Los enemigos de la mujer

Part 32

Chapter 323,825 wordsPublic domain

El coronel recordó á la difunta princesa en sus días de humor tormentoso, cuando, después de una explosión de cólera, se retorcía, pidiendo que la perdonasen, entre llantos histéricos.

Al tirar suavemente de esta mano, se sintió seguido por el príncipe, inerme y sin voluntad. Martínez aguardaba á pocos pasos.

--Dense las manos. Todo ha terminado. Los caballeros son siempre... caballeros.

Se dieron las manos.

Y entonces ocurrió algo inesperado que produjo un largo silencio de sorpresa y de asombro.

Miguel dobló su cuerpo, se encogieron sus rodillas, se llevó á la boca aquella mano que tenía en la suya, con el mismo gesto humilde de los siervos de la estepa ante sus poderosos abuelos.

Luego la besó, mojándola con sus lágrimas.

X

Ocho días llevaba Lubimoff sin salir de Villa-Sirena. En sus conversaciones con el coronel--único compañero de esta vida solitaria--había evitado toda alusión á lo ocurrido en el castillo de Lewis. Don Marcos, por su parte, se mostraba de una discreción absoluta, como si tuviese olvidado el duelo y el extraño final que le había dado el príncipe; pero éste adivinaba en su silencio muchas cosas molestas para él.

Los otros padrinos debían haberlo contado todo. ¡Qué de comentarios! Y el miedo á encontrarse con las gentes, que sin duda repetían su nombre á todas horas, le hizo permanecer recluído, esperando que le olvidasen. Alguien perdería ó ganaría en el Casino una suma importante, y esto bastaba para que los curiosos dejasen de hablar de él.

Empezó á pesarle la soledad como un suplicio. Ya estaba fatigado de pasear siempre por sus jardines, que le parecían estrechos y monótonos. Además, la sobrina de Lewis, abusando de su autorización, llegaba cada tarde con una escolta de ingleses heridos, siempre diferentes. Correteaba con ellos por las avenidas entre los gritos de las aves exóticas, formaba grandes ramos de flores, y él tenía que ocultarse en los pisos altos huyendo de esta alegría infantil, á la que encontraba algo de desesperado y fúnebre.

Las noches le parecían interminables. Pensaba con nostalgia en las plácidas veladas de «los enemigos de la mujer», cuando Spadoni se sentaba al piano ó hacía cálculos infinitos, siempre doblando; cuando Novoa exponía sus paradojas científicas y Castro relataba las aventuras de su abuelo el «Don Quijote rojo»... ¿Dónde estarían ahora estos compañeros de soñolienta felicidad?

Atilio le interesaba especialmente. Dos veces había preguntado por él á don Marcos, sin que éste se mostrase muy claro en sus explicaciones. «No le encontraba nunca en el Casino; se abstenía sin duda de frecuentarlo por miedo al juego.» Presintió que el coronel sabía algo más y se negaba á hablar por discreción.

Una mañana, el tedio del encierro galvanizó su decaída voluntad. ¿Por qué no ir en busca de aquellos amigos? Tal vez si él daba el primer paso conseguiría reanudar las relaciones con ellos, restableciendo su antigua vida.

Cuando iba á salir, el coronel le detuvo para hablarle otra vez de un asunto que les había ocupado la noche anterior. ¿Qué respuesta debía dar al apoderado de París?... Aquel nuevo rico comprador del palacio del parque Monceau deseaba adquirir también Villa-Sirena. El administrador comunicaba su última oferta: millón y medio de francos. No daría más, y era preciso contestar urgentemente, antes que su capricho se fijase en otra adquisición.

Miguel levantó los hombros, como si le hablasen de algo sin interés.

--Di que no quiero vender... Mejor será que no contestes. Veremos más adelante; yo pensaré.

Al bajar del tranvía, en Monte-Carlo, dejó á su izquierda el Casino, para seguir por los bulevares altos. Iba primeramente en busca de Spadoni, por ser el que habitaba más cerca. Además, éste debía saber el paradero de Atilio mejor que Novoa. Tal vez vivían juntos.

Conocía vagamente su domicilio por las burlas de Castro. El pianista era «guardián de una tumba» sobre el barranco de Santa Devota.

Desde lo alto de un puente vió el príncipe á sus pies este barranco, cuyas laderas estaban cubiertas de jardines, de «villas» lujosas y de hoteles, teniendo por fondo el risueño puerto de La Condamine.

Sesenta años antes era un lugar salvaje. Sólo lo visitaban las procesiones venidas desde el amurallado Mónaco para rendir homenaje á Santa Devota en una iglesia blanca, que aún parecía ahora más diminuta junto á las arcadas del puente del ferrocarril.

En los primeros tiempos del cristianismo, una barca, guiada por la voluntad de Dios, que se dignaba conceder una protectora á los habitantes de Puerto Hércules, había venido á encallar en esta ribera. La barca contenía el milagroso cadáver de cierta cristiana de Córcega martirizada por los romanos. Nadie sabía su nombre, y la devoción popular la llamó Santa Devota. Una vez al año, el día de su fiesta, al cerrar la noche, gran parte del público del Casino abandonaba la ruleta y el «treinta y cuarenta» para presenciar cómo los marineros de Mónaco quemaban frente á la iglesia, al son de la música, una barca vieja, cerrando con esto á la santa patrona todo camino de retorno.

Los campos pedregosos de olivos y nopales estaban ahora cubiertos de «Palaces», grandes como cuarteles, y sostenían una segunda ciudad alta, que, extendiéndose por la ladera de los Alpes, unía Mónaco con Monte-Carlo. Este terreno, vendido á precios enormes, era medio siglo antes un lugar tan olvidado, que cualquiera de sus poseedores podía disponer sin obstáculo que le enterrasen en su propiedad.

Un oficial obscuro de Napoleón, nacido en Mónaco y llegado á general en los tiempos de Luis Felipe, había hecho construir su sepultura en un olivar sobre el barranco de Santa Devota. El juego hacía surgir después Monte-Carlo sobre la salvaje meseta de las Espelungas; la lujosa ciudad nueva se ensanchaba para unirse con el viejo Mónaco, cubriendo de edificios todo el territorio del principado, y la sepultura del anónimo guerrero quedaba prisionera de este oleaje de grandes hoteles, palacios y «villas». El olivar de la tumba se vendía á metros, haciendo la fortuna de los herederos. Entre la sepultura y el borde del barranco quedaba una meseta, desde la que se disfrutaba la visión de un panorama magnífico, y un millonario de París se atrevía á construir una casa de estilo «artista», con jardines en terrazas escalonadas, creyendo empresa fácil conseguir el traslado del general al cementerio y la demolición de su capilla-tumba. Pero el muerto estaba en su propiedad, no podía resucitar para deshacer sus disposiciones testamentarias, perturbadas por el engrandecimiento inaudito del antiguo Mónaco, y no había poder humano que echase abajo su última morada.

Miguel había visto muchas veces desde el puerto, sobre las alturas del barranco, este panteón que iba á servirle ahora para encontrar á Spadoni. Era un simple dado de albañilería, con las paredes enjalbegadas, cuatro pináculos en sus ángulos y una cúpula de tejas negras. De lejos parecía un morabito, la tumba de un santón, ayudando á esta semejanza los grupos de palmeras de los jardines inmediatos.

Castro le había hecho reir muchas veces contándole la historia del difunto general y sus ricos vecinos. Los propietarios de la «villa» no podían dormir con un muerto al otro lado de la pared. Además era un muerto sin nombre, lo que le hacía más inquietante y misterioso. Nadie llegaba á acordarse del apellido de este señor que había mandado miles de hombres y aún imponía su voluntad á los vivos. Alquilaron la «villa» con todos sus lujosos muebles por un precio módico, y al principio se la disputaban las señoras que juegan en el Casino. ¡Vivir en un pequeño palacio adornado por famosos tapiceros de París, y con una vista magnífica, todo por quinientos francos mensuales!... Pero las arrendatarias se apresuraban á cederse unas á otras esta buena ocasión. ¡Tener que pasar después de media noche frente al mausoleo del general, cuando volvían del Casino! ¡No poder abrir las ventanas sin encontrarse con aquella sepultura!... Además, la maledicencia femenil señalaba sucesivamente á cada inquilina con el mismo apodo: «la guardiana de la tumba».

Entonces se presentó Spadoni. Castro tenía una idea vaga de que pagó el primer mes, pero no estaba seguro de ello. Lo que sabía con certeza era que no pagó más. Los propietarios, residentes en París, habían acabado por aceptar esta situación, viendo en el pianista un cuidador gratuito de aquella casa que les inspiraba miedo.

Descendió el príncipe por un amplio camino entre balaustradas de jardines y muros de roca con penachos floridos pendientes de sus intersticios. Al ver de cerca el morabito, comprendió la fuga de los vecinos. El general había sabido hacer las cosas. Los pináculos estaban adornados con calaveras y tibias, lo mismo que la cruz de hierro que remataba la cúpula. Y estos símbolos fúnebres, por la fuerza del contraste, aún resultaban más impresionantes entre el esplendor verde de los jardines inmediatos, bajo un cielo de crudo azul y un sol deslumbrador, teniendo por fondo el gracioso puerto y la rizada planicie del mar violeta. La puerta del mausoleo sin nombre no se había abierto en muchos años, y los vientos amontonaban la tierra en su parte baja. Entre la verja y las paredes se aglomeraba una vegetación loca, una selva minúscula, en cuyas espesuras guerreaban y se devoraban los insectos después de enviar interminables expediciones volantes y rampantes á todas las casas próximas.

Pasó rozando el panteón para llegar á la entrada de la «villa», hermoso edificio de arquitectura toscana. La puerta era de complicados herrajes; los ventanales tenían vidrieras con figuras de colores; sobre el muro gris estaban incrustados relieves de mármol y escudos antiguos.

Golpeó inútilmente con un dragón de hierro que servía de aldaba. Al fin apareció en un sendero inmediato, entre dos muros, una mujer greñuda con un niño en brazos. Era una vecina que prestaba sus servicios á Spadoni cuando se quedaba en la casa. La presencia de un visitante representaba para ella un acontecimiento.

--Sí que está--dijo--. ¿No oye usted?

Lubimoff oyó, efectivamente, amortiguado por los gruesos muros, el tecleo de un piano.

La mujer, convencida de que el artista no llegaría á enterarse de los golpes del aldabón, desapareció en una revuelta del sendero. Poco después, su cabeza y el niño que llevaba en brazos surgieron sobre el filo de un muro.

--¡Maestro!--gritó--. Un señor que le busca. ¡Una visita!

Y volvió arreglándose las faldas, como si acabase de bajar de una escala de mano.

Se abrió aquella puerta de quicio profundo, apareciendo en su hueco Spadoni.

--¡Oh, Alteza!

Su sonrisa no expresaba asombro. Saludó al príncipe como si lo hubiese visto el día anterior.

Fué guiándole por corredores y salones sumidos en una penumbra policroma y que olían á polvo. Hacía muchos meses que los ventanales de colores no habían sido abiertos ni descorridas las cortinas. El concentraba su existencia en una sola habitación. Lubimoff chocó con arcones y armaduras, hizo vacilar dos enormes ánforas japonesas, se enganchó en los numerosos salientes de este profuso decorado de «estudio romántico» que había estado de moda veinticinco años antes.

Volvieron finalmente á la luz, una luz esplendorosa que entraba por tres puertas abiertas sobre una terraza vecina al barranco.

Era el _hall_ de la «villa», adornado con telas y divanes indostánicos. El príncipe reconoció que Spadoni no estaba mal instalado en «su tumba». Un gran piano de cola era el único mueble que se mantenía limpio en esta pieza invadida por el polvo. Sobre el atril permanecían abiertos varios cuadernos de música manuscrita.

Al ver que Lubimoff se fijaba en ellos, el pianista hizo un gesto desesperado.

Era grande su pobreza: tenía que dar conciertos para vivir, se veía obligado á estudiar obras nuevas.

Habló de estos trabajos como si representasen la más cruel imposición de la realidad, la mayor decadencia de su vida.

Varias damas organizadoras de obras benéficas de la guerra habían buscado su concurso. Tocaba gratuitamente, por «patriotismo», pero las buenos señoras siempre encontraban el medio de darle una cantidad. ¡Era tan enorme su miseria! Sólo de tarde en tarde entraba en las salas de juego. No podía ni apuntar en la ruleta, donde las puestas son de cinco francos.

Quiso el príncipe leer los títulos de las partituras, y Spadoni intentó ocultarlas con una precipitación cómica.

--¡Verdaderas porquerías!... No hay que mirar eso, Alteza. En esta Costa Azul, cuando las señoras entradas en años no encuentran ya quien las ame, se dedican á escribir romanzas ó bailes de gran espectáculo, y el Casino acepta sus obras para no disgustarlas. Ese teatro de Monte-Carlo resulta, en ciertos días, el templo de la imbecilidad musical... No; mejor será que conozca lo que damos esta tarde. Es la obra de una millonaria que lo escribe todo, música y versos.

Y leyó en alta voz los títulos de varías «escenas pintorescas»: _Diálogo entre la mariposa y la rosa_, _Lo que la palmera le dijo al agave_, _Plegaría de la cigarra á nuestro padre el Sol_.

--Por suerte, Alteza, esta situación deshonrosa no durará. Tengo un medio... ¡un medio!...

Olvidando el piano, las partituras y su degradación musical, se lanzó de golpe en el mundo de las quimeras. Conocía el secreto del grande hombre, de aquel griego que ganaba millones en el _Sporting_. Lo había sorprendido, con su propia malicia, después de sonsacar ciertos datos á un acompañante del personaje. Era una combinación sencilla, como todas las cosas geniales. Por ejemplo...

Y tendió su mano hacia una baraja que estaba en una mesa, sobre unos cuantos volúmenes encuadernados en rojo: las nueve sinfonías de Beethoven.

¡Ah, no!... El príncipe le contuvo con brusquedad, para que no se entregase á su manía demostrativa.

--Yo esperaba encontrar aquí á Atilio--dijo luego suavemente.

El músico pareció despertar.

--¿Atilio?... ¡Ah, sí! Vivió conmigo unos días, pero se fué.

Obsesionado aún por su prodigiosa combinación, habló distraídamente, sin conceder interés á sus palabras. Castro había manifestado deseos de vivir con él, se lo dijo un anochecer en el Casino, y Spadoni abandonó Villa-Sirena para acompañarle. Un amigo no puede hacer menos.

--Pero ¿cuándo se fué?... ¿En dónde está?...

--Se fué anteayer, y debe estar en París. ¡Un disparate su viaje! Imagínese, Alteza, que en los últimos días jugó con una suerte magnífica, hasta ganar veinte mil francos. ¡Si hubiese seguido!... Pero no quiso: tenía prisa. Me dió quinientos francos, y los perdí inmediatamente; era muy poco dinero para mi combinación. Creo que va á hacerse soldado; me habló de la Legión extranjera. De él se puede esperar cualquier disparate. ¡Un hombre que gana y huye!...

Luego, como si la máquina desarreglada de su cerebro funcionase lógicamente por unos segundos, añadió, con una sonrisa maligna:

--Doña Clorinda también se ha ido á París. Se marchó dos días antes que él... ¡Oh, Alteza! ¡cómo me acuerdo de aquello que nos dijo en un almuerzo sobre las mujeres!... Las conozco, príncipe: todas ellas son temibles enemigos.

Y señalaba rencorosamente _Lo que la palmera le dijo al agave_.

En vano el príncipe insistió en sus preguntas. No sabía más, no le inspiraba curiosidad la suerte de Castro. Se había ido á París para hacerse soldado, ¡y él tenía tantos amigos soldados!...

«La Generala», por ser mujer, le infundía más interés, excitando su maledicencia.

--Yo creo--dijo, con su sonrisa de misógino--que se fué por celos, por despecho. La duquesa de Delille ha acaparado á ese teniente que le presentó ella. Hasta parece que el tal teniente ha tenido un duelo...

El pianista palideció, mirando con espanto á Lubimoff. Su gesto fué igual al del que habla en voz alta creyéndose á solas, y nota repentinamente que alguien le escucha. Quedó confuso y balbuceando:

--No sé... ¡la gente dice tantas mentiras!... ¡Cosas de mujeres!

Lubimoff sintió una confusión igual al darse cuenta de que hasta Spadoni se había ocupado con regocijo de su aventura.

Consideraba ya inútil seguir hablando con este imbécil. Se levantó, y el músico, trémulo aún por su indiscreción, dió muestras de igual apresuramiento por terminar la visita.

--¿Y Novoa?--preguntó el príncipe al llegar á la puerta de la casa--. ¿Se ha ido también?...

No; éste seguía en Mónaco, trabajando en el Museo cuando no tenía ocupaciones más urgentes. Se encontraban muy de tarde en tarde. ¿Cómo podían verse, si él, Spadoni, á causa de su miseria, se abstenía de entrar en las salas de juego?...

--Continúa jugando, Alteza; pero muy mal, con la timidez del novato, y por eso pierde. No tiene la estofa de nosotros, los verdaderos jugadores.

Se irguió el pianista al decir esto, como si no hubiese perdido nunca y poseyera todos los secretos del azar.

--Le he enviado dos entradas para el concierto de esta tarde: una para él y otra para esa señorita Valeria, acompañante de la duquesa. ¡El pobre! ¡siempre haciendo tonterías como un enamorado!...

Pero su sonrisa de hombre superior, exento de tales humillaciones, se cortó al darse cuenta de que otra vez estaba diciendo algo molesto para el príncipe.

Este pasó de nuevo junto á la tumba, pero sin verla ni acordarse del incógnito general. ¡Castro se había ido!... ¡Castro quería hacerse soldado!...

Luego de seguir el camino descendente de los Monegetti hasta la plaza de Armas de La Condamine, tomó la avenida de suave pendiente que sube hasta Mónaco. Esta marcha le proporcionaba cierta voluptuosidad muscular después de su largo encierro.

Al verse entre los dos torrecillas que marcan la entrada de los jardines, le asaltó el recuerdo de Alicia. Un poco más allá habían descendido del carruaje; detrás de los árboles estaba el banco en que la habló por primera vez de su amor; abajo, al borde de las rocas, se desarrollaba el solitario camino por el que pasaron como en volandas, al amparo del crepúsculo y con las bocas juntas. Luego, el rasgón de su vestido, los cómicos y dulces apuros por repararlo, el alfiler con la perla de la princesa... Sólo habían transcurrido unas semanas, y estos sucesos parecían de otra humanidad más feliz, desarrollados en un planeta distinto, envueltos en una luz que no era la de la tierra.

Se esforzó por olvidar. Estaba ahora en una plaza asfaltada, frente á la escalinata del Museo Oceanográfico. Por primera vez reparó en los adornos arquitectónicos del blanco edificio. Habían adoptado como motivo ornamental el manojo de retorcidas patas de los pulpos, el semicírculo estriado de las conchas, la sombrilla filamentosa de las medusas. Se fijó en los grupos escultóricos que simbolizan las fuerzas del Océano ó las artes de los navegantes; leyó los nombres esculpidos en los frisos, títulos de buques que se ilustraron por sus exploraciones científicas.

Permaneció inmóvil mucho rato, buscando un pretexto para justificar su visita. Al fin subió la escalinata, viéndose envuelto en una frescura sonora de catedral, pero sin la ranciedad del ambiente cerrado, con un tufillo salino procedente del mar inmediato. El conocía el palacio: á un lado, el vasto salón de conferencias y asambleas científicas, semejante á un Parlamento, con lámparas de cristal helado que afectan las distintas formas animales de las profundidades oceánicas; en mitad del vestíbulo, la estatua del príncipe Alberto vestido de marino y apoyado en la baranda del puente de su yate; al lado opuesto y en los pisos superiores, las colecciones recogidas durante los viajes de este navegante de la ciencia: miles de peces y moluscos, esqueletos gigantescos de cetáceos, piraguas y herramientas de pesca de los mares polares. En los pisos inferiores, debajo de sus pies, en aquel segundo palacio que, adherido al acantilado, descendía hasta el mar, estaban los acuarios, las bestias misteriosas del abismo continuando su existencia entre burbujas de agua corriente, en sus jaulas de cristal.

Un portero de levita azul y kepis galoneado de rojo intentó ofrecerle un cartón de entrada, pero se contuvo al ver que se detenía junto al torniquete, preguntando por Novoa.

--Salió hace un momento. Tal vez lo encuentre en las inmediaciones del Palacio. Casi todos los días, antes del almuerzo, da la vuelta á la roca.

«La roca», para los monegascos, es por antonomasia el peñón en que está asentado Mónaco, y dar su vuelta equivale á seguir el contorno de jardines y abandonados baluartes que, partiendo del palacio de los Príncipes, vuelve á él después de abarcar toda la vieja capital.

Siguió exteriormente la cerca de los jardines de San Martino. No osaba penetrar en ellos: temía encontrarse con el banco en que habían estado aquella tarde. Avanzó por las calles de la ciudad, estrechas, sin aceras, pavimentadas de anchas losas, como en muchas poblaciones de Italia.

Las viviendas, viejas y altas, recordaban los tiempos en que el suelo era precioso dentro de una península estrechamente ceñida por sus fortificaciones. Algunas casas estaban perforadas por túneles, y al final del arco se veía la claridad y la blancura de la otra calle paralela. Los edificios más grandes eran conventos ó colegios religiosos. Sonaban lentas campanas sobre los tejados, como en un pueblo de España; quedaban en las calles muchos retablos con imágenes alumbradas por un farolillo.

Al estremecerse las losas del pavimento bajo un paso humano, se entreabrían ventanas. Un carruaje provocaba la aparición de muchas cabezas. Los escasos transeuntes eran á veces canónigos de la catedral, frailes descalzos con una corona de pelo en torno del cráneo afeitado, monjas con enormes mariposas almidonadas en la cabeza.

Sólo un pequeño puerto separaba la vieja ciudad de aquella otra ciudad situada en la cumbre de enfrente, con su Casino, sus hoteles, sus orquestas y su muchedumbre de placer y de fortuna. Un corto trayecto de tranvía bastaba para hacerse la ilusión de haber saltado sobre dos siglos. Lubimoff recordó la impresión de extrañeza que despertaban al atravesar la plaza del Casino estos frailes descalzos cuando bajaban en grupo á Monte-Carlo.

Pasó bajo una galería cubierta que formaba arco entre dos casas. Un gran descampado, una llanura, se abrió ante él. Era la plaza del Palacio. Enfrente estaba la vivienda señorial de los Grimaldi, conjunto de edificios de diversas épocas, que le recordó los palacios de algunos príncipes soberanos de la antigua Italia. Era de color rosa obscuro, cortado por el arquerío de las _loggias_, y tenía adosados unas torres de sillares blancos con almenas hendidas. También conocía él este palacio, puramente de aparato y deshabitado, pues el príncipe reinante, en las cortas visitas á sus dominios, prefería vivir en su yate.

Primeramente llamó su atención la guardia del edificio. Los soldados de Mónaco, viejos gendarmes franceses, habían partido á la guerra, y una milicia nacional se encargaba de sustituirlos. Estaba compuesta de legítimos ciudadanos de «la roca», descendientes de cuatro generaciones de monegascos. Ellos solos podían contribuir á la defensa ideal del principado, así como gozaban las ventajas de pertenecer á un país, único en el mundo, donde nadie paga contribución y todos al nacer tienen el pan asegurado, gracias al Casino.

Lubimoff admiró al guerrero de guardia, un viejo de bigote blanco, cargado de hombros, casi jorobado, con gabán de color castaña y sombrero hongo. Un brazal rojo y blanco en una manga era todo su uniforme. Llevando al hombro su fusil antiguo, que aún hacía más enorme y pesado una bayoneta interminable, hubiera podido descansar junto á la garita pintada con los colores de Mónaco; pero prefería moverse en incesante paseo, mirando á todas partes por si alguien intentaba penetrar en el alcázar del ausente soberano. Otros padres de familia y hasta abuelos, vestidos con sus trajes de domingo, esperaban pacientemente en un banco que les llegase el turno de ejercer la honorífica función.