con el maniquí, los estiércoles le caen encima, los burgueses se ríen á su pie.
IV =Los dos deberes: velar y esperar=
Siendo esto así, se ha disipado en verdad todo peligro social.
No hay ya _jacquería_; la sociedad puede estar tranquila por este lado; no se le subirá ya la sangre á la cabeza; pero medite como respira.
La apoplejía no es de temer, pero sí la tisis.
La tisis social se llama miseria.
Lo mismo se muere minado que aplastado.
No nos cansaremos de repetirlo: pensar ante todo en la multitud desheredada y dolorida, consolarla, darle aire y luz, amarla, ensanchar magníficamente su horizonte, prodigarle la educación bajo todas sus formas, ofrecerle el ejemplo del trabajo, nunca el de la ociosidad, aminorar el peso de la carga individual aumentando la noción del fin universal, limitar la pobreza sin limitar la riqueza, crear vastos campos de actividad pública y popular, tener, como Briareo, cien manos que tender por todas partes á los débiles y á los oprimidos, emplear el poder colectivo en ese gran deber de abrir talleres á todos los brazos, escuelas á todas las aptitudes y laboratorios á todas las inteligencias, aumentar el salario, disminuir el trabajo, equilibrar el debe y haber, es decir, proporcionar el goce al esfuerzo y la saciedad á la necesidad; en una palabra, hacer despedir al aparato social en provecho de los que padecen y de los que ignoran; más luz y bienestar; tal es, y no lo olviden las almas simpáticas, la primera de las obligaciones fraternales; tal es, y sépanlo los corazones egoístas, la primera de las necesidades políticas.
Y digámoslo también, todo ello no es más que un principio.
La verdadera cuestión es ésta: el trabajo no puede ser una ley sin ser un derecho.
No insistimos más, porque no es éste el lugar de hacerlo.
Si la naturaleza se llama Providencia, la sociedad debe llamarse Previsión.
El acrecentamiento intelectual y moral no es menos indispensable que el mejoramiento material.
El saber es un viático; el pensar es de primera necesidad; la verdad es un alimento como el trigo.
Una inteligencia falta de saber y de reflexión, se debilita.
Si hay algo más doloroso que un cuerpo agonizante por falta de alimento, es un alma que se muere de hambre de luz.
El progreso entero tiende hacia la solución de esos problemas.
Llegará un día en que todo el mundo se asombre.
El género humano, subiendo siempre, conseguirá que las capas más profundas salgan naturalmente de la zona de la desgracia.
La desaparición de la miseria se hará por una simple elevación de nivel.
No es cuerdo dudar de esta solución bendita.
Es verdad que lo pasado tiene mucha vida aún á la hora en que escribimos. Es más, revive.
Este rejuvenecimiento de un cadáver es cosa sorprendente. Anda y se acerca; parece triunfante; ese muerto es un conquistador.
Lleva con su legión las supersticiones; con su espada, el despotismo; con su bandera, la ignorancia: en poco tiempo ha ganado diez batallas; avanza, amenaza, se ríe y está á nuestras puertas.
En cuanto á nosotros, no por eso desesperamos. Vendamos el terreno donde acampa Aníbal.
Nosotros, los que creemos, ¿qué podemos temer?
No hay retroceso de ideas, como no lo hay de ríos.
Pero que reflexionen los que no quieren el porvenir. Diciendo _no_ al progreso, no es el porvenir lo que condenan, sino á sí mismos.
Se crean una enfermedad sombría; se inoculan el mal de lo pasado.
No hay más que una manera de negarse á ser _mañana_: morir.
Pero nosotros no queremos ninguna muerte: la del cuerpo, lo más tarde posible; la del alma, nunca.
Sí, el enigma dirá su palabra; hablará la esfinge; el problema se resolverá.
Sí, el pueblo bosquejado por el siglo XVIII, será acabado por el siglo XIX.
¡Quien lo dude será un idiota!
La perfección futura, el estado próximo del bienestar universal, es un fenómeno divinamente fatal.
Los hechos humanos están regidos por inmensos impulsos simultáneos que los conducen á todos, y en tiempo dado, al estado lógico; es decir, al equilibrio; ó mejor á la equidad.
Una fuerza terrena y celestial á la vez, surge de la humanidad, y la gobierna; esta fuerza hace milagros; para ella los desenlaces maravillosos no son más difíciles que las peripecias extraordinarias.
Auxiliada por la ciencia, que viene del hombre, y por el éxito que viene de otra parte, se asusta poco de esas contradicciones en la enunciación de los problemas que le parecen imposibles al vulgo.
No es menos hábil para sacar una solución del contraste de las ideas que una enseñanza del contraste de los hechos; y todo se puede esperar de ese misterioso poder del progreso, que el mejor día pone al Oriente frente al Occidente en el fondo de un sepulcro, y hace conversar á los imanes con Bonaparte en lo interior de la gran pirámide.
Entre tanto, no nos paremos, no vacilemos, no nos detengamos en la grandiosa marcha de las inteligencias.
La filosofía social es esencialmente la ciencia y la paz; tiene por objeto y debe tener por resultado el disolver las iras por medio del estudio de los antagonismos. Examina, escudriña, analiza, y después recompone; procede por vía de reducción, separando siempre el odio.
Que una sociedad desaparezca ante el viento que se desencadena sobre los hombres, lo hemos visto más de una vez; la historia está llena de naufragios de imperios y de pueblos: costumbres, leyes, religiones, todo desaparece el día menos pensado ante lo desconocido, ante el huracán que pasa y lo arrastra todo.
Las civilizaciones de la India, de la Caldea, de la Persia, de la Asiria y de Egipto, han desaparecido unas tras otras.
¿Por qué? Lo ignoramos.
¿Cuáles fueron las causas de esos desastres? No lo sabemos.
¿Habrían podido salvarse esas sociedades? ¿Fué suya la culpa? ¿Han alimentado algún vicio fatal que las ha perdido? ¿En qué cantidad entra el suicidio en esas muertes terribles de una nación y de una raza?
Cuestiones son todas ellas sin respuesta.
La sombra cubre las civilizaciones condenadas.
Hacían agua, puesto que se fueron á pique; no hay por lo tanto nada que decir.
Y vemos con singular asombro, en el fondo de ese mar que se llama lo pasado, detrás de esas olas colosales que se llaman siglos, cómo zozobran esos inmensos buques llamados Babilonia, Nínive, Tarsis, Tebas y Roma, bajo el soplo espantoso que sale de todas las bocas de la obscuridad.
Pero estas tinieblas se quedan allí; aquí tenemos luz.
Ignoramos los males de las civilizaciones antiguas, pero conocemos las enfermedades de la nuestra; en todas partes tenemos sobre ella el derecho de la luz; contemplamos sus bellezas y ponemos al descubierto sus deformidades.
Donde tiene un dolor, le sondeamos; y consignado el padecimiento, el estudio de la causa nos lleva al descubrimiento del remedio.
Nuestra civilización, obra de veinte siglos, es á un tiempo un monstruo y un prodigio; y bien vale la pena de que se la salve. Y se la salvará.
Consolarla, es ya mucho; iluminarla, es algo más.
Todos los trabajos de la filosofía social moderna deben converger hacia ese fin.
El pensador moderno tiene un gran deber: auscultar la civilización.
Lo repetimos: esta auscultación es un estímulo; y con esta insistencia en el estímulo queremos concluir estas páginas, entreacto austero de un drama doloroso.
Bajo la mortalidad social se descubre la inmortalidad humana.
Porque el globo tenga acá ó allá esas heridas que se llaman cráteres, y esos herpes llamados solfataras; porque haya un volcán que se abra y arroje su pus, el globo no muere.
Los males del pueblo no matan al hombre.
Y sin embargo, el que estudia la clínica social tiembla á cada instante.
Los más fuertes, como los más sensibles, como los más lógicos, tienen sus horas de desfallecimiento.
¿Llegará el porvenir?
Parece que bien puede hacerse semejante pregunta cuando se advierten tantas sombras terribles.
Sombras colocadas frente á frente de los egoístas y de los miserables.
Del lado de los egoístas, las preocupaciones, las tinieblas de una educación rica, el apetito aumentado por la embriaguez, un aturdimiento de prosperidad que asombra, el temor de padecer, que en algunos llega hasta la aversión hacia los que padecen, una satisfacción implacable: el _yo_ tan hinchado que cierra las puertas del alma.
Del lado de los miserables, la ambición, la envidia, el odio que se produce viendo gozar á los demás, las profundas sacudidas de la fiereza humana hacia el hartazgo, corazones llenos de bruma, la tristeza, la fatalidad, la necesidad, la ignorancia impura y sencilla.
¿Debemos continuar elevando los ojos al cielo?
El punto luminoso que en él se distingue, ¿es de los que se apagan?
Es horroroso ver así lo ideal perdido en las profundidades, pequeño, aislado, imperceptible, brillante, pero rodeado de todas esas grandes amenazas negras, monstruosamente amontonadas en derredor suyo; y sin embargo, no corre más peligro que el que corre una estrella entre las fauces de una nube.
NOTAS:
[4] El Último Día de un condenado.
[5] Silbaron la comedia.
[6] Ver las estrellas.
LIBRO OCTAVO ENCANTOS Y DESOLACIONES
I =Plena luz=
El lector ha comprendido ya que habiendo conocido Eponina, á través de la verja, al inquilino de la calle Plumet, adonde la había enviado Magnon, había empezado por alejar á los bandidos de la calle Plumet, y luego había llevado allí á Mario; quien, después de muchos días de éxtasis ante aquella verja, arrastrado por la fuerza que impulsa al hierro hacia el imán, y al amante hacia las piedras que forman la casa de su amor, había concluido por entrar en el jardín de Cosette, como Romeo en el jardín de Julieta.
Pero le había sido más fácil que á Romeo, porque éste tuvo que escalar una pared, y Mario no tuvo que hacer más que forzar un poco una de las barras de la decrépita verja, que vacilaba en su alvéolo enmohecido, como los dientes en las encías de los viejos.
Mario era delgado, y pasó fácilmente.
Como jamás había nadie en la calle, y Mario sólo entraba de noche en el jardín, no corría peligro de ser visto.
Á partir de aquella hora bendita y santa en que un beso unió dos almas, Mario seguía yendo todas las noches.
Si en aquel momento de su vida Cosette hubiera caído en el amor de un hombre poco escrupuloso y libertino, se habría perdido; porque hay naturalezas generosas que se entregan por completo, y Cosette era una de ellas.
Una de las magnanimidades de la mujer es ceder.
El amor á esa altura en que es absoluto, se complica con una indefinible y celestial ceguedad del pudor.
¡Y cuántos peligros corréis, oh almas nobles!
Muchas veces dais el corazón y nosotros tomamos el cuerpo; y os queda luego el corazón y le miráis en la sombra estremecidas.
El amor no tiene términos medios; ó pierde ó salva.
El destino humano está encerrado en ese dilema; dilema de perdición ó salud que ninguna fatalidad le establece tan inexorablemente como el amor.
«El amor es la vida, cuando no es la muerte; es cuna, pero ataúd también».
El mismo sentimiento dice sí y no, en el corazón humano.
De todas las cosas que Dios creó, el corazón humano es la que despide más luz; ¡oh sí! pero también más sombra.
Dios quiso que el amor que Cosette encontrase fuese uno de esos amores que salvan.
Durante el mes de mayo de 1832, hubo todas las noches en aquel pobre jardín salvaje, bajo el follaje, cada día más embalsamado y más frondoso, dos seres respirando castidad é inocencia, sumergidos en las felicidades celestes, más cercanos á los arcángeles que á los hombres; puros, castos, embriagados, esplendentes, que brillaban el uno para el otro en las tinieblas.
Parecíale á Cosette que Mario tenía una corona, y á Mario que Cosette tenía un nimbo.
Se acercaban, se miraban, se cogían las manos, se apretaban uno contra otro; pero había una distancia que no atravesaban. Y no era que la respetasen, sino que la ignoraban.
Mario tenía una barrera, la pureza de Cosette; Cosette tenía un apoyo, la lealtad de Mario. El primer beso había sido el último.
Mario después no había pasado de tocar con sus labios la mano, ó el vestido, ó un rizo de los cabellos de Cosette.
Cosette era para él un perfume y no una mujer; la respiraba.
Ella no le negaba nada; él nada la pedía. Ella era feliz y él estaba satisfecho.
Vivían en ese feliz estado, que se podría llamar el deslumbramiento de un alma por un alma.
Era aquello el inefable primer abrazo de dos virginidades en lo ideal; dos cisnes encontrándose en las aguas de la pureza.
En aquella hora del amor en que la voluptuosidad se calla absolutamente bajo el poderío del éxtasis, Mario, el puro y seráfico Mario, hubiera sido más bien capaz de subir á casa de una mujer pública que de levantar el vestido de Cosette á la altura del tobillo.