Los apostólicos

Part 9

Chapter 94,053 wordsPublic domain

La rabia más que el dolor sacó dos ardorosas lágrimas a sus ojos; pero se las limpió prontamente con el pañuelo, cual si tuviera vergüenza de llorar. Después rompió en dos el abanico. Al ver estas lamentables muestras de consternación, Micaelita se conmovió, y sin pensarlo, se le vino a la boca el _padrenuestro_ que de repuesto llevaba. A la mitad lo interrumpió para decir a su amiga:

—Puedes venir a casa.

—Me parece muy bien. Nadie sospechará que el señor Carnicero oculta a los perseguidos de la justicia calomardina... Cochero, a casa de Micaelita.

XVII

Hacia el promedio de la calle del Duque de Alba vivía el señor don Felicísimo Carnicero, del cual es bien que se hable en esta ocasión, no solo porque se prestó a dar asilo a la afligida dama, sino porque dicho señor merece un párrafo entero y hasta un capítulo. Era de edad muy avanzada, pero inapreciable, porque sus facciones habían tomado desde muy atrás un acartonamiento o petrificación que le ponía, sin que él lo sospechara, en los dominios de la paleontología. Su cara, donde la piel había tomado cierta consistencia y solidez calcárea, y donde las arrugas semejaban los hoyos y los cuarteados durísimos de un guijarro, era de esas caras que no admiten la suposición de haber sido menos viejas en otra época. Fuera de esta apariencia de hombre fósil, lo que más sorprendía en la cara de don Felicísimo era lo chato de su nariz, la cual no avanzaba fuera de la tabla del rostro más que lo necesario para que él pudiera sonarse. Y la _chateza_ (pase el vocablo) del señor Carnicero era tal, que no se circunscribía al reino de la nariz, sino que daba motivo a que el espectador de su merced hiciera las suposiciones que vamos a apuntar. Todo el que por primera vez contemplaba al señor don Felicísimo suponía que su rostro había sido hecho de barro o pasta muy blanda, y que en el momento en que el artista le daba la última mano, la máscara se deslizó al suelo, cayendo de golpe boca abajo, con lo que, aplastada la nariz y la región propiamente facial, resultó una superficie plana desde la raíz del cabello hasta la barba. El espectador suponía también que el artista, viendo cómo había quedado su obra, la encontró graciosa, y echándose a reír, la dejó en tal manera.

Ahora pongamos el santo en su nicho. A esta máscara chata, de color de tierra, rugosa y dura, añadamos primero por la parte superior un gorro negro que hasta el campo de las orejas se encaja y tiene su coronamiento en una borlita que ora se inclina al lado derecho, ora al izquierdo. Añadámosle por debajo un corbatín negro, a quien sería mejor llamar corbatón, tan alto, que por ciertas partes se junta con el gorro, dejando escapar algunos cabellos rucios, que a hurtadillas salen a estirarse al aire y a la luz, recordando aún, con tristeza suma, las grasas olientes que han tenido en el pasado siglo. Desde los dominios de la corbata, en cuyas paredes metálicas parece hallar eco la voz de don Felicísimo, pongamos un revuelto oleaje de pliegues negros, el cual, o no es cosa ninguna, o debe llamarse levitón, más que por la forma, por el ligero matiz de ala de mosca que en las partes más usadas se advierte; derivemos de este levitón dos cabos o brazos que a la mitad se enfundan en manguitos verdes con rayas negras como los mandiles de los maragatos, y hagamos que de las bocas de esos manguitos salgan, como vomitadas, unas manos, de las cuales no se ven sino diez taponcillos de corcho que parecen dedos. El resto de la persona no puede verse porque lo ponemos detrás de la mesa, la cual está cubierta de negro hule, que en ciertos sitios pasaría por playa, a causa de la arenilla que en ella se extiende. Es mesa de camilla, y una faldamenta verde la tapa toda honestamente, la cual enagua no se mueve sino cuando el gato entra para enroscarse en la banqueta junto a los pies de don Felicísimo. Encima de la mesa se ve un Cristo pequeño atado a la columna, con la espalda en pura llaga y la soga al cuello, obra de un realismo espantoso y aterrador que se atribuye al célebre Zarcillo. La escultura está a la derecha y vuelve su rostro dolorido y acardenalado al don Felicísimo, cual si le pidiera informes y cuentas, más que de los azotes que le han dado los judíos, de los motivos porque está en aquella mesa y entre tal balumba de legajos como allí se ven. Son papeles atados con cintas rojas, paquetes de cartas y algunos libros de cuentas, cuyas sebosas tapas indican los años que llevan de servicio. La escribanía es de cobre, pues aunque don Felicísimo posee algunas de plata, no las usa, y en la que allí está, los dos cántaros amarillos tienen tinta y arena para seis meses. Las plumas, de puro mosqueadas, no tienen color, y hay un pisapapeles que es la pezuña de un cabrón imitada en bronce, y está tan al vivo que no le falta más que correr.

En aquella mesa escribe casi todo el día el señor Carnicero, a quien el peso de los años no estorba para seguir trabajando; allí toma su chocolate macho con bollo maimón; allí come su cocidito con más de vaca que de carnero, algo de oreja cerdosa y algunas hilachas de jamón que el tenedor busca entre los garbanzos azafranados; allí duerme la siesta, echando la cabeza sobre las orejeras del sillón; allí se le sirve la cena, que empieza invariablemente en migas esponjosas y acaba en guisado de ternera, todo muy especioso y aromático; allí cuenta el dinero, que es, según dicen, el más constante de sus visitadores, y se desliza sin hacer ruido por entre sus dedos alcornoqueños, cual si por virtud rara también el oro se sometiese a tomar las apariencias del corcho o del pergamino en aquel imperio del silencio; allí recibe a los que van a ocuparle, y son por lo general clérigos o frailes, y allí está cuando entran Jenara, Pipaón y Micaelita.

Era ya de noche. Un gran candil de cuatro mecheros, de los cuales solo dos estaban encendidos, echaba luz no muy copiosa, que la pantalla dirigía sobre el pupitre. Al sentir gente, don Felicísimo alzó la pantalla de cobre, y entonces la claridad le hirió de frente en su cara plana, que parecía un bajorrelieve gótico roído por los siglos. Pero esto duró poco tiempo, porque abatiendo la pantalla, volvió la luz a caer forzosamente sobre los papeles como un estudiante desaplicado a quien se obliga a no apartar la vista de los libros.

—¡Oh!..., _gratias tibi Domine_... Bendito Pipaón, ¿usted por aquí? —dijo don Felicísimo con agrado—. ¡Oh! ¿Es Jenarita? La misma que viste y calza. Sea muy bien venida a esta humilde morada. ¡Cuánto bueno por aquí!

Y alzando la voz, que era chillona y desapacible, prosiguió:

—Sagrario, Sagrario, ven, mira quién está aquí. Micaelita, di a tu tía que venga, y de paso da una voz en la cocina para que me traigan la cena.

Mientras viene doña María del Sagrario, hija del señor don Felicísimo, demos acerca de este señor las noticias que son necesarias. Llevaba más de cuarenta años en la profesión de agente de negocios eclesiásticos, y le había sido tan favorable la fortuna que, según el dicho del público, estaba _podrido de dinero_. Por los rótulos de los legajos y papeles que sobre su mesa estaban, podía venirse en conocimiento de la multiplicidad de asuntos que bajo el dominio de sus talentos agenciales caían. Contemplaba él con no disimulado embeleso los dichos rótulos, asemejándose, aunque esté mal la comparación, a un borracho que antes de beber se deleita leyendo las etiquetas de las botellas. Por un lado se leía _Subcolecturía de Expolios, Vacantes, Medias Annatas y Fondo pío beneficial del obispado de León_; por otro, _Santa Iglesia Metropolitana de Granada_; más allá, _Juzgado ordinario de Capellanías, Patronatos, Visita Eclesiástica_, etcétera; junto a esto, _Tribunal de Cruzada_, y al lado, _Racioneros medios patrimoniales de Tarazona, Arcedianato de Murviedro_ o _Señores Pabordres de Valencia_; al opuesto extremo, _Agustinos Descalzos_; más lejos, _Reyes Nuevos de Toledo_, o bien _Nuestra Señora del Favor de Padres Teatinos_.

Preciso es decir que don Felicísimo se había distinguido siempre por su celo y actividad en despachar los mil y mil asuntos que se le confiaban. Tomábales cariño, mirándolos como cosa propia, y ponía en ellos sus cinco sentidos y su alma toda en tal manera que llegó a identificarse con ellos y a asimilárselos, trayéndolos como a formar parte de su propia sustancia. Así no había en su larga vida suceso ni accidente que no se confundiera con cualquier negocio de su lucrativa profesión, y así jamás contaba cosa alguna sin empezar de este o parecido modo: _Cuando el señor Vicario Foráneo de Paterna venía a esta casa_, o bien así: _Cuando me convidó a comer el padre prepósito de Portaceli_...

Otra afición también muy vehemente, aunque secundaria, reinaba en el espíritu de nuestro insigne Carnicero: era la afición a los toros, fiesta que, si no existieran los negocios eclesiásticos, sería para él cosa punto menos que sagrada. Como ya era tan viejo y no salía ya de casa, contentábase con hablar de los toros pretéritos, poniéndolo cien codos más altos que los presentes, y en estas conversaciones también era común oírle decir: _Cierto día en que Sentimientos y el señor Rector del Hospital de Convalecencia de Unciones vinieron a buscarme para ir a ver el encierro_... u otra frase por el estilo.

La cantidad de dinero que don Felicísimo había ganado en tantos años de actividad, celo y honradez, no era calculable. Hacíanla subir algunos a un número grande de talegas, otros reducían un poco la cifra; pero el vulgo y los vecinos juraban que siempre que se daba un golpe en los tabiques de la casa de Carnicero o en el lienzo de los cuadros viejos que allí tenía, sonaba un cierto tintineo como de monedas anacoretas que en todos los huecos y escondrijos habitaban, huyendo del mundo y sus pompas vanas. Él gastaba poco, tan poco que se había llegado a hacer la ilusión de que era pobre siendo rico. Contaban que para ilusionar a los demás en esta materia se negaba con tenacidad heroica a dar dinero, y ya podían irle con lamentos los menesterosos, que así les hacía caso como si fueran predicadores moros. Únicamente se desprendía de alguna cantidad siempre que mediaran garantías y un módico interés, así como de diez por ciento al mes u otra friolera semejante.

La casa en que vivía era de su propiedad y estaba toda blanqueada, sin papeles ni pinturas, con las vigas del techo apanzadas cual toldo de lienzo. Era de un solo piso alto, antiquísima, y en invierno tenía condiciones inmejorables para que cuantos entraban en ella se hicieran cargo de cómo es la Siberia. Había sido edificada en los tiempos en que la calle del Duque de Alba se llamaba _de la Emperatriz_, y ya, con tan largos servicios, no podía disimular las ganas que tenía de reposarse en el suelo, soltando el peso del techo, estirándose de tabiques y paredes para sepultar su cornisa en el sótano y rascarse con las tejas de su cabeza los entumecidos pies de sus cimientos. Pero don Felicísimo, que no consentía que su casa viviera menos que él, la apuntaló toda, y así, desde el portal se encontraban fuertes vigas que daban el _quién vive_. La escalera, que partía de menguados arcos de yeso, también tenía dos o tres muletas, y los escalones se echaban de un lado como si quisieran dormir la siesta. Arriba los pisos eran tales, que una naranja tirada en ellos hubiera estado rodando una hora antes de encontrar sitio en que pararse, y por los pasillos era necesario ir con tiento, so pena de tropezar con algún poste que estaba de centinela como un suizo, con orden de no permitir que el techo se cayera mientras él estuviese allí.

Don Felicísimo era toledano, no se sabe a punto fijo si de Tembleque o de Turleque, o de Manzaneque, que los biógrafos no están acordes todavía. Estuvo casado con doña María del Sagrario Tablajero, de la que nacieron Mariquita del Sagrario y Leocadia. De esta, que casó pronto y mal con un tratante en ganado de cerda, nació Micaelita, que se quedó huérfana de padre y madre a los seis años. Esta Micaelita era, pues, heredera universal del señor don Felicísimo, circunstancia que, a pesar de su escasa belleza, debía hacer de ella un partido apetitoso. Sin embargo, habiendo tenido en sus quince años ciertos devaneos precoces con un muchacho de la vecindad, quedó muy mal parada su honra. El mancebo se fue a las Américas; don Felicísimo enfermó del disgusto; doña María del Sagrario, tía de la joven, enfermó también; divulgose el caso, salió mal que bien de su paso Micaelita, y ya no hubo galán que la pretendiera. Cuentan los cronistas toledanos que desde entonces se arraigó en Micaelita la piadosa costumbre de reservar un padrenuestro para todas las ocasiones apuradas en que se encontrase.

Pasados algunos años, la situación de la joven había cambiado: su carácter, agriándose en extremo, hacíala menos simpática aún de lo que realmente era. Su abuelo, que entrañablemente la amaba, permitíale frecuentar la sociedad y gastar algo en tocados y ropas de moda. Ella quería borrar su mancha; pero no lo podía conseguir, careciendo de aquellas prendas que fácilmente inspiran el perdón o el olvido. Lo singular es que a su mal genio unía un cierto orgullito, sobremanera repulsivo, y que sin duda nacía de su seguridad de enriquecer considerablemente al fallecimiento del abuelo.

Todas las noches del año, en el de 1831, luego que don Felicísimo, con un mediano vaso de vino, echaba la rúbrica a su cena (frase de don Felicísimo), se levantaba de aquella especie de trono, y tomando con su propia mano el candil de cuatro mecheros, dirigíase a la sala, donde ya doña María del Sagrario había encendido una lámpara de las llamadas de _Monsieur Quinquet_, y allí se encontraba a varios amigos que se reunían en amena tertulia. La estancia era como una gran sala de capítulo conventual; pero estaba blanqueada, sin más adorno que un gran cuadro del Purgatorio, donde ardían hasta diez docenas de ánimas. Dos cortinas de sarga, cuya amarillez declaraba haber sido verde, cubrían los balcones, y por las cuatro paredes se enfilaban en batería tres docenas de sillas de caoba con el respaldo tieso y el asiento durísimo. Cuatro sillones de claveteado cuero, contemporáneo del cuadro de las Ánimas del Purgatorio, si no del Purgatorio mismo, servían para la comodidad relativa; una urna con imagen vestida servía para la devoción, y una mesa que parecía pila bautismal, para que dieran golpes sobre ella los de la tertulia. Don Felicísimo entraba diciendo: _Pax vobis_, y después saludaba sucesivamente a sus amigos.

—Buenas noches, Elías, ¿cómo te va?... Señor conde de Negri, buenas noches... Buenas noches, señor don Rafael Maroto.

XVIII

Veamos ahora lo que pasó aquella noche. Jenara tomó asiento en el despacho del señor don Felicísimo, y Pipaón, acercándose a este, le habló un poco al oído para contarle lo que a la dama le pasaba. A cada dos palabras que oía, don Felicísimo articulaba una especie de chillido, un ji, ji, que más tenía de suspiro que de interjección, y que al mismo tiempo expresaba hipo y burla.

—Bueno, bueno —murmuró el anciano moviendo la cabeza en ademán de conciliación—. En mi casa no será molestada; yo le respondo de que no será molestada, ji, ji.

—Gracias —dijo la dama secamente tratando de darse aire con los restos de su abanico.

—El señor don Miguel de Baraona y yo fuimos muy amigos —añadió Carnicero, volviendo a Jenara su faz plana, fría, sin expresión de sentimiento alguno—, pero muy amigos. Cuando aquellas cuestiones de la Santa Iglesia Colegial de Vitoria con los _Canónigos quartos de frutos_ de Calahorra, vino aquí don José Marqués, _canónigo entero_; don Vicente Morales, _racionero medio_, y don Andrés de Baraona, _canónigo quarto de optación_, hermano de su abuelo de usted, que también vino. Yo le conseguí el arcedianato de Berberiega para su primo. ¡Cuántas tardes pasamos juntos en este despacho hablando de sermones y toros! Era en los tiempos de Pedro Romero, y dicho se está que había materia para dos buenos aficionados como nosotros. Si el señor de Baraona viviera, se acordaría de cuando vimos la cogida de Pepe-Hillo y la célebre cornada de José Cándido, motivada por haberse _escupido_ el toro, con lo que se atolondró José y quiso matarlo fuera de jurisdicción, recibiendo un encontronazo...

Estas últimas frases no las dirigía don Felicísimo a Jenara, sino a cierto personaje, desconocido para nosotros, que a su lado estaba, y había entrado poco antes que nuestros amigos. Era un joven de aspecto más bien ordinario que fino, de rostro tan salpicado de viruelas, que parecía criba, de complexión sanguínea y algo gigántea; de ajustada chaqueta vestido, con el pelo corto y la frente más corta acaso. Su facha, su traje y cierta expresión inequívoca que impresa en su rostro estaba como un letrero, decían que aquel hombre era del gremio de tablajeros, cortadores o tratantes en carnes. Los tres oficios había tenido, mas con tan poco aprovechamiento, que los cambió por una plaza de demandadero en la cárcel de Villa. Era hijo de una antigua sirviente de don Felicísimo, y este le había criado en su casa y le tenía bastante cariño. Pedro López, por otro nombre _Tablas_ (que así le bautizaron en el Matadero), respetaba mucho a su protector. Iba a verle diariamente al anochecer, se sentaba a su lado, le hablaba un poco de la cárcel, de becerros si era invierno y de toros si era verano; después le servía la cena, y, por último, le acompañaba a rezar el rosario, devoción a que no faltó don Felicísimo ni en un solo día de su vida.

Doña María del Sagrario no tardó en venir. Era una señora que aparentaba más edad de la que realmente tenía, por causa de una lamentable emigración de todos los dientes de su boca, no quedando en aquellos reinos más que algunas muelas, que temblando habían pedido también sus pasaportes. Ella no tenía pretensiones de belleza ni aun de buen parecer, y así su elegancia era la sencillez, su perfumería la limpieza y su peinado simplicísimo. Consistía en recoger en una sola trenza los cabellos fieles que le quedaban y hacer con esta un moño chiquito, el cual, atravesado de una horquilla o flecha, como corazón simbólico, parecía una limosna de cabellos enviada por el cielo sobre su cráneo, que iba igualando a las encías en sus condiciones de país desierto. Por lo demás, doña María del Sagrario era bondadosa, de excelente corazón y de mucho palique; pero tanto desentonaba su voz, por causa de estar su boca tan solitaria como casa de mostrencos, que las palabras parecían salir y entrar por aquellas cavidades jugando y haciendo cabriolas. Cuando reía creeríase que lloraba, y cuando regañaba a la criada parecía mandar un batallón, y el rezar era en ella como un soplamiento de fuelles rotos.

—Mucho nos honra usted, Jenarita —le dijo besándola—, con aceptar nuestra hospitalidad. Eso no será nada. Algún mal entendido. ¡Es tan fácil ahora que los buenos se confundan con los pícaros! Ayer mismo ¿no apalearon en esta misma calle al sacristán de la Venerable Orden Tercera por confundirlo con un pícaro zapatero que fue condenado a horca y luego indultado en el _llamado tiempo constitucional_, que ni fue tal tiempo ni cosa que lo valga?

—Sagrario, mucha conversación es esa, ji, ji —dijo a este punto don Felicísimo—. Jenarita no es persona con quien debemos gastar cumplidos ni etiquetas; por tanto, tráeme mi cena, que la gusana me dice que es hora.

Poco después, el señor Carnicero tenía delante la servilleta en lugar del papel, y la cuchara en vez de la pluma. Tras los primeros bocados, habló así:

—No es extraño, Jenarita, que con la marcha que lleva este gobierno por el camino de la francmasonería, sean perseguidos los buenos españoles. Ese pobre rey se ha entregado en manos de la herejía y del democratismo; la reina nos quiere embobar con músicas; pero no le valdrán sus mañas para hacernos tragar la sucesión de su hija Isabelita, que así será reina de España como yo emperador de la China, ji, ji. Ellos ven venir el nublado y se preparan; pero nosotros nos preparamos también... y es flojita cosa la que defendemos... así como quien no dice nada... la religión sacratísima, el trono español y nuestras costumbres tradicionales, puras, nobles y sencillas. ¡Ah!, perdóneme usted, Jenarita, me olvidé de decirle si gustaba cenar. Pero aquí no andamos con etiquetas, y en mi casa todo es llaneza y confianza.

—Gracias —repuso Jenara que, solicitada de otros pensamientos, no oyó ni una sola palabra del discurso del señor Carnicero.

Pipaón y Micaelita cuchicheaban en la sala inmediata, y doña María del Sagrario había ido a preparar la cena para todos, lo que requería no poca habilidad por haber aumentado las bocas y no los manjares. Tablas servía la cena al señor don Felicísimo, el cual le hablaba de este modo:

—Pues volviendo a lo que te decía cuando entraron estos señores, el toreo está ahora tan por los suelos que no se puede hablar de él sin que se le caiga a uno la cara de vergüenza. Y no me digan que se ha fundado un Conservatorio de Tauromaquia. Tonto de capirote es el que lo inventó. Yo admiro a don Pedro Romero, yo le tengo por un Cid de los tiempos modernos; por eso no quisiera verle hecho un catedrático de brega. Mira tú, los toreros de hoy dan asco... Si el Señor Omnipotente te hubiera querido hacer el favor de criarte en aquel tiempo en que todo era mejor que ahora, todo; en que era más honrada la gente, más rico el país, más barata la comida, más guapas las mujeres, más religiosos los hombres, más valientes los militares, más benigno el frío, más alegre el cielo, más honestas las costumbres, más bravos los toros, y más, mucho más hábiles los toreros..., ji, ji... ¿Por qué te ríes?

El hipo de don Felicísimo arreció de tal modo, que hubo de pararse un rato para tomar aire. Después prosiguió así:

—Si hubieras vivido en aquel feliz tiempo, te habrías desbaratado de gusto viendo en medio del redondel a Joaquín Rodríguez, por otro nombre _Costillares_, o a José Delgado, mi amigo queridísimo, por otro nombre _Pepe-Hillo_. Me parece que le estoy mirando cuando el toro se ceñía. Entonces tenía que ver su serenidad y destreza, ji. Él lo llamaba de frente, tomando la rectitud de su terreno conforme las piernas que le advertía la fiera, y luego que le partía, ji, le empezaba a cargar y tender la suerte, ¿entiendes? Con este quiebro, el toro se iba desviando del terreno del diestro, y cuando llegaba a jurisdicción, le daba el remate seguro, ji, ji, ji.

Con las cabezadas que daba don Felicísimo brillaban sus ojos en el semblante plano como los agujeros de una palmeta. Al mismo tiempo su mano, armada de tenedor, tomaba las actitudes toreriles amenazando el vaso de vino, puesto en el lugar del tintero.

—Señora, usted se aburrirá con esta conversación mía —dijo el anciano contemplando a Jenara, que permanecía con los ojos bajos—. Como aquí no hay cumplimientos, que es palabra compuesta de _cumplo_ y _miento_, ni las pamemas que llaman etiqueta, yo hablo de lo que más me gusta, ji. Este buen _Tablas_ es un chiquilicuatro que por no tener alma no ha emprendido el oficio de mirar cara a cara a la cuerna, y está de demandadero en la cárcel de Villa. Si no tuviera el defecto de coger sus monas los lunes y aun los martes, sería un cumplido muchacho, siempre que se corrigiera del vicio de sobar las cuarenta.

Tablas se ruborizó al oír su panegírico.

—Jenara, venga usted a cenar —dijo Sagrario entrando—. Deme usted su mantilla.

Don Felicísimo había concluido.

—Hija, ¿ha venido esta tarde el padre Alelí? —preguntó.

—No ha parecido su reverencia.

—¿No se sabe nada de la pupila de Benigno Cordero, que está con pulmonía?