Part 18
El príncipe se acordó del famoso «banco de los suicidas» en los jardines del Casino. Una leyenda para periódicos. No existía. Cuando se mataban varios en un mismo banco, la administración lo hacía cambiar de sitio inmediatamente. También era una exageración folletinesca lo de la abundancia de suicidios: dos ó tres por año nada más. Según Castro, había pasado de moda esto de matarse en Monte-Carlo; resultaba una falta imperdonable de buen gusto; lo discreto era irse lejos y desaparecer sin ruido. Además, la policía de la casa tenía buen ojo para conocer á los desesperados, y les facilitaba un billete de ferrocarril, aconsejándoles que se matasen buenamente en Marsella, ó cuando menos en Niza ó Mentón.
Estaba Miguel cerca de la «mesa del suicida», junto á la entrada de los salones privados, cuando notó cierto revuelo en el público. Se buscaban los grupos para transmitirse una noticia; los antiguos clientes se agitaban con una emoción profesional. Algo importante estaba ocurriendo. El príncipe conocía el significado de estas ráfagas de curiosidad: un jugador ganaba ó perdía de un modo extraordinario.
Cierto nombre llegando vagamente á sus oídos hizo que su atención se concentrase.
--La duquesa de Delille... Doscientos mil francos...
Todos los que tenían permiso para jugar en los salones privados se precipitaban hacia la gran puerta de cristales que da acceso á ellos. Miguel siguió esta corriente.
Se vió en una pieza enorme, de techo altísimo. En uno de sus lados se abrían cuatro grandes balcones sobre las terrazas y el Mediterráneo. A causa de la guerra estaban cubiertos con unas telas obscuras para ocultar la luz interior. El muro de enfrente lo llenaban varios espejos gigantescos. En lo alto, diez y seis cariátides blancas y pechugonas, encorvadas bajo el peso del techo, sostenían anchas bandas de cristales de roca con bombillas eléctricas que dejaban caer un resplandor lunar.
Los curiosos pasaban indiferentes ante las primeras mesas de juego, para agolparse en torno de la última, la del «treinta y cuarenta», al pie de un gran cuadro en el que tres buenas mozas desnudas, sobre un fondo de arboleda obscura igual á los jardines de Boboli, representaban _Las Gracias florentinas_.
Allí estaba el fenómeno. Avanzando su cuello entre los hombros de dos curiosos, vió á Alicia sentada á la mesa, con aspecto pensativo. Todas las miradas convergían sobre ella. Ante sus manos se amontonaban varios fajos de billetes y muchas fichas formando pilastras: fichas ovaladas de quinientos francos y rectangulares de á mil, llamadas «jaboncillos» en el lenguaje del Casino, á causa de su forma.
Ella levantó de pronto la cabeza, como si el instinto le avisase una presencia interesante, y sus ojos se dirigieron rectamente hacia Miguel. Le saludó con una sonrisa de felicidad. Pareció besarle con la mirada. Y todos, con esa sumisión de las muchedumbres cuando se sienten dominadas por el entusiasmo ó el asombro, siguieron sus ojos para conocer al hombre que era acogido de este modo por la heroína. El príncipe sintió halagada su vanidad, lo mismo que cuando un artista célebre le saludaba desde la escena y seguía cantando con la mirada puesta en él, para dedicarle sus gorgoritos; lo mismo que cuando, de joven, un matador de toros le dirigía un gesto amistoso antes de dar la estocada final. Alicia parecía brindarle su gloria.
Pero inmediatamente volvió á recogerse en su ensimismamiento. No estaba sola. Alguien invisible y poderoso se erguía detrás de su asiento, ó se inclinaba para soplar en su oído el consejo certero, la resolución inesperada, la audacia original. Sus ojos, animados por una luz fosforescente, contemplaban lo que nadie podía ver. Su boca muda se estremecía con nerviosas contracciones, lo mismo que si hablase á un ser misterioso que no necesitaba del sonido para oir. Miguel adivinó junto á ella la potencia demoniaca de las horas inolvidables, la que proporciona á los artistas el acorde maestro, la palabra luminosa, la pincelada suprema; la que sugiere la matanza final en las batallas ó la astucia decisiva en los negocios acompañados de quiebras y suicidios.
Se había lanzado al gran juego. Avanzaba con mano negligente una columna de doce fichas rectangulares rematada por otra oval: doce mil quinientos francos, la cantidad máxima que puede arriesgarse al «treinta y cuarenta». El público, con la idolatría que inspiran los vencedores, se interesaba por la duquesa, como si cada uno esperase participar de sus ganancias. Todos presentían su triunfo. Y cuando efectivamente ganaba, un murmullo de satisfacción, un resuello de desahogo iba elevándose del óvalo de curiosos que se oprimían contra los respaldos de las sillas ocupadas por los jugadores. De tarde en tarde perdía, y el profundo silencio era de simpática conmiseración. Algunas veces, después de haber avanzado la pilastra de fichas, entornaba los ojos como si escuchase á su colaborador invisible, movía la cabeza en señal de asentimiento y retiraba su puesta. Surgía de nuevo el murmullo de satisfacción al convencerse el público de que había retirado su dinero á tiempo, lo que equivalía á un triunfo negativo.
Muchos calculaban con ojos de codicia las cantidades que se amontonaban ante sus manos.
--Ya está en los trescientos mil... Tal vez tiene más... ¡Ojalá llegue á ganar millones!... ¡Qué gusto ver saltar al Casino!
A estos comentarios en voz baja se unían las exclamaciones laudatorias de algunas viejas, adorando con sus ojos á la victoriosa. «¡Qué simpática!... Una gran señora. ¡Y tan bella!... ¡Que la suerte le acompañe!»
Se movió un hombro negro sobre el cual asomaba su cabeza el príncipe, y éste vió la cara de Spadoni junto á sus ojos. No mostraba el pianista la menor sorpresa, como si se hubiese separado de él pocos minutos antes. Ni siquiera lo saludó. El asombro que dilataba su rostro, el escándalo y la envidia que le infundía esta fortuna insolente, necesitaban expansionarse con una protesta.
--¿Ha visto, Alteza?... No sabe jugar. Va contra todas las reglas; va contra la lógica. No sabe... ¡no sabe!
Inmediatamente volvió sus ojos á la mesa, olvidando al príncipe, al oir un nuevo rugido del público. Faltaba poco para que algunos saludasen con aplausos los repetidos triunfos de la duquesa. Los que habían perdido en los días anteriores se regocijaban con una alegría de venganza. «¡Qué tarde!... ¡Esto se ve pocas veces!» Sonreían dándose con el codo al notar las idas y venidas de los inspectores, la presencia de altos empleados que se esforzaban por ocultar sus impresiones, la cara larga de los que volvían de la caja central con nuevos paquetes de placas de mil francos para pagar á aquella señora que por tres veces había dejado á la mesa sin dinero. La noticia de su fortuna circulaba por todo el edificio. A aquellas horas los señores de la administración debían estar hablando en su despacho del piso alto de esta mala jugarreta que se permitía con ellos el azar. Algo extraordinario y emocionante, igual al soplo de una revolución, se extendía hasta los últimos rincones. Los que carecían de permiso para entrar en las salas privadas pedían noticias á los que salían de ellas, repitiéndolas con la exageración del entusiasmo. En los guardarropas, en los gabinetes de aseo, en los pasillos interiores, en los subterráneos, en todos los recovecos donde criados, camareras y bomberos viven bajo una eterna luz artificial, esta novedad sacudía la calma dormitante del personal subalterno. Era una emoción igual á la que circula por los corredores medio desiertos de una Cámara de diputados mientras en el hemiciclo rebosante se defienden los ministros en peligro de muerte. Iba creciendo la noticia al ir de grupo en grupo, con esa satisfacción mezclada de inquietud que inspiran á los humildes los malos negocios de sus patrones.
--Parece que arriba una duquesa ha ganado un millón... No; ahora dicen que son dos millones.
Y al dar la vuelta completa al edificio, los dos millones habían engendrado uno más. Media hora después eran cuatro para todos los modestos servidores que envejecían viviendo del juego, sin haberlo visto nunca de cerca.
Miguel sintió de pronto una gran cólera contra aquella mujer afortunada. Después de la sonrisa de saludo ya no le había mirado más. Sus ojos pasaron repetidas veces sobre él de un modo maquinal, sin llegar á verle. Era uno de tantos curiosos espectadores de su triunfo. En el mundo sólo existían en aquel momento la baraja y ella.
Su despecho le hizo sentir una indignación de moralista. Nada le importaba que Alicia se olvidase de él. Lo repitió mentalmente varias veces: nada le importaba. No eran amantes ni existía entre ellos un afecto profundo. ¡Pero el hijo!... Se acordó de la escena de la mañana, con sus gemidos y sus lágrimas. Y la madre estaba allí, entregada por completo á la voluptuosidad del azar, insensible á todo lo que no fuese su torpe afición. Si alguien la hablaba del aviador prisionero, tendría que hacer un esfuerzo para recordar que existía, ¡y horas antes lloraba sinceramente pensando en su cautiverio!...
Era demasiado para el príncipe. Su severidad no podía aceptar esta indiferencia. Y con los codos se abrió paso entre la muchedumbre, despegándose de la espalda de Spadoni, que seguía con ojos de hipnotizado los tesoros crecientes de la duquesa.
Lubimoff dió un paseo por el salón. Despreciaba el egoísmo de Alicia, pero carecía de fuerzas para marcharse. Necesitaba estar cerca de ella; quería convencerse de hasta dónde podía llegar su insensibilidad.
Se tropezó con un señor que caminaba entre las mesas agitando las manos detrás de su espalda y mascullando frases ininteligibles. El amigo Lewis.
--¿Ha visto usted cómo juega?--dijo con acento de cólera al reconocer al príncipe--. Como una bestia, como una verdadera bestia.... No debían dejar entrar á las mujeres.
Toda la tarde había estado perdiendo, de acuerdo con las reglas y la experiencia. No le quedaba dinero ni para sus _whiskys_: tendrían que fiarle en el _bar_. Pero recordando de pronto que la de Delille era parienta de Lubimoff, añadió:
--Siento mucho ofenderla; pero juega como una imbécil.
Y le volvió la espalda, para continuar su monólogo furibundo.
Don Marcos pasó rápidamente sin ver al príncipe, abriéndose paso entre la masa de curiosos, con su autoridad de personaje decorativo. Acababa de abandonar apresuradamente á la hija del jardinero. La noticia había circulado por el teatro, logrando que muchos renunciasen al final de la ópera, para presenciar esta suerte inaudita, que era para ellos un espectáculo de mayor interés.
En una mesa de ruleta encontró á Clorinda que jugaba parcamente, teniendo á Castro detrás de su asiento.
«La Generala» había presenciado la primera parte de la victoria de su amiga. «Va á perder, esto no puede durar», pensaba á cada golpe. Luego se había retirado de la mesa, explicando su actitud á Castro y á otros amigos. No podía presenciar con tranquilidad cómo Alicia hacía un juego tan arriesgado. Era una emoción superior á sus fuerzas.
--Yo deseo que gane mucho, muchísimo--añadía con una generosidad de buena amiga--. ¡La pobre lo necesita tanto! ¡Van tan mal sus asuntos!
Había acabado por sentarse á otra mesa, con la vaga esperanza de que se acordase también de ella la suerte; pero los murmullos que venían del «treinta y cuarenta» anunciando nuevas victorias la ponían nerviosa, atribuyendo á esto la pérdida de varias piezas de veinte francos. Cuando vió perdidos doscientos, su irritación necesitó desahogarse en alguien. Allí estaba Atilio, que la seguía á todas partes, acogiendo con sonriente adoración las agresividades de su mal humor.
--Castro, márchese; no permanezca detrás de mí. Ya sabe que me trae mala suerte. Váyase á otro sitio.
Y el príncipe vió cómo su amigo, con un gesto de enfado, se separaba de la viuda, dirigiéndose al _bar_.
Quiso seguirle. Hablando con Atilio olvidaría la irritación que le había causado la otra mujer. Pero al dirigirse al fondo del salón tuvo una nueva sorpresa.
En un ángulo escasamente iluminado vió á Novoa que ocupaba un diván con Valeria, la acompañante de la duquesa. ¡Ah, embustero! Este era el que iba á pasar la tarde en Mónaco ó paseando por el camino de Niza. Tal vez esto último no era falso. Habría esperado á Valeria, que regresaba de su almuerzo.
Debían estar los dos desde mucho tiempo antes en la penumbra de este rincón, insensibles á lo que les rodeaba, sordos á los comentarios de la gente.
El, vuelto de espaldas al príncipe, no pudo verle. Ella tampoco, pues tenía sus ojos fijos en Novoa, con una gravedad afectuosa de muchacha que ha hecho estudios serios, tiene su título de bachillera y puede comprender á un hombre de ciencia.
Miguel oyó un fragmento de lo que decía el joven catedrático.
--...Y cuando las corrientes glaciales del Polo llegan allá, ocupan el lugar de las aguas calientes, que suben á la superficie...
¡Explicaba la formación del _Gulf Stream_! Nadie lo hubiese creído al ver detrás de sus lentes unos ojos acariciadores y tímidamente amorosos. Ella escuchaba con un fervor de admiradora; pero Miguel, que conocía á las mujeres, creyó adivinar su verdadero pensamiento. Sopesaba, con su malicia de muchacha pobre y sola, lo que había de marido posible en este hombre ignorante de todo lo que no se aprende en los libros; calculaba las modificaciones que son necesarias para hermosear á un descuidado varón que siempre lleva la corbata mal hecha y es incapaz de sentarse tirando antes de sus pantalones para evitar unas rodilleras grotescas.
Lubimoff pasó más de una hora, muellemente hundido en un sillón del _bar_, oyendo á Castro. Las ramas de los grandes árboles de la terraza arañaban dulcemente los vidrios de las ventanas en la penumbra del crepúsculo.
Atilio exteriorizó su melancolía lamentando la parquedad del té. Almendras tostadas y patatas fritas al vapor eran todas las delicadezas gastronómicas que podían ofrecer con motivo de la guerra en este lugar visitado por los ricos.
El público le inspiraba las mismas reflexiones tristes. Había gente, pero muy poca comparada con la que acudía á Monte-Carlo años antes. Llegaban entonces trenes de lujo directamente de Londres, de Viena, de Berlín, de todos los extremos de Europa. La plaza del Casino era una Babel; en torno del «queso» paseaban todas las razas y sonaban todos los idiomas. Ahora resultaba lamentable la ausencia de los rusos, jugadores fogosos, y también de los austriacos y los turcos. Los últimos en sentir la atracción de Monte-Carlo eran los alemanes; pero Castro los había visto llegar en masa en los últimos años, aportando al juego el mismo sistema reposado, metódico y minuciosamente científico que aplican á la disciplina de cuartel, á la organización de la industria ó á los trabajos de laboratorio.
Se les conocía apenas entraban en las salas. Al sentarse á la mesa se rodeaban de libros y papeles: estadísticas de los números más favorecidos en los últimos años, manuales del perfecto jugador, cálculos propios, logaritmos que ellos solos podían entender.
--Defendían el dinero con mayor tenacidad que los otros--continuó Atilio--, con una paciencia de bueyes testarudos é incansables; pero acababan perdiendo, igual que los demás. ¿Quién no pierde aquí?... Hasta el Casino, que gana siempre, pierde ahora. Antes de la guerra, su renta era de cuarenta millones por año. Actualmente saca en limpio tres ó cuatro millones nada más, y como tiene que cubrir unos gastos enormes, se ve obligado á hacer empréstitos para seguir viviendo, lo mismo que un Estado.
Miguel se fijó en los que pasaban por el _bar_. Sólo entraba un hombre por cada diez mujeres.
--También es la guerra--dijo Castro--. ¡No se ven mas que hembras, hembras por todas partes! Pero aquí, si se acuerda uno de los tiempos de paz, siempre fué superior la proporción femenina. Los hombres, menos numerosos, juegan más fuerte, arriesgan con mayor audacia su dinero; pero en torno de las mesas, tres cuartas partes del público están compuestas de mujeres. La mujer, cuando teme al amor ó está desengañada de él, se entrega al juego con una vehemencia pasional. Es el único recurso que encuentra para desahogar su imaginación. Además, hay que tener en cuenta sus aficiones al lujo, que no están casi nunca de acuerdo con sus recursos, y todas las necesidades de la mujer actual que no conocieron sus abuelas... Mira; fíjate.
Señaló discretamente á una señora entrada un años, pintarrajeada y modestamente vestida, á la que acosaban con manoteos y gestos de súplica otras dos, jóvenes y elegantes. Se adivinaba que habían entrado allí únicamente para tratar un asunto, lejos de la curiosidad de las salas de juego.
--Solicitan un préstamo, y ella se resiste--continuó Castro--. Tal vez es el segundo ó tercero de la tarde. Esa dama es una rival del vejete que lleva en la solapa el Corazón de Jesús. ¡Famoso usurero! Empezó de mozo de café, y debe tener unos dos millones, después de treinta años de honrada industria. Todo lo que posee lo destina al pueblo de La Turbie, que le ha nombrado su bienhechor. Regala imágenes de santos, ha reconstruído la iglesia... Atención: la dama se ablanda. El préstamo va á realizarse.
Las tres mujeres habían desaparecido detrás de una puerta de caoba que daba entrada á los gabinetes de necesidad para señoras. La prestamista guardaba sus caudales en las enaguas, y le era preciso remangarse para hacer sus negocios. Poco después salió rápidamente hacia el salón de juego. Necesitaba continuar su vigilancia sobre algunas deudoras, por si estaban ganando. Las dos jóvenes la siguieron, llevando sus bolsos de mano todavía abiertos para contar con la vista los billetes acabados de recibir.
Castro, que más de una vez había sufrido la humillación de operaciones semejantes, empezó á discurrir con amargura sobre el vicio que sostiene la existencia de este edificio enorme y de todo el principado. El jugaba por la ganancia, jugaba porque era pobre; ¡pero tantos ricos venían allí, con riesgo de perder la base de su bienestar!...
--El juego es un empleo de la imaginación. Por eso habrás notado que los hombres de imaginación, los escritores, los verdaderos artistas, rara vez juegan. Muchos dan escándalos por sus vicios exagerados hasta la monstruosidad, pero ninguno se ha distinguido como jugador. Tienen asuntos más interesantes á que aplicar su potencia imaginativa.... En cambio, la gran masa de los humanos siente el encanto del juego, y cuanto más vulgar es un individuo, con más fuerza le atraen las seducciones del azar. Nuestros actos están guiados por el deseo de conseguir un máximum de placer con una parte mínima de sufrimiento y de trabajo; ¿y qué mejor que el juego para obtenerlo?... Todos obedecemos á la esperanza y hacemos aquello que nos parece más ventajoso. Además, nos conviene exagerar la probabilidad de que ocurra aquello que queremos ardientemente, y acabamos por tomar nuestros deseos por realidades.... Los que entran todos los días aquí tienen la corazonada de que saldrán llevándose mil francos, ó veinte mil, ó cien mil, y lo regular es que salgan con los bolsillos vacíos. No importa; al día siguiente volverán, guiados de la mano por las mismas ilusiones.
Cesó de hablar, como si le afligiese la consideración de que estaba haciendo su propio retrato. Luego añadió:
--Sin estas ilusiones que nuestra imaginación ama porque la arrullan dulcemente, la vida resultaría irresistible. Es tal vez una felicidad que nuestras esperanzas no sean matemáticamente exactas y que en nuestro destino tenga tanta influencia la suerte. Además, la vida es breve, el porvenir incierto; si la fortuna ha de venir á nosotros, conviene abrirle el camino para que llegue velozmente; ¿y qué mejor camino que el juego?... Cuando ponemos nuestras esperanzas muy lejos en el tiempo, valen muy poco. Si debemos ganar, que sea pronto y de una vez. Nuestra vida no es mas que un juego de azar. Todos somos jugadores, aun los que no han tocado jamás una carta. Las profesiones, los negocios, el mismo amor, puro juego, puro azar, asunto de suerte. La habilidad ó la inteligencia pueden hacer los juegos de nuestra vida más favorable, pero el azar no pierde por esto sus derechos y la buena suerte del individuo realiza lo más importante. Para llegar á rico, hasta en los negocios que parecen más seguros hay que ser favorecido por un concurso de circunstancias extraordinarias, de golpes de azar constantemente felices. Jamás un hombre se ha hecho rico ó célebre solamente por lo que vale.
Lubimoff, uno de los grandes ricos del mundo pocos años antes, asintió con movimientos de cabeza á esta afirmación.
--Hasta los gobiernos cultivan la esperanza pública por medio del azar--continuó Castro--. Raros son los que no autorizan una lotería. El que adquiere un billete compra un poco de esperanza, la posibilidad, si tiene imaginación, de fabricarse por unos días toda clase de ilusiones magnificentes y de experimentar una profunda ansiedad en el momento del sorteo. El mejoramiento de nuestro bienestar material por el propio esfuerzo resulta laborioso y difícil. Pero hay un medio de proporcionar una felicidad relativa á los humildes: darles la esperanza de llegar á ricos, de emanciparse de toda servidumbre, de realizar el ideal de libertad que todos sienten. El Estado se muestra por principio enemigo del juego; lo considera inmoral, por estar basado en lo incierto; pero toda operación de comercio, financiera ó de industria representa un azar, muchas veces la ruina de uno de los contratantes, y es un juego casi igual á los de aquí.
Sonrió Atilio irónicamente antes de continuar.
--Que hablen contra el juego los moralistas hasta cansarse... Lo cierto es que las sumas que se arriesgan en las carreras de caballos y en los casinos aumentan de año en año con una progresión rápida, más rápida que la progresión de la fortuna pública. El desarrollo de las buenas costumbres no ejerce ninguna influencia en su disminución. En cambio, las complicaciones de la vida moderna, con sus crecientes necesidades, favorecen la pasión del juego y hasta la agravan.
El príncipe le interrumpió. Tal vez era cierto lo que decía, pero ¡qué vicio deprimente el juego! Los seres más razonables se dejaban dominar por él, hasta perder su inteligencia ordinaria.
--Es cierto--confesó Atilio--. En los juegos es donde se muestra la debilidad humana y la tendencia que tenemos á la superstición. ¡Qué de manías, como si el pasado pudiera influir en el presente!... ¡Qué de inútiles esfuerzos para domar á la suerte!... Se han derrochado más tesoros de imaginación para inventar nuevos sistemas de juego que para encontrar el movimiento perpetuo, y con igual inutilidad. Todas esas combinaciones maravillosas conducen al jugador infaliblemente á la pérdida, con más ó menos rapidez, pero siempre con certeza... ¡Y qué fe la nuestra! La considero superior á la de los mártires de las religiones. Cuando uno cree poseer una combinación segura para ganar, resulta inútil disuadirle. Nada le puede convencer. Es curioso que el fracaso del sistema y la pérdida consiguiente no descorazonen nunca al buen jugador. Inmediatamente acogemos una nueva combinación, la verdadera esta vez, que nos permitirá conseguir la fortuna... A una esperanza sucede siempre otra esperanza, y así vamos viviendo, hasta que llegue la muerte.
La melancolía de estas últimas palabras fué breve. Castro pareció acordarse repentinamente de algo que le hizo sonreir.