Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 28

Chapter 283,973 wordsPublic domain

--¡Ah! ¡Vaya! ¡Qué tonta eres!--dijo Babet.

Despachemos,--dijo Gueulemer,--que pueden pasar los corchetes.

La voz del ventrílocuo midió estos versos.

No es día ni es hora ya De gritar papá ó mamá.

Eponina se volvió hacia los cinco bandidos.

--¡Calle! Brujón. Buenas noches, Babet. Buenas noches, Claquesous. ¿No me conocéis ya Gueulemer? ¿Qué tal va, Montparnasse?

--Sí, se acuerdan de ti,--dijo Thénardier.--Pero buenas noches, y largo. Déjanos tranquilos.

--Ésta es la hora de los lobos y no de las gallinas,--dijo Montparnasse.

--Ya ves que tenemos que hacer aquí,--añadió Babet.

Eponina cogió la mano á Montparnasse.

--¡Ten cuidado!--díjole éste.--Te vas á cortar; tengo la navaja abierta.

--Mi querido Montparnasse,--respondió Eponina dulcemente,--es preciso tener confianza en las personas. Yo soy quizá la hija de mi padre. Babet, Gueulemer, á mí es á quien se encargó el dar luz á este negocio.

Es de notar que Eponina no hablaba en germanía. Desde que conocía á Mario se le había hecho imposible este horrible lenguaje.

Apretó con su pequeña mano, huesosa y débil como la de un esqueleto, los gruesos dedos de Gueulemer, y continuó:

--Ya sabéis que no soy tonta. Por lo general se cree lo que digo. Os he prestado servicios algunas veces. Pues bien; me he informado, y os expondríais inútilmente. De seguro. Os juro que no hay nada que hacer en esta casa.

--No hay más que mujeres solas,--dijo Gueulemer.

--No. Los inquilinos se han mudado.

--Pero las luces parece que no,--prorrumpió Babet.

Y enseñó á Eponina al través de la copa de los árboles una luz que se paseaba por la buhardilla del pabellón.

Era la tía Santos, que había velado para poner la ropa blanca á secar.

Eponina intentó un último recurso:

--Pues bien,--dijo;--esta gente es pobrísima, y viven en una casucha donde no hay un ochavo.

--¡Vete al diablo!--exclamó Thénardier.--Cuando hayamos registrado la casa, y puesto la cueva arriba y el granero abajo, ya te diremos lo que hay dentro, y si son francos, monedas ó sueldos.

Y la empujó para pasar adelante.

--Mi buen amigo Montparnasse,--dijo Eponina,--á vos os lo ruego; vos que sois un buen muchacho; no entréis.

--Ten cuidado; mira que te vas á cortar,--respondió Montparnasse.

Thénardier añadió con su acento decisivo:

--Lárgate, muchacha, y deja á los hombres que hagan su negocio.

Eponina soltó la mano, que había vuelto á coger á Montparnasse, y dijo:

--¿Os empeñáis, pues, en entrar en esta casa?

--Algo hay de eso,--contestó el ventrílocuo con acento burlón.

Entonces ella se recostó en la verja, hizo frente á los seis bandidos armados hasta los dientes, y que parecían en la noche unos demonios, y dijo con voz firme y baja:

--Pues bien; yo no quiero.

Ellos se detuvieron estupefactos.

El ventrílocuo, sin embargo, acabó su risa burlona.

Ella continuó:

--Amigos, oid bien. La cosa cambia de aspecto. Ahora hablo yo. Si entráis en el jardín, si tocáis á esta verja, yo grito, golpeo en las puertas, despierto á la vecindad, y hago que os prendan á los seis, llamando á los agentes de policía.

--Y lo hará como lo dice,--dijo Thénardier en voz baja á Brujón y al ventrílocuo.

Ella meneó la cabeza, y añadió:

--¡Empezando por mi padre!

Thénardier se aproximó á ella.

--No tan cerca, buen hombre,--le dijo Eponina.

Él retrocedió, murmurando entre dientes:

--Pero, ¿qué es lo que tiene esta chica?

Y añadió:

--¡Perra!

Echándose á reir de una manera terrible.

--Seré lo que queráis, pero no entraréis. No soy hija de perro, puesto que soy hija de lobo. Sois seis; ¿y eso qué importa? Sois hombres; pues bien, yo soy mujer. No me dais miedo; marchaos, os digo que no entréis en esta casa; porque no quiero. Si os acercáis, ladro. Ya os lo he dicho; el cab (perro) soy yo, y no me importáis todos juntos un bledo. Seguid vuestro camino adelante, que ya me fastidiáis. Idos donde queráis, pero no vengáis aquí, os lo prohíbo. Vosotros á puñaladas y yo á zapatazos; me es igual. ¡Adelante pues!

Y dió un paso hacia los bandidos; estaba espantosa, y soltó una carcajada.

--¡Caramba! Que no tengo miedo. En verano tendré hambre, en invierno tendré frío. ¡Serán fanfarrones estos brutos de hombres creyéndose que inspiran miedo á una mujer! ¿De qué? ¡Miedo! ¡Ah! Sí. ¡Vaya! ¡Por qué tenéis queridas torpes que se esconden debajo de la cama cuando ahuecáis la voz! ¡Por eso! ¡Yo no tengo miedo de nada!

Y mirando fijamente á Thénardier, añadió:

--¡Ni aún de vos, padre!

Luego prosiguió, paseando sobre los bandidos sus sangrientas pupilas de espectro:

--¡Qué me importa á mí que me recojan mañana del arroyo de la calle Plumet, asesinada á puñaladas por mi padre, ó que me encuentren dentro de un año en las redes de Saint Cloud, ó en la isla de los Cisnes, en medio de tapones de corcho podridos y de perros ahogados!

Le fué preciso detenerse aquí; la había acometido una tos seca; su aliento salía como un estertor de su pecho angosto y débil.

Luego repuso:

--No tengo que hacer más que gritar, y vienen, y pataplum. Sois seis; yo soy todo el mundo.

Thénardier hizo un movimiento cauteloso para acercarse á Eponina.

--¡No os acerquéis!--gritó ella.

Thénardier se detuvo y la dijo con dulzura:

--Pues bien; no, no me acercaré; pero no hables tan alto. Hija, ¿quieres que no trabajemos? Tenemos que ganarnos la vida. ¿No tienes ya cariño á tu padre?

--Me aburrís,--dijo Eponina.

--Pero es preciso que vivamos, que comamos...

--¡Reventad!

Y esto diciendo, se sentó en el estribo de la verja, cantando:

Mi brazo gordito, Mi pierna bien hecha Y el tiempo perdido.

Tenía el codo puesto sobre la rodilla y la barba sobre la mano, meneando el pie con aire de indiferencia.

Su vestido roto dejaba ver sus descarnadas clavículas.

Un farol cercano iluminaba su actitud y su perfil; no podía verse nada más resuelto y sorprendente.

Atónitos los seis ladrones, y sombríos de que los tuviera así en jaque una mujer, se retiraron á la sombra que proyectaba el farol, y allí celebraron una especie de consejo con movimientos de hombro, humillados y furiosos.

Ella entre tanto los miraba con aire pacífico y esquivo.

--Algo le pasa,--dijo Babet.--¿Qué razón? ¿Estará tal vez enamorada del perro? ¡Lástima es que perdamos esto! Dos mujeres, un viejo que vive en el fondo del patio, buenos cortinajes en las ventanas. El viejo debe ser un quirol (judío). ¡El negocio no me parece despreciable!

--Pues bien; entrad vosotros,--dijo Montparnasse.--Yo me quedaré con la muchacha; y si chista...

É hizo relucir á la luz del farol la navaja que llevaba abierta en la manga.

Thénardier no decía palabra, y parecía dispuesto á todo.

Brujón que tenía algo de oráculo, y que, como ya hemos dicho, era el «inventor del golpe», no había hablado aún, y parecía pensativo. Estaba por no retroceder ante ningún obstáculo sabiéndose, como se sabía, que había robado sólo por bravear, uno de los cuartelillos de la policía. Además, hacía versos y canciones, lo que le daba mucha autoridad entre sus compañeros.

Babet le preguntó:

--¿Y tú no dices nada, Brujón?

Brujón permaneció un instante silencioso; después movió la cabeza en diversos sentidos, decidiéndose por fin á levantar la voz:

--Vamos á ver: esta mañana tropecé con dos gorriones picoteándose; esta noche tropiezo con una mujer que riñe. Todo esto es de mal augurio. Vámonos.

Y se fueron.

Al marcharse, Montparnasse murmuró:

--Es igual; pero si hubieran querido, yo le habría dado el golpe de gracia.

Babet respondió:

--Yo no. Siempre guardo respeto á las espaldas de las damas.

Al estar en el extremo de la calle se pararon, y en voz sorda cambiaron entre sí este diálogo enigmático:

--¿Adónde iremos á dormir esta noche?

--Debajo de Pantin (París).

--¿Llevas la llave de la reja, Thénardier?

--¡Diantre!

Eponina, que no apartaba de ellos la vista, les vió tomar el camino por donde habían venido.

Después se levantó, y arrastrándose detrás de ellos arrimada á las paredes y á las casas, fué siguiéndoles hasta el boulevard.

Allí se separaron; y vió á aquellos seis hombres perderse en la obscuridad, como fundiéndose entre las sombras.

V =Cosas de la noche=

Después de marcharse los bandidos, la calle de Plumet volvió á tomar su tranquilo aspecto nocturno.

Lo que acababa de pasar en aquella calle no habría asombrado en un bosque.

El arbolado, los sotos, los brezos, las ramas ásperamente cruzadas, las hierbas crecidas, todo eso existe de una manera sombría; el hormigueo salvaje entrevé allí las súbitas apariciones de lo invisible; lo que está por debajo del hombre distingue á través de la bruma lo que está por encima del mismo; y las cosas ignoradas de nosotros, los vivos, se miran allí cara á cara, en la noche.

La naturaleza erizada y feroz se asusta á la aproximación de ciertas cosas en que ella cree adivinar lo sobrenatural.

Las fuerzas de la sombra se conocen, y tienen entre sí misteriosos equilibrios.

Los dientes y las garras temen lo que es inasible.

La bestialidad sedienta de sangre, los voraces apetitos hambrientos en busca de la presa, los instintos armados de uñas y mandíbulas, que tienen el vientre por principio y por fin, miran y husmean con inquietud el impasible perfil del espectro vagando bajo un sudario, de pie, envuelto en su temblorosa hopalanda, el cual les parece vivir una vida muerta y terrible.

Semejantes brutalidades, que no son sino materia, temen confusamente tener que habérselas con la inmensa obscuridad condensada en un ser desconocido.

Una figura negra, atravesándosele al paso, detiene instantáneamente á una bestia feroz.

Lo que sale del cementerio intimida y desconcierta á lo que surge del antro; lo feroz tiene miedo de lo siniestro; los lobos retroceden ante el encuentro de una boca abierta.

VI =Mario retrocede hasta la realidad, llegando á dar las señas de su casa á Cosette=

Mientras que aquella perra con figura humana daba la guardia en la verja y los seis bandidos retrocedían ante una mujer, Mario permanecía al lado de Cosette.

Nunca había estado el cielo tan estrellado y hermoso, ni los árboles tan temblorosos, ni las plantas tan embalsamadas; nunca los pájaros se habían dormido entre las hojas con más suave arrullo; nunca todas las armonías de la serenidad universal habían correspondido mejor á las melodías interiores del amor; nunca Mario había estado tan conmovido, tan feliz, tan extasiado. Pero había encontrado triste á Cosette.

Cosette había llorado; tenía los ojos encarnados.

Aquélla era la primera nube de su admirable sueño.

Las primeras palabras de Mario fueron:

--¿Qué tienes?

Ella respondió:

--¡Ya verás!

Después sentóse ella en el banco junto á la escalinata; y mientras que él se sentaba á su lado tembloroso, continuó así:

--Mi padre me ha dicho esta mañana que estuviese dispuesta, porque tenía negocios que tal vez nos harían partir.

Mario se estremeció de pies á cabeza.

Al fin de la vida, morir es partir; pero al principio, partir es morir.

Hacía unas seis semanas que Mario, poco á poco, lentamente, por grados, iba tomando cada día posesión de Cosette, posesión enteramente ideal, pero profunda.

Como hemos dicho ya, en el primer amor se toma el alma antes que el cuerpo; después se toma el cuerpo antes que el alma, y aún algunas veces no se llega á tomar del todo el alma.

Los Foblás y los Proudhomme añaden: «porque no la hay»; pero el sarcasmo es, afortunadamente, una blasfemia.

Mario, pues, poseía á Cosette como poseen los espíritus; pero la envolvía con toda su alma, y la poseía con increíble convicción.

Poseía su sonrisa, su aliento, su perfume; las irradiaciones profundas de sus ojos azules, la suavidad de su cutis cuando le tocaba la mano, la encantadora señal que tenía al cuello, todos sus pensamientos.

Habían convenido en no dormirse jamás sin soñar el uno con el otro, y se habían cumplido la palabra.

Poseía, pues, todos los sueños de Cosette.

La miraba sin cesar; movía á veces con su aliento los ligeros y nacientes cabellos que aterciopelaban la nuca de Cosette, y se decía, que no había ni uno solo de aquellos cabellos que no perteneciese á Mario.

Contemplaba y adoraba todo lo que ella se ponía; el lazo de cintas, sus guantes, sus adornos, sus botitas como objetos sagrados de su pertenencia.

Pensaba que era el dueño de aquellos lindos peines de concha que ostentaba en la cabeza; y aún se decía, por un sordo y confuso murmullo de deleite que se dejaba sentir, que no había ni un solo hilo de su vestido, ni un punto de sus medias, ni un pliegue de su corsé que no fuese suyo.

Junto á Cosette se consideraba cerca de su bien, cerca de su felicidad, cerca de su dueña y de su esclava.

Parecía que habían mezclado sus almas de tal modo, que si hubiesen querido volver á tomar cada uno la suya, les habría sido imposible conocerlas.

Habrían tenido que disputar:

--Ésta es la mía.

--No; es la mía.

--Te aseguro que te engañas.

--Ése soy yo.

--Lo que tomas por tuyo es mío.

Mario era un algo que formaba parte de Cosette; Cosette era otro algo que formaba parte de Mario.

Mario conocía que Cosette vivía en él; tener á Cosette, poseerla, no era para él distinto de respirar.

En medio de aquella fe, de aquella embriaguez, de aquella posesión virginal, inaudita y absoluta, de aquella soberanía, cayeron estas palabras: «Vamos á partir». La agreste voz de la realidad le gritó: «¡Cosette no es tuya!».

Mario despertó.

Hacía seis semanas que vivía, como hemos dicho, fuera de la vida; esta palabra, ¡partir! le hizo volver á ella violentamente.

No halló una palabra que responder; Cosette sintió solamente que su mano estaba helada, y le dijo á su vez:

--¿Qué tienes?

Él respondió tan bajo, que apenas lo oyó Cosette.

--No comprendo lo que has dicho.

Y ella añadió:

--Esta mañana, mi padre me ha dicho que tenga prontas todas mis cosas, y esté dispuesta para partir; que prepare mi ropa para encerrarla en una maleta, que se veía obligado á hacer un viaje; que teníamos que partir; que necesitábamos una maleta grande para mí, y otra pequeña para él, y que lo preparase todo en una semana, porque tal vez iríamos á Inglaterra.

--¡Pero eso es monstruoso!--exclamó Mario.

Y ciertamente, en aquel momento, en el ánimo de Mario ningún abuso de poder, ninguna violencia, ninguna abominación del más atroz tirano, ninguna acción de Busiris, de Tiberio ó de Enrique VIII hubiera igualado en ferocidad á ésta: El señor Fauchelevent se lleva á su hija á Inglaterra, porque tiene allí negocios.

Preguntó, pues, con voz débil:

--¿Y cuándo partirás?

--No lo ha dicho.

--¿Y cuándo volverás?

--No lo ha dicho.

Mario se levantó y dijo fríamente:

--Cosette, ¿iréis?

Cosette volvió hacia él sus hermosos ojos preñados de angustia, respondiendo con acento extraviado:

--¿Adónde?

--Á Inglaterra. ¿Iréis?

--¿Por qué me hablas de vos?

--Os pregunto si iréis.

--¿Qué quieres que haga?--dijo ella juntando las manos.

--¿Es decir, que iréis?

--¡Si va mi padre!

--¿Iréis, pues?

Cosette tomó la mano á Mario estrechándola sin responder.

--Está bien,--dijo Mario.--Entonces yo me iré á otra parte.

Cosette sintió, más bien que comprendió, el significado de esta frase de despecho ó de amenaza; palideciendo con la conmoción de modo que su rostro apareció blanco en la obscuridad, y balbuceó:

--¿Qué quieres decir?

Mario la miró; luego alzó lentamente los ojos hacia el cielo, y respondió:

--Nada.

Cuando bajó los párpados, vió que Cosette se sonreía mirándole.

La sonrisa de la mujer amada tiene una claridad que desvanece las tinieblas.

--¡Qué tontos somos! Mario, se me ocurre una idea.

--¿Cuál?

--¡Parte, si partimos los dos! Te diré dónde. Ven á buscarme donde esté.--Mario era entonces un hombre completamente despierto. Había vuelto á la realidad; y dijo á Cosette:

--¡Partir con vosotros! ¿Estás loca? Es preciso dinero para eso, y yo no lo tengo. ¡Ir á Inglaterra! Ahora debo más de diez luises á Courfeyrac, un amigo á quien tú no conoces. Tengo un sombrero viejo que no vale tres francos, una levita sin botones por delante, mi camisa está toda rota, llevo los codos por fuera, mis botas se calan; hace seis semanas que no pienso en nada, y no te lo he dicho. Cosette, soy un miserable.

«Tú no me ves más que por la noche, y me das tu amor; ¡si me vieras de día, me darías una limosna! ¡Ir á Inglaterra! ¡Y no tengo con qué pagar el pasaporte!

Y se recostó contra un árbol que había allí, de pie, con las dos manos sobre la cabeza, con la frente contra la corteza, sin sentir ni la aspereza que le desgarraba la frente, ni la fiebre que agitaba sus sienes, inmóvil, y próximo á caer al suelo como la estatua de la Desesperación.

Así permaneció largo rato. En esos abismos se podría permanecer una eternidad: por fin se volvió, y oyó detrás de sí un ruido sofocado y triste.

Era Cosette que sollozaba.

Lloraba hacía ya más de dos horas al lado de Mario, que estaba soñando.

Mario se acercó, cayó de rodillas prosternándose lentamente, cogió la punta del pie que salía por bajo del vestido, y la besó.

Ella se lo permitió sin dejar su silencio.

Hay momentos en que la mujer acepta como una diosa sombría y resignada la religión del amor.

--No llores,--dijo Mario.

Y ella murmuró:

--¡Qué he de hacer, si voy á marcharme y no puedes venir!

Y él respondió:

--¿Me amas?

Cosette le contestó sollozando esta frase del paraíso, que nunca es tan seductora como al través de las lágrimas:

--¡Te adoro!

Él continuó con una entonación de voz, que no era sino una inexplicable caricia:

--No llores. Di, ¿quieres hacerme el favor de no llorar por mí?

--¿Me amas?--dijo ella.

Mario le tomó la mano.

--Cosette, nunca he dado mi palabra de honor á nadie, porque mi palabra de honor me causa miedo; conozco que al darla está mi padre á mi lado. Pues bien; te doy mi palabra de honor sacratísima que, si te vas, me muero.

Había en el acento con que pronunció estas palabras una melancolía tan solemne y serena, que Cosette tembló. Sintió ese frío que produce al pasar una cosa sombría y verdadera, y sobrecogida por ello cesó de llorar.

--Ahora escucha,--dijo él;--no me esperes mañana.

--¿Por qué?

--Ni me esperes hasta pasado mañana.

--¡Oh! ¿por qué?

--Ya lo verás.

--¡Un día sin verte! Eso es imposible.

--Sacrifiquemos un día para obtener tal vez toda la vida.

Y Mario añadió á media voz, y aparte:

--Es un hombre que no cambia nunca sus costumbres, y no recibe á nadie más que de noche.

--¿De quién hablas?--preguntó Cosette.

--¡Yo! No he dicho nada.

--¿Qué esperas, entonces?

--Espérame hasta pasado mañana.

--¿Lo quieres?

--Sí, Cosette.

Cosette entonces le cogió la cabeza entre sus manos, alzándose sobre la punta de sus pies para igualar su estatura, tratando de ver en sus ojos la esperanza.

Mario continuó:

--Creo que conviene que sepas las señas de mi casa por lo que pueda suceder; vivo en casa de ese amigo, llamado Courfeyrac, calle de la Verrerie, número 16.

Metió la mano en el bolsillo, sacó un cortaplumas, y con la hoja escribió en el yeso de la pared:

_Calle de la Verrerie, 16_.

Cosette entre tanto había vuelto á contemplar sus ojos.

--Dime lo que piensas, Mario; tienes una idea. Dímela. ¡Oh! ¡Dímela para que pase bien la noche!

--Mi pensamiento es éste: Es imposible que Dios quiera separarnos. Espérame pasado mañana.

--¿Y qué haré yo hasta entonces?--dijo Cosette.--¡Tú estás libre, vas y vienes! ¡Qué felices sois los hombres! ¡Yo me quedo sola! ¡Oh! ¡Qué triste voy á estar! ¿Qué vas á hacer tú mañana por la noche? Dímelo.

--Voy á hacer una tentativa.

--En ese caso, rogaré á Dios y pensaré en ti hasta entonces para que salgas de ella en bien. No te pregunto más porque no quieres. Eres mi dueño. Pasaré la noche de mañana cantando el coro de _Euryanto_, que tanto te gusta, y que viniste á oir una noche debajo de mi ventana. Pero pasado mañana, ¿vendrás temprano? Te esperaré á la noche á las nueve en punto; te lo prevengo. ¡Dios mío! ¡Qué triste es esto de que los días sean tan largos! ¿Lo has oído? Al dar las nueve estaré en el jardín.

--Y yo también.

Y sin decir nada más, movidos por el mismo pensamiento, arrastrados por esas corrientes eléctricas que ponen á dos almas en comunicación continua, embriagados ambos de deleite hasta en su dolor mismo, cayeron uno en brazos del otro, sin notar que sus labios estaban juntos, mientras que sus ojos, llenos de éxtasis y de lágrimas, contemplaban las estrellas.

Cuando salió Mario, la calle estaba desierta. En aquel momento Eponina seguía á los bandidos hasta el boulevard.

Mientras que Mario meditaba, con la cabeza apoyada en el árbol, se le había ocurrido una idea; una idea ¡ah! que él mismo tenía por insensata é imposible.

Había tomado un partido violento.

VII =Un corazón viejo y un corazón joven colocados de frente=

El señor Guillenormand contaba á la sazón noventa y un años cumplidos. Seguía viviendo con la señorita Guillenormand en la calle de las Hijas del Calvario, número 6, en aquella casa antigua de su propiedad. Era, como recordará el lector, uno de esos viejos rancios que esperan la muerte á pie firme, que cargan con los años sin doblegarse, y que no se encorvan ni aún con los pesares.

Sin embargo, hacía ya algún tiempo que su hija decía: «Mi padre va decayendo».

Ya no abofeteaba á las criadas; ya no golpeaba con el bastón, y con acompañamiento de voces, la puerta de la escalera cuando Vasco tardaba en abrirle.

La revolución de julio apenas le había exasperado durante seis meses. Había visto casi sin inmutarse en el _Monitor_ esta agrupación de palabras: «Humblot Conté, par de Francia».

El hecho es que el viejo estaba abatido. No se doblegaba, no se rendía, porque esto era imposible, así en su naturaleza física como en la moral; pero se sentía desfallecer interiormente.

Hacía cuatro años que esperaba á Mario á pie firme, esta es la frase, con la convicción de que aquel picaruelo extraviado llamaría algún día á su puerta; pero en ciertos momentos tristes llegaba á decirse que por poco que Mario tardase en venir...

Y no era la muerte lo que temía, sino la idea de no ver más á su nieto.

No volver á ver á Mario era una idea que aún no había cuajado en su cerebro; esta idea, que empezaba á manifestarse, le dejaba helado.

La ausencia, como sucede siempre con los sentimientos naturales y verdaderos, sólo había conseguido aumentar su cariño de abuelo hacia el niño ingrato que se había marchado con tanta indiferencia.

En las noches de invierno, cuando el termómetro marca diez grados bajo cero, es cuando más se piensa en el sol.

El señor Guillenormand era, ó se creía por lo menos, incapaz de dar un paso hacia su nieto; «antes reventar», decía.

Él no encontraba en sus hechos culpa ninguna; pero pensaba en Mario con profundo enternecimiento, y con la muda desesperación de un viejo que anda en las tinieblas.

Principiaba á perder los dientes, lo cual aumentaba su tristeza.

El señor Guillenormand, sin confesárselo á sí mismo, porque esta declaración le hubiera enfurecido y avergonzado, no había amado á ninguna querida tanto como á Mario.

Había mandado colocar en su cuarto, junto á la cabecera de la cama, como la primera cosa que quisiera ver al despertar, un antiguo retrato de su otra hija, la que había muerto, la señora de Pontmercy, retrato hecho cuando tenía ella diez y ocho años.

Contemplaba sin cesar este retrato, llegando á decir un día contemplándolo:

--Encuentro que se le parece.

--¿Á mi hermana?--dijo la señorita Guillenormand.--Sí, se parece.

El viejo añadió:

--Y á él también.

Otra vez, estando sentado juntas las rodillas y los ojos casi cerrados, en actitud de abatimiento, su hija se atrevió á decirle:

--Padre, ¿continuáis tan enfadado con él?

Y se detuvo, no atreviéndose á ir más allá.

--¿Con quién?--preguntó él.

--Con ese pobre Mario.

El señor Guillenormand levantó su decaída cabeza, puso su delgado y arrugado puño sobre la mesa, y gritó con el acento más vibrante é irritado: