Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 17

Chapter 173,968 wordsPublic domain

Bajó al jardín creyéndose reina, oyó cantar á los pájaros; era verano, miró al cielo dorado, al sol en los árboles, á las flores en las matas, conmovida, loca, entre una embriaguez inefable.

Juan Valjean, por su parte, experimentaba una profunda é indefinible opresión de corazón.

Era que, en efecto, desde hacía algún tiempo, contemplaba con terror aquella hermosura, que se presentaba cada día más brillante en la simpática fisonomía de Cosette; aurora de alegría para todos, y lúgubre para él.

Cosette había sido bella mucho antes de descubrirlo.

Pero, desde el primer día, aquella luz inesperada que se elevaba lentamente, y envolvía por grados toda la persona de la joven, hirió la sombría pupila de Juan Valjean.

Conoció que aquello era un cambio en una vida feliz, tan feliz, que no se atrevía á alterarla en nada, por temor de perder algo en ella.

Aquel hombre, que había pasado por todas las miserias, que aún estaba manando sangre por las heridas que le había inferido el destino, que había sido casi malvado, y que había llegado á ser casi santo; que después de haber arrastrado la cadena del presidiario, arrastraba á la sazón la cadena invisible, pero pesada, de la infamia indefinida; aquel hombre á quien la ley no había perdonado aún, y que podía ser preso á cada instante, y sacado de la obscuridad de su virtud á la luz del oprobio público; aquel hombre lo aceptaba todo, lo disculpaba todo, lo perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no pedía á la Providencia, á los hombres, á las leyes, á la sociedad, á la naturaleza, al mundo, más que una cosa, ¡que Cosette le amase!

¡Que Cosette siguiese amándole! ¡Que Dios no impidiese llegar á él y permanecer en él al corazón de aquella niña! Si Cosette le amaba, ya se sentía curado, tranquilo, recompensado; era feliz. No deseaba nada más.

Si le hubieran preguntado: «¿Quieres estar mejor?» habría respondido: «No».

Si Dios le hubiera dicho: «¿Quieres el cielo?» habría respondido: «Saldría perdiendo».

Todo lo que pudiera modificar aquella situación, aunque no fuese más que en la superficie, le hacía temblar como el principio de otra cosa desconocida.

Nunca había sabido lo que era la hermosura de una mujer; pero por instinto comprendía que era una cosa terrible.

Juan Valjean miraba asustado aquella belleza que se desarrollaba cada día más triunfante y soberbia á su lado, á su vista, sobre la frente pura y temible de la joven, desde el fondo de su fealdad, de su vejez, de su miseria, de su reprobación, de su abatimiento.

Y se decía: ¡Qué hermosa es! ¿Qué va á ser de mí?

En esto estaba la diferencia entre su ternura y la ternura de una madre; lo que él veía con angustia, lo habría visto una madre con placer.

No tardaron mucho en manifestarse los primeros síntomas.

Desde el día siguiente á aquél en que Cosette se había dicho: «¡Decididamente, soy hermosa!» se esmeró en su tocado.

Recordó lo que había dicho el transeúnte: «Bonita, pero mal vestida»; soplo de oráculo que había pasado á su lado, y se había desvanecido después de haber dejado en su corazón uno de los dos gérmenes que llenan más tarde la vida de la mujer: la coquetería.

El otro germen es el amor.

Con la fe en su hermosura se desarrolló en ella el alma de la mujer.

Odió al merino y se avergonzó de la felpilla.

Su padre no la había negado nunca nada.

Enseguida aprendió la ciencia del sombrero, del vestido, de la manteleta, del calzado, de los manguitos, de la tela de viso, del color que mejor sienta; esa ciencia que hace de la mujer parisiense una cosa tan seductora, tan profunda y peligrosa.

La frase _mujer espiritual_ ha sido inventada para designar á la parisiense.

En menos de un mes, la doncellita Cosette, en aquella soledad de la calle de Babilonia, fué una mujer, no sólo de las más bonitas, lo que es algo, sino de las «mejor puestas» de París, lo que es mucho más todavía.

Hubiese querido encontrar á «su transeúnte» para ver lo que diría y «¡darle una lección!».

El hecho es que estaba verdaderamente encantadora, y que distinguía con una mirada asombrosa un sombrero de Gérard de un sombrero de Herbaut.

Juan Valjean contemplaba estos estragos con ansiedad.

Él, que comprendía que nunca podría sino arrastrarse, andar por la tierra todo lo más, veía que Cosette iba adquiriendo alas.

Por otra parte, con sólo ver el traje de Cosette, una mujer hubiera conocido desde luego que no tenía madre.

Hay ciertas exigencias del decoro, ciertas conveniencias especiales que Cosette no observaba. Una madre, por ejemplo, le habría dicho, que una joven soltera no se viste de damasco.

El primer día que Cosette salió con su vestido y su manteleta de damasco negro, y su sombrero de crespón blanco, se cogió del brazo de Juan Valjean, alegre, radiante, sonrosada, orgullosa, esplendente.

--Padre,--le dijo,--¿qué os parezco?

Juan Valjean respondió con acento amargo, semejante al de un envidioso:

--¡Encantadora!

Fueron á paseo, como siempre, y al volver preguntó á Cosette:

--¿No piensas volver á ponerte tu vestido y sombrero, ya sabes?

Pasaba esto en el cuarto de Cosette.

La joven se volvió hacia la percha del guarda ropa donde estaba colgado su uniforme de colegiala, y exclamó:

--¡Ese disfraz! Padre, ¿qué queréis que haga de él? ¡Ah! Nunca volveré á ponerme esos guiñapos horribles. Con ese adefesio en la cabeza parezco la señora Sincholla.

Juan Valjean suspiró profundamente.

Desde aquel instante observó que Cosette, que antes deseaba siempre quedarse en casa, diciendo: «Padre, me encuentro aquí mejor con usted», quería entonces salir continuamente.

En efecto, ¿de qué sirve tener la cara linda y un traje rico, si no se han de enseñar?

Observó también que Cosette no tenía ya tanta afición al patio interior; ahora le gustaba más estar en el jardín y pasear por delante de la verja.

Juan Valjean, esquivo, no ponía los pies en el jardín; se quedaba en su patio de detrás como el perro.

Cosette, al saber que era hermosa perdió la gracia de ignorarlo, gracia exquisita, porque la belleza realzada por la sencillez es inefable, y no hay nada más digno de adoración que una inocencia deslumbradora que lleva en la mano, sin saberlo, la llave de un paraíso.

Pero lo que perdió en gracia ingenua, se lo ganó en encanto reflexivo y serio.

Toda su persona, penetrada por las alegrías de la juventud, de la inocencia y de la belleza, respiraba una melancolía espléndida.

En esta época fué cuando Mario, después de pasados seis meses, la volvió á ver en el Luxemburgo.

VI =Comienza la batalla=

Estaba Cosette en su sombra, como Mario en la suya, siendo materia dispuesta para el incendio.

El destino, con su paciencia misteriosa y fatal, acercaba lentamente estos dos seres, uno á otro, ambos desfallecidos y cargados de la tempestuosa electricidad de la pasión; estas dos almas que llevaban el amor como dos nubes llevan el rayo, y que debían encontrarse y mezclarse en una mirada como las nubes en un relámpago.

Se ha abusado tanto de las miradas en las novelas amorosas, que se ha acabado por desacreditarlas: apenas se atreve hoy un novelista á decir que dos seres se han amado porque se han mirado; y sin embargo, así es como se ama, y únicamente así.

Lo restante no es más que lo restante, y viene después.

Nada hay más real que esas grandes sacudidas que dos almas se producen mutuamente al cambiar una chispa.

Á cierta hora en que Cosette dirigió, sin saberlo, aquella mirada que turbó á Mario, éste no sospechó que dirigió otra mirada, la que turbó también á Cosette.

Hacíale el mismo mal é igual bien.

Pasóse algún tiempo en que le veía y le examinaba, como ven y examinan las jóvenes, mirando á otra parte.

Mario encontraba aún fea á Cosette, cuando Cosette encontraba ya bello á Mario.

Pero como él no se fijaba en ella, el joven aquél le era bien indiferente.

Sin embargo, no podía ella dejar de decirse, que tenía hermoso pelo, buenos ojos y blanquísimos dientes, un timbre de voz seductor cuando le oía hablar con sus compañeros; que vestía mal, si se quiere, pero con gracia especial, que no le parecía tonto; que toda su persona era noble, dulce, sencilla, altiva, y que, por fin, si tenía aspecto de pobre, tenía buen aspecto.

El día en que sus ojos se encontraron y se dijeron por fin, bruscamente, aquellas primeras cosas obscuras é inefables que balbucea una mirada, Cosette no las comprendió al instante.

Entró pensativa en la casa de la calle del Oeste, en que Juan Valjean, según costumbre, había ido á pasar seis semanas.

Al día siguiente, al despertar pensó en aquel joven desconocido, por tanto tiempo indiferente y glacial, que parecía entonces poner su atención en ella, y no creyó remotamente que ésta le fuese agradable.

Tenía más bien algo de cólera contra aquel bello joven desdeñoso.

Movióse en su interior un principio de guerra.

Creyó que iba en fin, á vengarse, y experimentó por esto una alegría enteramente infantil.

Creyéndose hermosa, conocía naturalmente, aunque de un modo vago, que tenía un arma.

Las mujeres juegan con su belleza como los niños con un cuchillo; y á veces se hieren.

Recuérdense las vacilaciones de Mario, sus excitaciones, sus temores. Se quedaba en su banco, y no se aproximaba, lo cual disgustaba á Cosette.

Un día dijo ésta á Juan Valjean:

--Padre, paseemos un poco por este lado.

Viendo que Mario no se le dirigía, dirigiósele ella.

En semejante caso, toda mujer se parece á Mahoma.

Y además, esto es lo raro, el primer síntoma del verdadero amor en un joven es la timidez, y en una muchacha la osadía.

Esto asombra, y sin embargo nada tan sencillo y natural.

Son los sexos que tratan de aproximarse, tomando cada uno las cualidades del otro.

Aquel día la mirada de Cosette volvió loco á Mario, y la mirada de Mario puso temblorosa á Cosette.

Mario se fué contento, Cosette inquieta.

Desde aquel día se adoraron.

Lo primero que Cosette experimentó fué una tristeza confusa y profunda; le parecía que desde aquel día al siguiente su alma se había vuelto negra; ella misma no la conocía.

La blancura del alma de las jóvenes, que se compone de frialdad y alegría, se parece á la nieve; se deshace al amor, que es su sol.

Cosette no sabía lo que era el amor. Jamás había oído pronunciar esta palabra en el sentido terrenal.

En los libros de música profana que entraban en el convento se reemplazaba la palabra _amor_ con _tambor_ ó _pandour_ (panduro), lo cual daba motivo á enigmas que ejercitaban la imaginación de las _grandes_, como: _¡Ah, qué agradable es el tambor!_ ó bien: _¡la piedad no es más que panduro!_

Pero Cosette había salido aún muy joven para haber pensado mucho en el «tambor».

No sabía, pues, qué nombre dar á lo que sentía.

¡Pero no se está menos enfermo por ignorar el nombre de la enfermedad!

Amaba con tanta más pasión cuanto que amaba con ignorancia; no sabía si aquello era bueno ó malo, útil ó peligroso, necesario ó mortal, eterno ó pasajero, permitido ó prohibido: amaba.

Se habría asombrado mucho si la hubieran dicho: «¿Dormís? ¡Pues eso está prohibido! ¿Coméis? ¡Pues eso está muy mal hecho! ¿Tenéis opresión y latidos de corazón? ¡Pues eso no se hace! ¿Os ruborizáis, palidecéis cuando un ser vestido de negro aparece al extremo de cierta alameda? ¡Pues eso es abominable!

De seguro no lo hubiese comprendido, y habría respondido: «¿Cómo he de tener culpa en una cosa en que no puedo nada, y ni nada sé?».

Sucedió que la especie de amor que sentía era precisamente el que más convenía al estado de su alma.

Era aquella una especie de adoración á distancia, una contemplación muda, la deificación de un desconocido; era la aparición de la adolescencia, el sueño de las noches, convertido en novela, sin dejar de ser sueño, el fantasma deseado, realizado en fin y hecho carne, pero sin nombre aún, sin culpa, sin mancha, ni exigencia, ni defecto; en una palabra, el amante lejano y envuelto en lo ideal, una quimera con forma.

Otro cualquier encuentro más palpable y más próximo hubiera asustado en aquella época á Cosette medio sumergida aún en la espesa bruma del convento.

Tenía todos los temores del niño, y todos los miedos de la religiosa confundidos.

El espíritu del convento, de que se había penetrado por espacio de cinco años, se evaporaba lentamente todavía en todo su ser, y hacía que todo temblase en derredor suyo; en semejante situación, lo que necesitaba no era un amante, no era ni aún un ser enamorado, sino una visión.

Púsose á adorar á Mario como una cosa encantadora, luminosa é imposible.

Como la extremada sencillez linda con la extremada coquetería, dirigíale sonrisas francas.

Cada día esperaba con impaciencia la hora de paseo: encontraba á Mario, sentía una felicidad indecible, y creía expresar sinceramente todo su pensamiento diciendo á Juan Valjean:

--¡Qué jardín más delicioso es el Luxemburgo!

Mario y Cosette estaban en la obscuridad el uno para el otro.

No se hablaban, no se saludaban, no se conocían; se veían; y como los astros en el cielo, separados de millones de leguas, vivían de mirarse.

Así era como iba Cosette haciéndose mujer poquito á poco, y desarrollándose bella y enamorada, con la conciencia de su belleza y la ignorancia de su amor.

Coqueta, en alto grado, por inocencia.

VII =Á tristeza, tristeza y media=

Todas las situaciones tienen sus instintos.

La anciana y eterna madre naturaleza advertía sordamente á Juan Valjean la presencia de Mario; Juan Valjean temblaba allá en lo más obscuro de su pensamiento. Juan Valjean no veía nada, no sabía nada, y contemplaba, sin embargo, con obstinada atención, las tinieblas en que estaba como si sintiese por un lado algo que se erigiese, y por otro algo que se derrumbara.

Mario, avisado también, y lo que es la profunda ley de Dios, por la misma madre naturaleza, hacía todo lo que podía por ocultarse «del padre».

Pero acontecía á veces que le veía Juan Valjean.

La conducta de Mario no era del todo natural.

Tenía accesos de prudencia miope, y de simple temeridad. No se le acercaba tanto como antes; se sentaba lejos, y permanecía en éxtasis; llevaba un libro, y hacía como que leía: ¿por qué hacía tal cosa?

Antes iba con su levita vieja, y ahora llevaba todos los días la levita nueva; no podía asegurarse que no se rizase el pelo; tenía ojos picarescos, y calzaba guantes.

En una palabra, Juan Valjean detestaba cordialmente á aquel joven.

Cosette no dejaba adivinar nada.

Sin saber en realidad lo que pasaba por ella, tenía el sentimiento de que debía ocultárselo á su padre.

Había entre el gusto del tocador que había adquirido Cosette y la costumbre de usar levita nueva de aquel desconocido, un paralelismo importuno para Juan Valjean.

Era casualidad, tal vez, sin duda, seguramente, pero una casualidad peligrosa.

Jamás abría la boca para hablar á Cosette de aquel desconocido.

Un día, sin embargo, no pudo contenerse, y con la vaga desesperación que introduce de súbito la sonda en su desgracia, la dijo:

--¡Qué aire tan pedantesco tiene este joven!

Cosette un año antes, es decir, cuando era una niña indiferente, hubiera respondido:

--No, es un joven simpático.

Diez años después, con el amor de Mario en el corazón habría respondido:

--¡Sí, es un pedante insoportable! ¡Tenéis razón!

Pero en aquel momento de su vida y en el estado de su corazón, se limitó á contestar con suprema calma:

--¿Este joven?

Como si le mirase por primera vez en su vida.

--¡Qué torpe soy!--pensó Juan Valjean.--Cosette no se había fijado aún en él, y yo soy quien se la enseño.

¡Oh inocencia de los viejos! ¡Oh penetración de las criaturas!

Es también ley de esos frescos años de padecimientos y cuidados, de esas violentas luchas del primer amor contra los primeros obstáculos, que la joven no se deje coger en ningún lazo, y el joven caiga en todos.

Juan Valjean había empezado contra Mario una guerra sorda, que éste, con la sublime estupidez de su pasión y de su edad, no adivinó.

Juan Valjean le tendió una porción de emboscadas; cambió de horas, cambió de banco, olvidó su pañuelo, fué sólo al Luxemburgo.

Mario cayó de lleno en todos esos lazos; y á todos estos interrogantes plantados en su camino por Juan Valjean, respondió ingenuamente:

--Sí.

Entre tanto, Cosette continuaba encerrada en su aparente indiferencia y en su imperturbable tranquilidad; tanto, que Juan Valjean sacó esta conclusión: «Ese necio está enamorado locamente de Cosette; pero Cosette ni siquiera sabe que existe».

Pero no por ello era menor la agitación dolorosa de su corazón.

De un momento á otro podía sonar la hora en que Cosette empezase á amar.

¿No empieza todo por la indiferencia?

Sólo una vez cometió Cosette una falta, y le asustó.

Al levantarse del banco para marcharse después de haber estado allí tres horas, Cosette le dijo:

--¿Ya?

Juan Valjean no había interrumpido sus paseos al Luxemburgo, porque no quería hacer nada singular, y porque temía sobre todo, que Cosette notase algo; pero en aquellas horas, tan gratas para los enamorados, mientras que Cosette enviaba su sonrisa á Mario, embriagado de placer, quien permanecía completamente abstraído de todo, y no veía nada en el mundo más que aquel rostro adorado, Juan Valjean le miraba con ojos chispeantes y terribles; y él, que había acabado por no creerse capaz de un sentimiento malévolo, tenía momentos, cuando Mario estaba allí, en que creía volverse salvaje y feroz, sintiendo que se abrían y levantaban contra aquél joven las antiguas profundidades de su alma que habían alimentado en otro tiempo tanta cólera.

Le parecía que se volvían á formar en su corazón cráteres desconocidos.

¿Cómo estaba allí aquel hombre? ¿Qué iba á hacer allí? ¿Iba á dar vueltas, á escudriñar, á examinar, á probar? ¿Iba á preguntar algo? ¿Iba á dar vuelta al rededor de su felicidad para arrebatársela?

Juan Valjean añadía:

--Sí; eso es. ¿Qué viene á buscar? ¿Una aventura? ¿Qué quiere? ¡Un amorío!

¡Pues, y yo! ¡Por qué habré sido antes el hombre más miserable, y después el más desgraciado!

¿Por qué habré pasado sesenta años viviendo de rodillas; habré padecido todo lo que se puede padecer; habré envejecido sin haber sido joven; habré vivido sin familia, sin padres, sin amigos, sin mujer, sin hijos; habré dejado sangre en todas las piedras, en todos los espinos, en todos los rincones, en todas las paredes; habré sido bueno, aunque hayan sido malos conmigo, y afable aunque hayan sido duros; me habré hecho bueno, á pesar de todo; me habré arrepentido del mal que he hecho, y habré perdonado el que me han causado; y en el momento en que recibo mi recompensa, en el momento que toco al fin, en el momento que tengo lo que quiero, que es bueno, que lo he pagado y me lo he ganado, desaparecerá todo, se me irá de las manos?

¡Perderé á Cosette, y perderé mi vida, mi alegría, mi alma, porque á un necio le haya complacido venir á vagabundear por el Luxemburgo! Entonces sus ojos despedían una claridad lúgubre y extraordinaria.

No era ya un hombre que miraba á otro: era un enemigo que miraba á otro; un perro de presa que miraba á un ladrón.

El lector ya sabe lo demás; Mario continuó siendo insensato.

Un día siguió á Cosette á la calle del Oeste; otro día habló al portero, y el portero habló á Juan Valjean, diciéndole:

--Señor, ¿que querrá un joven curioso que ha preguntado por vos?

Al día siguiente Juan Valjean dirigió á Mario aquella mirada, que acabó por notar.

Ocho días después Juan Valjean se mudó, prometiéndose no volver á poner los pies, ni en el Luxemburgo, ni en la calle del Oeste, y se volvió á la calle de Plumet.

Cosette no se quejó, no dijo nada, no trató de saber el porqué; estaba ya en el período en que se teme ser descubierto y vendido.

Juan Valjean no tenía experiencia alguna de estas miserias, únicas miserias agradables, y únicas también que desconocía, lo cual fué causa de que no comprendiese la grave significación del silencio de Cosette.

Solamente observó que estaba triste, y él se puso sombrío.

Por una y otra parte dominaba la inexperiencia.

Un día hizo una prueba y preguntó á Cosette.

--¿Quieres venir al Luxemburgo?

Un rayo iluminó el pálido rostro de Cosette.

--Sí,--contestó ella.

Fueron; habían pasado tres meses; Mario no iba ya; Mario no estaba allí. Al día siguiente, Juan Valjean volvió á decir á Cosette:

--¿Quieres venir al Luxemburgo?

Y ella respondió triste y sencillamente:

--No.

Juan Valjean se sintió herido por esta tristeza, y lastimado por esta dulzura.

¿Qué pasaba en aquella alma tan joven todavía, y ya tan impenetrable? ¿Qué trasformación se estaba verificando en ella? ¿Qué pasaba en el alma de Cosette?

Algunas noches, en vez de acostarse, Juan Valjean permanecía sentado cerca de su lecho, con la cabeza entre las manos y se pasaba la noche entera preguntándose: «¿Qué hay en la imaginación de Cosette?» y pensando en las cosas en que ella pudiera pensar.

¡Oh! En aquellos momentos, ¡qué miradas tan dolorosas dirigía hacia el claustro, á aquella altura casta, á aquel jardín del convento, lleno de flores ignoradas y vírgenes encerradas, en que todos los perfumes y toda las almas subían directamente al cielo!

¡Cómo adoraba aquel Edén cerrado para siempre, de que había salido voluntariamente y descendido con tan poca previsión!

¡Cómo se lamentaba de su abnegación y de su demencia en haber vuelto Cosette al mundo, pobre héroe del sacrificio, cogido y derribado por su mismo desinterés!

--¡Cómo!--exclamaba:--«¿qué he hecho yo?».

Por lo demás, Cosette ignoraba todo esto.

Juan Valjean no tenía para ella peor humor ni más dureza; siempre el mismo semblante bueno y apacible; sus modales eran más tiernos y más paternales que nunca; si algo hubiera podido hacer que se adivinase su falta de alegría, habría sido su mayor apacibilidad.

Cosette por su parte languidecía.

En la ausencia de Mario padecía como había gozado en su presencia, singularmente, sin explicárselo.

Cuando Juan Valjean dejó de acompañarla á dar sus habituales paseos, un instinto de mujer murmuró confusamente en el fondo de su corazón, que no debía manifestar afición al Luxemburgo, y que si este paseo le parecía indiferente, su padre la llevaría á él.

Pero se pasaron días, y semanas y meses.

Juan Valjean había aceptado tácitamente el consentimiento tácito de Cosette.

Ésta lo sintió, pero era ya tarde.

El día que volvió al Luxemburgo, Mario había desaparecido; ¿qué hacer entonces? ¿Volvería á encontrarle?

Sintió oprimírsele el corazón, sin que nada bastase á dilatárselo, y cuya opresión aumentaba diariamente.

No supo ya si estaba en invierno ó en verano, si hacía sol ó llovía, si los pájaros cantaban, si era la estación de las dalias ó de las margaritas, si el Luxemburgo era más bonito que las Tullerías, si la ropa que traía la lavandera estaba bien ó mal lavada, si la tía Santos había hecho buena ó mala «compra».

Quedó oprimida, absorta, atenta sólo á una idea, con la mirada vaga y fija, como cuando se mira en la noche el sitio negro y profundo en que se ha desvanecido una aparición.

Pero tampoco dejó traslucir nada á Juan Valjean, más que su palidez: continuó manifestando un semblante apacible.

Aquella palidez era más que suficiente para alarmar á Juan Valjean.

Algunas veces le preguntaba:

--¿Qué tienes?

Y ella respondía:

--No tengo nada.

Y después de un rato de silencio, como ella le viese también triste, le decía:

--Y vos, padre mío, ¿tenéis algo?

--¿Yo? Nada.--contestaba él.

Aquellos dos seres, que se habían amado tan exclusivamente y con tan tierno amor, y que habían vivido tanto tiempo el uno para el otro, sufrían á la sazón el uno al par del otro, y á causa del otro; sin decírselo, sin querer, y sonriendo.

VIII =La cadena=

El más desgraciado de los dos era Juan Valjean. La juventud, aún en medio de sus pesares, tiene siempre luz propia.

En ciertos casos, Juan Valjean padecía tanto, que llegaba á ser pueril, pues es propio del dolor hacer aparecer en el hombre el lado de niño.