Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 23
«Iremos á ver al hombre esqueleto; todavía vive en los Campos Elíseos; es muy flaco el tal parroquiano.
«Después os llevaré al teatro á ver á Federico Lemaitre. Tengo billetes; conozco á los actores, y aún he representado una vez en una pieza. Éramos todos monigotes como ése, y corríamos bajo una tela que era el mar. Os contrataré en mi teatro.
«Iremos á ver los salvajes. No es verdad que sean tales salvajes; llevan un vestido de punto color de rosa que imita carne, pero que les hace arrugas, y hasta en los codos se notan los zurcidos con hilo blanco.
«Después iremos á la Ópera; entraremos con los alabarderos. Los alabarderos son los que aplauden, y su cuerpo está muy bien organizado; pero yo no iría con ellos por la calle. Figúrate que en la Ópera hay quien paga veinte sueldos; pero éstos son tontos, y se les llama paganos.
«Luego iremos á ver guillotinar, os enseñaré el verdugo. Vive en la calle del Marais; el señor Sansón, tiene una caja buzón para las cartas á la puerta. ¡Ah! Se divierte uno en grande.
En aquel momento cayó una gota de sebo en el dedo de Gavroche, y le recordó las realidades de la vida.
--¡Cáspita!--dijo.--Se acabó el pábilo. ¡Atención! No puedo gastar más de dos sueldos mensuales en luz. Cuando uno se acuesta es para dormir. No tenemos tiempo para leer las novelas de Paul de Kock. Además de que la luz podría pasar por las rajas de la puerta cochera, y los corchetes no tendrían que hacer más que mirar.
--Y luego,--observó tímidamente el mayor, único que se atrevía á hablar con Gavroche y á contestarle,--podría caer una chispa en la paja, y hay que cuidar de no prender fuego á la casa.
--No se dice prender fuego á la casa,--reparó Gavroche;--se dice asar los trapos.
La tempestad arreciaba, oíase á través del redoble del trueno el turbión que azotaba el lomo del coloso.
--Aquí metidos, que llueva,--dijo Gavroche.--Me divierte ver correr el agua de la cuba por las patas de la casa. El invierno es un animal; pierde su género, pierde su trabajo, porque no puede mojarnos, y esto hace que gruña el viejo aguador.
Esta alusión al trueno, cuyas consecuencias aceptaba Gavroche en su calidad de filósofo del siglo XIX, fué seguida de un gran relámpago, tan deslumbrador, que entró por las hendiduras del vientre del elefante.
Casi al mismo tiempo resonó terriblemente el rayo, cual si hubiese caído allí.
Los dos chiquillos dieron un grito, y se levantaron con tal rapidez, que casi separaron el enrejado; pero Gavroche volviendo hacia ellos su rostro atrevido, aprovechó el trueno para lanzar una carcajada.
--Calma, niños. No conmovamos el edificio. Ése es un hermoso trueno; sea enhorabuena. Un relámpago no es un coco. ¡Bravo por el Dios bueno, caramba! Está casi tan bien hecho como en el teatro del Ambigú.
Dicho esto, arregló el enrejado, empujó ligeramente á los dos niños hacia la cabecera de la cama, apretó sus rodillas para que se estiraran bien, y exclamó:
--Puesto que Dios enciende su luz, yo puedo apagar la mía. Niños, es preciso dormir, jóvenes humanos. Es muy malo no dormir; porque os haría desternillar el gañote, ó como dicen en el gran mundo, heder el aliento. ¡Envolveos bien en la _vellosa_! Voy á apagar. ¿Estáis ya?
--Sí,--murmuró el mayor,--estoy bien. Tengo la cabeza como sobre pluma.
--No se dice la cabeza; se dice el troncho,--díjole Gavroche.
Los dos niños se apretaron uno contra otro.
Gavroche acabó de arreglarlos sobre la estera, les subió la manta hasta las orejas, y después les repitió por tercera vez la exclamación en lengua hierática:
--Sornad.
Y apagó el cabo de vela.
Apenas quedaron á obscuras, un temblor singular empezó á conmover el enrejado que cubría á los tres muchachos.
Era una multitud de rozamientos sordos que producían un sonido metálico. Como si garras ó dientes arañasen la alambrera.
Este ruido iba acompañado de pequeños, pero agudos gritos.
El niño de cinco años, oyendo este cencerreo por encima de su cabeza, helado de espanto, empujó con el codo á su hermano; pero éste «sornaba» ya, como le había mandado Gavroche.
Entonces el pequeñuelo, no pudiendo con el miedo, se atrevió á interpelar á Gavroche; pero en voz muy baja y conteniendo el aliento:
--¡Señor!
--¡Eh!--dijo Gavroche, que acababa de cerrar los párpados.
--¿Qué es eso?
--Ratas,--respondió Gavroche y volvió á descansar la cabeza en la estera.
Las ratas, en efecto, que pululaban á millares en el esqueleto del elefante, y que eran aquellas manchas negras vivas de que hemos hablado, habían permanecido quietas ante la luz mientras ardió la vela, pero en cuanto aquella caverna, que venía á ser su ciudad, había vuelto á la noche, oliendo lo que el narrador Perrault llama «carne fresca», se habían arrojado sobre la alcoba de Gavroche, habían trepado hasta el vértice, y mordían las mallas como si tratasen de agujerear aquella cobertera de nuevo género. El niño, sin embargo, no podía dormir.
--¡Señor!--volvió á decir.
--¡Eh!--dijo Gavroche.
--¿Son las ratas?
--¡Ratones!
Esta explicación tranquilizó un poco al niño.
Había visto algunas veces ratones blancos, y no les tenía miedo.
No obstante, volvió á alzar la voz:
--¡Señor!
--¡Qué!--repuso Gavroche.
--¿Por qué no tenéis gato?
--He tenido uno,--contestó Gavroche;--traje uno, pero se lo comieron.
--Esta segunda explicación desbarató el buen efecto de la primera, y el chiquitín volvió á temblar, de modo que por cuarta vez comenzó el diálogo entre él y Gavroche.
--¡Señor!
--¡Qué!
--¿Quién fué el comido?
--El gato.
--¿Y quién se comió al gato?
--Las ratas.
--¿Los ratones?
--Sí, las ratas.
El niño, consternado de estos ratones que se comían á los gatos, prosiguió:
--¡Señor! ¿Nos comerán á nosotros esos ratones?
--¡Vaya!--prorrumpió Gavroche.
El terror del niño llegaba á su colmo; pero Gavroche añadió:
--¡No tengas miedo! No pueden entrar. Además, estoy yo aquí. Toma, coge mi mano. ¡Cállate y duerme!
Gavroche al mismo tiempo tomó la mano del pequeñín por encima de su hermano.
El niño apretó aquella mano y se tranquilizó.
El ánimo y la fuerza tienen comunicaciones misteriosas.
Volvió el silencio; el ruido de las voces había ahuyentado y asustado á las ratas; y aunque al cabo de un rato volvieron á roer el enrejado, los tres muchachos, sumergidos en el sueño, no oían ya nada.
Pasáronse las horas de la noche.
La sombra cubría la inmensa plaza de la Bastilla; un viento invernal, mezclado con la lluvia, soplaba á fuertes ráfagas; las patrullas registraban las puertas, las calles de árboles, los cercados, los rincones oscuros, buscando á los vagabundos nocturnos, y pasaban por delante del elefante; el monstruo de pie, inmóvil, con los ojos abiertos en las tinieblas para meditar como satisfecho de su buena acción, protegía contra el cielo y los hombres á las tres pobres criaturas dormidas.
Para comprender lo que sigue, es preciso recordar, que en aquella época el cuerpo de guardia de la Bastilla estaba situado al otro extremo de la plaza, y que lo que pasaba cerca del elefante no podía ser visto ni oído del centinela.
Hacia el fin de la hora que precede inmediatamente al alba, salió corriendo un hombre de la calle de San Antonio, cruzó la plaza, dió la vuelta á la gran empalizada de la columna de julio, y se deslizó por la cerca hasta colocarse bajo el vientre del elefante.
Si una luz cualquiera hubiera iluminado á aquel hombre, se habría adivinado que había pasado la noche bajo la lluvia, al verle calado hasta los tuétanos.
Cuando llegó bajo el elefante, lanzó un grito extraño é impropio de toda lengua humana, y que sólo podría reproducir un papagayo.
Repitió dos veces este grito, que sólo podemos representar ortográficamente así:
--¡Kirikikiú!
Al segundo grito, una voz clara, alegre y tierna, respondió desde el vientre del elefante:
--¡Sí!
Casi inmediatamente la tabla que cerraba el agujero se separó, y dió paso á un muchacho, que bajó por la pata del elefante, y fué á caer cerca de aquel hombre.
Era Gavroche. El hombre era Montparnasse.
En cuanto á este grito _kirikikiú_, era sin duda lo que el chico quería decir con: «Preguntarás por el señor Gavroche».
Al oirle, se había despertado sobresaltado; se había arrastrado fuera de su «alcoba», separando un poco el enrejado, que había vuelto á cerrar cautelosamente; después había abierto la trampa y descendido.
El hombre y el muchacho se reconocieron silenciosamente en la obscuridad.
Montparnasse se limitó á decir:
--Te necesitamos. Ven á echar una mano.
El pilluelo no pidió ninguna explicación.
--Aquí me tienes,--dijo.
Y ambos se dirigieron hacia la calle de San Antonio, de donde había salido Montparnasse, serpenteando rápidamente á través de la larga fila de carretas de los hortelanos que á dicha hora bajan al mercado.
Los hortelanos, acurrucados en sus carros entre las verduras y las legumbres, medio dormidos, envueltos hasta los ojos en sus capotes para guarecerse de la lluvia, ni miraron siquiera á aquellos extraños transeúntes.
III =Peripecias de la evasión=
He aquí lo que había ocurrido aquella misma noche en la cárcel de la Fuerza.
Habíase concertado una evasión entre Babet, Brujón, Tragamares y Thénardier, aunque Thénardier estaba incomunicado.
Babet había dirigido el negocio, como se ha podido ver por las palabras de Montparnasse á Gavroche.
Montparnasse debía ayudarlos desde fuera.
Brujón, como había pasado un mes en el cuarto de corrección, había tenido tiempo, primero para tejer una cuerda y segundo para madurar un plan.
En otros tiempos, estos lugares severos en que la disciplina de la cárcel entrega al criminal á sí mismo, se componía de cuatro paredes de piedra, de un techo de piedra, de un suelo de losas de piedra, de una cama de campaña, de un tragaluz enrejado, y de una puerta forrada de hierro, y que se llamaban _calabozos_.
Hoy día el calabozo se considera como una cosa demasiado horrible, y se compone de una puerta de hierro, de un tragaluz enrejado, de una cama de campaña, de un suelo de losas de piedra, de un techo de piedra, de cuatro muros de piedra y se llama el _cuarto de corrección_.
Á eso del medio día se ve en él un poco.
El inconveniente de estos cuartos que, como se ve, no son calabozos, es dejar pensar á los seres á quienes se debería hacer trabajar.
Brujón, pues, había meditado, y había salido del cuarto de corrección con una cuerda.
Como se le consideraba muy peligroso en el patio de Carlomagno, se le trasladó al Edificio Nuevo; y lo primero que encontró allí fué á Tragamares, y lo segundo un clavo; á Tragamares, es decir, el crimen; un clavo, esto es, la libertad.
Brujón, cuyo carácter debemos pintar completamente ahora, era, bajo una apariencia de complexión delicada y una languidez profundamente estudiada, un ganapán pulido, inteligente y ladrón, de mirada agradable y sonrisa atroz.
Su mirada era el resultado de su voluntad, y su sonrisa el resultado de su naturaleza.
Sus primeros estudios en el _arte_ se habían dirigido á los tejados; había introducido grandes progresos en la industria de los ladrones de plomo, que levantan las planchas de las azoteas y arrancan los canalones por el procedimiento llamado entre ellos de _tocino gordo_.
Lo que en aquel momento hacía más favorable una tentativa de evasión, era que los plomeros estaban reparando y componían parte del empizarrado de la cárcel.
El patio de San Bernardo no estaba enteramente aislado del patio de Carlomagno y del patio de San Luis.
Había por la parte más alta andamios y escalas ó, en otros términos, puentes y escaleras del lado de la libertad.
El Edificio Nuevo, que estaba lo más agrietado y ruinoso que puede imaginarse, era el punto más débil de la cárcel.
Las paredes estaban tan desgastadas por el salitre, hasta el extremo de ser necesario cubrir de un entablado las bóvedas de los dormitorios, porque solían desprenderse de ellos piedras, que caían sobre las camas de los presos.
Á pesar de esta decrepitud, se cometía la falta de encerrar en el Edificio Nuevo á los acusados más peligrosos, de guardar allí las «causas graves», como se dice en el lenguaje carcelario.
El Edificio Nuevo tenía cuatro dormitorios sobrepuestos y una armadura de tejado encima, que se llamaba Buen Aire.
Un ancho caño de chimenea, que probablemente había sido de alguna cocina antigua de los duques de la Fuerza, partía del piso bajo, atravesaba los cuatro pisos, cortaba en dos partes todos los dormitorios, figurando una especie de pilar aplastado, que pasaba al otro lado del techo. Tragamares y Brujón estaban en el mismo dormitorio, y por precaución habían sido encerrados en el piso bajo.
La casualidad hacía que la cabecera de sus camas estuviese apoyada en aquel caño de chimenea.
Thénardier estaba precisamente sobre la cabecera de ellos, en esa armadura ó cubierta llamada Buen Aire.
El transeúnte que se detiene en la calle Culture Sainte Cathérine, más allá del cuartel de los bomberos, delante de la puerta cochera de la casa de baños, descubre un patio lleno de flores y de arbustos en cajones, en cuyo fondo se eleva entre dos alas una pequeña rotonda blanca, adornada con postiguillos verdes, el sueño bucólico de Rousseau.
No hace aún diez años, por cima de esta rotonda alzábase una tapia negra, enorme, horrible, desnuda, á la cual se hallaba unida.
Aquélla era la pared del camino de ronda de la Fuerza.
Ese muro, detrás de esa rotonda, era Milton visto por detrás de Berquin.
Por muy alto que fuera este muro, estaba dominado todavía por un tejado, más negro aún, que se divisaba más allá.
Era el tejado del Edificio Nuevo.
Descubríanse en él cuatro buhardillas con reja, que eran las ventanas de Buen Aire.
Una chimenea salía del tejado; era la misma que atravesaba por los dormitorios.
Buen Aire, aquella cúpula del Edificio Nuevo, era una especie de desván extensísimo abuhardillado, cerrado con triples rejas, y puertas forradas de hierro y tachonadas de clavos enormes.
Cuando se entraba en él por la parte del Norte, quedaban á la izquierda los cuatro tragaluces, á la derecha, haciendo frente, cuatro cuartos cuadrados, bastante grandes, separados por estrechos corredores de mampostería hasta determinada altura, y desde allí al techo por barrotes de hierro.
Thénardier estaba incomunicado en uno de esos cuartos desde la noche del 3 de febrero.
No se ha podido saber por qué medios había adquirido, y tenido oculta, una botella, de aquel vino inventado, dicen, por Desrues, que contiene un narcótico, y que la banda de los _adormecedores_ ha hecho célebre.
Hay en muchas cárceles empleados alevosos, mezcla de carceleros y ladrones, que auxilian en las evasiones, que venden á la policía una domesticidad infiel, y que hacen saltar las portezuelas de los coches que transportan á los presos.
En aquella misma noche, pues, en que Gavrochillo había recogido á los dos niños perdidos, Brujón y Tragamares, que sabían que Babet, escapado por la mañana, les esperaba en la calle con Montparnasse, se levantaron silenciosamente y empezaron á agujerear, con el clavo encontrado por Brujón, el caño de chimenea que estaba tocando á su cama.
Los yesones que se desprendían caían sobre la cama, de modo que no producían el menor ruido.
El turbión y los truenos conmovían las puertas en sus goznes, y producían en la cárcel un estrépito horrible y conveniente.
Algunos presos, que se despertaron, aparentaron volverse á dormir, y dejaron trabajar á Tragamares y á Brujón.
Brujón era diestro y Tragamares vigoroso; así es que antes que llegase el menor ruido al vigilante acostado en la celda enrejada que daba al dormitorio, estaba ya agujereado el caño, escalada la chimenea, forzada la reja que cerraba el orificio superior, y en el tejado los dos temibles bandidos.
La lluvia y el viento redoblaban; el tejado estaba resbaladizo.
--_¡Qué obscura más á propósito para una escampavía!_[3]--dijo Brujón.
Un abismo de seis pies de ancho y ochenta de profundidad los separaba de la pared de ronda.
En el fondo de aquel abismo veían brillar en la obscuridad el fusil de un centinela.
Ataron por un lado, á los restos de los barrotes de la chimenea que acababan de retorcer, la cuerda que Brujón había hilado en su calabozo; echaron el otro cabo por cima del muro de ronda, atravesaron de un salto el abismo, se agarraron al caballete del muro, pasaron las piernas por encima, se deslizaron uno tras otro por la cuerda hasta el cabriol del muro que tocaba con la casa de baños; tiraron hacia sí la cuerda, saltaron al patio de la casa de baños, lo atravesaron, empujaron el postiguillo del portero, á cuyo lado colgaba el cordón; tiraron de éste, con lo que se abrió la puerta cochera, y se encontraron en la calle.
No hacía más de tres cuartos de hora que se habían puesto de pie sobre sus camas en las tinieblas, con el clavo en la mano y el proyecto en la mente.
Algunos momentos después se unieron á Babet y á Montparnasse, que vagaban por los alrededores.
Al tirar de la cuerda, rompióse ésta, quedando un trozo atado á la chimenea en el tejado.
No habían tenido más contratiempo que el de haberse deshollado las manos por completo.
Thénardier estaba prevenido aquella noche, sin que se pudiese saber de qué manera había recibido aviso y no dormía.
Á eso de la una, en medio de la obscuridad de la noche, vió pasar dos sombras por el tejado, por entre la lluvia y el viento, y por delante del tragaluz que daba frente á su calabozo.
Una de aquellas sombras se detuvo en el tragaluz el tiempo suficiente para dirigir una mirada; era Brujón.
Thénardier le conoció, y comprendió lo bastante.
Thénardier, designado como peligroso, y detenido como acusado de una emboscada nocturna á mano armada, estaba vigilado por un centinela de vista, que era relevado cada dos horas, y se paseaba con el fusil cargado por delante de su calabozo.
Buen Aire estaba iluminado por un farol de pared.
El preso tenía unos grillos de cincuenta libras de peso.
Todos los días, á las cuatro de la tarde, un carcelero, escoltado de dos perros de presa, porque esto se hacía aún en aquella época, entraba en su calabozo, ponía cerca de su cama un pan negro de dos libras, un cántaro de agua y una escudilla de un caldo bastante claro, en que nadaban algunas habichuelas; reconocía los grillos, y golpeaba en los barrotes.
Aquel hombre volvía dos veces por la noche con sus perros.
Thénardier había conseguido que le permitieran conservar una clavija de hierro que usaba para colgar el pan en una hendidura de la pared, con objeto, decía él, de «ponerle á salvo de las ratas».
Como estaba vigilado, no se había hallado inconveniente ninguno en dejarle aquella clavija.
Sin embargo, luego se recordó que el carcelero había dicho:
--Más valdría que la clavija fuese de madera.
Á las dos de la noche fueron á relevar al centinela, que era un soldado viejo, y fué reemplazado por un quinto.
Algunos momentos después, el carcelero, acompañado de sus perros, pasó la revista, y se retiró sin haber notado nada, excepto «la mucha mocedad y el aire solano del bisoño».
Dos horas después, á las cuatro, cuando fueron á relevar al quinto, le encontraron dormido y tirado en el suelo como un tronco, junto al calabozo.
En cuanto á Thénardier, ya no estaba allí.
Los grillos yacían rotos por el suelo.
Había un agujero en el techo, y otro más arriba en el tejado.
Faltaba una tabla de la cama, que había desaparecido.
Hallóse en el calabozo una botella medio vacía, que contenía el resto del vino narcotizado con que se había dormido al centinela.
La bayoneta de éste había desaparecido también.
Al descubrirse todo esto, se creyó que Thénardier estaría ya fuera de alcance.
Pero en realidad, si no estaba ya en el Edificio Nuevo, se veía aún en gran peligro.
Thénardier, al llegar al tejado del Edificio Nuevo, había encontrado el resto de la cuerda de Brujón que colgaba de los barrotes de la trampilla superior de la chimenea; pero siendo muy corto aquel cabo roto, no había podido evadirse por encima del camino de ronda, como lo habían hecho Brujón y Tragamares.
Cuando se vuelve de la calle de los Bailes para entrar en la del Rey de Sicilia, se encuentra casi de repente, á la derecha, una sucia hondonada.
Había allí en el siglo último una casa, de que no queda más que la pared del fondo, verdadera tapia maciza que se eleva hasta la altura de un tercer piso por entre los edificios contiguos.
Distínguese esta ruina por dos grandes ventanas cuadradas, que aún existen; la del medio, que está hacia la derecha, está atravesada por una viga carcomida, sujeta por otro madero.
Á través de estas ventanas se distinguía antes una alta y lúgubre pared, que era un trozo de la muralla de camino de ronda de la Fuerza.
El hueco que la casa demolida ha dejado en la calle, está ocupado en su mitad por una empalizada de tablas podridas, sostenidas por cinco guarda cantones de piedra.
En ese cercado se oculta una casilla apoyada contra la pared ruinosa.
La empalizada tiene una puerta, que hace algunos años se cerraba con solo picaporte.
Á la cima de esta pared era donde había conseguido llegar Thénardier á las tres de la madrugada.
¿Cómo había llegado hasta allí? Nunca se supo ni ha podido explicarse.
Los relámpagos debieron auxiliarle y molestarle á un tiempo.
¿Se sirvió de las escalas y andamios de los pizarreros para pasar de un tejado á otro, de un cercado á otro, de una manzana á otra, de los edificios del patio de Carlomagno á los del patio de San Luis, después al muro de la ronda, y luego al solar de la calle del Rey de Sicilia?
En este trayecto había soluciones de continuidad que lo hacían al parecer imposible.
¿Había usado la tabla de la cama como un puente desde el tejado de Buen Aire hasta la tapia del camino de ronda; y arrastrándose por el caballete como una culebra alrededor de la cárcel hasta el solar?
Pero la tapia del camino de ronda de la Fuerza formaba una línea almenada y desigual, subía y bajaba, descendía hacia el cuartel de bomberos, y se elevaba hacia la casa de baños, estaba cortada por varios edificios, y no tenía la misma altura por el palacio Lamoignon que por la calle Pavée; por todas partes presentaba líneas verticales y ángulos rectos; además los centinelas habrían visto en este caso el sombrío perfil del fugitivo; y aún así, el camino recorrido por Thénardier resulta casi inexplicable.
De ambas maneras resultaba imposible la fuga.
Thénardier, iluminado por esa terrible sed de libertad que transforma los precipicios en fosos, las rejas de hierro en cañizos de mimbres, la debilidad en fuerza, el gotoso en gamo, la estupidez en instinto, el instinto en inteligencia, y la inteligencia en genio; Thénardier, decimos, ¿había inventado é improvisado un tercer medio?
Nunca llegó á saberse.
No siempre es posible explicarse las maravillas de una evasión.
El hombre que se escapa, lo repetimos, está inspirado; hay algo de las estrellas y del relámpago en el misterioso fulgor de la huida, el esfuerzo hacia la libertad no es menos sorprendente que el vuelo hacia lo sublime; y se dice de un ladrón escapado: «¿Cómo lo ha hecho para escalar este muro?». Lo mismo que se dice de Corneille: «¿quién le inspiró tal concepto?».
Sea como fuere, Thénardier goteando sudor, empapado por la lluvia, destrozados los vestidos, desolladas las manos, ensangrentados los codos, despedazadas las rodillas, había llegado á lo que los niños llaman el corte de la pared ruinosa; y allí, faltándole las fuerzas, se había echado á lo largo.
La altura vertical de un tercer piso le separaba del empedrado de la calle.
La cuerda que tenía era muy corta.