Los apostólicos

Part 11

Chapter 114,078 wordsPublic domain

Jenara, preciso es declararlo, no tenía puestos los ojos en la cárcel de Villa por el solo interés de Salustiano y su apreciabilísima familia. Allí, en la siniestra torre que modernamente han pintado de rojo, para darle cierto aire risueño, estaba un preso menos joven que Olózaga, de gentil presencia y muchísima farándula, el cual pasaba por preso político entre los rateros, y por un ladronzuelo entre los políticos. Era, según Tablas, hombre de grandes fingimientos y transmutaciones, al parecer instruido y cortés. Figuraba en los registros con dos o tres nombres, sin que se hubiera podido averiguar cuál era el suyo verdadero. Tablas reveló a la señora que no era ella sola quien se interesaba por aquel hombre, sino que otras muchas de la corte le agasajaban y atendían.

Las señas que el demandadero indicaba de la persona del preso, convencían a Jenara de que era quien ella creía, y más aún las respuestas que a sus preguntas daba. No obstante, la dama no pudo lograr ver su letra, por más que a entablar correspondencia le instó por conducto del demandadero. El preso pidió algunas onzas y se las mandaron con mil amores. Se trabajó con jueces y escribanos para que le soltaran, estudiose la causa, y ¿cuál sería la sorpresa, el despecho y la vergüenza de Jenara, al descubrir que el preso misterioso no era otro que el celebérrimo Candelas, el hombre de las múltiples personalidades y de los infinitos nombres y disfraces, figura eminente del reinado de Fernando VII, y que compartió con José María los laureles de la caballería ladronera, siendo el héroe legendario de las ciudades como aquel lo fue de los campos?

Corrida y enojada, la señora descargó su cólera contra Pipaón, a quien puso cual no digan dueñas, y no le faltaba motivo para ello, porque el astuto cortesano de 1815 la había engañado, aunque no a sabiendas, diciéndole que el que buscaba estuvo primero en casa de Olózaga y después preso en la Villa con los demás conjurados, noticias ambas enteramente contrarias a la verdad.

A todas estas, Jenara no tenía valor para abandonar la hospitalidad que le había ofrecido don Felicísimo, y continuaba embaucándole con su entusiasmo apostólico, sabedora de que la mayor tontería que podía hacerse en tan benditos tiempos, era enemistarse con la gente de aquel odioso partido.

Al anochecer de cierto día de mayo, Jenara vio salir al padre Alelí del cuarto de don Felicísimo, y poco después de la casa. Como no tenía noticias de Sola ni del estado de su peligrosa y larga enfermedad, luego que el fraile se marchó fue derecha a la madriguera de don Felicísimo para saber de la protegida del señor Cordero.

—¡Grande, estupenda bomba, señora! —dijo el anciano, a quien acompañaba, rosario en mano, el atlético Tablas.

—¿Se sabe algo de esa joven?...

—Ya pasó a mejor o peor vida, que eso Dios lo sabrá —repuso Carnicero volviendo hacia Jenara su cara plana, que iluminada de soslayo parecía una luna en cuarto menguante.

—¡Ha muerto! —exclamó la dama con aflicción grande.

—Ya le han dado su merecido. Conozco que es algo atroz; pero no están los tiempos para blanduras. Hazme la barba y hacerte he el copete.

—Yo pregunto por la pupila de nuestro amigo Cordero —insistió Jenara.

—Acabáramos: yo me refiero a esa señora que han ahorcado en Granada. ¿Cómo la llamaban, Tablillas?

—Mariana Pineda.

Eso es. Bordadme banderitas para los liberales desembarcadores. El cabello se pone de punta al ver las iniquidades que se cometen. ¡Bordar una bandera, servir de estafeta a los liberales!, y ¡sabe Dios las demás picardías que los señores jueces habrán querido dejar ocultas por miramientos al sexo femenino...!

—¡Y esa señora ha sido ahorcada! —exclamó Jenara, lívida a causa de la indigación y el susto.

—¿Que si ha sido...? Y lo sería otra vez si resucitara. O hay justicia o no hay justicia. Como el gobierno afloje un poco, la revolución lo arrastra todo, monarquía, religión, clases, propiedad... Esta doña Mariana Pineda debe ser nieta de un don Cosme Pineda que vino aquí por los años de 98 a gestionar conmigo cierto negocio de las capellanías de Guadix... Buena persona, sí, buena. Era poseedor de una de las mejores ganaderías de Andalucía, la única que podía competir con la de los Religiosos Dominicos de Jerez de la Frontera, donde se crían los mejores toros del mundo.

—Y esa doña Mariana —dijo Jenara— era, según he oído, joven, hermosa, discreta... ¡Bendito sea Dios que entre tantas maravillas de hermosura, ha criado, Él sabrá por qué, tantos monstruos terribles, los leones, las serpientes, los osos y los señores de las Comisiones Militares...!

—¿Chafalditas tenemos...? —dijo don Felicísimo echando de su boca un como triquitraque de hipos, sonrisillas y exclamaciones que no llegaban a ser juramentos—. Mire usted que se puede decir: «al que a mí me trasquiló, las tijeras, ji, ji, le quedaron en la mano».

La dama le miró, reconcentrada en el corazón la ira; mas no tanto que faltase en sus ojos un destello de aquel odio intenso que tantos estragos hacía cuando pasaba de la voluntad a los hechos. En aquel momento Jenara hubiera dado algunos días de su vida por poder llegarse a don Felicísimo y retorcerle el pescuezo, como retuerce el ladrón la fruta para arrancarla de la rama; pero excusado es decir que no solo no puso por obra este atrevido pensamiento homicida, sino que se guardó muy bien de manifestarlo.

—Yo no soy tampoco de piedra —añadió Carnicero echando un suspiro—; yo me duelo de que se ahorque a una mujer; pero ella se lo ha guisado y ella se lo ha comido, porque ¿es o no cierto que bordó la bandera? Demostrado está que sí. Pues la ley es ley, y el decreto de octubre ha proclamado el tente-tieso. Conque adóbenme esos liberales. Dicen que fueron tigres los señores jueces de Granada. Calumnia, enredo. Yo sé de buena tinta..., vea usted: aquí tengo la carta del señor Santaella, racionero medio y tiple de la Catedral de Granada..., hombre veraz y muy apersonado, que por no gustar del clima de Andalucía, quiere una plaza de tiple en la Real Capilla de Madrid... Pues me dice, vea usted, me dice que cuando la delincuente subió al patíbulo, los voluntarios realistas que formaban el cuadro se echaron a llorar... Un padrenuestro, Tablas; recémosle un padrenuestro a esa pobre señora.

Igual congoja que los voluntarios realistas sintió Jenara al oír el rezo de Carnicero y Tablas; pero dominándose con su voluntad poderosa, varió de conversación diciendo:

—¿Se sabe de la pupila de Cordero?

—Esa... —replicó don Felicísimo con desdén— está fuera de peligro. Hierba ruin no muere.

XXI

—Sí, ya está fuera de peligro, gracias al Señor y a su Santísima y única Madre la Virgen del Sagrario. Decir lo que he padecido durante esta larga y complicada dolencia de la apreciable _Hormiga_, durante estos cuarenta y tantos días de vicisitudes, mejorías, inesperados recargos y amenazas de muerte, fuera imposible. El corazón se me partía dentro del pecho al ver cómo caía y se deslizaba hasta el borde del sepulcro aquella criatura ejemplar, dotada por el cielo de tantas riquezas de espíritu, y que parece puesta adrede en el mundo para que sirva de espejo a los que necesitamos mirarnos en un alma grande para poder engrandecer un poquito la nuestra. Y más me angustiaba el ver cómo se moría sin quejarse, aceptando los dolores como si fueran deberes: que su costumbre es llevar sobre sí las pesadumbres de la vida, como llevamos todos nuestra ropa.

»Ya está fuera de peligro, y gracias a Dios sigue bien. Me parece mentira que es así, y a cada instante tiemblo, figurándome que su cara no recobra tan prontamente como yo quisiera los colores de la salud. Si la oigo toser, tiemblo; si la veo triste, tiemblo también. Pero don Pedro Castelló, que es el primer Esculapio de España, me asegura que ya no debo temer nada. Es fabuloso lo que he gastado en médicos y botica; pero hubiera dado hasta el último maravedí de mi fortuna por obtener una probabilidad sola de vida. Mi conciencia está tranquila. Ni sueño ni descanso ha habido para mí en este período terrible. He olvidado mi tienda, mis negocios, mi persona, y al fin, con la ayuda de Dios, he dado un bofetón a la pícara y fea muerte. ¡Viva la Virgen del Sagrario, viva don Pedro Castelló y también Rousseau, que dice aquello tan sabio y profundo: _no conviene que el hombre esté solo_!

Así hablaba don Benigno Cordero en la tienda con un amigo suyo muy estimado, el marqués de Falfán. Y era verdad lo que decía de sus congojas y del gran peligro en que había puesto a Sola una traidora pleuresía aguda. La naturaleza, con ayuda de la ciencia y de cuidados exquisitos, triunfó al cabo; pero después recayó la enferma, hallándose en peligro igual, si no superior, al primero. Cuanto humanamente puede hacerse para disputar una víctima a la muerte, lo hizo don Benigno, ya rodeándose de los facultativos más reputados, ya procurando que las medicinas fueran escogidas, aunque costaran doble, y principalmente asistiendo a la enferma con un cuidado minucioso, y con puntualidad tan refinada, que casi rayaba en extravagancia. Digamos en honor suyo que había hecho lo mismo por su difunta esposa.

Aunque parezca extraño, doña Crucita manifestó en aquella ocasión lastimosa una bondad de sentimientos y una ternura franca y solícita de que antes no tenían noticia más que los irracionales. Sin dejar de gruñir por motivos pueriles, atendía a la enferma con el más vivo interés, velaba y hacía las medicinas caseras con paciencia y esmero. Bueno es decir, para que lo sepa la posteridad, que doña Crucita tenía en su gabinete el mejor herbolario de todo Madrid.

Cuando don Pedro Castelló dijo que la enferma no tenía remedio, don Benigno manifestó grandeza de ánimo y resignación. No hizo aspavientos ni habló a lo sentimental. Solamente decía: «Dios lo quiere así; ¿qué hemos de hacer? Cúmplase la voluntad de Dios». La _Paloma ladrante_, que tenía en su natural genio el quejarse de todo, no supo mantenerse en aquellos límites de cristiana prudencia, y dijo algunas picardías inocentes de los santos tutelares de la casa; pero a solas, cuando nadie podía verla, se secaba las lágrimas que corrían de sus ojos. La posteridad se enterará con asombro de las palizas que la buena señora daba a sus perros para que no hicieran bulla ni salieran del gabinete en que estaban encerrados.

Los Corderillos mayores compartían la pena de su padre y tía, y los minúsculos, sin darse cuenta de lo que sentían, estaban taciturnos y con poco humor para pilladas. Deportados con las cotorras en el gabinete de su tía, jugaban en silencio, desbaratando una obra de encaje que Crucita tenía empezada, para rehacerla después ellos a su modo. Cuando Sola estuvo fuera de peligro y sin fiebre, lo primero que pidió fue ver a los chicos. Radiante de alegría les llevó don Benigno al cuarto de la enferma diciendo: «aquí está la Guardia Real Granadera», y al mismo tiempo se le aguaron un poco los ojos. Sola les besó uno tras otro, y puso sobre su cama a Juan Jacobo, diciendo:

—¡Cómo ha crecido este!... Y ¡qué gordo está! Bendito sea Dios, que me ha dejado vivir para que os siga viendo y queriendo a todos.

Cordero se había vuelto de espaldas y hacía como que jugaba con el gato. Después se quitó las gafas para limpiarlas. Lo que realmente hacía era defender su emoción de las miradas de Sola y los chicos. Aun en aquel primer día de su convalecencia, pudo Sola hacer a la _Guardia Real Granadera_ un obsequio inusitado. Desde el día anterior había guardado cuatro piedras de azúcar de pilón, y dio una a cada muchacho, destinando la mayor a Juanito Jacobo, precisamente por ser el más chico y a la vez el más goloso.

—Un ángel —les dijo— que ha venido todas las noches a preguntar por mí y a ver si se me ofrecía algo, me dio anoche estos terrones para todos, encargándome que no se los diera si no se habían portado bien. Yo no sé qué tal se han portado...

—Muy mal, muy mal —dijo doña Crucita—. No merecían sino azúcar de acebuche y miel de fresno.

—Lo pasado, pasado —añadió Sola—. Ahora se portarán bien.

No había concluido de decirlo, cuando ya se oían los fuertes chasquidos de los dientes de Juanito Jacobo partiendo el azúcar. Los cuatro besaron a la que había hecho con ellos veces de madre, y se retiraron muy contentos. Don Benigno no podía contener cierta expansión de gozosa generosidad que, naciendo en su corazón, lo llenaba todo entero. Fue tras los muchachos, y dio cuatro cuartos a cada uno para que compraran chufas, triquitraques, pasteles o lo que quisieran. Después le pareció poco, y a los dos mayores les dio una peseta por barba, advirtiéndoles que aquel dinero era para correrla en celebración del restablecimiento de Sola, y, por tanto, no debía ser metido en la hucha. Cada uno tenía su hucha con sendos capitales.

Crucita se fue a sus quehaceres, y don Benigno se quedó solo con la _Hormiga_. En los días de gravedad, cuando le acometía fuertemente la calentura, Sola deliraba. Los individuos conservan en sus desvaríos febriles casi todas las cualidades que les adornan hallándose en estado de perfecta salud, y así Sola enferma era diligente, bondadosa y afable. Agitándose en su lecho con horrible desvarío, mandaba a los chicos a la escuela, le pasaba lección a Rafaelito, reñía a Juanito Jacobo por romper los figurines del _Correo de las Damas_, bromeaba con Crucita por cuestión de pájaras lluecas o de perros con moquillo, daba órdenes a la criada sobre la comida, se afligía porque no estaban planchadas las camisas de don Benigno, le pedía a este cigarros para el padre Alelí, preguntaba a los dos qué plato era el más de su gusto para la próxima cena, y hablaba con todos de los Cigarrales y de cierta expedición que tenían proyectada; era una reproducción o un lúgubre espejismo de su actividad y de sus pensamientos todos en la vida ordinaria. Acontecía que después de un largo período de exaltación febril, Sola se quedaba muda y sosegada otro largo rato, sin decir más que algunas palabras a media voz. Don Benigno, que atendía a estos monólogos con tanto dolor como interés, pudo entender algunas palabras; entre ellas, _don Jaime Servet_.[2]

[2] Véase _Un voluntario realista_.

Aquel famoso día de los terrones de azúcar, don Benigno, luego que con ella se quedó solo, le preguntó quién era el tal don Jaime Servet que en sueños nombraba, y ella quiso explicárselo punto por punto; pero apenas había empezado, cuando entraron Primitivo y Segundo trayendo un grande, magnífico y oloroso ramo de rosas, que ofrecieron a Sola con cierto énfasis de galantería caballeresca. Los dos chiquillos tuvieron la excelente idea de emplear las dos pesetas que les dio su padre en comprar flores para obsequiar con ellas a su segunda madre en el fausto día de su restablecimiento; y en verdad que era de alabar la delicadeza exquisita con que procedían, demostrando que en la edad de las travesuras no escasea cierta inspiración precoz de acciones generosas y de la más alta cortesía. Decir cuánto agradeció Sola la fineza, fuera imposible; y si el fuerte olor de las flores no la marease un poco, habría puesto el ramo sobre la almohada. Les dio besos, y luego pasó el ramo a Cordero para que aspirase la rica fragancia.

Don Benigno no cabía en sí de satisfacción. Se puso nervioso, se le resbalaron las gafas nariz abajo, y esta parecía hacerse más picuda, tomando no sé qué expresión de órgano inteligente. Sonrisa de vanagloria retozaba en sus labios, y aquel aroma parecíale que llevaba a su alma un regalado confortamiento, paz deleitosa, esperanza, una vida nueva. Los muchachos, al ver el éxito de su hazaña, reventaban de orgullo.

Don Benigno se los llevó prontamente a su cuarto y les dijo:

—Tomad..., un duro para cada uno. Sois caballeros finos y agradecidos. Muy bien; muy bien, señoritos: este rasgo me ha gustado. En vez de comprar golosinas que os ensucian el estómago... comprasteis el ramo..., pues... Idos a paseo: no vayáis esta tarde al colegio. Yo lo mando... Adiós... Un duro a cada uno.

Cuando volvió al lado de Sola, Crucita había llevado, para que la enferma los viera, los pajarillos en cría, pelados y trémulos dentro del nido, mientras la pájara saltaba inquieta de un palo a otro, y el pájaro ponía muy mal gesto por aquel desconsiderado transporte de la jaula. Sola admiró todo lo que allí había que admirar, la sabiduría y la paciencia de aquellos menudos animalillos, que así pregonaban con su manera de criar la sabiduría maravillosa y el poder del Criador, el cual, en todas partes donde algo respira, ha puesto un bosquejo de la familia humana.

—Lléveselos usted —dijo Sola—, que se asustan y se enojan, y creo que lo van a pagar los pequeñuelos, quedándose hoy sin almorzar.

Después cargó Crucita, no sin trabajo, con algunos tiestos de minutisa y pensamientos para que Sola viera cómo con el calor de la estación se cubrían de pintadas florecillas, las unas formando ramilletes o grupos, como un canastillo de piedras preciosas, otras sueltas con diferentes tamaños y matices; pero todas guapas y alegres. También trajo un lirio que parecía un obispo, vestido de largas faldamentas moradas; un moco de pavo, que más bien parecía gallo de cresta roja, y otras muchas hierbas que llevaban la alegría a la alcoba, pocos días antes tan silenciosa y fúnebre. ¡Con cuánto gusto recibía Sola aquellas visitas! Era la vida, que tales mensajes le enviaba para cumplimentarla; era la amada casa, que saludaba con lo hermoso y agradable que en sí tenía. Para que nada faltase, vino también la cotorra, a quien Sola encontró más crecida; vino el loro, que le pareció haber sufrido algún desperfecto en su casaca verde, y, por último, entraron también los perros en tropel, y se lanzaron a la cama aullando y lamiendo. En tanto, don Benigno, después de permanecer un rato como en éxtasis, bajó los ojos y apoyó la barba en su mano trémula. O rezaba o recitaba algún famoso texto de Rousseau: en esto no parecen acordes las crónicas, y por eso se apuntan las dos versiones para que el lector elija la que más le cuadre.

Pasó un rato. Todo estaba en silencio. El héroe de Boteros saboreaba en el pensamiento la dicha presente, que no era sino anticipado anuncio de su futura dicha.

—Pues como decía a usted... —indicó Sola.

—Eso es, apreciable _Hormiga_. Siga usted su cuento y dígame quién es ese don Jaime Servet.

Sola satisfizo cumplidamente la curiosidad de su amigo.

XXII

Habiendo ordenado los médicos que la enferma fuera a convalecer en el campo, empezó don Benigno a preparar el viaje a los Cigarrales de Toledo, donde poseía extensas tierras y una casa de labranza. Extraordinario gusto tenía el héroe en estos preparativos, por ser muy aficionado a la dulce vida del campo, al cultivo de frutales, a la caza, y a la crianza de aves y brutos domésticos. Por su desgracia, no podía abandonar su comercio en aquella estación, y érale forzoso seguir en la tienda por lo menos hasta que pasase el Corpus, fiesta de gran despacho de encajes para Iglesia y modistería. Pero resignándose a su esclavitud en la corte, se deleitaba pensando en el dichoso verano que iba a pasar. Amaba la naturaleza por afición innata y por asimilación de lo que había leído en su autor favorito y maestro. Así, nada le parecía tan de perlas como aquella frase: _el campo enseña a amar a la humanidad y a servirla_.

Su plan era llevar a Sola a últimos de mayo acompañada de Crucita y los niños menores. Inmediatamente regresaría él solo a Madrid, y cuando acabase junio, volvería con los otros dos chicos a los Cigarrales, donde estarían todos hasta fin de septiembre.

¡Los Cigarrales! ¡Cuánta poesía, cuántas amenidades, qué de inocentes gustos y de puros amores despertaba esta palabra sola en el alma del buen Cordero! ¡Qué meriendas de albaricoques, qué gratos paseos por entre almendros y olivos, qué mañanitas frescas para salir con el perro y la escopeta a levantar algún conejo entre las olorosas matas de tomillo, romero y mejorana! ¡Qué limpieza y frescura la de las aguas, qué color tan hermoso el de las cerezas, y qué dulzura y maravilla en los panales fabricados por el pasmoso arte de las abejas en el tronco hueco de añosos alcornoques, o entre peñas y jaras! En los cercanos montes el gruñido del jabalí hace temblar de ansiedad el corazón del audaz montero, y abajo, junto a la margen del río aurífero, del río profeta que ha visto levantarse y caer tan diferentes imperios, la peña seca y el remanso profundo solicitan al pescador de caña, flor y espejo de la paciencia. Pensando en estos cuadros poéticos, y gozando ya con la fantasía estos legítimos placeres, don Benigno se sonreía solo, se frotaba las manos y decía para sí:

—Barástolis, ¡qué bueno es Dios!

¡Y luego...! Esta reticencia le regocijaba más que aquellas risueñas perspectivas bucólicas. Había decidido no hablar a Sola de cierto asunto hasta que ambos estuvieran en los Cigarrales y ella completamente restablecida.

Cordero fue una mañana a la Cava Baja en busca de arrieros y trajinantes para arreglar con ellos su viaje. Entró en la posada de la Villa, y en la que antiguamente se llamaba del Dragón. En esta encontró a un mayoral que ha tiempo conocía, y después de concertar ambos las condiciones del viaje, siguieron en caloroso diálogo sobre el mismo asunto, porque se había despertado en don Benigno cierto entusiasmo pueril por la dichosa expedición. Allí preguntó varias veces Cordero la distancia que hay desde Madrid a Toledo; hizo comentarios sobre tal cuesta, sobre cuál mal paso, y, finalmente, disertó largo rato sobre si llovería o no al día siguiente, que era el señalado para la salida. Cordero opinaba resueltamente que no llovería. Ya se marchaba, cuando al pasar por el corredor alto, donde había varias puertecillas numeradas, vio a un hombre que tocaba en una de estas. El hombre preguntó en voz alta:

—¿Don Jaime Servet, vive aquí?

Detúvose Cordero y oyó una voz que de dentro gritaba:

—No ha llegado todavía.

El héroe no dio a lo que había oído más importancia de la que merece una simple coincidencia de nombres.

¡Qué afán puso el buen señor en preparar su viaje, en disponer lo referente a vestidos, provisiones y todo lo demás que se había de llevar! Creeríase que iban a dar la vuelta al mundo, según la prolijidad con que Cordero se proveía de todo, y las infinitas precauciones que tomaba, las advertencias que hacía, el itinerario escrupuloso que trazaba, la elección de vituallas, y el acopio de drogas por si ocurrían descalabraduras o molimiento de huesos. Todo le parecía poco para que a Sola no faltara ninguna comodidad, ni se privase de nada que pudiera convenir a su espíritu y su salud. Y deseando anticipar las delicias del viaje, aquella noche le habló de la distancia, le describió los pueblos que habían de recorrer, pintole paisajes de ríos y montañas, diciendo estas o parecidas cosas:

—Cuando pasemos de Torrejón de la Calzada a Casarrubuelos, fíjese en aquellas lomas de viñas que están en fila y hacen unos bailes tan graciosos cuando pasa el coche corriendo... Después, en tierra de la Sagra, verá usted unos panoramas que encantan... Luego que se pasa de Olías se quedará pasmada cuando vea allá lejos la torre de la Catedral, que parece saluda al viajero... sin quitarse el sombrero, se entiende, el cual es un capacete que está emparentando con el cielo y que trata de tú a los rayos...

En fin, llegó la mañana y se marcharon despedidos por Alelí, que se quedó muy triste. Cuando el coche, dejando atrás el puente de Toledo, entró en la extensa, libre y alegre campiña inundada de luz, don Benigno sintió que la alegría se rebosaba del vaso de su espíritu, chorreando fuera como las caídas de una fuente de Aranjuez, y aquel chorrear de la alegría era en él risas, frases, exclamaciones, chascarrillos, y, por último, la elocuente frase:

—Barástolis, ¡qué bueno es Dios!