Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 16
Juan Valjean se ponía el uniforme y entraba de guardia tres ó cuatro veces al año, y lo hacía con gusto, porque el uniforme era para él un verdadero disfraz que le mezclaba con todo el mundo, dejándole sin embargo solitario.
Juan Valjean acababa de cumplir los sesenta años, edad de la exención legal, pero no aparentaba más de cincuenta; y por otra parte no tenía deseo alguno de librarse de su sargento mayor y andar en discusiones con el conde de Lobau. No tenía estado civil; ocultaba su nombre, ocultaba su edad, ocultaba su identidad, lo ocultaba todo; y, como hemos dicho, era un guardia nacional de buena fe.
Toda su ambición consistía en asemejarse á cualquiera que pagase sus contribuciones.
El ideal de este hombre era, en lo interior, ser ángel, y en el exterior, contribuyente.
Hagamos notar aquí alguna cosa: cuando Juan Valjean salía con Cosette, se vestía como hemos dicho, y parecía un militar retirado.
Cuando salía solo, que era comúnmente por la noche, iba siempre vistiendo blusa y pantalón de obrero y una gorra que le ocultaba el rostro.
¿Era esto precaución ó humildad?
Ambas cosas á la vez.
Cosette estaba acostumbrada ya al aspecto enigmático de su destino, y apenas notaba las rarezas de su querido padre.
En cuanto á la tía Santos, veneraba á Juan Valjean y le parecía bien todo lo que hacía.
Un día el carnicero, que había visto á Juan Valjean, le dijo: «¡Vaya un hombre particular!» Y ella respondió: «Es un santo».
Ni Juan Valjean, ni Cosette, ni la tía Santos entraban ó salían más que por la puerta de la calle de Babilonia; de modo que á no verlos por la verja del jardín, era difícil adivinar que vivían en la calle de Plumet.
Esta verja estaba siempre cerrada, y Juan Valjean había dejado inculto el jardín para que no llamase la atención.
Pero en esto tal vez se engañaba.
III =Foliis ac Frondibus=
Aquel jardín, completamente abandonado hacía más de medio siglo, había llegado á ser extraordinario y hermoso.
Los transeúntes de hace cuarenta años se paraban á contemplarle, sin sospechar los secretos que se escondían detrás de sus verdes y frescas espesuras.
Más de un individuo reflexivo dejó penetrar varias veces en aquella época sus ojos y su pensamiento indiscreto al través de los hierros de aquella antigua verja en forma de cadena torcida, movediza, sostenida por dos pilares verdosos y enmohecidos, y coronada caprichosamente por un frontón de indescifrables arabescos.
Había en un rincón un banco de piedra y una ó dos estatuas cubiertas de musgo; algunos encañados, deshechos por el tiempo, se pudrían contra la pared; no había calles ni céspedes, sólo abundaba la grama.
Había desaparecido la jardinería, habiendo reaparecido la naturaleza.
Abundaba la mala yerba, admirable fortuna para un pobre rincón de tierra.
Los alelíes nacían faustosos y espléndidos.
Nada contrariaba en aquel jardín el esfuerzo sagrado de las cosas hacia la vida; nada impedía su venerable desarrollo.
Los árboles se habían inclinado hasta las zarzas, y las zarzas habían subido hasta los árboles; la planta había trepado, la rama se había encorvado; lo que se arrastra por el suelo buscaba lo que se extiende por el aire, lo que flota en el viento se había inclinado hacia lo que vive entre el musgo; troncos y ramas, hojas y fibras, tallos y zarzas, sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, enlazado, confundido; la vegetación, en un estrecho y profundo abrazo, había celebrado y realizado, á la vista del Creador satisfecho, en aquel espacio de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su fraternidad, símbolo de la fraternidad humana.
Aquello no era ya un jardín; era una maleza colosal; es decir, una cosa impenetrable como un bosque, poblada como una ciudad, temblorosa como un nido, sombría como una catedral, olorosa como un ramillete, solitaria como una tumba, y viviente como la muchedumbre.
En la primavera, aquel enorme matorral, libre dentro de sus cuatro tapias y de su verja, entraba, como todo, en el sordo trabajo de la germinación universal; temblaba al salir el sol casi como un ser animado que aspira los efluvios del amor cósmico y que siente la savia de abril subir y bullir en sus venas; y sacudiendo al viento su prodigiosa cabellera de verdura sembrada en la tierra húmeda, en las rotas estatuas, en la desvencijada escalinata del pabellón, y hasta en el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes.
Al mediodía refugiábanse allí mil blancas mariposas, y era un espectáculo sublime ver revolotear en copos, y á la sombra, aquella viviente nieve del estío.
Allí, entre las alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces inocentes hablaban dulcemente al alma, y lo que dejaba de decir el gorjeo de los pájaros, lo completaba el zumbido de los insectos.
Por la noche, un vapor de meditación se desprendía del jardín, envolviéndolo en un manto de bruma; una tristeza celestial y tranquila le cobijaba; el perfume embriagador de las madreselvas y jazmines salía de todas partes como un veneno exquisito y sutil; oíanse los últimos cantos de los petirrojos y de las nevatillas, durmiéndose bajo las ramas; manifestábase la intimidad sagrada del pájaro y el árbol. De día las alas prestan alegría á las hojas; por la noche las hojas dan protección á las alas.
En el invierno, la maleza estaba negra, mojada, erizada, temblorosa, y dejaba ver parte de la casa al través de su seco ramaje.
En vez de flores en las ramas, y en lugar de rocío en las flores, distinguíanse los largos hilos de plata de los caracoles sobre el frío y espeso tapiz de las amarillentas hojas; pero siempre, bajo cualquier aspecto, en cualquier estación, en primavera, en invierno, en verano y en otoño, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación, soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios. La antigua verja cerrada parecía decir: «Este jardín es mío».
En vano el empedrado de París se extendía á su alrededor; en vano se veían á dos pasos los palacios clásicos y espléndidos de la calle de Varennes, cerca de la iglesia de los Inválidos, y no lejos de la Cámara de los Diputados; en vano las carrozas de la calle de Borgoña y Santo Domingo rodaban fastuosamente por las cercanías; en vano los ómnibus amarillos, negros, blancos y rojos se cruzaban en el crucero próximo; todo esto no impedía que en la calle de Plumet existiera el desierto.
La muerte de los primitivos propietarios, el trascurso de una revolución, el hundimiento de las antiguas fortunas, la ausencia, el olvido, cuarenta años de abandono y de vacío al rededor, habían bastado para reproducir en aquel lugar privilegiado los helechos, los gordolobos, la cicuta, las aquileas, las yerbas altas, las grandes plantas rastreras de anchas hojas y de verde pálido, los lagartos, los escarabajos, los insectos bulliciosos y veloces, para hacer salir de las profundidades de la tierra y reaparecer entre aquellas cuatro paredes, cierta grandeza hosca y salvaje; y para que la naturaleza, que desconcierta los mezquinos trabajos del hombre, y que donde se manifiesta, se manifiesta por completo, lo mismo en la hormiga que en el águila, se desarrollase en un mezquino jardinillo parisiense con tanta rudeza y majestad como en un bosque virgen del Nuevo Mundo.
En efecto; nada hay pequeño, bien lo saben todos aquéllos en quienes la naturaleza penetra profundamente.
Aunque la filosofía no puede de un modo absoluto, ni circunscribir la causa, ni limitar el efecto, el pensador cae en un éxtasis sin fondo cuando contempla los diferentes modos de descomposición de las fuerzas que convergen todas hacia la unidad.
Todo trabaja para todo.
El álgebra se aplica á las nubes; la irradiación del astro aprovecha á la rosa, y ningún pensador se atreverá á decir que el perfume del espino es inútil á las constelaciones.
¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula?
¿Sabemos acaso si no se crean nuevos mundos por medio de la caída de granos de arena?
¿Quién conoce el movimiento de flujo y reflujo recíproco de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el eco tonante de las causas en los precipicios del ser y las avalanchas de la creación?
El arado es un insectillo importante; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; aterradora visión para el espíritu.
Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este inagotable conjunto, desde el sol hasta al pulgón, ninguna cosa desprecia á la otra; cada una de ellas tiene necesidad de las demás.
La luz no lleva á la región azul los perfumes terrestres sin saber lo que hace, y la noche reparte convenientemente la esencia estelar á las dormidas flores.
Todas las aves voladoras llevan atado á la pata el hilo de lo infinito.
La germinación se sirve igualmente del estallido de un meteoro, como del picotazo de la golondrina, para romper el huevo; conduciendo á la par el nacimiento del último gusano y el advenimiento de Sócrates.
Donde acaba el telescopio empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos tiene mayor alcance? Escoged.
Un poco de moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero de estrellas.
Es igual, y más inaudita todavía, la promiscuidad de las cosas de la inteligencia con los hechos de la sustancia.
Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se multiplican unos para otros, hasta el punto de hacer terminar el mundo material y el mundo moral en la misma luz.
El fenómeno está perpetuamente replegado en sí mismo.
En las grandes trasformaciones cósmicas, la vida universal va y viene en cantidades desconocidas, arrastrándolo todo en el invisible misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni el delirio de un sueño, sembrando un germen animal aquí, desmenuzando un astro allá, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza y de la imaginación un elemento, diseminado é indivisible; disolviéndolo todo, excepto ese punto geométrico que se llama el _yo_; refiriéndolo todo al átomo-alma; desarrollándolo todo en Dios; acumulando y agregando, desde la más alta hasta la más inferior, todas las actividades en las negruras de un mecanismo vertiginoso; relacionando el vuelo de un insecto con el movimiento de la tierra; subordinando, ¿quién sabe? aunque no sea más que por la identidad de la ley, la evolución del cometa en el firmamento al vértigo del infusorio en la gota de agua.
Máquina hecha de espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el mosquito, y es el zodíaco su última rueda.
IV =Cambio de reja=
Parecía que aquel jardín, creado en otros tiempos para ocultar los misterios libidinosos, se había trasformado, trocándose en abrigo natural de misterios castos.
Ya no había mecedoras, cenadores cubiertos, ni grutas; había una magnífica sombra que caía como un velo por todas partes.
Pafos se había convertido en Edén.
Cierto remordimiento había purificado aquel retiro; era un ramillete que ofrecía sus flores al alma.
Aquel jardín de coquetería, tan comprometedor en otro tiempo, había entrado en la virginidad y en el pudor.
Un magistrado ayudado por un jardinero, un buen hombre que creía ser la continuación de Lamoignon, y otro buen hombre que creía ser la continuación de Lenôtre, le habían contorneado, tallado, encuadrado, compuesto y aderezado para la galantería; la naturaleza se lo había apropiado después; le había llenado de sombra y arreglado para el amor.
Había también en aquella soledad un corazón dispuesto.
El amor no tenía que hacer más que manifestarse; tenía allí un templo compuesto de verdor, de yerba, de musgo, de suspiros, de avecillas, de suaves tinieblas, de ramas agitadas, y un alma llena de dulzura, de fe, de candor, de esperanza, de aspiración y de ilusiones.
Cosette había salido del convento niña casi; llegaba apenas á los catorce años, y estaba «en la edad crítica».
Ya sabemos que exceptuando los ojos, parecía más bien fea que hermosa; no tenía, sin embargo, ninguna facción desgraciada; pero era delgada, sosa, tímida y atrevida á la vez; en fin, una niña grande.
Su educación estaba terminada; es decir, le habían enseñado religión y sobre todo, devoción; «historia»; es decir, lo que se llama así en los conventos; geografía, gramática, los participios, los reyes de Francia, algo de música, delinear una nariz, etc.; pero por lo demás lo ignoraba todo; esto es un encanto, pero al mismo tiempo un peligro.
No debe dejarse el alma de una joven tan completamente á obscuras, porque más adelante se producen en ella imágenes demasiado bruscas y demasiado vivas, como en una cámara obscura. Debe iluminársela suave y discretamente, mejor con el reflejo de la realidad, que con su luz directa y penetrante. Media luz suave, útil y graciosamente austera, que disipe los temores pueriles y evite las caídas.
No hay más que el instinto materno, intuición admirable en que entran los recuerdos de la virgen y la experiencia de la mujer, que sepa cómo y de qué manera debe ser esta semiluz.
Nada puede suplir ese instinto.
Para educar el alma de una joven, todas las monjas del mundo no valen una madre.
Cosette no había tenido madre; había tenido muchas madres, en plural.
En cuanto á Juan Valjean, poseía toda la ternura, todos los cuidados posibles; pero no era nada más que un viejo que nada sabía.
Ahora bien; en esta obra de la educación, en este grave asunto de la preparación de una niña para la vida, ¡cuánto saber se necesita para luchar contra esa gran ignorancia que se llama inocencia!
Nada prepara á una joven para las pasiones como el convento; el convento encamina el pensamiento á lo desconocido.
El corazón replegado en sí mismo se socava no pudiendo dilatarse, y se profundiza no hallando expansión.
De ahí provienen las suposiciones, las conjeturas, los bosquejos novelescos, el deseo de aventuras, los castillos en el aire, los edificios enteros creados en la obscuridad interior del espíritu: sombrías y secretas moradas, donde las pasiones encuentran pronto donde alojarse luego que, abiertas las rejas, se les permite entrar.
El convento es una compresión que, para triunfar del corazón humano, necesitaba durar toda la vida.
Cosette, al salir del convento, no podía hallar nada más grato ni más peligroso que la casa de la calle de Plumet, la cual era la continuación de la soledad con el principio de la libertad; un jardín cerrado, pero una naturaleza vigorosa, rica, voluptuosa, llena de perfumes; los mismos sueños que en el convento, pero viendo á los jóvenes; una reja, pero una reja que daba á la calle.
Sin embargo, repetimos, cuando entró en esta casa no era más que una niña. Juan Valjean le entregó aquel jardín inculto.
--Haz ahí lo que quieras,--la dijo.
Esto entretenía á Cosette, que ponía en movimiento todas las flores y todas las piedras, buscando «animalejos»; jugaba mientras llegaba el tiempo de meditar; amaba aquel jardín por los insectos que encontraba bajo sus pies, entre la yerba, en tanto que llegaba el tiempo de amarle por las estrellas que pudiera ver por entre las ramas sobre su cabeza.
Además, amaba á su padre, es decir, á Juan Valjean, con toda su alma, con una sencilla pasión filial, que hacía del buen viejo un compañero siempre deseado y siempre querido.
El lector recordará que el señor Magdalena leía mucho; Juan Valjean continuaba haciendo lo mismo; había llegado á hablar bien; tenía la secreta riqueza y la elocuencia de una inteligencia humilde y verdadera que se ha cultivado expontáneamente.
No le había quedado más aspereza que la justamente precisa para sazonar su bondad; era un ingenio rudo y un corazón suave.
En las alamedas del Luxemburgo, en sus paseos, en sus conversaciones con Cosette, hacía largas explicaciones de todo, tomadas, ya de lo que había leído, ya de lo que había sufrido.
Cuando Cosette le escuchaba, sus miradas erraban vagamente.
Este hombre sencillo tenía el pensamiento todo entero de Cosette, del mismo modo que aquel jardín inculto bastaba á su vista.
Cuando había perseguido á las mariposas, se acercaba á él sofocada y le decía:
--¡Ah, cuánto he corrido!
Y él la besaba en la frente.
Cosette adoraba al buen hombre, y siempre iba detrás de él; donde estaba Juan Valjean, allí estaba su felicidad.
Como Juan Valjean no habitaba ni en el pabellón ni en el jardín, Cosette se encontraba más á gusto en el patio empedrado que en el recinto lleno de flores; y en el cuartito amueblado con sillas de paja, mejor que en el gran salón cubierto de alfombras y de sillones tapizados.
Juan Valjean le decía algunas veces sonriendo, ante la dicha de verse importunado:
--¡Pero vete á tu cuarto! ¡Déjame solo un rato!
Cosette entonces le reñía, dirigiéndole una de esas reprensiones tan tiernas y llenas de gracia, cuando las dirige una hija á su padre:
--Padre, tengo mucho frío en vuestro cuarto. ¿Por qué no ponéis aquí una alfombra y una estufa?
--Hija mía, ¡hay tantos que valen más que yo, y que no tienen siquiera techo que les cobije!
--Entonces, ¿por qué tengo yo lumbre en mi cuarto y todo lo que me hace falta?
--Porque tú eres mujer y niña.
---¡Bah! ¿Pues qué, los hombres deben sufrir el frío y pasarlo mal?
--Ciertos hombres.
--Pues bueno; vendré aquí con tanta frecuencia, que os veréis obligado á encender lumbre.
También solía decirle:
--Padre, ¿por qué coméis pan tan malo como ése?
--Porque sí, hija mía.
--Pues bien, si vos lo coméis también lo comeré yo.
Y entonces, para que Cosette no comiese pan negro, Juan Valjean comía pan blanco.
Cosette sólo recordaba confusamente su infancia.
Rezaba mañana y noche para su madre, á quien no había conocido.
Los Thénardier habían quedado en su memoria como dos figuras repugnantes que se le hubiesen aparecido en sueños; recordaba que había ido «un día por la noche» á buscar agua á un bosque; creía que muy lejos de París; le parecía que había empezado á vivir en un abismo, y que Juan Valjean la había sacado de él.
Al pensar en su infancia, sentía lo mismo que si recordase un tiempo en que no hubiera habido á su alrededor más que cienpiés, arañas y serpientes; y cuando meditaba sobre todas estas cosas por la noche, antes de dormirse, como no tenía seguridad de ser hija de Juan Valjean, pensaba que el alma de su madre se había trasladado al cuerpo de aquel hombre, y había ido á vivir á su lado.
Cuando él se sentaba, ella apoyaba su cabeza en sus blancos cabellos, y dejaba caer silenciosamente una lágrima, diciéndose: «¡Tal vez este hombre es mi madre!».
Cosette, por más que esto parezca extraño, en su profunda ignorancia de niña educada en un convento y siendo, por otra parte, la maternidad una cosa completamente ininteligible para la virginidad, había concluido por figurarse que había tenido la _menor cantidad_ de madre posible.
No sabía ni aún el nombre de esta madre; siempre que preguntaba sobre el particular, Juan Valjean guardaba silencio; y si repetía su pregunta, respondía con una sonrisa. Una vez insistió, y la sonrisa concluyó por una lágrima.
Este silencio de Juan Valjean cubría con un velo opaco á Fantina.
¿Era esto prudencia? ¿Era respeto? ¿Era temor de entregar este nombre á otra memoria que no fuese la suya?
Mientras Cosette había sido niña, Juan Valjean había hablado con gusto de su madre; cuando llegó á ser joven, le fué imposible hablarle de ella.
Creyó que no debía atreverse á tanto.
¿Hacía esto por Cosette ó lo hacía por Fantina?
Experimentaba una especie de terror religioso ante la idea de hacer penetrar aquella sombra en el pensamiento de Cosette, y de introducir entre el destino de ambos la tercera persona de la difunta. Cuanto más sagrada era para él esta sombra, más temible le parecía; pensaba en Fantina, y se sentía subyugado por el silencio.
Veía vagamente en las tinieblas algo que se parecía á un dedo sobre una boca.
Todo aquel pudor que había tenido Fantina, y que durante su vida había salido de ella violentamente, ¿había vuelto después de su muerte á posarse sobre ella, á velar indignado por la paz de aquel cadáver, y á guardar fieramente su tumba?
¿Juan Valjean experimentaba, sin saberlo, la presión de ese pudor?
Nosotros, que creemos en la muerte, no pertenecemos al número de los que rechazarían esta explicación misteriosa.
De ahí la imposibilidad de pronunciar, aún para Cosette, este nombre: Fantina.
Un día le dijo Cosette:
--Padre, esta noche he visto á mi madre en sueños; tenía dos grandes alas. Mi madre debe haber sido, en vida, casi una santa.
--Por el martirio,--respondió Juan Valjean.
Juan Valjean, por otra parte, era dichoso.
Cuando Cosette salía con él, se apoyaba en su brazo, orgullosa y feliz en toda la plenitud del corazón.
Juan Valjean, á todas estas demostraciones de una ternura tan exclusiva y tan satisfecha hacia él, sentía su pensamiento anegarse en delicia.
El pobre hombre se estremecía inundado de alegría angelical; creía que aquello duraría toda la vida, y se decía que verdaderamente no había padecido bastante para merecer tan brillante porvenir, y dando gracias á Dios en las profundidades de su alma, por haber permitido que fuese amado de tal modo, por aquel ser inocente, un miserable.
V =La rosa descubre que es una máquina de guerra=
Un día Cosette se miró al espejo por casualidad, y se dijo: ¡Toma! pareciéndole que era bonita; lo cual la turbó singularmente.
Hasta entonces no había pensado en su figura.
Se veía en el espejo, pero no se miraba.
Y además, había oído decir muchas veces que era fea.
Á lo cual sólo Juan Valjean decía con amabilidad: ¡No! ¡No!
Sea como fuese, lo cierto es que Cosette se había creído siempre fea, y había crecido en esta creencia con la fácil resignación de la infancia.
Pero he aquí que de un golpe, su espejo le decía como Juan Valjean: ¡No! ¡No!
En toda la noche no pudo dormir.
--¡Si yo fuese bonita!--pensaba.--¡Cómo me gustaría ser bonita!
Y se acordaba de aquellas de sus compañeras cuya hermosura causaba efecto en el convento, y se decía: «¡Cómo! ¡Seré yo como fulanita!».
Al día siguiente se miró también al espejo; pero no por casualidad, y dudó.
--¿Dónde tenía yo la cabeza?--se dijo.--¡No; soy fea!
Había dormido mal; tenía los ojos encendidos, y estaba pálida.
El día anterior no había tenido gran alegría al creer en su belleza, pero entonces experimentó gran tristeza al no creer ya en ella.
No se miró más, y por espacio de más de quince días trató de peinarse y vestirse vuelta de espaldas al espejo.
Por la noche, después de comer, solía bordar en el salón ó hacer alguna laborcilla de convento, y Juan Valjean leía á su lado.
Una vez alzó los ojos de su labor, y quedó sorprendida al observar la manera inquieta con que su padre la miraba.
Otra vez, yendo por la calle, le pareció oir á uno, á quien no pudo ver, que decía detrás de ella:
--¡Linda muchacha, pero mal vestida!
--¡Bah!--pensó ella.--No lo dice por mí. Yo soy fea, y voy bien vestida.
Llevaba entonces su sombrero de felpilla y su vestido de merino.
Un día, por fin, estando en el jardín, oyó á la tía Santos que decía:
--Señor, ¿no habéis observado qué guapa se va poniendo la señorita?
Cosette no oyó la respuesta de su padre, pero las palabras de la tía Santos la produjeron una conmoción, un desasosiego indefinible.
Dejó el jardín, subió á su cuarto, corrió al espejo, al que hacía tres meses que no se miraba, y lanzó un grito.
Acababa de deslumbrarse á sí misma.
Era linda y graciosa; no podía menos de ser del parecer de la tía Santos y del espejo.
Su talle se había formado, su cutis había emblanquecido, sus cabellos se habían vuelto lustrosos; un fulgor desconocido se había encendido en sus ojos azules.
Adquirió completa conciencia de su belleza, en sólo un minuto, como cuando penetra de lleno la luz del día. Los demás lo notaban, la tía Santos lo decía, á ella se había referido evidentemente el transeúnte; ya no podía dudarlo.