Los enemigos de la mujer

Part 22

Chapter 223,946 wordsPublic domain

--Nosotros mismos--añadió él, después de una larga pausa--sólo nos conocemos verdaderamente desde que perdimos nuestra riqueza. ¡Quién sabe si de nacer pobres nos hubiésemos entendido mejor en nuestra juventud!... Muchas veces lo he pensado.

Era cierto; y desde que estaba aquí en el banco, al lado de ella, pensaba lo mismo. La alegría de Alicia ante la tarde esplendorosa, su entusiasmo al verse en este jardín rústico frente al mar, lejos de ciertas gentes sin las cuales no creía antes tolerable la existencia, lejos del juego, que era el único remedio para el vacío de su vida, todo esto halagaba al príncipe, como un descubrimiento de acuerdo con sus gustos. La veía ahora muy distinta á como se la había imaginado en otros tiempos. Y él también aparecía seguramente ante los ojos de ella de otro modo que en el pasado. Una muralla enorme los separaba antes: la riqueza, engendradora del orgullo y del afán de dominación.

Sintió una necesidad de seguir hablando. Algo hervía en su interior, haciendo subir las palabras á la boca con una marea irresistible.

«Vas á cometer una necedad enorme... ¡Atención!... Buscas complicar tu existencia...»

Era el antiguo Lubimoff el que hablaba en su interior; el Lubimoff recién llegado de París para refugiarse en su Arca, lejos de todos los afectos vanos que forman la felicidad de la mayoría de los hombres; el áspero maestro de «los enemigos de la mujer».

La voz ronca y plañidera no levantó ningún eco. El príncipe despreciaba á este fantasma que aún se mantenía en su interior, gimiendo sobre ruinas.

Había permanecido hasta entonces aspirando con delicia el perfume de aquella mujer, que al mezclarse con el perfume de la tarde parecía comunicar su esencia á toda la Naturaleza. Veía el cielo, el mar, los árboles, todo á través de ella, como si llenase el espacio.

También él había hecho un descubrimiento. Pensaba con horror en la solitaria Villa-Sirena, como la otra pensaba en el Casino. Le parecían más hermosos estos jardines de disfrute común que los de su propiedad, que todos le envidiaban. ¿Cómo podía haberse paseado solo en torno de su «villa», por las avenidas magníficas y solitarias, cuando existía en el mundo la voluptuosidad de sentarse en un banco público al lado de una mujer, ó caminar junto á ella pasando un brazo por su talle, lo mismo que aquellos pobres soldados y marinos?...

«¡Muy bien, príncipe!... Enamorado como un adolescente pasados los cuarenta. ¡Adelante con tus necedades, si eso te divierte!... ¿Qué dirían los otros enemigos de la mujer?»

Pero él no quiso oir esta última protesta de una mitad de su persona, olvidada y hostil.

--Nuestra vida ha sido un engaño--dijo en voz alta, con cierta violencia, para no dejar traslucir su emoción--. Tú debes estar convencida de ello... Y también te das cuenta de que yo pienso lo mismo... de que reconozco mi error... Porque yo... porque yo, desde hace tiempo... ¡yo te amo!... Ya está dicho: ahora ríete si quieres.

Ella no quiso reir. Lanzó una ligera exclamación, le miró un instante y volvió la cara, como si huyese de la interrogación de sus ojos. Había presentido la llegada de esto de un momento á otro, ¡pero la sorpresa de escucharlo en la realidad!...

Hubo un largo silencio.

--¿Qué contestas?--preguntó al fin con timidez el famoso príncipe Lubimoff, adorado por tantas mujeres.

Alicia volvió á mirarle.

--¿No es una broma?... ¿No es un capricho que te ha sugerido la hermosura de esta tarde tan... poética?

Miguel protestó con el gesto. ¡Considerar capricho aquella decisión grave que venía preparada por largas y penosas contradicciones interiores, lo mismo que un gran pensamiento!...

--Si yo fuese como las más de las mujeres, te contestaría: «¿A cuántas has dicho lo mismo?» Pero esta pregunta es estúpida. Se puede haber dicho «Yo te amo» á una mujer con toda sinceridad, y algún tiempo después repetir lo mismo á otra, con más sinceridad aún... No quiero preguntarte á cuántas has dicho lo mismo; tal vez no lo has dicho á ninguna. Tú no necesitabas esforzarte, fingiendo la comedia del gran amor, para conseguir tus deseos: te esperaban anhelantes; te bastaba arrojar tu pañuelo de sultán... ¡Pero á mí!... Haz memoria, Miguel: de muchachos nos odiamos; después, cuando yo quise, tú no quisiste... ¡y ahora que ya empezamos á ser viejos!... ¡ahora que sólo poseo los restos de lo que fuí, que carezco de libertad, pues tengo... lo que tú sabes! Es un disparate, y por eso río. No: ¡nunca!

El príncipe habló á su vez. Se habían odiado, era cierto, y este odio lo consideraba ahora como una felicidad. ¡Qué desgracia la suya si hubiesen unido por el matrimonio sus dos enormes fortunas y sus dos orgullos todavía más enormes!...

--Nos hubiésemos separado una semana después; tal vez el mismo día--continuó Miguel--. Hasta tengo la sospecha de que te habría pegado.

--Y yo á ti--dijo la duquesa--. No cabíamos juntos en ninguna parte. Era preciso que uno se sometiese al otro, y ninguno de los dos comprendía este sacrificio.

--Lo mismo--siguió él--puedo decirte de aquella noche en que comimos juntos. Celebro mi conducta absurda y ridícula. Si hubiese cedido, algo irreparable existiría ahora entre nosotros; no nos hubiéramos vuelto á encontrar, no estaríamos aquí diciendo lo que decimos.

Ella asintió.

--Es cierto; no estaríamos aquí. Tú guardarías un recuerdo espantoso de mi persona; sé bien cómo era yo entonces. Tampoco habría ido á buscarte, aunque en ello me fuese la vida. Gracias á tu fuga de aquella noche podemos ser amigos, amigos eternos, hermanos si quieres; pero ¿por qué me hablas de amor?... Eso no es de nuestra edad. Ya pasó. ¿Qué ves en mí ahora que no tuviese de joven?

--Veo tu desgracia.

La voz del príncipe sonó grave y profundamente sincera al decir esto.

Había reflexionado mucho, antes de contestarse á sí mismo, cuando se hacía una pregunta igual á la de Alicia. Estaba seguro de haber empezado á amarla el día que se presentó en Villa-Sirena á pedir el perdón de su deuda, confesando su ruina. ¡Pobre duquesa de Delille, acostumbrada á gastar millones al año, propietaria de minas preciosas, y teniendo que vivir del juego, como una aventurera!... Después, junto á su lecho, viendo sus lágrimas, escuchando el gran secreto de su vida, aquella maternidad oculta que la hacía llorar, se había dado cuenta definitivamente de este amor. En los últimos días, al contemplarla victoriosa en el Casino, su pasión se ensombrecía; la apreciaba menos. Luego, al verla arruinada y enferma de tristeza, su afecto iba renaciendo; y para auxiliarla, hasta se convertía en jugador, ¡él, que era incapaz de hacer esto ni por su propia salvación!...

--Tú no puedes comprenderme: eres mujer. Muchas veces en mi vida, otras mujeres me han dicho, después de un acto suyo inexplicable: «No te esfuerces; los hombres nunca llegan á entendernos...» Yo digo lo mismo: una mujer tampoco puede comprender á un hombre... Te amo ahora porque me inspiras lástima, y la lástima conduce á la ternura, y la ternura es el verdadero amor, un amor que yo no había conocido nunca. Cada uno ama á su modo. La mayoría de las mujeres necesitan el orgullo en el amor; que el amado infunda admiración y envidia por su valentía, por su hermosura, su riqueza ó su talento. El hombre ama casi siempre por lástima, por la tierna conmiseración que le inspira la mujer. Nunca se siente más amante que cuando la cabeza femenil se apoya en su pecho con el abandono de la debilidad... Y cuando la mano de él se hunde en su cabellera, encuentra un cráneo pequeño y delicado (más pequeño siempre que se lo imagina), una cabeza que contiene palabras celestiales, gracias irresistibles, acciones grandiosas, pero rara vez guarda las energías de pensamiento que dan la superioridad al hombre. Sus miembros adorables no pueden defenderla. Y el hombre, al considerarla tan hermosa y tan débil, siente crecer su amor con la lástima y el deseo de protección.

--No--dijo ella--. También la mujer conoce la conmiseración en su amor. El hombre que le era indiferente le interesa de pronto, al verlo infeliz; la que odiaba ayer vuelve al amante odiado, cuando lo considera en peligro. Nunca pone tanta ternura en su voz como al decir: «¡Pobrecito mío!...»

El príncipe hizo un gesto de aceptación. ¡Sea en buena hora! Pero volvió inmediatamente á lo que le interesaba.

--Hoy somos desgraciados; yo tanto como tú, pues he perdido lo que me hacía sobresalir sobre los demás hombres, y tal vez no lo recobre nunca... Pero tu situación es todavía peor; eres mujer, eres más pobre, y yo me siento atraído hacia ti y te digo lo que nunca hubiese dicho de seguir los dos en nuestra antigua posición, encerrados en nuestro orgullo.

Siguió hablando en un tono arrullador, aproximándose más á ella, casi en su oído, aspirando el perfume de la boa de piel que llevaba en el cuello y parecía guardar concentrada toda la esencia de su cuerpo.

Repitió lo que había pensado en las noches, mientras luchaba con sus antiguas preocupaciones; lo que había resumido enérgicamente poco antes, mientras venía silencioso en el carruaje, al lado de ella. Habló del porvenir. Aún podían ser felices: era un amor reposado y durable lo que él la ofrecía; un amor de otoño, un amor para siempre, sin complicaciones dramáticas, plácido, tranquilo, dulcemente monótono, como las veladas junto al fuego.

La mujer rió con una expresión dolorosa.

--Tú olvidas quién soy; hablas lo mismo que si el pasado no existiese, como si tú no fueses tú, como si yo no tuviera todas esas historias que pesan sobre mi nombre. De hacerme otro esa proposición, ¡quién sabe!... Estoy cansada y me seduce un porvenir de reposo. ¡Pero tú!... Es imposible contigo: acabaríamos mal. Prefiero que seamos amigos, sin nada de amor. Resulta más seguro y durable.

Al ver su gesto desalentado, Alicia continuó hablando. No le asustaba vivir con él por lo que pudieran decir las gentes. Era cierto que tenía un marido, y dominado ahora por un amor senil, iba á negarse á aceptar el divorcio. ¡Pero el caso que ella podía hacer de este obstáculo y de los comentarios de su mundo!... Mayores audacias contaba en su historia.

--Es que no quiero... No me preguntes el motivo: no sabría explicártelo; mejor dicho, no me entenderías. Repito lo que te han dicho otras: «Tú eres un hombre, y no puedes comprender á las mujeres.» No, no quiero. Te hablaré más claro: con otro hombre que llegase á interesarme... no sé. ¡Somos tan débiles! ¡sentimos tales sorpresas en nuestra voluntad! Pero contigo, no... Nos conocemos demasiado: es imposible.

Miguel habló con un tono de despecho y tristeza.

--No te intereso: bien lo veo.

Alicia volvió á reir tan expansivamente, que golpeó con una de sus manos las dos manos juntas del príncipe.

--¡Tonto!... ¿Crees de verdad que no me interesas? Si me fueras indiferente, ¿te habría buscado en otro tiempo?... ¿estaría aquí ahora contigo?

Se mostró desconcertado el príncipe. «¡Entonces!...» Y se esforzó por descubrir qué obstáculo podía oponerse á su deseo. Si era por las cosas de su vida anterior, él las olvidaba. El príncipe Lubimoff tenía igualmente muchas historias que convenía no recordar...

--Dejemos en paz al pasado. Tú eres otra mujer. Conozco tu existencia en los últimos años; además, me contaste la otra mañana lo que has sido desde que tu hijo vivió á tu lado... Yo te tomo á partir del momento en que reconociste la seriedad de la vida, al verte junto á un hombre formado con tu propia carne. Olvido á la Venus de otros tiempos, á la Helena del «banco de los viejos». Te deseo tal como eres actualmente, Venus dolorosa, que lloras, sufres, y necesitas un consuelo, una protección.

Ella cesó de sonreir. Su boca se crispaba con un mísero gesto de gratitud; sus ojos estaban húmedos.

--No--dijo con voz humilde--. Es imposible, á causa de eso mismo. ¡Mi hijo! ¡cómo me ha cambiado mi hijo!... Yo sé lo que significa todo eso de amor. No somos dos adolescentes que se engañan con ilusorias purezas y hablan del alma y del cielo, mientras sus cuerpos se buscan con un impulso natural. Si yo acepto tu amor, sé lo que esto significa inmediatamente, tal vez antes de que salga un nuevo sol. ¿Puedes imaginarte tal cosa?... Mi hijo, que no sé dónde está, que tal vez ha muerto, que por lo menos sufre en este momento lo que una mendiga no permitiría que sufriese un hijo suyo, y yo, mientras tanto, entregándome á un gran amor, á una pasión de esas que devoran los días y el pensamiento entero, como si aún viviese en la primera juventud, ¡ah, no!... ¡qué vergüenza! Conozco lo que un amor entre nosotros exige fatalmente, y me da espanto, me siento sin fuerzas para muchas cosas que antes consideraba sin importancia. Tú lo has dicho: soy otra.

El príncipe se reanimó al conocer el obstáculo. Su hijo vivía; estaba seguro de ello. El había escrito al rey de España y á sus amigos influyentes de París; hasta había enviado cartas á Alemania por mediación de personajes diplomáticos. Lo encontrarían de un momento á otro; él conseguiría que volviese al lado de su madre. ¿Por qué iba á estorbar el pobre mozo el porvenir de los dos? Su hijo conocía la vida; los años pasados al lado de su madre le habían familiarizado con las irregularidades que tanto abundan en el mundo de los dichosos. No consideraría extraordinario que ella, sometida á un matrimonio que era una equivocación, rehiciese su existencia discretamente con un hombre al que conocía desde su adolescencia. Además, lo amaría como á un hermano menor. Contaba con poderosos amigos, capaces de ayudarle si deseaba trabajar. Los restos de su fortuna serían para él cuando muriese.

Alicia agarró una de sus manos con la ternura del agradecimiento. «¡Cuán bueno eres!...» Pero de pronto secó sus lágrimas, sus ojos brillaron con una energía que parecía dirigirse contra ella misma, y continuó con voz dura:

--No, no quiero. Veo lo inmediato: lo que va á ocurrir entre nosotros si me dejo arrastrar por tus hermosas palabras; veo á mi hijo... mejor dicho, no le veo, no sé qué es de él, ignoro si vive... Te digo que no. Es inútil que insistas.

Se hizo un largo silencio. Pasó un soldado con la cabeza vendada bajo el kepis y una flor en una oreja, sonriendo á una muchacha rubia que se apoyaba en su brazo y canturreando los dos. El príncipe y la duquesa se separaron un poco en el banco y permanecieron en silencio: él mirando al suelo, preocupado y cejijunto; ella con los ojos en la raya del horizonte, siguiendo la lenta marcha de las goletas, que habían combado sus alas bajo la brisa precursora del crepúsculo.

La tenacidad con que Miguel ponía su vista en el suelo hizo que Alicia se equivocase. Sus piernas quedaban algo descubiertas por el arrugamiento de la falda corta; unas piernas finas, que mostraban la blancura de su carne á través de las mallas de seda de color habana.

--¿Miras mis medias?--preguntó ella, pasando repentinamente de la tristeza á la risa--. Fíjate. Eso que llevan al lado no son adornos, son zurcidos. Mi doncella me las arregla muy bien. ¡Qué quieres! Somos pobres.

Y sin duda, para distraer á su enfurruñado acompañante, siguió con acento regocijado la enumeración de su miseria. ¡Ay, la guerra, con sus atroces encarecimientos! Las medias de seda eran malas, se rompían con sólo usarlas una vez, y únicamente podían adquirirse á precios fabulosos. Prefería prolongar la existencia de las que guardaba de sus tiempos de riqueza, por ser más sólidas. Lo mismo podía decir de los trajes. Hacía dos años que su guardarropa ignoraba las renovaciones, antes tan frecuentes.

--Somos pobres--repitió con jocosa solemnidad--. Además, nos gusta el juego, y, como todos los jugadores, perdemos miles de francos y economizamos en las pequeñas cosas que alegran la existencia.

Aguardaba una ganancia enorme y definitiva para ocuparse de su embellecimiento personal.

Pero el príncipe, con los ojos y el gesto, dió á entender lo poco que le interesaban estas confidencias. Era inútil que pretendiese desviar la conversación. Miguel insistía en su demanda, ofendido por la negativa de Alicia. Tal vez con otro hombre se habría mostrado más clemente.

Ella comprendió que debía volver á lo que interesaba á su acompañante, y dijo con varonil franqueza:

--Yo sé lo que tienes. Te voy á hablar como un camarada, sin preocupaciones de sexo, lo mismo que te hablé aquella noche en mi estudio. Conozco la vida que llevas; sé igualmente lo de «los enemigos de la mujer»: una invención necia. Tú lo que necesitas, después de varios meses de soledad maniática, es una mujer. Escoge en torno de ti; las encontrarás, cuando quieras, más jóvenes, más hermosas que yo, que empiezo á verme tal como soy. ¿Por qué te fijas en mí? ¿Por qué turbar mi tranquilidad, cuando ya me he olvidado de esas cosas?...

Sonrió el príncipe amargamente ante el remedio. Lo había pensado muchas veces. El censor que llevaba dentro repetía el mismo consejo: «Busca una hembra, y todo pasará inmediatamente; una hembra que sólo te inspire un interés momentáneo; nada de mujeres y de complicaciones pasionales. Haz lo mismo que recomendaste á Castro.» Muchas veces había entrado en el Casino con el aire resuelto del matarife que va á escoger en el rebaño la res diaria. Examinaba la tropa femenina de las salas de juego, ocupada en mirar con un ojo la bayeta verde, mientras espiaba con el otro á los hombres que circulaban á sus espaldas.

Sentía una atracción carnívora ante determinadas mujeres; una por el rostro, otra por el talle ó la estatura, algunas por su fealdad original ó su desarmonía incitante, que obraban sobre sus nervios como los manjares picantes ó ácidos obran sobre el paladar. No tenía mas que hacer una seña ó decir una breve palabra á muchas que, viéndose observadas por el famoso personaje, sonreían dispuestas á seguirle. Pero experimentaba de pronto la antipatía que inspiran las cosas repetidas hasta la saciedad, el vacío de lo que se conoce hasta el cansancio. Nada nuevo podía esperar; se horrorizaba pensando en el parloteo vano de una desconocida que desea hacerse interesante; en las mentiras de un sentimentalismo repentino y falso; en la grotesca animalidad del acoplamiento que daría fin á tanta molestia. No; le era imposible. Una sola vez, con la desesperada energía del enfermo que traga un medicamento repugnante, había seguido á uno de estos animales hermosos, para sentirse poco después arrepentido de su vileza y avergonzado de su fracaso.

--Eres tú; tú, y ninguna más--dijo sombríamente--. Tú, ó nadie.

Alicia habló con el mismo tono grave. Sabía por experiencia lo que era esto. Deseamos con mayor anhelo lo que nos es imposible conseguir; hacemos un objeto único de todo lo que está fuera de nuestro alcance.

Pero estos razonamientos exasperaron á Lubimoff, hasta hacerlo injusto.

--Te conozco--dijo avanzando en el banco, al mismo tiempo que la miraba de cerca con unos ojos apasionados y agresivos--. Sé cómo sois las mujeres: todas vanidosas y vengativas. No puedes olvidar la noche en que quisiste y yo no quise, y ahora te das el placer de mi suplicio; gozas haciéndome sufrir...

--¡Oh, Miguel!--interrumpió ella con un tono de protesta.

Lubimoff siguió hablando rencorosamente, y esta indignación conmovía á Alicia más que los ruegos humildes de poco antes. Era la imploración desesperada del desahuciado que quiere volver á la vida normal.

--Te amo... te necesito. ¡Yo te tendré!

Sobre el lomo del Cap-d'Ail descendía la esfera anaranjada del sol. Su borde interior tocaba ya la línea ondulante de los jardines y los edificios. Por un momento concentró sus rayos en haz á través de la columnata de un _belvedere_, como si se asomase á un arco de triunfo antes de morir. Una luz azul que parecía emerger del mar iba repeliendo en los jardines el oro desmayado de la tarde.

--¡No!... ¡no quiero!

La voz de Alicia rasgó el rumoroso silencio con un temblor de sorpresa para convertirse inmediatamente en sordo y prolongado rugido, como si algo pesase sobre su boca. Miguel había echado sus dos brazos sobre los hombros de ella, dominándola, inclinando su busto, oprimiéndolo contra su pecho. Su boca buscaba la otra boca que pretendía resistirse, huyendo con violentas contorsiones del cuello. Finalmente, cesó el rugido de protesta. Las dos cabezas permanecieron inmóviles.

--¡Oh, Miguel... Miguel!--suspiró ella, librándose por un momento de la caricia para volver á someterse á aquellos labios que la perseguían con avidez.

Hablaba como una vencida. Había vuelto de golpe á su pasado, estremeciéndose al contacto de tantas cosas olvidadas que una larga abstinencia hacía completamente nuevas. Esta boca ardorosa y dominadora la despertaba de un sueño que había durado años. Su renacimiento venía de más lejos que el de Miguel.

Se olvidó de lo que la rodeaba. Sus ojos continuaron abiertos, pero se habían borrado de ellos el mar, el cielo dulce del ocaso, hasta las ramas de pino que formaban un dosel silvestre sobre sus cabezas.

De pronto volvió á contemplarlo todo, encorvándose al mismo tiempo para repeler al hombre.

--No, no quiero... ¡Esa mano!... Pueden vernos. ¡Qué locura!

El príncipe era un atleta, pero la emoción debilitaba sus fuerzas. Además, éstas se esparcían en una doble actividad, queriendo dominar á la mujer y explorarla á la vez en sus misterios, con la furia del imperativo sexual. Ella se contrajo y se irguió varias veces, dúctil y reptilina, consiguiendo al fin escapar de la cadena de los brazos masculinos mientras lanzaba un suspiro de fatiga y satisfacción.

Lubimoff, vuelto á la realidad, vió á Alicia de pie ante él, acabando de alisar su vestido en desorden, llevándose luego las manos á su cabellera, al torcido sombrero, á la boa que se deslizaba de sus hombros.

--Vámonos--dijo con un laconismo de enfado.

La siguió el príncipe, cabizbajo, arrepentido de su violencia. A los pocos pasos, ella pareció conmoverse por este mutismo que representaba un arrepentimiento, y volvió á sonreir:

--Ya sé que en adelante no debo verte á solas... Olvidaba que eres un marino, acostumbrado á bajar en los puertos con premura, sin querer perder tiempo.

Marcharon lentamente, con una placidez igual á la del sereno crepúsculo.

Al salir de los jardines hicieron un alto frente al Museo. ¡Volver por el mismo camino!... Miguel descubrió á un lado del edificio una escalinata rústica tallada á trechos en la roca y completada en las oquedades con peldaños de ladrillos. Descendía hasta la ribera del mar formando diversos tramos, y á su final, un camino siguiendo el borde de la costa conducía al puerto.

La mujer vaciló bajo el arco de entrada.

--Te advierto--dijo amenazando con un dedo á Miguel--que si vuelves á las tuyas, pido socorro. ¿Me prometes ser hombre serio?... ¿Palabra?... Bueno; marcha delante: no me fío.

El se lanzó por la escalera como un explorador. El palacio del Museo parecía desdoblarse así como iban descendiendo. Además del edificio á flor de tierra, había un segundo edificio costa abajo, que asentaba sus muros de piedra con grandes ventanales sobre las rocas del acantilado.

En una revuelta, el príncipe se detuvo para esperar á su compañera. Descendía lentamente, dejando entre los dos una separación de varios peldaños. Tenía los pies más arriba de la cabeza de Lubimoff, y á éste le bastó elevar un poco los ojos para ver aquellas medias cuyo zurcimiento había explicado la duquesa.

Vió algo más, que le hizo estremecerse; y con la ligereza de un muelle que se dispara, salvó en varios saltos los escalones que existían entre ambos.

--¡Miguel... que grito!--exclamó ella al verle llegar, extendiendo las manos para rechazarle y queriendo huir al mismo tiempo.

Había abarcado en sus brazos la parte baja del adorable cuerpo. No podía ascender más: las manos de Alicia repelían su cabeza con un impulso nervioso. Y él, con la incoherencia de la pasión, besó sus pies y el arranque de sus piernas; besó su falda allí donde pudo, en los ángulos redondeados de sus rodillas, en la suave curva del vientre.

Ella se irritó al sentirse inmovilizada, sin poder huir.