Los enemigos de la mujer

Part 16

Chapter 163,926 wordsPublic domain

--No tardó mucho en ser piloto. ¡Cómo aborrecí la facilidad con que dominaba el manejo de los aparatos! Sus progresos me inspiraron orgullo y cólera. Estos jóvenes sienten un verdadero fanatismo por la aviación, nacida después de ellos y que han visto crecer ante sus ojos de colegiales... Se marchó, y desde entonces no vivo. ¡Tres años, Miguel, tres años de tormento! Bien he pagado toda mi vida anterior. Aunque mis faltas hubiesen sido más grandes, las tendría expiadas con exceso. Puedes compadecerme. Son dolores que tú no conoces.

El primer año de soledad lo había vivido Alicia esperando las cartas que llegaban con intermitencias del frente de la guerra. Muy contadas alegrías. Jorge había venido á París una sola vez con permiso, pasando media semana junto á ella. De tarde en tarde recibía también la visita de camaradas del aviador, acogiendo sus noticias con lágrimas y sonrisas. Su hijo alcanzaba la Cruz de Guerra después de un combate aéreo. La madre había recortado el pequeño párrafo que hacía referencia á este hecho, clavándolo con dos alfileres en la seda que tapizaba su dormitorio. Pasaba las horas contemplando con una fijeza hipnótica estos breves renglones. «Bachellery (Jorge), aviador, ha dado caza más allá de nuestras líneas á dos aviones enemigos y...»

Este Bachellery (Jorge) era su hijo, ¡su hijo! Nada le importaba que los demás lo ignorasen. Su orgullo parecía crecer en el misterio. En sus entrañas se había formado aquel mocetón hermoso, fuerte é inocente como los héroes de las leyendas. Todos los hombres conocidos en su vida anterior se empequeñecían y afeaban; eran seres inferiores, procedentes de otra humanidad, cuya existencia debía olvidar.

De pronto, el accidente estúpido y ciego que hacía caer la noche sobre ella. El aviador salía una hermosa mañana en su aparato de caza, elevándose á través de las nubes en busca del enemigo, con la alegre confianza de un joven paladín marchando al encuentro de las aventuras. Repentinamente, un pequeño desarreglo en el motor, un descuido de los encargados de su preparación, algo de poca importancia en tiempo ordinario... Y tenía que descender, imposibilitado de seguir su vuelo; pero el viento y la desgracia le hacían tocar tierra en las líneas alemanas.

--Cien metros más acá, hubiera caído entre los suyos... ¡Qué quieres! Era yo demasiado feliz; debía conocer el verdadero dolor... Te confieso que en el primer momento casi sentí alegría: una alegría egoísta de madre. ¡Prisionero! Esto representaba la seguridad de su existencia; ya no me lo matarían en un combate aéreo; ya no estaba en peligro de morir despedazado ó quemado debajo de su aparato roto. ¡Pero luego!...

Luego, esta seguridad, que colocaba á su hijo al margen de la guerra, era su tormento. Envidió la época en que arrostraba el peligro diariamente, pero con libertad. Los periódicos hablaban de las miserias de los prisioneros, de su hacinamiento en fétidos barracones, del hambre que sufrían. La vida de comodidades de la madre resultó un continuo remordimiento. Al sentarse á la mesa, al contemplar su mullido lecho, al percibir en invierno la tibia caricia de la calefacción, viendo los cristales floreados por la escarcha, creía estar usurpando indignamente algo que era de otro. ¡Su hijo! ¡su pobre hijo viviendo como un perro sin dueño, tendido en la paja, atenaceado por el tormento del hambre! ¡Haber producido un ser--ella que se creyó durante años y años el centro de lo existente, disfrutando de todas las comodidades--, y este pedazo de su vida agonizaba bajo el suplicio de una miseria como sólo la conocen los mayores abandonados!... Nunca pudo imaginarse que la suerte le reservase esta ironía.

Se agitó en los primeros meses con el cariño agresivo é irracional de la hembra que ve sus cachorros en peligro. Corrió de ministerio en ministerio, valiéndose de todas sus relaciones sociales. ¡Pero eran tantas las madres!... No iban á emprender una gestión diplomática sólo para ella. Todos los días enviaba á las oficinas encargadas del socorro de los prisioneros grandes paquetes de víveres destinados á su hijo. Al final se negaban á admitirlos. No podía ocuparse el servicio únicamente en socorrer á un simple protegido de la duquesa de Delille. Había miles y miles de hombres que estaban en su misma situación. Y ella no podía gritar: «¡Es mi hijo!» Nada adelantaba con esta revelación escandalosa. Y siguió entregando sus paquetes regularmente, aunque no fuesen para Jorge. Servirían para saciar el hambre de otros. Conoció la magnanimidad de los inmensos dolores; hizo sus dádivas como una madre que, al rezar por su hijo desahuciado, reza por los demás enfermos, creyendo que con esta generosidad serán mejor atendidas sus súplicas.

Además, ¡la duda cruel!... Los empleados, al tomar sus paquetes, sonreían tristemente. Era casi seguro que se los apropiarían los guardianes. Todos los comestibles de precio que destinaba á su hijo iban á servir para que los reservistas de Alemania encargados de la custodia de los prisioneros cenasen alegremente, con una alegría de mastines feroces, brindando por la gloria de su kaiser y el triunfo de su pueblo sobra el mundo entero. ¡Dios mío! ¿Qué hacer?...

Muy de tarde en tarde, llegaba á sus manos, con enorme retraso, una tarjeta postal revisada por la censura alemana. Cuatro líneas nada más, escritas como los niños escriben en la escuela, bajo la mirada del maestro que está á sus espaldas. Pero era la letra de su Jorge. «Bien de salud. No nos tratan mal. Envíame comestibles.» Pasaba largas horas contemplando estos renglones tímidos y mentirosos. Adquirían para ella una nueva fisonomía; decían otra cosa: la verdad. Recordaba los relatos de cautivos moribundos venidos de aquellos campamentos de suplicio, y los renglones parecían balbucear, con el gemido de un niño enfermo: «Mamá... hambre. ¡Tengo hambre!»

Hubo momentos en que creyó perder la razón. Todo lo que le rodeaba hacía surgir en su memoria la imagen de aquel Jorge elegante, cuidado por ella con mimos infantiles. Había vigilado su guardarropa, se preocupaba del mérito de sus sastres, tenía que sufrir sus protestas varoniles cuando pretendía vestirlo interiormente de telas finísimas y encajes, lo mismo que ella. Por las mañanas iba á sorprenderlo en su lecho, como á un pequeñuelo, y besaba con devoción aquella carne de atleta, que era su propia carne, metamorfoseada. Todo le parecía mezquino y pobre para este mocetón hermoso como un dios antiguo; cuidaba de su cama, de su tocador, de su persona, con el fanatismo de una amorosa; registraba sus bolsillos, para renovar incesantemente los regalos de dinero. Suyas serían las minas mejicanas, las tierras de la frontera, todo cuanto ella poseyese. Y más tarde--no quería pensar cuándo--, lo casaría con una mujer que fuera de su agrado; su nacimiento obscuro iba á realzarse con la seducción de una riqueza enorme... Pero el mundo se desplomaba de pronto en una demencia furiosa, y este príncipe de la suerte, cuya madre había conferenciado tantas veces con su jefe de cocina, imaginando sorpresas gastronómicas dedicadas á él, lloraba desde una llanura glacial remota y triste: «Mamá... hambre. ¡Tengo hambre!»

--Tres veces fuí á Suiza, Miguel... Hasta propuse en París que me diesen los medios de pasar á Alemania, ofreciéndome como espía, pero se rieron de mí... Tenían razón: ¡qué iba á espiar yo! Mi hijo... lo que yo quería era ver á mi hijo. En Suiza encontré dos inválidos que acababan de ser canjeados y procedían del campo en que estaba mi Jorge. Conocían al aviador Bachellery. Había intentado escaparse cinco veces; gozaba cierta fama entre sus compañeros de miseria por la altivez con que hacía frente á los guardianes más crueles... Sus últimas noticias eran inciertas; habían dejado de verle, pero creían que estaba ahora en otro campo de prisioneros, un campo de castigo, muy lejos, cerca de Polonia, donde se aglomeran los rebeldes y los peligrosos bajo una disciplina cruel, sufriendo terribles correcciones.

Su voz tembló de cólera al decir esto. Veía á su hijo arrastrando cadenas, recibiendo golpes lo mismo que un esclavo. ¡Ah! ¡no ser ella un hombre, para que la dejasen á solas con el lúgubre histrión de los puntiagudos bigotes que hacía gemir de dolor á tantos millones de mujeres!...

--¡Y pensar que ha habido exaltados que mataron á jefes de gobierno buenos ó insignificantes!... ¡Y ni uno solo se le ocurrió suprimir al kaiser! Que no me hablen de los anarquistas... No creo en ellos.

Esta explosión de ira se desvaneció inmediatamente. Otra vez su dolor desesperado la hizo gemir. Recordó una fotografía que había visto en los periódicos: el suplicio del poste, aplicado por los alemanes en los campos de castigo; un francés, con el uniforme andrajoso, amarrado á un madero como si fuese una cruz, en plena llanura cubierta de nieve, sufriendo durante horas y horas un frío homicida. Era la pena mortal aplicada hipócritamente, con refinamientos salvajes. No se podían distinguir los rasgos fisonómicos de aquel pobre Cristo con la cabeza caída sobre el pecho. Tal vez era su hijo. Y si no era Jorge, seguramente que había sufrido también el mismo suplicio.

--¡Cómo vivir en esta angustia interminable!... No me han dejado volver á Suiza: me niegan el permiso. Nada sé, y hay momentos en que mi cabeza parece que va á romperse. Por eso evito estar sola, por eso juego y necesito ver gente, hablar, huir de mis pensamientos... Después sólo he recibido una postal de mi hijo, sin fecha, sin el lugar de procedencia, que dice casi lo mismo que las otras. La letra es suya, y sin embargo parece de distinta mano. ¡Ay! ¡lo que me dice su letra!... Lo veo como al otro, como al infeliz amarrado al poste, cubierto de andrajos, con una delgadez esquelética... ¡Mi hijo!

Lubimoff tuvo que oprimir sus dos manos fuertemente, tirar de ellas para sostenerla y que no se arrojase sobre la cama con histéricas convulsiones. Se arrepintió de haber venido, provocando con su curiosidad una confesión que despertaba las tristezas de esta mujer.

Ella, que le miraba sin verle, con los ojos desmesuradamente abiertos, acabó por concentrar sus pupilas, fijándose en la emoción de Miguel. Esto la hizo serenarse un poco.

--Feliz tú, que no conoces este suplicio. Es interminable: no tiene remedio. Cuando pienso en él, creo que voy á morir. ¡No saber nada! ¡no poder nada!... Necesito distraerme, pensar en otras cosas. Hay que vivir; no podemos llorar á todas horas. Pero si llego á interesarme por algo, inmediatamente surge el remordimiento. Me insulto yo misma: «¡Mala madre, que lo olvidas!» Raro es el día que como sin llorar. Me atormenta la idea de que él sería feliz con los sobras de mi mesa, con lo que comen los domésticos, ¡quién sabe si con lo que le dan al perro! Y Valeria y Clorinda, al ver mis lágrimas, no pueden explicarse un dolor tan insistente. Ignoran mi secreto; creen, como todo el mundo, que se trata de un simple protegido ó de un pequeño amante: no comprenden esta desesperación por un hombre... Por eso juego tanto; es lo único que me preocupa verdaderamente y me hace olvidar por unas horas; es mi anestésico. En otros tiempos jugaba por el placer de la emoción, por el gusto de reñir con la suerte, porque me halaga el asombro de los curiosos viéndome aventurar con indiferencia cantidades enormes. Ahora es por él, sólo por él.

Alicia recordó el mal estado de su fortuna. Estaba ya quebrantada seriamente años antes, pero ella tenía la esperanza de una pronta reconstitución. Además, los tiempos anteriores á la guerra habían sido la mejor época de su existencia. Tenía á su hijo; se dejaba llevar por la vida, sin pensar en los negocios. Luego, al perder á Jorge, se había consumado al mismo tiempo su ruina.

--¡Si yo tuviese la riqueza de antes! Conozco el poder del dinero; hubiese removido con él á los hombres y hasta á los gobiernos. Habría escrito al kaiser ó á Hindenburg, enviándolos un millón, dos millones, lo que pidieran. «Ya que ustedes restablecen la esclavitud y saquean los pueblos, ahí va dinero. Devuélvanme á mi hijo.» Y lo tendría ya á mi lado. ¡Pero soy pobre!... ¡Si supieras cómo amo ahora el dinero, sólo por él! Sueño con dar un golpe; ganar en dos ó tres días quinientos mil francos ó un millón. ¡Qué alegría la mía cuando llego del Casino con unos miles de francos! «Para enviarle paquetes... para que mi pobrecito coma.» Escribo á los proveedores ó busco yo misma, acordándome de las cosas que más le gustaban. Tú eres rico é ignoras las dificultades del momento presente. ¡Lo que escasean las cosas! ¡lo caras que cuestan!... Yo, antes, tampoco sabía nada de esto... Y le envío paquetes de víveres de los mejores; y siento orgullo al decirle con mi pensamiento: «Es con el dinero que ha ganado mamá para ti... es con mi trabajo.» No sonrías, Miguel. Así es. ¿En qué otra cosa puedo yo trabajar?... Lo único que me apesadumbra es la dirección de estos envíos. «Para el aviador Bachellery, prisionero en Alemania.» No sé más, ¡y son tantos los prisioneros! Casi todos mis envíos deben perderse; pero alguno llegará á sus manos. ¿No crees tú que alguno llegará?

Miguel acogió esta pregunta ansiosa con un vago gesto de conformidad. Sí, tal vez; era casi seguro.

Alicia mostró de pronto cierta confianza. Ocho meses que nada sabía de él; pero otras madres estaban en el mismo caso. No debía desesperar. Hombres dados por muertos en las primeras batallas volvían á sus casas después de un largo cautiverio. Además, ¿era lógico que un hijo de ella muriese de hambre y de miseria lo mismo que un mendigo?...

Lubimoff asintió otra vez. Verdaderamente, no era lógico.

--Hay momentos en que siento una alegría inexplicable: el aviso misterioso de que voy á recibir una buena noticia; la misma corazonada de los días en que llego al Casino segura de ganar... y gano. He escrito al rey de España, que se ocupa de la suerte de los prisioneros y muchas veces hasta consigue que los devuelvan á su patria. He hecho que le escriban un sinnúmero de amigos. ¡Si me devolviese á mi Jorge!... Espero á lo menos una buena noticia, saber dónde está, convencerme de que vive. Me bastaría con que le internasen en Suiza, como á los grandes heridos, y yo iría á vivir con él. ¡Qué felicidad que estuviese en Lausanne ó en Vevey, á orillas del lago, como está mi marido!

El recuerdo del duque la hizo sonreir con una bondad melancólica.

--Te advierto que no lo olvido. Todo lo que me sobra de los envíos á Jorge lo meto en un paquete vía Ginebra. «Para el teniente coronel Delille.» ¡Ay! Este sí que llega. ¡Pobre viejo! Sus respuestas son casi de amor... Yo le regalo salchichones y botes de conservas, en recuerdo de los mazos de flores de veinte luises que me envió cuando pretendía mi mano... ¡Qué tiempos, Miguel! ¡Quién podía imaginarse este trastorno de las personas y las cosas!...

Hablaba ya con más tranquilidad, como si el recuerdo de su hijo hubiese retrocedido á un segundo plano de su memoria.

--Todo me anuncia una buena noticia. La desgracia no puede durar tanto tiempo, ¿no te parece? Es como la mala suerte en el juego: acaba por pasar; lo que importa es tener fuerzas para resistirla... Debería sentirme satisfecha. La emoción apenas me ha dejado dormir esta noche... He pasado de los treinta; ya sabes: esos treinta mil francos que parecían antes el límite de mi suerte. Anoche gané ochenta mil. Tu amigo Lewis estaba furioso. Cree que esto sólo les ocurre á las mujeres: ganar jugando á capricho, burlándose de las reglas.

Adivinó ella en la mirada del príncipe su extrañeza por esta alegría después del llanto reciente.

--No puedo permanecer sola. ¡Los recuerdos!... Tal vez me has oído cantar mientras subías. Es una canción inglesa que cantaba mi hijo. Por las mañanas iba yo á escucharla detrás de su puerta, como una enamorada que se contenta con la voz mientras espera la presencia del hombre amado. Siempre que estoy sola la repito maquinalmente; me imagino que es Jorge el que canta, y se me llenan los ojos de lágrimas, pero son de ternura, lágrimas dulces... Al hacer mi cama he creído oirle, lo mismo que cuando iba y venía por su dormitorio y yo le espiaba al otro lado de la puerta. Mi voz era su voz. Por eso al entrar tú me temblaron las piernas. Supuse por un momento que tú eras él. ¡Qué emoción cuando le vea!... Porque yo le veré. La desgracia no puede durar eternamente. ¿No crees tú que le veré?...

Sus ojos entornados sonreían á una lejana visión de esperanza. Y Miguel, que había permanecido silencioso mucho tiempo, habló para infundirle ánimo. ¡Pobre mujer! Sí; vería á su hijo. A la edad de él se resisten todas las fatigas. Volvería; aún serían felices los dos, comentando el infortunio presente como un mal sueño.

--Además, yo te ayudaré. Hay que proceder activamente para que te devuelvan tu hijo. Escribiré al rey de España. Lo conozco; almorzó en mi yate una vez que estuve en San Sebastián. Tengo buenos amigos en París, hombres políticos, diplomáticos; les escribiré á todos... Y en último término, si no queda otro recurso, buscaré por medio de un gobierno neutral hacer llegar una carta á Guillermo II. Tal vez me atienda: debe acordarse de mí, de su visita á mi buque...

Ahora fué ella la que oprimió sus manos. Le miraba fijamente, con los ojos turbios de lágrimas, sonriendo al mismo tiempo para expresar su gratitud.

--¡Qué bueno eres!--exclamó después de un largo silencio--. El día que estuve por primera vez en Villa-Sirena me convencí de mi gran error. ¡Qué mal nos conocíamos! Ha sido necesaria la desgracia para vernos tales como somos. Primeramente me ofreciste remediar mi pobreza; ahora quieres devolverme á mi hijo...

Se dejó arrastrar por una afectividad impulsiva. Lubimoff vió cómo se inclinaba su cabeza, y sintió inmediatamente el contacto de su boca en una mano. Dos besos ruidosos y una voz que gemía: «¡Gracias... gracias!» El príncipe se puso de pie. Le era imposible tolerar este gesto humilde. Pero al mismo tiempo ella se irguió igualmente; quedaron sus ojos á idéntico nivel, y como si quisiera completar la reciente caricia, se abalanzó sobre el príncipe, le tomó la cabeza entre sus manos y le besó la frente.

Una oleada de perfume carnal, semejante á la otra que le había envuelto al recibir la sábana en pleno rostro, volvió á conmover su organismo. Se daba cuenta del alcance de esta caricia: un simple beso de gratitud, un arrebato de madre que expresa sus sentimientos con excesiva vehemencia. A pesar de esto, la turbación que le dominaba, cruel y voluptuosa á la vez, le impulsó á abrir los brazos para abarcar y apropiarse lo que tenía á su alcance... Pero sus manos ávidas se perdieron en el vacío.

Ella, arrepentida de su acto, se había echado atrás, retrocediendo unos cuantos pasos. Estaba en el hueco de la puerta, dispuesta á continuar su huída. Se arreglaba maquinalmente los cabellos y secaba sus lágrimas, mientras el rubor se extendía por su rostro.

--¡Qué loca soy!--murmuró--. Perdóname. ¡Es tanta mi gratitud al saber que quieres ayudarme!...

Señaló al mismo tiempo el balcón. Abajo, en el jardín, sonaba la voz del hortelano llamando á su perro para que no continuase ladrando junto á la escalinata de la «villa», como si olfatease la presencia de un intruso.

--Vámonos--ordenó Alicia con gravedad--. Las criadas van á volver de misa. No me gusta que nos vean aquí, en mi dormitorio. Podrían creer...

Lubimoff, al serenarse, admiró el gesto pudoroso, la tímida inquietud con que ella decía esto. Resurgió en su recuerdo la mujer del «estudio» de la Avenida del Bosque; hizo memoria de sus audaces teorías. ¿Realmente era la misma?...

Mientras bajaban, ella volvió la cabeza para hablarle, como si adivinase sus pensamientos.

--Debes reirte de mí. ¡Cuán lejos está la Alicia de otro tiempo!... Soy menos mala que parecía, ¿no es cierto?... Dime que no me crees mala; dime que sólo me tienes por loca: una loca sin suerte...

Abrió sus salones del piso bajo para dar á la visita un aspecto de regularidad, pero el frío de las piezas abandonadas, los muebles enfundados, el olor de cueva húmeda, les hizo salir al jardín, continuando su conversación al pie de la escalinata, como dos personas que prolongan su despedida.

La antigua doncella de la duquesa y la jardinera encargada de la cocina pasaron repetidas veces ante ellos con diversos pretextos. Saludaban al señor mudamente, con ojos de adoración y dulce sonrisa. ¿Este buen mozo era el príncipe Lubimoff, del que tanto se hablaba?... Habían oído su nombre muchas veces en aquella «villa», y las dos le veneraron como un ser providencial, todopoderoso, que podía con un gesto hacer resurgir la perdida abundancia...

Miguel no quiso prolongar su visita.

--Ven á verme--dijo ella en voz baja, acompañándole hasta la verja--. Ahora lo sabes todo. Tú eres el único. Será muy dulce para mí que hablemos, que me consueles y me ayudes.

Las horas siguientes las pasó el príncipe silencioso y preocupado. ¡Tantas novedades de una vez!... La existencia de aquel hijo que nunca había podido sospechar; la amorosa feroz convertida en madre; sus lágrimas, su tormento silencioso que arrastraba como cadena expiatoria á través de una vida loca... Y por encima de todas estas sorpresas, la que él había experimentado en su interior, la resurrección del hombre de otros tiempos, la nueva caída en la servidumbre carnal, el doble latigazo recibido en su estructura nerviosa al aspirar el perfume del suave lienzo y al sentir en su frente la huella de sus labios...

Deseaba olvidar todo esto, y para conseguirlo concentró su atención en las revelaciones que ella le había hecho y en sus dolores de madre. ¡Infeliz Alicia! Al verla empobrecida y llorosa, sin otra ayuda que la que él pudiese concederle, empezó á sentir por esta mujer un afecto duradero. Era el cariño del poderoso por el débil al que protege; un amor paternal que no tenía en cuenta la semejanza de edades ni la diferencia de sexos; una ternura en la que entraba por mucho cierta lástima dulce. Se conmovió al recordar el beso humilde con que había acariciado sus manos; casi un beso de mendiga. ¡Pobre! Esto bastaba para que se creyese obligado á no abandonarla nunca. El orgullo de Alicia, su ansia de dominación, le habían enfurecido en otro tiempo. Acostumbrado á proteger generosamente á las mujeres, pero sin someterse nunca á su voluntad, á considerarlas á todas como algo agradable é inferior, no podía transigir con este carácter soberbio. Eran los dos igualmente poderosos y triunfadores para llegar á tolerarse. ¡Pero ahora!...

Renacía en su memoria tal como la había contemplado en el dormitorio, con los ojos acuosos, agrandados por el dolor, y una perla pendiente de sus lagrimales, trágicamente bella, como las vírgenes que tienen sobre las rodillas el cuerpo del hijo crucificado... _¡Máter dolorosa!_

Pero una segunda persona que parecía hablar en el interior del príncipe con fría clarividencia protestó de esta imagen. No era una madre dolorosa. La madre no abandona á su hijo: renuncia á todas sus vanidades por él; abdica su presente y su porvenir, como si no tuviese más vida que la de este pedazo de su propia carne; le da el jugo de sus pechos y todas sus horas; sigue minuto por minuto su desarrollo, batiéndose con la enfermedad, burlando al peligro; no espera para amar el esplendor de la adolescencia triunfante... ¡mientras que la otra!...

La otra era Venus dolorosa. Hasta en sus momentos más desesperados se mantenía bella, y su dolor resultaba un nuevo medio de seducción. Era madre, pero seguía siendo mujer: la terrible mujer perturbadora odiada por el príncipe.... ¡Atención, Miguel!

Con una sonrisa de superioridad respondió mudamente á estas reflexiones.

«¡Acaso voy á enamorarme de ella!--se dijo--. La quiero como no creí nunca que podría quererla. Pero sólo es un amigo, un compañero digno de lástima, que debo proteger.»