Los enemigos de la mujer

Part 29

Chapter 293,958 wordsPublic domain

Miguel sintió que una mano se agarraba á los botones de su chaleco. Era como un pájaro temblón y agresivo, que se detenía un instante en su ciego impulso para seguir volando hacia arriba. Adivinó la bofetada, é instintivamente avanzó su diestra. Las dos manos se encontraron cuando la del joven revoloteaba cerca del rostro del príncipe. Este, más musculoso, contuvo la mano ofensora, la inmovilizó con dura presión, al mismo tiempo que sonreía de un modo lúgubre. Los ojos se lo empequeñecieron, volviendo sus vértices hacia arriba con el crispamiento de la sonrisa. Eran unos ojos asiáticos. Su nariz se ensanchó con una aspiración caballuna. Así debieron sonreir en sus malos momentos los remotos abuelos de la princesa Lubimoff...

--Basta: la doy por recibida--dijo con lentitud--. Designe á dos amigos para que se entiendan con los míos.

Y soltando la mano de Martínez, le volvió la espalda después de hacerle un grave saludo. Los gestos de los dos habían sido rápidos. Sólo uno de los porteros con kepis que montan la guardia en el rellano de la escalinata había adivinado algo; pero su experiencia profesional le aconsejó permanecer impasible mientras no hubiese golpes.

Creyó en una simple disputa por cosas del juego. Todo iba á arreglarse con una explicación y á olvidarse después con una ganancia. ¡Había visto tanto!...

* * * * *

El príncipe Lubimoff vuelve á entrar en el Casino. Atraviesa el vestíbulo y el atrio llevando la cabeza alta, pero sin ver á nadie, con la mirada perdida ante sus pasos.

Le parece que el tiempo ha vuelto de repente sus agujas atrás, haciéndole saltar en el pasado, volviéndolo á la juventud. Marcha con arrogancia. Se extraña de que el ruido de sus firmes pisadas no vaya acompañado de un tintineo de espuelas y del metálico arrastre de un sable. Al mismo tiempo empieza á ver rostros irreales, rostros que desaparecieron de la tierra hace muchos años: el cosaco venido de una remota guarnición de Siberia para vengar á su hermana; un amigo del mismo regimiento del príncipe, que murió de una estocada en el pecho después de una cena tumultuosa, mientras lloraba Lubimoff, súbitamente despertado de su homicida embriaguez; otros á los que asistió como simple testigo, pero que murieron y resucitan ahora en su memoria, fría é insensible al remordimiento y á la lamentación.

--El coronel... ¿Dónde diablos estará el coronel?

Atraviesa las salas de juego, buscando una cabeza de pelo canoso partido en dos secciones brillantes por la raya que se tiende rígida de la frente á la nuca. La ve al fin sobre el respaldo de un diván, entre dos sombreros de mujer, cuatro ojos orlados de luto y unas mejillas con las arrugas rellenas de pasta blanca y pasta rosa. El príncipe interrumpe con su mudo llamamiento unas explicaciones de la guerra que hacen estremecer á las dos damas.

--Coronel: un asunto de honor. Quiero batirme mañana. Busca otro padrino.

Toledo parece desconcertado por la orden. Su primer pensamiento vuela hasta Villa-Sirena. Ve el negro levitón, la vestidura solemne del honor pronta á salir de su encierro. Después se desliza por esta alegría una nube de duda. ¡Un duelo!... ¿Será oportuno ahora que los hombres se baten en masas de millones, dando su vida por algo más alto y más general que los rencores individuales?... Sus creencias ahogan inmediatamente este escrúpulo. «Un caballero debe estar á las órdenes de otro caballero.» Además, es su príncipe. Y dispuesto á cumplir su misión, pide el nombre del adversario.

--El teniente Martínez.

Don Marcos cree haber entendido mal; luego vacila sobre los pies y queda mirando á Su Alteza con estupor. Instintivamente, sin darse el trabajo de desenmarañar los confusos pensamientos que le asaltan, ve con la imaginación á la duquesa de Delille. ¿Por qué ha abandonado el príncipe sus prudentes doctrinas?... Se acuerda, como de un pasado dichoso, de los tiempos en que florecían «los enemigos de la mujer». No han transcurrido mas que cuatro meses, y parece que sean siglos. ¡Un duelo en plena guerra... y con un oficial!... ¡Y este oficial es Martínez, su héroe!...

Levanta los hombros, inclina la cabeza, hace un gesto de inhibición, como siempre que su príncipe le da órdenes absurdas con un rostro duro que le recuerda el de la difunta princesa en sus días borrascosos.

--¿Busco á don Atilio?... Ha tenido varios lances de honor; sabe lo que es eso, y podrá ayudarme.

Lubimoff acepta. En el _bar_ de los salones privados esperará á los dos, para hablar de las condiciones del encuentro.

Permanece inmóvil en su profundo sillón, frente á una ventana dorada por la luz del ocaso, en la que se tejen y destejen los hilos de sombra proyectados por el ramaje inquieto de los árboles. Le parece de pronto que su espera resulta demasiado larga. Se le ocurre que Castro no está en el Casino y don Marcos le busca inútilmente. De todo lo pasado apenas se acuerda. La figura del oficial se ha hundido en la bruma gris que cae sobre su memoria: no es ya mas que un contorno indeciso. Lo único que puede ver, con un relieve y un agrandamiento exagerados, como si estuviese junto á sus ojos, es una mano: una mano que se agarra á su pecho y sube hacia su rostro que nadie golpeó jamás. La indignación le hace salir de su huraño ensimismamiento. ¡A él! ¡Una bofetada al príncipe Lubimoff!...

Cuando levanta los ojos ve á Toledo que se acerca, pero solo, con cierta confusión, temiendo por adelantado la cólera del príncipe. Este, que se siente bondadoso y tolerante después de sus violencias en la escalinata, adivina lo que va á decirle. No ha encontrado á Castro. Y le absuelve con una sonrisa benévola.

El coronel habla:

--Marqués: don Atilio no quiere.

¿Qué?... Y ante la mirada interrogante de Lubimoff, que no puede comprender, que se resiste á comprender lo que escucha, Toledo repite, cada vez más confuso:

--Se niega á aceptar la representación. Me ha dicho que busque á otro. Tiene unas ideas especiales que...

Y se abstiene de exponer estas ideas. Calla, para no decir algo que el príncipe no debe escuchar de su boca; acepta como un bien el silencio de asombro que se interpone entre él y Lubimoff; teme que éste salga de la estupefacción en que le ha sumido su noticia.

Como desea alejarse, propone algo que le parece un remedio.

--¿Quiere Su Alteza que lo llame? Seguramente vendrá. Tal vez hablando los dos...

Y se aleja para buscar á Castro, mientras Miguel Fedor vuelve á quedar inmóvil en su asiento, sin comprender nada.

* * * * *

Lo vió de pie ante su velador, con cierto apresuramiento en sus gestos y ademanes, como un hombre que arrostra una situación penosa y quiere salir de ella cuanto antes.

El príncipe le invitó á ocupar el sillón inmediato, pero Castro sólo quiso sentarse ligeramente en uno de los brazos del mueble, para indicar su deseo de que la entrevista fuese corta. Además, habló él primero, exponiendo rudamente su pensamiento, sin preámbulos.

--Te habrá dicho el coronel mi respuesta. No puedo... Bien sabes que soy tu amigo: hasta me haces el honor de reconocerme como pariente; te debo mucho; ¡pero eso que me pides... no! Es un disparate, una locura. Forzosamente habíamos de terminar así; lo he presentido hace algún tiempo. Tal vez tenías razón cuando hablabas de las mujeres y de la necesidad de ser sus enemigos (si es que esto resulta posible). Pero de nada puede servirnos recordar lo pasado: tú ya no eres el Lubimoff que decía aquellas paradojas. Yo estoy loco, te lo concedo; pero tú lo estás más que yo, y por eso no te sigo.

Miguel le miró fijamente, sin abandonar su silenciosa inmovilidad, esperando que continuase.

--¡Un duelo en plena guerra! ¿Tiene eso sentido común? Tú eres un señor que permanece tranquilo en su palacio, con todas las comodidades que pueden obtenerse en la época presente, sin correr peligro alguno, mientras media humanidad llora, sufre hambre, se desangra ó muere. Y porque estás un día de mal humor (tú sabrás el motivo), ¿quieres batirte con un pobre muchacho que vive casi milagrosamente, que está enfermo y débil por haber hecho lo que tú y yo no somos capaces de hacer?... ¿Y me pides que te represente en esa locura?...

El otro, siempre sumido en su asiento, dijo con voz sorda y rencorosa:

--Me ha insultado... ha querido abofetearme. He detenido su mano junto á mi cara.

Esto hizo dudar un momento á Castro, que no tenía idea de la importancia del choque entre los dos hombres. Pero su indecisión fué corta.

--Algo hay que no comprendo y que tú callas. La misma gravedad del insulto me indica que hubo de tu parte un acto extraordinario. ¡Atreverse ese pobre muchacho respetuoso y tímido á querer abofetear á un hombre como tú!... ¿Qué has hecho para excitarle hasta ese punto?

Lubimoff no se dignó responder. Sin abandonar su enfurruñada inmovilidad, preguntó lacónicamente:

--¿Quieres ó no quieres?

Castro, irritado por tal actitud, contestó sin vacilar:

--Es un disparate, y no quiero.

Siguió la inmovilidad del príncipe ante esta negativa, pero Atilio creyó adivinar sus ideas en la mirada hostil fija en él. Le acusaba de ingratitud al verse abandonado. Al mismo tiempo hacía responsable á «la Generala», creyendo que ésta había podido influir en su decisión. ¡Aquel teniente era tan admirado por doña Clorinda!...

Como si contestase á sus ocultos pensamientos, Atilio siguió hablando.

--¿Tú crees que á mí me interesa ese muchacho con el que deseas batirte? Me es indiferente; hasta confieso que me es antipático, por los grandes extremos que hacen algunas señoras sobre su heroísmo. Eso molesta siempre á los que no somos héroes. Pienso en lo insignificante que sería hace cuatro años nada más. De conocerlo entonces, tal vez lo habría visto de tenedor de libros en un hotel ó en la tienda de mi camisero de París. Figúrate qué amistad!... Pero ha pasado sobre nosotros la guerra, trastornándolo todo, haciendo emerger á unos, hundiéndonos á otros en lo más profundo, sin la certeza de volver á surgir, y ese muchacho es ahora «alguien», es más que tú y que yo; ha servido de algo, y para mí es sagrado, á pesar de que me inspira envidia y no admiración.

El príncipe hizo al fin un movimiento de protesta. Luego levantó los hombros desdeñosamente y volvió á sumirse en su inmovilidad. ¡Aquel aventurerillo más que él, porque le habían agujereado el pellejo en los combates!...

--No nos entenderíamos aunque hablásemos toda la tarde--continuó Castro--. Yo he cambiado mucho, y tú continúas siendo el de siempre. Creo que ayer encontré mi «camino de Damasco». Me siento otro hombre.

Y por una necesidad de exteriorizar su gran perturbación interior, siguió hablando, sin fijarse en si el príncipe le escuchaba.

El encuentro había sido cerca de la estación de Monte-Carlo, junto á la vía férrea. El iba acompañando á dos señoras, una de las cuales le interesaba mucho. (Miguel pensó otra vez en doña Clorinda.) Un tren de soldados volvía de Italia; un tren sombrío, sin estandartes, sin ramas de árboles adornando las portezuelas. Eran franceses. Los habían enviado á Italia como refuerzo, después del desastre de Caporetto, y ahora los volvían á llamar apresuradamente, para defender el propio suelo amenazado.

--Nada de cánticos y de aturdido regocijo; todos silenciosos, cansados y sucios, de una suciedad épica. Cada vagón parecía una jaula de fieras, por su olor acre de cuadra de circo. Eran jóvenes y tenían aspecto de viejos: las barbas hirsutas, los uniformes manchados, las caras apergaminadas por el sol, endurecidas por el frío, resquebrajadas por los vientos. El calor les había hecho despojarse de los capotes y mostraban sus camisas de franela de un color indefinible, impregnadas del sudor de tantas fatigas y emociones.

Se adivinaba en ellos al batallón predestinado que siempre llega á tiempo para sostener los choques más rudos; el que aparece puntualmente en los lugares de mayor peligro, con esa mansedumbre heroica del fuerte, que deja que le exploten, y trabaja, no sólo por él, sino por todos los demás que trabajan menos. ¿Dónde no habían peleado estos hombres? En su propio suelo, en el de los aliados, tal vez en Oriente, y ahora tornaban otra vez á la tierra de sus primeros combates. Cuando creían haberlo hecho todo, se enteraban de que aún no habían hecho nada. En el tejer y destejer de la guerra, era preciso empezar otra vez. Cuatro años antes se imaginaban haber decidido el triunfo en las riberas del Marne, y ahora volvían de nuevo al Marne. Todos los inviernos, metidos en el barro, hundidos en la trinchera bajo la lluvia, se decían: «Este será el último.» Y llegaba otro invierno, y luego otro, y á continuación otro, sin que la vida cambiase. De aquí su gesto fatalista y resignado, un gesto de hombres que se amoldan á todo y acaban por creer que su miseria será eterna, que nunca volverán los humanos tiempos de la paz.

Cesó de hablar un momento y no hizo caso de la mirada de su amigo, que parecía preguntarle qué interés podía tener para él este relato.

--Estábamos al borde de un terraplén, apoyados en la valla, y nuestras cabezas quedaban al mismo nivel que las de los hombres agrupados en los vagones. El largo convoy, cuya cabeza tocaba ya la estación, iba avanzando lentamente. Las dos señoras agitaban sus pañuelos, sonreían á los soldados, les enviaban palabras de saludo. Muchos permanecían inmóviles, mirándolas con ojos de fiera adormecida. Llevaban cuatro años de ovaciones, conocían la realidad, la terrible realidad que existe detrás de ellas. Otros, más jóvenes ó más ardorosos, despertaban á la vista de estas dos mujeres elegantes. Galvanizados por las sonrisas, se erguían, pasaban una mano por sus arrugadas franelas, enviaban besos, intentaban recobrar su apostura de los tiempos en que no eran soldados... De pronto, uno de ellos olvidó á las mujeres para fijarse en mi, que también les saludaba con mi sombrero, dando vivas. Era una especie de diablo rojo y amargo.

Castro le veía aún, como si asomase su cabeza por una ventana del _bar_; vería tal vez mientras viviese el pergamino blancuzco de su cara, tirante sobre las aristas de los pómulos; la barba roja colgando de sus mandíbulas, como si fuese postiza, y sobre todo, sus ojos sarcásticos, insolentes, de un color verde turbio, igual al de las ostras. Era el soldado que critica, rezonga y habla contra sus oficiales mientras cumple sus órdenes. En la vida civil debía haber sido el antipático rebelde que no concede su aprobación á nada. Al cruzarse sus ojos con los de Castro, experimento éste un sentimiento de repulsión. Adivinó al hombre con el que se tiene irremediablemente un choque en la calle, en el tranvía, en el teatro. Y sin embargo, nunca iba á olvidar su encuentro de un segundo con este soldado que pasaba y se perdía á lo lejos, sin mas tiempo que el necesario para dejar caer cuatro palabras.

Despreció á las dos mujeres con su sonrisa irónica. Luego, á Castro, que seguía tremolando su sombrero, le señaló el fondo del vagón, gritándole:

--¡Aún queda un sitio!...

Y no dijo más.

--Dijo bastante, Miguel. Esa voz agria la estoy oyendo desde entonces: la oiré siempre, en mis mejores instantes, si continúo aquí. ¿Y la mirada de sus ojos?... Adiviné todos sus insultos mudos, la comparación rápida que hizo entre su miseria y mi aspecto de hombre fuerte y bien cuidado. Yo era para él un cobarde que pasea con mujeres, mientras los hombres están con los hombres, dando su vida por algo importante.

--¡Bah! Tú eres un extranjero--interrumpió el príncipe, que parecía fatigado por las palabras de su amigo.

--Yo vivo aquí, y la tierra en que vivo no puede serme extraña. Esta guerra es por algo más que cuestiones de terreno: interesa á todos los hombres. Mira á los norteamericanos, que todos creíamos muy prácticos é incapaces de idealismos; saben que no van á ganar nada positivo, y sin embargo entran en la lucha con todas sus fuerzas. Además, hay el alma de las mujeres. ¿Creerás que las dos que venían conmigo rieron el insulto del rojo, encontrándolo muy oportuno?... Y no me hables de que las hembras se sienten atraídas en todas ocasiones por el guerrero. Tal vez sea por el guerrero de los tiempos de paz, brillante y empenachado; ¡pero estos de ahora tienen un aspecto tan miserable!... No; existe algo muy alto en todo lo que nos rodea, algo que tú y yo no hemos sabido ver, á causa de nuestro egoísmo.

Su oyente volvió á levantar los hombros con indiferencia.

--Y cuando pienso á todas horas en mi encuentro de ayer, y veo el sitio que me ofrecía burlonamente el maldito rojo, como si yo fuese una hembra, como si nunca pudiera sentirme capaz de ocuparlo, ¡tú me propones que arregle un encuentro mortal con otro de esos hombres que se consideran, no sin razón, superiores á nosotros!... No; ya lo sabes: no acepto.

Había abandonado el brazo del asiento y estaba de pie frente al príncipe. Esto hizo un gesto de cansancio. Le aburrían las palabras de Atilio, aquella historia infantil del tren, del soldado rojo y de la invitación insolente. Eso sólo podía conmover á doña Clorinda; él tenía asuntos mas inmediatos en que pensar. Ya que se negaba á servirle, podía dejarlo solo.

--¡Adiós, Miguel!--dijo Castro, con la convicción de que este saludo iba á ser algo más que una despedida momentánea.

--Adiós--contestó el príncipe sin moverse.

Cerca ya de la puerta, Atilio retrocedió.

--Sé lo que significa mi negativa y lo que me toca hacer. Adiós otra vez. ¡Cree que si me pidieses otra cosa...!

Pero el príncipe interrumpió sus palabras con otro gesto de indiferencia, y Atilio se alejó, disimulando su emoción.

Inmediatamente hizo su entrada don Marcos en el _bar_, como si hubiese estado aguardando al otro lado de la puerta la salida de Castro. Nunca le pareció al príncipe tan activo é inteligente su «chambelán».

--Todo está arreglado, marqués.

Como tenía la certeza de que Atilio no se dejaría convencer, había buscado un segundo padrino. Pensó un instante en ir á Mónaco para hablar á Novoa. Luego se acordó de sus relaciones con Valeria. Esta visita equivalía á hacérselo saber todo á la duquesa. Además, el profesor no entendía nada en tales asuntos y era compatriota de Martínez. ¡Ya había bastante con que un español figurase enfrente del oficial!

--Tengo mi segundo--continuó--. Será lord Lewis.

Para él, era Lewis más lord que nunca. Le estaba agradecido por la prontitud con que había aceptado su petición. Ganaba dinero aquella tarde y su humor era excelente. Hasta se levantó de su asiento, abandonando el juego para oir al coronel. Quiso llevárselo al _bar_, afirmando que ante un _whisky_ se habla mejor, y Toledo adivinó por su aliento que ya llevaba bebidos algunos para celebrar su buena suerte. Lewis estaba dispuesto á servir á su amigo Lubimoff. En punto á duelos, sólo conocía los del boxeo; pero se confiaba á la pericia del coronel y apoyaría cuanto dijese... Inmediatamente había vuelto á su mesa.

Miguel dió sus instrucciones á Toledo. Un encuentro en condiciones duras, como aquellos que él había presenciado en Rusia. No podía ser menos: había recibido una bofetada. Y dijo esto con voz fosca, convencido ya de la completa realización de la ofensa.

Al anochecer salió del Casino, huyendo de las personas conocidas que invadían el _bar_ y le obligaban á sonreir y sostener frívolas conversaciones, mientras su pensamiento estaba lejos.

Siempre, en sus grandes cóleras, cuando no podía apelar á una acción inmediata y violenta, la excitación nerviosa iba seguida en él de una laxitud que ablandaba sus músculos y sus nervios.

Con verdadero placer entró en Villa-Sirena, encontrando una nueva voluptuosidad en todos los detalles de su bienestar. Aguardó leyendo la llegada del coronel. A las nueve de la noche tuvo que comer solo. Luego volvió á la lectura, pero en su dormitorio, acabando por acostarse con el libro en la mano. Sonrió con una sonrisa que parecía una mueca al pensar que su fatiga nerviosa le había hecho tenderse en la misma postura de los muertos.

Fué pasando las páginas, sin perdonar una sola línea, y sin embargo no podía decir qué es lo que estaba leyendo. De pronto, su atención se concentraba para recordar. Algo le había ocurrido; algo le esperaba. «¡Ah, sí!» Y después de reconstruir en su memoria lo de aquella tarde é imaginarse lo del día siguiente, volvía á su lectura sin sentido.

Las páginas fueron desvaneciéndose como pedazos de niebla; sintió su mano más ligera: el libro acababa de caer sobre la cama. Instintivamente buscó el botón eléctrico para hacer la obscuridad, y antes de perder completamente la percepción del mundo exterior oyó sus primeros ronquidos.

Una luz hiriéndole en los ojos le hizo incorporarse. Vió al coronel junto á su lecho. El profundo silencio de la noche, que aún parecía más absoluto sostenido por el rumor del mar, se rasgaba á lo lejos con el jadeo de un automóvil.

El príncipe se restregó los ojos. ¿Qué hora era?

--La una--dijo don Marcos.

Todo estaba convenido. El encuentro sería al día siguiente, á las dos de la tarde. No podía realizarse antes; aún le quedaban muchos preparativos por hacer. El lugar escogido era el castillo de Lewis. En el principado de Mónaco resultaba imposible un encuentro: todo él era á modo de una casa de vecindad, sin el menor lugar discreto para que dos hombres se mirasen frente á frente con una pistola en la mano.

Lubimoff casi se levantó de la cama á impulsos de la sorpresa. El tenía la elección de armas, como ofendido, y había hablado á su representante del sable, arma favorita de los duelos de su juventud. Toledo, por primera vez, arrostró impávido la mirada furiosa de su príncipe.

--¡Marqués--dijo con dignidad--, no podía ser otra cosa! Hay que pensar que ese pobre joven es un convaleciente, casi un inválido. Yo me admiro de que haya obligado á sus padrinos á admitir la pistola. Sus representantes no querían aceptar nada. Son de los que creen que este duelo no debe realizarse.

Miguel se calmó. Un sentimiento de equidad le hizo aceptar la decisión de Toledo. Aquel enfermo no era un enemigo digno de su sable; había que establecer cierta igualdad entre los dos, y para eso servía la pistola, única arma que se presta á las sorpresas y caprichos del azar.

«De todos modos lo mataré», pensó Lubimoff, acordándose de sus habilidades de tirador.

--Advierto á su Alteza--siguió diciendo el coronel--que lo mismo da un arma que otra. Ese joven y sus dos amigos conocen todo lo referente á la guerra, pero no tienen noción alguna de lo que son los duelos y de las armas que se usan en tales lances.

Luego enumeró las condiciones. Distancia, quince metros; una bala cada uno, pero podrían apuntar y hacer fuego mientras él, que iba á ser el director del combate, contaba de uno á tres. Con un tirador como el príncipe, estas condiciones resultaban graves.

Efectivamente; el príncipe las encontró aceptables.

--Buenas noches--dijo sumiéndose en la cama y remontando el embozo hasta sus ojos.

El sueño volvió á apoderarse de él, una vez satisfecha su curiosidad.

Toledo hubiera querido hacer lo mismo, pero tenía que cumplir antes sagrados deberes de su ministerio, y vagó por diversas habitaciones, registrando muebles, subiéndose en las sillas para huronear en lo más alto de los armarios. Buscaba una caja de pistolas de desafío que le había regalado en Rusia uno de los generales amigos del difunto marqués. Cuando al fin la encontró, tuvo que dedicar más de una hora á la limpieza de estas armas de lujo, que habían perdido su brillo de plata en el olvido de un largo encierro.

Se sentía fatigado, y al mismo tiempo la consideración de su importancia ahuyentaba su sueño. El alma de aquel drama que se estaba preparando para el día siguiente era él, sólo él. Faltos de su asistencia, ni Su Alteza ni Martínez podrían batirse. Lord Lewis y los dos militares que representaban al adversario eran incapaces de una idea, y tenían que seguirle como discípulos.

La conciencia de esta superioridad le hizo recordar todas sus gestiones y triunfos desde media tarde á media noche.