Part 2
Es preciso destruir esa leyenda del sabio distraído que se deja mutilar por un vehículo. Por un Curie habrá miles de necios aplastados. Los atolondrados son los otros. El distraído es un sujeto que ideológicamente —y en el sector sentimental— pertenece a la masa, es masa todo él, desde los conceptos políticos y taurinos hasta el dibujo de sus corbatas. Al sabio nada le preocupa, ni siquiera la advierte, esa porción de materia común que envuelve su rica lumbre personal; el hombre vulgar sí la advierte, porque en él es todo masa, y solo al amarla se ama a sí mismo. Por eso la defiende contra cualquier cinceladura ajena. Cree que en esa porción común radica todo él, y la pasea altivamente como se pasea un gabán estandarizado. Capaz es de entregar a todas horas su inteligencia al tópico, pero se resiste a someter sus pasos a la pauta municipal. La gran muchedumbre se nutre de pequeñas rebeldías, mientras al sabio y al discreto solo les estimulan las grandes.
—Muchas veces me hurté a desconocidos que se acercaban a hablarme, tomándome por un amigo. Fui saludado por centenares de ciudadanos miopes, a quienes nunca había visto. Padezco todos los peligros del hombre-tipo, sin las felices características del arquetipo. Mi característica es no tener acento, ese acento que añade a la estatura un codo, por quien las letras alzan la frente y se hacen reinas del vocablo.
Ahora, tres Renault, dos carretillas de mano, una motocicleta y diecisiete Fords se detienen a contemplar el desfile de una institutriz, que arrastra a dos niños, y el de un botones. Hace dos siglos a este botones y a esa institutriz les hubieran propinado muchos puntapiés los lacayos de alguna favorita de turno. Conquista de los tiempos, a la que no corresponde la masa con un asiduo aprendizaje del arte de moverse en la vía pública sin producir nudos y elipsis. Admito —sigue pensando Arturo— que este público dinamismo atente contra la personalidad, que llegue acaso a destruirla, pero, en cambio, robustece la expresión colectiva. Puesto que hoy sea inexorable admitir el dominio de la masa, ¿por qué no trabajar por hacerla más bella?
—Por eso inventé ese medio pintoresco de identificación. Soy el hombre que no tiene señas personales. Ya que no puedo ofrecer un rostro, ofreceré al menos una firma. De mi cara se tiraron millones de ejemplares, en ediciones económicas. Y de mis ideas. Y de mis ademanes. Yo no soy un individuo. Soy un universal ambulante. Es decir: ¡Nadie!
* * *
De pronto, para Arturo, todo el paisaje ciudadano enfila sus ritmos en un solo sentido, en el de una mujer que avanza cortando gentilmente cada grupo en dos porciones. Como esa granalla de hierro disciplinadamente repartida en torno a la barra magnética, más cerca o más lejos de ella, según índices de docilidad y ligereza, así la burocrática muchedumbre se va situando, al paso de esta mujer, según una escala de sordas vehemencias harto tiempo adormecidas entre facturas y legajos, despiertas ahora, al aire libre, frente al ondulante panorama.
Y el surco abierto tras ella lo van llenando algunos manoseados, cursis, desfallecidos piropos, como de gentes en ayunas, arriada la fantasía, cegados los grifos de la jovialidad.
—Creo en la felicidad del anónimo —contesta por fin Arturo—. La tortura de la personalidad, ¿por qué sentirla tan obstinadamente? Quizá el individuo, en absoluto personal, no existe. Si persistimos en mantenerlo en un punto de nuestra vida, nos petrificamos. Si lo dejamos transformarse demasiado, nos tropezamos siempre con una legión de nosotros mismos que entorpece nuestro momento actual, que constituye un peligro para nuestra libertad de hoy.
—Consuela oírle. ¿Usted escribe?
—De ningún modo.
—Lo hubiera jurado.
—Soy profesor de filosofía, pero vi que es más divertido —y productivo, ¿sabe?— inspeccionar siniestros.
—¿Cómo?
—Formo parte de una Sociedad de seguros contra incendios. Actúo siempre en regiones devastadas. Después del último bombero.
—¡Qué raro!
—Conozco a los hombres al borde de una catástrofe. Me interesan más sus violentas reacciones que sus actos normales. Aunque siempre son muy divertidos. Los hombres suelen ir almacenando pasado. Cuando les pesa mucho, quisieran abandonarlo, pero temen hacerlo porque lo creen ya materia propia; como sienten abandonar un diente maltrecho. Y aun comprendo que se tenga más cariño a un dedo propio que a toda la humanidad; lo que no comprendo es por qué se fija ese cariño en un montón de despojos acumulados.
—Toda la vida del hombre es un esfuerzo desesperado por afirmar su existencia, por dejar surco de ella. Este es el pobre recurso de los artistas.
—¡Bah! Los artistas son unos infelices locos que gastan aturdidamente su vida real en fabricarse una posible. El artista es una deliciosa aberración de la humanidad. Cree, sencillamente, en otra vida y suele sacrificarle esta como un iluminado anacoreta. Teme petrificarse, y no recuerda que su último pago —también posible— ha de ser una estatua de piedra, construida por algún camarada que, al crearla, afirmará que aquello es su obra más personal. Y el primer artista solo habrá logrado servir de escalafón para que suba el segundo más de prisa. Me he extraviado.
—Siga, siga.
—Creo que puede usted salvarse a fuerza de anécdotas. La acción reconstruye, zarandea, remueve, modifica. Ensaye a obrar activamente: le surgirán actos originales. Y con el acento, la expresión. Y con la expresión, la fisonomía. Métase en danza. Déjese ya del ser y del no ser. Eso está muy anticuado. Obre.
—He ensayado sin éxito. ¿Usted cree...?
—Firmemente.
—Me anima usted mucho. Venga por mi casa. Ahí tiene mis señas. Le espero a cenar esta noche.
—Iré.
* * *
Desde el velador, oculto en la metafísica maraña de problemas que suscita el hombre firmado y rubricado, sigue avizorando Arturo la menuda tempestad callejera provocada por el tránsito de Rebeca. La amante es ahora un termómetro donde poder medir los grados de febril irradiación, la pureza de contornos, la dinámica gallardía de cada hembra transeúnte; pero también los de procacidad de cada súbito admirador.
Traza Rebeca en la plaza una firme diagonal, y se interna en los soportales a tiempo que advierte la presencia de Arturo. Y entonces todos sus ademanes se embozan en una nube de más refinada coquetería, como si de pronto quisiera oscurecer el rico botín de sus encantos, envolviéndolo, como en un delgado papel de seda carmín, de un pudor visible no solo en las mejillas y en las inquietas manos, sino en toda su juguetona fábrica.
Y entonces, los soportales adquieren una preciosa calidad de claustro en que la amada transeúnte se va ofreciendo por grados, en progresión decreciente, resurgiendo bajo los arcos sucesivos que añaden a cada aparición un poco más de seductora lejanía.
Y aunque el primer impulso de Arturo, al ver surgir a Rebeca, es lanzarse tras ella a recoger en sus manos la brasa de aquellas, tan expertas en artes de acariciar, no se mueve del asiento; le contiene el riguroso veto según el cual ambos amantes deben confinar su deleite en un rígido programa del que están excluidos todos los azares.
La aventura es desterrada de este amor. Los encuentros fortuitos no deben ser aprovechados, puesto que ya en el plan erótico se apuntan los precisos para, sin agotarlo, seguir paladeando el goce. (Arturo jamás quiso averiguar las causas de este veto, por no dar de bruces con alguna doméstica trivialidad, con la pobre anécdota conyugal, con algún romántico impulso incomprensible). Refrena su vehemencia, progresivamente dulcificada según avanza la serie de sucesivas Rebecas, cada vez más borrosas; y el placer de acercarse a ella, de sumergirse en su estela voluptuosa, es vencido por el de contemplar el cuadro favorito desde muchas distancias, y a distintas luces, multiplicando y refinando así su goce, consumado catador de vivas plasticidades.
Ya al quinto arco, de la total estructura se han perdido deliciosos fragmentos. Al séptimo arco, aún se divisa el guiño picaresco de los ojos, el garabato rosa de la mano que traza en el aire una frase de adiós impronunciada.
Por fin, de aquella vibrante sucesión de imágenes, solo queda el luminoso residuo de un pañuelo perdido poco a poco en la cromática red, hasta poder ser confundido con otro cualquiera, como en los andenes. Pero Arturo sigue paladeando algún tiempo el postrer sorbo, el más sabroso, de aquella copa emocional bebida en progresión aritmética descendente.
Porque este tránsito de Rebeca a través de las pilastras que la ocultan y descubren rítmicamente, haciendo más deliciosa su aparición, hoy dos veces discreta, es una imagen acabada del otro gran tránsito de su belleza palpitante a lo largo de la vida de Arturo, iluminada a trechos por la blanca desnudez de su amante.
Aquella hora resume toda una juventud, como aquellos soportales juegan el papel de días, días anodinos, opacos, en que Rebeca se oculta en su otra vida oscura, doméstica, acaso conyugal alternados con la sucesión encantadora de los de verla en el refugio de una dulce intimidad: de uno de esos —como el de hoy— en que todas las horas giran locamente en torno a una, las siete de la tarde, pidiéndole un poco de su jocunda irradiación.
—¡Las siete! ¡Las siete!
Suenan las dos palabras en el oído de Arturo como el jovial tañido de una bocina de _Rolls_ que desde lejos reclama virilmente paso libre al tropel de horas monótonas, pesadas, carretas crujientes, camiones grasientos, que cruzan lentamente la luminosa carretera del día. Una hora ardiente, brusca, impetuosa, que irrumpe en la tarde, atropellándolo todo con su cínica desenvoltura.
3 Amor disperso
La escalerita del placer suele ser sórdida, oscura, como suele ser reverberante, magnífica, la escalera del fastidio. La escalerita del placer es un breve tránsito entre la acera y unos brazos ardientes; la escalera del fastidio suele ser el preludio de una frívola comedia que principia en unas orondas libreas y termina en la falsa sonrisa de un caballero gran cruz.
Arturo sube precipitadamente la escalerita del placer; angosto desfiladero entre los valles multitudinarios y la solitaria cañada donde una mujer le apaga con besos la última frase inútil arrastrada de la calle.
De pronto, todas las palabras recobran su sentido esencial. O son meros balbuceos. Y todos los ademanes. El instinto, en suma vibración, los armoniza, los ordena en el más sencillo pentagrama. El idioma se reduce considerablemente: bastan algunas infantiles interjecciones.
Y algún vocablo preñado de sentido histórico. He aquí uno:
¡Incendiaria!
Es el requiebro favorito de Arturo, hallado en cierta excursión profesional, extraído del bloque de textos conminatorios que nutrían su léxico en las horas de faena, como se suele extraer un gramo de _radium_ de entre algunos quintales de mineral.
Al principio se le ofreció en forma de insulto. Pero un insulto se convierte fácilmente en un piropo: basta con una dulce inflexión de voz. Arturo era ya entonces inspector de _El Cisne_, Sociedad de seguros, y se hallaba investigando en el subsuelo ético del propietario de _La Rosa Blanca_, almacén de tejidos, las verdaderas causas del sospechoso incendio que había reducido a pavesas el establecimiento.
Arturo realizaba una función intermedia entre el confesor y el buzo. ¡Dura tarea la de extraer de una conciencia tan turbia este grave pecado de inmoralidad mercantil! El incendio se había producido en un sótano donde fueron halladas, aún humeantes, algunas piezas de percal muy pasado de moda. Arturo había bajado al sótano a solas con el propietario de _La Rosa Blanca_, cierta sinuosa viuda de treinta años que asistía en silencio a la enojosa exploración. Arturo acumulaba artículos del Código, argucias tomadas del pliego de instrucciones para inspectores de seguros, invitaba a la viuda a llegar a un acuerdo...
En la escaramuza brotó la palabra definitiva:
—¡Incendiaria!
Al apóstrofe le faltó su punto preciso de severidad, y quedó en el mismo instante convertido en una apasionada declaración de servidumbre. Allí perdió _El Cisne_ gran parte de su prestigio: todo por el matiz poco claro de un insulto.
Más tarde, frente al tablero de libros de 2,50 pesetas, Arturo ensayó su requiebro en una desconocida...
Su reiteración a flor de oído provocó en ella un atisbo de llama. Arturo acudía a la feria a adquirir unas tablas de logaritmos, difíciles de encontrar entre aquellos volúmenes «pasionales» de la Biblioteca Antorcha que hojeaba una encantadora desconocida.
Ante los ojos de ambos se extendía el mapa sentimental del orbe entero, porque la Biblioteca Antorcha acoge en sus volúmenes a todos los enamorados del mundo, siempre que no reclamen derechos de reproducción. El momento era solemne. Sobre ellos tendían sus redes los poetas cordiales, los novelistas del sexo, los filósofos de la rebeldía.
Arturo comenzó también a remover volúmenes, a contemplar escrupulosamente los dibujos, la tipografía de las cubiertas, el año de la edición. Comprendió que su viaje a la feria de libros exigía entonces una explicación de índole emotiva, no algorítmica, y, en lugar de las tablas de logaritmos, adquirió un ejemplar de _Tristán e Isolda_. Entretanto Rebeca discutía el precio de un tomo de Jorge Sand, y pronto se hallaron los dos, frente a frente, blandiendo sendos libros de frenético amor.
Arturo recorre precipitadamente la historia, frente a este capítulo que diariamente amenaza ser el último. Una pasión cercana al desmoronamiento, que se asoma al río del tiempo, sin audacia para acabar de sumergirse. Un amor que cada tarde necesita de una fuerte dosis de deleite para seguir viviendo.
Y de un gran derroche de cautelas. El balcón entornado da una luz tan rezumada que el color nunca podrá hacer fracasar los perfiles desnudos de Rebeca. Es tan silenciosa la alcoba, que el ruidillo más tenue rozaría los nervios como un alfiler.
Ahora Rebeca divaga por la salita en contacto con ese mundo de sensaciones inéditas, que todos podríamos hacer nuestro si nos decidiéramos a llevar los pies descalzos, el cuerpo entero desnudo.
Hay entre la piel y las cosas demasiados aisladores, muchas sustancias hostiles que desvían la pura sensación, que mixtifican el deleite de tantas amorosas presiones. Apenas logra besarnos, desnuda, la rica epidermis del mundo.
La sensación se tuerce, se borra. Rodean el cuerpo muros de algodón, de cuero, de seda, de lana; atrincheran el campo táctil fosos de sombra, empalizadas de tupida materia vegetal, residuos animales, minerales. De casi todas las cosas le queda virgen al hombre la epidermis.
Ocurre hundirse en la entraña de un objeto sin haber paseado los ojos y las manos, voluptuosamente, por regiones inexploradas de la piel. Se contenta con ver pasar por ella las efímeras caravanas del color, tan enemigo del dibujo, del firme relieve. Solo ve en ella lo que apenas existe, dejando lo duradero, su pura extensión, su frágil materia encajada en los compartimientos del aire.
Apenas vislumbra sus deleites, sus amores, cuyo idioma universal posee dialectos encantadores que se llaman porosidad, elasticidad, blandura... tan salpicados de sugestiones eléctricas, magnéticas, luminosas, vibrátiles. Apenas conoce sus odios, cuyo dialecto más plebeyo es la viscosidad, y el más noble el que depura cada frase con un cincel geométrico, con frialdad de aristas que deliciosamente hacen sangrar: la dureza.
Apenas sabe que hay cuerpos blandos y duros, fríos y calientes... Pero esto es como saber que hay hombres buenos y hombres malos; es decir, no saber nada de los hombres.
—¿No vienes?
—Se me ha extraviado un pendiente.
—¡Déjalo!
¿Por qué hablarán los poetas de nieve y de alabastro al describir la desnudez de una mujer? Lo blanco no es nada. O es el refugio de todos los que fracasan ante los demás colores. Detrás de una pretensión de pureza hay siempre una larga fila de impotencias.
Lo blanco solo existe junto al negro, que también es nada. Pero dos valores negativos producen un valor positivo: el claroscuro. Rebeca es ahora un prodigio de claroscuro.
Curvada, junto a una silla, construye el arco del placer. Su cuerpo es una rama en tensión de la que cuelgan los dos menudos conos, tan sabrosos.
¿Por qué la forma cónica es en los senos más dulce de gustar que la hemisférica? Misteriosa geometría del placer. También el profundo misticismo medieval destruye la redondez de los arcos, e inventa el suyo, terminado en punta. Con una rosa de oro por dentro.
En los menudos arcos de esta encantadora fábrica el rosetoncillo va por fuera.
—¡Aquí está!
Tiembla toda la rama al erguirse. La recorre una onda fría. Corre a esconderse entre los brazos de Arturo.
* * *
Van naufragando las ideas, ausente la última tabla —la distancia entre dos cuerpos ya anulada—. Rebeca ahuyenta la última abstracción, con el último resto de su traje. Por no sentir el rubor de contemplar su hermosura, se lleva las manos a los ojos: deliciosa manera de ser casta. Una cabeza velada, sobre un cuerpo totalmente desnudo.
Pero al fin quedan libres los ojos, cuando ya solo pueden ver los ojos extraviados de Arturo.
El idioma ha perdido definitivamente su estructura. Solo algunas palabras, vacías de sentido, quedan flotando en la plena inundación.
—¡Alfredo!
Ha llegado para Arturo el feliz momento de perder su personalidad. Placer soberano de ser un hombre u otro, de ver hundirse el individuo en un golfo de vibraciones tumultuosas. Rebeca le borra todo rasgo personal, y se contenta con vagos caracteres específicos, apenas clasificables en sociedad, a los que puede ser aplicado un nombre cualquiera.
Arturo se siente resbalar por la deliciosa pendiente que le empuja a ser un ente colectivo, un número de masa, un Nadie que desmenuza lentamente su gozosa postura de hombre sin ramificaciones sociales, sin tentáculos domésticos, sin opiniones, sin prejuicios, sin pasado y sin futuro, con un fugaz y encantador presente.
Arturo es un sibarita del anónimo. Le deleita el amor vario, generoso. A cada nombre que ahora evocase ardientemente Rebeca, sentiría nacer en sí individuos nuevos, posibles vidas originales, que se van perdiendo, lamentablemente, por el mezquino y monótono placer de continuar siendo uno y el mismo. Análoga sensación de dulce desdoblamiento sentía junto a uno de esos filósofos en tan alta cumbre instalados que solo perciben de los demás mortales algo así como una bruma espiritual, producida por los diversos meteoros de una misma capa atmosférica, sujeta a parecidas oscilaciones, por la estación, por el clima, por las corrientes emocionales de una edad, a veces de una fecha.
Si Rebeca, en aquel instante cimero de la economía animal, solo veía en Arturo cierta nebulosa de materia cósmica universal, el filósofo solo advierte un hálito de espiritualidad común a una masa de individuos de parecida fisonomía, de algunos caracteres semejantes. De modo que el Arturo verdadero quedaba, en uno y otro caso, intacto; el Arturo individual y único, quedaba sin aprisionar en los moldes de la sensación y del concepto.
Si en esta trepidante coyuntura en que se dejaba definir por Rebeca, se sentía trocado apenas en la materialización genérica de «un mozo vehemente», capaz de soportar todos los nombres del santoral, en el caso del filósofo quedaba convertido en «el joven contemporáneo», en una pura abstracción innominada, lejana, como la otra de definir el total y verdadero Arturo.
Al fin él recobra su nombre, y ella —ante el espejo— recobra también su rostro perdido en la refriega. Arturo piensa en maniobras trascendentales, en ágiles tránsitos del individuo a la especie, o de la masa al número, por escamoteos de conciencia, por anulaciones nirvánicas, por resurrecciones y reencarnaciones a placer, por incubaciones artificiales en medios distintos, por adaptaciones audaces a climas inéditos.
Arturo, vacío de su propia sensualidad, en el clarividente estado del hombre que se ha dejado arrebatar su parte de elementos cósmicos, libre y ágil, en ese estado de deleite mental —el supremo— que sigue a toda amputación de un sobrante de materia, sueña con una maravillosa multiplicación del espíritu, con un espíritu excelso, libre, de infinitas acomodaciones a todos los estados, capaz de gozar de las delicias de todo el orbe.
Porque hace tiempo que a Arturo no le divierte ya contemplar su propio paisaje anímico, tan idéntico a sí mismo; querría tener a mano, como una lente nueva, unos ojos bien limpios, de recambio.
Y solo puede lograr —efímeramente—, gracias a la encantadora capacidad de olvido de su amante, cambiar alguna vez de nombre.
El idioma recobra su normal fisonomía. Aunque solo se utiliza ya para fines utilitarios.
—Hoy llevo prisa, Arturo. Tengo invitados a comer.
—Bien.
Rebeca sale precipitadamente. Desde el balcón —corridos los visillos—, Arturo la ve tomar un coche. No oye la dirección:
—Lanuza, 87.
El día se ha consumido. Cesa el último chisporroteo con el postrer bocinazo del coche. Quedan unas cenizas que Arturo contempla resignado.
Sale.
La escalerita del placer suele ser angosta, como es ancha la escalera del fastidio. Arturo vuelve a recorrer la primera, ahora muy lento. En la calle, llama a un chófer:
—Lanuza, 87.
4 Punto muerto y evasión
Los cuatro ángulos del comedor son perfectamente normales: en cada uno reposa la vista como en una vieja butaca familiar.
Hay amigos así silenciosos, ubicuos —de puro impersonales—, que nos brindan su grata acogida, con el mismo ademán, en todos los lugares del mundo: las almohadillas del tren, por ejemplo. No se duelen de ningún abandono, nos salen al paso en cada nueva coyuntura, respondiendo siempre, fieles a sí mismas, a todas nuestras exigencias de reposo.
Desde los dos ángulos fronteros a la puerta, saludan a Arturo las mismas palmeras, iguales maceteros, que siempre vio en docenas de comedores idénticos; el mismo filtro a la izquierda —porque el agua de Augusta exige todos los días una higiénica depuración— y el mismo trinchante a la derecha. Un comedor tan dócil a la pauta común, que Arturo cree haber cenado allí todas las noches. Es la pieza que se repite en los cromos de novela donde se exalta el amor a la paz conyugal.
En las paredes se ven los mismos cuadros: la merienda campestre, Ifigenia mirando al mar, el crepúsculo rojo, los corderitos de Millet... Y una lozana joven saliendo del baño.
No podía sospechar Arturo la presencia de aquel intruso elemento decorativo en el ordenado mosaico del hogar. Es un elemento que hace desafinar la pacata orquestación del comedor, como una bacante perdida en el claustro de las Huelgas.
Pero, desde la ventanilla del Banco Agrícola, solo sorpresas podían esperarse de Juan Sánchez. El lienzo es una interrogante que deja perplejo a Arturo.
—¿Qué le parece?
Juan Sánchez lo pregunta con un leve estremecimiento de inquietud. Ve a Arturo contemplar a la bañista y espía su gesto más oscuro.
—Bien.
La joven se lleva las manos a la cara, ocultándola por completo, con el mismo gesto púdico con que se ofrecería en espectáculo a un millar de espectadores. El pintor no tuvo en cuenta la absoluta soledad de la bañista, sino la trascendencia doméstica de la representación.
—Es algo atrevido, ¿no?
A Arturo le parece tan edificante como los apiñados corderitos de Millet, a pesar de la trémula desnudez de la doncella. De sobra se advierte que el dulce rubor de aquella solitaria carne juvenil, solo puede ser provocado por una acendrada fe en la presencia de Dios.
—Es una «nota de color» un poco audaz.
Arturo ve entonces una firma bajo el rosado pie que se apoya en la esterilla. Es la firma no reconocida en el Banco Agrícola: una firma que, para revelarse, necesita ser tenazmente señalada por el índice del poseedor.
El cuadro podría ser obra de una Sociedad Anónima de Artes Plásticas, pero es del mismo Juan Sánchez: pertenece al mismo estilo común que el comedor.