Los enemigos de la mujer

Part 23

Chapter 233,799 wordsPublic domain

--¡Déjame!... Esto es ridículo. ¡Acabemos!

Y el sombrero del príncipe rodó de escalón en escalón, bajo un golpe de aquellas manos finas que se defendían á ciegas.

Este incidente le devolvió su serenidad. Sí; efectivamente, era ridículo. Y como viese en Alicia la intención de desandar el camino, volviendo á los jardines, Miguel, para inspirarle confianza, corrió escalera abajo, sin volver la cabeza, sin preocuparse de si ella le seguía.

Se juntaron al borde del mar, en un ancho camino que serpenteaba entre las rocas sueltas orladas de espuma y las paredes casi verticales del acantilado. Las mesetas y oquedades de la piedra habían sido aprovechadas, en este promontorio de escasas superficies horizontales, para construir algunos edificios que albergaban á las familias de los empleados de Mónaco. En el filo del acantilado aparecía, como una cabellera verde, la línea bordeante de los jardines altos, cortada á trechos por viejas obras de fortificación.

Eran bastiones en declive, con garitas salientes en sus ángulos, iguales á los que se ven en los viejos grabados ó en las decoraciones de teatro. Enormes lápidas de piedra con caracteres latinos cantaban la gloria de los diversos príncipes soberanos que habían hecho construir estas costosas obras de defensa, ahora anacrónicas é inútiles. Lubimoff esperaba ver surgir de las garitas algún granadero de uniforme blanco y vueltas de grana, llevando sobre el negro mostacho y la peluca con polvos una mitra de oro.

Caminaron lentamente en el crepúsculo. Arriba, la luz anaranjada del ocaso enrojecía suavemente las aristas de la roca, las arboledas, las fachadas blancas. Al borde del mar, la sombra era azul, una sombra de noche lunar. El cielo ensangrentado por la puesta del sol permanecía invisible para ambos detrás del peñón de Mónaco. Sólo podían contemplar el cielo de la parte de Italia, cada vez más obscuro, más denso, preparándose á dar paso á las primeras punzadas luminosas de las estrellas.

Se cruzaron con varios pescadores que regresaban á sus viviendas cargados de cestos y redes.

Alicia experimentaba inquietud en algunas revueltas completamente solitarias. Luego, al ver una casa ó un transeunte que se iba aproximando, reanudaba su conversación. Lo que ella temía era un alto en el camino, sentarse con el príncipe en el pequeño parapeto que bordeaba la costa. ¡Mientras siguiesen marchando!...

Dejó sin protesta que Lubimoff pasase un brazo por otro suyo, apoyándose en él. ¡Se expresaba con tanta humildad!... Parecía arrepentido de sus atrevimientos; le pedía perdón con su pálida sonrisa. Además, le hablaba de su hijo con un optimismo acariciador. Todos los temores de ella eran infundados; su hijo volvería: estaba seguro de ello. Iba á recibir buenas noticias de un momento á otro; tal vez aquella misma noche.

Era un hombre, y por mucho que amase á su madre acabaría por amar á otra mujer con mayor vehemencia, creándose una vida aparte, como todos los demás.

--Y tú, que aún puedes considerarte joven, que tienes derecho á largos años de ventura, ¿quieres renunciar á todo, como una vieja?... ¿Por qué? ¿Qué adelantas con eso?...

Ella bajaba la frente sin saber qué contestar, y su turbación era tal, que no hizo el menor movimiento cuando el brazo de Miguel dejó de apoyarse en el suyo para ceñir su talle. Así avanzaron, estrechamente ligados, formando un solo cuerpo, dando paso tras paso instintivamente, sin saber hacia dónde marchaban. El, con los ojos puestos en ella, espiaba su rostro, esperando la caída de una mirada, de un monosílabo de aceptación. Alicia temía encontrarse con estos ojos implorantes, y entornaba los suyos.

--Di que sí--murmuró Lubimoff--, di que quieres. Por algo nos hemos encontrado; por algo viniste á buscarme. Vamos á rehacer unas vidas que se torcieron por nuestra vanidad y nuestro orgullo. Seamos, aunque algo tarde, lo que debimos ser.

--No--suspiraba Alicia--, no puedo... ¡Mi hijo!...

Y á continuación se apresuró á murmurar, como arrepentida:

--Sí; tal vez... más adelante... Pero ahora, no. ¡Qué vergüenza!... Cuando yo esté tranquila, cuando no sienta esta preocupación que me destroza... Te quiero; ¿te basta con eso? Te quiero...

Estas dos palabras le bastaban al príncipe. El, que había llegado con tantas mujeres á los mayores extremos de dominación, sin sentirse nunca ahito, se contentaba con la breve frase, que tenía para sus oídos una música dichosa.

Fué subiendo su brazo más arriba del talle de Alicia, mientras con la otra mano reclinaba su cabeza en uno de sus hombros.

Sonó un beso, un larguísimo beso, sin que se detuviese la marcha de los dos. La mujer no opuso resistencia, y poco después, su boca, animada por un despertar febril, se unió á este beso, haciéndolo más apasionado, más vibrante é interminable. Ya no sentía miedo; seguían caminando, y á su enamorado le era imposible repetir las osadías del jardín. Es más: se confesaba interiormente, con cierta vergüenza, el deleite que esta caricia andante resucitaba en ella.

--Te quiero--suspiró, sin saber lo que decía--, te quiero; ¡pero lo otro, no!... Amémonos como si fuésemos muchachos. Es ridículo á nuestra edad... ¡pero tan dulce!

En aquel momento, el alma de Lubimoff era igual á la suya. Este simple beso le pareció el mayor de los placeres que había conocido. Encontraba á la vida un encanto nunca sospechado. Creyó contemplar el paisaje más hermoso de la tierra. ¡Qué interesantes las viejas fortificaciones! ¡Qué grande hombre Alberto de Mónaco al construir esta ruta asfaltada y solitaria, para que él marchase prendido por su boca á la boca de una mujer!...

Caminaban lo mismo que si estuviesen ebrios, en continuo zigzag, desde el parapeto al corte del acantilado, labios con labios, los ojos tocándose, como si nada existiese más allá, é imaginándose buenamente que marchaban en línea recta. Desde lejos les hubiesen creído dos adversarios que luchaban, tambaleándose con los empujones de la pelea.

El, dominado repentinamente por el deseo, quedó inmóvil y se negó á seguir adelante.

--¡No... no!

Alicia protestaba ante el peligro, quebrantada aún su voluntad por las emociones recientes, pero esforzándose por mantener su negativa.

La boca de él se había separado de la suya. Sus ojos brillaban con un estrabismo agresivo. Las manos bajaron á lo largo del cuerpo femenil, ganchudas como garras.

--¡No quiero; te he dicho que no quiero!... ¡Sigamos!

Ella se agitó entre sus brazos con una agilidad de gimnasta, y al salir de este encierro sonó un crujido de tela desgarrada.

--¡Mira, bárbaro!... ¡mira lo que has hecho!

Estaba inmóvil, con la boa de piel cayéndose de uno de sus hombros, mientras buscaba en el otro el rasguño que acababa de sufrir su vestido.

Miguel, colocándose á sus espaldas, vió que tenía una manga casi suelta, dejando ver la blanca carne del brazo y la deliciosa oquedad de la axila con su fino musgo.

Se arrepintió de su violencia, de sus maneras, que rompían al acariciar, como las de un marinero ebrio.

Otra vez se apiadó Alicia de su confusión infantil.

--No vale la pena. Es un vestido de hace dos años; está tan viejo, que se rompe con solo mirarlo... Inconvenientes de pasear con una pobre.

Después la preocupó este rasguño tan visible. Iba á entrar en Monte-Carlo, á pie ó en tranvía; ¡qué dirían viéndola en tal estado!

--Un alfiler; ¿tienes un alfiler?

Esta petición aumentó el remordimiento del príncipe. ¿Dónde puede encontrar un hombre un alfiler?... Mientras Alicia buscaba en sus ropas inútilmente, él pensó en regresar al Museo ó escalar los peñascos hasta una de aquellas casas donde vivían los empleados del príncipe. Habría dado cien francos por un alfiler... pero se acordó de que no tenía nada en sus bolsillos.

Empezó á registrarse lo mismo que ella, aunque tenía la certeza de que la rebusca era inútil.

De pronto sonrió triunfante.

--Toma el alfiler.

Era el de su corbata; una perla famosa, muy admirada por las mujeres, y que no había querido dar nunca, por ser regalo de la princesa Lubimoff.

Tuvo que encargarse él mismo de arreglar la rotura de la espalda, suspirando de angustia.

--No sabes--decía riendo Alicia--. Cuidado, que me pinchas. ¡Qué torpe!

Pero él acabó por sentirse contento de su torpeza. Acariciaba el desnudo brazo con sus dedos, se estremecía al rozar aquel pliegue de la carne que guardaba en su sombra aterciopelada cierto misterio sexual.

--¡Quieto!--chilló ella--. No vuelvas á las andadas; mira que me enfado... Bien está así... ¡Vámonos!

Se echó atrás la boa para ocultar el torpe remiendo y la perla, que resaltaba con una magnificencia incoherente. Volvieron á marchar, sin que Miguel intentase nuevas audacias. El último incidente le había hecho circunspecto. Insultábase en su interior, considerándose un bárbaro, incapaz de vivir entre verdaderas señoras.

Al llegar á la última revuelta salieron de la penumbra azul del acantilado. Sobre sus cabezas tenían el ángulo final del baluarte y una garita de piedra; enfrente el puerto, con su boca flanqueada de dos torrecillas luminosas, y en la ribera opuesta la altura de Monte-Carlo, sus edificios enormes, sus cúpulas charoladas, que reflejaban el último fuego rosa del crepúsculo.

Los dos se detuvieron instintivamente. En mitad del puerto, el yate blanco del príncipe de Mónaco estaba inmóvil, tirando de su boya. Junto al muelle cercano unas cuantas tartanas cabeceaban, moviendo su mástil único, y un vapor español, ostentando su bandera neutral, descargaba sacos de arroz y toneles de vino. La presencia de varios grupos de hombres diseminados frente á las embarcaciones les impuso prudencia. Dejaban de estar solos. Habían entrado de nuevo en la vida.

--¡Qué corto el camino!--exclamó el príncipe.

Lo mismo pensaba ella. «Sí, ¡qué corto!»

No debían marchar juntos. Era preciso despedirse allí, lejos de la gente.

Alicia lo tendió sus dos manos.

--¿Nada más?--suspiró Miguel.

Vaciló la duquesa un instante. Luego, con una agilidad de muchacha, como si aún fuese la amazona endiablada del Bosque de Bolonia, saltó hacia él con los brazos abiertos.

--Toma... toma... y toma.

Fueron tres besos rápidos, fulgurantes, que sólo duraron un segundo; tres besos que hicieron pensar á Lubimoff si lo ignoraría aún todo en la vida, pues nunca había sentido el estremecimiento que circuló por su cuerpo desde el cerebro á los pies.

--¡Más!... ¡dame más!

Ella rió de su gesto implorante.

--Se acabaron las locuras... Otro día, ¡quién sabe!... Ahora vuelvo á mis preocupaciones. Me da miedo entrar en mi casa; siento terror y esperanza. ¡Ay, la noticia que puedo recibir de un momento á otro!... Di: ¿tú crees de verdad que no le ha pasado nada?... ¿tú crees que podrá volver?...

VIII

Spadoni entró en la habitación de Novoa con el propósito de hacerle hablar. Creía ahora fervorosamente en la ciencia del profesor, y al verlo predispuesto al juego y reflexionando sobre sus misterios, esperaba de él, con la simplicidad del creyente, algo milagroso, un descubrimiento genial que los enriqueciese á los dos. Por esto el pianista se levantaba antes que de costumbre, para sorprender al catedrático durante sus ocupaciones de limpieza personal. Consideraba estas horas las mejores para una confidencia.

--La palabra azar--dijo Novoa--carece de sentido; mejor dicho, no existe el azar. Es un invento de nuestra debilidad y nuestra ignorancia. Decimos que un fenómeno es debido al azar cuando sus causas nos son desconocidas ó nos parecen inaccesibles al análisis. Ignoramos las causas de la mayor porte de los hechos, y salimos del paso atribuyendo éstos al azar.

El músico abrió sus ojos de odalisca, contrayendo á la vez el rostro aceitunado con un gesto de atención y respeto. No entendía bien las palabras del sabio, pero las admiraba de antemano, como un preludio de revelaciones más practicas y de inmediata aplicación.

--Todo fenómeno--continuó Novoa--, por mínimo que parezca, tiene una causa, y un hombre de cerebro infinitamente poderoso, infinitamente informado de las leyes de la Naturaleza, sería capaz de prever todo lo que puede ocurrir dentro de unos minutos ó dentro de unos siglos. Con un hombre así sería imposible jugar á ningún juego. El azar no existiría para él. Poseyendo el secreto de las pequeñas causas que hoy escapan á nuestra inteligencia y de las leyes que rigen sus combinaciones, sabría perfectamente todo lo que puede surgir del misterio de la baraja ó de los números de la ruleta. No habría quien le resistiese.

--¡Oh, profesor!--suspiró admirado el pianista.

Hacía votos mudamente por que su ilustre amigo siguiese estudiando. ¡Quién sabe si llegaría á ser ese hombre todopoderoso, y, apiadándose de él, lo llevaría á la rastra de su gloria!

Novoa sonrió de la candidez de Spadoni y siguió hablando.

--El número de hechos que atribuímos á ese azar (que no es mas que una causa ficticia creada por nuestra ignorancia) varía, del mismo modo que varía la ignorancia, según los tiempos y según los individuos. Muchas cosas que son azar para el iletrado no lo son para el hombre estudioso. Lo que hoy es azar no lo será tal vez dentro de algunos años. Los descubrimientos científicos acabarán por restringir considerablemente el dominio del azar al disminuir nuestra ignorancia.

Se dilató el rostro del pianista con un gesto de ilusión.

--Usted es un sabio, profesor, ¡un gran sabio!... No mueva la cabeza; yo sé lo que digo. Y tengo la seguridad de que si continúa estudiando estas materias importantes, encontrará una martingala que...

Le interrumpió el español, señalando á una baraja sobre una mesa próxima. Se adivinaba que había hecho estudios durante la noche, antes de acostarse. Esta baraja era para Spadoni un testimonio de laboriosidad científica, más digno de respeto que todos los libros procedentes de la biblioteca del príncipe que estaban olvidados en los rincones. El catedrático se preocupaba ahora de los misterios del azar, y Spadoni estaba convencido de que encontraría algo mejor que todo lo que llevaban inventado los simples jugadores.

Pero su esperanza se desvaneció ante el gesto desalentado de Novoa.

--Mire usted esta baraja: unos cuantos pedazos de cartón, ¡y sin embargo, resulta inmensa como el universo! Hace sufrir el vértigo del infinito, lo mismo que cuando se mira arriba con el telescopio ó abajo con el microscopio. ¿Sabe usted cuántas combinaciones pueden hacerse con una baraja de cincuenta y dos cartas?... No sé cómo decírselo: ni el diccionario ni la aritmética conocen esta cifra por inútil, pues está mas allá de los cálculos humanos. Inventemos la palabra: ochenta undecillones, ó sea un 8 seguido de sesenta y siete ceros... Dos hombres que se pusieran á jugar con una baraja de cincuenta y dos cartas y jugasen una partida por minuto, siendo en cada partida el juego diferente, sólo llegarían á agotar todos las combinaciones posibles después de cien millones de siglos.

Se hizo un largo silencio, como si el ambiente de la habitación quedase agobiado por el peso de estas cifras inconcebibles. Spadoni bajaba la cabeza.

--Ahora, dígame usted--continuó el profesor--qué puede un pobre ser humano, con todos sus cálculos de probabilidades, contra este infinito.

Y agarrando un puñado de cartas, las dejó caer de nuevo sobre la mesa, como una lluvia susurrante de colores.

--Todo depende del azar--añadió--, ó mejor dicho, del error. Perdemos por error y ganamos por él igualmente. Nuestro error es el resultado de una infinidad de errores infinitesimales debidos á otra infinidad de pequeñas causas, cuyo análisis no podemos intentar siquiera. Estas pequeñas causas son independientes las unas de las otras, y como es el azar quien las dirige, obran tan pronto en un sentido como en otro. Cuando el error infinitesimal es positivo, nos hace ganar; cuando es negativo, perdemos.

Spadoni movió la cabeza afirmativamente, aunque sin entender gran cosa. Lo único claro para él era lo de los errores infinitesimales que hacen perder. Los conocía; eran á modo de microbios, de gérmenes maléficos, adheridos á él para siempre. Y deseaba que su sabio amigo encontrase un antiséptico para exterminarlos.

--Además--dijo Novoa--, si existen probabilidades de ganancia, estas probabilidades son proporcionales á las fortunas de los jugadores. Un jugador pobre tiene menos probabilidades de ganar que otro que disponga de capitales.

--Entonces, ¿nosotros...?--preguntó melancólicamente el músico.

--Nosotros estamos abajo y hemos nacido para víctimas. El juego es una imagen de la vida: los fuertes triunfan sobre los débiles.

Spadoni quedó pensativo.

--Yo he visto--dijo--jugadores ricos que acaban arruinándose como los demás...

--Porque no se retiran á tiempo, cuando la fuerza de resistencia de sus capitales hace llegar la hora de la ganancia. También, en la vida, los grandes devoradores, los hombres de espada, los multimillonarios, los gobernantes, son á su vez devorados por una nivelación final: la muerte. Pero antes de esto triunfan por los medios poderosos que la suerte ha puesto en sus manos. Nosotros los pobres no triunfamos jamás un día entero. Querer ganar una fortuna enorme con un pequeño capital equivale á querer perder el pequeño capital.

Los dos quedaron desalentados; pero Novoa parecía haber sufrido el contagio de las ilusiones de su compañero, y sintió la necesidad de reanimarse con una fantasía de jugador.

--¿Sabe usted, Spadoni, cuánto puede ganarse con mil francos? Anoche me entretuve haciendo el cálculo.

Y señaló un pedazo de papel lleno de cifras que asomaba entre los naipes. ¡Lo mismo que el pianista!...

--Con mil francos, siempre doblando durante ciento cuarenta y tres partidas (unas cuatro horas), se puede ganar un bloque de oro cien mil millones de veces más grande que el sol.

--¡Oh, profesor!...

Se miraron los dos con unos ojos de ardor místico, como si realmente estuviesen contemplando este bloque inconmensurable. ¿Qué representaba al lado de tal visión la ganancia de unos cuantos miserables millones?...

* * * * *

Toledo se iba dando cuenta poco á poco de las paulatinas transformaciones de su amigo el sabio.

Le preocupaba mucho el adorno de su persona; había pedido al coronel que lo recomendase á su sastre de Niza; hacía frecuentes viajes á esta ciudad sólo para sus compras.

Además, jugaba. Don Marcos le sorprendió repetidas veces junto á una mesa del Casino, de pie y meditando antes de arriesgar alguna de las fichas que formaban breve columna oprimidas por su diestra. Parecía deslumbrado por la facilidad de sus ganancias. Eran pequeñas cantidades, pero ¡tan considerables en comparación con las que había recibido por sus trabajos anteriores! Media hora le bastaba para ganar el sueldo de un mes. Una tarde había llegado á reunir tres mil francos: más de medio año de trabajo en la cátedra y el laboratorio....

Monte-Carlo le parecía un país interesante y la vida en él un descanso plácido, que resaltaba sobre la monotonía parda y laboriosa de su existencia anterior. El Museo Oceanográfico podía aguardarle: no se movería durante su ausencia de la punta del peñón de Mónaco. Los estudios de la fauna marítima no iban á progresar en unos cuantos meses. Y cuando el director le veía entrar de tarde en tarde, con un aire decidido, en el ambiente reposado y silencioso del Museo; cuando reparaba en sus trajes flamantes, en la exactitud con que seguía las modas masculinas, balanceaba la cabeza melancólicamente. No era el primero. ¡Ah, Monte-Carlo!... Los viejos profesores miraban con un ceño de profeta á la ciudad de enfrente. Jóvenes llegados de diversos lugares de la tierra para estudiar los misterios del Océano acababan por hacer cálculos matemáticos sobre las probabilidades de la ruleta.

--Y además, tiene el amor--decía Castro al comunicarle Toledo sus impresiones sobre Novoa--. Cuando no juega está al lado de esa Valeria.

Eran novios. El profesor lo había comunicado misteriosamente á todos sus amigos, luego de rogar á cada uno que guardase el secreto. Después de sus fútiles galanteos de estudiante, éste era el primero, el gran amor de su existencia. Le inquietaba un poco la humildad de su situación. ¿Qué diría Valeria, cuando fuese su esposa, al enterarse de lo poco que ganaba como sabio?... Pero inmediatamente ponía su esperanza en el juego, aquella fortuna no sospechada que se le ofrecía ahora diariamente.

--Que siga esto unos cuantos meses--afirmaba ante el coronel--, y habré reunido un capitalito antes de terminar el período de mis estudios. Todos los días guardo algo, y eso que ahora gasto más que nunca. Hay que ser _chic_, como mi novia.

Toledo se limitaba á contestar con una sonrisa equívoca.

La dicha de Novoa iba acompañada de cierto orgullo. Tenía á su futura compañera por una gran dama, de mayor capacidad intelectual y más serios estudios que todos las de su clase. Era pobre, y por eso vivía en un estado casi de servidumbre. Pero viéndola en trato familiar con la duquesa de Delille, la consideraba tan importante como la otra, acabando por confundir las cosas de ambas en un interés común. Y como doña Clorinda era ahora adversaria implacable de Alicia, y Atilio admitía ciegamente las ideas y caprichos de «la Generala», una sorda animosidad empezó á surgir entre los dos hombres, que hasta entonces se habían tratado con amable indiferencia.

--¡Las mujeres!--murmuraba Toledo al observar este odio progresivo--. Bien decía el príncipe...

Pero otras preocupaciones más importantes atormentaron al coronel. Se había iniciado la temida ofensiva. Los telegramas de la guerra eran lacónicos y tristes. Retrocedían los aliados ante el avance alemán. Sus líneas no se rompían, pero vacilaban, se encorvaban bajo los abrumadores golpes del enemigo. Todos los días se perdían docenas de pueblos y grandes espacios de terreno.

Don Marcos protestaba de la imprevisión de los generales con una cólera de primario, uniendo sus quejas á las del vulgo.

--Ya lo anuncié yo--decía con suficiencia en los corrillos del atrio del Casino, donde le escuchaban por su condición de militar--. El kaiser ha aglomerado en Francia todas las tropas que tenía en Rusia. ¿Quien no esperaba esto?... Y los nuestros son indudablemente inferiores en número.

El bombardeo de París acabó de desorientarle en sus apreciaciones de estratega. «¡Mentira!», dijo trente al tablón de los telegramas, al leer que los primeros proyectiles habían caído sobre París. No era posible: lo afirmaba él, que estaba bien enterado del alcance de la artillería moderna. Y al conocer la existencia de cañones que tiraban a más de cien kilómetros, quedó desconcertado. «¡Qué tiempos! ¡qué guerra esta!»

Cuando le consultaban las señoras en el Casino ó en el Hotel de París, mostraba un optimismo inquebrantable ante las malas noticias.

--Eso no es nada: va á venir la reacción. Los nuestros se retiran para tomar mejor la ofensiva.

Al quedar solo, se desplomaba esta seguridad, dejando al descubierto una fe vacilante, igual á la de los otros.

--Van á llegar hasta París, si Dios no lo remedia--se decía--. Será necesario un milagro, otro milagro como el del Marne.

Porque el buen coronel seguía creyendo firmemente que la primera batalla del Marne había sido un milagro de Santa Genoveva, de Juana de Arco ó de otra personalidad bienaventurada que podía intervenir en los combates de los hombres, como intervenían los falsos dioses cantados por Homero. ¿No peleó Santiago en las batallas de España siempre que los cristianos atacaban á los moros?...

--El prodigio ha resultado inútil--decía amargamente--. Habrá que repetirlo; habrá que empezar otra vez, después de cuatro años de guerra.

Con el bombardeo de París se había acrecentado muchísimo en unas semanas la población de la Costa Azul. Los trenes llegaban desbordantes de fugitivos. Las calles de Niza estaban repletas de forasteros como en los años de paz, cuando se celebraban las fiestas de Carnaval. Monte-Carlo veía aumentar considerablemente su público y se abrían nuevas salas en el Casino.