Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 22
Era un hombre que acababa de abordar al pilluelo, y el cual no era otro que Montparnasse, disfrazado con anteojos azules, pero no desfigurado para Gavroche.
--¡Diablo!--prosiguió Gavroche.--Lleva un pelaje color de cataplasma de harina de linaza, y anteojos azules como un médico. ¡Tienes apariencia, palabra de viejo!
--Chist,--prorrumpió Montparnasse,--no tan alto.
Y se llevó vivamente á Gavroche lejos de la luz de las tiendas.
Los dos chiquitines seguían maquinalmente cogidos de la mano.
Cuando estuvieron bajo la obscura archivolta de una puerta-cochera, al abrigo de las miradas y de la lluvia, le preguntó Montparnasse:
--¿Sabes adónde voy?
--Á la abadía de _Monte á Regret_[2],--le contestó Gavroche.
--¡Farsante!
Y Montparnasse añadió:
--Voy á buscar á Babet.
--¡Ah!--exclamó Gavroche;--ahora se llama Babet.
Montparnasse bajó la voz:
--No ella, sino él.
--¡Ah! ¡Babet!
--¡Sí! ¡Babet!
--Yo le creía á la sombra.
--Salió á la luz,--respondió Montparnasse.
Y contó rápidamente el pilluelo que aquella misma mañana Babet había sido trasladado á la Conserjería; y se había escapado, tomando la izquierda en vez de tomar la derecha en el «corredor de instrucción».
Gavroche admiró esta habilidad.
--¡Vaya un saca muelas!--dijo.
Montparnasse añadió algunos pormenores sobre la evasión de Babet, y concluyó diciendo:
--¡Oh! No es esto todo.
Gavroche, mientras escuchaba había cogido un bastón que Montparnasse llevaba en la mano, y tirando maquinalmente de la parte superior apareció la hoja de un puñal.
--¡Ah!--prorrumpió, rechazando vivamente el puñal,--has traído tu gendarme disfrazado de paisano. Montparnasse guiñó el ojo.
--¡Caramba!--añadió Gavroche.--¿Vas á agarrarte con los corchetes?
--No lo sé,--respondió Montparnasse con aire indiferente.--Siempre es bueno llevar un alfiler por si acaso.
Gavroche insistió:
--¿Qué vas á hacer esta noche?
Montparnasse tomó de nuevo el tono grave, y dijo mascando las sílabas:
--Negocios.
Y cambiando bruscamente de conversación:
--¡Á propósito!
--¿Qué?
--Una aventura que me pasó el otro día. Figúrate que me encuentro á un individuo; me regala un sermón y la bolsa. Meto ésta en la faltriquera, y un minuto después registro en la faltriquera, y ya no había nada.
--Más que el sermón,--añadió Gavroche.
--Pero, y tú,--repuso Montparnasse,--¿adónde vas ahora?
Gavroche le señaló sus dos protegidos, y dijo:
--Voy acostar á estos chicos.
--¿Acostarlos á dónde?
--En mi casa.
--¿Cómo en tu casa?
--En mi propia casa.
--¿Tienes tu casa?
--¡Vaya si la tengo! Estoy domiciliado.
--¿Y dónde?
--En el elefante,--dijo Gavroche.
Montparnasse, aunque de carácter poco asustadizo, no pudo contener una exclamación:
¡En el elefante!
--¿Y qué? ¡Sí, en el elefante!--respondió Gavroche.--¿Kekçaa?
Esta es otra palabra de una lengua que nadie escribe y que todo el mundo habla. Kekçaa significa: ¿Y por qué no?
La profunda observación del pilluelo volvió la calma y el buen sentido á Montparnasse, quien pareció tener ya mejor concepto respecto á la habitación de Gavroche.
--¡En rigor!--dijo.--Sí, el elefante. ¿Y se está bien allí?
--Muy bien,--respondió Gavroche. Allí, en verdad, no hay aires colados como debajo de los puentes.
--¿Y cómo entras?
--Entrando.
--¿Hay entonces algún agujero?--preguntó Montparnasse.
--¡Cáspita! Pero no se debe decir. Entre las patas delanteras. Los soplones no lo han visto aún.
--Y tú trepas. Ya comprendo.
--Un cambio de mano, cric, crac, y está hecho; luego nadie.
Después de un momento de silencio, añadió Gavroche:
--Para estos pequeñuelos buscaré una escalera.
Montparnasse se echó á reir.
--¿Dónde diablos te has encontrado esos mochuelos?
Gavroche respondió con sencillez:
--Son unos monigotes que me ha regalado un peluquero.
Entre tanto, Montparnasse se había quedado pensativo.
--Me has conocido con facilidad,--murmuró.
Sacó del bolsillo dos objetos pequeños, que no eran más que dos cañones de pluma rodeados de algodón, y se introdujo uno en cada ventana de la nariz.
Esto le transformaba la nariz por completo.
--Eso te cambia,--dijo Gavroche.--Así estás menos feo. Deberías ir siempre de ese modo.
Montparnasse era un guapo mozo; pero Gavroche era un burlón.
--Sin que te rías,--dijo Montparnasse,--¿qué tal te parezco?
Había variado el timbre de su voz.
En un momento, Montparnasse se hallaba desconocido.
--¡Oh!... Haznos el «polichinela»,--exclamó Gavroche.
Los niños, que no habían oído nada hasta entonces, y que estaban ocupados en meterse los dedos en la nariz, se aproximaron al oir este nombre y miraron á Montparnasse con un principio de alegría y de admiración.
Desgraciadamente, Montparnasse estaba pensativo.
Puso la mano en el hombro de Gavroche, y le dijo, acentuándolas bien, estas palabras:
--Oye lo que te digo, muchacho; si me encontrase en la plaza con mi dogo, mi daga y mi diga, y vinieses á prodigarme diez buenos sueldos, me dignaría ganarlos, porque no soy el jueves lardero.
Esta frase extraña produjo en el pilluelo un singular efecto.
Volvióse con presteza, miró á su alrededor con sus ojuelos brillantes, y descubrió á algunos pasos un agente de policía que estaba de espaldas.
Gavroche dejó escapar un «¡Ah, entiendo!» que reprimió enseguida, y dijo sacudiendo la mano de Montparnasse:
--Pues bien, buenas noches, me voy á mi elefante con mis monines. Por si acaso alguna noche me necesitas, ven á buscarme allí. Vivo en el entresuelo, no hay portero; preguntarás por el señor Gavroche.
--Está bien,--contestó Montparnasse.
Y se separaron, dirigiéndose Montparnasse hacia la Grève; y Gavroche hacia la Bastilla.
El pequeñuelo de cinco años, arrastrado por su hermano, que era arrastrado á su vez por Gavroche, volvió varias veces la cabeza para ver marcharse á «Polichinela».
La frase enigmática con que Montparnasse había avisado á Gavroche la presencia de un agente de policía, no contenía más secreto que la asonancia _dig_ repetida algunas veces de diverso modo.
Esta sílaba _dig_, no pronunciada aisladamente, sino mezclada artísticamente con las palabras de una frase, quiere decir: _Alerta, que no se puede hablar con libertad_.
Había, además, en las palabras de Montparnasse una belleza literaria que no observó Gavroche: la frase _mi dogo, mi daga y mi diga_, locución de la germanía ó jerigonza del Temple, que significa _mi perro, mi puñal y mi mujer_, muy usada entre los pillos y granujas del gran siglo en que escribía Molière y dibujaba Callot.
Hace veinte años se veía aún en el ángulo sudeste de la plaza de la Bastilla, cerca del remanso del canal formado en el antiguo foso de la cárcel ciudadela, un extraño monumento que se ha borrado ya de la memoria de los parisienses, y que merecía haber dejado alguna huella, porque era una idea del «miembro del instituto, general en jefe del ejército de Egipto».
Decimos monumento, aunque no era más que un maniquí; pero este maniquí, boceto prodigioso, cadáver grandioso de una idea de Napoleón, á la que dos ó tres vendavales sucesivos habían empujado y llevado cada vez más lejos de nosotros, habíase hecho ya histórico, y había tomado un carácter definitivo, que contrastaba con su aspecto provisional.
Era un elefante de cuarenta pies de alto, construido de madera y mampostería; tenía encima su torre, que parecía una casa, pintada primitivamente de verde por un pintor de brocha gorda, y después de negro por el cielo, la lluvia y el tiempo.
En aquel ángulo deshabitado y descubierto de la plaza, la ancha frente del coloso, su trompa, sus colmillos, su torre, su enorme grupa, sus cuatro pies semejantes á otras tantas columnas, dibujaban por la noche en el cielo estrellado un perfil sorprendente y terrible.
No se sabía lo que significaba; era una especie de símbolo de la fuerza popular; era una cosa sombría, enigmática é inmensa; era un fantasma poderoso y visible, y de pie, al lado del espectro invisible de la Bastilla.
Pocos extranjeros visitaban aquel edificio; ningún transeúnte se fijaba en él.
Caía ya en ruinas; en cada estación, los pedazos de yeso que se desprendían de sus costados, le producían llagas feísimas. «Los ediles», como se dicen en jerigonza elegante, le habían olvidado desde 1814.
Y allí estaba en su rincón, triste, enfermo, ruinoso, rodeado de una empalizada consumida, y manchada á cada instante por cocheros borrachos; muchas grietas le cruzaban el vientre; de la cola le salía un madero, y entre sus piernas crecían altas yerbas; y como el nivel de la plaza se elevaba hacía treinta años alrededor por ese movimiento lento y continuo que levanta insensiblemente el piso de las grandes ciudades, estaba en un hoyo, pareciendo que la tierra se hundía bajo su peso.
Era inmundo, despreciado, repugnante y soberbio: feo á los ojos del habitante, melancólico á los ojos del pensador.
Tenía algo de la basura que se va á barrer y algo de la majestad que se va á decapitar.
Como ya hemos dicho, por la noche cambiaba de aspecto.
La noche es el verdadero centro de todo lo que es sombra.
Desde la caída del crepúsculo, el viejo elefante se transfiguraba; tomaba una figura tranquila y temerosa, en la formidable serenidad de las tinieblas.
Como pertenecía á lo pasado, le convenía la noche; la obscuridad sentaba bien á su grandeza.
Este monumento, rudo, abultado, pesado, áspero, austero, casi deforme, pero seguramente majestuoso, y lleno de cierta gravedad magnífica y salvaje, ha desaparecido para dejar reinar en paz la especie de estufa gigantesca, adornada con su cañón que ha reemplazado á la sombría fortaleza de nueve torres, como reemplaza la clase media al feudalismo.
Es cosa muy sencilla que una chimenea sea el símbolo de una época, cuyo poder está contenido en una marmita.
Esta época pasará, va pasando ya; se principia á comprender que si puede haber fuerza en una caldera, no puede haber poder más que en un cerebro; ó en otros términos, que lo que mueve y arrastra al mundo no son las locomotoras, son las ideas.
Uncid las locomotoras á las ideas; está bien, pero no toméis al caballo por el jinete.
En fin; el hecho es, volviendo á la plaza de la Bastilla, que el arquitecto del elefante había hecho con yeso una cosa grande, y el arquitecto del cañón de chimenea ha conseguido únicamente hacer con bronce una cosa pequeña.
Este cañón de chimenea, que ha sido bautizado con el pomposo nombre de Columna de Julio; este monumento, hijo de una revolución abortada, estaba rodeado todavía en 1832 de una inmensa camisa de madera, que por nuestra parte echamos de menos, y de una vasta empalizada de tablas, que acababa de aislar al elefante.
Hacia este rincón de la plaza, apenas iluminado por el reflejo de un lejano farol, se dirigió el pilluelo con los dos «monigotes».
Permítasenos detenernos aquí un instante, y recordar que estamos entre la simple realidad; que hace veinte años los tribunales correccionales juzgaron por delito de vagancia, y desperfectos de un monumento público, á un muchacho que había sido sorprendido durmiendo en el interior del elefante de la Bastilla.
Consignado este hecho, sigamos refiriendo.
Al llegar cerca del coloso, Gavroche comprendió el efecto que lo infinitamente grande podía producir en lo infinitamente pequeño, y dijo:
--¡Muñecos, no tengáis miedo!
Después entró por el hueco de la empalizada en el recinto que ocupaba el elefante, y ayudó á los niños á pasar la brecha.
Los dos niños, algo asustados, seguían á Gavroche sin decir una palabra, y se entregaban á aquella pequeña providencia harapienta que les había dado pan y les había prometido albergue.
Había en el suelo una escalera de mano, que servía de día á los trabajadores de una obra inmediata.
Gavroche la levantó con singular vigor, y la aplicó contra una de las patas delanteras del elefante.
Hacia el punto en que terminaba la escalera, se distinguía un agujero negro en el vientre del coloso.
Gavroche enseñó la escalera y el agujero á sus huéspedes, y les dijo:
--Subid y entrad.
Los dos chiquillos se miraron aterrorizados.
--¡Tenéis miedo, monigotes!--exclamó Gavroche.
Y añadió:
--Vais á ver.
Agarróse al pie rugoso del elefante, y en un abrir y cerrar de ojos, sin dignarse hacer uso de la escala, llegó á la rendija; entró por ella como una culebra que se desliza por una hendidura, desapareció, y un momento después, los dos niños vieron aparecer vagamente una forma blanquecina y pálida; era su cabeza, que asomaba al borde del tenebroso agujero.
--¡Eh!--gritó.--¡Subid ahora, muñequillos! ¡Ya veréis qué bien se está aquí!
--Sube tú,--añadió, dirigiéndose al mayor;--yo te daré la mano.
Los chicos se dieron con los hombros; el pilluelo les infundía miedo y confianza á un tiempo, y luego llovía muy fuerte.
El mayor se arriesgó, y el pequeño, viendo subir á su hermano, y que se quedaba solo entre las patas de aquel enorme animal, estuvo á punto de llorar; pero no se atrevió.
El grande subía temblando por los peldaños de la escalera; Gavroche mientras tanto le animaba con las exclamaciones de un maestro de armas á sus discípulos, ó de un carretero á las mulas:
--¡No tengas miedo!
--¡Así, así!
--¡Adelante!
--¡Pon ahí el pie!
--¡Daca la mano!
--¡Valiente!
Y cuando estuvo á su alcance le cogió repentina y vigorosamente por el brazo, y le atrajo á sí.
--¡Ya te has colado!--le dijo.
El chiquillo había pasado el agujero.
--Ahora,--dijo Gavroche,--aguardad. Caballero, tenga usted la bondad de sentarse.
Y saliendo por la rendija como había entrado, se deslizó con la agilidad de un tití por la pata del elefante, cayendo de pie sobre la yerba, cogió el pequeñuelo de cinco años por mitad del cuerpo, y le plantó en medio de la escalera.
Después empezó á subir detrás de él, gritándole al mayor:
--Yo le empujo: cógele tú.
En un instante fué subido el chiquillo, empujado, arrastrado, metido por el agujero sin que tuviese tiempo de darse cuenta de nada; Gavroche, que entró detrás de él, pegó una patada á la escalera, que cayó sobre la yerba, dió entonces una palmada y gritó:
--¡Ya estáis aquí! ¡Viva el general Lafayette!
Pasada esta explosión, añadió:
--¡Cominillos, estáis en mi casa!
Gavroche estaba, en efecto, en su casa.
¡Oh utilidad increíble de lo inútil! ¡Caridad de todo lo grande! ¡Bondad de los gigantes!
Aquel monumento desmesurado, que había contenido un pensamiento del emperador, se había convertido en la jaula de un pilluelo.
El muñeco había sido adoptado y abrigado por el coloso.
Los burgueses endomingados que pasaban los días de fiesta por delante del elefante de la Bastilla, decían midiéndole con la vista al nivel de su cabeza con cierto desprecio:
--¿De qué sirve eso?
Pues servía para proteger del frío, de la escarcha, del granizo y de la lluvia, para librar del aire del invierno, para preservar del sueño sobre el lodo que produce la fiebre, y del sueño sobre la nieve que produce la muerte, á un pequeño ser sin padre ni madre, sin pan, sin ropa, sin asilo.
Servía para recoger al inocente que la sociedad rechazaba.
Servía para remediar en algo una falta pública.
Era una cueva abierta para el que encontraba cerradas todas las puertas.
Parecía que el viejo y miserable mastodonte, invadido por los gusanos y por el olvido, cubierto de verrugas, de mataduras y de úlceras, vacilante, carcomido, abandonado, condenado; especie de mendigo colosal que pedía en vano la limosna de una mirada benévola en medio de aquella explanada, había tenido lástima de aquel otro mendigo, del pobre pigmeo que andaba descalzo, sin techo bajo el cual cobijarse, soplándose los dedos, vestido de harapos, alimentándose de desperdicios.
Véase de qué servía el elefante de la Bastilla.
Aquella idea de Napoleón, despreciada por los hombres, había sido acogida por Dios.
Lo que sólo hubiera sido ilustre, se había hecho augusto.
El emperador habría necesitado para realizar lo que meditaba, el pérfido, el bronce, el hierro, el oro, el mármol; á Dios le bastaba aquella vieja trabazón de tablas, vigas y yeso.
El emperador había tenido un pensamiento digno del genio; con aquel elefante titánico, armado, prodigioso, elevando su trompa, llevando su torre, y haciendo salir de todas partes á su alrededor aguas alegres y vivificantes, quería formar la encarnación del pueblo. Dios había hecho una cosa más grande; alojaba allí á un niño.
El agujero por donde Gavroche había entrado era una rendija visible apenas por fuera, porque estaba oculta, como hemos dicho, bajo el vientre del elefante; y era tan estrecha, que sólo gatos y chiquillos pudieran pasar por ella.
--Empecemos,--dijo Gavroche,--por decir al portero que no estamos en casa.
Y penetrando en lo obscuro, con la seguridad del que conoce su casa, tomó una tabla y tapó el agujero.
Gavroche volvió á internarse en la obscuridad.
Los niños oyeron el chirrido del palito azufrado sumergido en la botellita fosfórica.
Las cerillas con fósforo no se conocían aún; el eslabón Fumade representaba en aquella época el progreso.
Una claridad súbita les hizo cerrar las ojos; Gavroche acababa de encender una de esas sogas impregnadas de resina que se llaman hachas de viento.
El hacha, que despedía más humo que luz, hacía confusamente visible lo interior del elefante.
Los dos huéspedes de Gavroche miraron en torno suyo, y experimentaron algo semejante á lo que sentiría quien se viese encerrado en el gran tonel de Heidelberg, ó más bien, lo que debió experimentar Jonás en el vientre de la ballena bíblica.
Se les aparecía un esqueleto gigantesco y los envolvía.
En lo alto, una gruesa viga obscura, de la cual partían de distancia en distancia macizas viguetas cintradas, figuraba la columna vertebral con las costillas; estalactitas de yeso colgaban como vísceras, y de un lado á otro vastas telarañas hacían el efecto de polvorosos diafragmas.
Veíanse aquí y allí, en los rincones, grandes manchas negruzcas, que parecían dotadas de vida, y que se agitaban rápidamente con movimiento brusco y asustadizo.
Los pedazos caídos del dorso del elefante sobre el fondo del vientre habían llenado la concavidad, de modo que se podía caminar sobre ellos como sobre un tablado.
El menor de los niños se arrimó á su hermano, y dijo á media voz:
--¡Qué obscuridad!
Esta frase llamó la atención de Gavroche.
El aspecto petrificado de los dos niños hacía necesaria una explosión:
--¿Qué estáis diciendo?--exclamó.--¡Cómo se entiende! ¿Es cosa de burlas? ¿Nos hacemos los descontentos? ¿Necesitáis acaso las Tullerías? ¿Seréis unos majaderos? Decídmelo. Os prevengo que no pertenezco al batallón de los torpes. ¡Ah ya! Eso es que sois los pinches del mostacero del papa.
Un poco de aspereza, es conveniente á los miedosos; les alienta.
Los niños se arrimaron á Gavroche.
Éste, paternalmente enternecido de su confianza, pasó de «lo grave á lo dulce», y dirigiéndose al más pequeño:
--Bestia,--le dijo, pronunciando la injuria en tono cariñoso;--lo obscuro está en la calle. En la calle llueve, aquí no llueve; en la calle hace frío, aquí no hay un soplo de viento; en la calle hay gente, aquí no hay una alma; en la calle no hay luna siquiera, aquí hay una luz; ¡por vida de!...
Los dos niños empezaron á mirar aquella habitación con menos miedo; pero Gavroche no les dejó tiempo para contemplarla.
--Listos,--dijo.
Y los empujó hacia lo que podríamos llamar el fondo del cuarto.
Allí estaba su cama.
La cama de Gavroche era completa; es decir, tenía un colchón, una manta y una alcoba con cortinas.
El colchón era una estera de paja; la manta un pedazo de tejido de lana gris muy caliente, y casi nuevo.
Veamos ahora lo que era la alcoba.
Tres rodrigones bastante largos, metidos sólidamente entre el cascote del suelo; es decir, del vientre del elefante, dos delante y uno detrás, y unidos por una soga en su vértice, de modo que formaban una pirámide.
Esta pirámide sostenía un enrejado de alambre de latón colocado por cima, y artísticamente aplicado y amarrado con ataduras de alambre de hierro, de modo que nada podía pasar entre él y el suelo.
El enrejado no era más que un pedazo de esas alambreras de que se hacen las pajareras en los corrales.
La cama de Gavroche estaba colocada bajo el enrejado como en una jaula.
El conjunto parecía la tienda de un esquimal.
Ese enrejado es el que hacía las veces de cortina.
Gavroche apartó un poco las piedras que le sujetaban por delante, y se separaron así los dos paños, que caían uno sobre el otro.
--¡Muñecos, á cuatro patas!--dijo Gavroche.
É hizo entrar con precaución á sus huéspedes en la alcoba; entró luego detrás de ellos, arrastrándose; volvió á acercar las piedras, y así quedó herméticamente cerrada la abertura.
Los tres se echaron sobre la estera.
Por pequeños que ellos fueran, ninguno podía estar de pie en la alcoba.
Gavroche seguía teniendo el cabo de vela en la mano.
--Ahora,--les dijo,--sornad. Voy á suprimir el candelero.
--Señor,--preguntó el mayor de los dos hermanos á Gavroche, indicando el enrejado,--¿qué es esto?
--¿Eso?--dijo Gavroche gravemente.--Es para las ratas. ¡Sornad!
Pero se creyó obligado á añadir algunas palabras para instruir á aquellas criaturas, y continuó:
--Estas son cosas del Jardín Botánico. Eso sirve para los animales feroces. _Allay_ un almacén lleno. _Nay_ más que subir una pared, saltar por una ventana, y pasar una puerta, y se obtiene todo lo que se quiere.
Y mientras así hablaba, arropaba con una punta de la manta al más pequeño, el cual dijo pasi sí:
--¡Oh, qué bueno es esto! ¡Qué caliente!
Gavroche dió una mirada de satisfacción á la manta.
--También es esto del Jardín Botánico,--dijo.--Se la he _tomado_ á los monos.
Y enseñando al mayor la estera en que estaba acostado, estera muy espesa y admirablemente trabajada, añadió:
--Esto era de la jirafa.
Después de una pausa, prosiguió:
--Los animales tenían todo esto, y yo se lo he cogido. Por eso no se han enfadado. Les he dicho: «Es para el elefante».
Después de otra pausa, continuó:
--Se salta la tapia, y se la pega uno al gobierno. _Velay._
Los dos niños contemplaban con cierto respeto temeroso y estupefacto aquel ser intrépido é ingenioso, vagamundo como ellos, aislado como ellos, miserable como ellos, que tenía algo admirable y poderoso, que les parecía sobrenatural, y cuya fisonomía se componía de todas las muecas de un viejo saltimbanquis, mezclados con la más sencilla y encantadora sonrisa.
--Señor,--dijo tímidamente el mayor,--¿conque no tenéis miedo á los agentes de orden público?
Gavroche se limitó á contestar:
--¡Monigote! No se dice los agentes de orden, se dice los corchetes.
El menor tenía los ojos abiertos, pero escuchaba sin decir nada.
Como estaba al borde de la estera, y el mayor en medio, Gavroche le arropó con la manta, como lo hubiera podido hacer una madre, levantó la estera bajo su cabeza con unos harapos, con objeto de que le sirviese de almohada. Después se volvió hacia el mayor:
--¿Eh? ¡Se está muy bien aquí! ¿Qué tal?
--¡Ah, sí!--respondió el mayor, mirando á Gavroche con la expresión de un ángel salvado.
Los dos pobres chiquitines, que estaban calados, empezaban á calentarse.
--¡Ah!--continuó Gavroche.--¿Por qué llorabais?
Y mostrando al pequeño á su hermano, añadió:
--Un cominillo como ése, no diré que no; pero llorar un grandullón como tú, es de torpes; parece uno un becerro.
--¡Diantre!--dijo el niño,--no teníamos absolutamente dónde cobijarnos.
--¡Caracoles!--respondió Gavroche,--no se dice cobijar, se dice empollar.
--Y además, teníamos miedo de estar solos así por la noche.
--No se dice la noche, se dice la obscura.
--Gracias, señor,--dijo el niño.
--Oye,--añadió Gavroche.--Es preciso no berrear nunca por nada. Yo cuidaré de vosotros. Ya veréis cómo nos divertimos. En verano iremos á los pozos de nieve con Navet, uno de mis camaradas, nos bañaremos en el estanque, correremos desnudos sobre las barcas delante del puente de Austerlitz. Esto hace rabiar á las lavanderas, que gritan y alborotan. ¡Si supierais qué malas son!