Los enemigos de la mujer

Part 27

Chapter 273,943 wordsPublic domain

--Fué asunto de precio: yo no iba á regatear por millón más ó menos. Lo único que me ocasionó disgustos fué escoger entre varios miles de hermosas solicitantes. Tuve que arrostrar la enemistad de grandes directores de teatro, de hombres de negocios, de ministros, que me recomendaban á sus protegidas. Hasta un monarca me retiró el título de duque que acababa de darme, porque rechacé á su amiga predilecta... Las seis vestían los últimos modelos de la _rue de la Paix_. Los reporteros, kodak en mano, sacaban instantáneas de lo que iba á ser la última moda. Además, sus arneses estaban cubiertos de perlas, de brillantes, de toda clase de pedrería rica, y cuidaban muy bien de no estropearlos, sabiendo que al final de su trote se los podrían llevar como un recuerdo. Yo tenía un gran látigo para arrearlas: un látigo de flores. Hay que ser galante con las damas...

Sonrió irónicamente. Novoa volvió á ver su expresión rencorosa de misógino.

--Pero por dentro era de acero trenzado, y dejándolo caer sobre mi hermoso tiro, nos pusimos en marcha. ¡Lo que tardamos en remontar esa cuesta á través de la muchedumbre! Los extranjeros me aclamaban. Se oía como un interminable abejorreo el crujido de las máquinas fotográficas. Todos querían llevarse la imagen del rey del mundo. Reconocí por sus caras tristes á los vecinos de la ciudad. Los hombres me imploraban con los ojos, como pobres cautivos; las mujeres me enseñaban sus pequeñuelos; los ancianos se ponían de rodillas. Yo era el vencedor que, al arruinar el Casino, talaba su patria, condenándolos á la miseria... Esta plaza estaba negra de gente. Al bajar de mi vehículo vi la escalinata del Casino ocupada por un cortejo grandioso. Delante, monsieur Blanc; luego, su Estado Mayor de consejeros, primeros accionistas, inspectores, y la corporación entera de los _croupiers_, todos vestidos de negro, con amplios chaqués de alpaca de corte fúnebre. En último término gente conocida, cuya presencia me podía conmover... Para hacerme recordar que yo había sido un simple pianista, aquí me aguardaban, batuta en mano, los directores de los conciertos y de la ópera; los profesores de la orquesta con sus instrumentos; los cantantes espada al cinto ó arrastrando colas femeniles, todos pintados y con peluca; las muchachas del cuerpo de baile con piernas de fresa pálida y gasas horizontales en el talle... Estaban prontos á gemir, previamente aleccionados por la empresa.

--Una palabra, señor Spadoni.

Era monsieur Blanc, que me llevó aparte, entregándome un pequeño papel.

--Guárdeselo y no entre.

Miré el papel: un cheque de un millón. ¡Puá! ¿Qué puede hacer un hombre con un millón?... Y al ver que lo arrugaba, tirándolo al suelo, el dueño del Casino me dió otro papel.

--Tome cinco y váyase.

Como tampoco me conmoví, fué sacando cheques de todos los bolsillos: diez millones, quince... cuarenta...

Mis doce ministros avanzaban con sus grandes carteras llenas de billetes; mi escolta me abría paso entre el gentío implorante de la escalinata; mis caballos se impacientaban, relinchando y coceando al darse cuenta de que algunos inteligentes se habían aprovechado de la aglomeración para manosear sus corvejones y sus ancas.

--Otra palabra, señor Spadoni: la última. Haremos una revolución, destronaremos a Alberto, y le daremos á usted la corona de Mónaco. Puede casarse, si le place, con la hija de un emperador: el dinero lo arregla todo. Nosotros lo tenemos, usted lo tiene...

--¡He dicho que no! Lo que yo deseo es entrar en el Casino para hacerlo quebrar y llevarme las llaves.

Esta amenaza le arrancó la suprema concesión.

--Será usted mi socio; le daré el cincuenta por ciento de las ganancias.... ¿No quiere?... Sea el setenta y cinco.

Al ver que yo seguía avanzando escalinata arriba sin escucharle, se llevó un silbato á la boca. Su cara fué la de Sansón agarrándose a las columnas del templo. ¡Antes morir, que ver quebrada su casa! Sonó un estallido formidable, como si se rasgase el mundo. Habían minado con todos los explosivos sobrantes de la guerra el Casino, la plaza, la ciudad. Yo subí, aturdido, hasta las nubes, pero pude ver cómo desaparecía Monte-Carlo y hasta el peñón de Mónaco, ocupando el mar, con una ola gigantesca, el sitio de las tierras desaparecidas. Y cuando volví a caer...

--Despertó usted--dijo Novoa.

--Sí; desperté al pie de mi cama, y oí la voz de Castro en el pasillo insultándome por haber cortado su sueño con mis gritos. No ría usted, profesor. Es muy triste soñar esas grandezas, como si uno las estuviese tocando, y verse hoy tan pobre como ayer, tan pobre como siempre, y además con una mala suerte tenaz.

La pobreza y la mala suerte de Spadoni hicieron protestar á Novoa. Aún se acordaban muchos de su fortuna asombrosa como banquero en el _Sporting-Club_. Era una noche histórica. Además, sabía por Valeria que la duquesa le había hecho un buen regalo.

--¡Incomparable duquesa!--dijo con entusiasmo el pianista--. Siempre gran señora. La pobre, en medio de su desesperación, se acordó de mí. «Tome usted, Spadoni, y que tenga mucha suerte.» Me regaló veinte mil francos. Si le pido cien mil, me los da lo mismo. ¡Y que sea tan desgraciada!...

Ante los ojos interrogantes del profesor, continuó:

--Pues bien; de los veinte mil no quedan ni cien.

Corrió en la misma noche al _Sporting_ para repetir sus hazañas. Nunca se había visto con tanto capital, ni á la vuelta de su viaje de concertista por la América del Sur. El terrible griego estaba allí, y á pesar de la admiración que Spadoni tributaba á su gloria, lo trató con implacable hostilidad. «¡Banco!», dijo al verle en su silla de banquero con quince mil francos delante. Y al presentar sus cartas, «abatió nueve», mientras el pobre Spadoni sólo tenía cinco. ¡Adiós los quince mil! Con el resto se había defendido unos cuantos días como simple «punto», y ya no era mas que un recuerdo la generosa dádiva de la duquesa.

--¡Si ella quisiera volver al trabajo! Estoy convencido de que yo sería otra vez el de aquella noche, teniéndola detrás de mí. Pero ¿quién se atreve á hablarle del juego?

Los dos lamentaron la desgracia de Alicia. Desde el día en que llegó el telegrama dándole cuenta de la muerte de su protegido, era otra mujer. Spadoni atribuía á un exceso de buen corazón este dolor tan vehemente por un joven soldado que no pertenecía á su familia. El profesor aprobó, pero con un aire enigmático. En la explosión de su dolor, debía habérsele escapado á Alicia una parte de su secreto delante de Valeria y ésta se lo habría hecho saber á Novoa.

Luego hablaron del aislamiento en que vivía la duquesa.

--Hace un mes que nadie la ve--dijo Spadoni--. Las gentes empiezan á olvidarse de ella; muchos creen que se ha marchado. Monte-Carlo es así: muy chico para los que van al Casino y se rozan á todas horas; enorme, como una gran capital, para los que no se acercan á las salas de juego... El príncipe me pregunta por ella muchas veces. Parece que no ha conseguido verla después de la tarde del telegrama.

Novoa recobró su gesto enigmático al oir el nombre de Lubimoff. Sabía por Valeria que había ido repetidas veces á Villa-Rosa, sin conseguir que su dueña lo recibiese. Es más; la duquesa se estremecía de miedo ante esta visita. «No quiero verle; di siempre que no estoy.» Don Marcos había sufrido la misma suerte, teniendo que entregar su tarjeta, unas veces á la confidenta de la duquesa y otras al jardinero. Varias cartas del príncipe habían quedado sin contestación. Alicia mostraba la firme voluntad de no ver á su pariente, como si su presencia pudiera hacer más vivo aquel dolor que la tenía alejada del mundo.

Spadoni, ignorante de todo esto, persistió en sus elogios á la duquesa.

--¡Hermoso corazón! Necesita siempre cerca de ella un desgraciado á quien proteger. Después de la muerte de su aviador, parece sentir un gran afecto por ese teniente de la Legión extranjera, ese español tan enfermo, que tal vez morirá el día menos pensado, lo mismo que el otro. Pasa los días en Villa-Rosa; allí almuerza y come, y si la duquesa da algún paseo por la montaña, siempre es con él. ¡Sólo le falta dormir en la casa!... Cuando tarda en presentarse, ella envía inmediatamente un recado al hotel de los oficiales.

El profesor se mantuvo silencioso, pero reconoció en su interior la exactitud de lo que contaba Spadoni. Lo mismo le decía Valeria. Aquel Martínez estaba á todas horas en Villa-Rosa, muchas veces contra su deseo. La duquesa necesitaba su presencia, y eso que al verle prorrumpía en lágrimas y sollozos. Pero el pobre muchacho, con una sumisión admirativa, la acompañaba en su voluntaria soledad, profundamente agradecido de que tan gran dama se interesase por él.

--Doña Clorinda es la que debe estar furiosa--continuó el pianista, con la alegría maligna que le inspiraban las rivalidades entre mujeres--. Ya no tiene ninguna influencia sobre Martínez, á pesar de que fué ella la que lo descubrió. Se lo ha arrebatado la otra. Pasan semanas sin que «la Generala» vea á su teniente; creo que ya ha renunciado á él. Se queja de su antigua amiga por este acaparamiento, que considera peligroso. Hasta me han dicho que la acusa de coquetear con el pobre muchacho, de excitar su admiración, y de otras cosas peores. ¡Un absurdo, profesor! Las mujeres son terribles en sus odios. Figúrese usted: ese pobre oficial que es casi un muerto...

Novoa se mantuvo silencioso para que el pianista no continuara hablando. Temía que dijese algo terrible al repetir las murmuraciones de la otra dama, con su alegría rencorosa de misógino. El, por sus relaciones con Valeria, se consideraba unido á la duquesa y no podía tolerar nada contra ella.

Se separaron después de algunos minutos de palabrería indiferente. Aquella noche Spadoni habló al príncipe de su conversación con el profesor, y esto le dió pretexto para repetir lo que doña Clorinda pensaba de su antigua amiga. Pero el pianista se arrepintió al instante, viendo la mirada iracunda que le dirigía Lubimoff.

«¡Una infamia!--pensó Miguel--. Calumnias de mujeres, que repite este imbécil por odio sexual.»

Comprendía que Alicia se sintiese interesada por aquel convaleciente. Su juventud y su uniforme le recordaban al otro. Además estaba solo en el mundo, era un extranjero, un residuo de la guerra que todos consideraban fatalmente condenado á muerte.

Pero á continuación no pudo evitar un sentimiento de celos contra este pobre joven obscuro y enfermo. Vivía á todas horas cerca de Alicia, mientras él no lograba verse admitido en su «villa» ni como simple visitante. ¿Por qué?...

Llevaba varias semanas haciendo conjeturas, atisbando una ocasión para encontrarse con Alicia. Después de la tarde en que la tuvo entre sus brazos, secando sus lágrimas, conteniendo las contorsiones de su desesperación, besando su frente con un dolor fraternal, la verja de Villa-Rosa se había cerrado detrás de él para siempre. «Ven mañana», gimió Alicia al despedirle. Y al día siguiente Valeria le cortaba el paso con el aspecto confuso del que dice una mentira. «La duquesa no puede recibirle; la duquesa desea estar sola.» Esta negativa inexplicable se había ido repitiendo en los días sucesivos, cada vez con mayor sequedad. Ahora era el jardinero el único que salía al sonar el timbre, hablándole á través de la verja.

Su despecho le hizo cometer un sinnúmero de acciones pueriles y envilecedoras. Rondaba por las cercanías de la «villa» como un celoso, arrostrando la curiosidad de los transeuntes, valiéndose de los más absurdos pretextos para disimular su espera, ocultándose con precipitación cuando se abría la verja dando salida á alguien de la casa. Esta vigilancia únicamente había servido para despertar su cólera. Dos veces había tenido que esconderse mientras el teniente Martínez, erguido dentro de su uniforme viejo, que le venía muy ancho, galvanizada su flacura de enfermo por un deseo de mostrarse sano y arrogante, entraba en Villa-Rosa, por la puerta abierta de par en par, como si fuese el dueño.

Los había visto una tarde de lejos, á él y Alicia, en un coche de alquiler que se alejaba por el otro lado de la calle, hacia las alturas de La Turbie. Ella se preocupaba del herido, llevándolo maternalmente á que respirase el aire de las cumbres. ¡Y el príncipe como si no existiese!...

En vano la escribía cartas, y su tormento aún resultaba mayor al no poder hablar con franqueza á sus allegados. El coronel, obedeciendo sus insinuaciones, había hecho inútilmente varias visitas á la duquesa.

--¡Qué dolor tan inexplicable!--decía don Marcos--. No se comprende tanta desesperación por un joven aviador que no era mas que su protegido. A no ser que...

Pero su respeto no le permitía insistir en esta sospecha irreverente.

Con Atilio tampoco podía hablar. Para éste, el prisionero muerto en Alemania era el mismo joven que él había conocido en París antes de la guerra: el amante de la duquesa, que la seguía á todas partes y danzaba con ella en los té-tango. Además, Miguel sentía miedo á lo que pudiera añadir Castro, reflejando el pensamiento de «la Generala».

Esta, en el primer momento, al conocer la desesperación de Alicia, había querido olvidar los pasados rencores, yendo espontáneamente á Villa-Rosa para consolarla. Como era muy patriota, aquel muchacho muerto en Alemania le parecía un héroe. Pero el repentino acaparamiento del teniente español, aquella simpatía vehemente que obligaba á Martínez á pasar el día entero con la duquesa, devolvieron á dona Clorinda su hostil frialdad.

El príncipe adivinó lo que pensaban ella y su amigo, lo que tal vez diría Castro si osaba hablarle de Alicia. «Acababa de perder á su amante, y mientras lo lloraba con una vehemencia teatral, se iba preparando otro, igualmente joven... Un verdadero crimen; porque el pobre Martínez estaba condenado á morir, y sólo prolongaba sus días gracias á una absoluta quietud. La más leve emoción representaba la muerte para él...»

Lubimoff no podía decir la verdad. Su secreto era de Alicia. Unicamente los dos sabían quién era aquel prisionero muerto en Alemania; y mientras ella callase, él debía hacer lo mismo.

Una noche, el coronel le dió una noticia interesante. Al caer de la tarde, cuando regresaba del Casino, había visto desde el tranvía á la duquesa de Delille. Bajaba sola y vestida de luto de un coche de alquiler, en el bulevar de los Molinos, frente á la iglesia de San Carlos. Luego había subido las gradas que conducen al templo: iba sin duda á rezar por su protegido. Y don Marcos dijo esto con cierta emoción, como si la visita á la iglesia borrase todos los comentarios que llevaba oídos en los últimos días.

Miguel tuvo el presentimiento de que este aviso iba á sacarle de su incertidumbre. En aquella iglesia encontraría á Alicia. Y al día siguiente, en las últimas horas de la tarde, empezó á pasear por el bulevar de los Molinos, sin perder de vista el templo único de Monte-Carlo, lugar de devoción para los jugadores y la gente rica, que mantiene cierta rivalidad con la catedral del silencioso y aviejado Mónaco.

Este continuo ir y venir acabó por interesar á los comerciantes de la calle y á sus dependientas, muchachas de alto y complicado moño que parecen soñar detrás de los escaparates, esperando un millonario que las saque de su injusta obscuridad. «¡El príncipe Lubimoff!» Todos le conocían, y era tal su fama, que inmediatamente cien ojos buscaron cuál podía ser el objeto de sus paseos. Indudablemente, una mujer. Los balcones solitarios empezaron á poblarse de cabezas femeninas que seguían sus evoluciones con el rabillo de un ojo. Se levantaron muchos visillos, marcándose detrás de los vidrios pupilas interrogantes y bocas sonrientes. «¿Será por mí?...» Esta pregunta muda parecía extenderse de fachada en fachada.

Aburrido de tal curiosidad, subió por un doble graderío á la plazoleta solitaria que precede á la iglesia, empleando allí las mismas estratagemas que cuando acechaba en las inmediaciones de Villa-Rosa. Se asomó al interior del templo, punteado de rojo por las luces de unos cuantos cirios. Sólo había en él dos mujeres del pueblo arrodilladas y vestidas de luto: esposas ó madres de hombres muertos en la guerra. Al volver á la plazoleta se entretuvo en leer y releer los títulos de todos los papeles expuestos en un kiosco de periódicos. Luego se alejó por una calle, volvió por otra, con aire indiferente, y se ocultó detrás de una esquina, procurando no perder de vista la entrada de la iglesia. Aquí resultaba tolerable su espera: no había transeuntes. La circulación del vecino bulevar permanecía invisible, como si se desarrollase en el fondo de una zanja. Sólo á través de las ramas bajas de los árboles se veían pasar los techos de carruajes y tranvías.

Cerró la noche y ella no vino.

Al día siguiente Miguel volvió, pero discretamente, sin despertar la curiosidad de los tenderos, permaneciendo largas horas en aquella plazoleta de ciudad vieja, sin otro testigo que la mujer melancólica que ofrecía sus periódicos en un kiosco sin parroquianos. Y tampoco llegó.

El tercer día, cuando dudaba ya de la utilidad de esta espera, apareció el busto de Alicia sobre el filo del último peldaño. Después fué surgiendo todo su cuerpo, con sobresaltos que marcaban el avance de sus pies de grada en grada. Caía la tarde. En las fachadas del bulevar, por encima de la masa verde de los árboles, el sol fugitivo trazaba una pincelada de oro á lo largo de los tejados.

La reconoció con el corazón antes que con los ojos, lo mismo que cuando la había visto de lejos en un carruaje acompañando al oficial. Le causaba extrañeza su capota negra con un largo velo de luto descendiendo por la espalda. La emoción de su presencia y la costumbre del acecho le hicieron retroceder, y ella entró en la iglesia sin verle. ¡Ah, ya la tenía!... Esta vez no podría escapar, é iba á decirle muchas cosas, ¡muchas!... Pero al mismo tiempo que repasaba en su memoria rencorosamente las justas recriminaciones preparadas con anticipación, sintió miedo, un miedo irresistible á la brevedad de las respuestas de ella, tal vez á su mutismo.

Dejó transcurrir un largo rato. Luego le agitó el deseo de verla otra vez, aunque fuese de lejos, y entró en la iglesia cautelosamente, queriendo evitar un encuentro prematuro.

Fué avanzando entre una doble fila de bancos desocupados. Allá en el fondo estaban las mismas mujeres del otro día, siempre arrodilladas, como si su dolor no conociese el tiempo. De la sombra surgieron poco á poco los oros mortecinos de los retablos, y dos masas de colores, dos haces de banderas, las de los países aliados, que adornaban el altar mayor.

Creyó que Alicia acababa de huir por una salida ignorada al ver solas á las dos implorantes en su silenciosa inmovilidad. Pero de una puerta lateral salió ella, seguida de un acólito que llevaba dos cirios. Alicia vigiló cómo estos cirios eran encendidos y colocados en un candelabro frente á la Virgen. Luego se arrodilló, permaneciendo rígida sobre sus rótulas.

Transcurrió el tiempo. Miguel la veía igual á las dos mujeres del pueblo: una masa negra inmovilizada por el rezo y la súplica. Unicamente, como signos especiales de su persona, distinguía las suelas de su elegante calzado, dos pequeñas lenguas claras que se destacaban sobre la corola negra de su falda. También veía la blancura de su nuca estremeciéndose de vez en cuando, como si quisiera repeler el enroscado velo de luto.

Sintió desvanecerse el rencor que le había hecho desear este encuentro. ¡Pobre mujer! El sabía, y nadie más, quién era aquel joven cuya muerte venía á llorar en la iglesia. El recuerdo de la princesa Lubimoff surgió en su memoria lo mismo que una imagen borrosa por el empolvamiento del olvido. La princesa estaba demente, ¡pero era su madre y le había amado tanto!...

Su egoísmo se sublevó en seguida contra esta emoción. Encontraba natural que Alicia llorase á su hijo, pero no que se hubiera alejado de él sin explicación alguna.

Avanzó hacia el altar mayor, con el deseo de verla de más cerca. Un ligero movimiento de la orante le hizo retroceder. Era mejor que no le reconociese. Consideró preferible aguardarla fuera de la iglesia, con la ventaja de la sorpresa, sin dejarla tiempo para que inventase razones justificantes de su conducta.

Empezaba á anochecer cuando salió Alicia, encontrándose con Miguel Fedor que le cerraba el paso.

Ni el más leve estremecimiento que delatase asombro.

--¡Tú!--dijo simplemente.

Estaba muy pálida, tenía los ojos enrojecidos y húmedos, como si acabase de llorar.

Tal vez le había visto dentro de la iglesia, y esperaba este encuentro á la salida. La naturalidad con que acogió su presencia fué para él una primera decepción.

Necesitaba hablar cuanto antes, dar salida á las quejas y recriminaciones que había ido amontonando en los días anteriores. Eran tantas, que abrumaban su pensamiento. Pero Alicia, como si temiese sus palabras, se le adelantó, hablando á su vez con acento monótono y triste.

Venía á este templo algunas tardes porque experimentaba de pronto la necesidad de abandonar Villa-Rosa y sus terribles recuerdos. ¡Ay, la llegada del telegrama!...

--Ahora soy creyente--dijo con sencillez.

Rectificó en seguida su afirmación, por modestia, no por orgullo. Deseaba ser creyente, pero en realidad no lo era. Se acordaba de su madre, la sencilla doña Mercedes. ¡Cuánto daría por tener la confianza en el más allá de la buena señora! Aquella fe que en otro tiempo provocaba sus burlas le parecía ahora algo superior. ¡No poder conocer la resignación de las almas humildes!... Persistía en ella la incredulidad de sus tiempos dichosos. Los que gozan las dulzuras de la existencia no se acuerdan de la muerte ni piensan en lo que pueda haber después de ella. Nadie siente un alma religiosa en un baile, en un banquete, en un encuentro de amor. Ella necesitaba creer, porque era desgraciada. Se acogía á la religión como un enfermo desesperado implora al curandero en el que no tiene fe, porque la razón le muestra sus errores, pero que al mismo tiempo le halaga con una absurda esperanza al haber sanado á otros milagrosamente.

--El dolor nos hace místicos--continuó--. Lo que yo siento es no poder serlo como lo son otros. Rezo, y la resignación no viene á ayudarme.

Se revolvía contra la nada de la muerte. ¡Aquella carne de su carne estaba pudriéndose en un cementerio ignorado de Alemania! ¿Y esto era todo?... ¿Ya no había más?... ¿Moriría ella á su vez y no volvería á encontrar en una existencia superior aquel hijo en el que había concentrado toda su voluntad de vivir? ¿Se borrarían ambos en la realidad, como dos puntos microscópicos, como dos átomos, cuya vida nada significa?...

--Necesito creer--dijo con toda la energía de su egoísmo maternal--. Mi único consuelo es esperar que volveremos á encontrarnos en un mundo mejor; un mundo que no conozca las guerras ni la muerte... Pero de pronto me falta la confianza, y sólo veo la nada... ¡la nada! Soy muy digna de lástima, Miguel.

Estas palabras no conmovieron al príncipe, á pesar de la desesperación que Alicia ponía en ellas. Su ansia de enamorado sólo le dejaba pensar en el presente.

--¿Y yo?--dijo con tono de reproche--. Me has abandonado en el mejor de nuestros instantes. Eres desgraciada; razón de más para que no me alejes de tu lado. Yo puedo alegrar tu vida... Adivino lo que piensas. No, no pretendo hablarte de amor. Tal vez más adelante, ¡pero ahora!... Ahora quiero ser tu compañero, tu hermano, lo que tú quieras que sea, pero al lado tuyo. ¿Por qué huyes de mí? ¿por qué me cierras tu puerta como á un extraño?...

Continuó desordenadamente sus quejas, sus protestas, sus rencores, por aquel alejamiento inexplicable.

--¿Tengo yo alguna culpa de tu desgracia?--terminó preguntando--. ¿Soy ahora otro hombre que la última vez que nos vimos?

Ella movió la cabeza tristemente. No podría convencer á Miguel por más que hablase; era superior á sus fuerzas el explicar sus nuevos sentimientos. Parecía desalentada ante el obstáculo que se había interpuesto entre los dos.