Los enemigos de la mujer

Part 15

Chapter 153,884 wordsPublic domain

Al recordar esta protesta humilde, el príncipe no vaciló más. Y volviendo la espalda al Casino, empezó á subir las calles en pendiente hacia el límite fronterizo que separa Monte-Carlo de Beausoleil; calles que ostentan nombres primaverales: de las Rosas, de los Claveles, de las Violetas, de las Orquídeas.

Entró en una corta avenida formada por una doble hilera de verjas de jardín. Las casas sólo se dejaban ver á través de columnatas de palmeras y del follaje duro de los grandes magnolieros. Iba leyendo los nombres de los propiedades en pequeñas lápidas de mármol rojo fijas en las entradas de las verjas. «Villa-Rosa»: aquí era. Empujó el entreabierto portón de hierro, sin que una voz ni un ladrido acogiesen su presencia. Vió un jardín abandonado en parte, con una vegetación parásita al pie de los árboles sin podar, cubriendo el espacio que antes habían ocupado los arriates de flores. El resto estaba mejor atendido, pero era una huerta con pequeños rectángulos de verduras comestibles sometidos á un cultivo intensivo.

Lubimoff fué avanzando, sin encontrar á nadie, y se le ocurrió que el hortelano debía ser un hombre acompañado por un perro con los que se había cruzado en la entrada de la avenida.

Subió los cuatro peldaños de la casa. También aquí la puerta estaba entreabierta, y empujándola se vió en un recibimiento del que arrancaba la escalera para los pisos superiores.

Nadie. Todas las puertas de las habitaciones inmediatas se resistieron á su mano. Silencio absoluto, como si la casa estuviese deshabitada. Pero este silencio fué interrumpido por una voz que descendía escalera abajo: una voz tenue, entonando una canción en inglés, lenta y triste. El canto iba acompañado de golpes sordos, iguales á los que producen las manos sacudiendo y ahuecando algo blando y voluminoso.

Miguel creyó reconocer la voz de Alicia. Tosió varias veces sin resultado; no podía oirle. Fué á gritar avisando su presencia, pero se contuvo, sintiendo un deseo que le hizo sonreir. ¡Si la sorprendiese en aquel piso superior, única parte de la casa que habitaba ella ahora! No dudó más... ¡Arriba!

En el primer rellano vió varias puertas, pero una sola estaba sin cerrar y por ella salían los ecos de la canción y los golpes. Una mujer con el cuerpo doblado sobre una cama extendía sus dos brazos para ahuecar el colchón con fuertes palmadas. Su instinto le hizo presentir la existencia de alguien detrás de ella, y al volver el rostro, lanzó un grito de sorpresa viendo á Miguel en el hueco de la puerta. Este no quedó menos asombrado reconociendo á Alicia en aquella mujer; una Alicia que vestía una bata lujosa, pero vieja, con guantes ajados en las manos y un velo arrollado en torno de sus cabellos.

--¡Tú!... ¡eres tu!--exclamó ella--. ¡Qué miedo me has dado!...

Luego fué tranquilizándose, y sonrió á Miguel mientras éste murmuraba excusas. No había encontrado á nadie; la verja y la puerta estaban abiertas. Ella, á su vez, también se excusó. Era domingo; Valeria, su acompañante, se había ido á Niza para almorzar con una familia amiga; su doncella y la mujer del hortelano estaban en misa; el viejo habría salido un momento para ver á sus amigos...

Y después de estas mutuas explicaciones quedaron los dos en silencio, mirándose indecisos, no sabiendo qué decir, pero sin dejar de sonreirse.

--¡Tú haciendo tu cama!--dijo él para romper el penoso mutismo.

--Ya lo ves. Esto resulta algo diferente de mi dormitorio de París. Tampoco es mi «estudio» que tú conociste. ¡Los tiempos nuevos!

Miguel movió la cabeza con grave asentimiento. Sí; los tiempos nuevos.

--De todos modos--continuó ella--, hay que confesar que tiene cierta originalidad ver á la duquesa de Delille, á la loca Alicia, haciendo su cama.

El príncipe volvió á aprobar con un gesto mudo. Realmente, era original: no se podía ver todos los días.

Alicia insistió en sus explicaciones. No le había costado ningún esfuerzo ocuparse en los trabajos de su casa. Ella misma limpiaba su dormitorio, para evitar un quehacer á la vieja doncella. No quería admitir la ayuda de Valeria. Cada una corría con el arreglo de su propia habitación, ya que la servidumbre era escasa. Además, entraba en la cocina algunas veces, y hasta por su gusto habría ayudado al jardinero en el cultivo de la pequeña huerta.

--Vivimos en guerra; las cosas cuestan muy caras, y yo soy pobre. Debemos volver á la existencia primitiva... Pero no me atrevo á trabajar en el jardín, por los vecinos. Curiosean desde sus ventanas; hasta hay un señor brasileño que parece enamorado de mí.

Ella misma admiraba su laboriosidad. ¿Quién podía haber supuesto años antes tales cualidades en la dueña del lujoso palacete de la Avenida del Bosque, que los más de los días se levantaba á las tres de la tarde?...

--Todo se lo debo á mamá. Me eduqué en un colegio de Inglaterra cuando era de moda sustituir el ejercicio físico de los _sports_ con los trabajos domésticos. Creo que esto se llama el «corintianismo»... Y me encuentro mejor que nunca. Antes necesitaba subir algunas mañanas, con Valeria y Clorinda, al _Tennis de la Festa_ para jugar hasta rendirme. Ahora, después del arreglo de mi habitación y de ayudar á las otras, no necesito los deportes. Hago la gimnasia del pobre.

Un largo silencio. Miguel miraba la habitación: un dormitorio de mujer, todavía en desorden, con ropas sobre las butacas, esparciendo un perfume de carne femenil bien cuidada. A través de una puertecita vió un extremo del inmediato gabinete, con una mancha de humedad en el pavimento de mosaico, resto del baño matinal. Flotaba en el ambiente un perfume de agua de Colonia y de licor dentífrico. Unos botecitos en desorden dejaban escapar vagas exhalaciones de esencias más preciosas. Y revueltos con los objetos de tocador y las ropas íntimas, distinguió cartones de los que dan en el Casino á los clientes para apuntar las jugadas; unos con marcas rojas ó azules en sus columnas, otros perforados por un alfiler de sombrero á falta de lápiz. Vió tarjetas más grandes que tenían pintada la ruleta, con indicación de sus números y colores, y libros, muchos libros de los que se venden en las papelerías y kioscos de periódicos: luminosos tratados para ganar indefectiblemente á todos los juegos. Sobre la chimenea, medio oculta por varios periódicos de modas, había una ruleta pequeña, una ruleta verdadera, empleada indudablemente en el estudio y comprobación de las teorías. En la mesilla de noche estaba abierto el último ejemplar de la _Revista de Monte-Carlo_, conteniendo estadísticas de todos los números gananciosos durante la semana anterior en las diversas mesas; lectura interesante, con misteriosas acotaciones, que había desvelado á Alicia tal vez hasta la madrugada.

Mientras tanto, ella hizo desaparecer ágilmente todo lo que creía perjudicial para su buen aspecto después de esta sorpresa. Cuando Miguel volvió á mirarla, los viejos guantes habían volado de sus manos y el velo estaba oculto, no podía saber dónde, dejando en libertad la cabellera medusiana, negra, lustrosa, un tanto áspera, que erguía su vigor en desordenados y gruesos rizos.

Prolongaron el silencio con una sonrisa penosa, como si ninguno de los dos encontrase el medio de salir de esta situación.

--Continúa--dijo Miguel--. Una vez que vengo, no quiero servirte de estorbo.

Ella, como si viese en tales palabras un reto á su timidez, y ganosa al mismo tiempo de mostrar sus habilidades, se inclinó sobre el lecho para reanudar el trabajo. Lubimoff se animó con esta demostración de confianza. No era galante dejar que trabajase sola: él la ayudaría.

--¡Tú!... ¡tú!--exclamó Alicia riendo, como si la proposición lo pareciese inaudita.

El príncipe fingió enojo. Sí, él... Era un marino, y su vida de aventuras le obligaba á saber un poco de todo. Más de una vez, en sus exploraciones de tierras desiertas, había tenido que improvisarse un lecho con mantas junto á los tizones de la hoguera.

Había pasado al lado opuesto de la cama, imitando con una exageración cómica todos los movimientos de la duquesa. Las palmadas de ésta las repitió con una violencia que hizo gemir el lecho. Al tirar ella del colchón hacia arriba para ahuecarlo, él lo levantó completamente con sus poderosas manos.

--¡No sabe!... ¡no sabe!--gritaba Alicia con un regocijo infantil.

Luego, fijándose en sus dedos agarrados fuertemente á la tela, añadió:

--¡Pero suelta eso, demonio! Me vas á romper el colchón, ¡y en estos tiempos de pobreza!...

Reían los dos, encontrando muy divertido este trabajo.

--Toma--dijo ella autoritariamente; y le envió al rostro una sábana que sostenía por el extremo opuesto.

Miguel se vió envuelto en una nube de batista impregnada de perfume femenino. Fué por un instante nada más, pero á él le pareció algo extraordinario, de duración sin límites, más allá del tiempo y del espacio. Tuvo el presentimiento de que este hecho insignificante iba á datar en su vida. Sintió cómo resucitaba el pasado en su interior con una fuerza nueva que tal vez era la excitación de la abstinencia. Creyó ver la sonrisa irónica de Castro, y también se vió á sí mismo, con lástima y con asombro, viviendo como un solitario allá en Villa-Sirena y predicando la hostilidad á la mujer. Sus oídos zumbaban; sus ojos, cegados momentáneamente, contemplaron un cielo inmenso de color de rosa, el mismo rosa pálido y jugoso de la carne femenil. Algo entraba por su nariz, en doble columna embriagadora, que estremecía su cerebro, reflejándose con la violencia de un latigazo al otro extremo de su organismo. Cuando la sábana hubo caído sobre el lecho, Miguel apareció intensamente pálido, con una luz agresiva en sus pupilas. Ella, creyéndole enfadado por su broma, rió maliciosamente, apoyando las manos en el colchón. El jadear de esta risa entreabría el escote de su bata, dejando ver en perspectiva horizontal el secreto de unas redondeces blancos y trémulas perdiéndose en misteriosa penumbra.

De pronto, se vió el príncipe al otro lado de la cama, junto á Alicia. Los dos acabaron por sentarse maquinalmente en el borde, dejando á sus espaldas la sábana olvidada. Tomó una mano de ella sin darse cuenta de lo que hacía. Luego se aproximó tanto á su rostro, que uno de los rizos de la revuelta cabellera le cosquilleó en una sien. No sentía deseos de hablar, pero al ver de cerca los ojos de ella, rompió el dulce silencio.

--¡Tú has llorado!

La mujer protestó con una sonrisa violenta, al mismo tiempo que palidecía balbuceando excusas. No; tal vez era el polvo sacudido por la limpieza ó el esfuerzo de su trabajo. Pero él seguía examinando sus ojos, ligeramente enrojecidos.

--Estabas llorando cuando yo llegué--continuó, con una curiosidad insistente é inquieta.

Ahora la protesta de Alicia tomó la forma de una risa agria, estridente, que nada tenía de natural. Y por una de esas gradaciones que son el secreto de los grandes actores, la carcajada se hizo opaca, se convirtió en suspiro, luego en lamento; y desasiendo ella su mano de la del príncipe, se cubrió los ojos y ladeó la cabeza, mientras un estertor oprimía su pecho.

Lloraba. Había bastado que Miguel sorprendiese su llanto reciente, para que nuevas lágrimas afluyeran á sus ojos, reanudando la pasada angustia. Se entregó á su dolor con una delectación cruel, juzgándolo preferible al torturante fingimiento que le había impuesto esta visita inesperada.

Quedó silencioso el príncipe unos instantes.

--¿Es por ese muchacho?--se atrevió á preguntar con voz insegura, como si también sufriese una inexplicable emoción.

Contestó ella con un leve movimiento de cabeza, sin apartar las manos de sus ojos. Miguel no necesitaba verlos. Había adivinado la verdad al sorprender en sus córneas las huellas del llanto. Sólo podía llorar por él: la falta de noticias; la inquietud al pensar que estaba prisionero, muy lejos, sufriendo toda clase de privaciones, y que tal vez no lo vería nunca.

--¡Cómo le amas!...

El príncipe se sorprendió de su propia voz y del tono con que dijo estas palabras. Respiraban despecho, envidia, tristeza por los años que pasan, transmitiendo á los que vienen detrás los insolentes privilegios de la juventud.

Los habitantes de Villa-Sirena se hubiesen sorprendido igualmente al oirle hablar de este modo. La misma sorpresa hizo que Alicia olvidase sus preocupaciones de mujer hermosa, levantando la frente y apartando las manos. Tenía el rostro enrojecido, los ojos trémulos y chorreantes. De un rizo de su cabellera pendía una lágrima. Adivinó que debía estar horrible; pero ¿qué le importaba?...

--Sí, le amo; es lo que más amo en el mundo... Por él sigo viviendo. Sin él me mataría... Pero no es lo que tú te imaginas... no lo es.

El rubor no podía manifestarse en aquel rostro arrebolado por el llanto; pero su gesto, sus ojos, el tono de su voz, repelían con indignación y vergüenza la sospecha del príncipe.

Siguió hablando en voz baja, apresuradamente, sin atreverse á mirarlo, como la penitente que desea terminar cuanto antes una confesión penosa. Varias veces, al conversar con el príncipe, había tenido la verdad junto á sus labios, y siempre en el último momento la retiraba, por un escrúpulo de mujer que teme recordar sus años al hablar del pasado. Pero ¿á quién podía revelar su secreto mejor que á Miguel?... Lo consideraba como de su familia; la había recibido amigablemente en su desgracia, cuando tantos le volvían la espalda. Además, entre un hombre y una mujer no sólo puede existir el amor, como ella había creído en sus tiempos de loca juventud. Había otras cosas menos vehementes, más plácidas y duraderas: la amistad, el compañerismo, un afecto fraternal...

Hizo una pausa, como para tomar fuerzas.

--Es mi hijo.

Miguel, que esperaba una revelación extraordinaria, algo monstruoso, digno de aquel pasado de locuras, no pudo contener su sorpresa:

--¡Tu hijo!

Ella movió la cabeza: «Sí, mi hijo.» Y siguió hablando con los ojos bajos, siempre en un tono de penosa confesión. Remontaba el curso de su existencia. ¡La sorpresa, la cólera ante esta jugarreta cruel del amor, que había venido á interrumpir sus mejores años!... Su indignación fué semejante á la de los ciudadanos de la antigua Grecia que se amotinaron al saber que estaba encinta una cortesana considerada como una gloria nacional, una beldad que las muchedumbres venían á ver de muy lejos cuando se exhibía desnuda en las fiestas religiosas. Necesitaban matar al sacrílego. Ella se tenía también por una obra de arte viviente y quiso borrar el sacrilegio con la muerte. ¡Los crímenes intentados para despojarse de la vergüenza que latía en sus entrañas! ¡Los tormentos de la ocultación, la vida de placer seguida lo mismo que antes, pero con dolorosos esfuerzos para que no adivinasen su secreto!... Al regresar de las fiestas, librándose de la opresión que aplastaba su creciente exuberancia, eran las cóleras homicidas, los puñetazos locos sobre el globo de su vientre para aniquilar al rebelde que se empeñaba en vivir, el revolcarse sobre la alfombra con un histerismo homicida...

Su voz lloraba al hacer estas evocaciones.

--Pero ¿y tu marido?--preguntó Miguel.

--Entonces nos separamos. El podía tolerar en silencio mis amores, podía fingir no verlos... ¡pero un hijo que no era suyo!...

Recordó la actitud digna, á su modo, del duque de Delille. Su familia abundaba en maridos engañados: casi era esto una tradición de nobleza, una distinción histórica. No creía deshonroso vender su nombre al casarse para aumentar las comodidades de su existencia. Su nombre le pertenecía como una herramienta de trabajo. Pero le era imposible enajenarlo, dándoselo á un intruso para que continuase la estirpe. Sus antepasados habían tenido muchos hijos naturales; pero á ninguna de sus alegres abuelas se le ocurrió jamás introducir en la familia un bastardo en cuya formación no le correspondiese á su marido la más pequeña iniciativa.

Se había separado el duque de ella, aceptando todas sus exigencias, menos ésta. Era un hijo adulterino que debía desaparecer... Y nadie, aparte de los dos y de la doncella--que todavía la acompañaba ahora--, se había enterado de este nacimiento.

--Tuve épocas de felicidad--siguió diciendo Alicia--. Conocí satisfacciones que no había sospechado... Escapaba de París; muchos me creían viajando con un nuevo amante. No; iba á ver á mi pequeño, á mi Jorge, primero en Londres, después en Nueva York, siempre en grandes ciudades. Podía vivir con él, jugar á ser mamá con una muñeca viviente que cada vez se hacía más grande... ¡más grande! ¿Te acuerdas de la noche en que te invité á comer? Acababa de regresar de uno de estos viajes, y sin embargo, haz memoria de las tonterías que dije. Me creía Venus, me creía Helena pasando ante «el banco de los viejos». Y para entregarme sin escrúpulo á mis expansiones de madre, recordaba á mis ídolos. También Helena había tenido hijos, y los hombres continuaban matándose por ella. Venus no había escapado á la maternidad, y los dioses y los mortales seguían adorándola, á pesar de que un retoño suyo revoloteaba por el mundo. La maternidad no era una abdicación ni una decadencia; podía continuar bella y deseada como las otras, después de un incidente que había creído irremediable. Y seguí mi vida. ¡Ay! ¡Cuando me acuerdo que algunas veces acorté el tiempo que me había propuesto pasar junto á mi hijo para seguir á algún hombre que apenas me interesaba!... Ahora que no lo tengo, pienso en las horas que pude vivir á su lado y fueron dedicadas al primero que excitó mi curiosidad... Es mi remordimiento más terrible, lo que me roe durante la noche y me obliga á pensar en el juego como único remedio. Soy bien digna de lástima, Miguel.

Pero Miguel, mientras la escuchaba, parecía dominado por una preocupación tenaz.

--¿Y el padre? ¿Quién es el padre?

El tono de su voz casi fué igual al de antes: un tono de curiosidad hostil, de agresivo despecho.

Volvió á repetirse su sorpresa al ver que ella levantaba los hombros.

--No lo sé; no me importa. Otras mujeres, en caso semejante, atribuyen la paternidad al hombre que más les interesa. ¡Como si esto pudiera asegurarse! Yo no he escogido á nadie en mi recuerdo. Todos iguales, todos olvidados. Mi hijo es mío, sólo mío.

Tenía la majestuosa indiferencia de la selva fecunda é impasible que abre sus entrañas al polen esparcido en el aire como una lluvia de amor. La nueva planta emerge, es suya, y la retiene, sin mostrar interés por conocer el origen ni el nombre del germen errante arrastrado por el azar.

Hubo un largo silencio.

--Un día, al llegar á Nueva York--continuó ella--, hice un descubrimiento terrible. Vi á mi Jorge casi tan alto como yo, fuerte, con un gesto de hombre serio, á pesar de que aún no tenía once años. Me avergüenzo sólo de pensarlo; mas no debo mentir: lo odié. Venus podía tener un hijo, ya que este hijo es eternamente niño y se conserva á través de los siglos como esos bebés graciosos que se visten á capricho y sirven de diversión y orgullo. ¡Pero el mío, con su armazón de gigante, sus manos fuertes y su cara grave!... Iba á envejecerme antes de tiempo; me obligaba á renunciar á la juventud de conservarlo al lado mío; jamás pasaría por la abdicación de declarar que era su madre... Y huí de él, dejando que transcurriesen varios años, sin ocuparme de otra cosa que de facilitar los medios para su completa educación. ¡Ay! ¡cómo me ha castigado la suerte por este egoísmo!...

Calló unos momentos para secar nuevas lágrimas que inflamaban sus ojos y enronquecían su voz.

--Se presentó en París cuando yo menos lo esperaba. Había muerto el amigo venerable encargado de su educación allá en América. Vi á un hombre, á un verdadero hombre, y eso que aún no había cumplido diez y seis años. Mi primer movimiento fué de contrariedad, casi de cólera. ¡Tendría que decir adiós á mi juventud, modificar mi vida por este intruso!... Pero algo había en mi interior que me impidió tomar una resolución cruel: enviarlo otra vez al extranjero ó hacerlo entrar en un colegio de París. Me acostumbré inmediatamente á su presencia; necesité verlo en mi casa; me pareció que mi vida tomaba junto á él una serenidad, una alegría profunda y discreta que nunca había sospechado. Tú no sabes lo que es eso, Miguel; no podrías comprenderlo por más que yo te lo explicase... Te juro que fué la mejor época de mi vida. No hay amor como ese. Además ¡éramos tan excelentes compañeros!... Yo me sentí repentinamente de su edad; no: más joven aún que él. Jorge me daba consejos con su cordura precoz, y yo le obedecía como una hermana mas pequeña. Se dejaba arrastrar por su mama á un mundo de placeres y elegancias que le deslumbraba después de su vida sobria y atlética junto á un educador severo. Me apoyaba orgullosa en su brazo, riendo de las equivocaciones del mundo. ¡Lo que hemos bailado el año antes de la guerra, sin que nadie sospechase el verdadero afecto que me ligaba á mi acompañante!

Alicia hizo una pausa para saborear mejor sus recuerdos. Sonreía vagamente al pensar en el error maligno de las gentes.

--Todos los té-tangos de los Campos Elíseos vieron á la duquesa de Delille bailando con su nuevo capricho amoroso. Y yo, Miguel, te lo confieso, me enorgullecía con este error. Continué siendo la hermosa Alicia, rejuvenecida por la fidelidad de un adolescente que la acompañaba á todas partes con el entusiasmo del primer amor. Me parecía esto preferible al papel resignado y pasivo de madre. Además, ¡nuestros comentarios alegres al estar solos! Muchos de mis antiguos adoradores sintieron renacer el pasado por envidia sorda, por la instintiva rivalidad del hombre maduro ante el adolescente, y me asediaban con sus galanterías. Mi Jorge me amenazaba riendo: «Mamá, tengo celos.» Quería que su madre no llamase la atención de ningún hombre, para que fuera toda de él. Otras veces protestaba yo con más motivo. Sorprendía las miradas codiciosas de muchas mujeres de mi mundo fijas en él; la invitación agresiva de algunas, que, por ser más jóvenes, se consideraban con derecho á arrebatármelo. ¡Y él, tan bueno, burlándose conmigo de estas pasiones que despertaba, comunicándome otras que yo no podía adivinar!... Tú no conoces tal vez esta juventud que llega detrás de nosotros. Parece de otra carne y otra sangre. Nuestra generación es la última que ha tomado en serio el amor, dándole una importancia enorme, haciendo de él la principal ocupación de una vida. Tú y yo no podemos ser ya comprendidos: resultamos monstruos. Mi hijo sólo se interesaba por una mujer: su madre; y aparte de ella, los automóviles, los aeroplanos, los deportes... Todos estos muchachos fuertes é inocentones parecían adivinar lo que les esperaba...

Fué extinguiéndose la momentánea serenidad con que había hecho el relato de este período feliz. Siguió hablando con voz sorda, entrecortada por sollozos. De pronto, la guerra. ¿Quién podía imaginársela un mes antes?... Y su hijo se avergonzaba de no correr como todos los hombres á las estaciones de ferrocarril para incorporarse á un regimiento. Una mañana la había aterrado con la noticia de su enganche como voluntario. ¿Qué podía hacer ella? Legalmente, no era su madre. Jorge llevaba el nombre de un matrimonio de viejos criados que se habían prestado á esta fingida paternidad. Además, había nacido en Francia, y nada tenía de extraordinario que, como tantos adolescentes, quisiera defender su patria antes de ser llamado á las armas por la ley.

La duquesa vivió algunos meses en un villorrio del Mediodía, cerca del campo de aviación donde se amaestraba su hijo. Deseó prolongar hasta el último extremo su vida con él. ¡Si se hubiese hecho soldado cuando vivían separados y ella renegaba de su maternidad!... Pero iba á perderlo en el momento más plácido de su existencia, cuando se creía al lado de Jorge para siempre.