Los enemigos de la mujer

Part 34

Chapter 343,918 wordsPublic domain

--Cuando nos vimos aquí la última vez, yo me había buscado un refugio plácido dentro de mi dolor. Rezaba por mi hijo en la iglesia, hablaba con él, le describía cómo era el hermano en desgracia que aún tenía en el mundo, pero que tal vez no tardase en ir á buscarle. Luego, al volver á casa, encontraba al otro, y mi ilusión era tan enorme, que los confundía á los dos en uno solo, imaginándome que todo era mentira, el tiempo y la guerra, que mi hijo vivía aún, que había vuelto de su cautiverio y estaba á mi lado. No se parecen (estoy segura, aunque evito mirar los retratos de Jorge), pero yo los veo iguales; es el uniforme, la desgracia, la vecindad de la muerte. Además, ¡ese pobre muchacho era tan bueno!... Tímido, contentándose con cualquier cosa, mirándome con la dulzura de un animalillo manso, ¡él, que es tan fiero! venerándome como á una criatura descendida de un mundo superior... Yo era su madre. Sus palabras y sus gestos respiraban un respeto profundo. No era una mujer para él: era algo así como los ángeles... Y tú, con tu desatinada intervención, has trastornado todo esto. Ya no es mi hijo: terminó mi ensueño. Debo privarme de su presencia, y sólo de tarde en tarde encuentra abierta una casa que yo le hice considerar como suya... Por tu culpa, ese muchacho, en el que veía á un hijo, es ahora simplemente un hombre, y yo, su madre, he vuelto á ser una mujer.

El rostro de Lubimoff se puso ensombrecido y terroso, como en la tarde del duelo. Iba comprendiendo.

--¡Qué hiciste, Miguel!--siguió ella, con su voz gimiente--. Has despertado con tu locura á ese pobre. Al batirse contigo, pensó que se batía por mí y que yo no soy mas que una mujer. Me vió de pronto bajo otra luz, como si hasta entonces hubiese estado adormecido. Casi puedo ser su madre; pero las mujeres de mi clase prolongamos nuestra juventud, la detenemos artificialmente, y nos desean á la edad en que las de abajo se entregan á la vejez... Además, comprendo la vanidad de su entusiasmo, esa vanidad que existe en todos nuestros sentimientos. Yo soy para él lo desconocido, lo misterioso, una gran señora, una duquesa, que la confusión de nuestra época coloca á su alcance. ¡Pobre muchacho! Hace unas semanas reía en mi presencia con una simpleza infantil, me miraba tranquilamente, sin que por sus ojos pasase la sombra de un mal pensamiento. El era feliz, yo también lo era; ¡mientras que ahora!...

Se imaginó el príncipe á Martínez persiguiendo á Alicia con sus deseos de enamorado. «Lo mataré: debo matarlo», dijo mentalmente. Pero su cólera homicida sólo duró un instante. Pasaron por su memoria las diversas escenas del duelo: él besando la mano del oficial, en un arrebato de inexplicable humildad, que le atormentaba como un remordimiento. ¿Qué hacer ahora? Después de lo ocurrido, este hombre era para él algo sagrado. Y se abandonó otra vez á su desaliento, mientras Alicia seguía hablando.

--Mi ensueño se desvaneció. Mi hijo ha vuelto á ser mi hijo y el otro es un hombre. Imposible confundirlos de nuevo en una sola persona. Ya no puedo rezar; me da vergüenza dirigirme con el pensamiento á mi verdadero hijo; me asalta el recuerdo de lo que le conté; me aterro al hacer memoria de que sigo hablando con el otro, á pesar de lo que me ha dicho, de lo que leo en sus miradas, de que conozco sus verdaderos deseos. ¡El mal que me has hecho! Perdí un hijo, y sólo puedo acordarme de él con remordimiento; me inventé otro, y me lo has quitado.

Luego, como si se quejase contra algo superior que había regido sus destinos, añadió:

--¡Qué suplicio! No poder conocer la amistad reposada, la maternidad tranquila. ¡Siempre el amor saliéndome al paso!... Yo, que en mi juventud consideré como única finalidad de la vida inspirar admiración y deseo, bien castigada estoy... Busqué en ti el apoyo del amigo, y me deseaste en seguida. Quise engañar mi anhelo de maternidad cuidando á un infeliz que tal vez muera pronto, y este hijo afectivo me habla de amor. ¿Es que las mujeres no podemos conocer la tranquilidad y la confianza en que viven los hombres?...

El príncipe la interrumpió con voz rencorosa.

--No lo veas: rompe con él; ciérrale tu puerta para siempre. Así recobrarás la paz, y yo... yo seré tu amigo, seré lo que tú quieras, me bastará con verte.

Ella acogió con un gesto de incredulidad las últimas palabras. ¡Le habían prometido tantas veces los hombres ser simples amigos! Además, conocía bien á Miguel, y no se tomó la pena de contestar. Lo único que le interesaba era el consejo de que repeliese definitivamente al herido, no viéndolo más. Sus ojos volvieron á humedecerse.

--¡Echar á ese pobrecito!... Tú no puedes comprender ciertas cosas; tú mandas en los afectos con la misma arrogancia que disponías antes de las personas. ¿Crees que puedo abandonarlo? Soy su madre á pesar de todo, y una madre ya sabes cómo tolera y perdona. El infeliz no tiene la culpa de sus malos pensamientos: fuiste tú quien se los sugirió. Además, eso pasará; yo tengo la esperanza de que se desvanecerán sus disparatadas ideas.

La suposición de abandonar al inválido excitó su piedad, dando á sus palabras un tono amoroso.

--¡Qué sería de él! No conoce á nadie: está solo en el mundo; los otros oficiales viven en su patria, tienen familia... Antes podía ir en busca de Clorinda; ahora «la Generala» se ha marchado, y sólo le quedo yo, ¡la única!... ¿Y quieres que lo olvide? Tú no le conoces bien: eres su enemigo. Yo recuerdo con delicia su época de inocencia. Era igual á mi hijo; no, tenía algo más: un agradecimiento, una veneración reconcentrada que yo no había conocido nunca. Olvidas la fragilidad de su existencia. El hace lo mismo: no conoce su verdadera situación; siente las ilusiones de una juventud sana; cree contar con muchísimos años. ¡Pobre! ¡El esfuerzo que me cuesta fingir enfado, repelerle indignada por los deseos que ha puesto en mí... en mí, que sólo quiero ser su madre!

Este tono de dulce lástima hirió á su oyente. Alicia parecía sentir el remordimiento del que presencia las últimas horas de un condenado á muerte y tiene que negarle la satisfacción de su postrer capricho. Se lamentaba como la enfermera que no puede dar al moribundo lo que pide entre hipos de agonía.

Miguel creyó adivinar el secreto de las últimas entrevistas entre la dama maternal y su ahijado. Tal vez ella le hablaba de su salud, dejando por un momento de halagarlo en sus ilusiones, descubriéndole el peligro en que estaba su existencia; y el otro, con el ardor suicida de la pasión, imploraba lo mismo que un niño que ha puesto toda su felicidad en la conquista de un juguete: «¡Una vez; una vez nada mas!»

Estaba convencido de que así era en la realidad. Lo leía en los ojos de ella, que á su vez pareció adivinar lo que pensaba el príncipe, ruborizándose levemente.

--¡El mal que me has hecho!--repitió--. Debo alejarlo de mí, y no puedo separarme de él. Sería un crimen que lo dejase abandonado á su destino. Tú no sabes lo que significa para mí esta lucha continua... A veces lo veo cuando ronda mi casa; lo contemplo oculta detrás de los visillos de una ventana, y me dan ganas de llorar. ¡Parece tan triste!... Me acuerdo de mi hijo, que también vivió solo, más abandonado aún que él, que tal vez se interesó por alguna mujer, ansiando muchas cosas sin llegar á poseerlas, y siento deseos de llamarle, de gritar: «Ya que eso es tu ilusión, niño mío, el último anhelo de tu vida, ¡toma!... ¡toma, y sé feliz!» Pero pienso en su salud, pienso en otras muchas cosas, y contengo mis impulsos, y lloro, dejándole que vague en torno de mi casa creyéndose olvidado, cuando le recuerdo á todas horas. ¡Ay! ¡Que Dios me dé fuerzas! ¡Que no pierda la calma, y pueda resistir á mi bondad absurda!... Algunas veces lo dudo.

--¡Oh, Alicia!...

El príncipe lanzó esta exclamación con tono desesperado. Su presentimiento pasaba á ser una realidad; veía ya á aquel jovenzuelo moribundo poseyendo lo que él no había podido alcanzar. Sus ojos reflejaron una cólera homicida.

Esta expresión hostil molestó á Alicia, transformándola en otra mujer. Reaparecieron en ella la mirada dura y la voz cortante que habían acompañado su llegada.

--Acabemos. He venido para devolverte tu dinero. ¿No quieres recibirlo? ¿Insistes en tu negativa?... Yo encontraré el medio de que lo aceptes. ¡Buenas noches, Miguel!

Efectivamente, había cerrado la noche, y el príncipe la vió perderse en la penumbra de la calle por donde había llegado; una calle sin otra luz que la de un macilento reverbero azul.

Pensó un momento en cerrarle el paso, suplicante y humilde... No iba á verla más: estaba convencido de ello. Pero al mismo tiempo tuvo la percepción de la inutilidad de su insistencia. Quería ser olvidada por él; aquella entrevista sólo había sido para suprimir todo lo que quedaba entre los dos como rastro del pasado... Y dejó que se alejase.

A partir de este día, la existencia del príncipe carecía de objeto. Algo se había roto en su interior: la voluntad, desmenuzándose en polvo, que envolvía sus sentidos como una niebla. ¿Qué hacer?... Ni el más angosto sendero quedaba abierto ante su iniciativa. Alicia le odiaba como si fuese un enemigo. ¡Adiós para siempre!... Quedaba el otro, pero este hombre era invulnerable para él.

Le bastaba recordar lo ocurrido en el castillo de Lewis, para ver cortados todos sus intentos de acción. Maldijo aquel sentimentalismo eslavo, confuso é incoherente, igual al de su madre, que no le permitía insistir en la maldad, haciéndole caer, cuando menos lo esperaba, en exageradas sumisiones. ¡Ay, sus lágrimas de arrepentimiento! ¡Aquel beso en la mano del adversario!... Si evitaba el volver al Casino, era por no encontrarse con Martínez y aquellos dos capitanes que habían presenciado el incomprensible final del duelo... Ya no sabía imponer su voluntad; la antigua dureza de su carácter se había disuelto en la catástrofe de sus deseos.

Volvió á encerrarse en Villa-Sirena, para no ver á nadie. Odiaba á las gentes y al mismo tiempo pensaba con cierto miedo en las disimuladas sonrisas que podían saludar su paso, en los comentarios que surgirían á sus espaldas.

Don Marcos era el único compañero de esta soledad; y Lubimoff, que en los primeros días sólo cruzaba con él contadas palabras, acabó por desear que volviese pronto de Monte-Carlo, al cerrar la noche, para oir sus noticias, que en otro tiempo hubiese considerado insignificantes. Entablaban largas conversaciones sobre lo que ocurría en el Casino ó sobre los acontecimientos del mundo. Era la curiosidad del preso ó del enfermo, que agranda el interés de las cosas con una desorientación producto de la inmovilidad y del encierro.

El coronel concedía cada vez menos importancia á los sucesos de la vida ordinaria. Toda su atención la había concentrado en las costas del Atlántico y la opuesta ribera oceánica.

--¡Siguen llegando!--decía alegremente, luego de saludar á su príncipe--. Continúa el desembarque de los americanos: una verdadera cruzada. Son centenares de miles; son millones... ¡Y pensar que muchos ignorantes consideraban un _bluff_ lo del envío de los ejércitos de América!

Se indignaba de buena fe contra la tal ignorancia, olvidado ya de sus escepticismos de meses antes.

--¡Un gran país!... Y ese Wilson, ¡qué hombre!

Ahora creía al pueblo americano capaz de realizar todo lo que se propusiera, por inaudito que fuese; pero sus ideas tradicionales le impedían sentir un largo entusiasmo por algo colectivo y abstracto, sin fisonomía humana. El antiguo partidario de la monarquía absoluta prefería á los individuos: un hombre que pensase por los demás, imponiéndoles sus órdenes. Y á las pocas palabras, su entusiasmo por la democracia americana lo recogía para depositarlo reconcentrado sobre la cabeza de Wilson.

--¡El primer hombre del mundo!

Se humedecían sus ojos con un fervor de idólatra al leer los discursos del Presidente; agotaba todo su léxico de palabras laudatorias para expresar su admiración por este personaje que hacía desnudar la espada á un gran pueblo, desinteresadamente, en defensa de la justicia y la libertad, y profetizaba al mismo tiempo un porvenir de paz para los humanos, sin naciones rapaces que amenazasen la vida de los humildes y los débiles.

Una noche encontró algo nuevo para hacer patente su admiración.

--¡Qué poeta!

Lubimoff, á pesar de su melancolía, empezó á reir. ¡El presidente Wilson un poeta!...

Don Marcos, balbuceando ante la risa de su príncipe, intentó explicarse. No encontraba la palabra exacta para precisar su pensamiento, pero insistió, considerándolo justo. Un poeta era para él un vidente que dice cosas muy hermosas sobre el futuro de los hombres; un profeta que sueña en la cumbre, abarcando con la mirada lo que no puede ver el vulgo hormigueante á sus pies; un ser que, al hablar, sea en la forma que sea, consigue que parpadeen de emoción los ojos de los que le escuchan, mientras un escalofrío corre por sus espaldas.

Se enredó su lengua al decir esto, pero á través de los balbuceos surgía una firme convicción, incapaz de rectificarse.

--En fin, yo me entiendo. Para mí, es un poeta: un hombre con alas... con unas alas muy largas.

Volvió á reir el príncipe. ¡Wilson con alas!... Se imaginó al Presidente con un sombrero de copa, sus lentes, su sonrisa bondadosa, y saliéndole de la espalda del chaqué dos triángulos enormes de plumas iguales á las que llevan los ángeles en los cuadros de la pintura religiosa. ¡Gracioso coronel!...

Luego quedó pensativo, mientras su rostro tomaba una expresión grave.

--Tienes razón--dijo--. Le veo con alas, unas alas tal vez demasiado largas. Gran cosa para volar, ¡pero cuando se ha de vivir entre los hombres, marchando sobre el suelo!... Temo que le arrastren; temo que se las pisen algún día encontrándolas molestas...

Y no hablaron más.

El príncipe quiso romper esta clausura que se había impuesto voluntariamente. ¿Por qué seguir en Villa-Sirena, cerca de unas personas que ocupaban á todas horas su pensamiento y no deseaba ver?... Lo mejor era volverse cuanto antes á París. Los cañones de largo alcance seguían tirando sobre la capital; casi todas las semanas, escuadrillas de aviones alemanes hacían una excursión nocturna sobre ella, arrojando explosivos. Tal viaje ofrecía el aliciente de la emoción y del peligro á este solitario, atormentado en su robustez por una existencia inmóvil y monótona, sin otra novedad que el rumiar de nuevo sus recuerdos.

Todas las mañanas, al levantarse, formulaba el mismo propósito: «Me voy á París.» Pero el viaje se iba retardando de semana en semana. Era la abulia del enfermo que hace proyectos de vida activa, y apenas intenta realizarlos, vuelve á caer sin fuerzas, y los aplaza para un porvenir indefinido.

Los detalles más insignificantes se agigantaban ante su voluntad enferma. Debía ir á Niza para que le reservasen un sitio en la oficina de coches-camas. Pensaba en enviar á don Marcos; luego desistía, encontrando preferible ir él mismo. Y pasaban las semanas sin realizar este breve viaje, preliminar del viaje á París, pareciéndole ambos igualmente largos. El, que por tres veces había circunnavegado el planeta, se encogía de cansancio al pensar en la lentitud de los trenes impuesta por la guerra, en las diez y seis horas de ferrocarril.

Una tarde, aburrido de sus magníficos jardines, siempre iguales, del silencio de su casa desierta, de las distracciones crecientes del coronel, que constantemente tenía algo que hacer en Monte-Carlo ó en el pabellón del jardinero, se lanzó á pie hasta la ciudad y tuvo un encuentro.

Sus pasos le llevaron maquinalmente hacia los bulevares altos, cerca de la calle donde estaba Villa-Rosa. Al darse cuenta quiso retroceder, y entonces fué cuando vió venir por la acera opuesta al teniente Martínez, en la misma dirección que seguía él momentos antes.

Le pareció más alto, más fuerte, como envuelto en un halo de gloria. Su uniforme era el mismo, rapado y envejecido por varios años de guerra, pero el príncipe lo vió enteramente nuevo y con un brillo deslumbrador. Todo en su persona resultaba magnífico y parecía iluminar las cosas con su contacto. Tal vez su rostro estaba más exangüe y anguloso, pero Miguel se imaginó que irradiaba cierto esplendor interno, compuesto de satisfacción y de orgullo. Una especie de máscara impalpable, de envoltura astral, le hermoseaba, dándole una segunda fisonomía, apolónica y triunfadora.

Se cruzaron sin saludarse. El teniente fingió no verle, mientras Lubimoff le seguía con una mirada interrogante. ¿Qué es lo que había de nuevo en este hombre? Dudó de su falta de salud, de su peligrosa situación que tanto preocupaba á los médicos. ¡Todo mentiras, para interesar á las damas! Se fijó en la firmeza arrogante de su paso, en el aire de jovenzuelo con que agitaba el junco que le servía de bastón.

Al perderlo de vista aún lo vió mejor. Su imaginación fué evocando vigorosamente ciertos detalles sobre los que había resbalado insensible su mirada. Algo surgió con un relieve doloroso en su memoria: varias rosas, un pequeño grupo de rosas que el militar llevaba sobre el pecho, entre dos botones de su uniforme. ¡Un oficial con flores! Eso era lo que había herido sus ojos desde el primer instante, con tal extrañeza, que perturbó su visión. ¡Ay, estas flores!...

Pasó el resto del día pensando en ellas. Al tenderse en su lecho, la obscuridad simplificó la maraña de pensamientos y dudas que se revolvía en su cerebro. Lo vió todo con una nitidez fría y cortante. «¡Ya ha sido!»

Saltó de la cama y encendió luz, paseando furiosamente por su dormitorio.

--¡Ya ha sido!...

Repetía las mismas palabras con una obsesión cruel: se arrepintió de su generosidad, como si fuese un crimen. «¿Por qué no lo maté?» Luego volvía á su afirmación con un acento plañidero, considerando irreparable lo que ya había sido. Y por mucho tiempo, en la lobreguez que invadió de nuevo el dormitorio, sonaron las maldiciones del príncipe, alternadas con rugidos de orgullo y angustias de llanto.

Al día siguiente persistió su convicción. La gracia pueril de la mañana, que infunde optimismos, fué muda para él. ¿Cómo saber la historia de este suceso sospechado y temido, pero que nunca creyó llegara á realizarse?...

Una desesperada curiosidad le hizo pasar el día entero en Monte-Carlo. Volvió á encontrarse con Martínez. El oficial siguió adelante, apartando su mirada para no verle; pero el príncipe creyó sorprender en sus ojos una expresión fugitiva de lástima generosa, la conmiseración hacia un rival desgraciado é inofensivo. También llevaba flores: indudablemente distintas á las del día anterior.

Lubimoff repitió mentalmente sus lamentos de la noche: «Sí, ya ha sido.» Imposible la duda. Pero no se le ocurrió matarlo, ni arrepentirse de su generosidad. ¡Todo inútil! Sólo pensó con envidia en las gentes de abajo, en los impulsivos que sienten con simpleza sus pasiones, sin el estorbo del honor y la palabra empeñada; en los hombres que saltan por encima de leyes y costumbres, y cuando quieren matar, matan.

Lo había visto más demacrado que nunca, con unos ojos de fiebre: pero ¡ay, aquella máscara impalpable de vanidad juvenil, de triunfo, de satisfacción, que irradiaba en torno de su cabeza un nimbo de gloria!...

En la noche, Toledo se vió repelido bruscamente por su príncipe al intentar comunicarle una carta que había recibido de París. El administrador se impacientaba: pedía una contestación á Su Alteza sobre la venta de Villa-Sirena.

--No sé; déjame en paz... Lo mejor será que trate esto directamente. Iré mañana á Niza para arreglar mi viaje á París... Mañana no; pasado mañana.

No pudo explicarse por qué concedió un día más á su inacción: fué un diferimiento maquinal, sin motivo alguno. Al día siguiente, después del almuerzo, se arrepintió, pero ya era tarde para encontrar al chófer que le había servido la tarde del duelo, y que don Marcos acababa de ascender al rango de «proveedor de Su Alteza».

¿Adónde ir, seguro de no tropezarse con las personas que ocupaban su recuerdo?... Cuando empezaba á caer la tarde se dirigió á las terrazas del Casino. Un concierto al aire libre atraía enorme concurrencia. No era fácil que Martínez y la otra se exhibiesen ante esta muchedumbre.

Se imaginó vivir en los tiempos de paz; haber retrocedido á uno de aquellos inviernos privilegiados que empujaban hacia la Costa Azul á los ricos del planeta. Las dos terrazas estaban llenas de gente de buen aspecto. El cañoneo de París y los ataques de los _gothas_ mantenían en Monte-Carlo á muchas damas elegantes que en otro tiempo hubiesen considerado perdido su honor al permanecer en esta ribera calurosa pasado el invierno.

Faltaban sillas; gran parte del público estaba sentado en las balaustradas y las escalinatas. En torno del kiosco de la orquesta había una masa de suaves colores, formada por los sombreros femeninos, los trajes primaverales, los inquietos abanicos. Frente á las terrazas se extendía el mar entre promontorios color de rosa. Las velas lejanas parecían arder, enrojecidas por el sol moribundo. La música se amplificaba voluptuosamente al resbalar sobre la epidermis violeta del Mediterráneo y el cristal opalino de la tarde.

Nadie pensaba en la guerra; era una calamidad de otras tierras y otros cielos. Hasta los convalecientes con uniforme, que vivían esta hora dulce, respirando la brisa salada, escuchando los quejidos de los violines y rodeados de mujeres vistosas, parecían no acordarse. Muchos ojos seguían el avance por la línea del horizonte de un rosario de vapores pintarrajeados, como bestias fabulosas, á los que daban escolta varios torpederos. Pero el arrullo de la música penetrando al mismo tiempo por los oídos quitaba toda significación á este medroso disfraz de los buques y á la lentitud recelosa con que se deslizaban frente á la costa del placer.

Cuando, después de las siete, terminó el concierto, las terrazas se despoblaron. Unicamente siguieron en los bancos algunas parejas, que retardaban el instante de la separación conversando quedamente en el silencio azul del crepúsculo.

El príncipe pudo marchar de un extremo á otro del paseo más bajo, sin tener que sufrir el contacto de la muchedumbre.

De pronto se detuvo, con una sensación de sorpresa y dolor, como si acabase de recibir un golpe en el pecho. Por la amplia escalinata que pone en comunicación á ambas terrazas descendía una pareja. Su instinto los reconoció á los dos antes que su mirada. Un militar, el teniente Martínez... ¡y ella!

Iba de luto, lo mismo que la había visto junto á la iglesia; pero caminaba con menos resolución, encogida y temerosa al verse en este sitio ocupado poco antes por casi todos los vecinos de la ciudad.

Hablaban mientras descendían con lento paso. Abstraídos en contemplar el mar, no torcieron su vista hacia el sitio en que permanecía inmóvil Lubimoff. Tomaron una dirección opuesta al llegar abajo, y el príncipe pudo seguirles.

Sintió que un poder extraordinario de adivinación aguzaba sus facultades; una doble vista que le permitía ver y estudiar los rostros de los dos, á pesar de que marchaba á sus espaldas.

¡Ay, este paseo! Era el ansia de luz y de aire libre que se experimenta después de un encierro dulce; la necesidad insolente de mostrar la propia dicha en público, cuando empiezan á resultar pesadas las horas felices, por su monótona repetición; el deseo de prolongar á la vista de todos la intimidad secreta, con el incentivo de tener que fingir, ocultando los verdaderos sentimientos.

Miguel consideró indiscutibles sus adivinaciones. Era el oficial, sin duda, quien había propuesto este paseo. ¡El orgullo de marchar por un lugar público con una dama célebre, pensando al mismo tiempo en sus nuevos derechos!... Ya no pudo dudar más de la imagen que le había hecho rugir en el silencio de la noche... ¡Había sido!... ¡Había sido!