Los enemigos de la mujer

Part 30

Chapter 303,877 wordsPublic domain

Había ido en busca de Martínez con cierta indecisión. Contra su deseo, encontraba razonadas las protestas de Atilio. Tal vez era cierto cuanto decía, y este duelo resultaba un disparate, una locura del príncipe. Pero sus ideas tradicionales se encabritaron ante estos escrúpulos. «El honor es el honor...» Y experimentó la alegría del que, luego de dudar, se convence de que está en lo cierto, al oir que el teniente aceptaba la reparación por las armas con regocijo y con cierta prisa, como si temiese que Toledo se arrepintiera, retirando su proposición. ¡Joven heroico y pundonoroso! Don Marcos encontraba natural que procediese así. ¡Era de la misma tierra que él!...

Por un momento ocupó su memoria la imagen de la duquesa. Tal vez era ella la causante involuntaria de este choque, y el mozo se sentía animado por la vanidad. Iba á figurar en un duelo como los que había leído en las novelas de su adolescencia; iba á ser protagonista de uno de aquellos dramas elegantes que á él le parecían de otro planeta... Pero el coronel desechó á continuación estas suposiciones, sugeridas por la franca alegría con que Martínez aceptaba su reto, como si le invitase á una fiesta.

A partir de aquí empezaron las desorientaciones de Toledo. El mundo estaba cambiado, totalmente cambiado, y él marchaba de asombro en asombro.

Para favorecer á su compatriota, quiso saber qué armas manejaba con preferencia.

--¡Conozco tantas!--exclamó Martínez.

En un asalto había herido con la punta del sable á un alemán gigantesco que le amenazaba con su bayoneta. Tuvo que forcejear contra una cosa dura que crujía, enviándole al rostro un caño de sangre. Luego, al serenarse, vió que había metido el arma por la boca de su adversario, rompiéndole las vértebras. Conocía también el revólver, pero no era tirador. En otras armas era más experto: la granada de mano, que le hacía recordar los juegos de pelota de su infancia; la ametralladora, que había manejado como simple sirviente; los explosivos arrojados con honda. Hasta tenía sus habilidades de artillero, pero artillero de trinchera, para cargar morteros de tiro corto y enviar torpedos y proyectiles asfixiantes á la trinchera inmediata.

Sonrió desdeñosamente al insistir don Marcos en la esgrima del sable. El tenía una esgrima suya: irse sobre el adversario y pegar antes que éste. Pero en el cuerpo á cuerpo prefería el cuchillo. Con el revólver jamás se entretenía en apuntar. No disparaba hasta verse junto al enemigo, y así el tiro era seguro.

--¿Y la pistola de desafío?--preguntó el coronel.

--La desconozco. Me gustaría verla: debe ser algo curioso.

La mirada de Toledo vagó indecisa por el pecho de aquel oficial, como si inventariase sus condecoraciones, deteniéndose en las estrellas que moteaban la cinta rayada de su Cruz de Guerra. Cada una de ellas era símbolo de una hazaña.

Cuando el teniente lo presentó á sus padrinos, continuaron las desorientaciones de don Marcos. Eran dos capitanes muy jóvenes. Toledo les supuso veinticinco ó veintiséis años de edad. Su uniforme muy ceñido al talle, su kepis de última moda, su apostura gallarda, placieron al coronel, que los calificó inmediatamente de militares de carrera. Debían proceder de la Escuela de Saint-Cyr; su ojo de profesional no podía engañarse: eran otra cosa que el humilde Martínez.

Uno de ellos ostentaba medio rostro quemado por los líquidos inflamables de los alemanes; el otro lo tenía surcado por una red de hilillos rojos que eran vestigios de cicatrices. Los dos cojeaban; pero el uno francamente, apoyado en su garrote, con un pie enorme cubierto de envoltorios y metido en un zapato de fieltro; mientras su compañero, que tenía una pierna rígida, usaba calzado ajustado y brillante, afirmándose con coquetería en un junco fino, que prestaba verdaderamente servicios de muleta.

Sus primeras palabras fueron poco gratas para el coronel y Lewis. ¿Qué era aquello de un «civil» permitiéndose insultar á un soldado que estaba convaleciente de sus heridas? ¿Y qué monserga la de proponer un duelo en plena guerra? El que desease morir ó matar no tenía mas que ir al frente, como los demás... Pero Martínez, que aún no se había retirado, intervino, entablando con ellos una rápida discusión. ¿Querían ó no querían hacerle el favor que les había pedido como camaradas? Los dos manifestaron un pensamiento. Para ellos, lo lógico era haber dado fin á la querella en la misma escalinata del Casino: dos trompazos á aquel «emboscado» que no iba á la guerra y se permitía molestar á los que cumplían su deber. Hablaban como buenos conocedores de la fragilidad de la existencia, como hombres que saben lo poco que cuesta quitarle la vida á otro hombre ó perder la propia, y ríen, por instinto, de la importancia, las ceremonias y las pretendidas equidades con que se rodea en tiempos de paz un simple encuentro individual... Pero, en fin, ya que su camarada tenía empeño en que le representasen en esta farsa, le darían gusto, aunque luego su complacencia les costase un arresto.

Apenas se hubo retirado Martínez, uno de los dos capitanes, el del pie elefantíaco con zapato de fieltro, confesó su falta de idoneidad.

--Yo no he presenciado nunca desafíos en Burdeos. Ignoro cómo son. Antes de la guerra era comisionista de vinos en Méjico. Me embarqué con todos los franceses que vivíamos allá, y por milagro no nos apresó un corsario _boche_. Empecé como soldado de segunda clase; pero he hecho lo que he podido... Si fuese un asunto comercial, daría mi opinión: ¡pero en esto! Tal vez mi camarada...

¡Otro Martínez! Don Marcos olvidó al capitán del zapato de fieltro. Era el Lewis de la parte contraria. Toda su atención se concentró en el capitán de botas brillantes y junquillo juguetón. Este debía ser un adversario digno de él. ¡Lástima que sus ojos claros tuvieran una expresión irónica de hombre que todo lo toma á risa, y por debajo de su bigote rubio, muy recortado, á la inglesa, vagase un ligero gesto de insolencia!

Había nacido en París; lo declaró con orgullo á las primeras palabras; y cuando don Marcos le fué sondeando astutamente para saber si era experto en lances de honor y había presenciado muchos desafíos, dijo con sencillez:

--Más de cien.

No se había engañado Toledo. Este era el hombre con quien tendría que luchar. Luego pensó en la cifra, apreciando al mismo tiempo la edad del capitán. ¡Más de cien, y seguramente no pasaba de veintiséis años!... Tuvo el presentimiento de que iba á habérselas con algún esgrimidor ilustre cuyo nombre glorioso había sido obscurecido momentáneamente por la guerra.

Ellos dos hablaron únicamente. Al principio, el capitán pareció burlarse, con una gracia parisién, de los términos solemnes y altisonantes con que don Marcos trataba las cuestiones de honor. Pero su grave y tenaz prosopopeya acabó por vencer á este fisgón, que se puso á su mismo tono, interesándose en el asunto y reconociendo su importancia.

En ciertos momentos, el coronel sintió dudas al escuchar cómo su contrincante formulaba verdaderas herejías, revelando una ignorancia absoluta de los grandes tratadistas que han codificado los encuentros entre caballeros. ¡Y este hombre había asistido á más de cien lances de honor!... Después se asombró de la prontitud con que se apropiaba los textos citados por él, de la agilidad con que se había asimilado sus clásicos, volviéndolos al revés, en apoyo de sus afirmaciones.

Cuando el encuentro fué concertado hasta en los menores detalles, el capitán resumió sus impresiones con una sencillez que dió frío á don Marcos.

--Quedará herido uno de los dos, ó tal vez los dos. No es cosa extraordinaria. ¿Quién no está herido en estos tiempos? La cirugía ha adelantado mucho; es otra cosa que al principio de la guerra. El que no muere en el acto, se salva casi siempre. Además, los llevarán á la cama y no quedarán abandonados días y días sobre el terreno, como ocurre en los combates.

Pero el gesto de placidez con que hablaba de las heridas se fué convirtiendo en una expresión torva.

--Supongo--continuó--que no tendremos muertos; porque si mi camarada Martínez, que es bueno como un cordero y al que quiero mucho, muere en esta broma, yo mato á su príncipe a continuación, sin regla alguna, como se mata á un _boche_ en el frente.

Fué tan sincero el tono de estas palabras, que el coronel, impresionado por ellas, no reparó en lo extrañas que resultaban dichas por un especialista de las leyes del honor.

La conversación se hizo más íntima y cordial, como ocurre siempre que se da por terminado un negocio arduo. Toledo tuvo que contarles su vida guerrera--como él se la imaginaba, á través de los años--, y los dos jóvenes, que habían asistido á combates de millones de hombres, mostraron el mismo interés de los niños que escuchan un cuento exótico ante este relato de obscuros encuentros de montaña, que ni nombre tenían, y sólo perduraban exageradamente en la memoria de don Marcos.

El capitán parisién, elegante y gracioso, habló igualmente de su pasado.

--Yo, antes de la guerra, trabajaba en la reventa de billetes de los teatros del bulevar. No tengo otro oficio.

Hizo un esfuerzo el coronel para contener su sorpresa... Sí que había visto más de cien duelos; pero era en las obras dramáticas, sobre las tablas, entre cómicos, que dan á los preparativos del encuentro una lentitud ceremoniosa para prolongar la ansiedad del público. Debió adivinarlo al oir sus disparates. ¡Cómo se había burlado de él!...

Pero inmediatamente sus ojos bajaron hasta el pecho de los dos jóvenes. Iguales á Martínez: la Legión de Honor, la Medalla Militar, la Cruz de Guerra con estrellas. La del antiguo revendedor de billetes hasta se mostraba cruzada por una palma de oro.

¡Ay! El mundo había cambiado. ¿Dónde estaban los tiempos de don Marcos?... Luego pensó en todo lo que había hecho en su vida para considerarse superior: asistir ceremoniosamente á varios duelos, muchas veces sin resultado alguno. Pensó también en lo que habían hecho y habían visto estos jóvenes en menos de cuatro años. Su origen obscuro le trajo á la memoria á numerosos guerreros de Napoleón de nombre célebre y peor origen. Algunos llegaron á ser reyes, mientras que estos pobres capitanes, una vez terminada la guerra, tendrían que volver, cargados de gloria, á sus antiguas ocupaciones, batallando diariamente por la conquista del pan.

Se separaron, conviniendo en verse después de la comida, para firmar el acta de las condiciones del encuentro. Los cuatro estaban de acuerdo. Pero al mencionar dicha cifra, Toledo se fijó en que sólo eran tres. Lewis había asistido con cierta impaciencia á los largos exordios de la entrevista en un diván del atrio del Casino.

--Un amigo me espera.... Vuelvo al momento.

Y se había metido en las salas de juego, lugar vedado á los oficiales.

No podía el coronel hacerse ilusiones sobre la duración de este momento, á pesar de que iban transcurridas cerca de dos horas. Después de separarse de los capitanes, encontró á Lewis en una mesa de «treinta y cuarenta», teniendo ante sus manos un montón de placas de mil francos. Al principio no entendió lo que Toledo le decía al oído. Tuvo que hacer un esfuerzo para recordar.

--¡Ah, sí; lo del duelo!... Usted tiene toda mi confianza; haga lo que quiera, firmaré lo que me presente, pero no me levanto aunque me avisasen la muerte de Lubimoff. ¡Qué día este, amigo mío! ¡Si todos fuesen así!

Y le volvió la espalda para aprovechar el tiempo, antes de que cambiase el vuelo de la suerte.

El coronel había comido en el Café de París, rumiando mentalmente los párrafos del acta del encuentro. La consideración de que todos confiaban en su pericia le hacía ser muy exigente consigo mismo. Deseaba algo conciso y brillante que inspirase respeto á aquellos muchachos gloriosos. Y pasó más de una hora garrapateando papeles, rompiéndolos y empezando otros, entre los restos de sus postres. Trabajo inútil: los dos firmaron en el gabinete de lectura del Casino, después de pasar una mirada rápida por el texto. A Lewis tuvo que sacarlo de las salas privadas con toda clase de ruegos y astucias. El inglés se había olvidado de comer, para no enojar á la fortuna con su ausencia, ¡y este testarudo coronel venía á estorbarle con la maldita historia del duelo!...

Firmó sin mirar; dió su palabra á los oficiales de que iría á buscarles en un automóvil para conducirlos á su castillo, y echó á correr inmediatamente, no sin antes decir á don Marcos con un tono agrio:

--Hasta las cuatro nada más. Si á las cuatro de la tarde no ha terminado todo, les dejo que se maten á solas y me vuelvo aquí. Es la hora en que empiezan las tallas magníficas. Lo de hoy va á continuar.

Huyó, sonriendo con lástima de las gentes que se entretenían en cosas menos importantes.

Al quedar solo, el coronel tuvo que ocuparse de los preparativos del encuentro. Necesitaba un médico. Buscaría en la mañana siguiente á un viejo doctor de Monte-Carlo que visitaba de tarde en tarde al príncipe. Necesitaba pólvora y balas; también se propuso buscarlas al otro día. Necesitaba dos cajas de pistolas, ¡y sólo tenía una!...

Esto de las dos cajas lo consideraba esencial. Los padrinos del otro no sabían dónde encontrar la suya. No importa; él se encargaba de buscarla. Lo indispensable era que hubiese dos, para que la suerte decidiese cuál debían emplear. Y en ello anduvo hasta cerca de la una de la madrugada, preguntando en las porterías de los hoteles, haciendo levantarse á gentes que ya estaban en la cama, subiendo á los salones del _Sporting-Club_, hasta que un amigo americano le dió una carta para cierto compatriota maniático y sombrío que habitaba una «villa», aislada, del Cap-Ferrat. Pensaba realizar al día siguiente esta gestión; para eso había alquilado un automóvil, gasto enorme dada la carencia de vehículos y de combustible, pero exigido por la importancia de sus funciones...

Y ahora estaba en Villa-Sirena, á las dos de la madrugada, limpiando sus pistolas con lentitud, como si fuesen joyas frágiles.

En el silencio de su dormitorio, lejos de los hombres, influenciado por la misteriosa soledad de las altas horas nocturnas, que hacen perder sus contornos á las cosas y á las ideas, se consideró enormemente engrandecido. No; su mundo no había cambiado tanto como él creía. La prueba era que estaba allí, limpiando unas armas para un duelo.

* * * * *

Al despertar el príncipe en la mañana siguiente, no encontró á su «chambelán». El automóvil de alquiler se lo había llevado á las siete, para que completase sus preparativos.

Vagó Lubimoff por los jardines, deteniéndose ante los jaulones que albergaban diversos pájaros exóticos. Luego siguió con mirada distraída las evoluciones de varios pavos reales extendiendo bajo el sol sus mantos azul y oro de un negro señorial.

Su viejo ayuda de cámara interrumpió este paseo. Unos hombres con un carro venían á buscar el equipaje del señor Castro.

Miguel no manifestó sorpresa; podían entregarles todo lo perteneciente á don Atilio. Pero el doméstico añadió que los mismos hombres querían llevarse igualmente lo poco que era de la propiedad del señor Spadoni, noticia que asombró al príncipe. ¡También éste!... ¿Qué motivo tenía para abandonarle?...

Pasó su vista por una breve carta dirigida al coronel y firmada por ambos. Castro arrastraba en su fuga al inconsciente pianista.

«Está bien--pensó--; que se vayan todos, que me dejen solo. ¡Si creen que con eso van á hacerme desistir de que cumpla mi voluntad!...»

Después reanudó su paseo.

Sólo le quedaban unas horas para verse enfrente de aquel joven tan aborrecido por él. Lo iba á suprimir con frialdad, para que no continuase siendo un estorbo; lo mataría, estaba seguro de ello. Las condiciones ideadas por el coronel eran suficientes para que un tirador de su fuerza abatiese al adversario. Le bastaba un solo tiro.

Por un instante pensó en ir al fondo de sus jardines, donde algunas veces se entretenía tirando. Era oportuno ejercitar el pulso; la pistola ofrece sorpresas. Luego desistió, por parecerle indigno el añadir estos preparativos á su evidente superioridad. Aquel adversario mediocre no podía ejercitarse á estas horas; le faltaban los medios en Monte-Carlo, donde no tenía otras amistades que las de los compañeros convalecientes y algunas damas.

¡El, en cambio!... Extendió su brazo musculoso, teniéndolo rígido unos segundos con la vista fija en el puño. Ni el más ligero temblor: colocaría su bala donde quisiera. El pobre Martínez podía darse por muerto... Y ningún asomo de remordimiento turbó el infernal orgullo de su fuerza implacable.

Era tan enorme la conciencia de su superioridad, tan absoluta su certeza en el resultado, que al fin acabó por sentir dudas: esa desazón que infunde el misterio de lo que aún está por realizarse.

Acudieron de golpe á su memoria relatos de combates en los que el débil triunfa inesperadamente del fuerte, por un obscuro dictado de la justicia inmanente. Recordó muchas novelas en las que el lector suspira de satisfacción al ver que el héroe, simpático y modesto, puesto en peligro de morir por el «traidor» de la obra, más fuerte y malo que él, no sólo salva su vida, sino que además mata por una feliz casualidad á su adversario, con lo que se demuestra la existencia de algo superior y equitativo que las más de las veces parece que duerme, pero en ciertos momentos despierta, dando á cada uno su merecido. Desde los tiempos de David, el pastorzuelo descalzo, matando de una pedrada al desaforado gigante vestido de bronce, la humanidad gustaba de estas historias.

La pistola era un arma caprichosa, más dúctil que otras á las soluciones absurdas de la fatalidad. ¿No caería él, con toda su maestría, bajo el primer tiro del pobre teniente?...

Volvió á tender el brazo, como poco antes, contemplando su puño cerrado. Luego sonrió, con aquella sonrisa de sus antepasados que daba á su rostro una fealdad mogólica. ¡Fábulas de la tradición, invenciones de los novelistas para halagar al público en su sensiblería igualitaria! El fuerte siempre es el fuerte. Dentro de unas horas el estorbo quedaría anulado, sin emoción y sin remordimiento, como deben hacerlo los hombres superiores.

Un estrépito procedente de la vía férrea le sacó de estos pensamientos. Era un tren de soldados que avanzaba, como todos los otros, envuelto en gritos, aclamaciones y silbidos. Rodaba hacia Italia, en sentido inverso de los numerosos trenes que venían al frente francés. El príncipe se dirigió á una terraza de su jardín, cuya muralla de piedras y flores descendía hasta la vía férrea. Los vagones parecieron desfilar voluntariamente ante sus ojos, mostrándole en una curva uno de sus lados, y luego la cara opuesta al llegar á otra curva, donde se perdían.

El uniforme de estos combatientes desorientó por un momento al príncipe, como una novedad inesperada. Iban vestidos de sarga negra, con el cuello de la blusa abierto y los brazos arremangados. En la cabeza llevaban un gorrito blanco con las alas levantadas, semejante á los barquichuelos de papel que construyen los niños.

Los reconoció al fin; eran marineros de los Estados Unidos, un batallón de fusileros de la flota que iba á Italia para que la bandera de las rayas y las estrellas representase á la gran República en las cumbres de hielo de los Alpes y en los pantanos ardorosos del Véneto.

Con la celeridad de las visiones mentales, que muestran, superpuestas y claras al mismo tiempo, un sinnúmero de imágenes diversas, el príncipe contempló los puertos de la América del Norte visitados en su juventud, colmenas acuáticas en las que se reconcentran todo el trabajo y la riqueza de la tierra; las ciudades monstruosas, interminables, pobladas como naciones, donde la libertad y el bienestar de la vida parecen haber llegado á sus últimos limites... ¡Y estos hombres abandonaban las comodidades de una existencia sabiamente organizada, sus fructíferos negocios, su trabajo ampliamente remunerado, sus inmediatas esperanzas de fortuna, para morir tal vez en el viejo mundo por ideas, sólo por ideas, pues no buscaban nuevos pedazos de terreno ni indemnizaciones!... ¡Y hasta ahora, el vulgo había considerado á su país como el más positivo, como el menos poético é idealista, llamándolo la tierra del dólar!... ¡Luego era verdad que las ideas generosas son algo más que palabras, ya que millones de hombres salvaban los mares para dar su sangre por ellas!...

Los marineros, después de atravesar el caserío de Monte-Carlo entre estandartes y aclamaciones, entraban en pleno campo, perdiéndose sus gritos sin eco alguno. Por esto su atención se concentró en aquella terraza florida y en el hombre asomado á ella. Fué como una revista: los vagones, uno por uno, se animaban al pasar ante el príncipe. De todas las ventanillas surgían brazos arremangados agitando gorros blancos. Sobre los techos, algunos mocetones manoteaban con los brazos extendidos y las piernas abiertas, mientras el viento hacía ondear los pliegues de sus pantalones negros sobre unas polainas claras. Más de mil bocas fueron saludando al solitario de la terraza con silbidos alegres, hurras ó gritos ininteligibles, que servían de escape á una juventud exuberante, hambrienta de peligro y de gloria, regocijada y curiosa á través de un mundo viejo que para ella era nuevo.

Lubimoff permanecía inmóvil, acodado en la baranda, con la mandíbula en una mano, como si no viese este río encajonado de hombres deslizándose más abajo de sus pies. Los ruidosos marineros, al alejarse, volvían la cabeza, repitiendo sus gritos y saludos, como si quisieran despertar á esta figura humana, rígida y adherida á la balaustrada lo mismo que si formase parte de su ornamentación.

Había olvidado completamente sus ideas y preocupaciones de poco antes. Sólo veía este raudal de jóvenes corriendo hacia el peligro y la muerte por unos cuantos ideales, simples y hermosos como su salud primaveral. Venían del otro lado de la tierra con la fe sencilla que realiza los grandes milagros de la Historia; y mientras tanto, el príncipe Lubimoff, que, en fuerza de rebuscar ideas superiores y sensaciones exquisitas, había acabado por no creer en nada, estaba allí, en una baranda de su jardín, calculando el medio más seguro de matar á un hombre, un hombre útil, igual á estos que pasaban.

La imagen de Castro surgió en su memoria. También éste había presenciado dos días antes el paso de un tren. Recordó su impresión, tan honda y poderosa, que le había impulsado á abandonar Villa-Sirena, rompiendo con su pariente. Vió, tal como él se lo había descrito, el rostro amargo de aquel soldado rojo que lo insultaba con su desprecio.

--¡Aún queda un lugar!...

Los fusileros americanos continuaban sus silbidos, sus gritos de exuberante juventud; pero á él le pareció que estas voces y estos manoteos decían lo mismo que el otro, invitándole con irónica cortesía: «¡Ven; aún queda un lugar!» Algo más se callaban, pero él lo oyó en el interior de su cerebro como el bordoneo de una campana remota. Se había considerado un hombre valeroso que, por distinción, por sibaritismo, por refinada indiferencia, quería mantenerse al margen de las cosas que apasionan al resto de los mortales. Pero el lejano campaneo protestaba, zumbando la misma palabra: «¡Cobarde! ¡cobarde!»

* * * * *

Anduvo meditabundo por el jardín hasta que llegó Toledo, pasadas las doce. Almorzaron apresuradamente, y el coronel hizo varias indicaciones. Su sabiduría en materia de duelos, frondosa y de infinitos brazos como el árbol de la ciencia, tocaba con una de sus ramas á la cocina. Nada de carnes ni de vino; debía guardar sereno el pulso. (Y al mismo tiempo hacía votos por que los tiros fuesen sin resultado, pues ambos contendientes le inspiraban igual interés.) Unos huevos blandos, nada más; poco líquido. En el último momento debía acordarse de aligerar su vejiga. ¡Terrible un balazo con derrame interior!... El pensaba en todo.