Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 15
El buen hombre veía esta aparición que llevaba los pies desnudos y un zagalejo completamente destrozado; veía, decimos, cómo corría por las calles del jardín derramando la vida á su alrededor. El ruido de la regadera en las hojas encantaba al señor Mabeuf. Le parecía que el rododendro era ya feliz.
Vaciado el primer cubo, la muchacha sacó otro, y después un tercero; así regó todo el jardín.
Andando así por entre los árboles en que aparecía su perfil enteramente negro, agitando sobre sus largos y angulosos brazos su desgarrada pañoleta, tenía cierto aspecto de murciélago.
Cuando hubo acabado, se aproximó á ella el señor Mabeuf con lágrimas en los ojos y le puso la mano en la frente:
--Dios te bendiga,--dijo;--eres un ángel, pues tienes cuidado de las flores.
--No,--respondió ella;--soy el diablo, pero es igual.
El anciano exclamó sin esperar ni oir la respuesta:
--¡Qué lástima que yo sea tan desgraciado y pobre, que no pueda hacer nada por ti!
--Algo podríais hacer,--dijo ella.
--¿Qué?
--Decirme dónde vive el señor Mario.
El viejo no entendió.
--¿Qué Mario?
Y alzó su vidriosa mirada como buscando algo que hubiera desaparecido.
--Un joven que venía aquí hace algún tiempo.
El señor Mabeuf había ya hecho memoria, y contestó:
--¡Ah! sí... Ya sé lo que quieres decir. ¡Espera! Mario... el barón Mario de Pontmercy. ¡Pardiez! Vive... ó por mejor decir, no vive ya... Vaya, no sé.
Y así diciendo, se había encorvado para sujetar una rama del rododendro.
--Espera,--continuó;--ahora me acuerdo. Pasea mucho el boulevard, por la parte de la Glacière, calle Croulebarbe, Campo de la Alondra. Si vas por allí, no será difícil que le encuentres.
Cuando Mabeuf se enderezó ya no había nadie; la muchacha había desaparecido.
Entonces tuvo miedo de veras.
--Por cierto,--dijo,--que si no viese el jardín regado, creería que había sido un espíritu.
Una hora después, al acostarse, volvió á pensar en ello, y al dormirse, en ese momento confuso en que el pensamiento, como el pájaro de la fábula que se convierte en pez para pasar el mar, toma poco á poco la forma del desvanecimiento para atravesar el sueño, decíase á sí mismo confusamente:
--En verdad que esto se parece mucho á lo que Rubaudière cuenta de los gobelinos. ¿Habrá sido uno de ellos?
IV =Aparición de Mario=
Algunos días después de aquella visita de un «espíritu» al señor Mabeuf, llegó la mañana de un lunes del día en que Mario pedía á Courfeyrac cinco francos para Thénardier.
Mario se había guardado la moneda en el bolsillo, y antes de llevársela al carcelero había ido «á pasearse un poco», esperando tener ganas de trabajar á la vuelta. Era lo que hacía siempre.
En cuanto se levantaba sentábase delante de un libro y una hoja de papel para concluir alguna traducción; tenía entonces que hacer la versión al francés de una célebre querella entre alemanes, la controversia de Gans y de Savigny.
Cogía á Gans, cogía después á Savigny; leía cuatro líneas, trataba de escribir una, y no podía; veía una estrella entre sus ojos y el papel, y se levantaba de la silla, diciendo:
--Voy á salir. Esto me encauzará.
Y se iba al campo de la Alondra.
Allí veía aún más la estrella y mucho menos á Savigny y Gans.
Volvía á su casa, trataba de reanudar el trabajo, y no lo conseguía; no podía coger un solo cabo de los hilos rotos de su cerebro. Entonces decía:
--Mañana no salgo, porque así no se puede trabajar.
Y no obstante salía todos los días.
Vivía en el Campo de la Alondra más que en casa de Courfeyrac. Sus señas eran verdaderamente éstas: Alameda de la Salud, séptimo árbol, después de la calle Croulebarbe.
La mañana de que venimos hablando había abandonado el árbol y se había sentado en el parapeto del arroyuelo de los Gobelinos.
Un sol alegre penetraba por entre las brillantes hojas recién abiertas.
Pensaba en «Ella», y su pensamiento, convirtiéndose en reconvención, recaía sobre él; pensaba dolorosamente en la pereza, parálisis del alma, que se apoderaba de él, y en aquella noche, cuyas tinieblas se aumentaban por momentos ante su vista, hasta el punto de que ya no veía ni aún el sol.
Sin embargo, al través de este penoso desprendimiento de ideas diversas que no eran un monólogo; tanto se debilitaba en él la actividad, y tan escasa era su fuerza, que ni aún para desconsolarse le bastaba; al través de esa absorción melancólica le llegaban las sensaciones del exterior.
Oía detrás de sí, debajo de sí, en ambas orillas del arroyo, batir la ropa á las lavanderas de los Gobelinos y encima de su cabeza cantar los pájaros en los olmos.
Por un lado, el ruido de la libertad, del descuido feliz, del placer alado; por otro, el rumor del trabajo. Estos dos ruidos le parecían alegres, lo cual le hacía pensar profundamente, y casi reflexionar.
De repente, en medio del éxtasis que le dominaba, oyó una voz conocida, que decía:
--¡Toma! ¡Ahí está!
Levantó los ojos, y reconoció á aquella infeliz criatura que había ido una mañana á su casa, la mayor de las hijas de Thénardier, Eponina, puesto que ya sabía cómo se llamaba.
Cosa rara; estaba empobrecida y embellecida; dos pasos que parecía imposible que pudiera darlos, y sin embargo, había realizado ese doble progreso hacia la luz y hacia la desgracia.
Llevaba descalzos los pies, é iba vestida de harapos como el día que había entrado tan resueltamente en su cuarto; solamente que sus harapos tenían dos meses más; los agujeros eran mayores, y los andrajos más miserables.
Tenía la misma voz ronca, la misma frente atezada y arrugada por el aire, la misma mirada suelta, extraviada y vacilante.
Además, tenía en la fisonomía ese algo atónito y lastimero, sello particular que añade el sello de la cárcel á la miseria.
Tenía algunos restos de paja y de heno entre los cabellos, no como Ofelia por haberse vuelto loca con el contagio de la locura de Hamlet, sino porque había dormido en algún pajar.
Y á pesar de todo era hermosa. ¡Cómo eres radiante, oh juventud!
Se había parado delante de Mario con cierta alegría en su lívido rostro, y como sonriendo.
Permaneció algunos instantes como si no pudiese hablar.
--¡Por fin os he encontrado!--dijo.--Tenía razón el señor Mabeuf, ¡en este boulevard! ¡Cuánto os he buscado! ¡Si supierais! ¿Lo sabéis? He estado en la cárcel. ¡Quince días! Ya me han soltado viendo que no había nada contra mí. Además, no tenía edad de discernimiento; me faltan dos meses. ¡Oh, cómo os he buscado desde hace seis semanas. ¿Ya no vivís allí?
--No, dijo Mario.
--¡Oh! Ya comprendo. Por aquello. Son muy desagradables esos lances. Os habéis mudado. ¡Calle! ¿Y por qué lleváis ese sombrero tan viejo? Un joven como vos debería llevar un buen traje. ¿No lo sabéis, señor Mario? El señor Mabeuf os llama el barón Mario de no sé cuántos. ¿Verdad que no sois barón? Los varones son viejos, van al Luxemburgo, delante del palacio, donde hay más sol y leen _La Cotidiana_ por un céntimo. Yo estuve una vez á llevar una carta á casa de un barón así. Tenía más de cien años. Decid: ¿dónde vivís ahora?
Mario no respondió.
--¡Ah!--continuó ella.--Lleváis rota la camisa. Será menester que os la cosa.
Y añadió con acento cada vez más sombrío:
--Parece que no os alegra mucho el verme.
Mario callaba; ella guardó silencio por un momento, y después exclamó:
--Y sin embargo, si quisiera os obligaría á estar contento.
--¡Cómo!--preguntó Mario.--¿Qué queréis decir?
--¡Ah! ¡Antes me llamabais de tú!
--Pues bien: ¿qué quieres decir?
Eponina se mordió el labio; parecía dudar como presa de una lucha interior; por fin, pareció decidirse.
--Tanto peor; es igual. Tenéis el aire triste, y quiero que estéis contento. Prometedme solamente que os reiréis. Quiero veros reir y deciros: «¡Bien, así me gusta!». ¡Pobre señor Mario! Ya sabéis que prometisteis darme todo lo que yo quisiera.
--¡Sí, pero habla de una vez!
Ella miró á Mario fijamente á los ojos, y le dijo:
--¡Sé la dirección!
Mario se puso pálido. Toda su sangre refluyó al corazón.
--¿Qué dirección?
--La que me mandasteis averiguar.
Y añadió como haciendo un esfuerzo.
--Las señas... ya sabéis.
--¡Sí!--balbuceó Mario.
--¡De la señorita!
Y al pronunciar esta palabra, suspiró ella profundamente.
Mario saltó del parapeto en que estaba sentado, y le tomó violentamente la mano.
--¡Pues bien! ¡Llévame! ¡Dime! ¡Pídeme todo lo que quieras! ¿Dónde es?
--Venid conmigo,--respondió ella.--No sé bien la calle ni el número; es al otro extremo, pero conozco bien la casa; voy á enseñárosla.
Retiró entonces la mano, y dijo con un tono que habría desgarrado el corazón de un observador, pero que no llamó la atención de Mario, embriagado y conmovido:
--¡Ah! ¡Qué contento estáis ahora!
Una nube cruzó la frente de Mario.
--¡Júrame una cosa!--dijo, cogiendo á Eponina del brazo.
--¡Jurar!--dijo ella.--¿Qué quiere decir eso? ¡Calle! ¿Queréis que jure?
Y se echó á reir.
--¡Tu padre! ¡Prométeme, Eponina; júrame que no dirás á tu padre esas señas!
Eponina se volvió asombrada hacia él.
--¡Eponina! ¿Cómo sabéis que me llamo Eponina?
--¡Prométeme lo que te digo!
Ella parecía no oir.
--¡Es gracioso! ¡Me habéis llamado Eponina!
Mario le cogió los dos brazos á la vez.
--¡Pero respóndeme en nombre del cielo! ¡Atiende á lo que te digo; júrame que no dirás esas señas á tu padre!
--¡Mi padre! ¡Ah, sí, mi padre! No temáis. Está incomunicado. Y además, ¿me ocupo yo para algo de mi padre?
--¡Pero no me lo prometes!--exclamó Mario.
--¡Pero soltadme!--dijo ella, echándose á reir.--¡Cómo me zarandeáis! ¡Sí, sí; os lo prometo! ¡Os lo juro! ¡Qué me importa eso! No diré las señas á mi padre. ¿Os acomoda así?
--Ni á nadie,--prorrumpió Mario.
--Ni á nadie.
--Ahora llévame,--dijo él.
--¿Enseguida?
--Enseguida.
--Venid... ¡Oh, qué contento va!--dijo la muchacha.
Á los pocos pasos se detuvo.
--Me seguís muy de cerca, señor Mario. Dejadme ir adelante, y seguidme como si tal cosa. No hay necesidad de que se vea á un joven como vos junto á una mujer como yo.
No hay lengua que pueda expresar todo lo que encerraba esta palabra, mujer, pronunciada por aquella criatura.
Dió unos diez pasos, y volvió á pararse; Mario la alcanzó.
Dirigióle ella la palabra al soslayo y sin volver la cabeza.
--Á propósito: ¿recordáis que me prometisteis algo?
Mario registró el bolsillo. No poseía en este mundo más que los cinco francos destinados á Thénardier; los sacó, y los puso en la mano de Eponina.
Ella abrió los dedos, dejó caer la moneda al suelo, y mirando fijamente á Mario con aire sombrío:
--No es vuestro dinero lo que quiero,--dijo.
LIBRO TERCERO LA CASA DE LA CALLE DE PLUMET
I =La casa del secreto=
Hacia mediados del último siglo, un presidente togado del Parlamento de París, tenía una querida, y queriendo ocultarlo, porque en aquella época los grandes señores manifestaban sus queridas, y los pequeños las ocultaban, hizo «una casita» en el arrabal de San Germán, en la calle desierta de Blomet, llamada hoy de Plumet, y no lejos del sitio que se llamaba entonces _La lucha de animales_.
Se componía dicha casa de un pabellón de un solo piso; tenía dos salas en el bajo, y dos cuartos en el principal; una cocina en aquél, y un gabinete de tocador en éste, y debajo del tejado un granero; este todo precedido de un jardín, con una gran verja que daba á la calle.
El jardín tenía cerca de una fanega de tierra, y era lo único que los transeúntes podían ver; pero por detrás del pabellón había un patio pequeño, y en el fondo una habitación baja, compuesta de dos piezas sobre sótano, especie de secreto destinado á cobijar, en caso necesario, un niño y una nodriza.
Dicha habitación comunicaba por la parte de detrás por medio de una puerta secreta, con un largo pasadizo, empedrado, tortuoso, á cielo abierto, entre dos elevadas tapias; cuyo pasadizo, disimulado con arte prodigioso, y como perdido entre las cercas de los jardines y sembrados á lo largo de sus vueltas y recodos, terminaba en otra puerta, también secreta, que se abría á medio cuarto de legua de allí, casi en otro barrio, á la extremidad solitaria de la calle de Babilonia.
El señor presidente entraba por allí; de tal modo, que aún los que le hubiesen espiado y seguido, y observado que iba todos los días misteriosamente á alguna parte, nadie hubiera sospechado que ir á la calle de Babilonia era ir á la calle de Plumet.
Por medio de hábiles compras de terreno, el ingenioso magistrado había podido hacer este trabajo de camino secreto en sus posesiones, y por consiguiente, sin obstáculo.
Después había dividido en pequeños trozos, para jardines y huertas, los terrenos lindantes con el pasadizo, y los propietarios de estos terrenos creían mirar una pared medianera por ambos lados, y no sospechaban ni aun la existencia de aquella vereda, que serpenteaba entre dos tapias en medio de sus platabandas y vergeles.
Sólo los pájaros veían aquella curiosidad, siendo muy probable que las currucas y gorriones del último siglo charlasen mucho á costa del señor presidente.
El pabellón era de piedra, al estilo de Mansard; artesonado y amueblado al gusto de Watteau; grotesco por dentro y pelucón por fuera; circunvalado de un triple seto de flores. Tenía algo de discreto, de elegante y de solemne, como corresponde al capricho amoroso de un magistrado.
La casa y el pasadizo, que han desaparecido ya, existían aún hace cosa de quince años.
En 1793, un calderero compró la casa para derribarla, pero no habiendo podido pagar los plazos, la nación le declaró insolvente. De modo, que la casa fué la que lo derribó á él.
Quedó después deshabitada, y fué desmoronándose poco á poco como todo edificio á que no comunica la vida la presencia del hombre.
Había continuado amueblada con los antiguos muebles, y siempre anunciada en venta ó alquiler, y las diez ó doce personas que pasaban al año por la calle Plumet eran las únicas que veían ese anuncio en un cartel amarillo é ilegible, colgado de la verja del jardín desde 1810.
Á fines de la Restauración estos transeúntes pudieron notar que había desaparecido el cartel, y que estaban abiertos los postigos del primer piso. En efecto, la casa estaba ocupada; las ventanas tenían «cortinillas», señal de que había una mujer.
En el mes de octubre de 1829 se había presentado un hombre de cierta edad, y había alquilado la casa tal como estaba, incluyendo, por supuesto, la habitación de atrás y el pasadizo que terminaba en la calle de Babilonia.
Había hecho restaurar las aberturas secretas de las dos puertas del dicho pasadizo.
La casa, como acabamos de decir, tenía casi los mismos muebles antiguos que en tiempo del presidente; el nuevo inquilino había mandado hacer algunas reparaciones, poniendo aquí y allí lo que faltaba, adoquines en el patio, baldosas en los suelos, peldaños en la escalera, planchas en los entablados y cristales en las ventanas y, últimamente, se había instalado allí con una jovencita y una criada vieja, sin el menor ruido, más bien como quien se escurre, que como quien entra dentro de su casa.
Los vecinos no chismeaban, por la sencilla razón de que no los había.
Este inquilino silencioso era Juan Valjean, y la joven Cosette.
La criada era una solterona llamada Santos, á quien Juan Valjean había sacado del hospital y de la miseria; era vieja, provinciana y tartamuda; tres cualidades que habían determinado á Juan Valjean á tomarla consigo.
Había alquilado la casa con el nombre del señor Fauchelevent, rentista.
En cuanto llevamos ya referido, el lector habrá tardado menos que Thénardier en reconocer á Juan Valjean.
¿Por qué había abandonado Juan Valjean el convento del Pequeño-Picpus? ¿Qué había pasado?
Nada extraordinario.
El lector recordará que Juan Valjean era feliz en el convento, tan feliz, que su conciencia acabó por alarmarse.
Veía á Cosette diariamente; sentía nacer y desarrollarse en él poco á poco el sentimiento paternal; cubría con su alma aquella niña, y se decía que era suya, que nadie podía quitársela, y que así sería siempre; que Cossette se haría monja, viéndose dulcemente solicitada todos los días, de modo que el convento sería siempre el universo para él y para ella; que él envejecería allí, y ella crecería, y envejecería, y moriría; y por último, ¡consoladora esperanza! que no sería posible ninguna separación.
Pero al propio tiempo que pensaba esto, vino á caer en nuevas perplejidades.
Preguntóse á sí mismo si toda aquella felicidad se componía sólo de su felicidad, ó también de la de otra persona; es decir, de la felicidad de aquella niña de quien se apoderaba, y á la que confiscaba él, viejo ya, las alegrías de la juventud.
¿No era esto un robo?
Decíase que aquella niña tenía derecho á conocer el mundo antes de renunciar á él; que privarla de antemano, y en cierto modo sin consultarla, de todos los goces, bajo el pretexto de salvarla en todas las pruebas, aprovecharse de su ignorancia y aislamiento para hacer germinar en ella una vocación artificial, sería desnaturalizar una criatura humana, y engañar á Dios.
¿Y quién sabe si Cosette reflexionando algún día sobre todo esto, y viéndose monja á su pesar, no llegaría hasta odiarle? Última idea casi egoísta y menos noble que las otras, pero que le era insoportable.
Resolvióse, pues, á abandonar el convento.
Se decidió; conoció, aunque con pesar, que no era necesario, y no tenía objeciones que hacerse.
Cinco años de encierro y de desaparición entre aquellas cuatro paredes habían destruido ó dispersado necesariamente los elementos de temor; podía volver tranquilamente á vivir entre los hombres; había envejecido y estaba muy cambiado. ¿Quién había de conocerle ya?
Y aun en el peor caso, sólo corría peligro por sí mismo, y no tenía derecho para condenar á Cosette al claustro, por la razón de que él había sido condenado á presidio.
Por otra parte, ¿qué es el peligro ante el deber? En fin, nada le impedía ser prudente, y tomar sus precauciones.
En cuanto á la educación de Cosette, estaba casi terminada y completa.
Juan Valjean, después de decidirse, sólo esperó una ocasión; y no tardó ésta en presentarse: el tío Fauchelvent murió.
Juan Valjean pidió audiencia á la reverenda priora, y le dijo que, habiendo recibido á la muerte de su hermano una modesta herencia que le permitía vivir sin trabajar, pensaba dejar el servicio del convento y llevarse á su nieta; pero como no era justo que Cosette, no pronunciando los votos, hubiese sido educada gratis, suplicaba humildemente á la reverenda priora le permitiese ofrecer á la comunidad una suma de cinco mil francos como indemnización de los cinco años que allí había pasado Cosette. Así salió Juan Valjean del convento de la Adoración Perpetua.
Al abandonar aquella casa, llevó en sus brazos, sin querer entregarle á ningún mozo, el baulito cuya llave tenía siempre consigo.
Aquel baulito traía inquieta á Cosette por el olor embalsamado que despedía.
Debemos consignar que el baulito no se separó nunca de él; siempre le tenía en su cuarto. Era lo primero, y alguna vez lo único que trasladó en sus mudanzas.
Cosette se reía, y llamaba al baulito el _inseparable_, diciendo: «Me da celos».
Juan Valjean, por su parte, no salió al aire libre sin experimentar una profunda ansiedad.
Descubrió la casa de la calle de Plumet, y se quedó con ella; además estaba en posesión del nombre del último Fauchelvent.
Al propio tiempo alquiló otras dos casas en París, con objeto de llamar menos la atención que viviendo siempre en el mismo barrio; de poder ausentarse á la menor inquietud que sintiese, y de no encontrarse desprevenido, como la noche en que se escapó tan milagrosamente de Javert.
Estas otras dos casas eran dos edificios feos y de pobre aspecto, en dos barrios muy separados uno de otro; uno en la calle del Oeste, y otro en la del Hombre-Armado.
Iba de cuando en cuando, ya á la calle del Hombre Armado, ya á la del Oeste, á pasar un mes ó seis semanas con Cosette sin llevarse á la tía Santos.
Le servían los porteros, y pasaba por un rentista de las cercanías que tenía un apeadero en la ciudad.
Aquella gran virtud necesitaba tres domicilios en París para escapar de la policía.
II =Juan Valjean guardia nacional=
Por lo demás, y francamente hablando, Juan Valjean vivía en la calle de Plumet, donde había arreglado su existencia del modo siguiente:
Cosette con la criada ocupaba el pabellón, tenía la alcoba principal de entrepaños pintados, el gabinete de molduras doradas, el salón del presidente adornado de tapicería y grandes sillones, y el jardín.
Había mandado colocar en el cuarto de Cosette una cama, con colgadura de damasco antiguo de tres colores, y una hermosa alfombra de Persia, antigua también, comprada en la calle de Figuier Saint-Paul, en casa de la tía Gaucher; y para corregir la severidad de estas magníficas antiguallas de prendería, había combinado con ellas todos los muebles graciosos y elegantes de las jóvenes, el estante, el armarito con libros dorados, el pupitre, la cartera con papel secante, el costurero incrustado de nácar, el neceser sobredorado, y el tocador con servicio de porcelana del Japón.
Grandes cortinajes de damasco de fondo rojo de tres colores, iguales á los de la cama, colgaban sobre las ventanas del primer piso; en el bajo había colgaduras de tapicería.
Durante el invierno estaba la casita de Cosette caldeada de arriba abajo.
Él ocupaba la especie de portería que había en el fondo del patio, con un colchón sobre una cama de tijera, una mesa de madera blanca, dos sillas de paja, un jarro de loza, algunos libros en una tabla, y su predilecta valija en un rincón. Allí nunca había lumbre.
Comía con Cosette, y se ponía pan moreno para él en la mesa.
El día que entró la tía Santos la dijo:
--La señorita es el ama en esta casa.
--¿Y vos, señor?--había replicado la tía Santos estupefacta.
--Yo soy mucho más que el amo, soy su padre.
Cosette en el convento había aprendido la ciencia doméstica, y llevaba la cuenta del gasto que era muy modesto.
Todos los días Juan Valjean sacaba á Cosette á pasear dándole el brazo.
La conducía al Luxemburgo, á la alameda más solitaria, y los domingos á misa, siempre á Santiago de Haut-Pas, porque estaba muy lejos.
Como aquél era un barrio pobrísimo, daba muchas limosnas, y los menesterosos le rodeaban en la iglesia, lo que le había valido el título que Thénardier le había dado al dirigírsele por escrito: _Al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas_.
Iba gustoso en compañía de Cosette á visitar á los pobres y á los enfermos.
En la casa de la calle de Plumet no entraba ningún extraño; la tía Santos llevaba las provisiones, y Juan Valjean traía por sí mismo el agua de una fuente cercana del boulevard.
Guardaban la leña y el vino en un espacio medio subterráneo, tapizado de conchas, que estaba cerca de la puerta de la calle de Babilonia, y que había servido en otro tiempo de gruta al señor presidente; porque en tiempo de las Locuras y de las Casitas no había amor sin gruta.
En la puerta excusada de la calle de Babilonia había una de esas cajas buzones que sirven para recoger cartas y periódicos; pero como los tres habitantes del pabellón de la calle de Plumet no recibían ni periódicos ni cartas, utilizaban esta caja, mediadora en otro tiempo de amorcillos y confidente de un golilla almibarado, para los avisos del cobrador de contribuciones, y las papeletas de guardia; porque el señor Fauchelvent, rentista, era guardia nacional; no había podido escapar á las apretadas mallas del censo de 1831.
El empadronamiento municipal había llegado en aquella época hasta el convento del Petit Picpus, especie de concha impenetrable y santa, de donde Juan Valjean había salido venerable á los ojos del alcalde del distrito, y por consiguiente digno de montar la guardia.