Part 25
Los salones resultaban pequeños después de media noche; se caminaba pisando colas de vestidos femeninos; había que valerse de hábiles deslizamientos para pasar entre los grupos. Todos fumaban, las mujeres más que los hombres, y la atmósfera se enrarecía con el humo del tabaco y el vaho de los bustos desnudos, algo sudorosos bajo su capa de blanquete. Al olor de la carne femenil se unía un perfume moribundo de flores marchitas. Los ricos despreciaban las muchedumbres del Casino, encontrando en el amontonamiento de este club un signo de distinción. Jugaban entre ellos, considerándose á cubierto de una mala vecindad en la mesa, de roces con personas sospechosas que resultaban frecuentes en los salones públicos. Para entrar aquí era preciso ofrecer garantías; padrinos que respondiesen de la honorabilidad del presentado.
El príncipe conocía bien á esta concurrencia brillante. Se encontraban en ella individuos de familias reales, herederos de coronas que estaban de paso en la Costa Azul, banqueros famosos, millonarios de todas las partes del mundo, damas célebres por su nacimiento, por su hermosura ó por sus joyas, muchas cocotas famosas y vetustas, y algunas jóvenes y frescas que deseaban llegar pronto á la vejez, como si esto fuese una condición de la celebridad. Todas ellas se habían exhibido sobre escenarios para mostrar conejos amaestrados, para bailar mediocremente, para cantar sin voz, y entraban en el club bajo el título vago de «artistas».
Miguel avanzó á través de una atmósfera caldeada por las respiraciones y los desfallecientes perfumes. Tuvo que fijarse en dónde ponía sus pies, lo mismo que en otra época. Ahora, los vestidos femeninos eran muy cortos y las piernas se mostraban descubiertas con tranquilo impudor. La guerra recortaba las faldas, como si las mujeres, obligadas á correr en pleno campo, hubiesen tomado por modelo á la antigua cantinera. Pero casi todas, para no romper enteramente con la majestuosa tradición, habían añadido al faldellín de moda una cola estrecha y aguda como una lengua, que seguía sus pasos.
Una dama salió al encuentro de Lubimoff, y éste tardó en reconocerla. ¡Hacía tantos años que no había visto á Alicia vestida de _soirée_! Su traje databa de antes de la guerra, pero era rico y la duquesa lo llevaba con el mismo garbo que en sus tiempos de opulencia. El largo collar de perlas adquiría un aspecto de autenticidad sobre su persona, así como los demás adornos. Se adivinaba en ella un arreglo extraordinario con motivo de su visita al club.
Lo frecuentaba poco; este público, compuesto de antiguos amigos, hablaba demasiado, estorbándola en sus cálculos de jugadora. Prefería el Casino, con sus vastos salones y su muchedumbre abigarrada que se expresa en diversas lenguas. Era plebeya en su juego: tenía la superstición de que la fortuna acude ante todo allí donde sus devotos forman masa. La corazonada de su buena suerte y el juego del _baccará_, que únicamente funcionaba allí, le habían decidido á faltar por una noche á sus costumbres habituales.
El príncipe la felicitó por su hermoso aspecto, por su traje, por sus perlas...
--Falsas, escandalosamente falsas, hijo mío--dijo riendo y mirando en torno de ella--. Pero bien sabes que la mayor parte de las que llevan las otras no son mejores. ¡Ay, las perlas! Si se juntasen todas las que se lucen en el mundo, resultaría que el mar no tiene espacio para haber producido la décima parte.
Se llevó á Miguel hacia el _bar_. Quería pedirle un favor. A las doce empezaba la partida de _baccará_; ella había solicitado la banca, pero los reglamentos del club se oponían á su pretensión. ¡Pobres mujeres! Hasta en el juego estaban condenadas á una inferioridad degradante. Podían perder su fortuna confundidas en la masa de los «puntos», pero les estaba vedado ser banqueras. Los legisladores de esta sociedad y de otras semejantes temían sin duda que las mujeres fuesen más dadas á la trampa que los hombres. Ella, la duquesa de Delille, no podía ser igual al marinero griego que tallaba todas las noches con una suerte inverosímil, haciendo incurrir al público en sospechas y malos pensamientos.
--Exigen un hombre que talle por mí, que aparezca como banquero, aunque todos sepan que el capital es mío, y he pensado que tú puedes hacerme ese favor. Me gusta que vayamos juntos... ¡juntos en este negocio que es para mí de vida ó muerte! Además, estoy segura del éxito si tú tallas. ¡Y qué acontecimiento! ¡Cómo acudirán los «puntos»! ¡El príncipe Lubimoff haciendo de banquero!...
Pero no pudo continuar. Miguel la interrumpió con un gesto rotundo de negativa. Era inútil cuanto dijese. Se indignaba solamente ante la suposición de que le vieran sentado á la mesa verde jugando un dinero que no era suyo y teniendo á Alicia á sus espaldas. Además, estaba seguro de perder.
La duquesa se separó de él apresuradamente. Pasaba el tiempo, y de un momento á otro iban á adjudicar la banca. Creyó de nuevo en su buena estrella al ver á un joven deslizándose tímido entre los grupos.
--¡Spadoni!... ¡Spadoni!
Palideció el pianista al escucharla. ¡Oh, duquesa!... Temblaba y balbuceaba de emoción. ¡El tallando en el _Sporting-Club_, ante el público elegante de las noches de ópera, manejando miles de francos, con todas las miradas fijas en su persona... Era el coronamiento de una carrera: después de esto, morir.
Dos jugadores habían solicitado la banca: el célebre griego y un industrial de París que se estaba enriqueciendo fabulosamente con la fabricación de material de guerra. Spadoni su presentó también, llevando en un bolsillo los quince mil francos necesarios para tomar la banca. Había que echar suertes entre los tres solicitantes. Un empleado del club trajo una botella de mimbre que contenía diez bolas numeradas, y después de agitarla, arrojó tres sobre la mesa: una para cada uno. Alicia, metida entre ellos con una familiaridad varonil, casi palmoteó de alegría. La suerte había favorecido á Spadoni; de él era la banca. Mas el pianista, respetuoso de los privilegios que merece el genio, se excusó modestamente y pidió perdón con la mirada y la sonrisa á su rival el griego.
Era un hombre obeso, casi cuadrado, de tez morena y lustrosa, bigote negro y unos ojos algo oblicuos, de fijeza agresiva, que recordaban los del jabalí. Sus abuelos habían sido piratas en el Archipiélago, y él, viendo cortada esta carrera heroica, hizo el contrabando en su juventud. Spadoni, algo intimidado por la majestad del grande hombre, balbuceaba excusas con los ojos fijos en su pechera brillante ornada de perlas y en el chaleco de seda gris que cubría su recio vientre. El griego le contestó con un mugido de mal humor, alejándose luego de hacer una reverencia á la duquesa casi igual á las que había visto en el teatro. Aunque apenas sabía leer, estaba enterado de cómo hay que tratar á una dama que declara la guerra.
Las doce de la noche. Cesó el juego en las mesas de ruleta y «treinta y cuarenta». El público se fué aglomerando en la sala del _baccará_. Había circulado la noticia: el pianista Spadoni, considerado por todos como un parásito armonioso, iba á ocupar el mismo sitio que era las otras noches del griego; pero en realidad, la banca pertenecía á la duquesa de Delille.
En torno de la mesa se formó una triple fila de personas, oprimidas pecho contra espalda, incrustándose unas en otras para ver mejor sobre los hombros inmediatos.
Spadoni sonreía, pero acabó por intimidarle la curiosidad irónica fija en su persona. Muchos de los que le contemplaban eran importantes personajes que siempre le habían infundido gran respeto. Por fortuna, sentía á sus espaldas á la duquesa, sentada con un aire de patrona, vigilándole autoritariamente. Si cometía algún error, esta gran dama era capaz de pegarle... ¡Animo y adelante!...
El _croupier_ colocado enfrente para cobrar y pagar barajaba los naipes antes de introducirlos en un doble cajoncito, del que debía extraerlos el banquero. ¡Pobre banquero! Considerando el público extraordinaria su elevación, quería reir á toda costa. Al sentarse en su asiento presidencial, los curiosos encontraron muy graciosa la timidez del pianista, y una risa franca saludó su presencia. Hizo una pregunta en voz baja al _croupier_, y se repitió la explosión de regocijo. Las mujeres se mostraban las más expansivas al pensar que su burla, pasando por encima de Spadoni, podía herir á la que lo había puesto allí. El gesto de extrañeza del músico ante esta hilaridad sólo sirvió para prolongarla escandalosamente. Todos reían por contagio viendo su cómico asombro. De pronto, una voz ruda cortó el regocijo general.
--¡Banco!
La voz del griego. Se había sentado á la derecha de Spadoni con el aire enfurruñado del que contempla una enorme injusticia y cree necesario repararla. No podía tolerar que este personaje grotesco ocupase el mismo sitio donde él era admirado todas las noches. Tampoco consideraba admisible que una dama se mezclase en negocios que sólo pertenecen á los hombres. Sentía la extrañeza y el escándalo del que presencia un desorden en el ritmo de las cosas naturales. El mundo estaba trastornado: los aprendices querían ser maestros; ya no se respetaban las categorías; era preciso terminar de una vez. «¡Banco!»
Se estremeció el príncipe. Los quince mil francos de Alicia estaban en peligro. Aquel hombre no quería que la banca continuase. Si ganaba, desaparecía de golpe todo el capital puesto por Alicia; si perdía, se doblaba el dinero de ésta... Pero iba á ganar indudablemente. ¡Cuando un hombre de tan buena suerte se atrevía á hacer esto!...
Quedó aterrado Spadoni al oir la voz del grande hombre. Instintivamente torció sus ojos hacia la duquesa, pero los apartó en seguida, más aterrado aún por su rostro inmóvil y una mirada dura que parecía herirle por la espalda, como si él fuese el culpable.
El doble cajoncito, completamente listo, aguardaba junto á sus manos. Dió cartas á derecha é izquierda, y luego extrajo las suyas.
Mostró el griego sus cartas, arrojándolas sobre el tapete. «Ocho.» Un murmullo de aprobación se elevó en torno de la mesa. Los admiradores de su buena suerte se regocijaron como de un triunfo propio. Tomó las cartas del lado opuesto, que le ofrecía el _croupier_, y las mostró después de examinarlas rápidamente. Ahora el murmullo fué de asombro. ¡Ocho también! Iba á ganar. Era casi imposible que el banquero tuviese un punto más alto.
Spadoni, pálido, con la frente barnizada de sudor, descubrió sus naipes. El público los saludó con un rugido sordo: «¡Nueve!»
Los mismos que reían de él encontraron natural este resultado. «La suerte protege siempre á la inocencia.»
Y mientras el griego entregaba quince mil francos al _croupier_ depositario de la banca, el pianista se inclinó modestamente. Algunas jugadoras supersticiosas reconocieron que la duquesa había procedido con gran cordura al confiar su suerte á este simple.
Los ojos de Alicia buscaron á Miguel en el triple óvalo de cabezas. Le sonrió levemente. Había perdido ya la dura inmovilidad con que acababa de arrostrar este momento de emoción. Se sentía muy segura de su triunfo. Y deseosa de asombrar á los curiosos con una calma imperturbable, sacó de su bolso una cigarrera de oro, una larga boquilla de marfil, y empezó á fumar.
Después de este primer éxito, el pianista jugó con cierta autoridad. La duquesa, inmóvil á sus espaldas, parecía comunicarle su fe. Hizo varias tallas, siempre ganando, y al aumentar considerablemente el dinero de la banca, se excitó la codicia de los jugadores. Los que rieron de la torpeza de Spadoni fruncían ahora las cejas con un interés agresivo, tomando parte en el juego. Así como aumentaba el capital, eran más gruesas las puestas. Todos presentían una gran partida emocionante. El banquero se había olvidado de la duquesa y de su propia humildad. Creyó que lo que ganaba era de él; se imaginó haber descubierto el secreto mencionado por Novoa y que iba á conseguir aquellas fabulosas ganancias calculadas tantas veces cuando escribía docenas y docenas de ceros sobre un papel. ¡Qué noche! ¡Y no estar allí su amigo el sabio, para que presenciase su triunfo!...
Lubimoff su retiró de la mesa. Le hacía daño la serenidad forzada de Alicia, su manera de fumar mientras contemplaba con ojos felinos la marcha del juego. Iba á cambiarse la suerte de un momento á otro: esta ganancia continua é insolente no podía seguir. El griego se esforzaba por ocultar su cólera, jugando y perdiendo como un simple «punto». Le era imposible gritar «¡banco!» hasta que empezase otra talla, quedando agotados los naipes del doble cajoncito. Pero continuaba en su puesto, con una arrogancia de domador, convencido de que al fin llegaría á sujetar á la burlona casualidad. Tenía más dinero que Alicia y su representante: podía resistir, y acabaría por vencerlos.
El príncipe se fué al _bar_, entreteniéndose en beber lentamente dos mixturas americanas, dulces y amargas al mismo tiempo, muy cargadas de alcohol. Quería embriagarse un poco, para sentirse al mismo nivel de aquella mujer que tan desesperadamente jugueteaba con la suerte.
Se vió solo. Todo el club estaba reconcentrado en la sala del _baccará_. Miguel lamentó que Castro no estuviese en el _Sporting_. Hubieran charlado como en la tarde que Alicia logró asirse por primera vez á las alas de oro de la Quimera. Tal vez su ausencia era por orden de «la Generala». El también había venido aquí arrastrado por una mujer.
Un sordo rumor llegó de la sala de juego. Vió poco después algunos de los curiosos que entraban en el _bar_, deteniéndose ante el mostrador para beber. Hablaban con grandes aspavientos de asombro. Al oir el nombre del griego repetido muchas veces, fijó su atención. Había gritado «¡banco!» al empezar una nueva talla, cuando la banca poseía ciento cuarenta mil francos. Sólo aquel hombre de suerte era capaz de tal atrevimiento. Tuvo ocho, pero el pianista mostró luego sus cartas. Nueve otra vez. Y el _croupier_ había barrido para la banca los ciento cuarenta mil del griego. ¡Qué noche! ¡Y pensar que era el tonto de Spadoni el que realizaba tales prodigios!...
Algunas mujeres pasaron ante la puerta del _bar_ con aire de mal humor, gesticulando entre ellas. Se mostraban escandalizadas é irritadas por la fortuna de la de Delille, á pesar de que ninguna de ellas había perdido un céntimo en el juego. Una suerte así no era natural; debía haber trampa. No podían decir cómo era la trampa, pero existía indudablemente.
Después pasó el griego, seguido de dos admiradores, sudoroso, con la pechera arrugada y el chaleco subido, dejando ver la camisa entre sus picos y la cintura del pantalón. Levantaba los hombros con desprecio. El mundo estaba trastornado: ya no había lógica. ¡Por eso las cosas de la guerra marchaban tan mal!...
Y se alejó hacia el pasaje subterráneo, para volver al Hotel de París. No quería ver mas: esta noche era para los locos.
Tampoco el príncipe deseaba ver, y continuó en su sillón, pidiendo un nuevo _cocktail_. Desfilaban ante las puertas los que huían amargados por la suerte ajena y los que llegaban atraídos por la noticia del suceso.
Permaneció solo, como un espectador que se queda en el vestíbulo de un teatro y escucha los lejanos estremecimientos del público. Transcurrían largos intervalos de silencio. Después, un rumor, un suspiro colectivo, el abejorreo de un comentario en voz baja alrededor de la mesa. ¿Seguía ganando Alicia?... ¿Iba á verla aparecer como el otro, encogiéndose de hombros ante los absurdos de la suerte?...
Aún pidió un vaso más; y contemplando las espirales de humo de su cigarro, fué adormeciéndose. De pronto se incorporó, creyendo haber recibido un fuerte golpe en la espalda. ¡Pura ilusión! Estaba solo. Sus ojos, al mirar en torno de él, se fijaron en el reloj. Las dos. Y se puso de pie, dirigiéndose con lentitud á la sala del _baccará_.
Había disminuído el público, pero todos los que quedaban intervenían en el juego. La enorme suma reunida por la banca era una tentación. ¡No había miedo de que los gananciosos quedasen sin cobrar! Hasta los mirones que pasan la noche de pie, participando de la emoción ajena, arriesgaban su dinero de luis en luis, esperando que cambiase en favor del público esta racha de suerte que únicamente soplaba del lado de la banca.
Lo primero que vió Miguel fué un enorme montón de billetes de mil francos, de placas de cinco mil, de fichas y papeles de distintos valores. Era una fortuna. Luego se fijó en Alicia, inmóvil en su asiento, tal como la había dejado, con un rostro inexpresivo de cariátide. Sólo sus ojos iban maquinalmente de aquel montón de riquezas á las manos del banquero. Fumaba... fumaba. En un platillo que un lacayo había colocado reverentemente al lado de la victoriosa había un montón de cigarrillos consumidos, con boquilla de oro. Parecía embrutecida por su éxito, por la monotonía de aquella buena suerte incesante.
El pianista mostraba cierta somnolencia en sus gestos y en su voz. El triunfo le parecía insípido después de la fuga del admirable griego. Igualmente habían desaparecido otros jugadores célebres, como si no quisieran autorizar con su presencia esta fortuna absurda. Los únicos contrincantes serios eran unos ingleses residentes en Beaulieu, que tenían abajo sus automóviles. Les interesaba este juego extraordinario, como si fuese un deporte original; querían luchar contra la buena suerte de la banca, con una tenacidad británica, únicamente por el gusto de vencerla. Ellas, huesudas y distinguidas, con amplios escotes y largas colas, lanzaban un «¡oh!» de asombro cada vez que el _croupier_ se llevaba con la raqueta las fuertes puestas, mientras ellos sacaban del bolsillo interior del _smoking_ nuevos puñados de billetes, saludando su derrota con metálicas risas.
Spadoni perdió en un golpe veinte mil francos. Lubimoff tuvo el presentimiento fatal del marino que percibe bajo sus pies el temblor del buque que va á abrirse, del soldado que adivina el principio de la derrota.
Un segundo golpe; y la banca perdió otra vez.
Miguel se aproximó con cierta cautela á la silla que ocupaba Alicia.
--Son las dos. Ya es hora de retirarse--murmuró, dejando caer sus palabras sobre la cabellera que estaba al nivel de su pecho--. Va á llegar la mala: la siento venir. Dile á Spadoni que se levante.
Ella elevó sus ojos para mirarle con extrañeza. Parecía ebria; no acertaba á entender sus consejos. Y manifestó su negativa con leves movimientos de cabeza. Tenía fe en la propia suerte.
La suerte se encargó de reanimar acto seguido su confianza. El banquero ganaba otra vez, llevándose todas las sumas depositadas en ambos paños de la mesa. Pero esto no convenció al príncipe. Continuaba sintiendo miedo, y su inquietud le hizo ser brutal.
Se colocó á espaldas de Spadoni para hablarle discretamente, mientras miraba en otra dirección. Debía levantarse en seguida, dando por terminado el juego. Ya era hora.
El banquero torció la cara y miró hacia arriba para reconocer la voz prudente que le daba consejos desde lo alto. «¡Ah, Su Alteza!» Acompañó este descubrimiento con una sonrisa de orgullo, satisfecho de que el príncipe Lubimoff hubiese presenciado la hazaña más grande de su vida.
Y siguió tallando.
Lubimoff se irritó. Este idiota, sumergido en su gloria, no lo entendía: y si le entendía, se negaba á obedecerle. La voz del príncipe fué cayendo con una lentitud temblorosa sobre la cabeza que estaba debajo. ¡Spadoni, pianista de los demonios! (Aquí dos ó tres juramentos en diversos idiomas.) Si no le obedecía inmediatamente, iba á sacarlo de un zarpazo de su asiento, á darle una pateadura, á arrojarlo por una ventana...
--¡La última!--dijo el músico.
Cuando dejó de tallar muchos respiraron, satisfechos de que terminase un juego que parecía un maleficio. Otros contemplaban con asombro y envidia el enorme montón de la banca mientras el _croupier_ lo ponía en orden, formando fajos de billetes, alineando columnas de fichas de diversos colores.
Corrió de boca en boca la cifra: ¡cuatrocientos noventa y cuatro mil francos! Sólo faltaba una pequeña cantidad para medio millón. Pocas veces se había visto una ganancia tan rápida.
Spadoni, como si fuese el dueño de tales riquezas, las fué metiendo en un cestillo de mimbre. Temblaba de emoción. Iba á pasar entre los curiosos sosteniendo contra su pecho el tesoro, lo mismo que otras noches había visto pasar á su grande hombre con aire de vencedor. ¡Qué valían al lado de esto los aplausos que llevaba recibidos como pianista!...
Unos manos ávidas le arrebataron el cestillo.
--No: ¡yo!... ¡yo!
Era la duquesa; ya no tenía por qué fingir indiferencia. Aquel dinero era suyo. Se había transfigurado al salir de su mutismo expectante; sus ojos brillaban con un resplandor triunfal; tenía la frente sudorosa; le latían las mejillas, intensamente pálidas. Llevando el cestillo ante ella con los brazos extendidos, pasó entre los grupos, lentamente, con una majestad hierática, dirigiéndose hacia la caja del club.
Permaneció Spadoni junto al príncipe. También sudaba, mientras su rostro tenía la palidez de la emoción.
--¡Qué noche, Alteza!... ¡Qué noche!
Miraba á todos con orgullo, pero sonreía humildemente al dueño de Villa-Sirena para que olvidase su resistencia de momentos antes y las terribles amenazas con que la había acogido.
Al poco rato volvió Alicia hacia ellos, guardando un papel en su bolso de mano.
El entusiasmo del músico hizo explosión.
--¡Oh, duquesa!... ¡Divina duquesa!
La besaba en uno de sus brazos desnudos; luego en un hombro. Alicia sonrió ante este homenaje público. El pobre pianista, hiciese lo que hiciese, no comprometía.
--Gracias, Spadoni; cuente con mi gratitud. Vaya pensando lo que desea: una casa, un yate, tal vez un piano con teclas de brillantes...
Miguel la escuchó asombrado. Hablaba de buena fe: parecía enloquecida por su fortuna.
Pero el músico se alejó de ellos. Necesitaba estar solo. Al lado de la duquesa tenia que compartir su gloria, contentándose con un jirón. Y fué á reunirse con los ingleses de Beaulieu, que deseaban conocerle de cerca y beber con él una botella de champaña, proclamándolo el fenómeno más interesante que habían encontrado en sus viajes.
Alicia y el príncipe se dirigieron hacia el guardarropa.
--He depositado las ganancias en la caja del club--dijo ella mostrándole el recibo--. De noche no voy á llevarme tanto dinero á mi casa. Mañana vendré para pasarlo al Banco. Necesito que alguien me acompañe. Envíame al coronel: es hombre de guerra y debe tener revólver.
Luego, acordándose de algo importante, su rostro tomó una expresión grave.
--Inútil es decir que mañana arreglaremos cuentas. No creas que olvido lo que te debo: veinte mil francos del otro día, los trescientos mil de tu madre... Todo se pagará.
Miguel expresó con una larga risa el asombro que le causaba esta promesa. Decididamente, la ganancia le había perturbado el cerebro. Un piano con teclas de brillantes para el otro; ahora centenares de miles de francos para él. La fortuna recién adquirida en dos horas le parecía extraordinaria y tan inmensa como su buena suerte.
--Lo que yo quiero--añadió en voz baja, cesando de reir--, lo que yo deseo de ti, bien lo sabes...
Ella le hizo callar con una mirada acariciante y un siseo discreto que equivalía á una promesa.
Habían bajado la gran escalera del club; estaban en el vestíbulo, ella envuelta en una capa de seda con bordados de oro y ricas pieles, que le recordaba sus salidas de la Opera de París; él con el gabán abierto y un sombrero flexible forrado de seda.
Los empleados del vestíbulo, enterados de lo que había ocurrido en los salones, corrieron á la cancela de cristales, con la esperanza de la regia propina. «¡Un carruaje para la señora duquesa!»
Pero ella deseó marchar á través del silencio de la noche. Estaba entumecida por su larga inmovilidad; necesitaba, como todos los que se consideran dichosos, prolongar el goce de su triunfo con un largo paseo.