Part 24
Pasaba Toledo la tarde y las primeras horas de la noche en el atrio, esperando siempre buenas noticias, aceptando las malas con un optimismo ágil que encontraba excusa y justificación á todo.
Se iba agrandando el círculo de sus amistades. Todos los días encontraba rostros conocidos que no había visto en mucho tiempo: estrechaba manos, devolvía saludos. «¡Usted aquí!...» El cañón disparado sobre París á fabulosas distancias poblaba los salones de juego con una muchedumbre de buen aspecto, casi tan numerosa como la de los años tranquilos.
Don Marcos seguía anunciando la reacción, la contraofensiva para el día siguiente, como si estuviese en misteriosa correspondencia con el Cuartel General. Y la cólera que despertaba en él este fracaso diario de sus vaticinios iba á desplomarse sobre los que jugaban.... ¡La vida, la indecente vida, con sus apetitos que no conocen la moral, con sus egoísmos brutales!
En torno del coronel, las gentes parecían afligirse un instante leyendo las malas noticias. Luego, los más, entraban en las salas de juego. Tal vez era por inconsciencia, tal vez por un ansia de aturdirse pidiendo al azar las ilusiones del alcohol; pero la bolita de marfil giraba sin descanso en numerosas ruletas, los naipes no cesaban de caer en doble fila sobre las mesas del «treinta y cuarenta», la aglomeración en torno de los tableros verdes iba en aumento.
Era un público nervioso, discutidor, irascible, que perdía con facilidad sus buenas maneras por un simple incidente. La acometividad de los lejanos combates se esparcía como un soplo feroz en torno de las mesas; las mujeres tenían ademanes belicosos. Cada cañonazo contra el lejano París parecía aumentar el arroyo de dinero que chorreaba sobre Monte-Carlo.
Cuando Toledo intentaba exponer sus opiniones y planes estratégicos en Villa-Sirena, encontraba un público menos atento que el del atrio del Casino. El príncipe tenia cosas más interesantes en que pensar. Novoa mostraba una alegría egoísta, como si considerase este período el mejor de su existencia y las desgracias del mundo sirviesen para dar un sabor más intenso á su dicha misteriosa. Spadoni escuchaba las cosas de la guerra lo mismo que si le hablasen de fábulas lejanas.
El estaba por la realidad, é interrumpía al coronel para contarle cosas más interesantes. Ahora despreciaba al Casino, para frecuentar el _Sporting-Club_, donde se reunían los jugadores más audaces, empleando con preferencia fichas de cinco mil trancos. Un griego que había sido simple marinero en sus mocedades tronaba allí como un personaje de epopeya, admirado por las damas en traje de baile y los graves señores puestos de frac que se reunían en este círculo aristocrático. Había aprendido á leer y escribir siendo ya maduro, pero poseía una fortuna enorme. La noche anterior, en cuatro horas de talla, había ganado un millón doscientos mil francos. Spadoni lo había visto con sus ojos, é imitaba el gesto del héroe al levantarse de la mesa llevando un cestito de mimbre entre las manos; un mísero cestito que contenía, como si fuesen barreduras del suelo, montones de papeles azules, montones de fichas de cinco mil francos. ¡Que no le hablasen á él de generales y batallas! ¡Este era un hombre!
Castro había escuchado una noche al coronel con un silencio de mal augurio y los ojos fríamente agresivos. De pronto, interrumpió los planes estratégicos de don Marcos.
--¿Y á usted cuándo lo ascienden?
Muchos de los generales célebres en la actualidad eran simples coroneles al iniciarse la guerra. Ya era hora de que Toledo diese un salto en el escalafón.
Y el pobre don Marcos, lastimado por esta burla cruel, contestó dignamente:
--Me contento con lo que soy, señor de Castro.
Sabía perfectamente lo que era: coronel, y no deseaba ser mas. Y en su pensamiento repitió varias veces que no deseaba ser más.
A pesar de que en Villa-Sirena cada uno se preocupaba de sus propios asuntos, mostrándose distraído en sus relaciones con los otros huéspedes, el mal humor de Atilio iba haciendo penosa la vida común.
Toledo presentía el motivo de esta conducta. Doña Clorinda le trataba mal indudablemente, y él, á su vez, se vengaba de sus humillaciones y disgustos mostrándose áspero ó irónico con los amigos. El coronel había tenido que calmar á aquella señora cuando la encontraba en el Casino comentando las noticias de la guerra. Sentía hostilidad contra todos los varones sin uniforme; faltaba poco para que los insultase.
--¡Emboscados! ¡cobardes!... ¡Si yo fuese hombre!...
Aunque no lo era, necesitaba hacer algo; y se consumía de impaciencia por no poder emplear su actividad en el frente, bajo el silbido de los proyectiles. Al fin dió con el medio de ser útil.
Quiso marcharse á París. Cuando todos los que podían escapar se apresuraban á hacerlo, ella iría á instalarse en su antigua casa, desafiando con su presencia el cañón y los aviones enemigos.
Castro se atrevió á insinuar tímidamente la ineficacia de este sacrificio. El coronel añadió, con su competencia profesional, que le parecía un disparate; pero ella no estaba dispuesta á modificar sus deseos.
Ponía en la suerte de la guerra un apasionamiento nervioso, una vehemencia igual á la que perturbaba sus relaciones amistosas.
--De no triunfar los aliados, mi vida será imposible. ¡Cómo se burlarían esos canallas!... Prefiero morir.
Los canallas eran sus amigos de antes de la guerra, gentes de diversas nacionalidades que simpatizaban, por snobismo ó por interés personal, con los alemanes. «La Generala», de un amor propio que infundía miedo, deseaba morir, y lo deseaba de veras, antes que ver triunfantes á los que había escogido como enemigos.
--¡Si yo fuese hombre!...
Y Atilio, que buscaba las ocasiones de estar cerca de ella en el Casino, ó exageraba la belleza de ciertos lugares para inducirla á paseos solitarios, huía apresuradamente ante estas palabras, en las que adivinaba un insulto.
Luego, al verse en Villa-Sirena, su amorosa sumisión se convertía en hostilidad para los demás.
Había descubierto que odiaba á Novoa, ó mejor dicho, que debía odiarlo lógicamente. Doña Clorinda estaba reñida con Alicia, y aquella marisabidilla que tanto entusiasmaba al profesor era la acompañante y protegida de la duquesa. Por esto él debía ser enemigo de Novoa, como dos hombres que no se han hecho ningún daño particularmente, pero pertenecen á dos naciones en guerra.
Además--y esto no quería confesárselo--, le daba cierta envidia el aire satisfecho y triunfante del sabio. Novoa no sufría repulsas y desvíos; era la mujer la que lo buscaba, esforzándose por halagar sus aficiones, fingiendo un interés científico por cosas que nada le importaban; todo para conservarlo bajo su dominación. ¡Hombre feliz y antipático!...
Como ocurre siempre que se vive en roce continuo con una persona que empieza á no ser grata, Atilio descubrió casi á diario numerosos motivos de molestia, que exponía á Toledo.
Su amigo el profesor pretendía burlarse de él, y no estaba dispuesto á tolerarlo. Un día había tenido que aguardar media hora en casa de su peluquero. El profesor ocupaba su sillón y empleaba á su manicura. ¡Un atrevimiento! Quería sin duda rivalizar con él, y por esto se hacía vestir por su mismo sastre de Niza. ¡Otra insolencia! Además, no sabía llevar la ropa... Hasta sospechaba que, para ser grato á su novia y á la protectora de ésta, debía permitirse hablar mal de cierta dama, ¡y si él llegaba á saberlo!...
Pero el coronel no prestó atención á tales amenazas. Las tristes novedades de la guerra quitaban toda importancia á los asuntos de su vida corriente.
Los alemanes seguían avanzando hacia París. El retroceso de los aliados continuaba bajo los repetidos golpes del enemigo. Las ilusiones de Toledo disminuían por momentos. Ya dudaba de todo. Los invasores eran de una superioridad numérica aplastante.
Sólo tenia una esperanza. ¡Si llegase á ser verdad el auxilio prometido por los Estados Unidos! ¡Si no resultase un _bluff_, como creían muchos!... Ahora, con la imaginación, sólo veía la América del Norte, sus puertos llenos de muchedumbres en armas, las azules planicies del Océano aradas por miles de buques que venían á desembarcar en Europa ejércitos interminables. Y como transcurrían semanas sin que se realizasen sus ilusiones, daba consejos á Wilson desde las arboledas de Villa-Sirena ó entre las columnas de jaspe del atrio del Casino.
--¿En qué piensa ese señor?... ¿Por qué no vienen? Si no se apresuran, todo habrá terminado antes de su llegada.
La discordia y la guerra le tocaron de más cerca, dentro de sus dominios, haciéndole considerar por unas horas la conflagración general como un asunto de secundario interés.
No supo ciertamente cómo se fué iniciando la pelea; pero una noche, durante la comida, notó que Castro y Novoa, con estudiada frialdad, cruzaban sus palabras lo mismo que si fuesen espadas. El príncipe no podía adivinar esta animadversión de sus dos amigos, pues nunca, en su presencia, abandonaban las formas corteses. Además, ocupado en sus propios pensamientos, no se dió cuenta de que el profesor se había vuelto algo pendenciero, excitado sin duda por la hostilidad de Atilio. Novoa hizo una leve alusión á la belicosa «Generala», que pretendía marcharse á París, como si su presencia pudiese influir en la guerra. Castro vió en esto un reflejo de la enemistad de la duquesa. Indudablemente, Valeria se había reído con él de los entusiasmos de doña Clorinda. Y cerró contra la protegida de Alicia, una hambrienta, una pedantuela, que se rozaba con señoras y sólo era una doméstica. El no comprendía los amores sentimentales con mujeres de esta clase... Sintió tentaciones de atacar igualmente á la de Delille, pero se contuvo recordando que era parienta del príncipe.
Los dos hombres quedaron silenciosos y pálidos, mirándose como enemigos.
Al día siguiente, Atilio, antes de marcharse al Casino, llamó aparte á don Marcos. Tal vez tuviese pronto un lance de honor: ¿podía contar con él para que le apadrinase?
El coronel se irguió, frunciendo las cejas con un gesto grave. Llevaba varios años sin cumplir esta solemne función, para la cual parecía haber nacido. Su último duelo databa de ocho años antes: un encuentro en la frontera italiana entre dos señores que se habían abofeteado por una trampa de juego.
Aún se hizo más sombrío su rostro mientras se inclinaba en señal de asentimiento, llevándose una mano al pecho. Como en don Marcos todas las acciones se acoplaban con detalles de indumentaria, y creía imposible realizar un acto sin el uniforme correspondiente, recordó en seguida cierta levita olvidada mucho tiempo en su ropero, á la que él llamaba «la levita de los desafíos»; una prenda negra, de corte napoleónico y largos faldones, que sacaba á luz siempre que era padrino y le pertenecía por su carácter militar dirigir el combate.
--Acepto. Un caballero no puede negar este servicio á otro caballero.
Y aceptaba con verdadero agradecimiento, pensando en la conveniencia de airear, fuera de su prisión alcanforada, aquella vestidura grave como la muerte.
Pero en la misma tarde le buscó Novoa. Este hablaba tímidamente, sin la elegante indiferencia de Castro, con cierta sospecha de que pudiera estar haciendo una necedad. Tal vez tuviese pronto un lance de honor.
--Como no entiendo de eso, coronel, usted será mi padrino... Mis estudios han sido otros; pero cuando se insulta á una señora, cuando veo atropellada á una joven indefensa, me considero tan hombre como el más valiente.
Don Marcos dió un salto... ¡Ah, no! Sus ojos se abrían á la verdad. Olvidó el oreo de su levita; podía seguir embalsamada en su encierro. Y como el profesor era menos temible que el otro, descargó en él su indignación. ¡Pensar en batirse por unas nonadas, cuando millones de hombres daban su sangre por grandes ideales!... Y él, que había recordado tantas veces como acciones heroicas sus trabajos de padrino, hizo un gesto repelente, lo mismo que si le propusieran algo contra su honor.
Pocos días después, Novoa habló al príncipe con una brevedad que ocultaba mal su emoción. Estaba muy agradecido al dueño de Villa-Sirena; nunca olvidaría la dulce existencia en este retiro; pero necesitaba volver á su antiguo alojamiento. Nuevos trabajos científicos le obligaban á vivir en Mónaco; el director del Museo se quejaba de sus ausencias.
Y se marchó, para instalarse en una pobre casa de la ciudad vieja, renunciando á las comodidades y abundancias de aquel palacio regentado por el coronel.
A pesar de tales excusas, el príncipe manifestó sus dudas á Toledo. No veía con claridad en esta fuga. Tal vez existía otro motivo que él no llegaba á adivinar.
--Sí; tal vez--contestó sonriendo don Marcos--. Debe ser asunto de faldas.
Asintió Miguel. Indudablemente, era por Valeria. Viviendo en Mónaco se consideraba más libre para sus entrevistas con aquella muchacha.
--¡Ay, las mujeres!--exclamó el príncipe--. ¡Qué poder tienen sobre nosotros!
--¡Y cómo perturban las relaciones entre los hombres!
La voz de Toledo al decir esto era tan desolada como fué la del príncipe al enumerar á sus amigos las ventajas de vivir alejados de la mujer. En cambio, Miguel aceptaba ahora la dominación femenil, y casi envidió á este sabio porque volvía á su antigua modestia para encontrar con más frecuencia á Valeria.
El era menos dichoso. Transcurrían los días sin que consiguiese repetir su paseo con Alicia por los jardines de Mónaco.
--Te amo--decía ella--. Puedes creer que no olvido aquella tarde... Más adelante haremos la misma excursión. Ahora no; sé cuál sería el final. Me es imposible... Pienso en mi hijo.
No dudaba Miguel de esto último; pero algo más que la inquietud por el ausente ocupaba el pensamiento de ella. Volvía á entregarse al juego con las cantidades encontradas en su casa. Hasta sospechó el príncipe si habría vendido ó empeñado el alfiler con que reparó el desgarrón de su vestido. Después de regalarle la perla de la princesa Lubimoff, no la había visto más. Alicia parecía insensible á los primeros esplendores de la primavera.
--Un día iremos--dijo, al recordarle él los jardines de San Martino--. Te lo prometo. Pero necesito verme libre de preocupaciones; haberlo perdido todo ó ganado todo. Debo aprovechar el tiempo... Ya ves; ahora la fortuna parece que vuelve á acordarse de mí.
Ganaba poco, pero ganaba; y esto le hacía esperar la repetición de aquella racha de buena suerte que había conmovido al Casino.
Por las noches se retiraba contenta. Tenía tres mil ó cuatro mil francos más; pero ¿qué era esto?... Se lamentaba de la escasez de su capital. Quería hacer el gran juego, para recuperar todo lo perdido. Así, poco á poco, no llegaría nunca. ¡Si pudiese reunir otra vez aquellos treinta mil francos, que subían ó bajaban, pero manteniéndose siempre fieles!...
Miguel permanecía en el Casino horas y horas, cerca de la mesa de ella, atisbando una ocasión propicia, sin poder conseguir mas que breves conversaciones en un descanso del juego ó al tomar el té en el _bar_ de los salones privados.
Una mañana fué á sorprenderla en su «villa». Eran las diez. Encontró á Valeria, que acababa de ponerse el sombrero y parecía contrariada por esta visita. Tal vez iba á Mónaco; tal vez su hombre de ciencia la aguardaba en alguna callejuela de Monte-Carlo.
--La duquesa se fué á la fábrica--dijo sonriendo--. Debe estar ya en pleno trabajo.
El Casino era «la fábrica» para los jugadores, y llamaban de buena fe «trabajar» á sus angustias y cabildeos en torno de las mesas.
Sin duda había pasado gran parte de la noche haciendo números, para correr al Casino á la hora de su apertura, con los ojos cargados de sueño, sin fijarse en el adorno de su persona, como si le faltase el tiempo para poner en práctica alguna portentosa combinación acabada de inventar.
Siempre que la encontraba, el príncipe, con una astucia pueril, aludía á la suerte de su hijo. Sólo así lograba que saliese de sus preocupaciones de jugadora que la tenían en perpetua distracción, hablando y sonriendo automáticamente, con una mirada de sonámbula.
Lubimoff le mostró una tarde varios telegramas y cartas de Madrid, de París, de Berna. Reyes y ministros se ocupaban en averiguar la suerte del aviador desaparecido. Hasta de Berlín llegaba la promesa, por conducto de una Legación neutral, de buscar á este joven en todos los campos de prisioneros. Sospechaban que debía estar confinado en Polonia en un campamento de castigo.
Alicia se lanzó con vehemencia á medir el tiempo, como si la anhelada noticia fuese á llegar de un momento á otro.
--¡Por Dios te lo pido, Miguel! Escribe, telegrafía hoy mismo. Diles á esos señores tan buenos que me contesten directamente. Podría llegar el telegrama ó la carta á tu «villa» mientras tú estas fuera, ¡y yo sin saber nada horas y horas!... No; que se dirijan á mí. Todos los días, al salir, le encargo á mi jardinero que si llega un telegrama me lo traiga al Casino. ¡Figúrate mi impaciencia!... Di que vas á hacer eso. Prométeme que no lo olvidarás.
Lo único que podía olvidar el príncipe eran sus asuntos personales cuando estaba al lado de Alicia. Sólo pensaba en el descubrimiento de aquel cautivo, del que dependía su felicidad.
--¡El día que sepa con certeza que vive!... Verás entonces cuán distinta soy. No te aburriré con mis tristezas: encontrarás á otra mujer.
Y efectivamente, su sonrisa, sus miradas prometedoras, le hacían encontrar otra vez á la Alicia que había marchado junto á él por el camino de la costa con la boca pegada á la suya en un beso interminable.
Al quedar solo, le asaltaban sus propias tristezas y preocupaciones. Había recibido noticias de Rusia por varios fugitivos que acababan de librarse de la persecución revolucionaria. Los que administraban sus bienes allá habían sido asesinados. El palacio Lubimoff servía de residencia á un comité bolchevique. Sus minas eran propiedad nacional, aunque nadie las trabajaba; sus tierras estaban repartidas; varios personajes obscuros, antiguos ropavejeros y comerciantes de líquidos alcohólicos, se habían hecho dueños de sus casas, no sabía cómo. Y al mismo tiempo que estas noticias inquietantes para su porvenir, llegaban otras que le herían en sus mejores recuerdos. Una gran dama de la corte, con la que había tenido unos amores de grata memoria, vendía ahora periódicos en las calles; otra muy elegante, que lanzaba las modas en Petersburgo, barría la nieve y había perdido varios dedos por el frío. Podía contar á docenas sus amigos muertos; unos, en montón, á tiros de revólver, en el fondo de una mazmorra; otros, fusilados. Varios habían perecido de hambre, como morían años antes los de abajo, que ahora tomaban su desquite.
Todos estos horrores despertaban su egoísmo, haciéndole encontrar nuevos encantos á su situación. El mundo había caído en una demencia sanguinaria. En Oriente y Occidente los hombres se agitaban como fieras, mientras él permanecía tranquilo junto al más risueño de los mares, con una pasión, con un deseo que llenaba su existencia, poco antes vacía, resucitando los entusiasmos y las vehemencias de la juventud. A la misma hora en que tantos miles de seres morían en masa, borrándose pueblos enteros de la superficie del planeta, él vivía sometido á una mujer, y encontraba muy dulce esta servidumbre...
Una tarde, en el _bar_ de los salones privados, Alicia le habló con resolución. Necesitaba hacer el gran juego. Ya estaba harta de «trabajar» con pequeñas cantidades, consiguiendo ganancias modestas. Además, despreciaba el Casino, con sus puestas limitadas, su ruleta y su «treinta y cuarenta», juegos casi mecánicos en los que no se ve enfrente á un banquero, sino á simples empleados, lo que da la impresión de estar luchando con una máquina formidable, pero de funcionamiento monótono, sin fantasía, sin alma. Ella necesitaba el _baccará_. Tenía reunidos otra vez treinta mil francos: ¡ó la gran ganancia ó nada! Prefería perderlo todo y acabar de una vez.
--Esta noche en el _Sporting_. No digas que no: te necesito. Tengo la corazonada de que esta noche va á ser decisiva para mí... y tal vez para ti. Colócate enfrente: que yo te vea. Acuérdate que en las tardes buenas tú estabas cerca. Me darás la suerte... No muevas la cabeza; te digo que me darás la suerte.
Lo afirmó con tal convicción, que Miguel desistió de su negativa.
--Ven; tú ganarás: te lo prometo. Vas á ganar, sea cual sea el resultado. Si me dejan limpia, mañana pasearemos por los jardines de Mónaco, como la otra vez. Y si gano... ¡si gano lo que yo deseo!...
No necesitó decir más. Su mirada y su sonrisa entusiasmaron á Miguel. Le vería en el club.
Aquella noche, Castro y Toledo se sorprendieron al notar que el príncipe se sentaba á la mesa vestido de _smoking_ lo mismo que ellos.
--El patrón no se queda en casa--dijo Atilio al coronel--. Va á la ópera, como nosotros.
Fué al teatro del Casino para distraerse hasta media noche. No supo con certeza qué personas le hablaron en los entreactos ni qué manos estrechó. Tuvo que hacer un esfuerzo repetidas veces para acordarse del título y del autor de la ópera. Lo mismo le daba esta música que otra. Era un arrullo que mecía sus pensamientos, calmando su emoción: una emoción compuesta de miedo y de esperanza.
En el primer acto, deseó que Alicia lo perdiese todo, absolutamente todo; así sería más suya, dependería en absoluto de él, con una esclavitud dulce. Luego, en los actos sucesivos, pensó en la desesperación de Alicia después de esta pérdida. Era una apasionada, que ponía en el juego vanidades de artista. Lamentaría tal vez, más que el dinero desaparecido, su fracaso personal. No; era preferible que ganase. Pero ¡qué larga resultaba esta música!... ¡con qué lentitud marchaba el reloj!...
Pasadas las once, cuando fué aclarándose en el atrio el público salido de la ópera, Miguel se metió en un ascensor, que le hizo bajar á las entrañas del suelo, y siguió después un subterráneo, cuyo estuco policromo reflejaba el brillo de las luces eléctricas. Marchaba por debajo de la plaza del Casino, cruzada en aquel momento por numerosos carruajes. Otro ascensor le subió á un gran salón con columnas. Era el _hall_ del Hotel de París. Vió damas vestidas de _soirée_, señores puestos de _smoking_, la concurrencia habitual de los hoteles de lujo, que se pone su uniforme para comer y se queda haciendo la digestión en los profundos sillones, mirándose sin decir nada ó hablando en voz baja, lo mismo que en una iglesia, hasta que la rinde el sueño.
Saludó de lejos á varios conocidos que se incorporaron deseosos de entablar conversación, fingió no ver á ciertas damas que le sonreían, moviendo la cabeza para llamarle, y entró en un segundo ascensor, hundiéndose de nuevo en la tierra. Este subterráneo era curvo y sus paredes decoradas con pinturas pompeyanas. Se extendía por debajo de dos hoteles y sus jardines. De nuevo una caja ascendente lo llevó más arriba de la superficie del suelo. Abrió una puerta de cristales. Un viejo lacayo con casaca azul, calzón corto y medias blancas se inclinó algo sorprendido al reconocer después de una breve vacilación al príncipe Lubimoff. Estaba en el _Sporting-Club_.
Hacía años que no había entrado allí: desde antes de la guerra. El no era jugador, y sólo su interés por algunas mujeres le había hecho pasar las noches en esta sociedad elegante, que, como muchas de su clase, no era mas que un garito.