Los enemigos de la mujer

Part 12

Chapter 123,937 wordsPublic domain

Sus tierras se habían perdido lo mismo que si fuesen bienes muebles que pueden ser trasladados y ocultados. Una revolución agraria, cuyos ecos apenas llegaban al viejo continente, las había devorado, suprimiendo todo vestigio de la antigua propiedad. Los mestizos se las repartían á su gusto, para trabajarlas ó para dejarlas más incultas que antes. ¿Contra quién podía reclamar, si estas tierras estaban en provincias que cambiaban á cada momento de dueño y el gobierno de Méjico no ejercía sobre ellas ninguna autoridad?...

Las minas de plata, base de la enorme fortuna de tres generaciones de Barrios, aún estaban en peor situación.

--Uno de los titulados «generales», un indio, se ha fortificado en el territorio de mis minas y desde allí desafía á los gobernantes de la capital. Me dicen que todos los meses saca medio millón de francos en barras de plata. Las corta en rodajas, les pone su marca, y hace dinero para pagar á su gente. ¡Figúrate si le faltarán partidarios con esa moneda de plata pura, más valiosa que la de los países civilizados!... Nunca acabarán con él; no tiene mas que ahondar en lo mío, para crear ejércitos. Esta mala broma viene prolongándose varios años; y yo, que vivo en Europa, cada vez más pobre, estoy pagando una guerra interminable al otro lado de la tierra.

A pesar de que el príncipe nunca se había ocupado de sus propios negocios, quiso darle consejos. Debía ir allá; pedir protección; ella había nacido en los Estados Unidos.

--Ya lo he hecho--contestó--. Tengo en Nueva York quien se ocupa de mis asuntos. Pero ¿van á hacer una guerra sólo por mi?... El viaje tal vez lo emprenda más adelante. Ahora no; me siento sin fuerzas... Tengo preocupaciones terribles en estos momentos, y aún serían más grandes si me alejase de Francia.

Sus ojos se nublaron; una expresión dolorosa contrajo su rostro. Hizo un ademán como si buscase el pañuelo en su bolso de mano. Miguel se acordó de aquel joven que Castro había visto en los últimos años al lado de Alicia. Tal vez era éste el que provocaba su emoción y le impedía hacer el viaje.

«¡El amor!--se dijo mentalmente--. ¡El amor, cuando ya ha pasado la juventud!»

Quiso torcer el curso del diálogo, y le preguntó por el duque de Delille. Sabía que estaba en la guerra; hasta creyó recordar que lo habían herido en los primeros combates. ¿Vivía aún?...

Al hablar Alicia de su marido, tomó una expresión grave, con gran extrañeza de Miguel. En otros tiempos le trataba con cierto desprecio. Había aceptado la libertad de su esposa, con todas sus consecuencias, á cambio de una pensión enorme. Vivían aparte, y aunque ella encontraba muy dulce esta independencia, no podía menos de sentir una antipatía femenil hacia este marido acomodaticio y poco dado á los celos trágicos. Pero ahora sus ideas parecían cambiadas, y se apresuró á hablar, como si temiese ver en Lubimoff la misma sonrisa que ella dedicaba otras veces al duque.

--Sí; fué á la guerra. Ya sabes que es mayor que yo: más de veinte años. Su edad le excusaba de tomar las armas; pero se acordó de que en su juventud había sido oficial, y fué de los primeros en acudir. ¡Quién lo hubiese creído de un hombre que parecía sin preocupaciones y se burlaba de todo lo que no tocase á sus egoísmos!...

Los alemanes lo habían recogido moribundo en uno de sus victoriosos avances al principio de la guerra. Estaba cubierto de heridas. Después de dos años de cautiverio lo habían canjeado como inútil, y vivía internado en Suiza, con un brazo menos.

--¡Pobre hombre!... Me escribe todos los meses. Pesca en el lago de Ginebra, y piensa en mí más que nunca pensó. Sus cartas casi son de amor. ¡Cómo transforman las desgracias nuestro carácter! Dice que ve la vida de otro modo; tiene la esperanza de que después de este cataclismo, que nos habrá hecho mejores, podremos juntarnos y ser felices. ¡Ah, si yo quisiera!...

Su tono era irónico al mencionar esta felicidad quimérica, pero mostraba al mismo tiempo respeto y admiración. El duque cazador de una gran dote, acomodaticio y sin escrúpulos, estaba olvidado. Ahora sólo veía al combatiente de cabeza blanca, al inválido, que, según los médicos, no podía alcanzar una larga existencia después de las operaciones sufridas. Y ella procuraba mantener sus esperanzas, contestando breve y afectuosamente á sus largas cartas de desterrado.

--Entonces, ¿es por tu marido por lo que no realizas el viaje?--preguntó Miguel, fingiendo hacer su pregunta de buena fe.

Alicia se agitó ante tal suposición. ¡Pobre Delille!... Ella sentía otras preocupaciones. Su marido no era el único que había ido á la guerra. Otros con menos años y con razones más poderosas para amar la existencia habían sufrido la misma suerte. ¡Los duelos ocultos de esta época!...

Los ojos de la duquesa se humedecieron y el gesto de su boca fué francamente doloroso.

«Es el pequeño amante, no hay duda--se dijo Miguel--. El chiquillo que vió Castro.»

Como si adivinase los pensamientos de él y quisiera desviarlos, Alicia volvió á hablar del motivo de la visita y de su situación.

El príncipe movió la cabeza cuando ella le fué describiendo su asombro al ver que la riqueza no era algo infinito é inmutable, y que se deshacía... ¡se deshacía! sin que hubiera recurso alguno para evitar su desmoronamiento.

--He malvendido, he tomado el dinero que quisieron darme, sin poner atención en las condiciones. Todas mis joyas se fueron; unas las vendí en París, otras aquí mismo... Tú dices que estás arruinado. No; tú no sabes lo que es eso: yo sí que lo sé. Mi naufragio es más antiguo que el tuyo; mi buque era mas pequeño... No quiero fatigarte con la relación de mis pobrezas. Ya no tengo casa en París. Unicamente si mis negocios se arreglasen volvería allá. No tengo más casa que la de aquí, una «villa» que compré en mis buenos tiempos. No sonrías; está hipotecada dos veces: cualquier día me echarán de ella. La tal casa era muy agradable en otros tiempos, cuando yo tenía dinero; ¡pero ahora, con las escaseces de la guerra!... No hay carbón, la leña es cara; por las noches hace frío, y se necesita gastar una fortuna para que funcione el antiguo calorífero. Además, no tengo más servidumbre que mi antigua doncella, el jardinero y su mujer, que se ocupa de la cocina. Por eso todas las piezas están cerradas, y Valeria y yo hacemos nuestra vida en dos habitaciones del primer piso. Allí comemos, allí dormimos... Valeria es una muchacha de París, una señorita que yo protejo. ¡Figúrate si será pobre para que yo la proteja!

--Pero tú juegas--dijo el príncipe.

Ella pareció escandalizarse de estas palabras, que sonaban como una recriminación.

--Juego; ¿qué quieres que haga? Necesito defenderme, ganar mi vida, ¿y de qué otro modo puede ganarla una mujer como yo?... Sé lo que vas á decirme: que he perdido mucho. Cierto; mi collar de perlas, el verdadero, lo vendí aquí, y muchas otras joyas; he perdido grandes cantidades, de las que no quiero acordarme... Pero entonces no sabía lo que sé ahora... ¡ahora precisamente que tengo poco dinero para jugar!

Lubimoff sintió asombro ante la fe con que hablaba esta mujer de sus conocimientos actuales.

--Además--continuó con tristeza--, ¿qué sería de mí si me faltase el juego? Tú no debes haber olvidado cómo era yo cuando nos vimos la última vez. No te pasarían inadvertidos ciertos gustos...

Se acordó Miguel de la invitación «á la pipa», de aquel perfume que llenaba el «estudio» del palacete de la Avenida del Bosque.

--Todo aquello se acabó; el juego y otra cosa me lo hicieron abandonar. Ahora lo recuerdo con desprecio. Por eso vivo en Monte-Carlo: tengo la corazonada de que la suerte volverá á buscarme aquí y no en otra parte. ¿Tú no juegas?

Se irritó Miguel ante esta pregunta. ¿No le había dicho que estaba arruinado? ¿Iba á imitarla á ella, que empeoraba su situación perdiendo los restos de su fortuna?

--¡Arruinado!--exclamó Alicia--. Tu mala época no puede ser larga. Eso de Rusia acabará por entrar en orden. Las grandes naciones tienen allá muchos intereses para no preocuparse de arreglarlo todo... Lo mío es lo que no se compondrá en mucho tiempo. No me queda otra esperanza que poder dar un golpe en el Casino de doscientos mil ó trescientos mil francos, y con esto esperar á que cambien las cosas.

El príncipe se encogió de hombros. Conocía á los jugadores. Esta mujer, dominada por su quimera, iba á olvidar el objeto de su visita, divagando sobre los caprichos posibles de la suerte, como Spadoni ó como el mismo Castro.

--¿Y qué deseas de mí?

Alicia pareció despertar, y otra vez su sonrisa fué audaz y graciosa, como al principio de la entrevista, una sonrisa de solicitante que llega con la firme voluntad de conseguir lo que quiere. Ya había dicho en el primer momento cuál era su pretensión: que no la molestase más el apoderado del príncipe por aquella deuda olvidada.

--La pagaré algún día, si puedo... Lo más seguro es que no la pague nunca. Dala por perdida, y dile á ese señor antipático que no me escriba más.

Miguel, seducido por la sencillez con que esta mujer emitía su enorme deseo, imitó el tono de su voz.

--Está bien; se le dirá á ese señor antipático que no te moleste, que se olvide de ti.

Y rió como un niño, sin fijarse en que se trataba de sus propios intereses, pensando únicamente en la cara que pondría su grave apoderado al recibir tal orden.

--Siempre te he creído bueno y generoso--dijo ella--. ¡Gracias, Miguel! Algunas veces he discutido con «la Generala» acerca de ti, para hacerla comprender que eres un hombre de corazón.

--¡Ah! ¿Doña Clorinda es enemiga mía? ¡Si no la he visto nunca!...

--Es una mujer rara. Para ella, todo el que se divierte y no hace cosas grandes es un hombre antipático. Precisamente nos peleamos ayer para siempre. No hablemos de ella. Tengo algo más que pedirte...

¿Más?... El príncipe la miró con asombro; pero Alicia se apresuró á decir que era un consejo lo que solicitaba.

La guerra había trastornado su existencia con una rapidez asombrosa. Los valores sociales estaban invertidos: las fortunas que parecían más sólidas se venían abajo.

--Esto pasará, ¿no es cierto?... Es imposible que dure.

--Sí, es imposible--dijo él con gravedad.

A los dos les parecía vivir en otro mundo, rodeados de las incoherencias de una pesadilla. ¡Ellos teniendo que preocuparse del dinero, que había sido hasta entonces algo natural en su existencia, como lo es para todos el sol, el aire ó el agua; viéndose obligados á perseguirlo en su fuga por caminos que desconocían!... No, esto no era lógico: un breve capricho del destino. Sus vidas volverían á ser como antes, con la regularidad de las leyes naturales, que parecen desviarse un momento, pero tornan al fin á su ordenado curso.

Más necesitada y más vieja en esta vida de apuros económicos, ella no podía imitar la calma con que aceptaba Lubimoff su momentánea ruina.

--Pasará, es seguro; pero mientras tanto, ¿cómo puedo vivir?... Acabas de librarme de una congoja moral con el olvido de esa deuda. Te lo agradezco. Pero yo necesito trabajar, ¡yo quiero ganar dinero! ¿Qué me aconsejas?...

El quedó estupefacto. ¿A qué trabajo podía dedicarse Alicia?... Su pregunta era para ser contestada con una risa. Pero ella estaba frente á él, grave, convencida de su voluntad para el trabajo, y esperando el luminoso consejo, como si de él dependiese su destino.

Afortunadamente, la misma Alicia, no pudiendo sufrir este silencio, empezó á exponerle sus propias ideas. El revoltijo presente justificaba las más desatinadas resoluciones. Una gran señora podía adoptar medios de existencia que años antes hubieran provocado escándalo. Ella conocía en Niza muchas damas rusas que daban grandes fiestas en sus salones antes de la guerra, y ahora, caídas en la pobreza, se ingeniaban para ganarse el pan á su modo. Una iba á abrir una tienda de sombreros, contando con sus antiguas amistades para formarse una clientela. Otra había convertido su «villa» del Paseo de los Ingleses en casa de huéspedes. Sólo quería admitir personas distinguidas, militares de los países aliados, pero de coronel en adelante. Trataría á sus pensionistas como visitas, con toda la distinción de una gran señora que recibe; solamente que ahora sus días de recepción iban á ser todos los de la semana.

--¿Qué te parece si yo convirtiese mi «villa» en casa de huéspedes?... ¿Podrías tú ayudarme con algún dinero para renovar muebles y lo que hiciese falta?... Huéspedes de marca nada más: generales, embajadores retirados que vienen en busca de sol...

El príncipe contestó con una carcajada.

--¡Pero estás loca!... Te harían todos la corte. A las pocas semanas, tu establecimiento sería un infierno.

Alicia no insistió, encontrando muy justa la observación. La rusa de Niza era vieja y horrible comparada con ella. Además, le parecía regular y lógico que todos los huéspedes se enamorasen de su persona.

«La Generala» le había sugerido otro proyecto. Podía instalar en Monte-Carlo una casa de té, muy elegante. El atractivo de verla á ella en el mostrador haría correr á la gente. Para esto necesitaba también el apoyo de una capitalista.

Otra risotada de Lubimoff.

--¡El té de la duquesa de Delille!... Sería gracioso: pero una vez agotada la curiosidad, no tendrías otros parroquianos que los que se interesasen por tus gracias. No; eso no es negocio.

Ella mostró un desaliento algo cómico; ¿qué hacer?... Una señora deseosa de trabajo no encontraba ocupación en este mundo dirigido y acaparado por los hombres. Sólo le quedaba como recurso el juego. Era un placer emocionante que lo hacía olvidar sus preocupaciones, y al mismo tiempo una esperanza. Diariamente abría con el juego una ventana á la Fortuna, por si se dignaba acordarse de ella. ¡Quién sabe si alguna tarde plegaría sus alas de oro sobre una mesa del Casino, dejándose acariciar, como un águila domada, por las finas manos de Alicia!...

--En los primeros meses de la guerra--continuó--no necesitaba distracciones; tenía bastante con la realidad de los acontecimientos. ¡Las angustias que he pasado!... Pero á todo se acostumbra una; las mayores emociones, al prolongarse, acaban por ser monótonas. No siempre se puede estar con los nervios en tensión. ¡Y esta guerra es tan larga... tan aburrida! Podía haber apelado á la caridad para distraerme; entrar en un hospital, cuidar heridos. Pero nunca he sido hábil para estas cosas, y no quiero servir de estorbo, por pura vanidad, como otras muchas... Además, estamos acostumbradas á mandar, á ser las primeras, y por grande que resulte el espíritu de sacrificio, acaba una por marcharse, no pudiendo sufrir el verse mandada por mujeres más hábiles, más útiles, pero que hasta ahora han sido inferiores á nosotras... Ahí tienes á Clorinda: los dos primeros años fué enfermera; estaba de lo más hermosa é interesante con su vestido blanco y su capita azul. Ella se siente atraída por todas las cosas grandes: heroísmos, sacrificios, etcétera; pero acabó peleándose con sus superiores y renunció á su bello papel.

Alicia, con la mirada y el gesto, parecía apiadarse de su inutilidad.

--¿Qué podía hacer yo? Cada vez era mayor mi ruina. En París me molestaban de cerca mis acreedores; por eso me vine á Monte-Carlo, y jugué para distraerme y para vivir. «Hay el amor», me decía un viejo académico amigo mío, con intenciones egoístas, para ser el primero en aprovecharse del consejo. ¡Imagínate tú: el amor-pasión, el amor generoso, como único remedio de las tristezas de la vida, y á estas horas! ¡Ojalá pudiera ser!... Pero me siento vieja; yo tengo dos mil años... Tú eres más joven, pero cuentas siglos también. ¡El amor á nosotros!...

Lubimoff sonrió al principio del tono de ironía y desengaño con que hablaba ella. Sí; eran muy viejos. Los grandes remedios, útiles para la mayoría de la humanidad, no obtenían ninguna influencia sobre ellos, que estaban como anestesiados por la hartura y el cansancio... De pronto, un deseo indiscreto conmovió al príncipe. Quiso aprovechar esta ocasión para hacer una pregunta que se le había ocurrido varias veces.

--Pero tú--dijo con una franqueza varonil, como si Alicia fuese un camarada--, tú crees aún en el amor. Me han hablado de un muchacho, casi un niño, que llevabas á todas partes antes de la guerra. Realmente empezamos á ser viejos--añadió sonriendo--, y sentimos necesidad de rozarnos con la juventud... ¿Era tu amante?... ¿Es él quien motiva tus preocupaciones?

La duquesa palideció ante estas preguntas, mostrándose indecisa. Luego quiso hablar. Se notaba en ella el apresuramiento del que desea sincerarse; pero á su palidez sucedió una oleada de rubor. Por dos veces quiso decir algo, y al fin hizo un esfuerzo para contener sus palabras, sonriendo con una malicia forzada.

--No hablemos de eso. Que cada cual guarde sus secretos.

Y para que el príncipe no reincidiese en su curiosidad, siguió ocupándose del juego. Pero él no la escuchaba, sumido en sus pensamientos. Había acertado; aquel efebo era su amante, y sufría por él. Tal vez estaba herido ó prisionero. Este era el gran obstáculo que se oponía á su viaje, lo que la tenía inmovilizada en Europa, por esa superstición que nos hace creer que permaneciendo cerca podemos conjurar mejor el peligro. ¡Y parecía muy enamorada!... Aquí el príncipe hizo mentalmente una serie de exclamaciones.

¡Cerca de los cuarenta años, con un pasado que era toda una historia, sentir esta pasión tan vehemente, tan juvenil!... ¡Creer todavía en el amor!

Miguel la miró con unos ojos que casi eran de odio. Le molestaba su apasionamiento por el muchacho, sin acertar á definir el motivo; tal vez por la indignación que inspiran las gentes aferradas á los errores nefastos, aceptándolos como verdades consoladoras. Lo cierto es que le molestaba la conducta de ella.

Y esta repentina animadversión contra Alicia acabó por hacer que se fijase otra vez en lo que estaba diciendo.

--¡Si tuviese el mismo dinero que antes, cuando tu madre vivía aún, y nos encontrábamos en Monte-Carlo!... Pero entonces yo no sabía lo que sé ahora. Jugaba por aturdirme, por saborear la emoción de la pérdida, que en realidad no me afligía mucho. Sólo apuntaba con placas de mil francos. Creía denigrante tocar otras con mis manos, y además nunca las arriesgaba solas. Siempre las ponía formando columna.

--¿Cuánto llevas perdido?...

Ella encogió los hombros, haciendo un mohín desdeñoso:

--¡Quién puede saberlo!... Vengo aquí hace más de doce años. Ni los del Casino llegarían á calcular el dinero que les he dado. Antes no llevaba yo cuenta alguna; cuando me hacía falta dinero telegrafiaba á París. Además tenía á tu madre, tenía á la mía, que acababa por ceder á mis peticione. No quiero saber cuánto he perdido: me daría rabia... Deben ser millones.

La sonrisa de conmiseración con que la escuchaba Miguel pareció enardecerla.

--Pero entonces yo no sabía... Ahora necesito ganar, y juego de otro modo. Lo que me falta es capital. ¡Si yo tuviese capital para trabajar!...

Esta última palabra convirtió la sonrisa de él en franca carcajada. «¡Trabajar!...» Pero la duquesa siguió hablando seriamente de su «trabajo». Lamentaba la escasez de sus medios. Unos treinta mil francos era el único capital de que podía disponer. A veces disminuía de un modo alarmante: los treinta mil bajaban á ser una simple unidad. Luego resurgían los ceros, y el producto del «trabajo» se hinchaba, iba subiendo más allá de los treinta mil; pero como si esta cifra resultase fatídica para Alicia, la ganancia volvía á descender al nivel ordinario.

--Anoche estuve de suerte: llegué á ganar catorce mil francos. Pero la semana pasada fué mala. Total, que estoy siempre en los treinta mil: imposible ir más allá. Y es que no me arriesgo, tengo miedo, y no aprovecho las buenas series como deben aprovecharse, doblando, siempre doblando. Temo que un golpe se lo lleve todo. ¡Si tuviese capital para trabajar!... ¡Si entrase en el Casino una tarde con ciento cincuenta ó doscientos mil francos!... Así hay que ir para dominar á la suerte. Debo hacer el gran juego... ¡Yo apuntando ahora con fichas de cien francos y hasta de veinte, como una prestamista retirada!... Por eso la Fortuna no me reconoce y pasa de largo.

El príncipe movió la cabeza. Se negaba á ayudarla en sus locuras. ¿No era mejor que guardase esos miles de francos, en vez de perderlos rápidamente, como le ocurriría el día que menos lo esperase?

--Tú no eres jugador: lo sé--dijo ella--. Nunca te sentiste atraído por esa voluptuosidad. Por eso ignoras la fuerza misteriosa del juego y das consejos sobre lo que no entiendes. Si yo dejase de jugar, sentiría inmediatamente mi miseria; entonces sería pobre de verdad. Mientras juegas, siempre tienes dinero á mano; ganas, pierdes, pero nunca te falta lo que necesitas para la vida. Y si pierdes definitivamente, encuentras lo necesario para recomenzar. Yo no sé como es, pero un jugador nunca carece de dinero. Una simple moneda rehace su situación en cinco minutos. El pobre que no juega es el que ve siempre sus bolsillos vacíos, sin esperanza ni remedio.

Miguel siguió protestando con la mirada. Conocía todo esto: eran las palabras de Spadoni y del mismo Castro, pero con la fanática certeza de las mujeres, que llevan siempre á los asuntos de dinero un alma mística dispuesta á creer en los presentimientos y las influencias misteriosas.

--Para el juego no cuentes con mi ayuda... Además, yo soy pobre. En este momento el coronel debe tener en su caja menos dinero que tú. Casi siento la tentación de pedirte prestados tus treinta mil francos.

Los dos rieron ante la idea de este préstamo. ¡Ella que había venido á suplicarle como deudora!...

--Ignoro lo que podré hacer por ti; no sé cuál es mi situación; pero haré cuanto pueda. Esperemos; hay que tener paciencia. Estos tiempos no pueden durar.

--No; no pueden durar.

Otra vez les sorprendió lo extraño de aquella pobreza que había caído inesperadamente sobre ellos. Pero ¿era lógico que continuase la vida del mundo con la normalidad de siempre, después de estas anomalías particulares?...

Se sentían aproximados por la solidaridad de la desgracia: se encontraban de pronto como hermanos caídos al pie de una cúspide en cuya altura se habían evitado antes, con irresistible hostilidad, chocando rudamente.

Miguel experimentaba ahora un motivo de atracción completamente nuevo. Desde su adolescencia había odiado á la hija de doña Mercedes por su orgullo, por la superioridad aplastante que conservaba aun en esos momentos de amor en los que casi todas las mujeres se empequeñecen voluntariamente para refugiarse, como una esclava feliz, en los brazos del hombre. Ella sólo sabía dar su cuerpo en forma de limosna altanera, lo mismo que una diosa.

Y ahora, al verla llegar humildemente, impetrando su auxilio sin el rencor de la altivez humillada, ocultando su miedo con una alegría de buena amiga que desea olvidar lo pasado, sintió desvanecerse sus antiguas prevenciones.

El había sido siempre el protector, el amoroso á estilo oriental, incapaz de interesarse por otras hembras que las de su harén, que todo lo deben á su munificencia, desde el chapín á los penachos del turbante, las joyas que adornan su pecho, las confituras que las nutren, la pipa que fuman, el instrumento que acompaña sus cantos. No le interesaba Alicia como mujer. ¡Ni ella ni otra! Pero sentía una simpatía de compañerismo al verla necesitada de su protección; algo parecido á lo que le inspiraban Castro, el coronel y los otros habitantes de Villa-Sirena. Hasta pensó que la desgracia era aceptable, ya que servía para devolver á las personas su verdadero carácter. Esta Alicia tan odiosa en su primera juventud, podía llegar á ser una amistad tolerable ahora que se veía libre de las influencias de la vanidad y de su mala educación.

Un estrépito de mugidos de vapor, gritos y silbidos cortó sus reflexiones. Era un tren de soldados que pasaba.