Part 33
Lo más notable de esta explanada era la artillería, una cantidad de cañones del siglo XVIII que estaban allí decorativamente, como las armaduras que adornan un salón... A ambos lados de la puerta del Palacio se alineaban seis piezas enormes y magníficas, fundidas en un bronce verde de estatua y cinceladas como obras de museo. Junto á sus bocas, el metal se retorcía formando la hojarasca de un capitel; su parte opuesta la remataba una cabeza de medusa. El fuste de estas columnas huecas estaba adornado con las tres flores de lis de la vieja monarquía francesa, los agarradores de cada cañón eran dos delfines, y todas las piezas ostentaban el lema pretencioso _Nec pluribus impar_ de Luis XIV, con otro más sombrío: _Ultima ratio regnum_.
El príncipe sonrió ante este lema.
«Ahora, las piezas de artillería--se dijo--ya no son «la última razón de los reyes», pero lo son de los pueblos. Hemos adelantado poco.»
Todos estos cañones verdes tenían su nombre propio, lo mismo que un buque ó un regimiento. Uno se llamaba _Nerón_, otro _Tiberio_; más allá abrían su redonda boca el _Robusto_ y el _Roncador_.
En los parapetos que cerraban por ambos lados la extensa plaza asomaban sus gargantas, sobre el puerto ó sobre el mar libre, otras piezas más modestas, pero igualmente enormes y vetustas. Las balas macizas de estos cañones formaban pirámides, y una vegetación parásita se había introducido entre las pelotas de hierro.
Detrás del Palacio, como un telón de fondo, se elevaba la montaña francesa de la _Tête du chien_, brillando en su redonda cumbre las vidrieras del cuartel de los cazadores alpinos. La meseta de Mónaco era simplemente el último peldaño de la gran escalera que los Alpes dejan caer hacia el mar. Arriba se enredaban las nubes en los picachos, cubriéndolos momentáneamente de una sombra tempestuosa; abajo, entre los muros rosados y las torres blancas de los Grimaldi, se erguían la palmera tropical, el cocotero, el plátano, dando á este castillo ligurio un aspecto de hacienda brasileña.
Estaba Lubimoff en el parapeto que da sobre el mar libre, sentado entre dos cañones, cuando vió la llegada de Novoa por los baluartes que dominan el puerto.
Al reconocer al príncipe apresuró su blanda marcha, acercándose á él con la mano tendida.
¡Simpático profesor! Nunca le parecieron á Miguel sus ademanes francos con tanto atractivo como ahora. Celebraba mucho este encuentro, creyéndolo casual, y el príncipe no quiso hablar de su visita al Museo, para que Novoa ignorase que había venido en busca suya.
Maquinalmente empezaron á pasearse entre la fila de cañones y unos cuantos árboles que daban pálida sombra á este lado de la plaza.
Era Lubimoff el que preguntaba, mostrando interés por la suerte de su amigo y acogiendo sus quejas con una sonrisa bondadosa.
Novoa se mostró descontento. Este país de vida dulce y alegre resultaba fatal para el estudio. ¡Pensar que allá en su tierra se lo imaginaban haciendo descubrimientos útiles en los misterios del mar! El Casino extendía su influencia á todas partes, hasta al Museo Oceanográfico. Muchas veces, mientras estudiaba el _plancton_, le acometía una nueva idea para desentrañar los misteriosos saltos de las series del «treinta y cuarenta». Trabajaba por las mañanas con el pensamiento fijo en Monte-Carlo; y apenas llegada la tarde, sentía un deseo irresistible de ir allá. Era inútil que inventase pretextos para mantenerse fijo en «la roca». Había perdido cantidades enormes para él, y necesitaba recuperarlas. Pensaba con inquietud en el dinero recibido de su país á cuenta de la modesta fortuna heredada de sus padres.
--Algunos días, el buen sentido me dice que debo volverme á España, y deseo realizar inmediatamente este buen consejo. Por desgracia, hay ciertas cosas que me retienen aquí y quebrantan mi voluntad.
--Las conozco--dijo Miguel sonriendo--. La primera de todas, el amor.
Novoa se ruborizó, aceptando luego con un cómico ademán de confusión las palabras del príncipe. Sí; algo había de eso, y el amor le proporcionaba disgustos, lo mismo que el juego.
Lubimoff vió de pronto en sus ojos una expresión igual á la de Spadoni. También éste sabía lo ocurrido, y al hablar del amor recordaba inmediatamente aquel duelo absurdo. Pero Novoa era otro hombre, incapaz de sentir el maligno placer de los maldicientes, que se regodean con las torpezas ajenas. Además, Miguel le tenía por muy franco, y pronto se convenció de ello.
Tranquilamente, sin pensar si con sus palabras molestaría al otro, el profesor aludió á lo ocurrido en el castillo de Lewis. Lo lamentaba como algo ilógico y extemporáneo, mas no por esto había dejado de interesarle la suerte del príncipe. Si se abstuvo de ir á Villa-Sirena, fué por no parecer entrometido. Varias veces había hablado con el coronel, encargándole que saludase al príncipe de su parte.
Luego, como si se arrepintiese de la severidad con que juzgaba aquel duelo, dió explicaciones. La imagen de Castro había pasado por su memoria, haciéndole mirar á su acompañante con una tolerancia fraternal.
--Yo comprendo muchas cosas. No soy hombre de armas, como usted, y sin embargo, una vez sentí deseos de batirme. Ahora me río cuando lo pienso; pero, en iguales circunstancias, volvería á hacer lo mismo... ¡El poder de las mujeres! ¡Cómo nos transforman!...
El príncipe no protestó al oir que Novoa le suponía enamorado, atribuyendo aquel duelo á la influencia de una mujer. Y siguió guardando silencio, mientras el profesor, por una asociación lógica, empezaba á hablar de Alicia. Este sabio bueno y sencillo mostró una verdadera alegría al comunicar ciertas noticias que juzgaba agradables para Lubimoff.
Igual interés sentía por su compatriota Martínez. El no odiaba á nadie. Hasta tenía olvidadas sus incompatibilidades con Castro, que le habían hecho abandonar las abundancias de Villa-Sirena.
--Ese pobre teniente es menos feliz que usted, príncipe; el tal duelo ha tenido malas consecuencias para él. Yo gozo de cierta intimidad con personas allegadas á la duquesa de Delille... No necesito decir más: usted sabe que puedo estar enterado de lo que ocurre en Villa-Rosa. Pues bien; después del desafío, yo no sé qué ha pasado, pero Martínez entra en aquella casa con menos frecuencia. Transcurren días enteros sin que se atreva á llamar á su puerta. Algunas veces va allá, y la persona que usted sabe me dice que la duquesa se niega á recibirle. Es ahora un simple visitante, un amigo como otro cualquiera. La duquesa quiere evitar la antigua intimidad; le envía regalos al hotel de los oficiales, se preocupa de su bienestar, encarga á la señorita amiga mía que se entere de si le falta algo, pero sólo lo recibe de tarde en tarde. Se acabaron los almuerzos y las comidas á diario, aquella vida común, en la que sólo faltaba que durmiese en la casa... Y el pobre muchacho parece triste, desesperado, por este cambio.
Se animó el profesor en sus confidencias al notar el agrado con que las recibía el príncipe.
--Una persona--continuó, con cierta vacilación--que pasa algunas noches por la calle de la duquesa... (¡qué diablo! ¿por qué no decir la verdad?) yo, que algunas veces rondo por las inmediaciones de la «villa», esperando á la señorita en cuestión, he sorprendido á Martínez cerca de la casa, deslizándose junto á la verja, mirando á las ventanas. ¡Pobre muchacho!... Y me dicen que de día, cuando teme que la duquesa no va á recibirlo, hace los mismos paseos.
Un doble sentimiento conmovió á Lubimoff: de rabia, por la convicción de que no se había equivocado: aquel soldadito amaba á Alicia; de gozo, al saber que ya no era recibido en la casa, como antes, y rondaba inútilmente en torno de ella. Representaba una alegría negativa, pero alegría de todos modos, al ver á aquel jovenzuelo en una situación igual á la suya.
Novoa, hombre simple en sus gustos, que no podía comprender el amor mas que ordenadamente, dentro de la regularidad de una equivalencia de edades, rió de este apasionamiento del oficial como de algo grotesco.
--¡Qué absurdo! ¡Enamorarse de ese modo de una mujer que casi puede ser su madre!...
El príncipe se estremeció al oir esto, mirando fijamente á su acompañante. No; no sabía nada. Continuaba riendo de su propio comentario, sin ninguna intención oculta. El secreto de Alicia sólo él podía conocerlo.
Aún dieron varios paseos entre los cañones y los árboles. De pronto, empezaron á sonar las campanas de las iglesias y conventos de Mónaco, conversando, á través del éter cargado de luz, con las del fronterizo Monte-Carlo.
Las doce. Novoa se inquietó. Era hombre de costumbres fijas, y además, los monegascos en cuya casa estaba alojado mantenían rigurosamente la puntualidad en las comidas. ¡No haber en Mónaco un restorán, para darse el lujo de invitar al príncipe!... Este le propuso que lo acompañase á la lejana Villa-Sirena para almorzar juntos. ¡Se sentía tan bien en su compañía! ¡le daba noticias tan interesantes!...
--¡Imposible!--se apresuró á decir el profesor--. Tengo que ver á una persona en Monte-Carlo así que acabe mi almuerzo. Me esperan.
Lubimoff no insistió, adivinando que la tal persona era Valeria.
Un carruaje único estaba guarecido en la sombra menguada de los árboles. Se había quedado allí después de traer á unos extranjeros que prefirieron, á la salida del Palacio, descender á pie por el antiguo camino fortificado.
Miguel lo ocupó, haciéndose conducir á Villa-Sirena. Todo el resto del día y gran parte de la noche transcurrieron para él dulcemente, mientras rumiaba en su memoria las noticias adquiridas. No era mala la jornada. De Atilio apenas se acordó. Se había ido á París; esto era lo único cierto. En cambio, el infortunio de Martínez le hizo canturrear alegremente, y este regocijo engañó al coronel.
--Lo que yo digo: Su Alteza debe salir y ver gentes. Tenía la seguridad de que el paseo de hoy daría buen resultado.
Al día siguiente, el príncipe aún tuvo una sorpresa más grata. Estaba terminando de almorzar, cuando su ayuda de cámara anunció con tono ceremonioso: «El señor profesor Novoa.»
Presintiendo Miguel algo muy interesante para él, recibió al español con una efusión extraordinaria nunca vista por Toledo. ¡Incomparable Novoa! ¿De veras que había almorzado ya? ¡El buen orden de los solitarios de Mónaco!... Entonces, tomaría café con él.
Y dió fin apresuradamente á su almuerzo para pasar al _hall_, donde esperaban el café y los licores. Era tan visible la impaciencia del visitante por hablar con él sin testigos, que Lubimoff se dió prisa en inventar un pretexto para que don Marcos se alejase.
Cuando quedaron solos, Novoa dejó su taza sobre un velador, dió varias chupadas al cigarro, mientras parecía concentrar su voluntad, y al fin dijo con resolución:
--Tengo un encargo que darle: me envía cierta persona... sospecho que hago un mal papel. ¡Un hombre como yo llevando recados de esta clase!... Pero ¿qué es lo que las mujeres no nos obligarán á hacer?... Además, entre hombres debemos ayudarnos. Usted, que es tan caballero, también sería capaz de hacer por mí...
Y el buen profesor hablaba como si se sintiera ligado con el príncipe por una camaradería profesional, por una condición idéntica. Los dos estaban enamorados.
Lubimoff, ansioso por conocer el encargo, hizo gestos de aprobación. Sí: no se equivocaba; era capaz de hacer en su favor cuanto le pidiese. Le tenía en este momento por el primero de sus amigos. Pero ¿qué era el encargo?...
Novoa continuó, con cierta vacilación. El día anterior, después de su encuentro con el príncipe, había visto á aquella señorita... aquella señorita acompañante de la duquesa. El se lo contaba todo; una mala costumbre, pero los enamorados no siempre han de hablar de ellos mismos...
--Estuvimos juntos en un concierto, y esta mañana ha venido al Museo para encargarme que le viera á usted inmediatamente. Yo me he resistido á cumplir el encargo, pero usted sabe lo que son las mujeres. Además, esa joven tiene su genio... Total, que estoy aquí y repito lo que me han dicho.
Calló un momento, y después de mirar á todos lados, añadió con tono misterioso:
--Esta tarde, en San Carlos.
Había llegado hasta allí preocupado por la obscuridad del mensaje. ¿Qué San Carlos era éste? ¿Un hotel?... ¿un paseo?... Como habitante de Mónaco, sólo conocía el Casino en Monte-Carlo. Lo único indudable para él era que el mensaje de Valeria procedía de la duquesa.
Tuvo Miguel que ocultar la alegría que le causaron estas palabras. ¡Alicia le buscaba!... A pesar de su contento, sintió la necesidad de pedir nuevos detalles. ¿No le habían indicado una hora?...
--No, príncipe. «Esta tarde, en San Carlos»; ni una palabra más. Esa señorita casi se enfadó porque le pedí aclaraciones. Ya le he dicho que la intimidad tiene su mal carácter... como todas. Me afirmó que usted entendería el recado inmediatamente.
Miguel hizo un gesto de aprobación; sí que lo entendía... ¡Sabio amable! En aquel momento le deseaba cuantas felicidades puede gozar un hombre. De no conocer sus escrúpulos y su altivez, hubiese pedido á don Marcos todo el dinero que había en la casa para entregárselo á manos llenas. Pero ya que era imposible una dádiva material, hizo votos por que aquella Valeria, á la que tenía por una ambiciosa, pudiese embellecer la vida del profesor. Tan optimista le hizo su contento, que hasta creyó en una equivocación de su parte, adornando á la acompañante de la duquesa con un sinnúmero de virtudes ocultas.
Toledo había vuelto, y el príncipe, que deseaba agradar á Novoa, le habló de las exploraciones oceanográficas, mostrando una viva curiosidad por ellas, mientras su pensamiento estaba lejos.
Pero este halago resultó inútil. El profesor vacilaba al responder á las preguntas. Tenía prisa; le esperaban... Sin duda, Valeria necesitaba conocer pronto el resultado de su mensaje. Y el príncipe mostró también cierta precipitación al acompañarle hasta la verja de entrada, con grandes extremos de amistad. Debía volver con frecuencia á Villa-Sirena; era el único amigo fiel. ¡Lastima que se negase á vivir allí, como en otros tiempos!...
Al quedar solo, Lubimoff subió á las habitaciones del primer piso. Temía que el coronel adivinase su contento. Una sensación de orgullo y de triunfo se mezclaba ahora con la alegría del primer instante.
Pensó en su situación. Don Marcos había guardado silencio después del duelo, y él, influenciado por la soledad, se entregaba al desaliento, creyéndose objeto de las burlas de todos.
Ahora veía claro. Alicia deseaba volver á él, sintiendo un nuevo interés por su persona. Todo lo indicaba así: el teniente casi expulsado de aquella casa que dos semanas antes consideraba como suya; su protectora evitando el verle, para lo cual espaciaba sus visitas. Además, al enterarse ella por Valeria de que su antiguo enamorado había roto la voluntaria clausura en Villa-Sirena, se apresuraba á darle una cita inmediata, como si le urgiese reanudar sus relaciones con él.
Se felicitó de la agresividad inexplicable que le había impulsado á ofender á Martínez. ¡El, que en los últimos días se arrepentía de esta locura!... Lo que le había pesado como un remordimiento era tal vez lo más cuerdo y más oportuno de su vida. Alicia, al ver que, loco de celos, realizaba un acto absurdo para muchos batiéndose por ella, se sentía indudablemente halagada en su vanidad y le miraba con nuevo interés.
«¡Las mujeres!--pensó Lubimoff--. Hay que conocerlas. Su admiración va instintivamente hacia el fuerte. Nada hay como una brutalidad oportuna para conquistar su afecto. Siempre acaban por someterse con cierto agradecimiento al hombre enérgico que las impresiona.»
Este fué su primer instante dichoso después de varios días. Volvió á ser aquel príncipe Lubimoff que había impuesto casi siempre su voluntad, atropellando los obstáculos, unas veces con su dinero, las más con un orgullo imperioso.
Satisfecho de su rudeza, sintió la necesidad de hermosearse para acudir á la entrevista. Pensaba en los machos del reino animal, cuyos dientes, garras y espolones van acompañados de crestas, melenas y plumajes que inspiran á las hembras una admiración mística, convirtiéndolas en sus esclavas. Lo mismo ocurría entre los humanos. La educación, las leyes, las tradiciones, no hacían mas que desfigurar el fondo bárbaro de nuestra existencia.
Una preocupación le distrajo de estos pensamientos. ¿A qué hora debía presentarse en el sitio indicado? Se le ocurrió que, al no mencionar la hora, ésta debía ser la misma del otro encuentro á la puerta de San Carlos. Pero acabó por creer en un olvido del profesor, y la intranquilidad le hizo acudir á la cita mucho antes.
Pasó más de tres horas en ansiosa espera, vagando por las calles inmediatas á la iglesia, inmovilizándose en las esquinas, cambiando de sitio al notar la curiosidad de los transeuntes. Varias veces entró en San Carlos, para ver siempre lo mismo: las vidrieras policromas cada vez más pálidas, así como descendía la tarde; los haces de banderas; los retablos rompiendo la sombra con el resplandor mortecino de sus oros, y mujeres arrodilladas é inmóviles: unas mujeres que parecían las mismas de la otra vez, como si las semanas fuesen minutos.
Con la superstición del que aguarda, se dijo que Alicia sólo podía presentarse al cerrar la noche, y el día le pareció interminable.
Al anochecer dudó.
--No vendrá.... Debe haberse arrepentido.
Estaba en la esquina de una calle curva y pendiente inmediata á la iglesia. Desde allí podía ver las gradas que comunican la plazoleta con el hundido bulevar. Nadie subía por ellas; todos los carruajes pasaban sin detenerse.
De pronto, tuvo la sensación de que alguien se aproximaba á sus espaldas. Percibió un leve paso, y al volver la cabeza vió á una mujer enlutada.
Todo lo olvidó: la larga espera, las dudas, la fatiga del interminable plantón, recobrando de golpe su regocijo de triunfador. Estaba tan seguro de los motivos que la habían inducido á pedirle esta entrevista, que avanzó á su encuentro con un aire galante.
--¡Oh, Alicia!--dijo, tendiendo á la vez sus dos manos.
Pero estas manos se agitaron inútilmente en el vacío, sin encontrar dónde asirse, y al fin cayeron con desaliento.
Lubimoff se sintió desconcertado ante la mirada de la mujer. Todas las ideas que le habían seguido hasta allí eran ilusiones y se desvanecían, dejándole confuso enfrente de la realidad. Esta realidad no permitía dudas. Los ojos de ella le contemplaron fijamente, con dureza.
Alicia habló como si hubiese venido para un negocio con una persona poco grata y quisiera terminarlo cuanto antes, viéndose libre de su presencia.
Existía entre los dos cierto asunto de dinero que ella necesitaba resolver. No le había escrito porque después de los sucesos recientes consideraba inoportuno el envío de una carta. Además, ni ella podía ir á Villa-Sirena ni quería recibirlo en su casa. Por esto, al enterarse el día anterior de que habían visto paseando á Miguel--que ella se imaginaba enfermo--, se atrevía á citarlo allí, para verse unos momentos nada más.
--Hablemos como si fuésemos comerciantes; unos comerciantes que tienen prisa y no malgastan sus palabras... Yo te debo dinero, y me es imposible vivir tranquila mientras no te lo devuelva: trescientos mil francos que me dió tu madre, lo que me prestaste tú en el Casino... tal vez algo más. Tengo bastante para pagar. Si no quieres ocuparte del asunto, envíame á Toledo.
Lubimoff quedó absorto ante estas palabras inesperadas. Ella, después de hacer su proposición, parecía ansiosa por marcharse. Ya lo había dicho todo; le molestaba seguir allí con el príncipe; nada tenía que añadir.
--¡No!--dijo Miguel enérgicamente.
¿Para eso le había llamado? ¿Era todo lo que tenía que decirle, después de tanto tiempo sin verse?...
Había tal resolución en su negativa, se reflejaba de tal modo en su rostro la dolorosa extrañeza, que Alicia creyó inútil insistir.
--Está bien; no hablemos más. Conozco tu carácter, y sé que permaneceríamos aquí discutiendo muchas horas sin resultado. Yo buscaré el medio de devolverte lo que es tuyo.... ¡Adiós, Miguel!
Intentó detenerla el príncipe tomando suavemente una de sus manos, pero ella la retiró con nerviosa retracción.
--¡Y te marchas!--dijo él con desaliento--. Yo que creía, al venir aquí...
La humildad de su voz pareció irritar á la duquesa, haciéndola detenerse cuando empezaba á volverle la espalda.
--¿Qué es lo que creías?--preguntó con indignación--. Tu inconsciencia me asombra. ¡Ah, Miguel! Siempre serás el mismo; únicamente existes tú: sólo deben tenerse en cuenta tus deseos. Me has hecho mucho daño, ¡mucho!... y ahora me dices, como un niño: «Yo que creía...» ¿Qué esperabas después de tus locuras?... Sábelo bien: te aborrezco. Tu presencia me es odiosa. ¡Te aborrezco!
El pobre Lubimoff volvió á ver su conducta como en las horas de voluntario encierro. ¡Ay! ¿dónde estaban las engañosas fantasías que le habían acompañado hasta allí? Su tristeza, su arrepentimiento, fueron tan visibles, que Alicia modificó el tono de sus palabras.
--Tal vez no te aborrezco; pero estoy segura de que me inspiras lástima: una lástima semejante á la que siento por mí misma. Somos dos pobres locos, Miguel; nuestras desgracias vienen de lejos.
Al recordar sus vidas, Alicia pensó en los constructores que sufren un grave error cuando asientan los cimientos de un edificio, y siguen adelante con la ilusión de que su obra es rectilínea, sin reparar en que está desviada completamente por defectos de su base.
--Nuestros principios fueron equivocados. De continuar el mundo como antes, tal vez hubiéramos permanecido de pie y triunfadores. El ambiente nos amparaba: éramos sus hijos.
Pero el cataclismo universal les había hecho perder su centro de gravedad para siempre. Estaban ladeados, con grietas que nadie podría recomponer, próximos á derrumbarse.
--Nosotros somos de otra época, y no hay quien sostenga nuestra fragilidad. Te tengo lástima, Miguel; y tú debes sentirla por mí, ¡por mí, á quien has hecho tanto daño!
El príncipe, á pesar de su humilde encogimiento, protestó. Había sido imprudente: era cierto. Aquella agresión en el Casino y el maldito duelo representaban un escándalo estúpido. Pero ¿qué daño irreparable era este que tan profundamente la afligía? ¿Cómo su locura, que sólo le perjudicaba á él, haciéndole objeto de comentarios y risas, podía desesperarla de tal modo?...
Le interrumpió Alicia con un gesto desalentado, como si considerase imposible hacerle comprender sus pensamientos.
--Mira--dijo señalando la puerta de la iglesia--. Antes, podía entrar ahí. Recuerda la última vez que nos vimos en este sitio. Yo venía de rezar, de hablar con mi hijo; era tal vez una ilusión, pero las ilusiones nos ayudan á vivir. Y ahora no puedo; el remordimiento me espera donde hace unas semanas encontraba la esperanza. Y esto te lo debo á ti, á ti, que me arrebatas la última felicidad que yo me había inventado...
Ya no miraba al príncipe con ojos hostiles. Su voz temblorosa, su mirada húmeda, eran de una pobre mujer que se esfuerza por contener su emoción. Miguel balbuceó contuso, desorientado. ¿El había podido hacer tanto mal? ¿Cuándo?... ¿cómo?...
Alicia, sorda á sus preguntas, sólo pensaba en ella y en su desgracia.
--Tenía un hijo, y lo perdí--siguió diciendo--. Era mi esperanza, mi única razón de vivir... El infortunio me hizo buscar un consuelo. ¿Qué sería de nosotros si no tuviésemos el poder de engañarnos fabricando nuevas ilusiones?... Y tuve un segundo hijo, un hijo inventado por mí, triste, condenado á morir, pero joven como el otro, desgraciado como el otro, falto de una madre que alegrase sus últimos días... Yo he querido ser esa madre. Unicamente puedo sentir la dulzura protectora de la maternidad; mi papel de mujer ha terminado: sólo puedo ver un el hombre á un hijo, ¡y tú me privas de este último consuelo! ¡tú te has llevado mi pobre alegría!
Lubimoff empezó á comprender. Alicia hablaba de Martínez; y sintió de nuevo la comezón de los celos.