Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 21
Tenía la cabeza descubierta; parecía pálido y flaco; apenas se distinguía su traje negro.
El crepúsculo blanqueaba su hermosa frente, y cubría sus ojos de tinieblas.
Tenía algo propio de la muerte y de la noche, bajo un velo de incomparable dulzura.
Su rostro aparecía iluminado por la claridad del día que muere, y por el pensamiento de un alma que se va.
Parecía que no era aún fantasma; pero que no era ya hombre.
Su sombrero estaba caído á algunos pasos entre la yerba.
Cosette, próxima á desfallecer, no dió ni un grito.
Retrocedió lentamente, porque se sentía atraída.
Él no se movió. Cosette sentía la mirada de sus ojos, que no podía distinguir entre el velo inefable y triste que le rodeaba.
Cosette, al retroceder, encontró un árbol y se apoyó en él; sin aquel árbol, hubiera caído al suelo.
Entonces oyó su voz, aquella voz que realmente no había oído nunca, y que apenas sobresalía del susurro de las hojas, y que murmuraba:
--Perdonadme, aquí estoy. Tengo el corazón henchido; no podía vivir como estaba, y he venido. ¿Habéis leído lo que he puesto en ese banco? ¿Me conocéis? No tengáis miedo de mí. ¿Os acordáis de aquel día, hace ya mucho tiempo, en que me mirasteis? Fué en el Luxemburgo, junto al Gladiador. ¿Y del día que pasasteis cerca de mí? El 16 de junio y el 2 de julio, hace cerca de un año. ¡Cuánto tiempo he pasado sin veros!
«He preguntado á la alquiladora de sillas, y me ha dicho que ya no os veía. Vivíais en la calle del Oeste en un tercer piso de una casa nueva; ya veis que lo sé. Yo os seguía. ¿Qué había de hacer? Después desaparecisteis. Creí veros pasar una vez cuando estaba yo leyendo los periódicos bajo los arcos del Odeón, y corrí; pero no, era una joven que llevaba un sombrero como el vuestro.
«Por la noche vengo aquí. No temáis, nadie me ve; vengo á mirar de cerca vuestras ventanas. Ando muy quedo para que no lo oigáis, porque podríais tener miedo. La otra noche estaba detrás vuestro; os volvisteis y huí. Una vez os oí cantar, y fuí dichoso. ¿Os incomoda que os oiga cantar á través de las persianas? Esto no os molesta, ¿verdad?
«Ya lo veis, sois mi ángel; dejadme venir; creo que me voy á morir. ¡Sí supierais! ¡Os adoro! Perdonadme; os hablo, y no sé lo que os digo. Os incomodo tal vez. ¿Es verdad que os incomodo?».
--¡Oh, madre mía!--dijo Cosette.
Y se dobló sobre sí misma como si se muriera.
Él la cogió; ella desfallecía. Tomóla en sus brazos, la apretó estrechamente sin tener conciencia de lo que hacía, y la sostuvo vacilante.
Estaba como si tuviese la cabeza llena de humo; veía pasar relámpagos ante sus ojos; sus ideas se desvanecían; le parecía que realizaba un acto religioso, y que cometía una profanación.
Por lo demás, no experimentaba el menor deseo hacia aquella mujer seductora, cuyas formas sentía sobre su pecho.
Estaba perdido de amor.
Le tomó una mano y se la puso sobre el corazón.
Sintió el papel que tenía allí, y balbuceó:
--¿Me amabais pues?
Cosette respondió en una voz tan baja, que no era sino un suspiro casi imperceptible:
--¡Cállate; ya lo sabes!
Y ocultó su frente ruborizada en el pecho del joven altivo y embriagado.
Cayó él sobre el banco, y ella á su lado.
No tenían ya palabras.
Las estrellas empezaban á brillar.
¿Cómo fué que sus labios se encontraron?
¿Cómo es que el pájaro canta, que la nieve se funde, que la rosa se abre, que mayo extiende su fragancia, que el alba blanquea detrás de las negras arboledas en la cumbre ondulante de las colinas?
Un beso; esto fué todo.
Los dos se estremecieron, y se miraron en la sombra con ojos deslumbradores.
No sentían ni el frío de la noche, ni la frialdad de la piedra, ni la humedad de la tierra, ni la yerba mojada. Se miraban, y tenían el corazón lleno de pensamientos.
Se habían cogido las manos sin saberlo.
Ella no le preguntaba nada; no pensaba ni aún por dónde había entrado, y cómo había penetrado en el jardín.
¡Le parecía ya tan sencillo que estuviese allí!
De cuando en cuando la rodilla de Mario tocaba la rodilla de Cosette, y ambos se estremecían.
Por intervalos, Cosette tartamudeaba alguna palabra vaga.
Su alma temblaba en sus labios como una gota de rocío en una flor.
Poco á poco se hablaron.
La expansión sucedió al silencio, que es la plenitud.
La noche brillaba serena y espléndida sobre sus cabezas.
Aquellos dos seres puros como dos espíritus, se lo dijeron todo; sus sueños, sus felicidades, sus éxtasis, sus quimeras, sus desfallecimientos; cómo se habían adorado de lejos, cómo se habían deseado, y su desesperación cuando habían dejado de verse.
Se confiaron en una intimidad ideal, que nada podía aumentar lo que tenían más oculto y misterioso.
Se contaron con una fe cándida en sus ilusiones todo lo que el amor, la juventud y el resto de la infancia que había en ellos les hacía pensar.
Aquellos dos corazones se derramaron uno en otro, de modo que al cabo de una hora, él poseía el alma de ella y ella el alma de él.
Se compenetraron, se encantaron, se deslumbraron.
Cuando acabaron, cuando se lo hubieron dicho todo, ella reposó su cabeza en el hombro de Mario, y le preguntó:
--¿Cómo os llamáis?
--Me llamo Mario,--dijo él.--¿Y vos?
--Yo me llamo Cosette.
LIBRO SEXTO EL NIÑO GAVROCHE
I =Endiabladuras del viento=
Desde 1823, mientras que el bodegón de Montfermeil se obscurecía y desaparecía poco á poco, no en el abismo de una bancarrota, sino en la cloaca de las pequeñas deudas, los Thénardier habían tenido otros dos hijos, varones ambos. Con estos eran cinco, dos hembras y tres varones; lo cual era mucho.
La Thénardier se había desembarazado de los dos últimos, cuando eran aún pequeñitos, con una felicidad singular.
Hemos dicho desembarazado, y realmente ésta es la palabra, porque en aquella mujer no había más que un fragmento de naturaleza; fenómeno del que hay otros ejemplos.
Como la mariscala de Lamothe Houdancourt, la Thénardier sólo era madre para sus hijas.
Allí terminaba su maternidad.
Su odio al género humano empezaba en sus hijos; por el lado de éstos su maldad estaba, por así decirlo, cortada á pico, y su corazón tenía en este lugar una lúgubre escarpadura.
Como ya hemos visto, detestaba al mayor, y execraba á los otros dos.
¿Por qué? Porque sí.
El más terrible de los motivos, y la más indiscutible de las respuestas: Porque sí.
--No necesito una manada de chicos,--decía la tal madre.
Expliquemos cómo los Thénardier habían llegado á librarse de sus dos últimos hijos, y hasta á sacar provecho de ellos.
Aquella muchacha Magnon, de quien hemos hablado en otro lugar, era la misma que había conseguido sacar una pensión al buen señor Guillenormand para los dos hijos que tenía.
Vivía en el muelle de los Celestinos, en el ángulo de la antigua calle del Almizcle, que ha hecho lo posible por cambiar en buen olor su mala fama.
Muchos recordamos la gran epidemia del garrotillo que devastó hace treinta años los barrios ribereños del Sena en París, y de que la ciencia se aprovechó para experimentar en gran escala la eficacia de las insuflaciones de alumbre, tan útilmente reemplazadas hoy por la tintura externa de yodo.
En aquella epidemia la Magnon perdió en un mismo día sus dos hijos, pequeños aún, uno por la mañana y otro por la tarde.
Esto fué un gran golpe, porque aquellas criaturas eran muy necesarias á su madre; representaban ambas diez y seis duros al mes.
Estos diez y seis duros eran pagados exactamente en nombre del señor Guillenormand, por su procurador Barge, ujier ó alguacil retirado, que vivía en la calle del Rey de Sicilia.
Muertos los niños, la pensión quedaba enterrada.
La Magnon buscó un expediente.
En aquella tenebrosa masonería del mal, de que formaba parte, se guarda el secreto, y se prestan todos mutuo auxilio.
La Magnon necesitaba dos hijos, la Thénardier los tenía, y precisamente del mismo sexo, y de la misma edad.
Buen acomodo para la una, y una buena colocación para la otra.
Los hijos de la Thénardier se convirtieron en hijos de la Magnon.
Ésta se mudó del muelle de los Celestinos á la calle Clocheperce. En París la identidad que liga á un individuo á sí mismo se rompe de una calle á otra.
El estado civil, no advertido por nada, no reclamó, y la sustitución se hizo del modo más fácil del mundo.
Sólo la Thénardier exigió, por el préstamo de sus hijos, dos duros al mes, que la Magnon prometió, y aun pagó.
No hay que decir que el señor Guillenormand continuó pagando.
Cada seis meses iba á ver á los niños, y no notó el cambio.
--Señor,--le decía la Magnon,--¡cómo se os parecen!
El señor Guillenormand se encogía de hombros sonriendo.
Thénardier, que encontraba fáciles todos los disfraces, aprovechó esta ocasión para convertirse en Jondrette.
Sus dos hijas y Gavroche apenas habían tenido tiempo de notar que tenían dos hermanitos.
En cierto grado de miseria se apodera del alma una especie de indiferencia espectral, y se ve á los seres como larvas.
Las personas más allegadas aparecen á veces como vagas formas de la sombra, que apenas se distinguen del fondo nebuloso de la vida, confundiéndose fácilmente en lo invisible.
La noche del día en que había hecho entrega de sus dos hijos á la Magnon, con voluntad expresa de renunciar á ellos para siempre, la Thénardier había tenido, ó aparentado tener, un escrúpulo, y había dicho á su marido:
--¡Pero esto es abandonar á estas criaturas!
Thénardier, magistral y flemático, cauterizó el escrúpulo con esta sentencia:
--¡Juan Jacobo Rousseau hizo todavía más!
La madre pasó entonces del escrúpulo á la inquietud.
--¿Y si la policía nos persiguiese? Dime, amigo, ¿es esto permitido?
Thénardier respondió:
--Todo es permitido. Nadie verá en esto más que una trasparencia. Por otra parte, en muchachos que no tienen un sueldo, á nadie le importa mirar muy de cerca.
La Magnon era una especie de elegante del crimen. Se vestía con esmero.
Compartía su habitación, amueblada de una manera afectada y miserable, con una astuta ladrona inglesa afrancesada.
Esta inglesa, naturalizada parisiense, recomendable por sus buenas relaciones, íntimamente ligada á las medallas de la Biblioteca y á los diamantes de la actriz Mars, fué después célebre en los anales judiciarios. Llamábanla _la señorita Miss_.
Los dos niños que, por decirlo así, cayeron en suerte á la Magnon, no tuvieron de qué quejarse.
Recomendados por los diez y seis duros, estaban cuidados como todo lo que es explotado; no estaban mal vestidos ni mal alimentados; se les trataba como á unos «señoritos», mejor por su falsa madre que por la verdadera.
La Magnon se hacía la señora, y no hablaba en germanía delante de ellos.
Así pasaron algunos años.
Thénardier auguraba bien.
Un día que la Magnon le entregaba sus diez francos mensuales, le dijo:
--Será preciso que «el padre» les dé educación.
Pero de repente, aquellos dos pobres niños, bastante protegidos hasta allí, aun por su mala suerte, fueron lanzados bruscamente en la vida y obligados á empezar á recorrerla.
Un arresto en masa de malhechores como la de la covacha de Jondrette, que necesariamente había de complicarse con requisitorias y prisiones ulteriores, es un verdadero desastre para esa horrible contra-sociedad oculta, que vive bajo la sociedad pública; una aventura de ese género arrastra tras sí toda clase de derrumbamientos en ese mundo sombrío.
La catástrofe de los Thénardier produjo la catástrofe de la Magnon.
Un día, poco tiempo después que la Magnon hubo dado á Eponina el billete relativo á la calle Plumet, se verificó en la calle Clocheperce una repentina visita de la policía; la Magnon fué presa, lo mismo que la señorita Miss, y toda la vecindad, que era sospechosa, tuvo que pasar por la redada.
Los dos chiquitines estaban jugando en aquel momento en un patio, y no vieron nada de la catástrofe.
Cuando volvieron hallaron la puerta cerrada y la casa vacía.
Un zapatero de un portal de enfrente les llamó, y les dió un papel que su «madre» había dejado para ellos.
En el papel había escritas unas señas: Barge, recaudador de rentas, calle del Rey de Sicilia, número 8.
El hombre del portal les dijo:
--Ya no vivís ahí. Id allá. Está muy cerca. La primera calle á la izquierda. Preguntad el camino con este papel.
Los chicos se fueron, el mayor conduciendo al menor, y llevando el papel que debía guiarlos en la mano. Tenía frío; sus deditos hinchados se cerraban mal, y apenas sostenían el papel.
Al dar la vuelta de la calle Clocheperce, se lo arrancó una ráfaga de viento, y como caía la noche, el chiquillo no pudo encontrarle.
Comenzaron, por lo tanto, á vagar al azar por las calles.
II =Donde el pequeño Gavroche saca partido de Napoleón el Grande=
La primavera en París suele ser interrumpida por brisas ásperas y rudas, que le dejan á uno, no precisamente helado, pero sí aterido de frío; estas brisas, que entristecen los más hermosos días, causan el mismo efecto que aquellos soplos de aire glacial que penetran en un cuarto templado, por las rendijas de las ventanas ó por las puertas mal cerradas.
Parece que la sombría puerta del invierno se ha quedado entreabierta, y deja penetrar el aire.
En la primavera de 1832, época en que apareció la primera gran epidemia de este siglo en Europa, aquellas brisas fueron más acres y punzantes que nunca; era que estaba medio abierta una puerta más fría aún que la del invierno; era la puerta del sepulcro.
Sentíase en las tales brisas el aliento del cólera.
Bajo el punto de vista meteorológico, estos vientos fríos tenían de particular que no excluían una fuerte tensión eléctrica; y estallaron en aquella época frecuentes tempestades acompañadas de relámpagos y truenos.
Una tarde en que estas brisas soplaban rudamente, de modo que parecía haber vuelto el mes de enero, y las gentes se habían vuelto á poner los abrigos, el niño Gavroche, temblando siempre alegremente de frío bajo sus harapos, estaba de pie y como en éxtasis delante de una peluquería de los alrededores del Olmo de San Gervasio.
Llevaba un pañuelo de lana de mujer, sacado de no sabemos dónde, el cual había habilitado de tapa-bocas; parecía que estaba admirando profundamente una figura de cera escotada y adornada con flores de azahar, que daba vueltas en el escaparate, mostrando su sonrisa á los transeúntes entre dos quinqués; pero en realidad observaba la tienda para ver si podía «birlar» del escaparate una pastilla de jabón, que iría á vender enseguida por dos sueldos á un «peluquero» de las afueras.
Muchos días almorzaba con una de aquellas pastillas, y llamaba á este género de trabajo, para el cual tenía cierto talento, «hacer la barba á los barberos».
Contemplando, pues, la novia de cera y flechando á la vez la pastilla, decía entre dientes:
--Martes. No es martes. ¿Es acaso martes? Quizá es martes. Sí, martes es.
Nunca se ha sabido á qué se refería este monólogo.
Si por casualidad se refería á la última vez que había comido, hacía ya tres días, porque era viernes.
El barbero en su tienda, templada por una buena chimenea, afeitaba á un parroquiano, y dirigía de cuando en cuando una mirada de soslayo á aquel enemigo, á aquel pilluelo helado y descarado que tenía las dos manos en los bolsillos, pero el espíritu evidentemente desenvainado.
Mientras que Gavroche examinaba la figura, el escaparate y los jabones de Windsor, dos niños, de estatura desigual, vestidos con esmero y menores que él, uno como de siete años, y otro de cinco, hicieron girar tímidamente el picaporte y entraron en la tienda pidiendo algo, una limosna quizá, con un murmullo lastimero, que parecía más bien un gemido que una súplica.
Hablaban ambos á la vez, y sus palabras eran ininteligibles, porque los sollozos ahogaban la voz del menor, y el frío hacía temblar los dientes del mayor.
El barbero se volvió con rostro airado, y sin abandonar la navaja, empujando al mayor con la mano izquierda, y al pequeño con la rodilla, los echó á la calle y cerró la puerta, diciendo:
--¡Venir á enfriarnos para nada!
Los dos niños volvieron á emprender su marcha llorando.
Á todo esto había sobrevenido una nube, y comenzaba á llover.
Gavrochillo, corrió detrás de ellos, les alcanzó, y les dijo:
--¿Qué os pasa, muchachos?
--No sabemos dónde dormir,--respondió el mayor.
--¿Y es eso todo? ¡Vaya una gran cosa! ¿Y lloras por eso? ¡Tontuelos!
Y tomando, á través de su superioridad algo burlona, cierto acento de tierna autoridad y dulce protección, añadió:
--Monigotes, veníos conmigo.
--Sí, señor,--prorrumpió el mayor.
Y los dos niños le siguieron, como hubieran podido seguir á un arzobispo, dejando de llorar.
Gavroche les hizo subir por la calle de San Antonio en dirección de la Bastilla.
Y al tiempo que se alejaba, dirigió una mirada indignada y retrospectiva á la peluquería.
--No tiene corazón ese bacalao,--murmuró;--es un inglesote.
Una muchacha, que vió marchar á los tres en fila y Gavroche á la cabeza, soltó una ruidosa carcajada.
Esta risa era una falta de respeto al grupo.
--Buenos días, señorita Ómnibus,--díjole Gavroche.
Y un instante después, acordándose del peluquero, añadió:
--He equivocado la bestia; no es un bacalao, sino una serpiente. Peluquero, ya buscaré un herrero y haré que te ponga un cascabel en la cola.
Aquel peluquero, le había vuelto agresivo, y apostrofó, saltando un arroyo, á una portera barbuda y digna de encontrar á Fausto en el Brocken, la cual tenía su escoba en la mano.
--Señora,--le dijo,--¿salís vos con vuestro caballo?
Y al mismo tiempo salpicó de lodo las botas charoladas de un transeúnte.
--¡Bribón!--exclamó el transeúnte furioso.
Gavroche asomó la nariz por sobre el tapa-bocas.
--¿Se queja el señor?
--¡De ti!--dijo el transeúnte.
--Se ha cerrado el despacho,--dijo Gavroche,--y ya no admito reclamaciones.
Entretanto, como seguían subiendo la calle, descubrió bajo una puerta cochera á una mendiga de trece á catorce años, helada, y con un vestido tan corto, que apenas le llegaba á la rodilla.
La chica empezaba á ser ya grandullona para ello.
El crecer suele jugar esas malas pasadas; el vestido se hace corto, precisamente en el momento en que la desnudez se hace indecente.
--¡Pobre chica!--dijo Gavroche. Ni pantalones lleva. Toma esto, al menos.
Y quitándose el pañuelo de lana que le abrigaba el cuello, lo echó sobre los demacrados y amoratados hombros de la pobre, con lo que el tapa-bocas volvió á ser pañuelo.
La chicuela le contempló asombrada, y aceptó el pañuelo sin decir nada.
En cierto grado de infelicidad, el pobre en su estupor no llora ya el mal que siente, ni agradece tampoco el bien que recibe.
Hecho esto:
--¡Birr!--dijo Gavroche, estremeciéndose más que san Martín, quien al menos se quedó con la mitad de su capa.
Después de este ¡birr! redobló con furia el turbión. Malos cielos hay que castigan las buenas acciones.
--¡Ah!--exclamó Gavroche.--¿Qué significa esto? Llueve otra vez. Buen Dios, si esto sigue así, retiro mi abono.
Y siguió su camino.
--Es igual,--dijo después, echando una mirada á la pobre que se arrebujaba en el pañuelo; ahí está ésa, que tiene una magnífica tela de cebolla.
Y mirando á la nube, gritó:
--¡Petardo!
Los dos niños seguían detrás de él.
Al pasar por delante de uno de esos estrechos enrejados de alambre que indican una panadería, porque el pan se pone como el oro entre rejas de hierro, se volvió Gavroche, y dijo:
--¡Ah, monigotes! ¿Se ha comido ya?
--Señor,--respondió el mayor,--no hemos comido nada desde esta mañana.
--¿No tenéis, pues, ni padre ni madre?--repuso majestuosamente Gavroche.
--Si tal, señor; tenemos papá y mamá, pero no sabemos dónde están.
--Á veces vale más eso que saberlo,--dijo Gavroche, que era todo un pensador.
--Ya hace dos horas,--continuó el mayor,--que estamos andando. Hemos buscado algo que comer en los rincones, y no hemos encontrado nada.
--Lo sé,--dijo Gavroche.--Los perros se lo comen todo.
Y continuó después de un momento de silencio:
--¡Ah! Hemos perdido á los autores de nuestros días. No sabemos qué hemos hecho de ellos. Esto no está bien, picarillos. Es muy tonto eso de perderse como personas mayores. ¡Ah! Sin embargo, es preciso aguzar.
Por lo demás, no les hizo ninguna pregunta. ¿Hay nada más sencillo que no tener domicilio?
El mayor de los dos niños, entregado ya casi por completo á la pronta indiferencia de la infancia, exclamó:
--Pero es extraño, sin embargo. Mamá nos había dicho que nos llevaría á comprar romero bendito el domingo de Ramos.
--¡Novatos!--respondió Gavroche.
--Mamá,--añadió el mayor,--es una señora que vive con la señorita Miss.
--Como suena,--replicó Gavroche.
En esto se había parado, y andaba hacía rato tentando y registrando todos los rincones que tenía en sus andrajos.
Por fin, levantó la cabeza con una expresión que quería parecer satisfecha, pero que en realidad era triunfante.
--Calma, monines. Ya tenemos con qué cenar los tres.
Y sacó de uno de sus bolsillos un sueldo.
Y sin dejar á los chicos tiempo para alegrarse, los empujó delante de sí hacia la tienda de un panadero, y puso el sueldo sobre el mostrador, gritando:
--¡Mozo! cinco sueldos de pan.
El panadero, que era el amo en persona, cogió un pan y un cuchillo.
--¡En tres pedazos, mozo!--gritó Gavroche.
Añadiendo con dignidad:
--Somos tres.
Y viendo que el panadero, después de haber examinado á los tres comensales, había tomado un pan moreno, metióse profundamente el dedo en la nariz, con una aspiración tan imperiosa como si tuviese entre los dedos un polvo de tabaco de Federico el Grande, y dirigió al rostro del panadero este apóstrofe indignado:
--¿Kek se kça?
Los lectores que crean ver en esta interpelación de Gavroche una palabra rusa ó polaca, ó uno de esos gritos salvajes que los Yoways y los Botocudos se dirigen de una orilla á otra del río, al través de las soledades, deben saber que no pasa de ser una frase que dicen todos los días ellos (nuestros lectores), y que ocupa el lugar de esta otra: «¿qué es eso?».
El panadero comprendió perfectamente, y respondió:
--¿Qué? Es pan; pan muy bueno de segunda clase.
--Pan negro, habéis querido decir,--replicó Gavroche, tranquilo y fríamente desdeñoso.--¡Pan blanco, mozo! Pan jabonado. Yo convido.
El panadero no pudo dejar de reirse, y cortando el pan blanco, quedóse mirándoles de una manera compasiva, que chocó á Gavroche.
--¡Ah, pastelero!--dijo éste.--¿Qué nos estáis midiendo?
Puestos los tres cabo á cabo, apenas medían seis pies.
Cuando hubo cortado el pan, guardóse el panadero el sueldo, y Gavroche dijo á los dos niños:
--Jamad.
Los chicos le miraron sorprendidos.
Gavroche se echó á reir.
--¡Calla! Es verdad; no entienden todavía. ¡Son tan pequeños!
Y repuso:
--Comed.
Al mismo tiempo dió á cada uno un pedazo de pan.
Y pensando que el mayor, que le parecía más digno de su conversación, merecía alguna distinción especial, y debía perder todo temor para satisfacer su apetito, le dijo, dándole el mayor pedazo:
--Echa ese cartucho en el fusil.
Había un pedazo más pequeño que los otros dos, y se quedó con él.
Los pobres niños estaban hambrientos. Gavroche lo conoció.
Mientras comían el pan con buenos dientes ocupaban la panadería, cuyo dueño, después de haber cobrado, los contemplaba de no muy buena gana.
--Volvamos á la calle,--dijo Gavroche.
Y tomaron la dirección de la Bastilla.
De cuando en cuando, al pasar por delante de las tiendas iluminadas, el más pequeño se detenía para ver la hora en un reloj de plomo, que llevaba colgado del cuello en un cordón.
--Es verdaderamente un tontuelo,--decía Gavroche.
Y después, murmuraba pensativo entre dientes:
--Es igual. Si tuviese yo monigotes, les ataría más corto.
Cuando iban ya acabando el pedazo de pan, llegaban al ángulo de aquella lúgubre calle de los Bailes, en cuyo fondo se descubre el postigo bajo y repulsivo de la cárcel de la Fuerza.
--¡Calla! ¿Eres tú, Gavroche?--preguntó alguien.
--¡Calla! ¿Eres tú, Montparnasse?,--dijo Gavroche.