Los enemigos de la mujer

Part 13

Chapter 133,818 wordsPublic domain

Ella también volvió á la realidad con este incidente. Pareció fijarse por primera vez en el lujo discreto y sólido de aquella vasta pieza. Se levantó para ver de cerca algunos cuadros modernos de pintores célebres que adornaban los muros. Para ella, las firmas de los artistas eran más interesantes que los lienzos. Valuaba su mérito con arreglo á la fama de caros que tenían sus autores.

--¡Lo que vale todo esto!--exclamó con admiración.

--¡Con tal que pueda conservarlos!--dijo Miguel escépticamente--. Bien podría ser que me obligasen á venderlos.

La duquesa, desde una ventana, contempló los jardines, escalonados hasta el mar. Muchas veces, yendo de paseo con su amiga Clorinda, había hecho detenerse en el camino al carruaje de alquiler para contemplar las arboledas de Villa-Sirena. El coronel, tan galante en el Casino, tan besador de manos, se mostraba intratable, como un dragón guardador de tesoros, cuando le proponían una visita, aunque sólo fuese á los jardines. Sin permiso del príncipe nadie franqueaba la verja.

--Y al llegar tú de París, ni siquiera me he aproximado á tu propiedad. Me dabas miedo. ¡Si hubieses podido ver qué aire de salvaje tenías la otra tarde! Cree que he necesitado un verdadero esfuerzo para venir... Pero ahora somos amigos, ¿no es eso? amigos para siempre... Sé galante con una parienta que viene á visitarte, y enséñame tus dominios.

Lubimoff no pudo ocultar su contrariedad. ¿Qué deseaba ver Alicia?... ¿Iba á examinar á aquella hora matinal las habitaciones, á curiosear en los dormitorios, á estorbar á Novoa, que tal vez trabajaba en la biblioteca?... Pensó en la sonrisa irónica de Castro al sorprenderle guiando por los pisos altos á una mujer. Apenas había entrado una en Villa-Sirena, empezaban las molestias para su dueño.

Como si adivinase Alicia estos pensamientos, sonrió graciosamente. No deseaba ver la casa: se contentaba con visitar los jardines.

--Bastante has hecho recibiéndome aquí--continuó--. Conozco la limitación de mis derechos: estoy en territorio hostil. Esta es la casa de «los enemigos de la mujer».

El príncipe fingió no entenderla. Alguien había hablado; tal vez era Castro, que no ocultaba nada á doña Clorinda.

Pasearon por los jardines. Alicia se detuvo ante un pedazo de tierra cultivada, de la que empezaban á surgir algunas hortalizas.

--¿Aquí es donde tú trabajas? Ya sé que te diviertes cultivando tu huerta, como otros príncipes rusos hacen zapatos.

¿También esto?... ¡Ah, Castro charlatán!

En el jardín griego, uno de los bancos de mármol sostenido por cuatro victorias aladas atrajo la atención de ella, haciéndola permanecer inmóvil y pensativa.

--¿Te acuerdas del «banco de los viejos»?--dijo de pronto.

Miguel no supo qué contestar á esta pregunta; pero pasados unos segundos se acordó, como si los ojos fijos de ella le sugiriesen la visión de aquella noche en que la había abandonado brutalmente.

--¡Cómo te burlarías de mí! ¡Qué tonta debí parecerte!... Sí; una tonta insufrible. Yo era Venus; era el centro del mundo; todo lo existente, seres y cosas, se había fabricado para mi persona. Tenía por misión hacer sufrir al mundo mis caprichos, y el mundo debía agradecerme de rodillas que me fijase en él... ¡Qué quieres! La juventud, el orgullo pueril de la primavera, que se cree eterna. Y después... ¡después! ¡Si yo te contase todos mis desengaños, mis dolores, aun en la época en que no me preocupaba del dinero!... El invierno borra las ilusiones verdes.

--¡Pero tú no eres vieja!--exclamó Miguel--. Todavía inspiras pasiones á los jóvenes. Te engañas á ti misma ó quieres burlarte de mí. Aún hay muchos hombres que al verte...

--Tal vez--repuso ella--; pero tú, hijo mío, no estás entre ellos. Confiésalo: nunca te he gustado.

El príncipe no quiso confesar nada y desvió la conversación. Le molestaban estas alusiones al pasado. Alicia volvía á serle antipática cada vez que intentaba resucitar sus antiguas gracias de perturbadora de hombres.

Vagaron más de media hora por los diversos planos de los jardines. De vez en cuando, Miguel, al pasar por un claro de la arboleda, lanzaba una mirada cautelosa hacia la «villa». Nadie en las ventanas; pero él presintió una agitación interior á causa de esta visita. Le espiaban, estaba seguro. Atilio, detrás de los visillos, seguía indudablemente sus paseos entre los árboles. Tal vez Spadoni, que había pasado la noche en Villa-Sirena, saltaba de la cama, perdiendo dos horas de sueño, para contemplar esta novedad estupenda. Hasta Novoa habría suspendido su lectura para mirar hacia el jardín.

Alicia notó esta soledad. Ni invitados ni servidores. Ella y el príncipe parecían marchar por un parque encantado.

Al dirigirse hacia la verja encontraron á don Marcos que salía apresuradamente del pabellón del jardinero.

La duquesa dió su mano á Miguel, que la besó ceremoniosamente.

--Espero que nos veremos en el Casino.

Hizo él un signo de negación. Se aburría en las salas de juego: no quería entrar en ellas.

--Me hubiera gustado encontrarte allí... Estoy segura de que me darías la suerte.

Luego quedó indecisa. No pensaba volver á Villa-Sirena, donde sólo vivían hombres; tenía la convicción de que era allí un estorbo.

--Ven á verme una mañana. El coronel sabe dónde vivo. Ven, y te reirás viendo cómo está instalada la duquesa de Delille... Es algo interesante.

Avanzó hasta el coche de alquiler que esperaba fuera de la verja. Antes de subir á él, se volvió para afirmar con un tono de graciosa amenaza:

--Si no vienes, no me verás más. Creeré que deseas romper conmigo, que me encuentras molesta y antipática... Te espero.

Agitó una mano á guisa de despedida, mientras el carruaje se iba alejando.

--¡Ya era hora!--exclamó Miguel al verse solo.

Una visita de hora y media, que le había hecho permanecer en nerviosa tensión, midiendo sus palabras, evitando las expansiones demasiado afectuosas, dando consejos sin interés alguno y dejando en silencio los recuerdos del pasado. Prefería la confianza y el abandono de sus conversaciones con los compañeros.

Al pensar en éstos renació su inquietud. ¡Cómo iba á sonreir Atilio al sentarse á la mesa! Escuchaba ya su voz irónica: «¡Nada de mujeres!» Y la primera que se presentaba lo hacía marchar ante su paso, confuso pero obediente, lo mismo que un prior que rompe la clausura para recibir á una reina.

La inquietud le hizo hablar al coronel, que iba silencioso á su lado, acompañándole desde la verja al edificio. ¿Dónde estaba Castro?...

--En la biblioteca, con lord Lewis. El lord ha llegado mientras Su Alteza estaba en el jardín. Viene á almorzar.

¡Simpático inglés! Ocurrírsele escoger este día, espontáneamente, después de tantas invitaciones inútiles. Estando él presente, Castro sólo hablaba del juego. Y corrió en busca de Lewis.

Era hijo de un gran historiador, al que su patria había premiado con el título de lord. Pero este título correspondía por herencia al hijo primogénito, y únicamente Toledo, dado á exagerar la valía de sus amistades, llamaba al segundón lord Lewis. Para Atilio, era «el Decano». Llevaba veinticinco años en Monte-Carlo, y los viejos empleados del Casino, al ver su triste calvicie inclinada sobre las mesas, recordaban al _gentleman_ de otros tiempos, elegante, alegre, vigoroso. Había venido á la Costa Azul en una de sus correrías de personaje byroniano, y en ella se quedó, no queriendo ver más mundo. La pasión del juego era la única voluptuosidad inagotable para este hombre que las había gustado todas y estaba aburrido de la mayor parte de ellas.

El verdadero lord Lewis, personaje grave que sostenía el prestigio del nombre paterno, tenía numerosos hijos y había servido á su país en altos puestos coloniales. El, poco á poco, iba perdiendo sus antiguas relaciones, para no ser mas que un jugador en Monte-Carlo.

--¡Veinticinco años!--había dicho melancólicamente un día al príncipe--. ¡Y jamás podré hacer otra cosa! Ya es tarde para emprender un nuevo camino. Mi vida terminó, y aquí me enterrarán, estoy seguro; aquí quedará todo lo que heredé de mi padre, todo lo que me legaron varias tías viejas... Algunas veces, viendo claro, he emprendido un viaje de huída... Pero al estar lejos siento una indignación feroz. Recuerdo que he dejado aquí más de un millón, pienso que no debo resignarme á esta pérdida, y para rescatarla, vuelvo en seguida á jugar, y vuelvo á perder, y así continuaré hasta que muera. Además, hay el castillo...

Miguel conocía este castillo. Estaba en un picacho de los Alpes Marítimos, á la vista de Monte-Carlo, cerca del pueblo de La Turbie y de los restos del Trofeo de Augusto, que marcan el emplazamiento de la antigua vía romana.

En sus primeros años de vida en la Costa Azul, el elegante Lewis había adquirido por unos miles de francos las ruinas de una fortaleza señorial que guardaban la tradición dramática de guerras con los condes de Provenza, asaltos y asesinatos de familia. El hijo del historiador, más aficionado á los deportes que á la literatura, consideró como un homenaje filial la reconstrucción á la vista del Mediterráneo de un castillo como los que su padre había descrito al relatar las leyendas de su país. Invirtió en ello una parte de su fortuna, dedicando la otra al juego. «Con lo que gane--se decía--acabaré el castillo.» Y como pensaba ganar sumas fabulosas, inició la reconstrucción en proporciones gigantescas, dirigiéndola él mismo con arreglo á las fantasías arquitectónicas estudiadas en los dibujos de Gustavo Doré. El castillo había quedado á medio construir, y así subsistía muchos años. Por un lado las torres estaban completas y los muros ostentaban ventanales gemíneos con vidrieras de colores. En el extremo opuesto se pudría el maderamen de los andamios; las paredes, sin terminar, descendían en ángulo recto, y el viento y la lluvia penetraban en los futuros salones, faltos de un cuarto muro que los cerrase, completamente visibles como los decorados de teatro.

Cuando sus amigos no lo encontraban en Monte-Carlo, era que carecía de dinero y estaba en su castillo contemplando melancólicamente todo lo que le quedaba por hacer. Vivía en una ala, la menos inacabada, y entretenía su soledad batallando con los rústicos vecinos, con los proveedores, con todos los del país, que se consideraban obligados á molestarle y explotarle de mil modos.

Al llegar de Inglaterra una remesa de mil ó dos mil libras esterlinas, bajaba arrogantemente desde su picacho al Casino. Un gran deber llenaba su existencia, y debía cumplirlo. ¡Esta vez iba á triunfar! Y cuando, después de emocionantes fluctuaciones--creciendo algunas veces su capital, como si fueran á realizarse sus esperanzas--, acababa por perderlo todo, Lewis volvía á su refugio de la cumbre, llevando una existencia de cenobita, en espera de nuevos envíos, cada vez más espaciados y trabajosos.

El príncipe le había visitado una vez en esta fortaleza nueva y ruinosa, para invitarle á un largo viaje en su yate. Pero Lewis no quiso aceptar. Debía seguir el duelo con el Casino para recuperar su dinero; tenía la obligación de terminar su obra.

La guerra le despertó por unas semanas de esta quimera tenaz. Su hermano había muerto poco antes; pero quedaban sus innumerables sobrinos, jóvenes que habían abandonado los placeres y comodidades de la alta sociedad para ofrecer sus vidas. Unos, pertenecientes á la marina, se embarcaban en buques pequeños, torpederos y submarinos, buscando los mayores peligros; otros ingresaban como oficiales en el ejército de tierra. Hasta una sobrina suya, de precaria salud, había sido condecorada en la línea de fuego por sus abnegaciones de enfermera.

--Y yo, miserable egoísta--decía al hablar con el coronel en el Casino--, soy simplemente un jugador en Monte-Carlo. Debería ir allá, donde están los hombres; pero no puedo... ¡no puedo! Mi vida terminó; soy un muerto que come y duerme para seguir jugando. ¡Y pensar que algunos parientes más viejos que yo están en el ejército!...

A los cincuenta y cuatro años, la conciencia de su decaimiento moral y las continuas pérdidas habían agriado su carácter. Además, en las tardes de mala suerte, visitaba con frecuencia el _bar_ del Casino, buscando la inspiración en una serie de _whiskys_ tomados de pie y á toda prisa. Fornido, algo cuadrado, con la cabeza pequeña, los ojos intensamente azules, el bigote rubio y canoso, Atilio le encontraba cierta semejanza con un jabalí, tal vez por su acometividad y aspereza en momentos de mal humor. Jugaba con la cabeza hundida entre los hombros, las fuertes manos sobre la bayeta verde, sin mirar á nadie, sin permitir que nadie le hablase, pues esto desorientaba sus combinaciones. En los días nefastos, al discutir con los empleados ó sus vecinos de mesa sobre una jugada dudosa, las cóleras de Lewis alteraban la calma discreta de los salones. Insultaba á los _croupiers_, invitándoles á salir á la plaza, mientras distendía sus bíceps de boxeador; era preciso llamar á uno de los altos directores para que le apaciguase con todas las reflexiones paternales que merece un cliente asiduo.

Este hombre, que en su juventud no había creído en Dios ni en el diablo, vivía sometido á supersticiones que regocijaban á Castro. Odiaba á los rostros desconocidos, por estar seguro de que ejercían sobre él una influencia maléfica. Bastaba que viese uno al otro lado del tapete verde ó detrás de su asiento, para que empezase á rugir por lo bajo, hasta que al fin se ponía de pie, trasladándose al _bar_, seguro de que un _whisky_ á tiempo cortaría la mala suerte. Su camarada íntimo, el único que podía vivir con él varios días seguidos, era un conde francés, más viejo que Lewis, y al que se designaba únicamente por su titulo, como si no tuviese apellido, como si fuese «el conde» por antonomasia. Este no jugaba nunca, pero ¡sabía tanto, á pesar de que muchos le tenían por loco!... Treinta años antes había salido un día de su casa en París, diciendo que iba á comprar tabaco, y aún no estaba de vuelta. Su mujer había muerto sin verle, y sus hijos, con un sinnúmero de nietos nacidos y crecidos durante su ausencia, deseaban que nunca acabase de hacer su compra.

Mientras Lewis jugaba, el conde, sentado en un diván, leía plácidamente algún volumen, sin prestar atención á la curiosidad del público, que se fijaba en su gran cabellera blanca echada atrás, sus bigotes enormes y alborotados, sus ojos redondos, verdes y fosforescentes como los de un pajarraco nocturno. Castro sentía excitada su curiosidad por los libros del conde. Eran siempre volúmenes nuevos, de los que no se ven en ninguna librería, publicados por editores de ignorada existencia; concienzudos tratados sobre los néctares y ambrosías de la vida contemporánea (opio, cocaína, morfina, éter), formularios para entrar un relación directa con las potencias misteriosas (espíritus, larvas y diablos familiares), viejos libros de magia puestos al día por brujos modernos.

No se dignaba dar consejos á su amigo sobre el juego: su pensamiento estaba puesto en cosas de mayor alcance; pero Lewis se creía más seguro cuando, al levantar sus ojos, lo encontraba leyendo en un rincón. Estando él allí, siempre ganaba, ó á lo menos no perdía. Su presencia era suficiente para conjurar el poder nefasto de los infinitos enemigos que el inglés presentía en torno de la mesa. Además, estaba enterado de lo que acariciaba el conde con una mano oculta mientras continuaba su lectura.

Al sufrir sin interrupción varios días de pérdida, Lewis se mostraba suplicante:

--Conde, _my dear_ conde, ¡si quisiera usted prestarme el rosario de Satán!...

El sabio personaje parecía dudar. Pero como se lo pedía su mejor amigo, entregaba el rosario, dejando una de sus manos sin empleo; un rosario como todos, pero de gruesas cuentas rojas y con los dieces negros. Lo más importante era el grupo de objetos que colgaba en el lugar de la ausente cruz: un elefante de marfil adquirido por el conde en la India, una moneda auténtica del emperador Constantino encontrada en unas excavaciones en la Anatolia, y un falo de oro con un resorte engendrador de viles contorsiones.

La mala suerte quedaba vencida. Algunas veces había perdido Lewis mientras pasaba ocultamente las cuentas del diabólico rosario por debajo de la mesa; pero siempre perdía menos que cuando estaba privado del maravilloso talismán. El sólo quería acordarse de una tarde en que, ayudado por esta joya impúdica y sacrílega, llegó á ganar ochenta mil francos.

Si la ganancia se cortó, fué por culpa del conde. Era infiel como una mujer coqueta; desaparecía de pronto, repitiendo la misma fuga inexplicable con que había asombrado á su familia. A Lewis no lo abandonaba para comprar tabaco; pero los libros recién adquiridos hablaban de un narcótico empleado en Asia que hacía ver el porvenir, de una gitana de Granada que podía matar á las personas con solo el deseo y unas palabras misteriosas, y allá se iba, bajo la fe de anónimos autores que nunca habían salido de París. Jamás le faltaba dinero para estos viajes misteriosos; sin duda su familia tenía interés en mantenerlo lejos. Tardaba en reaparecer tres meses ó cinco años; hasta que el público rumor hacía saber á Lewis que su amigo vivía en Cannes ó en Niza, y le enviaba carta tras carta, invitándolo á trasladarse á Monte-Carlo. Hasta iba en busca suya, y el conde se dejaba traer, con sus libros de misterios y su prodigioso rosario, sin hablar una palabra de lo que había descubierto en sus viajes.

Al ver el príncipe á Lewis después de dos años de ausencia, tuvo que disimular su triste sorpresa. Sólo los ojos, claros, reposados y dulces, recordaban la perdida frescura del _gentleman_ elegante y vigoroso. Había adelgazado de un modo alarmante, con un enflaquecimiento de enfermedad. Su cráneo parecía haberse empequeñecido, y sobre su calvicie se desplomaban como ruinas algunos mechones cenicientos y espaciados.

Una observación del coronel renació en su memoria. Toledo había estudiado la decadencia de los jugadores. Así como iban llegando á los últimos límites del desaliento y la desesperación, se encogían y arrugaban. Su sombrero se hacía más grande: cada día bajaba más, hasta descansar en las orejas; el cuello de la camisa se dilataba igualmente, como si fuese á dejar escapar un pecho angustiado.

Durante el almuerzo, Lewis, Castro y Spadoni sostuvieron la conversación. Hablaron del juego y del Casino, pero nadie se atrevió á preguntar al inglés si había ganado. Temía supersticiosamente esta pregunta, como algo que llamaba á la desgracia. En cambio, habló de la fortuna de los otros, de las grandes ganancias conseguidas en una noche. Guardaba en su memoria todo lo que le habían contado ó lo que él había creído ver durante veinticinco años de vida en Monte-Carlo. Un americano se había ido con un millón; un inglés había ganado diez mil libras esterlinas con cinco luises prestados... Así continuaba relatando los prodigios vistos en el Casino. ¿Y aún había quien aseguraba que todos, absolutamente todos los jugadores acaban fatalmente por perder?...

El pianista escuchaba con ojos de asombro y de codicia los relatos del «Decano». Castro se mostraba más escéptico. Había oído contar estas ganancias inauditas y otras muchas, pero sin presenciar una sola de ellas, y eso que llevaba también bastantes años viniendo á Monte-Carlo. Era verdad que había visto ganar en una noche hasta quinientos mil francos... Pero al día siguiente cambiaban las cosas, y el triunfador perdía lo ganado y además lo suyo, teniendo que pedir el viático de costumbre para volverse á su país.

--Yo creo--dijo--que todas esas historias las inventa la sección de propaganda del Casino. Me han contado que tiene á sueldo un novelista de folletón, el cual debe lanzar todas las semanas un cuento de esta clase para enardecer á los jugadores.

Acogió el príncipe con una sonrisa la invención de su amigo, pero Lewis no aceptaba paradojas en asuntos tan respetables, y gritó que todo lo que él contaba lo había presenciado. Mentía sin darse cuenta al hacer esta afirmación. En realidad, había visto lo mismo que Atilio: grandes ganancias seguidas de pérdidas mayores; pero experimentaba la necesidad de lo maravilloso, y estaba dispuesto á creerlo todo de antemano. Tenía el alma del fanático, que cuando le cuentan un milagro afirma á los pocos días con sinceridad: «Yo lo vi con mis ojos.»

Repetidas veces espió el príncipe á Castro, esperando sorprender en él una mirada irónica, algo que le revelase sus impresiones acerca de la visita que había recibido en la mañana. Pero la presencia de Lewis parecía haber borrado en él todo recuerdo que no tuviese relación con el juego.

Al terminar el almuerzo hablaron en el _hall_, mientras tomaban el café, de los que jugaban más fuerte en las salas privadas. El nombre de algunos era pronunciado con respeto, como si fuesen maestros dignos de admiración.

--Ese sabe jugar--decían como único comentario.

Lo gracioso para Miguel era que Lewis también figuraba entre los maestros que «sabían jugar», y todos ellos perdían, lo mismo que los ignorantes. Su único mérito estribaba en ir retardando el momento de la ruina final, en prolongar la anonadadora emoción, envejeciendo como prisioneros á la sombra de los peñones del principado.

Miró á Castro una vez más, como á un enemigo astuto que disimula su pensamiento, y se aventuró á hacer una pregunta:

--Y mi parienta la de Delille, ¿cómo juega?

Atilio fijó los ojos en él sin malicia alguna, extrañándose del interés que mostraba por la duquesa; pero no pudo hablar, pues se le adelantó Lewis. Odiaba á las mujeres, especialmente en la mesa de juego. Sólo servían de estorbo, interrumpiendo con sus gestos y sus nerviosidades las meditaciones de los hombres.

--Juega como una bestia--dijo con brutalidad--, juega como una mujer... ¡El dinero que lleva perdido tontamente!...

Castro intervino, como si quisiera evitar que esta conversación se prolongase.

--¿Y el conde?--preguntó á Lewis--. ¿Dónde esta? El coronel se interesa mucho por él.

Don Marcos lanzó una exclamación de asombro y de reproche. Tenía su opinión formada desde mucho antes sobre el tal personaje. ¡Un demente!... No podía olvidar su breve diálogo una tarde en el Casino, después que Atilio los presentó á los dos. Al conocer la nacionalidad de Toledo había hecho grandes elogios de su país. ¡Oh, España! ¡Su lengua interesante! Y cuando el coronel iba á agradecerle tanta amabilidad, quedó estupefacto y con el aliento cortado.

--Porque usted debe saber, indudablemente, que el español es la lengua usual del diablo, después del latín. En español están escritos los más poderosos conjuros. ¡Oh, los nigromantes de Toledo! ¡Los sabios brujos de Salamanca!

El viejo soldado de la tradición se alteraba al recordar al conde y su rosario. Por esto, cuando Lewis declaró que no sabía nada de su amigo, repuso seriamente:

--Yo sé dónde está: en una casa de locos.

Sonó de pronto el estrépito de un tren que pasaba ante Villa-Sirena con acompañamiento de gritos y silbidos. Más ingleses que iban á Italia.

Esto les hizo ocuparse de la guerra. Lewis, que había bebido mucho en la mesa, recordando al hablar del juego la inutilidad de su vida, cayó de pronto en una tristeza densa, de ebrio melancólico y digno.

--Dos sobrinos míos murieron en la batalla naval de Jutlandia. Seis hijos de mi hermano han muerto en Francia en una sola tarde: pertenecían al mismo batallón. Todos jóvenes, animosos, deseando hacer algo. Y yo soy el único varón que queda en la familia; soy el inútil, el viejo, el que no sirve para nada. ¡Ah, miseria!...

Todos callaron, comprendiendo que la desesperación y la vergüenza de este hombre, que parecía llorar sobre las ruinas de una vida sin objeto, exigían el silencio. Novoa movió la cabeza como si aprobase sus palabras.