Part 28
--Déjame, olvídame; es lo mejor que puedes hacer... No; tú no has cambiado, pobrecito mío. ¿Qué mal puedes haberme causado tú, tan bueno, tan generoso? Me has ayudado á conocer la terrible verdad; por ti la he sabido; y aunque esto me mata, lo creo preferible á la incertidumbre... Tú no tienes la culpa, tú has hecho todo lo que yo te pedí. Pero atiéndeme, te lo ruego: no me busques, evita nuestro encuentro. Es el último favor que podrás hacerme. Sólo lejos de tu presencia encontraré cierta tranquilidad.
La voz de Miguel dejó de ser suplicante, estremeciéndose con un temblor de cólera. ¿Cómo podía ser él un obstáculo para su tranquilidad? ¿No acababa de decirle que sólo quería ser un compañero de su desgracia, olvidado del amor, con un afecto neutro y dulce, igual al de la amistad?... Ahora que era desgraciada, sentía con más vehemencia el deseo de permanecer á su lado. ¿Por qué capricho absurdo huía de él?
Alicia le miró con unos ojos lacrimosos que reflejaban las vacilaciones de su pensamiento. Al fin pareció decidirse.
--Tú no has cambiado--dijo con voz sorda--, pero yo soy distinta. El infortunio ha hecho de mí otra mujer. Yo misma no me reconozco... Una idea fija me domina. Tal vez es absurda; si te la digo, sé que vas á protestar con justa indignación. No, tú no tienes la culpa; pero es mejor no verte. Tu presencia hace más grande mi remordimiento. Viéndote, siento una vergüenza inmensa, un deseo de morir, de matarme. Tengo la sospecha de que soy yo la que ha asesinado á mi hijo... Recuerdo lo pasado entre nosotros: reconozco el castigo.
La cólera de Lubimoff se desvaneció ante estas palabras inexplicables. Maquinalmente tomó las manos de ella con una dulzura acariciante, lo mismo que si fuesen las de una enferma en pleno delirio. ¡Calma! ¿qué estaba diciendo? ¿qué remordimientos eran esos? Las manos se dejaron tocar á través de los guantes con una pasividad resignada, pero de pronto resucitaron, desprendiéndose violentamente de las de Miguel, como si acabasen de recibir un profundo choque. «¡No! ¡no!» Y el príncipe tuvo la convicción de que entre los dos existía una especie de flúido repelente, algo que no había conocido hasta entonces: el miedo á su persona.
Quedó tan desconcertado y humillado por este movimiento retráctil, que no supo qué decir. Ella aprovechó su silencio para seguir hablando, pero como si tradujese á solas una pesadilla, como si no viera al hombre que estaba ante sus ojos.
--Cuando me acuerdo... ¡qué vergüenza! Mi hijo, mi pobre hijo viviendo como un esclavo, sufriendo hambre, recibiendo golpes, él tan noble, tan hermoso... y su madre aquí, haciendo la niña, extasiándose con unos amores ideales, dando paseos poéticos por los jardines, cambiando besos... un romanticismo de vieja. Las locuras del juego aún podían tolerarse. Jugaba pensando en él; el dinero era para él; ¡pero el amor!... Parece imposible que haya podido hacer todo eso mientras mi hijo estaba prisionero y yo carecía de noticias. ¿Qué fuerza demoniaca me empujó?... Y Dios me ha castigado; y si no es Dios, el que sea: la fatalidad, un poder misterioso que nos hace expiar nuestras faltas, llámese como se llame.
Miguel quiso interrumpirla, pero ella siguió hablando.
--Sé lo que vas á decir; es inútil. Lo que tú digas me lo he dicho yo muchas veces para convencerme de que mi creencia es absurda. ¿Y qué probaría eso? Todo lo que no conocemos es absurdo, y ¡conocemos tan pocas cosas!... No; mi remordimiento no se dejará convencer nunca; no evitarás que de noche entretenga mi insomnio haciendo cálculos, recordando fechas. Cuando empecé á interesarme por ti, mi hijo vivía aún, y yo lo olvidé. Cuando nos paseábamos por los jardines de San Martino, tal vez estaba agonizando de hambre, de sufrir martirios, ¡y yo, como una heroína de novela, como una colegiala loca, besándome contigo, haciéndote promesas!... Además, ¡la llegada del telegrama en la misma tarde que ibas á venir tú, como algo definitivo en mi existencia! ¿No vea una intervención superior, un castigo á mi maldad?
En vano intentó el príncipe hablar otra vez.
--Por esto huyo de ti; por eso no he contestado tus cartas. Tú no tienes la culpa; pero eres el remordimiento, y tu presencia resucita mi crimen... Además, me conozco; no soy mas que una pobre mujer, como quien dice la debilidad, la inconsciencia, el olvido. Te aceptaría como un camarada de dolor, y como no me eres indiferente, tal vez acabase por ceder á lo que deseas. Y eso sería horrible, más horrible aún que lo otro; uno de esos atentados que cometen contra las leyes naturales los que están enloquecidos por la pasión... No me busques; no quiero verte. Tengo la certeza de que he matado á mi hijo. Si hubiese sido una verdadera madre, pensando sólo en él, ¡quién sabe!... tal vez viviría aún. Pero alguien quiso castigarme por mi conducta desnaturalizada, y lo mató, para que yo despertase, cuando me creía más feliz en mi torpe enamoramiento.
Miguel ya no quiso hablar. Sus ojos miraron á esta mujer con lástima y desaliento. Recordó á la princesa Lubimoff y sus extravagantes creencias en el misterio; á la misma madre de Alicia con sus manías devotas. Resultaría inútil cuanto intentase decir. Aquella certidumbre absurda y dolorosa se abría entre los dos como una profundidad que sólo el tiempo podría rellenar.
El mutismo del príncipe sirvió para que ella perdiese la nerviosa exaltación que le hacía expresarse con tanta vehemencia.
--Déjame--murmuró dulcemente--. ¿De qué modo servirte? Ya no soy una mujer, soy una vieja; tengo tantos siglos como el dolor. Tú necesitas una amante, y yo soy simplemente una madre... una madre con remordimientos.
Su renuncia al pasado, la convicción de que sólo era una madre desesperada, cortó su voz con un gemido, al mismo tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas. Con una mano tímida apartó Miguel el pañuelo que ella se había llevado al rostro para ocultar su llanto. Murmuraba frases incoherentes, con la intención de consolarla; pero á continuación, la cólera volvió á dominarle.
--Si realmente estuvieses sola--dijo con voz rencorosa--, yo podría aguardar, y tal vez el tiempo acallase esos escrúpulos absurdos que te atormentan. Pero tu soledad es mentira. Un hombre entra á todas horas en tu casa como si fuese suya, mientras yo debo alejarme, según dices, para que recobres la tranquilidad.
Alicia, por instinto femenil, se había apresurado á llevar otra vez el pañuelo á su cara al sentirse libre de la mano de Miguel. Debía estar fea con los ojos acuosos, la boca pálida, la nariz enrojecida por el llanto. Pero las palabras del príncipe produjeron en ella tal sorpresa y tal deseo de repeler una suposición injuriosa, que separó la arrugada batista de su rostro.
--¿Te refieres á Martínez?... ¡Pobre muchacho!
Abandonaba la alegre sociedad de sus camaradas, sus paseos en grupo, hasta las fiestas á que eran invitados los oficiales convalecientes, para aburrirse en Villa-Rosa al lado de una mujer que sólo podía llorar. Cuando ella deseaba venir á la iglesia, tenía que obligarle á que se marchase por una hora ó dos al atrio del Casino con sus compañeros de armas. ¡Las visitas del joven inválido representaban tanto para Alicia!... Eran como una caridad.
--Me forjo la ilusión de que es mi hijo. Sus pocos años y su uniforme ayudan á este engaño. Tú no has tenido hijos; no puedes saber la necesidad que sentimos, cuando los hemos perdido, de poner nuestro amor huérfano en otros seres, imaginándonos que se parecen á los que murieron. Yo necesito continuar siendo madre, ya que no puedo ser otra cosa; y ese infeliz no conoció á la suya, no tiene á nadie en el mundo, está solo como yo... Déjame que busque un poco de ilusión allí donde puedo encontrarla. ¡El pobre agradece tanto mi afecto! ¡Se siente tan feliz en mi casa! Acuérdate: es un condenado á muerte, y sólo un cuidado maternal, un atmósfera dulce y plácida, podrán prolongar sus días.
Ella deseaba realizar esta obra tal vez por egoísmo, por borrar de su memoria con una larga acción generosa todo lo malo que había hecho antes. Quería que fuese su hijo, un hijo inventado por su dolor, al que dedicaría todo lo que era imposible hacer por el otro salido de sus entrañas.
También calló ahora Miguel, comprendiendo la inutilidad de su insistencia. Conocía el carácter de Alicia. Detrás de su voz quejumbrosa adivinó la resuelta voluntad de mantener á su lado á aquel joven que refrescaba sus sentimientos maternales y era á la vez un consuelo para el remordimiento que se había forjado.
La consideración de su impotencia acabó por irritarle, haciéndole sentir un cruel deseo de molestar á aquella mujer.
--Haces mal, Alicia. El mundo ignora tu secreto. Ya sabes lo que creía antes de ti y de tu hijo. Tú misma reías, encontrando graciosos tales errores... Ahora, el equívoco continuará con mayor razón. Muchos se imaginan que has sustituido al joven que murió con otro joven.
Alicia perdió su triste serenidad.
--¡Qué infamia!--dijo--. ¿Cómo pueden creer eso? ¡Pobre Martínez!... ¡Tan bueno! ¡tan respetuoso!
Luego continuó con arrogancia:
--¡Que digan lo que quieran! Yo deseo olvidar al mundo; que el mundo se olvide de mí... Ya he muerto.
Pero Miguel insistió en su rencor:
--El otro era tu hijo, y yo lo sabía. Este no lo es, y conozco el poder de seducción que ejerces, aun contra tu voluntad. Acuérdate del «banco de los viejos».
¡Ay! Por donde ella pasase, la mirada del hombre se engancharía en el ritmo de su cuerpo: y aquel joven, aquel extraño, iba á acabar...
No pudo seguir.
--¡Tú también!...--exclamó ella--. ¡Adiós, Miguel! Siempre pensaré en ti, pero es mejor dejar de vernos. No me guardes rencor. Tal vez algún día...
Y resueltamente le volvió la espalda, descendiendo las gradas hacia el bulevar.
El príncipe quedó inmóvil unos instantes. Luego avanzó hasta el borde del último escalón, pero sólo pudo ver un carruaje con la capota levantada, cuyos dos caballos emprendían el trote.
¡Y para llegar á esto había deseado con tanta vehemencia su encuentro con Alicia!... El despecho le hizo juzgarse duramente; no había sabido hablar. Después recordó todos sus razonamientos y sus recriminaciones, asombrándose del poco efecto que causaban en ella. Era indudablemente otra mujer. Alguien la había cambiado; alguien era el culpable de esta absurda situación.
Gran parte de aquella noche la pasó reflexionando. No se le ocurría censurar á Alicia. Hasta se arrepintió de sus palabras agresivas. ¡Infeliz! Una exaltación de su sensibilidad la hacía ver culpas y remordimientos en todos sus actos anteriores.
«Además, las mujeres--continuó diciéndose--, al menor choque nervioso, lo primero que pierden es la lógica.»
Necesitaba concentrar su rencor en alguien que no fuese ella, y como Miguel creía no haber perdido la lógica, hizo caer la responsabilidad de todo sobre Martínez. Este era el único culpable. De no entrometerse en la vida de los dos, Alicia, al verse sola en su desgracia, habría buscado más que antes el apoyo del príncipe. ¡Qué regalo les había hecho «la Generala» al presentar á este aventurero!
En vano su razón intentó argüir que no era el oficial el que iba en busca de Alicia, sino ésta la que lo conservaba en su casa, aislándolo de sus antiguas amistades. Lubimoff no renunció á su rencor. Era Martínez y nadie más el que se colocaba entre ambos.
Hasta entonces sólo había fijado su atención ligeramente en este muchacho, al que Toledo llamaba «el héroe». ¡Eran tantos los héroes en el momento presente! Su odio fué despojándolo del prestigio que le daban sus hazañas y su desgracia. Lo vió sin uniforme, sin sus cruces y sus heridas, tal como debió ser antes de la guerra: un pobre empleadillo, un dependiente de comercio, que nunca había puesto sus ilusiones amorosas más allá de una modista ó una dactilógrafa... ¡Y éste era el personaje interesante que se erguía enfrente de él!... ¡Tiempos intolerables!
Paseó al día siguiente toda la mañana por sus jardines, resuelto á no volver á Monte-Carlo. Sentía despecho al recordar la ternura con que Alicia había hablado de su protegido. Era mejor no tropezarse con él. Pero en la tarde le pesó la soledad de su hermosa «villa», que parecía abandonada. Atilio, el pianista, hasta el coronel, todos estaban en el Casino. El también quiso ir, para confundirse con aquel público que se ocupaba al mismo tiempo de los incidentes de la guerra y de los azares del juego.
En el atrio marchó hacia los grupos de lectores agolpados ante los últimos telegramas. La gente tenía por buenas las noticias, ya que no eran extremadamente malas, como en los días anteriores. Los aliados habían detenido el avance del enemigo, inmovilizándolo sobre el terreno que acababa de conquistar. Seguía el bombardeo de París por los cañones de gran alcance... Y nada más.
Un hombre hacía comentarios en alta voz. Era Toledo, que, como todas las tardes, daba su conferencia de estratega ante un semicírculo de admiradores. Vuelto de espaldas al príncipe, iba soltando el chorro de su límpido optimismo, de su fe simple, que desgracias y reveses no lograban conmover.
--Ahora ya los han clavado sobre el terreno: no avanzarán. Dentro de poco será el contraataque. Lo sé; me consta.
Se frotaba las manos, guiñando un ojo maliciosamente.
--Y los americanos llegan y llegan. Hay día que desembarcan diez mil. ¡Un pueblo maravilloso!... Lo que yo he dicho siempre: ese Wilson es un grande hombre. Lo conozco bien.
Todos escuchaban con deleite esta voz de esperanza que refrescaba los corazones antes de que se entregasen á las angustias de la ruleta y el «treinta y cuarenta». Hablaba con la autoridad de un hombre bien relacionado y que puede saberlo todo. «Conocía á Wilson»; él mismo acababa de declararlo. Además, era un coronel--aunque nadie sabía de qué ejército--, un «técnico», incapaz de expresarse caprichosamente. Y muchos se trasladaban sin perder tiempo á las salas de juego para repetir sus comentarios, como personas bien informadas.
El príncipe se alejó, temiendo cortar con su presencia este triunfo profesional, que se repetía todas las tardes.
Al pasearse por el atrio, antes de entrar en los salones, vió junto á una columna un grupo de oficiales franceses, todos convalecientes. Privados de ir más adentro, á causa de su uniforme, permanecían allí, mirando con cierta envidia á los «civiles». Unos se mantenían erguidos, sin dolencia visible, con una delgadez de aguiluchos, la nariz picuda, los ojos audaces, el bigote alborotado; otros, de cara juvenil, se encogían como valetudinarios, apoyados en sus bastones, con el pecho hundido bajo las desmayadas arrugas del paño del uniforme, y haciendo una larga pausa de reconcentrada voluntad cada vez que deseaban mover sus piernas. Algunos habían llegado á Mónaco como incurables, después de un largo cautiverio en Alemania; los demás venían de los hospitales de la línea de fuego; y todos mostraban una desorientación gozosa al verse en este rincón paradisíaco, donde las gentes parecían olvidadas del resto de la tierra y los ojos femeninos les seguían con una expresión enigmática, entre amorosa y maternal.
La diestra de uno de estos militares se elevó hasta su visera para saludar al príncipe. Este se fijó en el color amarillento del kepis, luego en el uniforme del mismo color y la línea policroma de las condecoraciones. Era Martínez, el teniente de la Legión extranjera, que le saludaba con cierta timidez, pero satisfecho al mismo tiempo de que sus compañeros le viesen en buenas relaciones con un personaje famoso del que tanto se hablaba en la Costa Azul.
Miguel devolvió el saludo maquinalmente y siguió adelante. Este momento quedó fijo en su memoria para toda la vida. Los años y la cordura que éstos traen consigo parecieron desprenderse de él como las cortezas secas de un árbol que renace. Se creyó vuelto á la juventud. Fué por unos instantes aquel capitán Lubimoff de la Guardia imperial, atropellador de obstáculos y desconocedor del escándalo cuando alguien se oponía á su voluntad.
Volvió á mirar de lejos el grupo de oficiales. ¡Y este teniente de pobre estatura, que parecía un tenedor de libros elevado por la movilización, era su enemigo!... Creyó verlo por primera vez. Perdido entre sus compañeros aún le pareció más insignificante que en sus visitas á Villa-Sirena.
Permaneció inmóvil, con su mirada fija en el grupo. «¡Vas á cometer un disparate!», gritaba una voz en su interior. Y pasó por su memoria la imagen del duro Saldaña, bondadoso y tolerante con los débiles, como todos los que están seguros de su fuerza. Una frase que no había recordado nunca cruzó ahora su pensamiento: «El caballero debe ser bueno y no abusar nunca de su fuerza.» Estaba seguro de que su padre le había dicho esto siendo él niño... Pero á continuación, la dualidad que existía en su interior se expresó por medio de otra voz más fuerte é imperiosa, una voz femenina igual á aquella otra que le aconsejaba en su juventud: «Gasta, no te prives de nada, colócate sobre todos; piensa siempre que eres un Lubimoff.» Y vió á la difunta princesa, no de María Estuardo, con su luto teatral, sino dominadora y todavía bella, lo mismo que cuando aterraba con sus cóleras á su esposo «el héroe» y ponía en revolución el palacio de París.
Maquinalmente se aproximó al grupo de oficiales, y sus ojos volvieron á tropezarse con los de Martínez. Este vino hacia él con una sonrisa interrogante. Miguel comprendió que le había hecho un signo de llamamiento sin darse cuenta de ello, por un impulso de su voluntad, que parecía moverse completamente desligada de su razón. ¡Tanto peor!... ¡Adelante!
Con cierto apresuramiento se fué llevando al joven hacia el vestíbulo del Casino, como si quisiera evitar la presencia de los grupos que llenaban el atrio.
--Teniente, voy á decirle una cosa... Necesito... pedirle un favor.
Balbuceaba, no sabiendo cómo expresar un deseo que él mismo tenía por absurdo. Esta indecisión, unida á las vacilaciones de su voz, acabó por irritarle.
Se detuvieron junto á la cancela de cristales de la entrada. Martínez había perdido su sonrisa, mirando con asombro el gesto duro y la palidez del príncipe.
--En una palabra--dijo éste con resolución--: lo que yo tengo que pedirle es que visite con menos frecuencia la casa de la duquesa de Delille. Si se abstiene en absoluto de ir á ella, aún será mejor.
Y descansó, respirando con cierto desahogo, después de haber lanzado su pretensión.
El asombro de Martínez fué en aumento. Dudó un instante, fijos sus ojos en los de Lubimoff. No era una broma: la mirada agresiva de este personaje que siempre le había tratado con amable indiferencia, la sequedad de su voz, cierto temblor de su mano derecha, indicaban que había expresado todo su pensamiento, y que detrás de este pensamiento latía un odio enorme contra él.
La sorpresa le hizo hablar con timidez. El visitaba á la duquesa porque esta señora le pedía que fuese á verla todos los días. Muchas veces había sospechado que su asiduidad pudiera resultar inoportuna; pero todos sus intentos de alejamiento eran inútiles. Apenas se ausentaba por unas horas, aquella buena dama le hacía buscar. Se mostraba bondadosa con él como una madre.
De repente, se desvaneció su tono humilde. Sus ojos adivinaron en los de su interlocutor algo que él mismo no había pensado nunca. El teniente pareció transfigurarse, creciendo hasta quedar al nivel del príncipe. Brilló su mirada con el mismo resplandor fulvo que la del otro; todo su cuerpo se arqueó con la tensión de un muelle que va á saltar; las alillas de su nariz se agitaron nerviosamente. El empleadillo tímido de ademanes recobraba su gallardía de hombre de combate. Su voz sonó ronca al seguir hablando.
El iba adonde le llamaban, adonde quería ir, sin reconocer á nadie el derecho de mezclarse en sus actos. Era la duquesa la única que podía cerrarle la puerta de su casa. ¿Por qué intervenía el príncipe en los asuntos de aquella señora sin consultar antes su voluntad?
--Soy su pariente--dijo Miguel, algo indeciso en su interior al invocar este parentesco que muchas veces no había querido reconocer.
Los dos se vieron al otro lado de la cancela, sobre el rellano de las gradas del Casino, en pleno aire, frente á los árboles de la plaza y los grupos de paseantes que daban vueltas en torno del «queso». Tuvieron que apartarse á un lado, para no impedir la circulación de los que entraban y salían.
--Además--continuó el príncipe--, mi deber es evitar murmuraciones. No puedo permitir que, viéndole á usted metido allá á todas horas, supongan...
Casi se arrepintió de sus palabras al notar el doble efecto que producían en el joven. Primeramente se indignó. ¿Había quien osaba murmurar de aquella gran señora, tan santa para él? Pero esta protesta fué acompañada de una irreflexiva satisfacción, de un orgullo pueril, como si agradeciera, á pesar de todo, que mezclasen su nombre con el de la otra en absurdas suposiciones. Parecía que Martínez acababa de descubrirse á sí mismo, dando cuerpo y nombre á sentimientos obscuros que hasta entonces sólo habían latido dentro de él en una forma larvaria.
El alma celosa del príncipe fué adivinando, con aguda percepción, todo lo que pensaba el otro, y esto avivó el incendio de su cólera. ¡Con qué arrogancia asumía este empleadillo la defensa de Alicia! ¡Cómo se delataba su enamoramiento!...
--Si alguien se permite hablar de la duquesa--dijo el teniente--, si murmuran porque me dispensa el honor de recibirme en su casa (¡el mayor honor de mi vida!), yo me encargaré de castigar al que invente eso, aunque esté muy alto, aunque se crea muy poderoso...
Lubimoff le escuchó con impaciencia. Ahora era Martínez el que se permitía atacarle. Sus últimas palabras significaban una amenaza para él.
Además, se sintió irritado contra su propia torpeza. Su acción imprudente sólo servía para que este joven abriese los ojos, pensando en la posibilidad de muchas cosas que nunca había podido imaginar, y que, de imaginárselas, las habría rechazado inmediatamente, por desatinadas. ¡Y era él mismo quien venía á demostrarle que, según la opinión de los maldicientes, resultaban posibles tales cosas!...
El tono con que el oficial defendía á Alicia excitó aún más su cólera. Adivinaba en él un gran orgullo, la vanidad del pobre muchacho que sólo ha conocido las aventuras de amor á través de los libros, y de pronto se ve en relaciones supuestas con una duquesa y rival de un príncipe. ¡Qué gloria para un advenedizo!
--Joven...--dijo la voz dura de Lubimoff.
Esta simple palabra fué seguida de una mirada de altivez, de superioridad aplastante, que pareció barrer todo cuanto la guerra había puesto de extraordinario en Martínez: el uniforme, las condecoraciones, las cicatrices gloriosas. Para él ya no existía el oficial; sólo quedaba el pobre vagabundo de años antes yendo de un hemisferio á otro en busca del sustento. «Joven...», repitió con un tono que resucitaba todas las castas y las gradaciones sociales de los siglos muertos, para que el interpelado se diese cuenta de la enorme separación entre su persona y la del hombre que se dignaba darle consejos.
--Joven... acabemos. ¿Y si yo le ordeno que no vuelva más á esa casa?... ¿Y si le exijo que...?
No pudo terminar. Su voz amenazante, dura como un grito de mando, indignó al hombre vestido de uniforme. ¡Haber arrostrado la muerte durante tres años entre miles de camaradas que estaban ya bajo tierra; despreciar la vida como algo cuya fragilidad se ha revelado á cada minuto; despojarse para siempre, en fuerza de aventuras angustiosas y heridas atroces, de ese miedo que el instinto de conservación pone en todos los seres, para que ahora, en una ciudad de placer, á la puerta de la más lujosa de las casas de juego, un hombre rico y poderoso, pero que no había hecho nada útil en su existencia, se atreviese á amenazarle!...
--¡A mí!...--dijo balbuceando de rabia--. ¡Darme órdenes á mí!...