Part 17
A la hora del almuerzo, Spadoni no se presentó en Villa-Sirena. Atilio le había visto en el Casino con sus amigos los ingleses de Niza. Estarían almorzando juntos en el Hotel de París, para hablar de nuevas combinaciones. La última consistía en jugar cuatro en diversas mesas, siguiendo un «sistema» común que el pianista juzgaba infalible.
Después de tomar el café, todos los habitantes de la lujosa «villa» parecieran agitados por una comezón que no les dejaba continuar en sus asientos. Castro se marchó el primero, anunciando que iba al Casino. Le avisaba el corazón «una gran tarde». Tenía entre ojos á un _croupier_ que empezaba su servicio á las tres y media. Conocía su modo de tirar la bola. Cada uno tiene su especialidad: unos son de mano larga; otros de mano corta. Este la hacía caer con frecuencia en el 17: su número.
Novoa se fué detrás de él, pero con menos franqueza. Balbuceó ruborosamente al despedirse del príncipe. Tal vez iría á pasar la tarde con sus amigos de Mónaco; tal vez hiciese un pequeño viaje por el camino de Niza hasta Cap d'Ail ó Beaulieu. Era la confusión del señor que no sabe mentir.
El príncipe quedó solo. Miró un rato el mar; luego cambió de ventana, contemplando sus jardines. Oprimió el botón de un timbre para que acudiese don Marcos. No sabía qué decirle, pero necesitaba verlo para no estar solo. Se presentó una de las criadas viejas, anunciando que el coronel se había ido á Monte-Carlo.
--¡Este también!--dijo el príncipe.
Tomó su sombrero y su gabán para escapar al tedio de una tarde de domingo pasada á solas. Además, una fuerza indefinible tiraba de él igualmente hacia la inmediata ciudad. Avanzó por el jardín, dejando á sus espaldas la «villa». Le pareció más grande al quedar abandonada, y que su silencio ceñudo é irritado equivalía á una protesta muda. «¿Para eso la habían construído, gastando tan enormes cantidades?...» Por la carretera inmediata se deslizaban tranvías y carruajes repletos de gente de Monte-Carlo que iba en busca de un pedazo de mar sonriente, de un grupo de pinos, de una altura panorámica.
¡Y el poseedor de los jardines famosos de Villa-Sirena los abandonaba para irse á una población de la que huían los otros!... Lubimoff se acordó del hermoso plan de vida elaborado meses antes: una comunidad de laicos encerrada en este rincón paradisíaco; música, astronomía, agradables conversaciones, trabajos higiénicos. Y los monjes se escapaban con toda clase de pretextos; él, que era su jefe, también sentía una necesidad inexplicable de imitarlos, y hasta Toledo, fiel admirador de aquella propiedad que consideraba la mejor obra de su existencia, parecía sufrir la misma fiebre ambulatoria.
Se volvió cerca de la verja para contemplar su hermoso dominio, como si le pidiese perdón. Un silencio de palacio encantado: los jardines dormitaban como bosques de ensueño. Creyó ver al final de una larga avenida el revoloteo de dos grandes pájaros. Eran Estola y Pistola, con sus fracs de faldones excesivamente largos, corriendo hacia el final del promontorio. Para los dos solos se había construído Villa-Sirena. Podían jugar con un regocijo gimnástico de adolescentes por aquellos jardines que envidiaban los curiosos pegados á la verja; podían romper en sus carreras las plantas raras traídas del otro lado del planeta, saltar de roca en roca en busca de los pececillos que dejaban las olas en los minúsculos lagos de las oquedades de la piedra, hasta que sus fracs quedasen bien mojados y sus zapatos rotos, para desesperación del coronel, que todos los días pasaba revista á su gente.
Miguel no quiso preguntarse adónde iba. Su paseo era seguramente con un fin determinado, pero consideró inoportuno pensar en él.
Vió de pronto dos corrientes de gentío que, viniendo en opuestas direcciones, se encontraban y confundían, subiendo juntas una escalinata corta y anchísima partida por dos pasamanos y cubierta por tres alfombras rojas.
Estaba ante las puertas del Casino. Por un lado iban llegando los que acababan de descender del ferrocarril; por otro, los que habían recogido los tranvías en todos los pueblos de la Costa Azul, desde Niza á Monte-Carlo.
Cantaba aquella tarde un tenor italiano célebre, y una parte de la muchedumbre, despreciando el juego por el momento, se aglomeraba en el teatro.
Lubimoff se vió atendido inmediatamente por dos graves señores de levita y corbata negras, con la cabeza descubierta: dos inspectores del Casino.
--¡Desolados, príncipe! Todo lleno; hasta en los pasillos hay gente.
Pero como era él, uno de los dos lo acompañó hasta el palco de los ministros de Mónaco. El gobernador del príncipe soberano le conocía y quiso cederle el mejor lugar; pero Miguel se mantuvo en segundo término, por miedo á la curiosidad del público.
Era un teatro sin pisos altos; una sala de espectáculos más ancha que profunda, con filas de butacas todas iguales y al mismo precio, y un escenario que servía para los conciertos y excepcionalmente para las representaciones teatrales. El mismo arquitecto de la Opera de París había repetido su abrumadora ostentosidad en esta sala: oro por todas partes, molduras, cariátides, espejos inmensos. No había un palmo de pared que no fuese de estuco labrado y dorado. En el muro del fondo, sobre las filas de butacas que se elevaban en acentuado declive, había cinco palcos, los únicos: el del príncipe soberano y los de sus dignatarios.
Miguel escuchó á los cantantes, mientras examinaba la apretada masa de público que podía distinguir desde su asiento. Reconoció á muchos en esta contemplación á vista de pájaro. Vió en las primeras filas una cabeza gris, con los cabellos partidos de la frente á la nuca y peinados hacia adelante hasta confundirse con unas patillas á la austriaca. Era el coronel, que escuchaba con cierta autoridad, balanceando el cráneo para conceder su aprobación al célebre tenor. Pero no estaba solo: le vió ladear el rostro hacia una cabellera rizada y una sarta de gruesas cuentas de ámbar. ¡Ah, traidor!... Indudablemente, la hija del jardinero. Por esto se había dado tanta prisa en huir: una exigencia de la aprendiza, deseosa de escuchar á aquel artista del que tanto hablaban las señoras. Cuando el grueso ruiseñor quedaba oculto entre bastidores, el coronel ofrecía á su protegida un cucurucho lleno de caramelos. ¡Caramelos en tiempo de guerra! Un verdadero derroche que sólo se podía permitir un enamorado.
En el entreacto, el príncipe se marchó furtivamente, temiendo encontrarse con don Marcos y que su presencia le amargase una tarde feliz. Además, no le interesaba la ópera ni aquel cantante tan alabado.
Atravesó el gran atrio de columnas de jaspe que sostienen una galería con balaustres rematados por candelabros de bronce. En un extremo, sobre tableros, estaban las últimas noticias. El príncipe las leyó sin curiosidad. «Nada; lo de siempre. Sigue la monótona guerra de trincheras. El terreno ganado ó perdido á metros. Esto no acabará nunca...»
Se deslizó entre los grupos que paseaban durante los entreactos, evitando que le viese el coronel. ¡Pobre Toledo! Iba gravemente orgulloso al lado de aquella protegida que podía ser su nieta. Miraba hostilmente á los jóvenes, mientras la muchacha, á sus espaldas, lanzaba ojeadas á todos los hombres con uniforme.
El príncipe tuvo que abrirse paso á través de un grupo inmóvil y compacto. Eran oficiales convalecientes, franceses, canadienses, australianos, ingleses, y revueltas con ellos, enfermeras de varios tipos; unas con velos monacales y aspecto frágil; otras varoniles, con corbata y levita de botones dorados, sin otra prenda femenil que la falda... Algunas más viejas, de pelo corto, cara roja y grandes anteojos de concha, exigían un detenido examen para que de su aspecto híbrido pudiera surgir la convicción de que eran mujeres. Se amontonaban ante las tres dobles mamparas que dan acceso á las salas de juego. Todo el que perteneciese á las fuerzas de mar y tierra de cualquiera nación no debía pasar de aquí: los militares sólo podían entrar en la sala de espectáculos y el atrio del Casino. Y estas gentes, que en sus lejanos países habían oído hablar muchas veces de Monte-Carlo, al verse en él por los azares de la guerra, se amontonaban junto á las mamparas con una curiosidad infantil, admirando instantáneamente, al abrirse y cerrarse aquéllas, la rápida visión de los salones dorados, puestos en fila y llenos de público. Después se retiraban, cediendo el sitio á otros camaradas. Ya habían visto; ya podían afirmar que Monte-Carlo no guardaba secretos para ellos.
Los empleados de levita negra abrieron una de las mamparas, saludando al príncipe como á un antiguo conocido.
Era la primera vez que entraba en los salones de juego después de su vuelta. Creyó que caía con milagrosa regresión en el mundo anterior á la guerra; que todas las cosas que afligían á la humanidad quedaban al otro lado de la puerta, como queda una acción dramática, falsa pero emocionante, sobre el escenario de un teatro que abandonamos.
Hasta encontró cierto atractivo en la arquitectura de estos salones, por ser algo familiar que le recordaba épocas agradables de su existencia.
Estaba en la sala del Renacimiento, pero toda su atención fué atraída por la pieza inmediata, la rotonda central del Casino, el llamado salón de Schmit, al que convergen los otros salones y que parece prolongarse por debajo de las portadas divisorias hasta el fondo del edificio.
Un silencio rumoroso surgía de las aglomeraciones humanas en torno de las mesas verdes. Todos al hablar lo hacían en voz baja, como en una iglesia. De vez en cuando, este susurro se cortaba con un largo rechinamiento, con un ruido igual al de los guijarros de una costa arrastrados por la ola. Eran las raquetas de los empleados, que barrían el paño verde, llevándose las monedas, las fichas, todos los despojos de la pérdida, chocando unas con otras las piezas de metal y las de falso hueso. La voz de los _croupiers_ se elevaba sobre este silencio febril de colmena bullente como la del oficial que ordena una maniobra. «Hagan sus juegos...» «¿El juego está hecho?...» «No va más.» El silencio perdía su envoltura rumorosa; se iba adelgazando. Los pechos respiraban con menos fuerza; los cuellos se estiraban para ver mejor sobre el hombro vecino; algunas mujeres permanecían sobre un pie nada más, echando atrás el otro, como bailarinas que se inclinan para tocar el suelo con las manos. Todos se apretujaban, sin reparar en el sexo á que pertenecían las carnes inmediatas; y en esta pausa de rostros alargados, cejas fruncidas, bocas rígidas y miradas convergentes sonaba, aumentado por un eco diabólico, el correteo de la bolita de marfil por la ranura circular del borde de madera, mientras la rosa de colores de la ruleta iba girando como un kaleidoscopio en sentido inverso.
De pronto, un golpe seco. La bola había terminado su fuga circular, cayendo en un número. Se prolongaba el silencio; los rostros parecían estirarse aún más; los puños se apretaban convulsivamente. Otra vez el ruido de guijarros movidos por la ola. Las raquetas barrían el campo verde. Mal número para el público. Cuando se elevaba en torno de la mesa un ahogado rugido, la respiración de cien pechos descongestionados, los _croupiers_ tardaban varios minutos en reanudar el juego, para pagar á los gananciosos y resolver cuestiones entre los que reclamaban la misma puesta. Al terminar una partida, se disgregaban los grupos de una mesa para trasladarse á otra; pero la orla de gente continuaba siendo compacta, por los nuevos aportes de curiosos.
Descendía de la claraboya central un resplandor acaramelado. Fuera brillaba el sol sobre el mar azul; aquí, la luz era de bodega: una luz, según Castro, semejante á la del salón de sesiones de un Congreso de diputados. Esta luz amarillenta, igual al oxidado fulgor del oro viejo, parecía aumentar la suntuosidad de las salas. Era la arquitectura majestuosa y rica que convence al pueblo y á los ricos improvisados. Las columnas y pilastras, de ónix y de bronce, sostenían un techo magnífico, cortado circularmente por la cristalería de la claraboya. En los cuatro triángulos de la bóveda estaban representados escultóricamente el Aire, la Tierra, el Fuego y el Agua, como si los tales elementos tuviesen alguna relación con la industria que daba vida al vasto palacio.
Cuatro arañas de metal, enormes y rutilantes, completaban la pesada suntuosidad. Allí donde no había dorados ó espejos, ocupaban las paredes vistosas pinturas. Estos cuadros y todos los que adornaban al Casino eran objeto de las burlas de Miguel. Algunos resultaban aceptables; los más parecían viejísimos, á pesar de que no tenían más de cuarenta años, pero con una vejez sin nobleza, lo mismo que si hubiesen pasado sobre ellos varios siglos de desprecio y olvido.
Atilio explicaba á su modo la presencia de tales lienzos. Eran obra, según él, de aficionados arruinados por el juego, que el Casino se veía en la obligación de proteger.
El príncipe empezó á encontrar figuras conocidas entre este público incesantemente renovado, que cada mes resultaba distinto. Todo el mundo pasaba por allí. El pavimento, de diversas maderas ensambladas, era uno de los caminos más frecuentados de Europa. Semejante al antiguo Foro de Roma, punto de convergencia de las rutas del mundo entero, este salón atraía á las gentes desocupadas del planeta. Soñaban todos con poder ir alguna vez á arrostrar una moneda en la gran casa de juego mediterránea. El hombre de otros continentes, al desembarcar en el viejo mundo, inscribía Monte-Carlo en su itinerario de viaje. Pero este río humano que se deslizaba incesantemente, recibiendo el aporte de nuevas olas, iba dejando aguas muertas, plantas desarraigadas, troncos desmochados, en las sinuosidades de sus ribazos.
Lubimoff casi saludó á ciertas personas que le miraban con afectuosa sorpresa, lo mismo que si viesen en él á un resucitado.
Un vejete de barba corta y dura sobre un rostro de cadavérica palidez se inclinó profundamente á su paso, sin que su modestia sufriese al no recibir contestación. Era el hombre más buscado y halagado por las damas que frecuentaban el Casino. Llevaba una especie de solideo negro en la cabeza, el sombrero en la diestra y una medalla de esmalte con el Corazón de Jesús en una solapa. Atilio y Lewis también le habían buscado muchas veces. Miguel estaba seguro de que era amigo de la duquesa de Delille, y en más de una ocasión habría visto sus lágrimas. Facilitaba dinero al cinco por ciento... cada veinticuatro horas, y entretenía sus ocios estudiando de lejos á los recién llegados, por si se ofrecían como nuevos clientes.
También sonrieron al príncipe algunas damas de aspecto serio, todavía de buen ver, amplias de formas por un extremo y enjutas por el otro, como personas que se medicinan contra la obesidad y no obtienen un resultado regular. Estaban sentadas en los divanes de los ángulos, conversando entre ellas, mirando á los grupos de jugadores con un aire de empleadas que descansan después de cumplido su deber. Habían llegado á Monte-Carlo muchos años antes, con joyas, con miles de francos, con un hombre que sufría sus desigualdades de humor y encima daba dinero; y todo se había volatilizado en las mesas del Casino. Pero ellas seguían agarradas al escollo de su naufragio, tal vez para siempre, viviendo de los residuos de otros y otros, que, siguiendo la misma ruta, venían á chocar y á perecer. Se ofrecían á los forasteros como personas experimentadas en los misterios de la casa; aconsejaban á las parejas en viaje de amor qué número debían jugar, como si poseyesen el secreto. Además, se presentaban en el Casino á primera hora, para ocupar los mejores sitios en las mesas, y luego cedían su silla á un jugador rico, cliente fijo, que las recompensaba con generosidad si le favorecía la suerte.
Aún tuvo otros encuentros. Pasaron junto á él unas cuantas viejas, pero de una vejez incapaz de arrostrar el aire libre y la luz del sol. Esta ancianidad se acentuaba bajo adornos extraños que no recordaban ninguna moda: trajes de colorines desteñidos que parecían cortados de un cortinaje viejo y oliendo á casa ruinosa, sombreros monumentales ó turbantes esféricos fabricados con gasas de mosquitero. Unas eran de esquelética delgadez, otras de lívidas adiposidades; pero todas llevaban el rostro escandalosamente cubierto de bermellón y círculos acarbonados en torno de los ojos moribundos.
--Un luis, mi príncipe--murmuró la más atrevida--. Tengo la seguridad de que me dará la suerte.
Le temblaba al hablar la dentadura postiza, demasiado grande. Un hedor de tumba acompañaba la sonrisa de sus labios pintados.
Miguel sabía quiénes eran por los relatos de Toledo. El coronel, admirador de las majestades caídas, aceptaba su conversación con melancólica deferencia. Una había sido amante de Víctor Manuel; otra más vieja recordaba entre suspiros los tiempos de Napoleón III y de Morny. Todas iban á morir en este Monte-Carlo, último rincón de la tierra que podía recordarles sus esplendores de sesenta años antes. Algunas, en memoria de sus joyas desaparecidas, ostentaban serenamente unos adornos grotescos y bárbaros de latón y cuentas de vidrio. Según el paradójico Castro, habían muerto hacía muchos años, pasaban la noche en el cementerio de Mónaco, y vistiéndose con los harapos de los otros cadáveres subían al Casino, por la fuerza de la costumbre, para contemplar una vez más el escenario de su remota juventud.
El príncipe les dió unos cuantos billetes y siguió adelante, mientras ellas corrían á jugar este dinero, después de agradecer el regalo con una sonrisa de calavera, último resto de la gracia profesional.
Pronto dejó de fijarse en todos los parásitos que vivían pegados á los engranajes de la formidable máquina, nutriéndose con las migajas de su trituración. Se sintió interesado por el público de jugadores, siempre igual en apariencia y siempre distinto. Los había que avanzaban apoyados en bastones: bastones de enfermo, con contera de goma, únicos que eran admitidos en las salas de juego, por temor á las disputas. Vió damas gelatinosas de torpe paso; señores tullidos apoyados en el brazo de un jayán con casaca galoneada, que los conducía paternalmente hasta la ruleta, acomodándolos en su asiento. Algunas paralíticas llegaban en un carruajito infantil hasta la escalinata, y allí eran izadas á una silla de manos y llevadas á través de los salones hasta su lugar preferido. En ciertos momentos parecía este palacio del juego un balneario célebre, un Lourdes milagroso. Llegaban, como llegan los enfermos incurables á otros lugares, empujados por la esperanza; pero esta esperanza no era la de la salud, que les dejaba indiferentes. Lo que les galvanizaba era la esperanza de la fortuna, la ilusión de la riqueza, como si esta riqueza pudiera servir de algo á sus pobres cuerpos, faltos de los apetitos que amenizan la existencia.
Resumió el príncipe mentalmente la vida pasional de los humanos en dos placeres que eran el motor de todas sus acciones: el amor y el juego. Los había que conocían igualmente la doble atracción; Castro, por ejemplo. El sólo había sentido interés por el amor é ignoraba el placer del juego. Al levantarse de la mesa, siempre con ganancia, no experimentaba la tentación de volver. Pero viendo á los ancianos, los valetudinarios y los incurables arrastrarse hacia la ruleta como á una piscina milagrosa, los excusó compasivamente. ¿Qué otro placer les quedaba sobre la tierra? ¿Cómo llenar el vacío de una existencia que se prolongaba tenazmente?...
Lo que no podía comprender era el gesto apasionado, la mirada dura de otros jugadores sanos y fuertes. Hombres jóvenes se movían entre las mujeres en torno de la mesa con una brusquedad hostil; disputaban con ellas ásperamente, tratándolas como á enemigos. Las mujeres perdían de golpe su frescura y su gracia: se masculinizaban contemplando las filas de naipes del «treinta y cuarenta» ó el volteo loco de la rueda de colores. Tenían un gesto de luchador, con la boca tirante, los ojos feroces, y avisadas por el instinto de esta transformación, apenas se separaban del juego sacaban del bolso de mano el espejito, los polvos, el colorete, para remediar y borrar su pasajera decadencia.
Las de aspecto más digno y correcto se mostraban á veces las más atrevidas. Podían entregarse á un vicio sin miedo al comentario, sin riesgo de ser criticadas, en un lugar donde todas las mujeres hacían lo mismo y el juego figuraba como algo oficial, digno de respeto.
El príncipe sonrió acordándose de lo que le había contado Toledo días antes: la desesperación de una señora cuarentona que venía de Niza con sus dos hijas todas las tardes y había acabado por perder cincuenta mil francos.
--¡Ojalá me hubiese echado un amante!--gemía la matrona con ojos lacrimosos--. Mejor hubiera sido entregarme al amor.
Entró Miguel en otros salones sin claraboya. Los racimos de bombillas eléctricas, al iluminarlos con un resplandor absurdo, hacían pensar en el sol ardiente y el mar azul que existían al otro lado de los muros de oro y jaspe. Sobre las mesas, el alumbrado era de petróleo: dos enormes pantallas abrigando cada una cuatro quinqués que pendían de unas cadenas de bronce de varios metros fijas en el techo. Así, si se cortaba la corriente eléctrica, no había peligro de que los clientes sintiesen la tentación de apropiarse el dinero de la banca.
De tarde en tarde sonaba una campanilla, agitada discretamente por uno de los empleados de levita negra que dirigían el juego. Una ficha, una moneda ó un billete había caído bajo de la mesa. Y se presentaba con una prontitud escénica, como si esperase entre bastidores, un lacayo de casaca azul y oro llevando en las manos una linterna sorda y un gancho para huronear entre las piernas de los jugadores, hasta que encontraba el objeto perdido.
Una disciplina de buque de guerra, donde cada cosa está en su lugar y cada hombre en el sitio de sus funciones, se notaba en las vastas salas. Varios señores respetables, con la solapa condecorada, paseaban entre las mesas con aire de oficiales de servicio, para convencerse de que todo iba perfectamente. Allí donde las voces subían de tono se presentaban con paso rápido para cortar los discusiones. Cuando dos «puntos» se disputaban una misma puesta, resolvían inmediatamente el pleito pagando á los dos. El dinero acababa al fin por volver á la casa.
Según Atilio, estaba perforado el Casino por galerías secretas, puertas invisibles y hasta trapas, lo mismo que el escenario de una comedia de magia; todo para el mejor servicio y evitar molestias á los clientes. Algunas veces, un enfermo se desmayaba en la mesa ó caía muerto por una emoción demasiado violenta. Al instante se abría el muro más próximo, vomitando una camilla y dos bomberos, que hacían desaparecer el cuerpo importuno como por encantamiento. Los de la partida inmediata no llegaban á enterarse.
En otras ocasiones era un suicidio. Lubimoff conocía una mesa llamada «del suicida», á causa de un inglés que había querido morir teatralmente, disparándose un pistoletazo al perder la última moneda. Las piltrafas de su cerebro salpicaron la bayeta verde, las caras de los vecinos y hasta las levitas de los _croupiers_. ¡Siempre hay gentes de poco tacto, que no saben vivir en sociedad!... Pero los bomberos surgían de la pared, llevándose al muerto, limpiando de sangre la alfombra y la mesa, y poco después, del óvalo de gente apretujada contra el tablero verde surgía la voz sacramental: «Hagan sus juegos...» «¿El juego está hecho?...» «No va más.»