Part 20
Sonaba en todas las conversaciones el nombre de un americano, lo mismo en los tés elegantes que en los cafetuchos del pueblo; el único americano conocido en Europa: el inventor Edisson. El lo arreglaría todo. Se había mantenido hasta el presente invisible y mudo, pero al entrar su país en la guerra iban á verse cosas prodigiosas. En unas cuantas horas, fuerzas invisibles é implacables pulverizarían los ejércitos invasores; los submarinos iban á estallar como proyectiles bajo una luz helada que los perseguiría en las profundidades oceánicas; los aviones que bombardean las ciudades indefensas descenderían atraídos por una succión eléctrica, como el pájaro vuela hacia la boca de la boa. El taumaturgo representaba para las imaginaciones más que todos los soldados y todos los buques de su país.
Y Toledo, que adornaba su dormitorio con retratos de Joffre y de Foch, pero creía al mismo tiempo que en la victoria del Marne había intervenido Santa Genoveva, patrona de París, se sintió atraído por estos milagros del mago americano, que todos anunciaban como cosa segura. La ciencia le infundía respeto y miedo al vivir algo apartada de la religión; por eso creía ciegamente en sus prodigios, como el devoto cree en el inmenso poder del diablo.
Otras veces resucitaba su incredulidad. La guerra sólo puede resolverse con soldados. La fuerza había estado igualada hasta entonces entre ambos contendientes; pero ahora Alemania traía nuevas divisiones, las del frente oriental, para dar el golpe decisivo. Faltaba de este lado otro peso equivalente ó mayor, el chorreo final que llena el vaso, lo desborda é inclina la balanza. Podía ser América... ¡pero llegaban sus fuerzas con tanta lentitud! ¡eran tan grandes los obstáculos!... Algunos batallones del ejército permanente americano habían desfilado ya por París. Después transcurrían los meses sin que el hilillo continuo de auxilios se convirtiese en torrente.
En toda la Costa Azul veía Toledo militares heridos de diversos países. Sólo de tarde en tarde llegaba á vislumbrar algunos uniformes americanos, médicos y sanitarios de las ambulancias que no parecían tener mucho trabajo. Los diarios hablaban de fuerzas de los Estados Unidos que habían ocupado un sector del frente... ¡pero tan escasas!
--Lo del millón de hombres ó los dos millones antes que acabe el año, todo _bluff_--decía el coronel--. Yo entiendo un poco de eso, y es más fácil construir un rascacielos de cien pisos que trasladar un millón de soldados de un hemisferio á otro.... ¡Y la gran ofensiva que va á empezar!... ¡Y Francia que no puede más, después de cuatro años de heroísmos desangrantes!...
Todos los días se paseaba por el atrio del Casino esperando con impaciencia los grandes papeles con gruesos caracteres manuscritos que los empleados iban fijando en los tableros. El sólo buscaba en los últimos telegramas el principio de la ofensiva anunciada por los enemigos. Esta amenaza había quebrantado su fe en la victoria y le tenía en perpetua angustia. ¡Ay! ¡con tal que los americanos llegasen antes y en cantidades enormes!...
Por deber mentía descaradamente ante los amigos que le rodeaban en el atrio solicitando sus opiniones de hombre de guerra.
--Triunfaremos; y Guillermo tendrá que pegarse un tiro.
Lo único que creía de verdad era lo del tiro, en caso de una derrota alemana.
--Conozco bien al kaiser--seguía diciendo--. No es mas que un teniente; un teniente que se ha hecho viejo, conservando los aturdimientos y las petulancias de la juventud. Pero tiene el pundonor del oficial que, al verse perdido, se lleva el revólver á la frente. Ustedes verán cómo termina así, en caso de una derrota.
Hacía versos, música, pintura, daba su opinión en todas las cuestiones, imponiéndola, como uno de esos oficiales jóvenes que al entrar en un salón burgués lo llenan con sus arrogancias y suficiencias, enardecidos por el silencio de los contertulios, que temen un lance de honor. Era un eterno teniente encanecido bajo una corona imperial y perturbado por los incesantes triunfos de su vanidad. Pero si la suerte le volvía la espalda, tendría el mismo gesto decisivo del oficial que se juega los fondos confiados á su custodia ó comete otros delitos contra el honor.
--No lo duden; mi teniente sabrá serlo cuando llegue la hora mala. Es un loco, un histrión vanidoso, pero conoce la vergüenza del hombre de guerra. Lo repito: se pegará un tiro.
Y oía en su imaginación el imperial pistoletazo.
Lo que disgustaba á don Marcos era no poder hablar de esto ni de los peligros de la ofensiva cuando estaba en Villa-Sirena. Los amigos del príncipe vivían como huéspedes de hotel. Su número sólo era completo en las primeras horas de la mañana. Rara vez se sentaban todos á la mesa. Una fuerza exterior parecía buscarles dentro de la «villa», empujándolos hacia Monte-Carlo. Hasta el príncipe almorzaba ó comía muchas veces en el Hotel de París, avisando á última hora por teléfono.
Este desarreglo doméstico lo aceptaba Toledo como algo providencial. La servidumbre había experimentado una baja irreparable con la partida de Estola y Pistola. Una mañana se le presentaron, balbucientes y emocionados, sin sus fracs largos de faldones. Se marchaban: debían pasar la frontera en la misma tarde para presentarse en su cuartel. Habían recibido orden del cónsul.
No parecía entusiasmarles su nueva condición; pero don Marcos, por deber profesional, quiso fortalecerlos con un pequeño discurso. También él, á su misma edad, había partido á la guerra voluntariamente. «Respeto á los jefes... amarlos como á padres... el honor... la bandera...»
La aparición del príncipe cortó su arenga. Los dos muchachos besaron la mano de su señor, como si se despidiesen de él para la eternidad, y no supieron, en su turbación, dónde guardarse los billetes que les fué dando. ¡Estola y Pistola convertidos en soldados!... ¡Hasta á estos dos adolescentes los arreaban hacia la muerte! Y el caso le pareció á Miguel tan extraordinario, tan falto de razón, que al mismo tiempo que los compadecía experimentaba deseos de reir.
Media hora después ya no se acordó de ellos. El coronel sabría organizar un nuevo servicio con mujeres, ya que la guerra no permitía otros domésticos. Además, él se aburría en Villa-Sirena, encontrando un nuevo gusto á la vida en Monte-Carlo.
Los desocupados que paseaban en torno del «queso» le veían entrar en el Casino con aspecto preocupado, como un jugador que acaba de descubrir una combinación nueva. El público de los salones le había visto también aproximarse á las mesas, como si le interesasen las peripecias de la fortuna. Pero en vano esperaban algunos que avanzase una puesta, imaginándose que sólo podía jugar cantidades enormes.
Sus ojos parecían ver detrás de él, y apenas la duquesa de Delille abandonaba su asiento para trasladarse á otra mesa, el príncipe le salía al paso con la mano tendida y una sonrisa juvenil.
Permanecían inmóviles en el lugar del saludo, hasta que, avisados por el instinto de las miradas curiosas fijas en sus espaldas, iban á sentarse en un diván rinconero, y allí continuaban su conversación. De pronto, el murmullo del público en torno de una mesa la hacía correr á ella con una curiosidad profesional, abandonando momentáneamente á Lubimoff.
Alicia tenía la sonrisa amarga y orgullosa de una reina destronada. En los días anteriores la gente sólo había hablado de ella. Hasta Niza y Mentón volaba su nombre. Las familias monegascas que no pueden entrar en el Casino pedían noticias de su suerte á la hora de la comida. En cafés y restoranes sonaba su apellido mezclado con los de los generales que dirigían la guerra. Frente al cartelón de las últimas noticias, las gentes interrumpían sus comentarios sobre la próxima ofensiva, preguntándose: «¿Cómo le fué ayer á la duquesa de Delille?» Por las tardes, al llegar al Casino, los curiosos corrían para verla mejor y los amigos la saludaban, besando su mano con orgullo. Era una ovación silenciosa de ojeadas y sonrisas, igual á la que saluda la entrada de una tiple célebre en el teatro de sus triunfos.
Cerca de dos semanas duró su batalla con el Casino; ganaba, perdía, volvía á ganar. Su «trabajo» empezaba á las tres de la tarde, prolongándose hasta media noche, y transcurría la hora del té, luego la de la comida, sin que ella se enterase. Al terminar el juego se marchaba, apoyada en un brazo de Valeria, saludando á todos con una amabilidad extenuada y victoriosa. Algunas veces, como una enferma que se deja nutrir á regañadientes, aceptaba los _sándwichs_ y la taza de té que su acompañante hacía traer á la mesa de juego.
Una noche--¡noche memorable!--se cerró el Casino sin que ella cesase de ganar. Contó los billetes que le habían dado los altos empleados con una sonrisa amarillenta y opaca. Cuatrocientos de á mil. Se salían de su bolso de mano y del bolso de Valeria. Hasta su amiga «la Generala» tuvo que prestarle ayuda, guardando varios fajos.
--Si no cierran los hago saltar--dijo con la vanidad de los triunfadores.
Clorinda la acompañó en el coche hasta su casa, dándole consejos prudentes: «Retírate, guarda el dinero. Es imposible ir más allá.» Valeria, en el curso de la noche, repitió lo mismo: «No debía ofender á Dios insistiendo.»
Alicia se negó á oirlas. Su inspiración no se había agotado. Aún le quedaban grandes cosas que hacer, y cuando llegase el momento de retirarse, lo vería antes que los demás.
Miguel había asistido á esta lucha, irritante para él. Todas las tardes, al entrar en el Casino, se insultaba en su interior, como si cometiese un acto vil. ¿Por qué asistía á los hechos de esta loca?... Ella no parecía enterarse de su presencia: una mirada al principio, una sonrisa, y en las horas restantes sólo tenía ojos para el juego y para los _croupiers_. A pesar de esto, el príncipe llegaba puntualmente.
Para excusarse, hacía memoria de unas palabras de la duquesa. Al día siguiente de su primera y ruidosa ganancia, se había levantado al verle entrar en el salón, tirando de sus dos manos para hablarle aparte.
--Tú me das la buena suerte--susurró en su oído--. Estoy segura de que es así. Gano desde que somos amigos. ¡Ven, ven siempre! Que te vea cada vez que levante los ojos.
Sólo de tarde en tarde los levantaba: tenía otras cosas más urgentes en su pensamiento. Pero Miguel, para acallar su despecho, se decía que estaba allí por cumplir una palabra. Además, ¡quién podía saber si lo que ella decía era cierto!... La tendencia á la superstición que acompaña á los jugadores, el ambiente del Casino, la misma suerte de Alicia, habían acabado por influir en la incredulidad del príncipe.
Pretendía vengarse de estas largas esperas y de su indiferencia contemplándola con ojos despiadados.
--¡Qué fea está!...
Fea, como todas las mujeres que juegan y parecen sufrir el peso de la edad aceleradamente, bajo el aplastamiento de la emoción. Cada pérdida era un año más que caía sobre su cabeza, cada ganancia un gesto violento que desbarataba la regularidad de su rostro. Lubimoff se complacía en notar las arrugas que una atención intensa iba formando en torno de sus ojos; el afilamiento de su nariz, las dos profundas grietas que estiraban los extremos de su boca, dándola una expresión de prematura vejez. Todas sus preocupaciones femeniles desaparecían en el transcurso de las horas. Su sombrero se ladeaba; los bucles de su cabellera intentaban escapar, erizados y estremecidos por las corrientes de humana electricidad que serpenteaban entre sus raíces. Parecía tener diez años más.
Pero una segunda voz interior emitía otra opinión. «Sí, muy fea... ¡pero tan interesante!» Seguramente que al levantarse de la mesa volvería á ser la Alicia de siempre.
Al entrar en el Casino una tarde, husmeó el acontecimiento extraordinario. Las gentes hablaban, se pedían noticias, corrían todas á una misma mesa.
El amigo Lewis pasó junto á él sin detenerse.
--Tenía que ocurrir.... No sabe jugar.... Lo esperaba.
Un poco más allá le salió al paso Spadoni.
--Nunca ha querido oirme... Hace su capricho... no sigue un sistema. Ya ha rodado al suelo.
Todos los jugadores hablaban como si lamentasen una muerte, pero con una compunción hipócrita, rugiendo interiormente de envidia triunfante al ver desvanecida aquella buena suerte absurda que amargaba sus noches.
Avanzó Lubimoff su cabeza entre dos hombros, viendo á Alicia al mismo tiempo que está levantaba sus ojos. Se cruzaron sus miradas. Ella le contempló con desaliento, como si se quejase, haciéndolo responsable de su desgracia. «¿Por qué me has abandonado?»
El príncipe huyó: le hacía daño verla con aquel aspecto humilde y rabioso de cordero en peligro, que bala de pena y se defiende.
Al anochecer volvió al Casino. Aún había quien se ocupaba de la duquesa, pero en voz baja, con ademanes tristes, como si hablase de un moribundo. Los curiosos habían disminuído en torno de la mesa. Vió á Alicia en el mismo lugar. Detrás de su asiento se erguía Valeria, con el rostro triste, mientras doña Clorinda se inclinaba sobre su amiga, hablándola al oído. Adivinó sus palabras. La incitaba á levantarse: mañana tendría más suerte. Pero ella parecía no oir, manteniéndose con los ojos fijos en unas cuantas placas de quinientos francos y de mil, que era todo lo que le restaba. De repente se impacientó, y volviendo la cabeza dijo una palabra, una nada más, algo muy gordo, pero no nuevo en aquella amistad íntima que se rompía todas las semanas. Doña Clorinda dejó caer otra inmediatamente, con acompañamiento de una puñalada de sus ojos, y se alejó, altiva y desdeñosa, mientras Valeria miraba al techo con desesperación.
Volvió á huir Miguel. Le daba miedo la cara de Alicia, la agresividad nerviosa de su voz, que no había oído, pero que se dejaba adivinar en el estremecimiento de sus labios.
Vagó una media hora por los salones, escuchando de lejos las palabras de los que se ocupaban aún de la duquesa. Una tarde había bastado para llevarse las ganancias de muchos días de éxito. Su infortunio resultaba tan inaudito como su buena suerte. No había acertado una sola vez.
Sintió de pronto en su espalda el contacto de una mano nerviosa. Volvió los ojos: era Alicia, pero con un gesto ávido, con una expresión atrevida é implorante á la vez.
--¿Tienes dinero?...
Este rostro, esta voz, no eran nuevos para Miguel. Antes de la guerra, el Casino había sido el lugar de sus victorias más fulminantes é inesperadas. Mujeres glaciales que le trataban con visible despego, mujeres de reconocida virtud que repelían con su aspecto toda audacia, se habían acercado á él con repentina decisión, solicitando un préstamo y preguntando acto seguido á qué hora podía ofrecer el príncipe una taza de té en Villa-Sirena. Recordó al coronel, que consideraba el juego como el peor de los enemigos de la mujer. Servía para que perdiesen toda vergüenza. En unas cuantas horas quedaban demolidos los prejuicios de su vida anterior. Para seguir jugando ofrecían espontáneamente lo que nunca habían querido conceder.
Lubimoff acogió con extrañeza esta demanda brusca. Llevaba encima muy poco dinero: él no era jugador. ¿Cuanto necesitaba?...
--Veinte mil francos.
Dijo esta cifra como podía haber dicho cien mil ó cinco mil. Para ella, era lo mismo en este momento. Además, en los últimos días había perdido la noción de los valores.
Miguel contestó riendo. ¿Se lo imaginaba, acaso, viniendo al Casino con veinte mil francos en la cartera, lo mismo que un usurero ó un comprador de alhajas?
--Pide prestado--dijo la duquesa--. A ti te darán lo que exijas.
El siguió riendo de esta absurda proposición, pero vencido de antemano por la sencillez con que Alicia la formulaba.
--¿Y tú?... ¿Por qué no pides tú?
¡Oh, ella!... En el orgullo de su triunfo, se había olvidado de pagar varias deudas contraídas antes de su racha de buena fortuna. Ahora era inútil pedir. Estaba en un mal momento, todos la consideraban caída é incapaz de rehacerse.
--Y se engañan, Miguel; siento la inspiración de la suerte. Vas á ver cómo me levanto con unos cuantos golpes. Es mi secreto. Si te lo digo me abandonará la fortuna....¡Hazme ese favor!... Pide los veinte mil al vejete que está allá mirándonos. No te los puede negar: eres el príncipe Lubimoff.... Si te parece bien, haremos sociedad: partiré contigo mis ganancias.
Miguel conservó su sonrisa, mientras se escandalizaba interiormente de esta proposición. ¡En qué cosas pretendía mezclarle esta mujer!... ¡El pidiendo dinero á un prestamista del Casino!...
Pero, á semejanza de ciertos enfermos que realizan los actos más contrarios á su voluntad, cuando se apartó de Alicia, haciendo gestos de protesta, sus piernas le llevaron maquinalmente hacia un diván donde estaba encogido el vejete de la barba dura, con la placa del Corazón de Jesús en la solapa, el sombrero en una mano y un gorro de seda sobre la calva.
--Necesito veinte mil francos.
Quedó dudando el príncipe ante el hombrecito, que se había puesto de pie, sorprendido y receloso al ver que le hablaba tan alto personaje. ¿Era realmente su voz la que acababa de sonar?... Sí, era su voz, pero él experimentó una inmensa extrañeza, como si fuese otro el que había hablado. Sintió deseos de retirarse sin esperar la respuesta del gnomo, pero éste contestaba ya, balbuceando:
--Príncipe... ¡tal cantidad!... Yo soy un pobre. Hago de vez en cuando un favor á personas distinguidas, dos ó tres mil francos... ¡pero veinte mil!... ¡veinte mil!...
Al mismo tiempo que murmuraba la cifra con un acento de ternura, sus ojos astutos penetraron en Lubimoff lo mismo que una sonda. Esta mirada irritó á Miguel, haciendo que se interesase por la operación, como si de ella dependiese su honor. Sin duda, el usurero pensaba en Rusia, en los desmanes de la revolución, en la imposibilidad de cobrar su préstamo aunque el gran personaje le ofreciese toda su fortuna.
--Usted debe conocerme--dijo con voz irritada--. Soy el príncipe Lubimoff; soy el dueño de Villa-Sirena. Necesito veinte mil: ni uno menos. Si usted no puede...
Iba á volverle la espalda, pero el enano le detuvo con humildad, considerando inútiles en la presente ocasión todas las excusas y retardos que hacía sufrir á sus clientes, como un suplicio á fuego lento. Se escurrió entre los grupos, suplicando á «Su Alteza» que esperase un instante. Tal vez no poseía toda la cantidad y necesitaba pedir un refuerzo á la caja del Casino; tal vez iba á ocultarse por un instante en los gabinetes de aseo, sacando los billetes de los diversos escondrijos de su traje y hasta de sus zapatos.
Sintió Miguel una mano discreta que rozaba su diestra, introduciendo entre los dedos un rollo de papeles. El vejete había vuelto sin que él le viese llegar, surgiendo entre dos grupos, pequeño y vivaracho, como surge un diablillo de teatro del fondo de su escotillón.
--¿Conoce usted al coronel?... Mañana se avistará con usted para el pago y los intereses.
El príncipe le volvió la espalda sin otro saludo, dejando al usurero satisfecho de su laconismo descortés. Un gran señor no podía hablar de otro modo. Con hombres así le gustaba tener negocios.
Alicia, que había seguido la escena desde lejos, salió á su encuentro, avanzando disimuladamente una mano.
--Toma.
La diestra de Miguel ofreció los billetes con tal rudeza, que esta entrega casi fué un manotón agresivo.
Su vergüenza por el acto reciente se exteriorizaba en confusas protestas.
--¡Las mujeres!... ¡Lo que me has obligado á hacer!...
Ella, con los billetes en la mano, sólo pensaba ya en el juego.
--Vas á presenciar grandes cosas... Ya sabes que formamos compañía: llevas la mitad.
Se alejó sin darle las gracias, dominada de nuevo por aquel demonio invisible que cantaba en su oreja números y colores.
Lubimoff también se marchó. Temía encontrarse otra vez con el prestamista y recibir su saludo familiar; se imaginaba que todo el público de los salones había seguido atentamente su entrevista con el vejete, sonriendo cuando recibía el dinero.
Salió del Casino. Jamás volvería á él: ¡lo juraba!
Castro, al que había visto de lejos jugando en una mesa, volvió á Villa-Sirena á la hora de comer. Tenía mal gesto; pero olvidaba su propio infortunio para consolarse con el relato de las desgracias de Alicia:
--Después de perderlo todo en el «treinta y cuarenta», apareció á última hora con más dinero: un fajo de billetes de mil francos... Y ella, que no siente predilección por la ruleta, se lanzó á la ruleta. ¡Qué modo de jugar! Al principio acertó unos plenos, dos ó tres, pero luego nada: ¡perder y más perder! Se lo ha dejado todo en la mesa. No la vi salir, pero me han contado que parecía una muerta, apoyada en el brazo de Valeria... Aseguran que sufre del corazón... Lo que yo digo: no es jugador todo el que pretende serlo; se necesita un organismo fuerte. «La Generala» juega menos, pero tiene más serenidad, unas entrañas sólidas.
Miguel durmió mal. Estaba indignado contra Alicia. En vez de lamentar su desgracia, la consideraba lógica. ¡Una mujer metida á ganar dinero!... Las mujeres sólo pueden conseguirlo de manos del hombre, y es inútil que lo busquen por sí mismas, ni aun apelando al juego. El juego también es empresa de hombres.
Y en esa penumbra mental que separa el sueño de la vigilia, el príncipe, tendido en su cama, recordó una de las escenas de su mejor época, cuando su yate estaba anclado en el puerto de Mónaco. Fué una noche, al salir de un banquete en el Hotel de París. Como estaba algo ebrio, se apoyó en los brazos de dos mujeres hermosas que se disputaban, sonrientes y sin éxito, el dominio de su voluntad. Detrás de él marchaban, lo mismo que un séquito, sus amigos, sus parásitos brillantes, varias damas invitadas, toda su corte. Habían entrado en el Casino. El no era jugador; le fatigaba permanecer inmóvil ante una mesa; creía pueril preocuparse por el rodar de una bolilla de hueso ó las combinaciones de unas cartulinas pintadas. ¡Hay en la vida tantos placeres más interesantes!... Pero aquella noche, orgulloso de su poder, sintió deseos de reñir una batalla con la fortuna. La fortuna es hembra, y él la domaría en fuerza de dinero, lo mismo que á las otras. Los ricos acaban por vencer al destino impalpable.
Puso ante él una cantidad enorme para entablar la lucha, y la fortuna no quiso su dinero; antes bien, empezó á darle el suyo con una prodigalidad desdeñosa. El multimillonario deseó perder y no pudo. Variaba su juego caprichosamente, cometía errores voluntarios, y el éxito le salía siempre al paso. Al fin se cansó. Esto fué antes de la guerra, y en vez de las fichas de hueso que representan cien francos, se jugaba con hermosas monedas de oro de igual valor. Tenía ante él numerosas y deslumbrantes columnas de dicho metal; fajos de billetes...
--¿Quién quiere dinero?
Empezó á arrojarlo como una lluvia enloquecedora. Corrieron todas las mujercitas que palidecen y se crispan en torno de las mesas por la suerte de un luis único. Se empujaban, rodando sobre la alfombra, lastimándose mutuamente con las manos y los pies por alcanzar una gota de este maná áureo. Algunas se abofetearon y arañaron mientras sus diestras oprimían el mismo billete de mil francos, desgarrándole. Volteaban los sombreros por el suelo; las cabelleras se esparcían en toda su integridad ó se desmenuzaban en una nube de bucles postizos.
--¡A mí, príncipe... á mí!...
Con las manos ganchudas saltaban en torno de él lo mismo que un corro de poseídas.
--¿Quién quiere dinero?...
Los altos empleados intervinieron con una contrariedad sonriente, por ser quien era el autor del escándalo. «Alteza, ¡por favor!... Las partidas van á suspenderse; esto no se ha visto nunca.» Pero él siguió arrojando dinero, hasta agotar sus ganancias--más de sesenta mil francos--, y los juegos se reanudaron con más público que antes. Todas las que habían recogido algo en el suelo ó en el aire corrieron á exponerlo á una carta ó á un número.