Los enemigos de la mujer

Part 21

Chapter 213,873 wordsPublic domain

Lubimoff saboreaba este recuerdo como un triunfo. Podría repetirlo siempre que quisiera; estaba seguro de ello. Reconocía que, al final, todos los jugadores acaban perdiendo, y él no se tenía por un ser de excepción. Pero su voluntad dominaba en los primeros momentos á la fortuna, y... ¡retirándose á tiempo, antes de que ella se rehiciese, con una maldad de hembra brava!...

El príncipe acabó por dormirse pensando en Alicia.

--¡La pobre!... No sabe; Lewis tiene razón; no sabe... ¡Qué va á saber una mujer hermosa que sólo ha pensado en ella!... Debo ayudarla. Yo soy un hombre. Tal vez mañana... mañana...

Al día siguiente, á la hora del desayuno, don Marcos experimentó una gran sorpresa y no menos inquietud. El príncipe, que nunca se preocupaba del dinero de la casa, dejando que su «chambelán» se entendiese directamente para los gastos con el administrador de París, le preguntó qué cantidades tenía disponibles.

El coronel hizo un cálculo mental. No creía guardar más allá de quince mil francos. Estaba esperando un envió del apoderado.

--Dámelos--ordenó Lubimoff.

Y á continuación, como si recordase algo repentinamente, habló con indiferencia de la deuda contraída en la tarde anterior. Toledo quedó absorto al saber que debía entenderse con el viejo usurero para la devolución de los veinte mil francos y el pago de unos intereses inauditos que podían doblarse en pocos días. Recordó el almuerzo en que había propuesto Su Alteza una vida solitaria y dulce. ¿Dónde estaban ahora los feroces «enemigos de la mujer»? Porque el coronel adivinaba en estos derroches del príncipe, en su repentina afición al juego, la obra de una influencia femenil. ¡Y él que no osaba jugar mas que algunas monedas de tarde en tarde, pensando en las enormes sumas confiadas á su lealtad!...

Mientras corría al Banco en que estaba depositado el dinero de la casa, el príncipe paseó por los alrededores del Casino, esperando con impaciencia la apertura de las salas. A primera hora era escaso el público y muy contadas las mesas que funcionaban. Sólo acudían los jugadores rabiosos, después de haber pasado la noche en claro, deseando probar cuanto antes sus nuevas combinaciones, y las personas achacosas, con la esperanza de encontrar libre un buen asiento.

La impaciencia hizo entrar á Lubimoff en el atrio, después de meterse disimuladamente en un bolsillo el fajo de billetes que le presentó Toledo. Los empleados del primer turno iban llegando con paso lento, como funcionarios que entran en su oficina. Las mujeres dedicadas á la limpieza y los mozos en mangas de camisa acababan de barrer el aserrín esparcido sobre el pavimento. Todos le examinaron de reojo, avisándose su presencia con discretos codazos. ¡El príncipe á aquella hora, cuando los de su mundo estaban aún en la cama!... Instintivamente miraron en todas direcciones, esperando descubrir á alguna señora vestida con recato para este disimulado encuentro matinal. La fama del personaje sólo les permitía suponer una cita de amor.

A las diez se abrieron las mamparas, y Miguel entró empujando á los primeros jugadores, gente modesta y tímida. Sufría la nerviosidad, la impaciencia, la sorda cólera de las mañanas en que se había batido. Pisaba con fuerza; sus manos se arqueaban como si pretendiesen estrangular el aire. Al mismo tiempo sentía la confianza orgullosa del tirador, seguro de que dará en el blanco. Despreciaba de antemano á la suerte, vencida por él. «¡Ah, perra!» Iba á vérselas con un hombre.

De un tirón arrancó la silla en que había puesto otro su mano, y se sentó á una mesa de ruleta, entre dos viejas, sucias y mal vestidas, con aspecto de brujas. Los empleados cruzaron su asombro en forma de discretas ojeadas. ¡El príncipe apuntando, y á aquella hora!...

--Hagan sus juegos...

Empezó la partida. Miguel no tenía combinación alguna ni había pensado nada. Sus ojos vagaron sobre los treinta y seis números. Pero sólo fué por un instante.

«Este», pensó. Y puso todo lo que podía poner, nueve luises, el máximum, sobre el 13.

Rodó la bolilla por el borde de caoba, y su caída final fué saludada con un murmullo de asombro. «¡El 13!»

Unos cuantos billetes de mil empujados por la raqueta de un _croupier_ quedaron ante el príncipe, que permaneció impasible, guardando su gesto duro y autoritario. Lo sabía; estaba seguro de no equivocarse. Otra vez el 13.

La gente hizo gestos de asombro. ¡Qué locura apuntar dos veces al mismo número! Pero al salir el 13 por segunda vez y cobrar el príncipe otro máximum, un murmullo del público aplaudió al vencedor. Corrían los curiosos, dejando abandonadas las otras mesas. Esta mañana iba á ser tan famosa en el Casino solitario como las tardes y las noches más célebres, cuando luchan con la suerte los jugadores ricos.

Lubimoff cambió de número. Era absurdo insistir en el 13. Y puso nueve luises al 17... Rodó la bolilla. El 13 una vez más. Perdía.

Su gesto se hizo más duro y agresivo. La suerte empezaba á reirse de él por su falta de voluntad. Un dominador no debe sentir vacilaciones; suya era la culpa, por haber abandonado el número. Los hombres deben insistir hasta imponerse, ó perecer sin abandonar su primera actitud. ¡Al 13, como antes!... Y salió el 17.

Creyó por un momento que el suelo escapaba bajo sus pies; se sintió flotar, rodeado de fuerzas misteriosas que rompían y ablandaban su voluntad. Pasó una mano por su frente, como si quisiera repeler muy lejos esta flaqueza momentánea.

«¡Ah, perra!», exclamó mentalmente, insultando á la fortuna, seguro otra vez de que iba á esclavizarla.

Y continuó jugando.

* * * * *

A las tres de la tarde salió del Hotel de París. Acababa de almorzar, solo, sin fijarse en las miradas que le dirigían de las otras mesas, evitando esos saludos amables que inician una conversación.

Llevaba en la boca un grueso cigarro, y sus piernas, aunque firmes, estaban agitadas interiormente por un cosquilleo voluptuoso. Había comido mal, dejando casi intactos los platos; en cambio había bebido una botella de Borgoña famoso, y varias copas de licor á continuación de dos tazas de café.

Desde la escalinata del hotel abarcó en una mirada destructora la plaza, el Casino, los jardines. Pensó con fruición en la posibilidad de que un acorazado cualquiera de los que guerreaban en los mares de Europa fondease ante este palacio de confitería, enviándole unas cuantas granadas. ¡Hermoso espectáculo! Luego, con la imaginación, hizo descender á tierra la compañía de desembarco y sus ametralladoras, para llevarse cautivos á todos los que llenaban la plaza, hombres y mujeres, sin perdonar á los niños. Nada perdería con ello el mundo. ¡Ciudad de corrupción! ¿Qué demonio había aconsejado á su madre la compra del promontorio de Villa-Sirena, obligándolo á él á vivir junto á este antro?... Hasta protestó contra la difunta princesa, con la moralidad áspera é incorruptible de todo jugador que acaba de verse chasqueado.

Al pasear sus ojos por la alegre y bien vestida muchedumbre que él destinaba á la esclavitud, vió á Alicia, sola y de pie, al borde de la acera del «queso», mirando al Casino.

--¿Vas á entrar?--dijo acercándose á ella.

Se indignó la duquesa, como si le propusiera algo humillante, algo que no había hecho nunca. ¿Entrar ella en el Casino?...

--Eso es una cueva infecta, y los empleados unos infectos, y los que juegan... otros infectos.

¡Todo infecto!... Después de esto se dieron las manos lo mismo que si acabaran de reconocerse.

Cuando Miguel, insistiendo en sus buenos deseos, le habló del bombardeo y el desembarco con ametralladoras que llevaba en su imaginación, la duquesa casi aplaudió. Por ella, que lo destruyesen todo, que se llevaran prisionero hasta al mismo príncipe soberano, y si encima los invasores le devolvían lo que había perdido, mejor que mejor.

De pronto, como si le sirviesen de aviso estas caritativas fantasías de Lubimoff, fijó en él unos ojos escrutadores, unos ojos de enfermo receloso que adivina en el vecino sus mismos síntomas.

--Tú has jugado.

Miguel movió la cabeza tristemente.

--Y has perdido--continuó ella--; eso no hay que preguntarlo: se ve en seguida... ¡Tú jugando!...

Pero su extrañeza fué corta.

--Has jugado por mí: lo adivino... Te has dicho: «Voy á ganar lo que esa loca pierde; los hombres sabemos más que las mujeres...» ¡Ah, pobrecito mío, pobrecito mío, cómo agradezco tu buen deseo!... ¿Y cuánto fué?...

Al conocer la cifra hizo un gesto plañidero; pero sonrió á continuación, como si este compañerismo en la desgracia le hiciese más llevaderas sus propias pérdidas.

Quedaron un rato en silencio. Luego explicó ella su presencia en la plaza. Había jurado la noche antes no acercarse más al Casino; ¡pero la costumbre!...

--Estoy sola. Valeria se ha ido apenas terminó el almuerzo. Anda como loca por ese sabio que tienes en tu casa. Deben haberse dado alguna cita. Sólo habla de España, porque allá se casan las mujeres sin dote... De «la Generala» no me hables, no quiero saber nada; está muerta... ¡muerta para siempre! Y yo me aburro en mi soledad, pienso en cosas que me hacen llorar; salgo, y las piernas me traen hasta aquí sin que me dé cuenta.

Luego añadió, con una imploración graciosa:

--Llévame á cualquier parte, adonde se te ocurra. Paseemos lejos de aquí... ¿Dónde podremos ir?

El príncipe mostró la misma indecisión. Se movían siempre en el mismo círculo, desde sus casas al centro de Monte-Carlo, al Casino, y quedaban como desorientados al pretender ir más allá. La guerra había suprimido los automóviles particulares; era necesaria una autorización previa para las excursiones. Sólo se encontraban carruajes tirados por caballos flojos, desechos de la movilización.

--¿Si fuésemos á Mónaco?--propuso Alicia.

Mónaco estaba á la vista, al otro lado del puerto; un tranvía lo liga con Monte-Carlo cada veinte minutos, y no obstante, ella hizo su proposición lo mismo que si hablase de un país remoto.

Los dos habían pasado varios años aquí, viendo á todas horas la roca que lleva en su lomo la vieja ciudad de los príncipes, pero como si fuese una pintura de telón de fondo, sin ocurrírseles nunca llegar hasta ella. Alicia recordaba vagamente una visita al palacio del soberano y otra al Museo Oceanográfico, sin poder dar forma á sus impresiones. Lubimoff había visto también desde el interior de su automóvil jardines, casas viejas y una gran plaza, el único día que visitó en su viejo castillo al príncipe de Mónaco.

Decidieron el viaje con una alegría de colegiales, y cuando la duquesa iba á llamar á un coche de punto, Miguel mostró cierta indecisión, llevándose una mano á diversos bolsillos.

No tenía dinero. Todo lo había dejado en la ruleta, absolutamente todo. En el hotel había pedido que anotasen su almuerzo, entregando sus últimos francos á los camareros como propina.

Alicia acogió su preocupación con grandes risas. ¡Un Lubimoff no teniendo con qué pagar á un cochero de punto!... Unicamente en Monte-Carlo podían verse estas cosas.

--Yo pagaré, pobrecito mío. Será á cuenta de los veinte mil que te debo. No; á cuenta, no: será un regalo. Tú que tanto diste á las mujeres, deja que sea yo la primera que costee tus necesidades. ¡Qué lujo! Yo «entreteniendo» al príncipe Lubimoff...

Habían ocupado un carruaje, que empezó á descender la cuesta hacia el puerto de La Condamine.

--¡Cómo nos mira la gente!--dijo Alicia--. Van á creer que te rapto. La arruinada duquesa de Delille se lleva al príncipe multimillonario para ser su amante y sacarle el dinero... ¡Y no saben que soy yo quien paga! Anda, ríete un poco. ¿Te parece mal que yo pague?... ¿No encuentras eso gracioso?...

Habló de su imprevisión y su alocamiento con cierto orgullo, como algo que la colocaba sobre todas las gentes de costumbres regulares. La noche anterior temió que no le quedase dinero para poder comer al día siguiente. Pero Valeria había pasado la mañana haciendo preciosos descubrimientos en los armarios: billetes de Banco perdidos entre las ropas, placas del Casino olvidadas en los libros, hasta un papel de mil francos envolviendo una vieja pastilla de jabón.

Cesó repentinamente de enumerar estos hallazgos.

--¡Mira!... ¡mira!

Estaban en el puerto. Ella señaló á una dama que marchaba por el muelle, entre las altas adelfas recortadas en forma de árboles. Era Clorinda. De un banco se levantó un señor que parecía esperar, saliendo á su encuentro. Los dos reconocieron á Atilio Castro, viendo cómo se saludaban él y «la Generala», cómo seguían juntos su paseo, tan ocupados en contemplarse mutuamente, que no fijaron su atención en el carruaje.

Miguel sonrió. El allí, al lado de Alicia, que le hacía cometer toda clase de extravagancias; el otro esperando con una emoción de adolescente la llegada de doña Clorinda. ¡Pobres enemigos de la mujer!

--¡No me hables de ella!--exclamó Alicia, á pesar de que su compañero no había dicho nada--. ¡La detesto!... El pobre Martínez en el olvido. Me lo disputa, me lo quita, y luego viene en busca de Castro, mientras el otro infeliz vagará por Monte-Carlo. ¡Qué mujer! ¡El mal que me ha hecho!... Ella tiene la culpa de todo.

Y ante la mirada interrogante del príncipe fué exponiendo sus quejas con acento de convicción. Su pérdida tan rápida y completa no podía explicarse lógicamente. Dos semanas ganando, y en unas cuantas horas perderlo todo... ¿cómo podía ser eso? La noche anterior, al retirarse del Casino, una amiga respetable, una marquesa italiana, antigua bailarina, muy experta en las cosas de la suerte y que llevaba treinta años jugando en Monte-Carlo, le había descubierto la cruel verdad: «Duquesa, usted tiene alguna persona que la quiere mal: una amiga envidiosa que frecuenta su casa y le ha echado una maldición. Sólo así se comprende lo ocurrido. Hay que repeler la mala suerte, devolviéndosela á quien se la envió.»

--Ya ves que la cosa resulta clarísima: una amiga envidiosa y que frecuenta mi casa... Clorinda; no puede ser otra. Y mañana mismo voy á repeler la mala suerte, tal como me lo ha recomendado la marquesa. Otras jugadoras siguieron sus consejos y les va muy bien.

Eran los Reyes Magos los que poseían el privilegio de deshacer estos conjuros perversos. Necesitaba purificar su «villa», fumigar todas las habitaciones donde hubiese entrado «la Generala», quemando en una cazoleta oro, incienso y mirra, los tres presentes de los monarcas viajeros. Oro no lo había: estaba oculto con motivo de la guerra; pero, según la marquesa-bruja, era lo mismo quemar trigo.

--Debo recitar al mismo tiempo una oración en italiano, una súplica muy bonita á los tres reyes, casi una romanza, que dice... que dice...

No pudiendo acordarse, abrió su bolso de mano. En el monedero guardaba la plegaria, escrita con lápiz detrás de un cartón del Casino de los que sirven para anotar las jugadas. Miguel miró el interior del bolso con la curiosidad que inspiran siempre todos los objetos de la mujer que nos interesa. Vió sobre el arrugado pañuelo una carterita de piel, y colgando de ella un fetiche de jugadora, una mano con el índice y el meñique tendidos en forma de cuernos, para conjurar la mala suerte. Pero junto con la mano colgaba otro fetiche de oro, de forma tan inesperada, tan inaudita, que Miguel desechó como inverosímil lo que había pasado ante sus ojos en rápida visión.

Alicia se echó atrás, repeliendo su mano curiosa. «¡No, no!» Y cerró el bolso con tanta rapidez, que casi le pilló los dedos entre las valvas de plata. Se defendía, ruborosa y sonriente; le miraba con ojos malignos, encogiéndose al mismo tiempo como una niña avergonzada.

--Es un regalo de la marquesa... lo mejor que ella conoce para atraer á la suerte. Se acabó: no necesitas saber más. ¡Qué curioso!...

Y mientras ella se fingía algo enfadada para evitar nuevas explicaciones, Miguel recordó el rosario de Satán del amigo de Lewis y sus extraños adornos.

El carruaje empezaba á ascender por la cuesta de Mónaco. Los buques y el puerto parecían hundirse gradualmente á cada vuelta de sus ruedas. Una sombra verdosa enfriaba este camino, á la vista del luminoso mar, de las montañas amarillentas, que iban tomando un color rojizo bajo el sol de la tarde.

Lubimoff explicó á su compañera las singularidades del promontorio que sirve de asiento al viejo Mónaco. En el lado de Mediodía, entre las rocas cubiertas de pitas y nopales, se aclimata la vegetación de los países cálidos con una facilidad verdaderamente sorprendente si se tiene en cuenta la latitud geográfica. Al visitar el palacio de los príncipes había encontrado en los antiguos fosos de la fortaleza, que son como invernáculos naturales, el mismo calor húmedo y pegajoso de las selvas del Ecuador, con palmeras brasileñas que ascendían á muchos metros en busca de la luz. En cambio, sin salir del mismo peñón, se descubrían al Norte, donde había poco sol, helechos de los países fríos, vegetaciones de los Vosgos, llegadas hasta allí nadie sabía cómo para arraigarse frente al Mediterráneo.

Alicia, no queriendo aparecer menos instruída, habló de los jardines de San Martino. No los había visitado, pero sospechaba que estaban entre el Museo Oceanográfico y la Catedral. Valeria no sabía hablar de otra cosa en las últimas semanas, describiéndolos como si fuesen los jardines más interesantes de la tierra. Los había visto bien acompañada, y esto influye mucho en la visión. Era sin duda Novoa el que le había descubierto este paraíso.

--¡Si los encontrásemos!--dijo riendo Alicia.

El carruaje pasó entre dos torrecillas con montera de tejas que marcan la entrada al recinto de Mónaco. El puerto quedaba muy abajo, con sus buques empequeñecidos. Al otro extremo de la plaza de agua brillaban las cúpulas de los numerosos hoteles de Monte-Carlo, sus fachadas policromas, los vidrios de balcones y miradores. No se llegaba á distinguir la gente. Los automóviles resbalaban como diminutos insectos por la cuesta que desciende á La Condamine.

Entraron en una avenida asfaltada, entre dos masas de estrechos y tupidos jardines, que conduce al Museo Oceanográfico.

--¡Míralos!--dijo Alicia con expresión triunfante, al mismo tiempo que daba con un codo al príncipe.

Cuando éste avanzó la cabeza, sólo pudo ver unos bultos que se ocultaban en un sendero lateral.

--Eran ellos, no lo dudes--continuó la duquesa, riendo--. Marchaban por en medio de la avenida. Esa Valeria es muy lista; se ha vuelto al oir el ruido de un coche, reconociéndome al instante. Se llevó al sabio como si lo arrastrase.

Cesó de reir, adquiriendo su rostro una gravedad melancólica.

--¡Felices ellos! ¡Qué de ilusiones! Todos hemos pasado por lo mismo... Lo malo es que deseamos marchar adelante en busca de algo más, cuando debíamos quedarnos con lo que tenemos.

El príncipe asintió con la cabeza, repitiendo lacónicamente:

--¡Felices ellos!

Su voz era un _réquiem_. Estos encuentros sucesivos le hacían pensar en la muerta comunidad de la que era jefe irrisorio. Primeramente, Castro... Luego, Novoa. Hasta el coronel estaría en aquel momento paseando ante la tienda de una modista, á la espera de la chica del jardinero. Quedaba Spadoni, pero su fidelidad valía poco. Para él no existía otro femenino que el de la ruleta.

Se detuvo el carruaje más allá del Museo Oceanográfico, donde empiezan los jardines de San Martino. Alicia pagó al cochero.

--Hay que hacer economías--dijo con gravedad--. Volveremos á pie.

Siguieron unos senderos tortuosos, subiendo y bajando por las quebradas de la costa. Las pequeñas mesetas habían sido convertidas en miradores de piedra, desde los que se abarcaba un espacio inmenso. En algunos amaneceres se podía distinguir el lejano perfil de las montañas de Córcega. Como los jardines estaban á muchos metros sobre el Mediterráneo, la línea del horizonte era tan alta que obligaba á levantar los ojos. Los pinos formaban ligeras y negras columnatas, entra cuyos troncos subía el cortinaje obscuro del mar. Sólo sus rumorosas copas de agujas emergían en el azul diáfano del cielo. La vegetación baja se componía de plantas silvestres de acre perfume y vida dura, insensibles á las emanaciones salitrosas; nopales, cuyas palas verdes estaban rematadas por frutos rojos; pequeñas pitas de retorcidas puntas que se enredaban unas en otras como tentáculos de pulpos verdes.

Admiró Alicia este jardín. Era, según ella, un jardín marítimo, que armonizaba con el Museo cercano y el paisaje. Los troncos parecían mástiles de navío; las plantas amontonadas á sus pies tenían la forma radiada y envolvente de los monstruos de las profundidades oceánicas. Otras vegetaciones de origen exótico evocaban la imagen de países cálidos, de lejanos puertos olorosos poblados de muchedumbres amarillas ó cobrizas. A través de los fustes rectos de la arboleda se veían cinco goletas, inmóviles en el horizonte, con el velamen caído.

Una cinta de humo acompañaba las evoluciones de un torpedero sutil rondando como perro protector en torno de este rebaño blanco y tímido.

Al asomarse á los balconajes de piedra se veía el mar á una profundidad enorme. El acantilado rojo se hundía verticalmente en las aguas ennegrecidas por la sombra ó se resguardaba con desprendimientos de rocas eternamente ceñidas de espumas. A un lado avanzaba el Cap-Martin, repeliendo el asalto de las olas, círculo de corderos blancos que se sucedían incesantemente surgiendo de las praderas azules; más allá, la costa de Italia, sonrosada por la melancolía de la tarde; y en el extremo opuesto, el Cap-d'Ail y el Cap-Ferrat, sobre cuyos lomos--abullonados de verde por las arboledas y moteados de blanco por las «villas»--empezaba á extenderse el sudario de oro que debía envolver la muerte del sol.

--¡Hermoso!... ¡muy hermoso!

La duquesa mostraba una alegría infantil. Se habían sentado frente al mar, saboreando la rumorosa calma, en la que se confundían los estremecimientos de los pinos, el profundo rodar de las espumas invisibles, la respiración de la llanura azul, los crujidos de la tierra, rozada por los rosarios de hormigas, por las procesiones de orugas, por la labor tenaz de los escarabajos, y conmovida al mismo tiempo en sus entrañas por el despertar de las raíces.

De vez en cuando sonaba la arena del tortuoso sendero bajo pasos humanos. Eran inválidos ó convalecientes que recorrían los jardines á la salida del Museo; vecinos de Mónaco que regresaban á sus casas después de haber tomado el sol en un banco; gruesas comadres que guardaban su calceta en un bolso; ancianos apoyados en un bastón, que tal vez no se habían embarcado nunca, pero tenían un aspecto de viejos marinos genoveses. También pasaban lentamente algunas parejas de enamorados. Aparecían en una revuelta del sendero cogidos del talle, silenciosos, mirándose. Al notar que en el banco había otra pareja, se desasían, improvisaban una conversación cualquiera y ganaban cuanto antes la revuelta inmediata, para repetir el tierno enlazamiento, no sin antes saludar con una sonrisa al príncipe y á la duquesa, como si adivinasen en ellos á otros enamorados.

--¡Y pensar que nunca habíamos venido aquí!...--dijo Alicia--. Tú, á lo menos, posees tus magníficos jardines; pero yo, instalada en una «villa» que no es mas que una casa con unos cuantos árboles y teniendo por todo panorama el edificio de enfrente, soy tan estúpida, que me paso las tardes en el Casino, obscuro y cerrado como una bodega. ¡Qué horror!

Se estremeció al pensar en el Casino. Le parecía ahora imposible que hubiese podido vivir en la penumbra ó bajo la luz artificial, mascando una atmósfera malsana, á las mismas horas en que este jardín extendía ante el mar su magnificencia silvestre y luminosa.

--Hay muchas cosas bellas en el mundo--continuó--para las cuales no se necesita dinero. ¡Pensar que si no hubiésemos perdido no estaríamos aquí! Casi es mejor ser pobres.

Miguel rió de su vehemencia. No; ser pobre no resultaba agradable; pero tenía razón al decir que para gozar de muchas cosas hermosas no es necesario el dinero.