Part 10
—Iba mejor, pero ha recaído. ¡Cristo, qué desgracia! —exclamó Sagrario en un desentono tan singular que parecía enjuagarse la boca con las palabras—. Cruz fue esta tarde a la iglesia y me dijo que el pobre Benigno está como alma en pena. Va a la botica por las medicinas y se deja el sombrero sobre el mostrador, habla solo, y cuando vende no cobra, y cuando cobra no da la vuelta, y cuando la da, da oro por cobre.
—Es un alma de cántaro, ji... Tablas, ve después a preguntar por la enferma. Benigno es loco, pero es paisano y le aprecio... Jenarita, ¿por qué tiene usted ese aire de tristeza y abatimiento? Aquí no hay nada que temer. Estamos en sagrado, es decir, en una casa pura y absolutamente, ji, ji..., apostólica.
Jenara no cenó. Había perdido el apetito, y la especial manera de guisar que en aquella casa había no era la más a propósito para despertarlo. A esta feliz circunstancia de la desgana de un convidado debió Pipaón que le tocara algo, aunque no fue mucho, según consta en las crónicas que de aquellos acontecimientos quedaron escritas.
Levantose Jenara de la mesa antes que los demás para decir una cosa importante al señor don Felicísimo, que aún no había salido de su guarida, y al llegar a la puerta de esta, oyó la voz del anciano muy desentonada y colérica. Decía así:
—Ladrón, verdugo, borracho, no te daré un maravedí aunque te me pongas de rodillas delante y me enciendas velas. Yo no soy bueno, yo no soy santo; no pienses que me embobarás con tus lisonjas. ¿Tengo yo alguna mina, ji? ¿Acuño moneda, ji? Quítateme, ji, de delante y púdrete si quieres. No hay un cuarto; hoy no se fía aquí. Toca a otra puerta, muérete, revienta, pégate un tiro, y si no basta, ji, ji..., te pegas dos o media docena.
Con voz humilde y ahogada por la pena, Tablas habló después para pintar con frases amañadas la enormidad de su apuro, y Carnicero redobló sus negativas, sus bufidos, sus hipos, todo en defensa de su bolsa. Jenara no necesitó oír más, y al punto renunció a decir a don Felicísimo lo que había pensado. Mujer de recursos intelectuales, improvisaba planes con la celeridad propia de todo grande y fecundo ingenio.
La campanilla sonó, y Tablas fue a abrir la puerta. Llegaron tres señores que se dirigieron a la sala, donde Sagrario acababa de poner luz. Entrando otra vez en el comedor, la dama vio que Pipaón y Micaelita no parecían disgustados de hallarse juntos. Sagrario andaba por la cocina riñendo con la criada, en lenguaje discorde e inarmónico, semejando un órgano que tuviera todos los tubos agujereados. Jenara volvió al pasillo, que era largo, complicado, anguloso, y a causa del blanqueo daba más cuerpo a las sombras que sobre él caían. Allí vio la atlética figura de Tablas que salía del cuarto del señor, y dirigiéndose a un ángulo obscuro donde estaban algunos muebles viejos como en destierro, dejábase caer sobre una silla y apoyaba la cabezota en ambas manos mirando al cielo. Jenara se llegó a él. Era el ángel del consuelo.
XIX
—¿Cómo te va, Elías? Señor conde de Negri, buenas noches. Buenas noches, señor don Rafael Maroto.
Así saludó don Felicísimo a sus amigos, entrando en la sala, candilón en mano. Como aún no le hemos visto andar, no hemos podido decir que andaba a pasitos cortos, muy cortos, y así tardó una buena pieza en llegar al centro de la estancia. Viose entonces la longitud de su levitón negro, el cual le llegaba hasta los pies, de modo que no parecía que andaba, sino que estaba fijo sobre una tablilla con ruedas, de la cual tirara con lentitud una invisible mano. Puso el candilón sobre la mesa, y como la vecindad de la lámpara hacía que aquel palideciera de envidia, lo apagó.
—Usted siempre tan fuerte —dijo uno de los amigos dando un palmetazo en la rodilla de Carnicero.
Era este amigo un señor pequeño, o por mejor decir, archipequeño, adamado y no muy viejo.
—Defendiéndonos admirablemente —repuso Carnicero, cogiéndose una pierna con las manos y levantándola para ponerla sobre la otra.
—Un cigarrito —dijo aquel de los amigos que llamaban Maroto, y era el más joven de los tres, de buena presencia, bigotudo y con señalado aspecto marcial.
El conde de Negri, con el cigarrito en la boca, sacó eslabón y piedra y empezó a echar chispas. Durilla era la faena, y la mecha no quería encenderse.
—¡Maldito pedernal! —murmuró el señor conde.
Y las chispas iban en todas direcciones menos en la que se quería. Una fue a estrellarse en la cara plana de don Felicísimo como proyectil ardiente en la muralla de un bastión formidable; otra parecía que se le quería meter por los ojos al propio señor conde, y chispa hubo que llegó hasta el cuadro de Ánimas, dando instantáneamente un resplandor verdadero a aquel purgatorio figurado. Al fin prendió la mecha.
—¡Gracias a Dios que tenemos fuego! —dijo don Felicísimo entre dos hipos—. Con estos tubos de vidrio que han inventado ahora para encerrar las luces, no se puede encender en las lámparas.
En tanto, el tercero de los amigos, que era bastante anciano y se distinguía por la curvatura exagerada de su nariz, había puesto unos papeles sobre la mesa, y los miraba y revolvía atentamente. De repente dijo así:
—No hay que contar con Zumalacárregui.
—¡Todo sea por Dios! —exclamó Carnicero—. ¿Ha escrito? Pues a mi carta no se dignó contestar. ¿Sigue en el Ferrol?
—Pues nos pasaremos sin él —indicó el conde de Negri—. La causa revienta de partidarios, quiero decir que los tiene de sobra en todas las clases de la sociedad, y así no es bien que solicite coroneles, como es uso y costumbre entre liberalejos.
—Ya sabemos —dijo con tono de autoridad el llamado Elías, alzando los ojos del papel— que la causa que defendemos es legalmente una batalla ganada. Habiendo sucesor varón no puede suceder una hembra. Moralmente también es cosa fuera de duda. El clero en masa apoya al partido de la religión, y con el clero la mayoría del reino y la aristocracia.
—Y el ejército —declaró el conde pequeñito, plegando mucho los párpados porque le ofendía la luz.
—Eso está por ver —replicó Elías Orejón—. Desde la guerra de la Independencia, el ejército, lo mismo que la marina, están carcomidos por la masonería. La revolución del 23 obra fue de los masones militares; las intentonas de estos años también son cosa suya, y en estos momentos, señores, se está formando una sociedad llamada la _Confederación Isabelina_, en la que andan muchos pajarracos de alto vuelo, y que por el rotulillo ya da a entender a dónde va. Necesitamos...
—¡Claro, clarísimo, indubitable! —exclamó Carnicero, que deseaba meter baza, por no hallarse conforme con su amigo en aquel tema.
—Necesitamos —prosiguió el otro alzando la voz en señal de enojo por verse interrumpido—, necesitamos, aunque el escrupuloso señor infante no lo crea así, asegurar y comprometer aquellas cabezas militares más potentes. Ya se puede decir que son _de acá_ los siguientes señores: el conde de España, capitán general del Principado; el señor González Moreno, gobernador militar de Málaga...
—Buenos, buenos, bonísimos —dijo Carnicero, que no podía contener sus ganas de interrumpir a cada instante.
Orejón citó otros nombres, añadiendo luego:
—En el ramo de hombres civiles o eclesiásticos de gran nota, andamos a la conquista del señor Abarca, obispo de León, y de don Juan Bautista Erro, consejero de Estado, a los cuales solo les falta el canto de un duro para caer también de la parte acá.
—Bueno es que los clérigos y hombres civiles vengan —dijo Maroto—, pero por santa y gloriosa que sea la causa de Su Alteza, y yo doy de barato que es la causa de Dios, no se hará nada sin tropa.
—¿Y los voluntarios realistas?
—Son buenos como auxilio, pero nada más. Denme generales aguerridos, jefes de valor y prestigio, y el día en que don Fernando acabe, que no tardará, al decir de los médicos, don Carlos será rey por encima de todas las cosas.
—Eso, eso —afirmó Elías sentando la palma de la mano sobre los papeles—, generales aguerridos, jefes militares de valor y prestigio; al grano, al grano.
—Todo vendrá —indicó Carnicero— cuando el caso llegue. Cuando se cuenta, como ahora, ji, con el santo clero en masa, capaz de alzar en masa al reino todo, como en la guerra de la Independencia, lo demás vendrá por sus pasos contados. En cartas y por manifestaciones verbales, me han demostrado su conformidad las siguientes órdenes y religiones: los Agustinos Calzados, de Madrid; la Congregación benedictina Tarraconense Cesaraugustana, de la Corona de Aragón y de Navarra; los Menores de San Francisco, los Agustinos Recoletos o Calzados, los Canónigos seglares del Orden Premonstratense.
—Espadas, espadas —dijo bruscamente Maroto—, y con espadas, no solo no estarán de más las correas o rosarios, sino que servirán de mucho.
—Y yo —indicó el conde de Negri dirigiéndose al balcón a punto que sonaba en la calle el estrepitoso rodar de un coche— me atrevo a proponer que todas las conquistas se pospongan a la conquista del vecino.
El coche paró junto a la casa. Era el carruaje de Calomarde, que vivía frente por frente de Carnicero, en el palacio del duque de Alba.
—Su Excelencia ha entrado en su palacio —dijo el conde de Negri, atisbando por los vidrios verdosos y pequeñuelos de uno de los balcones.
—Todo se andará —manifestó don Felicísimo—. La conversación que tuvimos él y yo hace dos días, me hace creer que don Tadeo tardará en ser apostólico lo que tarde Su Majestad en tener, ji, el ataque de gota que corresponde al otoño próximo.
—Y si no —dijo Negri tornando a su asiento—, le barrerán. Después veremos quién toma la escoba... ¡Cuidado con doña Cristina y qué humos gasta! ¡Si creerá que está en Nápoles y que aquí somos _lazzaronis_...! ¿Pues no se atrevió a pedir mi destitución del puesto que tengo en la mayordomía del señor infante? Gracias a que los señores me han sostenido contra viento y marea. Aquí, entre cuatro amigos —añadió el conde bajando la voz—, puede revelarse un secreto. He dado ayer un bromazo a nuestra soberana provisional, que va a dar mucho que reír en la corte. En imprenta que no necesito nombrar se están imprimiendo unos versos de no sé qué poeta en elogio de su majestad napolitana. Hacia la mitad de la composición se habla de la _angélica_ Isabel y de la _inmortal Cristina_. Pues yo...
El conde se detuvo, sofocado por la risa.
—¿Qué?
—Pues yo, como tengo relaciones en todas partes, me introduje en la imprenta, y di ocho duros al corrector de pruebas para que quitara bonitamente la _t_ de la palabra inmortal.
—La _inmoral_ Cristina, ji, ji...
—Espadas, espadas —gruñó Maroto—, y no bromas de esa especie.
—Toda cooperación debe aceptarse —dijo Elías refunfuñando—, aunque sea la cooperación de una errata de imprenta.
Cuando esto decían, la luz de la lámpara, ya fuera porque doña María del Sagrario, firme en sus principios económicos, no le ponía todo el aceite necesario, ya porque don Felicísimo descompusiera, a fuerza de darle arriba y abajo, el sencillo mecanismo que mueve la mecha, empezó a decrecer, oscureciendo por grados la estancia.
—Voy a contar a ustedes, señores —dijo Elías—, la conversación que ayer tuve con el señor Abarca, obispo de León, el hombre de confianza de Su Majestad... Pero, don Felicísimo, esa luz...
—Empiece usted. Es que la mecha... —replicó Carnicero moviendo la llave.
—Pues el señor Abarca me pidió informes de lo que se pensaba y se decía en el cuarto del infante. Yo creí que con un hombre tan sabio y leal como el señor Abarca no debía guardar misterios... Le dije pan pan, vino vino... Pero esa luz...
—No es nada; siga usted; ya arderá.
—Le expuse la situación del país, anhelante de verse gobernado por un príncipe real y verdaderamente absoluto, que no transija con masones, que no admita principios revolucionarios, que cierre la puerta a las novedades, que se apoye en el clero, que robustezca al clero, que dé preeminencias al clero, que atienda al clero, que mime al clero... Pero esa luz, señor don Felicísimo...
—Verdaderamente no sé qué tiene. Siga usted.
—Convino conmigo Su Ilustrísima en que por el camino que va el rey marchamos francamente, y él el primero, por la senda de la revolución... ¡Que nos quedamos a oscuras!...
La luz decrecía tanto que los cuatro personajes principiaron a dejar de verse con claridad. Las sombras crecían en torno suyo. Los empingorotados respaldos de los sillones parecían extenderse por las paredes en correcta formación, simulando un cabildo de fantasmas congregados para deliberar sobre el destino que debía darse a las ánimas. Las rojas llamas del cuadro se perdían en la oscuridad, y solo se veían los cuerpos retorcidos.
—Díjome también Su Ilustrísima que ahora se va a emprender una campaña de exterminio contra los liberales... ¡Por Dios, señor don Felicísimo, luz, luz!
La lámpara se debilitaba y moría, derramando con esfuerzos su última claridad por las paredes blancas y por el techo blanco también. Lanzaba a ratos la llama un destelllo triste, como si suspirase, y después despedía un hilo de humo negro que se enroscaba fuera del tubo. Luego se contraía en la grasienta mecha, y burbujeando con una especie de lamento estertoroso, se tornaba en rojiza. Las cuatro caras aparecían ora encendidas, ora macilentas, y la sombra jugaba en las paredes y subía al techo, invadiendo a ratos todo el aposento, retirándose a ratos al suelo para esconderse entre los pies y debajo de los muebles.
—Esa campaña de exterminio que se va a emprender, fíjense ustedes bien —prosiguió Orejón—, no favorece al rey, sino al infante. Todo lo que ahora sea reprimir es en ventaja de la gente apostólica. Así nos lo darán todo hecho, y lo odioso del castigo caerá sobre ellos, mientras que nosotros... ¡Luz, luz!
Don Felicísimo quiso llamar; pero en aquella casa no se conocían las campanillas. Así es que empezó a gritar también:
—¡Luz, luz; que traigan una luz!
La lámpara se extinguió completamente y todos quedaron de un color.
—¡Luz, luz! —volvió a gritar don Felicísimo.
Orejón, que estaba muy lleno de su asunto y no quería soltarlo de la boca, a pesar de la oscuridad, prosiguió así:
—Que utilizando con energía la horca y los fusilamientos, limpien el reino de esas perversas alimañas, es cosa que nos viene de molde.
—Aguarde usted, hombre... Estamos a oscuras...
—Ji..., se han dormido y no nos traen luz —dijo don Felicísimo—. Sagrario, Sagrario. Tablas... Nada, todos dormidos.
Así era en verdad.
—¿Tiene usted avíos de encender, señor conde? Aquí, en este cajoncillo de la mesa, debe de haber, ji, ji, pajuela.
Pronto se oyó el chasquido del eslabón contra el pedernal. Las súbitas chispas sacaban momentáneamente la estancia de la oscuridad. Se veían como luz de relámpago las cuatro caras apostólicas, la fúnebre fila de sillas de caoba y el cuadro de ánimas.
—La raza liberalesca y masónica estará ya exterminada cuando llegue el momento de la sucesión de la corona —decía Orejón entusiasmado—. ¡Admirable, señores!
Don Felicísimo tenía la pajuela en la mano para acercarla a la mecha luego que esta prendiese, y al brotar de la chispa, su cara plana, en que se pintaban la ansiedad y la atención, parecía figura de pesadilla o alma en pena.
—Trabajan para nosotros, y ahorcando a los liberales se ahorcan a sí mismos.
—Es evidente —murmuró don Rafael Maroto.
—¡Demonches de pedernal!
—¡Luz, luz! —volvió a decir don Felicísimo—. Pero Sagrario... Nada, lo que digo, todos dormidos.
Por fin prendió la mecha, y aplicada a ella la pajuela de azufre, ardió rechinando como un condenado cuyas carnes se fríen en las ollas de Pedro Botero. A la luz sulfúrea de la pajuela reaparecieron las cuatro caras, bañadas de un tinte lívido, y la estancia parecía más grande, más fría, más blanca, más sepulcral...
—De modo —continuaba Elías, cuando don Felicísimo encendía el candilón de cuatro mecheros— que en vez de apartarles de ese camino, debemos instarles a que por él sigan.
—Sí, que limpien, que despojen...
—Pues ahora —dijo Negri— contaré yo la conversación que tuve con Su Alteza la infanta doña Francisca.
—Y yo —añadió Carnicero— referiré lo que me dijo ayer fray Cirilo de Alameda y Brea.
XX
Jenara no pudo dormir en el camastro abominable que le destinara doña María del Sagrario, el cual estaba en un cuarto más grande que bonito, todo blanco, todo frío, todo triste, con alto ventanillo por donde venían mayidos y algazara de gatos. Al amanecer pudo aletargarse un poco, y en su desvariado sueño creía ver a don Felicísimo hecho un demonio, ora volando montado en su pluma, ora descuartizando gente con la misma pluma, en cuchillo convertida. La casa se le representaba como un lisiado que suelta sus muletas para arrojarse al suelo, y allí eran el crujir de tabiques, el desplome de paredes, la pulverización de techos y las nubes de polvo, en medio del cual, como ave rapante, revoloteaba don Felicísimo llorando con lúgubre graznido, mientras los demás habitantes de la casa se asfixiaban sepultados entre cascote y astillas.
Al despertar sin haber hallado reposo, sus ojos enrojecidos reconocieron la estancia, que más tenía de prisión que de albergue, y acometida de viva aflicción lloró mucho. Después las reflexiones, los planes habilísimos que había concebido, y más que nada la valentía natural de su espíritu, la fueron serenando. Vistiose y acicalose como pudo, echando muy de menos los primores de su tocador, y pudo presentarse a Micaelita y a doña Sagrario con semblante risueño.
En sus planes entraba el de amoldar su conducta y sus opiniones a las opiniones y conducta de los dueños de la casa, y así, cuando visitó al señor don Felicísimo en su despacho y hablaron los dos, era tan apostólica que el mismo infante la habría juzgado digna de una cartera en su ministerio futuro. Según ella, la perseguían por apostólica, y su _apostoliquismo_ (fue su palabra) era de tal naturaleza, que la llevaría valientemente a la lucha y al martirio. Carnicero, que en su marrullería no carecía de inocencia (virtud hasta cierto punto apostólica), creyó cuanto la dama le dijo, y establecida entre ambos la confianza, el anciano le contaba diariamente mil cosas de gran sustancia y meollo, referentes a la causa. Sirvan de ejemplo las siguientes confidencias.
«¡Bomba, señora! Direle a usted lo más importante que he sabido anoche. Una monjita de las Agustinas Recoletas de la Encarnación soñó no hace mucho que el infante se ceñía la corona asistido de no sé cuantas legiones de ángeles. Escribió su sueño en una esquelita que remitió a Su Alteza, el cual la besó y tuvo con esto un grandísimo gozo. Me lo ha contado Orejón».
«¡Bomba, señora! La trapisonda de Andalucía ha terminado. Los marinos que se sublevaron en San Fernando están ya fusilados, y el bribón de Manzanares, que desembarcó con unos cuantos tunantes, ha perecido también. ¡Si no hay sahumerio como la pólvora para limpiar un reino! Que desembarquen más si quieren. El gobierno se ha preparado, arma al brazo. Ahora, vengan pillos».
«¡Gran bomba, señora! Mañana ahorcan a Miyar, el librero de la calle del Príncipe, por escribir cartas democráticas. Pronto le harán compañía Olózaga, Bringas y Ángel Iznardi». Generalmente estas noticias eran dadas al anochecer o durante la cena, en presencia de Tablas. Después se rezaba el rosario, con asistencia de todos los de la casa, y de Jenara, que desempeñaba su parte con extraordinario recogimiento y edificación.
Ya se habrá comprendido que la muy pícara se valió de los ahogos pecuniarios del bueno de Perico Tablas para sobornarle y ponerle de su parte. El demandadero de la cárcel de Villa, que no era ciertamente un Catón, se rindió a la voluntad dispendiosa de Jenara, sirviéndole como se sirve a una dama que reúne en sí afabilidad, hermosura y dinero.
Dos días habían pasado desde la prisión de Olózaga, cuando se vio a Tablas y a Pepe Olózaga, hermano menor de Salustiano, bebiendo _medios chicos_ de vino en la taberna de la calle Mayor, esquina a la de Milaneses. Jenara no solo supo explotar en provecho propio los buenos servicios de Tablas, sino que los utilizó en pro de Salustiano, por quien mucho se interesaba.
Este insigne joven, que había de alcanzar fama tan grande como orador y hábil político, fue primero encerrado en lo que llamaban _El Infierno_, lugar tenebroso, pero más horrendo aún por sus habitantes que por sus tinieblas, pues estaba ocupado por bandidos y rateros, la peor y más desvergonzada canalla del mundo. No creyéndole seguro en _El Infierno_, el alcaide le trasladó a un calabozo, y de allí a una de las altas buhardillas de la torre. Antes de que mediara Tablas, pudo Pepe Olózaga ponerse en comunicación con su hermano, valiéndose de una fiambrera de doble fondo y del palo del molinillo de la chocolatera.
El ingenio, la serenidad, la travesura de Salustiano eran tales, que en pocos días se hizo querer y admirar de los presos que le rodeaban y que allí entraron por raterías y otros desafueros. Los demás presos no se comunicaban con él. Pepe Olózaga, después de ganar a Tablas, a quien hizo creer que su hermano estaba encarcelado por _cosas de mujeres_, intentó ganar también a uno de los carceleros; pero no pudo conseguirlo. Más afortunado fue Salustiano, que, seduciendo dentro de la prisión a sus guardianes con aquella sutilísima labia y trastienda que Dios le dio, pudo comunicarse con Bringas. Ambos sabían que si no se fugaban serían irremisiblemente ahorcados. Discurrieron los medios de alargar los procedimientos para ver si ganando tiempo adelantaba el negocio de su salvación, y al cabo convinieron en que Bringas se fingiría mudo y Olózaga loco.
Tan bien desempeñó este su papel, que por poco le cuesta la vida. Principió por fingirse borracho; propinose una pulmonía acostándose desnudo sobre los ladrillos, y los carceleros le hallaron por la mañana tieso y helado como un cadáver. Tras esto venía tan bien la farsa de su locura, que siete médicos realistas le declararon sin juicio. Así ganó un mes.
Miyar, que no era travieso, ni abogado, ni hombre resuelto, pereció en la horca el 11 de abril.
Mejor le fue a Olózaga con su locura que a Bringas con su mutismo, porque impacientes los jueces con aquel tenaz silencio, que les impedía despachar pronto, imaginaron darle un ingenioso tormento, el cual consistía en clavarle en las uñas astillas o estacas de caña. Nada consiguieron con esto; pero Bringas perdió la salud y no salió de la cárcel sino para morirse. Es un mártir oscuro, del cual se ha hablado poco, y que merece tanta veneración como lástima.
Pepe Olózaga y los amigos de Salustiano trabajaban sin reposo. Las comunicaciones con el preso eran frecuentes, y no solo recibió este ganzúas y dinero, que son dos clases de llaves falsas, sino también el correspondiente puñal y un poquillo de veneno para el momento desesperado. Antes el suicidio que la horca.
Jenara, que salía de noche furtivamente de la casa de don Felicísimo, iba donde se le antojaba sin que nadie la molestase, y así pudo ayudar a la familia de Olózaga. Hízose muy amiga de la mujer del escribano señor Raya, y también de la mujer del alcaide. A la sangre fría del preso primeramente, a la constancia y diplomacia de su hermano Pepe, al oro de la familia, y, por último, a la compasión y buen ingenio de algunas mujeres, debiose la atrevidísima y dramática evasión que referiremos más adelante en breves palabras, aunque referida está del modo más elocuente por quien debía y sabía hacerlo mucho mejor que nadie.