Los enemigos de la mujer

Part 31

Chapter 313,906 wordsPublic domain

Subió á su habitación, para revestirse con la levita de los desafíos. Había llegado el momento de oficiar. Quedó indeciso ante el espejo, apreciando la falta de concordancia entre esta prenda majestuosa y el sombrero hongo que le servía de remate. ¡Ah, la guerra! Sonrió ante la suposición absurda de haberse presentado así, cuatro años antes--como quien dice cuatro siglos--, en aquellos duelos de París, donde padrinos y adversarios sólo podían ir decentemente en busca de la muerte con sombrero de copa de ocho reflejos.

A pesar de haber prescindido de este tocado solemne, sospechó que podía ofrecer un aspecto algo ridículo al verse en el automóvil, sentado junto al príncipe, con su larga levita y las dos cajas de pistolas sobre las rodillas.

El carruaje se detuvo en el bulevar de los Molinos, frente á la casa del médico. Pasaban militares convalecientes, unos con los ojos inmóviles, dando golpes de bastón ante sus pasos, otros vacilantes por la debilidad ó las amputaciones.

Una voz femenina, suave y dulce, saludó al príncipe. Era una enfermera delgadísima que avanzaba llevando del brazo á dos oficiales ciegos. Miguel y don Marcos reconocieron á la sobrina de Lewis. Ella les sonrió, mostrándoles los dos mocetones ingleses á los que servía de lazarillo; dos Apolos rubios, tostados por el sol, con la nariz que descendía recta de la frente, la dentadura brillante, el cuerpo esbelto y armoniosamente membrudo, pero los ojos apagados y un gesto trágico en la boca, de desesperación, de protesta, al verse muertos en vida.

--Son mis dos _flirts_, ¿Qué les parecen?

Bromeaba para alegrar á sus acompañantes, con aquel regocijo de virgen atrevida y dolorosa que iba esparciendo un pálido rayo de sol septentrional por ambulancias y hospitales. Parecía fabricada toda ella con pasta de hostia, frágil, anémica, de una blancura que clareaba á la luz, lo mismo que un cristal turbio. Y se alejó, guiando como niños á los dos ciegos, desesperados y hermosos, que erguían toda la cabeza por encima de la suya. Una leve presión de sus dedos podía aplastar este cuerpo de fanal, todo luz, sin otra materia que la precisa para transparentar y guardar la llama interior.

--¡Adiós, lady!--dijo el príncipe.

Don Marcos se estremeció al oir su voz; una voz grave que no había conocido nunca, una voz temblorosa como un cántico sentimental en cuyo fondo goteasen lágrimas.

Depositó el médico sobre la raída alfombra del automóvil su caja de operaciones. Con ésta ya eran tres. Sólo entonces se decidió el coronel á desembarazarse de sus dos cajas preciosas, colocándolas sobre la del doctor.

Se lanzó el carruaje montaña arriba, por un camino de violentos zigzags. Al final de cada ángulo se mostraba Monte-Carlo, más hundido, más pequeño, como una ciudad de caja de juguetes, con los tejados rojos y muchas hormigas siguiendo el hilo de sus calles para aglomerarse en la plaza. En cambio, el mar remontaba su lomo, crecía en altura por momentos, devorando con su mandíbula azul y rectilínea un pedazo de cielo á cada revuelta de la ascensión.

Sobre la cumbre iba agigantándose el volumen de una mole de albañilería: «El Trofeo», título que había acabado por convertirse en La Turbie, nombre medioeval del pueblecillo amurallado y pardo que se apretuja alrededor del monumento. Dos columnas esbeltas de mármol blanco adosadas á la mampostería y un trozo de cornisa era todo lo que quedaba del más soberbio de los trofeos romanos; torre de treinta metros, con una estatua gigantesca de Augusto en su remate, que marcaba sobre los Alpes el límite entre las tierras del Imperio y las Galias conquistadas.

El automóvil, dejando atrás el villorrio de La Turbie, corría ahora por la antigua vía romana.

--Veo á las legiones--murmuró gravemente don Marcos.

Era una manía. Nunca había tenido suficiente imaginación para ver á las legiones por sí mismo; pero después de presenciar en una cinta cinematográfica un desfile de figurantes con las piernas desnudas y la espada al hombro siguiendo al caballejo de Julio César, la vida militar romana no guardaba para él misterio alguno, y cada vez que subía á La Turbie repetía lo mismo: «Veo á las legiones.»

Minutos después olvidó su guerrera resurrección para señalar varias construcciones de un gris azulado que las hacía confundirse con la colina situada á sus espaldas. El castillo de Lewis. Fueron destacándose de él torres sueltas unidas por puentes á la masa cuadrada del edificio; torres albarranas que flanqueaban las puertas; techos agudos de pizarra, con doble fila de buhardillas; techos que sólo tenían el costillaje de madera, á través del cual se veía el espacio, como si su relleno hubiese sido devorado por un incendio; muros á medio construir, que bajaban en ángulo recto lo mismo que un cartabón de piedra clavado en el suelo por su filo más largo.

El castillo podía confundirse de lejos con una ruina abandonada. Lewis, perdida la esperanza de poderlo terminar, declaraba de buena fe que así era mejor, pues le evitaba el trabajo de adornarlo con ruinas artificiales. Tenía el aspecto de una fortaleza de leyenda, como las que había descrito su padre el historiador, hecha para los cielos grises, para las selvas de húmedo verde, y parecía querer escapar de este paisaje tostado por el sol, de vegetación parsimoniosa, huyendo del contacto con los olivos, los cactos y los leñosos matorrales cubiertos de rudas flores.

Descendieron del automóvil en una planicie limitada por dos cuerpos de edificio que formaban ángulo. Era el patio de honor, la plaza de armas del futuro castillo. En los otros dos lados, unos muros que sólo se elevaban un metro sobre el suelo indicaban la traza de lo que podría ser este patio algún día, si la suerte dejaba de mostrarse adusta con el propietario. En el fondo abierto de la planicie estaba otro automóvil de alquiler, y junto á él los tres militares.

Acudió Lewis á saludar al príncipe. Hacía poco que habían llegado, y como tenía prisa, se encaró inmediatamente con el coronel.

Don Marcos era el oráculo que había que consultar para no perder tiempo. ¿Podrían resolver el negocio allí mismo?... ¿No sería mejor detrás del castillo, en un huerto rodeado de viejos olivares?...

El coronel, con una caja en cada brazo, fué examinando el terreno. Lo único que le preocupó en los primeros instantes fué su propia persona. Decididamente se veía ridículo. Aquellos tres oficiales, con sus uniformes; el príncipe, con un traje de calle azul obscuro; el médico, vestido de viejo, como siempre; Lewis, con un gran sombrero de paja, sin el cual no podía andar por su castillo, ¡y él envuelto en su levitón solemne, que parecía asustar á los palomos refugiados en los aleros y los muros ruinosos!...

Después de echar un vistazo detrás del castillo, se decidió por el patio, limpio de árboles. Colocaría á los contendientes de modo que sus figuras no resaltasen sobre un fondo de pared.

Lewis, á pesar de sus prisas, creyó necesario hacer los honores de la casa. «¿Una copa de _whisky_?...» Como no le habían dado tiempo para prepararse, y él habitaba ahora en Monte-Carlo, su despensa estaba vacía. Pero esperaba dar con una buena botella buscando un poco. ¿En qué casa respetable no se encuentra _whisky_ para los amigos?

--Cuando terminemos, lord--dijo el coronel, escandalizado por esta invitación que atentaba contra los ritos.

Los cuatro padrinos y el médico estaban en una sala del piso bajo, adornada con trofeos de armas antiguas. Los dos adversarios habían sido olvidados en el patio, como actores que esperan su turno para mostrarse.

Toledo abrió las cajas de pistolas, dando á los dos capitanes la que había buscado aquella mañana en el Cap-Ferrat. La suerte iba á decidir cuál de ambas emplearían.

--No es necesario--dijo el parisién--. Lo mismo da una que otra. Dispóngalo todo como mejor le parezca.

Protestó don Marcos contra este deseo irreverente de acortar las ceremonias. Era preciso: estaban allí para un asunto muy grave.

Una pieza de cinco francos brillaba un su mano. ¡Lo que le había costado adquirirla! De todas sus gestiones en la mañana, ésta había sido la más larga y penosa. La moneda estaba oculta, á causa de la guerra. No se encontraba mas que papel, y él no podía echar suertes con un billete de cinco francos. Había tenido que rogar á uno de los altos personajes del Casino que le proporcionase este redondel precioso.

--¿Cara ó cruz?

Y al favorecer la suerte á sus viejas pistolas, sintió un gran regocijo interior. ¡Empezaba á triunfar!

El médico, mientras tanto, miraba afuera por la puerta del salón, con cierta extrañeza, casi con escándalo, fijando luego sus ojos en el coronel. Al fin le llamó aparte. ¿Aquel teniente era el que iba á batirse con el príncipe?... Lo conocía; un amigo suyo, médico militar, le había hablado de él como de un caso asombroso de vitalidad. Era un horrible disparate lo que estaban proyectando: casi un asesinato. Tal vez cayese redondo antes de que sonase el primer tiro. Le habían hecho una operación audaz en el cráneo; vivía milagrosamente, podía morir de un modo fulminante á la menor emoción.

Y don Marcos tuvo una respuesta heroica, digna de él.

--Doctor, para un hombre de éstos, batirse no es una emoción.

Procedió con lenta gravedad á lo más delicado de su ministerio: cargar las pistolas. Los dos capitanes siguieron con mirada curiosa esta operación desconocida por ellos, á pesar de que se imaginaban haber visto tanto. El parisién casi rió al contemplar cómo manejaba Toledo la diminuta cuchara de marfil que contenía la carga de pólvora, examinándola escrupulosamente antes de verterla en el cañón del arma, con cierto miedo de haber echado un grano más en uno que en otro. El coronel estaba seguro de que este heroico burlón se divertía con sus precauciones meticulosas... Pero no podría negar que le interesaba la novedad de la ceremonia.

Lewis salió para disponer que los automóviles se alejasen hasta una arboleda cercana. Un verdadero disgusto para los dos conductores. Obedecieron á regañadientes, con el propósito de volver, aunque fuese arrastrándose, y presenciar el espectáculo.

Toledo dejó las dos pistolas sobre una antigua mesa veneciana. Ya estaban listas; que nadie las tocase: eran algo sagrado. Luego, su mirada, al pasar sobre el muro inmediato, su animó con un resplandor de inspiración; y de una panoplia descolgó dos espadas herrumbrosas, saliendo con ellas al patio.

Abandonados de sus padrinos, los contendientes habían empezado á pasearse, fingiendo que no se veían y sorprendiéndose mutuamente cuando se miraban con el rabillo del ojo.

Los dos volvieron de golpe á la misma situación de la tarde anterior, como si no hubiera transcurrido el tiempo, como si estuviesen aún en lo alto de las gradas del Casino.

Todo lo que el príncipe llevaba pensado en las últimas horas y le había seguido hasta allí, como un esbozo de remordimiento, se desvaneció de golpe. ¡Este caballerito era el que había intentado abofetearle á él... al príncipe Lubimoff!... Pronto iba á convencerse de lo que cuesta semejante atrevimiento.

Pero su cólera parecía menos violenta que en el día anterior, más razonada, como obra exclusiva de su voluntad; y esta blandura acabó por irritarle contra sí mismo.

El otro era más instintivo en su rencor. Al mirar al príncipe veía al mismo tiempo la suave imagen de aquella gran dama, su protectora. Porque era rico, había querido atropellarle, tratándolo como á un siervo de sus lejanas tierras... Todo lo mejor de la vida había sido para él, ¡y aún pretendía apoderarse de las migajas perdidas que tocan á los infelices!... Ignoraba cómo se mata á un hombre en estos combates reglamentados; pero deseaba matar, y sentía la absoluta confianza en sí mismo que le había empujado allá en las trincheras en los días más crueles de peligro y de éxito.

La presencia de don Marcos con una espada en cada mano turbó sus reflexiones y paseos, dejándolos inmóviles. El coronel miró al cielo, luego dió varios pasos en distintas direcciones, para evitar que uno de los contendientes quedase colocado frente al sol.

Finalmente clavó en tierra con fiereza una de sus espadas. Le había parecido más apropiado al carácter del lugar el valerse de estas armas antiguas. Las encontraba más en concordancia con el romántico castillo de Lewis, que dos estacas ó dos bastones. Pero su satisfacción por este hallazgo duró poco. Al levantar los ojos, vió al príncipe, vió á Martínez...

¡Pobre coronel!... Hasta entonces había procedido como el sacerdote que se embriaga con sus propias oraciones y en propio incienso, sin pensar á quién los dedica. Había preparado este acto con el fervor ciego de un profesional que reanuda sus funciones después de varios años de inacción, y sólo piensa en ellas, no acordándose del que se las encarga. Todo lo había hecho con arreglo á los ritos, para que dos caballeros pudieran matarse dentro de la más estricta corrección; pero ahora, en el momento supremo, se daba cuenta por primera vez de que estos dos hombres eran su príncipe y Martínez, su compatriota, su héroe.

Se extrañó de cómo había podido llegar hasta allí. Experimentaba el asombro del ebrio que recobra la razón entre los objetos rotos por su feroz inconsciencia. Recordó las palabras de Castro y del médico; ¿cómo no había visto él que este duelo era un disparate? El arrepentimiento cosquilleó en sus ojos con una sensación húmeda; pero ya era tarde. Debía continuar, aunque le faltase la serenidad.

Lo único que había olvidado en sus minuciosos preparativos era la cinta métrica, y vió en esta omisión un auxilio de la Providencia. Partiendo de la espada fija en el suelo, empezó á marchar para medir el terreno con sus pasos. No fueron pasos; fueron zancadas enormes, verdaderos saltos. Ahora sí que estaba convencido de la ridiculez de su aspecto, abiertos como alas los faldones del levitón é incesantemente repelidos por unas piernas incansables. «Quince pasos...» Y clavó la segunda espada.

Por su gusto, hubiese ido hasta el otro extremo del descampado; tal vez hasta donde aguardaban los automóviles. Luego consideró con turbación el terreno medido. Seguramente pasaba de veinte metros, ¡una falsedad! ¡una villanía!... ¡Que Dios y los caballeros se lo perdonasen!

Otra vez salió á luz la pieza de cinco francos. Había que sortear el sitio de cada contendiente. El capitán parisién acogió la proposición con aire aburrido.

--¡Pero si le he dicho que haga lo que quiera!...

Lewis runruneaba de impaciencia por debajo de su bigote.

Cuando la moneda hubo marcado el lugar de cada uno, don Marcos colocó al príncipe delante de una espada.

--Marqués: el sombrero--dijo en voz baja.

Lubimoff, comprendiendo esta indicación, se despojó del sombrero, arrojándolo á gran distancia. Su adversario no podía batirse con el kepis puesto; su color amarillento y la cifra de la Legión bordada más arriba de la visera le daban una visualidad inadmisible. Su uniforme era también una preocupación para Toledo, que se esforzó por suprimir en él todos los detalles vistosos.

Asistido por uno de los capitanes, procedió á despojar á Martínez de sus adornos de gloria, después de colocarlo junto á la otra espada. Fué como una degradación. Le quitaron su kepis, luego las condecoraciones, el cordón rojo que pendía de su hombro, la correa avellanada que cruzaba su pecho, el cinturón del mismo color que oprimía su talle. El teniente pareció más pequeño y desmedrado dentro de su uniforme suelto y sin adornos. El parisién, siempre alegre, lo comparaba á un pájaro desplumado.

Creyó necesario el coronel repetir en alta voz las condiciones del duelo. El príncipe las sabía y estaba avezado á estos encuentros. Martínez era el que necesitaba sus indicaciones. Después que él, como director del combate, diese la voz de «¡Fuego!», contaría lentamente «Uno, dos, tres». Podían apuntar y disparar en este espacio de tiempo. ¡Mucha atención, teniente! Don Marcos habló con una gravedad trágica.

--Si hace usted fuego antes del _uno_ ó después del _tres_, será declarado felón.

Esto de ser declarado felón asustó al joven. No sabía con certeza lo que era, pero le impresionaba el gesto del coronel al pronunciar la terrible palabra. Ya no pensó con tanta vehemencia en matar á su adversario; este deseo pasó á segundo término. Tampoco pensó en que podía morir. Su única preocupación fué calcular bien el tiempo, obedecer la orden, no entretenerse en apuntar; hacer fuego antes del terrible _tres_, para que no le diesen aquel título horripilante y misterioso.

Don Marcos entró en el castillo y volvió á aparecer con las dos pistolas cargadas. Dió una al príncipe. Este no necesitaba lecciones. Puso la otra en la diestra del teniente, y le indicó cómo debía mantenerse, el brazo doblado, el arma en alto, todo el cuerpo bien de perfil. Todavía insistió en sus indicaciones. ¡Cuidado con equivocarse! Ya lo sabía: _uno... dos... tres_.

Quedó en mitad de la distancia que separaba á los adversarios, apartándose unos cuantos posos nada más de la línea de tiro. En aquel instante deseaba morir, para que los dos resultasen indemnes.

Se despojó del sombrero con solemnidad, é hizo un gesto de tristeza.

--Señores...

Durante toda la mañana, al ir de un lado á otro realizando sus preparativos, no había dejado de pensar en lo que diría en este momento, fabricando una soberbia pieza oratoria, breve y conmovedora. Muchas veces había hablado en los duelos, mereciendo la aprobación de los otros padrinos, viejos generales, gentes expertas, acostumbradas á tales actos. Pero la corta arenga de hoy iba á ser la mejor de sus obras.

«Señores...», repitió. Vacilaba, no sabía qué añadir, todo se había borrado de su memoria. Con una voz balbuciente fué diciendo lo que se le ocurría, sin orden alguno, sin que una sola de sus palabras le recordase las frases que había cincelado horas antes. «Aún era tiempo... un poco de buena voluntad; los dos eran hombres de valor que habían hecho sus pruebas... No es deshonrosa una explicación en el último minuto.»

Sus palabras se perdieron en un silencio emocionante. Pero este silencio no era absoluto. Alguien se movía á espaldas del coronel, dando con el pie en el suelo. Era Lewis, que consultaba, enfurruñado, su reloj. Más de las tres; ya estarían empezando las buenas series en el Casino.

Quiso terminar. Además, le daba miedo la figura inmóvil y rígida de su príncipe con la pistola en alto. Nunca lo había visto tan feo. Su color era terroso, tenía la mirada bizca y los pómulos salientes. En un momento se había transfigurado, como si el salvajismo de los remotos abuelos, despertando en su interior, se le hubiese subido al rostro.

--Puesto que no hay avenencia posible....

Ahora creyó el coronel haber atrapado la última parte de su fugitivo discurso. Pero el hilo de brillantes palabras se le escapaba otra vez, y obligado á improvisar, terminó solemnemente:

--¡Adelante, señores! El honor... es el honor; y las leyes de los caballeros... son las leyes de los caballeros.

Sonó á sus espaldas un murmullo de aprobación. Era la voz del antiguo revendedor de billetes de teatro. «¡Bravo! ¡Muy bien!» Pero no quiso enterarse. Con aquel hombre nunca se sabía cuándo hablaba en serio.

--¿Listos?...

El silencio de los dos adversarios dió á entender al coronel que podía seguir sus voces de mando.

--¡Fuego!... Uno...

Sonó un tiro. Martínez, que sólo pensaba en el terrible _tres_, había disparado.

Vió enfrente al príncipe, que parecía mucho más alto; vió el agujero negro de su arma, y sobre este agujero un ojo de glacial ferocidad escogiendo un punto en su persona para enviar la bala obediente. Y con una arrogancia maquinal giró sobre sus talones, para no permanecer de perfil, ofreciendo todo el ancho de su cuerpo.

Los cuatro padrinos no vieron esto. Sus ojos habían convergido en Lubimoff, que era la muerte.

El tiempo se contrae y se dilata, según las emociones de los hombres. Su medida y su ritmo dependen del estado del alma humana. Unas veces galopa vertiginosamente en los relojes, que parecen locos; otras se desploma, se niega á seguir su marcha, y las milésimas de segundo abarcan más emociones que los meses y los años de la vida ordinaria. Los cuatro testigos experimentaron la misma sensación que si el día se hubiese, paralizado, quedando el sol inmóvil para siempre. El tiempo no existía.

--¡Dos!--suspiró don Marcos, y le pareció que sus labios no acababan nunca de proferir esta palabra, como si estuviese compuesta de una cantidad infinita de sílabas.

Lewis había olvidado la existencia del Casino; sólo veía lo presente. El capitán bordelés, echando el cuerpo adelante, se apoyaba sobre su pie herido, sin sentir ningún dolor; el otro juraba entre dientes, haciendo vibrar su junco. El médico, por instinto profesional, se inclinó sobre su caja de operaciones puesta en el suelo.

¡Iba á matarlo! Los cuatro estaban convencidos de que iba á matarlo. Una implacable expresión de seguridad, de feroz aplomo, se desprendía de aquel hombre inmóvil, con el brazo tendido, duro é inconmovible. Era tan fatal la expresión de su rostro de calmuco, con un ojo contraído y otro muy abierto, que todos vieron una línea ilusoria desde la boca de su pistola al pecho del que estaba enfrente, un camino que la pequeña esfera de plomo iba á seguir con inexorable rectitud.

Orgulloso de su superioridad, el príncipe retardaba el momento de dar la muerte, por una especie de coquetería salvaje. Tenía al enemigo bajo su zarpa, podía juguetear con él durante estos tres momentos que valían por siglos.

En la vertiginosa superposición de imágenes que volteaba dentro de su pensamiento vió á la princesa, su madre, hermosa y arrogante, tal como era cuando le relataba, siendo pequeño, las grandezas de los Lubimoff. Luego vió á su padre, el general, sombríamente bondadoso, diciendo con su voz ronca: «El fuerte debe ser bueno...»

Al pensar en el padre, su pistola se desvió un poco, pero inmediatamente rectificó la puntería.

Un tren pasaba por su imaginación con lentitud. Soldados franceses. Vió á Castro y al rojo insolente que le ofrecía un lugar. Otro tren avanzó en dirección inversa, un tren interminable, que iba saliendo de las profundidades del Océano. Hurras, silbidos, blusas negras, cuellos azules, gorritos que parecían de papel. «¡Buenas tardes, príncipe!» Una sonrisa luminosa de virgen anémica: lady Lewis con sus dos ciegos, hermosos y trágicos...

Su pistola bajaba. Vió por encima de ella todo el cuerpo de su adversario, guerrero obscuro, condenado á morir más ó menos pronto á causa de las heridas recibidas por una tierra que no era la suya y por una causa que era la de todos los hombres.

--¡Tres!--dijo el coronel.

Pero antes de que terminase esta palabra sonó un tiro. La hierba del suelo se agitó en ondas que se alejaron bajo el rebote de la bala invisible.

Este guadañazo pasó cerca de las piernas del director del combate; pero don Marcos no estaba para reparar en ello. Un regocijo infantil le hizo correr sin objeto. Su levita parecía reir con el aleteo de sus faldones.

Tan alegre estaba, que casi abrazó á Martínez. Debía darse la mano con el príncipe; era necesaria una reconciliación.

El oficial se resistió al consejo. Tenía sus dudas sobre el final del combate; el príncipe había disparado apuntando al suelo, y él no aceptaba que le perdonasen la vida.

--Joven--dijo con autoridad don Marcos--, usted es novel en estos asuntos. Déjese guiar por los que saben más, y dele la mano al príncipe.

Inmediatamente fué en busca de Lubimoff.

Lo vió en el mismo sitio. Había arrojado la pistola y se cubría la cara con las manos.

El único que estaba junto á él era Lewis.

--¡Vamos, príncipe! ¿qué es eso?... ¡Serenidad! Tal vez una buena copa de _whisky_...

Toledo oyó un estertor angustioso, un jadeo de pecho oprimido.

Respetuosamente apartó una de las manos del príncipe, dejando su rostro al descubierto. Ahora era de un tono de ladrillo, abrillantado por el sudor y las lágrimas.

Lubimoff lloraba.