Los enemigos de la mujer

Part 14

Chapter 143,879 wordsPublic domain

--Mi familia ha terminado. ¡Tantos jóvenes que había en ella!... La vida es rara. Transcurre el tiempo sin que surjan sucesos extraordinarios, y de pronto, las horas valen meses, los días son años, y pasan en unos minutos cosas que en otras ocasiones necesitarían siglos. ¡Todos muertos! Sólo queda mi sobrina Mary, la enfermera. Está aquí; la han enviado sus jefes casi á la fuerza para que descanse y se reponga. Pero se escapa á Mentón, á Niza, allí donde hay heridos, queriendo reanudar su servicio. ¡Si á lo menos se casase!... Mas no: morirá como los otros. Y yo quedaré solo, y seré lord, el tercer lord Lewis: lord Lewis el historiador, lord Lewis el gobernador colonial, y lord Lewis el inútil...

Aquí intervinieron todos con una protesta afectuosa. Sus desgracias de familia eran enormes, pero no debía atormentarse de tal modo.

--Con su permiso, príncipe--dijo el inglés, desviando la conversación--, un día traeré á mi sobrina para que conozca sus jardines. ¡Ama tanto estas cosas! Es la única de la familia que ha heredado el alma de mi padre.

Después de esto, Lewis mostró deseos de marcharse. Necesitaba olvidar, y sabía dónde le esperaba el olvido. Sus pies de jugador sintieron el mismo irresistible deseo de actividad que los del ebrio cuando piensa en el mostrador del _bar_. Castro y Spadoni cruzaron con él varias miradas.

--¿Si fuésemos á dar una vuelta por el Casino?--propuso uno.

Y los tres desaparecieron.

El coronel también se fué, y el príncipe pasó el resto de la tarde conversando con Novoa, paseando por sus jardines, viendo la puesta del sol, y finalmente leyendo en el _hall_, al pie de una lámpara que extendía su enorme pantalla rosa sobre una alta columna.

Castro llegó solo, mucho antes de la hora de la comida. Estaba triste; silbaba, y su sonrisa era un rictus hostil. ¡Mala tarde! Lo había perdido todo. Al día siguiente tendría que solicitar un nuevo préstamo de su pariente para volver al «trabajo».

Miguel sintió otra vez la necesidad de hablarle de la visita de la mañana. Era mejor una explicación franca que evitase alusiones é ironías.

--Sí, la he visto--dijo Castro--. Os seguí desde una ventana cuando paseabais por los jardines.

Le miró el príncipe, asombrado de su laconismo. ¿Esto era todo lo que se le ocurría decir? Ahora hubiese preferido sus burlas.

--¿Qué tiene de particular que haya venido?--dijo al fin con brusquedad--. Es natural; ¡pobre mujer! Te advierto que has empezado por conquistar á una enemiga.

Se había encontrado en el Casino con «la Generala». Ella y Alicia acababan de reconciliarse una vez más, y para afirmar con una confidencia íntima la amistad rehecha, la de Delille le había contado su entrevista con el príncipe.

--Doña Clorinda, que no te podía ver, por considerarte un frívolo, un vago pernicioso, hace de ti los mayores elogios, á causa del perdón de esa deuda enorme y de tu propósito de ayudar á la duquesa. Dice que eres un caballero digno de otros tiempos, un gran corazón...

Miguel encogió los hombros. ¡Lo que le importaba á él la tal doña Clorinda!... Esto exasperó á Castro.

--¿Por qué no había de venir aquí tu parienta?--dijo con aspereza--. Tú te aburres entre hombres; no lo crees, pero es así. A todos nos ocurre lo mismo. Resulta necesario hablar de vez en cuando con una mujer, aunque sea únicamente por amistad. Lo que tú pretendiste al llegar de París es imposible.

--¿Crees acaso que voy á enamorarme de Alicia?

Y el príncipe rió largamente, como si no se cansase de celebrar lo absurdo de tal suposición.

--Eso tú lo sabrás--contestó Atilio--. Lo que yo digo es que no podemos ser por mucho tiempo los enemigos de la mujer. Mira al coronel; es tu «chambelán», tu ayudante, el hombre que te obedece ciegamente. Pues hasta ese te abandona. Fíjate: siempre que puede, vive en el pabellón de la portería. Necesita hablar con la hija del jardinero, una mocosa que él ha visto andar á gatas, pero que ya tiene diez y seis años y no ofrece mal aspecto. Trabaja en una sombrerería de Monte-Carlo, y sigue las modas lo mismo que una señorita. El coronel cuida de la renovación de sus zapatos de altos tacones, de sus faldas cortas, de sus boinas y sombreritos, de sus collares de falso ámbar. En esto emplea todo el dinero que tú le permites que tome como recompensa. A veces la sigue de lejos por las calles, admirando su contoneo provocativo, sus pantorrillas al descubierto, siempre con medias de seda... Cultiva pacientemente su jardín. Sonríe como un imbécil al pensar en su futura cosecha.

VI

Un domingo, al levantarse de la cama, el príncipe sintió deseos de cantar. Tal vez fué por seguir maquinalmente á unos pájaros que desde la salida del sol estaban gorjeando en los aleros de Villa-Sirena, engañados por la tibieza de un día primaveral en pleno invierno.

Miró por una ventana de su dormitorio. El Mediterráneo, sin una sola vela, se extendía, largamente ondulado, hasta juntarse con el cielo. Las gaviotas volaban en círculos, desplomándose á continuación con las alas encogidas para dejarse llevar por las aguas. Los fondos de arena removidos por las corrientes aclaraban el azul del borde de la costa, dándole un tono opalino de ajenjo. En torno del promontorio hervían las espumas, blancas, luminosas, incesantemente renovadas, entre las cabezas de los escollos.

El príncipe oyó voces encima de él. Castro y Spadoni se hablaban de ventana á ventana. La precoz belleza del día les había hecho saltar del lecho con misterioso aviso. Admiraban el cielo, sin un vapor que enturbiase las distancias. Las montañas habían adquirido un relieve extraordinario: parecían más grandes y más próximas. Por encima del Cap-Martin descendían los Alpes italianos, y en sus últimas estribaciones, á ras del agua, blanqueaban las poblaciones fronterizas: Vintimiglia y Bordighera.

Por un capricho atmosférico, flotaba en mitad del cielo sereno una nube compacta, alargada, semejante á una isla cubierta de nieve. Su blancura parecía irradiar una luz interior.

--La conozco--dijo Atilio con acento de convicción al músico, que no se cansaba de admirarla--. La he visto muchas veces. Cuando el día se muestra demasiado limpio, los directores del Casino temen que la clientela se aburra de tanto sol, de tanto azul: azul en el mar, azul en el cielo. «Que suelten la nube grande», ordenan por teléfono. Habrá usted reparado que esa nube siempre aparece por detrás de las montañas. Es donde el Casino tiene sus almacenes. Aquí no perdonan detalle para entretener á los parroquianos.

Miguel oyó dos mugidos: uno de sorpresa, otro de indignación. Luego el ruido de una ventana al cerrarse. El pianista, molestado por esta broma matinal, volvía á su lecho para dormir hasta la hora del almuerzo.

Apresuró el príncipe sus operaciones de limpieza. Sentía la necesidad de salir, como si sus jardines le pareciesen estrechos. A lo lejos sonaban las campanas de Monte-Carlo, más lejos aún respondían las de Mónaco, y este repiqueteo hacía vibrar la frágil y clara atmósfera como una copa de cristal.

Bajó las escaleras lentamente, procurando no hacer ruido, y al llegar á la verja respiró satisfecho. No había encontrado á ninguno de sus compañeros, ni siquiera al coronel. Quería marchar solo hacia la ciudad, como si le atrajese la alegría matinal del domingo, que se convierte al llegar la tarde en tedio abrumador.

Fuera de la verja le saludó una muchacha que esperaba el paso del tranvía. Era pequeña, pero sus pies estaban montados en violento ángulo sobre unos zapatos de tacones agudos. Su falda apenas pasaba de la rodilla, dejando al descubierto unas medias bien repletas de carne transparentada por el fino tejido. Sobre su jersey de seda color salmón ostentaba un collar de enormes cuentas de falso ámbar. El pelo, cortado en forma de melena de paje, se ahuecaba bajo una graciosa boina de terciopelo. El profundo respeto con que le saludó hizo que la reconociese: la hija del jardinero. Pero al mismo tiempo le miraba hipócritamente, con una curiosidad mal disimulada, como si sus pupilas estableciesen una separación entre el amo venerado por sus padres y el buen mozo al que adoraban las mujeres y del que había oído contar tantas cosas.

El príncipe siguió adelante, después de saludarla como á una señorita de su mundo. Estaba alegre esta mañana, y rió en su interior al pensar en lo que daría que hacer á los hombres, más adelante, este capullo de malicias y ambiciones. Luego se acordó de don Marcos y de lo que le había contado Atilio. ¡Pobre coronel! ¡Meterse, con sus años, á domador de fierecillas!...

Caminó ligeramente hacia Monte-Carlo. Pasaba ante las «villas» y los jardines como si sus pies tomasen nuevo impulso al tocar el suelo, como si en la atmósfera primaveral se hubiesen disminuído las leyes de la gravedad.

Dentro de la población se detuvo ante las gradas de la iglesia de San Carlos. Por la puerta salían resplandores de cirios, perfumes de flores, susurros de órgano, voces de doncellas. Su alma, pueril y ligera como la mañana, sintió deseos de ir en pos de las familias endomingadas que subían la escalinata. El era católico por su padre, cismático por su madre, y nada por su propia voluntad. Pero se sintió repelido por esta penumbra olorosa de cueva abierta moteada de luces, y siguió adelante, aspirando con delicia el aire libre.

--¡Oh, lady!... ¡Buenos días!

Una mano de mujer, descarnada y larga, estrechó la suya con una rudeza varonil. El sol hacía brillar los botones dorados sobre el paño color kaki de un uniforme de soldado inglés. Mas el uniforme, en vez de estar rematado por unos pantalones, tenía como final una falda corta sobre polainas de cuero rojo.

Era la sobrina de Lewis. Había estado dos tardes en Villa-Sirena correteando por sus jardines. Miguel contempló una vez más su enfermiza delgadez, que iba tomando el aspecto miserable de la consunción. La correa que le cruzaba pecho y espalda, uniéndose por ambos lados á la cintura, se hundía en el paño, como si detrás de su trama no encontrase la resistencia de un cuerpo. El rostro avanzaba con una agudeza de cuchillo bajo la visera de la gorra militar. Su epidermis, rugosa y macilenta en plena juventud, marcaba todas las aristas y oquedades del hueso. Parecía no tener edad; lo mismo podía ser de veinticinco que de sesenta años. Lo único que se conservaba fresco en ella eran los ojos, unos ojos que aún tenían el resplandor ingenuo de la adolescencia, y miraban de frente, con la serena confianza de la virgen fuerte.

Los horrores de la guerra habían pasado sobre este organismo como una llamarada que seca cuanto toca, lo apergamina, y acaba convirtiéndolo en polvo. Parecía una momia, tostada por el resplandor de los incendios, estremecida por las lágrimas y los quejidos de millares de seres. «¡Lo que esos oídos habrán escuchado!», se dijo Miguel. Y comprendió el gesto triste de su boca pálida, que colgaba con desaliento entre dos profundos surcos verticales. «¡Lo que esos ojos habrán visto!», continuó pensando. Pero los ojos no querían acordarse, y le sonreían, contentos del momento presente.

Acababa de salir de un gran hotel convertido en hospital y esperaba el tranvía para ir á Mentón. Habían llegado allá nuevos heridos, y la escasez de enfermeras obligaba á los médicos á admitir sus servicios. Por el momento no la molestarían más preocupándose de su falta de salud. Al pensar en el rudo trabajo que la esperaba, en las noches de vigilia y los combates con la muerte para salvar á unos cuantos hombres, mostró un gran regocijo. Deseaba cuanto antes hacer su corto viaje, como si se dirigiese á una fiesta; y al ver que se aproximaba el tranvía, estrechó otra vez varonilmente la mano del príncipe.

--Seguiré abusando de su autorización. La próxima vez saquearé aún más sus jardines. ¡Flores... muchas flores! ¡Si viera usted qué alegría sienten los pobrecitos cuando las coloco junto á sus camas! Algunos médicos se enfadan; encuentran frívolo esto... Pero lo que yo digo: ya que hemos de morir, muramos con un poco de poesía, rodeados de algo que nos recuerde la belleza de lo que perdemos. Esto no hace mal á nadie.

Lubimoff siguió su camino, pero con menos ligereza. Esta amazona de la caridad parecía haber desgarrado el velo rosa que alegraba su visión.

Todo era lo mismo, pero ligeramente ensombrecido, como los paisajes que se contemplan á través de un vidrio ahumado. Fijaba su atención en cosas no vistas hasta entonces. Todos los grandes hoteles se habían convertido en hospitales. Sus terrazas, sus largos balcones, estaban ocupados por hombres que tomaban el sol; hombres cuya cabeza era una bola blanca, ceñida de vendajes que sólo dejaban visibles los ojos y la boca; hombres incompletos, como esbozos escultóricos, sin una pierna, sin un brazo; otros, tendidos, inmóviles, amputados, lo mismo que los cadáveres en la sala de disección, pero que todavía respiraban.

En las aceras fué tropezando con militares de diversas naciones: oficiales franceses, ingleses, servios y algunos rusos convalecientes, que recordaban con su presencia la desvanecida cooperación de su país. Desfilaba toda la variedad de uniformes de los ejércitos de la República: el azul horizonte de las tropas continentales, el color mostaza de las tropas marroquíes, la gorra de cuartel amarilla de la Legión Extranjera, el fez rojo de los argelinos y de los tiradores negros.

Nadie estaba entero. Este país de sol, de perspectivas azules y risueñas, parecía poblado por una humanidad superviviendo á un cataclismo. Oficiales elegantes, de esbelto talle, arrastraban una pierna, avanzaban con precaución un pie elefantíaco, se doblaban, avejentados, apoyándose en un garrote. Hombres atléticos temblaban al andar, como si su esqueleto bailotease dentro de la envoltura de un cuerpo vaciado por la consunción. Las manos carecían de dedos; los brazos se habían acortado y eran aletas ó informes muñones; las mejillas ocultaban bajo placas de algodón el zarpazo de la granada, igual á una cicatriz cancerosa; la horrible oquedad de la nariz desaparecida se disimulaba con un tapón negro sujeto á las orejas. Otros llevaban todo el rostro cubierto con una máscara de vendajes, sin dejar visibles mas que los ojos, los pobres ojos, que parecían sentir miedo por adelantado y algún día habrían de familiarizarse con el horror de un rostro que fué joven meses antes y ahora era igual á una visión de pesadilla.

Algunos se mantenían intactos, disponiendo de la fuerza y la agilidad de todos sus miembros. Vistos de espaldas, conservaban la esbeltez vigorosa de la juventud... Pero marchaban en fila, agarrados del brazo, los ojos perdidos en la noche, golpeando las losas con un palo que había venido á reemplazar el perdido sable y les acompañaría hasta su muerte.

Y esta procesión de resignadas tristezas, este carnaval doloroso, venía de los jardines, reconfortado por la alegría matinal, sintiendo renovada su voluntad de vivir. Otros se dirigían hacia el Casino y sus terrazas, pasando entre las palmeras brasileñas, de lisos y huecos fustes forrados de piel de elefante; entre los cactos sostenidos por soportes de hierro formando madejas de reptiles verdes erizados de púas; entre los nopales, altos como árboles; entre las higueras del Himalaya, con el cuerpo de torre y una copa inmensa que parecía hecha para proteger la inmóvil meditación de los fakires; entre todas las vegetaciones de la América tropical y la América templada, de la China, Australia, Abisinia y El Cabo. Un pequeño arroyo bajaba en zigzag por las quebradas verdes del césped, formando remansos entre bambúes y palmeras japonesas, hasta desembocar en un lago minúsculo con bordes de follaje, tranquilo, gracioso, frágil, como uno de esos centros de mesa en los que el agua está representada por una lámina de cristal.

Miguel se detuvo en lo alto de los jardines para contemplar de lejos el Casino. Nunca había apreciado, como ahora, la frivolidad y el mal gusto de este palacio, que era el corazón de Mónaco. Si el «monumento de confitería»--frase de Castro--cerraba sus puertas, todo Monte-Carlo quedaría en una soledad de muerte, lo mismo que esas ciudades que fueron puertos en otros siglos y ahora duermen, despobladas, lejos del mar que se retiró.

Era obra del arquitecto de la Opera de París, una construcción recargada, chillona y pueril, toda ella de un tono de manteca tierna, con techos policromos, torrecillas cargadas de balconajes, hornacinas con estatuas innominadas, y muchos frisos de azulejos, muchos mosaicos dorados. En los ángulos había escudetes de cerámica verde imitando á cabujones de esmeralda. La simulación del oro y las piedras preciosas era el motivo ornamental más saliente de esta casa, famosa en el mundo entero.

La prosperidad del establecimiento había añadido al cuerpo principal, flanqueado de cuatro torres, una ala extensa, en la que estaban los mejores salones. Varias cúpulas desiguales, verdes y amarillas, revelaban la existencia de éstos remontándose por encima de la balaustrada final. En esta balaustrada aparecían sentados unos cuantos ángeles ó genios de bronce enteramente desnudos, con alas doradas, ofreciendo al extremo de sus brazos negros unos atributos de oro, cuya significación nadie llegaba á adivinar. Otras estatuas de mujeres medio desnudas, blancas ó metálicas, se guarecían en los hornacinas de los muros, y también resultaba un misterio su nombre y su significación.

Aunque el palacio pretendía deslumbrar y acariciar con sus oros y sus tiernos colores, las gentes que iban á él apenas se fijaban en tales magnificencias.

--Los que llegan--decía Castro--entran corriendo: desean sentarse cuanto antes á las mesas de juego. Los que salen todo lo ven obscuro; y aunque el Casino fuese hermoso como el Partenón, lo tomarían por una cueva de ladrones.

El príncipe miró á la derecha del edificio, donde quedaba visible una faja de mar cortada por varias palmeras japonesas de tronco estoposo y copa esférica. Allí, en la entrada de las terrazas que bordean el Mediterráneo, se yerguen los dos únicos monumentos de la ciudad, dedicados á la gloria de dos músicos por el simple hecho de que algunas de sus obras fueron estrenadas en el teatro del Casino. Labrados en mármol, Berlioz y Massenet saludan vagamente con sus ojos sin pupila á las muchedumbres cosmopolitas que van llegando á la casa de juego. «Son _croupiers_ honorarios», decía Castro.

«Massenet, lo acepto--pensó Miguel--. Fué feliz, tuvo dinero, conoció la gloria en vida. ¡Pero Berlioz, que pasó sus años luchando con la propia pobreza y el desvío del público, haciendo guardia después de muerto á los millones del Casino!...»

Luego miró más cerca, fijándose en la plaza que se abre ante el edificio. Un jardín redondo ocupa su centro. Las gentes lo apodan «el queso», por su forma, y algunos especializan llamándolo «el _camambert_». En torno de su baranda y en los bancos adosados á ella vivía el alma de Monte-Carlo, se encontraban las gentes, cambiando chismes y murmuraciones, pidiendo noticias á los que salían del Casino, comentando la fortuna ó la desgracia de los jugadores célebres.

En las inmediaciones no había otros comercios que joyerías, sucursales del Monte de Piedad y tiendas de sombreros para mujeres. Las jugadoras modestas sentían el capricho de un sombrero caro á la salida del Casino; los que necesitaban continuar sus combinaciones con nuevo capital no tenían mas que dar unos cuantos pasos para empeñar la alhaja; en los escaparates de las joyerías, el collar de perlas de un millón, las esmeraldas de trescientos mil francos, se exhibían durante el invierno, exacerbando el capricho femenil, y en verano emigraban á los balnearios célebres, para continuar su deslumbradora y muda tentación. Los joyeros, de perfil semítico, esperaban detrás de sus mostradores las compras más que las ventas, y ofrecían tranquilamente por la alhaja adquirida allí mismo el año anterior la cuarta parte de su precio.

El príncipe adivinó de lejos la personalidad de muchos que en esta hora matinal ocupaban ya los bancos frente á la escalinata del palacio. Allí permanecían todo el día los condenados del juego, los malditos, sufriendo el más atroz de los tormentos al vivir junto á las puertas del santuario sin poder entrar en él. Habían perdido hasta la última moneda, y los directores de la casa, que repatrían generosamente á los jugadores arruinados, les entregaban el viático para el regreso á su país. Pero se jugaban este socorro, lo perdían, y como los deudores del Casino no pueden volver á él hasta que han cumplido sus compromisos, quedaban clavados en la plaza para siempre, con la ilusoria esperanza de un dinero que todos ellos ignoraban de dónde podría venir. Se reunían hombres y mujeres con la fraternidad de la miseria, espiaban á los compatriotas más felices para asaltarlos con sus peticiones, discutían entre ellos números y colores, lograban reunir algunos francos después de rebuscar en el fondo de todos los bolsillos, y como emisario de sus ilusiones diputaban á algún camarada tan pobre como ellos, pero que aún no había «tomado el viático» y tenía libre la entrada.

Vió Miguel cómo se iba extendiendo una ola de gente al pie de las palmeras japonesas, junto al monumento de Massenet. Acababan de llegar varios tranvías de Niza. Todos los viajeros corrían, deseando penetrar cuanto antes en el abigarrado palacio, como si la fortuna les aguardase en los salones y pudiera huir de un momento á otro, cansada de esperar.

Miró el reloj que coronaba la fachada. Las diez. Iban á empezar los diarios oficios, y los devotos residentes en Monte-Carlo acudían también, uniéndose á los venidos de fuera. Todos subieron á la vez las gradas de mármol, siguiendo sus tres caminos de alfombra sujeta por varillas de bronce que brillaban al sol.

«¡Y estamos en guerra!--pensó Miguel--. ¡Y muchos de los que se han levantado temprano para hacer el viaje, lo mismo que los que viven aquí, tienen hijos, hermanos ó maridos que en este momento se baten y tal vez mueren!...»

La voluntad de vivir, la voluntad de gozar, la ilusión de la ganancia, obraban como anestésicos, se sobreponían á las preocupaciones, haciendo que todos olvidasen, para concentrar su existencia en el momento presente.

Esta precipitación general hacia el juego abierto disgustó al príncipe y le hizo detenerse en la suave pendiente de los jardines. Le repugnó confundirse con la muchedumbre que vagaba por los alrededores del Casino.

Su deseo de no seguir adelante le sugirió una idea. «¿Si fueses á sorprender á Alicia en su casa?... ¡Lo agradecería tanto!»

Dos veces más había estado en Villa-Sirena. Un encuentro en la calle con el príncipe, cuando ella iba con su amiga Clorinda, sirvió de pretexto para que las dos visitasen el refugio de «los enemigos de la mujer» y sus hermosos jardines. Miguel encontró á «la Generala» menos hostil y dominadora que la había imaginado; pero no pudo comprender el apasionamiento de Castro. A pesar de su hermosura le pareció estar hablando con un hombre. Con ambas señoras había venido también Valeria, la joven francesa protegida por Alicia, señorita de compañía en los tiempos de esplendor y que ahora sólo acompañaba su pobreza por gratitud y fidelidad. Luego, la de Delille había vuelto sola por segunda vez, para hacerle varias consultas sobre su porvenir, desprovistas todas ellas de buen sentido, y aceptar finalmente un préstamo de cinco mil francos. La suerte le era contraria en el juego; necesitaba nuevas «herramientas de trabajo». Aquel capital que la irritaba con su terquedad, no queriendo subir más allá de los treinta mil, había oído finalmente sus quejas, pero fué para desplomarse con una rapidez fulminante, dejando sólo leves escombros de su existencia.

Después de recibir esta ayuda, la duquesa se había mostrado quejosa.

--Soy yo quien viene siempre á buscarte: no te dignas visitar mi casa. ¡Como soy pobre!...