Los apostólicos

Part 12

Chapter 124,186 wordsPublic domain

Aquel mismo día corrió por Madrid la noticia de haberse escapado de la cárcel de Villa el preso que ya estaba destinado a la horca. Jenara se alegró tanto cuando Pipaón se lo dijo, que al instante salió a la calle para felicitar a don Celestino. Hacía ya dos semanas que había empezado a perder el miedo, y salía de noche a pie acompañada de Micaelita, vestidas ambas en traje tan humilde que difícilmente podían ser conocidas.

Después de dar la enhorabuena a don Celestino y a su hija, regresó a casa de Carnicero y se entretuvo escribiendo algunas cartas. Pipaón la visitó en su cuarto, donde hablaron un poco de la política. Jenara fue luego a ver cenar a don Felicísimo, operación que le hacía gracia por las singularidades y extravagancia de aquel santo hombre en tan solemne instante, y le halló sumamente ocupado con un alón que por ninguna parte quería dejarse comer, según estaba de cartilaginoso y duro.

—¡Bomba, señora...! —dijo Carnicero picoteando el hueso por aquí y por allá, de modo que unas veces se lo ponía por bigote y otras lo tascaba como un freno—. En Portugal el señor don Miguel está apretando las clavijas a aquel insubordinado reino. Ahora dicen que vendrán del Brasil don Pedro y doña María de la Gloria a disputar la corona a don Miguel... Quisiera yo ver eso... Sigue, querido Tablas, lo que me estabas contando, que esta señora no puede ser insensible a las glorias del toreo, y si es verdad, como dices, que ese muchacho rondeño...

Tablas aseguró que el muchacho rondeño que acababa de llegar a Madrid y se llamaba Montes, por sobrenombre _Paquiro_, era un enviado de Dios para restablecer la decaída y casi muerta orden de la tauromaquia. Dijo también que cuando Madrid le conociera bien sería puesto por encima de todos sus predecesores en aquel arte, incluso Pepe-Hillo y Romero, pues tenía todas las cualidades de los antiguos y aun algunas más, siendo autor de varias suertes y reglas, y de un toreo nuevo...

—Por lo que deberá llamarse —dijo don Felicísimo riendo como un bobo— el Moratín de la muleta.

Algo más se habló de este tema, aventurando en él Jenara algunas observaciones; mas como esta dijera que se verificaría una _revolución_ en el toreo, se enfadó Carnicero al oír la palabra, y dijo que no habría revoluciones en nada, y que bien estaba el mundo como estaba, aunque estuviera sin toros. Dio Jenara su asentimiento, y mientras el anciano tomaba sus últimos bocados, se entretuvo en observar la habitación, pues nunca se cansaba de mirarla ni de reconocer la extraordinaria concordancia que había entre ella y su habitador, de tal manera que así como el capullo es molde del gusano, así parecía que don Felicísimo había hilado su despacho envolviéndose en él. Detrás del sillón de la mesa había un largo estante del tamaño de la pared, cuyas puertas tenían, en vez de vidrios, rejillas de alambres, y por los huecos de estas asomaban sus caras amarillentas los legajos, como enfermos que se asoman a las rejas de un hospital. Muchos tenían cruzados de cintas rojas y cartoncillos colgantes con rótulos. Algunos estaban tendidos horizontalmente, semejando, no ya enfermos, sino verdaderos cadáveres que no volverían a la vida aunque les royeran ratones mil; otros estaban inclinados sobre sus compañeros, como borrachos o mal heridos, y los menos aparecían completamente erguidos y derechos. Estos eran los que se asían a las rejillas, y aun echaban fuera sus cintas rojas cual si meditaran una evasión arriesgada. En el más alto andamio de la sepulcral estantería, Jenara vio una colección de objetos que semejaban tinajas negras, alternando con otros que, si no eran avechuchos disecados, lo parecían. Eran los sombreros que había usado don Felicísimo en su larga vida, y que en aquel retiro estaban gozando de una pingüe jubilación de polvo y telarañas, ilusionados aún con remozarse y pasar a cubrir las cabezas de otra generación menos ingrata.

Todo lo que decimos iba pasando por la fantasía de Jenara, y después esta se fijó en la mesa, donde aquella noche había, no ya un montón, sino una cordillera de legajos por cuya recortada cima aparecía de vez en cuando la cara de don Felicísimo, iluminada de lleno por la lámpara, como luna que platea las cumbres de los montes. En aquella altura, que podría ser Calvario, estaba el Cristo de la espalda en llaga y del cuello en soga, y era de ver cómo volvía su rostro ensangrentado hacia la pezuña de macho cabrío, pidiéndole misericordia, y cómo no hacía maldito caso la pezuña, solo ocupada en oprimir duramente, cual si quisiera patearla, una carta en cuyo sobrescrito se leía:

_Al señor don Jaime Servet. — Posada del Dragón._

XXIII

Jenara no vio tal carta. Llamáronla a cenar y cenó. Después doña María del Sagrario, siguiendo su tradicional costumbre, que por lo infalible debía haberse puesto en el Almanaque, se quedó dormida en un sillón, mientras Micaelita y Bragas, que acababa de entrar, se secreteaban de lo lindo en el comedor. La dama huésped esperó a que Tablas y la criada cenasen también para ir con aquel al rincón de los muebles viejos, donde solían hablar de cosas reservadas. Llegó la ocasión, y Tablas, que obedecía servilmente a la señora y era como un esclavo, por la cuenta que le tenía, contestó a las apremiantes preguntas de esta manera:

—Fue a las dos en punto. El señorito don José, el señor don Celestino y yo habíamos convenido en que las dos era la mejor hora. Yo di al carcelero las onzas que me dio el señor don Celestino y el carcelero pidió más, y le llevé más, luego dijo que no era bastante, y se le dieron otras pocas onzas. Al preso le llevé las mangas con galones de teniente coronel, y la gorra de cuartel, que eran el trapo para engañar a cualquier carcelero de sentido. Ya se le había llevado puñal y pistola y un cinto de onzas, que son la mejor brega para parar los pies a la justicia y hacerla que obedezca al engaño. El carcelero y yo habíamos convenido en correr el cerrojo sin echarle el gancho, y don Salustiano tenía ya una cuerda para descorrerle desde dentro. Para que no hiciera ruido, untamos de aceite al cerrojo. El preso salió: yo no sé cómo se las compuso para que no ladraran los dos grandes perros que se quedan todas las noches en el pasillo. Debió echarles pan o hacerles maleficio, porque aquellos animales no se empapan en el engaño. Ello es que bajó, y por la escalera se le apagó la luz y tuvo que volver a subir para encender otra. Yo le sentía desde abajo, y no me atrevía a ayudarle ni a decir esta boca es mía, por miedo a que los carceleros se escurrieran fuera percatándose del engaño. Todos habían recibido sus pases de dinero para que se atontaran; pero yo no tenía confianza y estaba con el alma en un hilo, esperando a ver qué tal se portaba la cuadrilla. Por fin, señora, apareció el preso en la sala de guardia de la cárcel donde estábamos varios, algunos vendidos y otros que no se habían dejado comprar, echándoselas de bravos y boyantes. Yo les había convidado a beber, y estaban un poco fuera de la jurisdicción del tino. Al ver al preso se quedaron pasmados. Venía con la capa terciada, enseñando la manga derecha y los galones de oro. En aquella mano traía un puñal, y en la otra la muleta, o sea un puñado de onzas. ¡Qué momento! Don Salustiano arrojó al suelo las onzas y amenazó con la herramienta, gritando: «¡_Onzas y muertes reparto_!... Allá voy».

Había sonado la campanilla, y Tablas, interrumpiendo su relación, corrió a abrir. Aquella noche venía más gente que de ordinario a la misteriosa tertulia de don Felicísimo, y la campanilla no sabía estar callada ni un cuarto de hora.

—Pues decía —añadió Tablas— que al ver las onzas por el suelo y el puñal en el aire, se quedaron todos parados, ciñéndose en el engaño sin saber si atender al oro o al hierro, al trapo o al estoque. Pero la mayor parte se fueron al capote y anduvieron un rato a cuatro pies. Otros quisieron cortar el terreno. Ya el preso tenía la llave en la cerradura para abrir la puerta... Esta llave se había hecho días antes por moldes de cera que yo saqué...

La campanilla volvió a sonar. Jenara hizo un gesto de impaciencia. Cuando después de abrir volvió Tablas, dijo a la señora con mucho misterio:

—Ahí está.

—¿Quién?

—El de ahí enfrente.

—¿Pero quién es el de ahí enfrente?

—El culebrón con pintas... Viene muy embozado en su capa, y le acompaña un cura.

—¿Pero quién?

—El que se casó con la jorobada, el degollador de España, Calomarde, señora.

—Bien, siga usted.

—Puso la llave en la cerradura; pero en esto, el bribón de Poela, que es el que había tomado más varas, quiero decir más onzas; se fue a él con muchos pies y le tiró a matar con un puñal. Felizmente no le hirió, porque el preso llevaba sobre el pecho la tapa de un misal. Pero con el encontronazo, la llave se le cayó de la cerradura y de la mano. Yo hice un cuarteo, apagué la luz, recogí la llave, se la di, abrió él a fondo, sin vacilar. En un mete y saca quedó hecho todo, y digo mete y saca porque don Salustiano, después de abrir, tuvo alma para sacar la llave, salir y cerrar por fuera. Lo que pasó en la calle no lo sé; pero, según entiendo, ya está ese caballero en corral seguro. En la cárcel hubo luego porrazos, caídas, puños y varas. Yo saqué un rasguño en esta mano. Vinieron dos Alcaldes de Casa y Corte, y estuvieron tomando declaraciones... a mí con esas. ¡Buen trasteo les dimos! Yo, aunque me citaban sus mercedes sobre corto y sobre largo, y a la derecha y a izquierda, no quise embestir a la palabra, y me callé como un cabestro.

Apenas concluyó el atleta, oyose allá en el fondo del pasillo una voz que decía: «¡Luz, luz!».

Era que aquella noche, como en otra ya mencionada, la lámpara que alumbraba el congresillo furibundo resolvió apagarse, y de nada valieron contra esta determinación autocrática las exclamaciones y protestas de don Felicísimo. Es fama que la luz comenzó a palidecer precisamente cuando la tertulia llegaba a su grado más alto de calor político y de cólera apostólica, por lo que, contrariados todos al ver que desaparecían las caras, clamaban en tonos distintos: «¡Luz, luz!».

Allá corrió Tablas, y sacando la lámpara les dejó completamente a oscuras, mas no callados. Salía de la sala un murmullo impaciente, del cual Jenara no pudo entender cosa alguna. Cuando volvió Tablas llevando en alto la lámpara encendida, como el coloso antiguo alumbrando el puerto de Rodas, la dama pudo ver por la entornada puerta las sombras que se movían en aquel antro blanquecino. Conoció a algunos, y haciéndose cruces, se apartó de allí y dijo:

—¡También don Juan Bautista Erro!

—Y el señor obispo de León —murmuró Tablas—. Es el que mete más ruido y el que, cuando yo entré, decía: «Para nada hace falta la luz».

—Tiene razón. Para nada les hace falta. Y si no que se lo pregunten a los topos.

Después de que supo cuanto podía saber de la evasión de Olózaga, intentó pescar algunas frases de las que en la sala se decían. Acercose y puso atención; pero el espesor de las antiguas puertas no permitía que se oyeran palabras. Aburrida, dio algunos paseos por el corredor blanco, en el cual los puntales interrumpían a cada instante la marcha, y los ladrillos del piso tecleaban bajo los pies. Sobre el yeso veíanse las correderas, que de noche salían de las infinitas grietas de la casa para hacer sus excursiones, y el gato corría cazando, trepaba por las vigas y desaparecía por ignorados agujeros, para reaparecer en la habitación más lejana, o bien se estiraba perezoso en el rincón de los muebles viejos, donde sus ojos brillaban como dos gotas de oro encendido. Cuando alguien andaba por los pasillos con paso muy vivo, sentíase un estremecimiento temeroso en la casa toda, y los puntales parecían temblar, como los músculos del atleta que hace un esfuerzo grande, y caían algunas cascarillas de yeso de las paredes y el techo. La cara tenía, pues, sus palpitaciones súbitas y sus corazonadas nerviosas.

Jenara se retiró a su cuarto y apagó la luz, fingiendo que se acostaba. Cuando los apostólicos salieron, y se fue Pipaón y se encerró en su dormitorio don Felicísimo, la dama salió envuelta en manto negro y andando tan quedamente, que sus pasos no se sentían más que los del gato. Vio a Tablas, le habló en secreto, indicándole que deseaba salir sin que nadie lo supiera en la casa, vaciló un momento el gigante; pero su venalidad fue también llave de aquella evasión, no tan cara como la de Olózaga. ¿A dónde iba la aventurera? ¿A su casa que continuaba puesta y servida, como si ella estuviera de viaje, o a otra parte misteriosa y no sabida de ser alguno vendido ni por vender? Lo ignoramos. Este es un punto en el cual todas nuestras pesquisas y diligencias han valido poco, y al tratarlo sin conocimiento nos ocurre decir, como los apostólicos: «¡Luz, luz!».

Al día siguiente muy temprano, cuando don Felicísimo y su hermana se levantaron, Jenara estaba en casa; pero salió muy tarde de su habitación, porque había pasado, según indicó, muy mala noche. Cuando fue a saludar a Carnicero, este le dijo:

—¡Qué mala noticia tenemos hoy! Ese bribón de Olózaga, que se escapó de la cárcel de Villa, no parece. Se ha revuelto todo Madrid... ¡Ah!, es que no se habrá revuelto bien. Si la policía supiera cumplir con su deber... Por cierto, señora mía, que anoche uno de los amigos que me honran viniendo a mi tertulia me habló de usted... Por de contado, señora, ni las moscas saben que está usted en mi casa.

—¿Y no se puede saber por qué motivo me tomó en boca ese amigo de usted?

—Ese amigo —dijo Carnicero— sostiene que usted debe saber dónde se oculta Olózaga.

—¿Yo? Su amigo de usted es tonto rematado. ¡Qué sandeces se permiten algunas personas!

Y no dijo más porque, habiéndose acercado a la mesa de don Felicísimo, tenía los cinco sentidos puestos en el sobre de la carta que bajo la pezuña estaba.

—Tablas, Tablas —gritó a la sazón el anciano—. Pero, hombre, ¿que nunca has de estar aquí cuando haces falta...? Toma, ve, corre, lleva esta carta a la posada del Dragón.

Y levantó la pezuña de macho cabrío para tomar la carta, que, violentamente oprimida por aquel pesado objeto, parecía hallarse a punto de reventar echando fuera todas sus letras.

—Pues sí, señora mía —prosiguió don Felicísimo luego que marchó Tablas con el recado—. Eso me decía mi amigo, y me lo repitió tres veces... «Ella debe saberlo, ella debe saberlo, y ella debe saberlo...». Y que le apearan de esto.

—Su amigo de usted —replicó Jenara— será un gran farsante y un perverso calumniador, porque esto envuelve una calumnia, señor Carnicero.

Y era verdad que la dama aventurera no sabía dónde se ocultaba el que después fue insigne tribuno y jefe de un partido. Siendo ella una de las personas que más ayudaron en el oscuro complot de la evasión, no fue partícipe del secreto del escondite, el cual, por excesivamente delicado y peligroso, no salió de la familia. Hoy se sabe que Salustiano, al salir de la cárcel, cerrando por fuera la puerta, tropezó con un nuevo obstáculo, el centinela. Estaba concertado que un amigo, fingiéndose asistente del supuesto teniente coronel, entretendría al centinela contándole cuentos. Pero este amigo había faltado, y el centinela se paseaba solo a la claridad de la luna, que aquella noche brillaba de un modo tan poético como importuno. Un _buenas noches, centinela_, pronunciado con serenidad asombrosa, salvó a Salustiano de este nuevo peligro. Avanzó tranquilamente, y en la esquina de la calle de Luzón se le unió un amigo que le aguardaba. Por las calles menos concurridas se apartaron a buen paso de la cárcel, dirigiéndose a la vivienda destinada a servir de refugio al fugitivo, la cual era una sombrerería de la Puerta del Sol. Llegaron al centro de Madrid, y vieron que en el Principal se agolpaba la gente. Ya se tenía allí noticia de la escapatoria. Olózaga tuvo que dar un rodeo de un cuarto de legua para dirigirse a la sombrerería, entrando en la Puerta del Sol por la Carrera de San Jerónimo, y al fin se vio seguro en el asilo que se le había preparado. Baráibar se llamaba el sombrerero, patriota generoso, que guardó el secreto con fidelidad admirable y supo arrancar al absolutismo una de sus víctimas. Escondido en el sótano de la tienda, estuvo Salustiano muchos días, mientras se preparaba el no menos difícil ardid de ausentarle de España. Había trocado una prisión por otra; pero en esta última, la esperanza, la idea de libertad y de triunfo, le acompañaban en las solitarias horas. Por las noches, contra la opinión de su amigo Baráibar, que temblaba con las temeridades de Olózaga, este se disfrazaba hábilmente y se salía del sótano y de la casa, no precisamente para pasearse por Madrid, sino para correr a misteriosas citas, en que no tenía participación la política. Como estas atrevidas expediciones nocturnas son de un carácter reservado, debe interponerse entre ellas y la luz de la historia la pantalla de la discreción; y así, doblando esta página, solo escribiremos en ella: «Oscuridad, oscuridad».

XXIV

—¡Barástolis, mayoral, que ya estamos casa; pare usted, pare usted!

Esto decía don Benigno, y al punto el desclavijado vehículo se detuvo en lo más fragoso de un caminejo lleno de guijarros y junto a una tapia carcomida. Bajaron todos molidos y aporreados, y don Benigno enderezó la caminata hacia la casa, que distaba como dos tiros de fusil del lugar donde había parado el coche. Cada uno de los chicos iba abrazado con su hucha, y entre todos conducían mal que bien los cinco perros de Crucita. Esta no había querido confiar a nadie sus dos gatos, y por el camino no había cesado de echar maldiciones contra el mayoral, el camino y el coche, que era una verdadera fábrica de chichones.

El panorama de la finca se presentó de un golpe a la contemplación de los viajeros. Don Benigno no cabía en sí de gozo, y a cada paso decía a Sola:

—Vea usted cómo están esos almendros... ¿Quién diría que esos olivos no tienen más que diez años?... Aquellos otros, que aún son estacas, los planté yo por mi mano tres años ha... Mire usted a la derecha; pues aquello es lo del tío Rezaquedito, tierras que vendrán a ser mías el año que viene.

La casa era de labor, medianamente arreglada para vivienda cómoda. Tenía una huertecilla, a la que daba frescura y sustancia el agua clara de una noria. Más allá había un prado muy lucido, en el cual pastaban algunos carneros, y las gallinas en bandadas, que regía un arrogante y enfatuado gallo, recorrían libremente todo, olivar, viñas y prado, respetando la huerta, donde les prohibía la entrada, con muy mal gesto, una cerca de zarza erizada de púas.

El sitio no era prodigio de hermosura, pero sí muy agradable, y tenía los inapreciables encantos de la soledad, del silencio campesino y del verdor perenne, aunque un poco triste, de los olivos. Los horizontes eran anchos, la luz viva, el aire puro y sano. Todo convidaba allí a la vida sosegada y a desencadenar de tristezas y preocupaciones el espíritu, dejándole libre y a sus anchas.

Interiormente la casa valía poco; pero Sola, en cuanto la vio, hizo mentalmente la reforma y compostura de toda ella, prometiéndose ponerla, si la dejaban, en un grado tal de limpieza, comodidad y arreglo, que podrían allí vivir canónigos y aun obispos. Todo lo observaba ella, y si al principio no decía nada, cuando Cordero le preguntó su opinión, no pudo menos de darla, diciendo:

—¡Qué bien vendría aquí un tabique...!, y abrir allá una puerta..., y alargar este corredor, poniéndole escalera exterior para bajar a la huerta..., y en la huerta yo plantaría una fila de árboles que dieran sombra a la casa por esta parte..., y quitaría el gallinero de donde está para ponerlo allá en el fondo del corral, donde están las mulas... Hay que cuidar mejor de la huerta y componer esa noria, que sin duda es del tiempo de los moros.

Todo esto lo oía extasiado don Benigno, prometiéndose formalmente hacer las reformas indicadas por Sola y aun algunas más.

Desgraciadamente para él, no podía estar en los Cigarrales sino un par de días, porque le precisaba volver a Madrid; pero ¡qué feliz sería cuando volviese definitivamente a sus queridas tierras para pasar todo el verano! Sí, sí, sí: era ya cosa decidida en el espíritu del bueno del comerciante liquidar cuentas, traspasar la tienda, renunciar al comercio y hacerse labrador para el resto de sus días. Estos dulces pensamientos le hacían sonreír a solas.

La historia cuenta que don Benigno regresó a Madrid sin que le ocurriera nada de particular en su viaje, dejando buenos y sanos, y además muy contentos, a los que en los Cigarrales se quedaron. También dice que vendió muchos encajes en la temporada del Corpus, y que allá por los últimos días de junio el héroe hizo entrega de la tienda a un amigo de toda su confianza, y se dispuso a partir para Toledo con sus dos hijos, Primitivo y Segundo, que ya estaban de vacaciones, con buenas notas y las correspondientes huchas llenas de dinero. Para colmo de dicha, el padre Alelí, a quien los médicos de la Orden habían prescrito sosiego y campo, se disponía a acompañarle a los Cigarrales. ¿Qué faltaba? Solo faltaba para poner la veleta al edificio de la felicidad Corderil que se resolviera un asunto del alma, un problema de corazón, del cual pendían todos los demás problemas, cuestiones y proyectos del héroe de Boteros. Una de las dificultades más graves, que era la de la enunciación o planteamiento verbal del problema, estaba ya vencida, porque don Benigno halló un medio excelente de vencer, o mejor dicho, de esquivar su timidez, y fue escribir a Sola una larga carta cuando ella se hallaba en los Cigarrales y él en Madrid.

La carta era tan fina, tan discreta y comedida, que no vacilamos en reproducir algunos párrafos de ella. Decían así:

«Esto que siento no es una pasión de mozalbete, que sería impropia de mi edad: es un afecto que empezó siendo compasión, y poco a poco se fue volviendo un tanto egoísta; luego se robusteció con admiraciones de las virtudes de usted, y más tarde se hizo fuerte con la consideración de asociar a mi vida una vida tan útil por todos conceptos, y que me traería tan gran dote de riquezas morales y de méritos positivos.

»Aquí, apreciabilísima _Hormiga_, viene por sus pasos contados las cuestión del agradecimiento. Usted dirá que lo tiene por mí, y yo replico que mayor debe ser el mío, porque los favores que me ha hecho son de los que no se pagan con nada del mundo. Usted ha criado a mis hijos, usted ha ordenado mi casa, usted ha hecho agradable, fácil y metódica la vida. Y quien tanto ha hecho, quien tanto merece, ¿no ha de tener una posición digna en el mundo? Sí, y mil veces sí. Huérfana y sola, pobre y sin más tesoro que sus virtudes, su amor al trabajo, su tierna solicitud por todas las criaturas débiles o enfermas, usted ha cautivado mi corazón, no con afecto ardiente de esos que más bien hacen desgraciados que felices a los hombres, sino despertando en mí un sentimiento puro, en el cual se enlazan el amor y el respeto, la consideración y la ternura, el deseo vivísimo de ser feliz, y el más vivo aún de hacer feliz, rica, considerada y señora a quien ya tiene en su alma todas las señorías de Dios.

»No me conteste usted por escrito. Medite usted mi proposición, y cuando yo vaya, que será dentro de ocho o diez días, me responderá verbalmente y con una sola palabra; en la inteligencia, apreciable _Hormiga_, de que si mi proposición mereciera una negativa, siempre sería usted para mí lo mismo que ahora es, la primera y más santa de las amigas, y siempre sería yo para usted el mismo leal, admirador y ferviente amigo,

_Benigno Cordero_».

Muy satisfecho y descansado se encontró el hombre después de escrita la carta. Leída y aprobada por el padre Alelí, don Benigno la entregó por su propia mano al ordinario de Toledo. Aquel día vendió muchos encajes. Dios estaba de su parte.

XXV