Los enemigos de la mujer

Part 35

Chapter 353,874 wordsPublic domain

El aspecto de ella repelía toda duda. Marchaba con cierto desaliento, como el que se ve obligado á seguir adelante contra sus fuerzas. Vió su rostro sin verlo. Era triste, profundamente triste, con la melancolía del caído que tiene conciencia de su abyección y la considera sin remedio, por ser obra de un fatalismo irresistible, por estar sus causas más allá del radio de la voluntad.

Ladeaba la cabeza hacia su acompañante para mirarle. Debía ser una mirada de prisionera agradecida que quiere olvidar las miserias del remordimiento y se siente contenta sensualmente en la vergonzosa esclavitud. Mientras su alma se encogía ante el recuerdo, su cuerpo se inclinaba con una atracción material hacia aquel otro cuerpo, buscando instintivamente el contacto que hacía reflorecer su juventud con una nueva primavera; primavera triste, como lo son las sorpresas del destino, pero más dulce que las horas cenicientas de la soledad.

El odio, la repugnancia, la indignación por la dicha ajena, hicieron detenerse al príncipe. ¿Para qué seguirlos?... Podían volver la cabeza y verle. Se avergonzó al pensar en un encuentro. ¡Miserables!... Debía existir alguien en lo alto que castigase estas cosas.

Y se alejó de ellos, caminando hacia el otro extremo del paseo para bajar al puerto de La Condamine.

Iba á salir de la terraza, cuando ocurrió algo á sus espaldas que le hizo detenerse. Los grupos sentados en los bancos se levantaban precipitadamente, y luego de hablar corrían hacia el mismo sitio de donde venía él. Oyó gritos, gentes que se llamaban. Una noticia parecía circular por los dos planos del jardín, haciendo surgir personas de los senderos, de los grupos de palmeras, de las murallas de vegetación.

Lubimoff se dejó arrastrar por esta alarma, volviendo sobre sus pasos. Vió de lejos una mancha creciente y bullidora, un grupo al que se iban uniendo las filas serpenteantes de curiosos que bajaban corriendo las escalinatas. El jardín, momentos antes despoblado, vomitaba personas por todas sus aberturas.

Al aproximarse al grupo, pudo oir los comentarios de varios curiosos sueltos que instruían á los que llegaban.

--Un oficial convaleciente... Iba paseando con una señora... De pronto, cae redondo... lo mismo que si lo hubiese herido un rayo... Ahí está.

Sí; allí estaba Martínez, en el centro de la masa humana, como una pobre cosa, tendido en el suelo, guardando la misma actitud de su caída, con el cuerpo en forma de Z: la cabeza en ángulo recto sobre su pecho, las piernas dobladas trazando otro ángulo. Lubimoff avanzó hasta asomar sus ojos sobre la primera fila de mirones estupefactos. Un ronquido continuo, un estertor de pobre bestia agonizante salía de su boca espumosa. En el cuerpo inmóvil, la única manifestación de vida era aquel aullido repitiéndose con una regularidad cronométrica, sin cambiar de tono.

Los oficiales abandonaban á sus compañeras para meterse en el centro del corro. Al reconocer á Martínez, su sorpresa tomaba una expresión acariciante y fraternal.

--¡Antonio!... ¡Antonio!

Se inclinaban sobre él para hablarle al oído, como si durmiese; pero Antonio no escuchaba. Uno de sus ojos permanecía oculto en la tierra del paseo; una piedrecita había saltado sobre los párpados del otro. Todo un lado de su uniforme estaba blanco de polvo. El feroz ronquido era lo único que respondía á los cariñosos llamamientos.

Un médico militar salido de la masa tomaba sus manos, examinando su pulso con un gesto de impotencia. Le habían dado muchos ataques como éste; deseaba que no fuese el último...

Arrodillada en el suelo vió á Alicia, absorta por la sorpresa, mostrando las sinuosas líneas de su dorso bajo las ropas de luto, olvidada de todo lo que existía en torno de ella, fijos sus ojos en aquel hombre que minutos antes marchaba á su lado hablando, sonriendo, convencido de que la vida es una felicidad, y ahora estaba tendido en el polvo, anguloso y flácido, como una pobre cosa que se vacía entre estertores.

Se levantó, avisada por el instinto, no queriendo permanecer á la vista de la gente en aquella postura. Sus ojos enormes, inexpresivos, asustados, fueron mirando alrededor, sin reconocer á nadie. Al encontrarse un momento con los de Miguel parpadearon, suplicantes. Pero el príncipe se ocultó detrás de la primera fila de curiosos, agachando su cabeza, y los ojos de ella siguieron adelante en su visión circular, nuevamente apagados, creyendo sin duda en un error de la ilusión.

Al quedar de pie Alicia, las gentes se la mostraban. Esta era la dama que acompañaba al oficial. Algunos la reconocían, repitiendo su nombre: «la duquesa de Delille». Por instintiva repulsión, ó por el cobarde deseo de no verse mezclados en «historias», nadie la hablaba, dejándola sola en el centro del grupo, con sus ojos estupefactos que imploraban un auxilio, sin saber cuál.

Personas de buena voluntad empezaron á desarrollar sus iniciativas autoritarias.

--¡Aire!... ¡dejen aire!

Daban empellones para hacer mayor el círculo en torno del caído; pero inmediatamente se volvían hacia éste, ordenando socorros inútiles, y otra vez se estrechaba el espacio, llegando los pies de los más avanzados junto á la boca aulladora del moribundo.

Una jovencita había trotado espontáneamente hasta el _bar_ de la entrada del Casino, volviendo con un vaso de agua.

--¡Antonio!... ¡Antonio!

Los arrodillados compañeros le llamaban en vano, pugnando por entreabrir sus mandíbulas y obligarle á beber. Su boca repelía el líquido, para seguir repitiendo el doloroso rugido.

Empezaron á llegar señoras de las salas de juego, atraídas por la noticia. Todas conocían á la duquesa; y la miraron con cierta hostilidad, después de contemplar al moribundo. El príncipe oyó fragmentos de sus comentarios: «Un pobre que vivía milagrosamente... La más leve emoción... Esa mujer...»

Más allá del grupo correteaban los guardias del jardín transmitiéndose órdenes. Habían aparecido los bomberos, aquellos bomberos que, según el rumor público, se filtraban mágicamente á través de los muros del Casino para llevarse á los jugadores caídos en las salas.

Esta vez les faltaba la camilla. Los curiosos se apartaron para abrir paso á una extraordinaria novedad. Un carruaje de alquiler iba avanzando por las terrazas, lugar vedado á los vehículos.

Lubimoff vió cómo se elevaba la duquesa repentinamente sobre las cabezas del gentío. Acababa de subir al carruaje y se mantuvo de pie en él, con la mirada perdida y un rostro inexpresivo de sonámbula. Tal vez había hecho esto sin reflexión; tal vez el médico militar la invitó á subir, creyéndola de la familia del enfermo. Varios hombres con uniforme levantaron el cuerpo inánime del oficial.

Continuaba su ronquido desgarrador.

Y entonces, ante la muchedumbre, que no podía ver con sus ojos estupefactos, Alicia procedió como si estuviese sola. Acababa de dejarse caer en el asiento, é hizo que pusieran sobre sus rodillas aquel cuerpo igual á un cadáver. Ella misma, mientras lo sostenía con un brazo, dobló con el otro la aulladora cabeza, haciéndola descansar en uno de sus hombros.

El carruaje se puso en marcha lentamente hacia el hotel de los oficiales, seguido de una gran parte del público. El médico iba á pie, recomendando al cochero que marchase despacio.

Miguel la vió pasar, rígida, los ojos agrandados por el asombro, la boca crispada por el dolor, con aquel moribundo en sus rodillas. Su actitud era la misma de la madre divina al pie de la cruz, pero con algo impuro y vergonzoso en su pena que hacía inadmisible la imagen. «¡Oh, Venus dolorosa!»

No pudo continuar sus pensamientos. Se sintió empujado rudamente por una mujer con uniforme. Era Mary Lewis que corría, abriendo todo el amplio compás de sus piernas, para alcanzar al carruaje. Esta amazona del bien siempre llegaba á tiempo para encontrarse con el dolor.

Lubimoff vió como se alejaba poco á poco el vehículo con su orla de gentío. La marcha hasta el hotel iba á resultar interminable; todo Monte-Carlo presenciaría su paso.

Se sintió triste, muy triste. Aquel oficial era su enemigo; ¡pero la muerte!...

Alicia le inspiraba menos conmiseración. Sonrió con una sonrisa perversa al contemplar por última vez el carruaje y su séquito que iba en aumento.

Como escándalo, no era flojo el que acababa de dar la duquesa de Delille.

XI

Dos días después, Lubimoff vió salir, una mañana, al coronel, vestido de negro.

Iba al entierro de Martínez. El y Novoa, como españoles, tenían el deber de acompañar al héroe en su último viaje sobre la tierra.

A la vuelta relató al príncipe sus impresiones, con una concisión dolorosa. Unos cuantos oficiales convalecientes habían seguido al féretro. El profesor y él eran los únicos acompañantes con traje civil; pero aquellos muchachos heroicos y amables le obligaban á presidir el duelo, por ser coronel y compatriota del difunto.

Describió el cementerio de Beausoleil, á media falda de la montaña en cuya cumbre está La Turbie. A causa de la guerra, habían tenido que ensancharlo con varias mesetas formando escalinata, y desde estas explanadas se abarcaba un paisaje magnífico: Monte-Carlo y Mónaco á vista de pájaro, Cap-Martin avanzando sobre las olas, y el infinito del mar subiendo y subiendo, hasta confundirse con el cielo. Un monumento con un gallo en su cúspide, arrogante y victorioso, guardaba los restos de los combatientes muertos por Francia. Don Marcos aún estaba conmovido por sus propias palabras, dichas en medio de un profundo silencio ante la puerta de esta tumba común que iba á tragarse para siempre el cadáver de Martínez.

--Hablé para hombres--dijo Toledo con orgullo--, para hombres estropeados por la guerra; un público de héroes... No ha habido en el entierro una sola mujer.

Esto fué lo más interesante para el príncipe: «Ni una mujer.» Y volvió á preguntarse una vez más qué sería de Alicia.

Al caer la tarde, cuando estaba paseando por sus jardines, vió venir á lady Lewis precedida del coronel.

Se refugió el príncipe en su casa. La enfermera llegaba indudablemente con un grupo de convalecientes ingleses, deseosa de corretear entre los árboles, de coger flores, y él se sentía falto de fuerzas para escuchar su parloteo de pájaro herido y alegre, aquel contento tenaz que se prolongaba, á través del dolor, hasta los umbrales de la muerte.

Subía el príncipe la escalera para ocultarse en sus habitaciones altas, cuando le alcanzó el coronel; y antes de que éste le hablase, lo interpeló con violencia. No quería ver á la enfermera... Que pasease con sus ingleses por todos los jardines: podía disponer de ellos como si fuesen de su propiedad; pero que le dejase tranquilo.

--Marqués--dijo Toledo--, la lady viene sola y necesita hablar con Su Alteza. Tiene algo importante que decirle.

El príncipe y la enfermera ocuparon unos sillones de junco fuera de la casa, en una plazoleta rodeada de frondosos árboles. Una fuente reía bajo el desgrane de su perezoso surtidor.

La luz verdosa reflejada por la arboleda hacía á lady Lewis más débil y exangüe. Los restos de su vida parecían concentrarse en sus ojos antes de huir perdiéndose en el espacio como un flúido incautivable. El príncipe iba olvidando su reciente cólera. ¡Pobre lady!...

Volvió á sentir por ella ternura y respeto. Su miseria física acababa por convertir la lástima en esa admiración que inspira siempre el sacrificio desinteresado.

Ella, acostumbrada á vivir entre los grandes dolores, á presenciar catástrofes, tenía en poco las conveniencias que rigen la vida ordinaria, y habló inmediatamente, con cierta rudeza militar, del motivo de su visita.

Venía de parte de la duquesa de Delille. Había pasado los dos últimos días en Villa-Rosa, durmiendo allí para no abandonar un solo momento á Alicia. Su desesperación primeramente y luego su abatimiento le inspiraban miedo. Había intentado matarse.

--¡Pobre mujer!... Al fin se serenó, viendo la verdadera luz, reconociendo su camino. Estoy satisfecha de haberlo logrado con mis palabras.

Los ojos interrogantes de Lubimoff quedaron fijos en la inglesa. ¿Qué luz y qué camino eran estos?... Pero otra cosa le interesaba más: la causa de su visita, aquella misión que le había encargado la duquesa para él.

Lady Lewis adivinó sus pensamientos.

--Me ha pedido que le vea, príncipe; es su último deseo al huir del mundo. Le suplica que se olvide de ella, que no la busque nunca, y sobre todo que la perdone por el daño que le ha causado involuntariamente. Su perdón es lo que reclama con más vehemencia... Cuando yo le diga que usted no la odia, esto le devolverá la tranquilidad que necesita para su nueva vida.

Miguel quedó absorto. ¿Perdonar?... Alicia no le había causado ningún daño. Era él mismo quien se atormentaba con sus deseos y sus desilusiones. De persistir en sus ideas de meses antes, cuando abominaba de las mujeres, no habría sufrido la menor alteración en su cuerda existencia. Además, ¿dónde estaba? ¿no podía verla?...

Estas preguntas las interrumpió lady Lewis. Continuaba sonriendo dulcemente, pero su voz reveló la firmeza de una voluntad inquebrantable.

--La duquesa ya no vive en Monte-Carlo; he arreglado todo lo referente á su viaje. Soy la única que conoce su paradero, y no lo revelaré á nadie. No la busque, deje que marche en paz hacia la verdad; imagínese que ha muerto... como han muerto otros, como mueren y seguirán muriendo en nuestra época tantos miles de seres á cada nuevo sol... Perdone y olvide. ¡Pobre mujer!... ¡es tan desgraciada!

Lubimoff comprendió que resultarían inútiles todas sus preguntas. Su curiosidad, por insinuante que fuese, se estrellaría contra esta reserva. Alicia había desaparecido para siempre... ¡para siempre!

Esto le hizo considerarse más triste, más sólo. Experimentó junto á esta amazona del dolor humano una confianza igual á la que había debido sentir la de Delille en los dos últimos días. Era un deseo de confesarse con ella, un impulso instintivo de abrirle el alma, como si de esta mujer que llevaba á los lechos de muerte un regocijo frívolo de pájaro pudiese surgir el consejo de la suprema sabiduría.

Movió el príncipe la cabeza, murmurando palabras de afirmación: «Sí; perdonaba.» No quería dejar sobre la otra el más leve peso de su dolor; lo guardaba todo para él... Pero á continuación no pudo resistir el empuje de este mismo dolor deseoso de exteriorizarse, y sintió extrañeza ante las palabras que se le escapaban, atropellando su voluntad.

--¡Yo también, lady, soy muy desgraciado!

La enfermera no manifestó asombro ante tal confidencia. Continuó sonriendo, y dijo lacónicamente:

--Lo sé.

Su sonrisa se fué transformando en un gesto de dulce piedad, de conmiseración protectora, como si el príncipe fuese un niño necesitado de sus consejos.

Había adivinado su desgracia mucho antes de que la duquesa le hablase en sus horas de desesperada confesión. Se creía desgraciado por contrariedades de amor; pero esta desgracia sólo era la envoltura de otra más verdadera y profunda que residía en él, sólo en él.

Intentaba mantenerse apartado de sus semejantes, ignorando las preocupaciones de éstos, enquistado en su egoísmo, queriendo prolongar sus goces de los años tranquilos al margen de la humanidad, que sufría una de las mayores crisis de su historia. Era comprensible este alejamiento en un cobarde, dominado por el instinto de conservación; pero él era valiente. Podía tolerarse en un hombre cargado de hijos, que siente á todas horas el imperioso deber de su subsistencia y sufre miedo; pero él estaba solo en el mundo.

--Todos somos desgraciados, príncipe. ¿Quién no conoce ahora el dolor y la muerte?

Y habló monótonamente de las propias desgracias, como si recitase una oración, mientras su sonrisa se iba borrando: aquella sonrisa que animaba la fealdad anémica de su rostro con una luz vagorosa de aurora.

Seis hermanos suyos habían muerto en una tarde. Pertenecían al mismo batallón, y ella recibía la noticia de las seis muertes al mismo tiempo. Treinta y dos individuos de su familia estaban bajo tierra. Muy pocos de ellos eran militares; llevaban una existencia de placeres antes de la guerra, disfrutaban de grandes riquezas y títulos: su vida resultaba tan dulce como la del príncipe Lubimoff... ¡pero al verse llamados por el deber!...

Nadie escoge su lugar antes de venir al mundo; ninguno puede decidir cuál será su patria y cuál su linaje. Nacemos arriba ó abajo, á capricho del azar, y amoldamos la historia de nuestra existencia al sitio que nos designó el acaso. Tampoco puede nadie escoger su época. Los que nacen en períodos de paz, cuando la humanidad permanece en calma y el salvajismo prehistórico dormita dentro del caparazón formado por las civilizaciones, son dichosos; tan dichosos como los que vienen á la vida en una casa poderosa y se ven exentos de batallar por la subsistencia.

--Pero cuando nacemos en una época de locura--continuó--, debemos resignarnos y amoldarnos á ella, sin huir el hombro á la carga penosa. Tenemos el deber de sufrir para que otros sean felices después, como sufrieron los antepasados por nosotros.

¡Su dolor al recibir la noticia de aquella muerte en masa de sus hermanos!... Ella no se tenía por un ser extraordinario; era simplemente una mujer como todas, y lloró, entregándose á la desesperación. Luego, una idea iba esparciendo por su pensamiento cierta frescura bienhechora. ¡Si hubiesen hombres inmortales!... Entonces sí que resultaría horrible la desesperación, al pensar que el muerto podía haberse librado de la muerte manteniéndose lejos del peligro. Pero nadie era inmortal.

Morir bajo el proyectil ó bajo el microbio, era morir lo mismo. Sólo variaba la postura, y para muchos ofrecía mayor seducción volver á la tierra de un modo fulminante, en plena embriaguez heroica, con una idea generosa en el pensamiento, que extinguirse lentamente entre sábanas, frente á una pared, manchado y envilecido por todas las suciedades de una materialidad que empieza á disgregarse.

Era el santo miedo, guardián de nuestra conservación, el que perturbaba á las gentes, ocultándoles la terrible verdad que existe al término de toda vida. Las gentes cuerdas consideraban una locura el ir al encuentro de la muerte. Muy bien si la muerte fuese algo inmóvil que sólo pone su mano en el que se le acerca... Pero si el hombre no va en su busca, ella corre con pasos de cien leguas en busca del hombre. ¿Quién puede adivinar el momento del encuentro?... Lo mejor era despreciarla, no concederle el tributo de un recuerdo continuo, engendrador de angustias y miedos.

Además, la muerte en el lecho resultaba una muerte infructuosa y estéril. ¿A quién podía servir, aparte de los herederos?... La otra muerte por una idea, aunque fuese errónea, representaba una afirmación, un acto de energía y de fe, y con la suma de tales actos se va tejiendo la historia noble de la humanidad.

El príncipe admiró la sencillez con que esta mujer casi moribunda ensalzaba el heroísmo de la vida despreciando á la muerte.

Había colocado su pensamiento en lo alto, más allá de los egoísmos y los deseos que forman la trama de la vida ordinaria. Si todos hiciesen lo que les conviene únicamente, la humanidad en masa no tendría por qué considerarse superior á los animales.

La lady poseía un ideal: sacrificarse por sus semejantes; servirles aun á costa de su existencia. Casi se congratulaba de la guerra, que la había ayudado á encontrar el verdadero camino. En tiempo de paz hubiese hecho lo que todas: uniendo su suerte á la de un hombre, para tener hijos y constituir una familia. El egoísmo amoroso resume el mundo en dos seres; el egoísmo de la madre no reconoce nada interesante más allá de su prole. Unicamente cuando llega la vejez y se han desvanecido las perspectivas ilusorias de la vida se reconoce la gran verdad, ó sea que hay que interesarse y sacrificarse por todos los que existen... Pero la piedad de la vejez es infructuosa y corta. Mary Lewis se consideraba feliz por haberse lanzado desde el primer momento en la buena dirección, sin el largo rodeo de los otros para llegar tarde á la verdad.

--Yo he tenido mi novela, como todos.

Dijo esto con sencillez, pero al mismo tiempo la poca sangre que le restaba animó su rostro con tenue rubor, como si fuese á confesar algo extraordinario.

Un hombre estudioso la amaba; un antiguo secretario de su padre el gobernador colonial. Sólo una vez se habían confesado este amor. Luego continuaron su vida como siempre, guardando cada uno su secreto, poniendo la realización de sus ilusiones en un porvenir indeterminado... Pero llegaba la guerra.

El había corrido de los primeros á alistarse como voluntario: «Mary, soy soldado.» Y Mary había respondido: «Hace usted bien.» Se escribían de tarde en tarde breves cartas. Tenían cosas más importantes que hacer. El no poseía la hermosura y la fuerza del héroe, como los hermanos de lady Lewis. Hasta sospechaba ésta que su aspecto era poco militar, á causa de los torpes movimientos de una vida vegetativa acostumbrada á encorvarse sobre la mesa de escribir. Pero cumplía su deber, y más de una vez le habían citado por sus frías audacias.

Nunca se realizarían los deseos de los dos. Aunque ella alcanzase á vivir después de la guerra, continuaría su existencia presente en los hospitales civiles, en los países remotos azotados por las epidemias. El tal vez se casase con otra, ó tal vez permanecería fiel á su recuerdo, dedicándose por su parte á remediar el dolor de los hombres. Mas vivirían alejados, yendo adonde les llamase su deber, pensando á todas horas uno en el otro, pero sin verse, como los monjes letrados y las religiosas apasionadas que en otros siglos llenaban su existencia con una amistad espiritual sostenida desde sus lejanos monasterios.

Miguel volvió á admirar esta abnegación. Lady Lewis pertenecía al pequeño grupo de elegidos que desconocen el egoísmo y ansían sacrificarse por el bien; á las eternas santas que existieron antes del nacimiento de las religiones, y que continuarán floreciendo lo mismo cuando la duda haya acabado de arruinar las creencias actuales.

--Usted es un ángel--dijo el príncipe.

--No--protestó ella-: yo soy una amorosa, una gran amorosa.

Lubimoff sonrió con cierta lástima.

--¿Amorosa usted, lady?...

Ella siguió hablando, como si le molestase la extrañeza de su oyente. ¿Qué era el amor de los otras mujeres comparado con el suyo? Ponían su ternura, su deseo de sacrificio, en un solo hombre. Más allá de él no encontraban nada digno de interés. Ella amaba á todos los hombres, ¡á todos! hasta aquellos enemigos que había cuidado muchas veces en las ambulancias del frente. Estaban engañados; y si realmente habían sido perversos y deseaban continuar siéndolo, ella sólo les veía en su estado actual, tendidos en una cama, con las carnes rotas, amenazados por la muerte. Eran unos desgraciados nada más, y esto bastaba para que olvidase su origen.

Deseaba el triunfo de los suyos, porque los otros representaban la exaltación de la fuerza brutal, la divinización de la guerra, y ella quería que no hubiese más guerras. ¡El amor imperando sobre el mundo entero!... Harta desgracia era que los hombres no pudieran suprimir con igual facilidad la pobreza, el dolor y la muerte, divinidades negras que nos toman al nacer y con las que batallamos hasta el último momento.

--Yo amo todo lo que vive: las personas, los animales, las flores. ¿Qué es al lado de esto el amor entre hombre y mujer, que las gentes consideran el único amor y no es mas que el egoísmo de dos seres apartados de sus semejantes, viviendo sólo para ellos?... Mi amor también es un egoísmo, lo reconozco; tal vez algo peor: un orgullo. ¡Si usted conociese mis alegrías cuando he salvado de la muerte á uno de mis _flirts_, á uno de esos pobres heridos que no veré más!... No me admire, príncipe, no me compadezca. Soy únicamente una pobre mujer: ¡nada de ángel! Además, muy mala; tengo mis remordimientos, como todos.

--¡Usted, lady!...--volvió á exclamar el príncipe con un gesto de incredulidad.