Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su modernización.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
* Se ha compilado y añadido un Índice al final del libro pese a que el original impreso no lo incluye.
Locura y muerte de Nadie
OBRAS DEL AUTOR
REVISTA DE OCCIDENTE
_El Profesor inútil._ («Nova Novorum».)
_El cantar de Roldán._ Traducción. («Musas Lejanas».)
_Vida de San Alejo._ (Núm. LXV de la «Revista».)
_Paula y Paulita._ Novela.
_Viviana y Merlín._ (Núm. LXXII de la «Revista».)
EDICIONES ORIENTE
_Locura y muerte de Nadie._ Novela.
ESPASA-CALPE
_Sor Patrocinio._ Biografía.
_Zumalacarregui._ Biografía. (En prensa.)
_Teoría del Zumbel._ Novela. (En breve.)
LA LECTURA
_Ejercicios._ («Cuadernos Literarios».)
LA GACETA LITERARIA
_Salón de Estío._ (Andrómeda, Circe, Folletín, Película.)
HISTORIA NUEVA
_El convidado de papel._ Novela.
_Amor bajo tres lunas._ Novela. (En preparación.)
C. I. A. P.
_Pauta y Arabesco._ Ensayos breves. (En preparación.)
BENJAMÍN JARNÉS
LOCURA Y MUERTE DE NADIE
NOVELA
Primera edición
[Ilustración]
EDICIONES ORIENTE MADRID
ES PROPIEDAD Derechos reservados EDICIONES ORIENTE
Imprenta ARGIS. Tarragona, 22. Teléfono 71843.—Madrid.
Con el lirismo penetra en el arte una sustancia voluble y tornadiza. La intimidad del hombre varía a lo largo de los siglos; el vértice de su sentimentalidad gravita unas veces hacia oriente y otras hacia poniente. Hay tiempos jocundos y tiempos de amargor. Todo depende de que el balance que hace el hombre de su propio valer le parezca, en definitiva, favorable o adverso.
...La poesía y todo arte versa sobre lo humano y solo sobre lo humano. El paisaje que se pinta se pinta siempre como un escenario para el hombre. Siendo esto así, no podía menos de seguirse que todas las formas del arte toman su origen de la variación en las interpretaciones del hombre por el hombre. Dime lo que del hombre sientes y decirte he qué arte cultivas.
...Por eso la literatura genuina de un tiempo es una confesión general de la intimidad humana entonces.
JOSÉ ORTEGA Y GASSET.
Prólogo
A fuerza de tropezarme con Juan Sánchez he llegado a intimar con él, a quererle; por eso escribo hoy su historia. Me gusta contarla porque en ella apenas hay conflictos, aparte del viejo conflicto de todo héroe que aparece en este mundo: el de su propia aparición.
Porque, de pronto, cuando las aventuras de la carne se van arrinconando —fatigadas— entre los biombos de la frivolidad, se van extinguiendo sobre los almohadones del hastío, y la misma Salomé no provoca vibración simpática ninguna de no acercarse a los espectadores precedida de un costoso y desnudo «conjunto»; cuando la castidad y la lujuria, como la suavidad y la cólera —meros productos de una concurrencia de humores— apenas logran ya conmover a las gentes; cuando todo, en el teatro y en la novela, vacila o cae, se levantan de lo más profundo los antiguos signos de interrogación.
La virtud y el vicio, el bien y el mal, fueron perdiendo sus confines; pero cada vez se acusa con más brío el problema gigante.
A su lado todos los demás son menudos anecdotarios, rudimentos vitales, que saltan —inofensivos, ingenuos— luciendo sus escamas, sus tornasoles alrededor del buque, mientras el pulpo, el pulpo voraz, incansable, persigue, acosa, avizora, buscando a quién devorar. Todo lo demás divierte..., cuando divierte. Solo el gran pulpo estremece, alucina, mata.
Juan Sánchez se pasa la vida tentándose el espíritu, de miedo a irlo perdiendo entre las garras de su enorme inquietud. Pero no se aparta de la barandilla. Su vida es una sucesión de escenas junto al verdugo. El espectáculo de su vida es, pues, sombrío, abrumador.
Si yo lo acertase a describir, si yo llegase a inyectar en los nervios de las gentes un poco de ese pánico, todo en torno mío quedaría crispado, convulso.
Yo he sentido ese miedo, me he sentido desfallecido, aniquilado. Pero he preferido siempre no asustar a los demás. Tampoco hoy quisiera asustar a mis buenos amigos. ¿Haré que el gran pulpo desaparezca entre las ágiles escamas, entre los vivaces tornasoles? ¿No correré el albur de que —como otras veces— el aturdido transeúnte solo vea sobre la superficie del agua esos racimos revoltosos de cohetes?
Prefiero seguir encendiéndolos a rasgar el vientre al agua y dejar que asome el gran pulpo. Al fin, es muy penoso, es muy duro invitar al transeúnte a que medite unas horas con su propia calavera entre las manos.
1 El Banco Agrícola
Los cangilones de la puerta se van vaciando rítmicamente en el vestíbulo. Un campesino, absorto al ver que entre la calle y el zaguán gira una estrella en vez de un plano, se agarra tan fuertemente a una de las puntas, que en lugar de un semicírculo describe dos circunvoluciones.
En el reloj, las doce. En el termómetro, los cien grados. Está ya henchida la enorme caldera de mármol y cristal. Explotan las burbujas disparando cifras:
—¡El 331!
—¡El 332!
Hiende la rotonda un redondo volumen galoneado de plata —el gran cero inquieto, andarín perenne del Banco— que remueve la caldera y acentúa la presión.
Hoy en el Banco Agrícola de Augusta todas las cuentas corrientes, cansadas de dormitar a la sombra de los panzudos libros, están ensayando un cambio de postura. Se escucha el sordo roce de largas serpientes de sumandos que reptan por los atriles. Por una ventanilla le sonríen a Arturo las cuatro filas de dientes de una «Remington».
Quince troneras, quince ventosas se precipitan a sorber los ahorros del campesino, las carteras voluminosas de los clientes. Las ventanillas son otros tantos confesionarios en donde absuelven gravemente del terrible pecado del miedo. Se ve salir a los penitentes en estado de gracia mercantil, con un crédito más a los ojos inapelables del Consejo de Administración.
Las ventanillas son también diminutos escenarios por donde asoma la cabeza un hábil prestidigitador. Monedas, billetes, papelitos rojos, papelitos azules, van, vienen, se desparraman, se enlazan, desaparecen, se apiñan. El gran juego del tanto por ciento esparce sobre el tapete la baraja entera.
—¡El 333!
—¡El 334!
—¡El 335!
—¡El 336!
Una danza epiléptica de cifras en torno a los dioses de este infierno; melocotón, uva, maíz, centeno, remolacha, aceituna. Sagrados nombres de dioses, invocados en el torbellino, subrayados por los monótonos cuchicheos de las «Underwood», de las «Smith». De pronto surge el Zeus Tonante de la mitología bancaria: el trigo.
—A 57.
—No hay ofertas.
—¡El alza!
—Mañana, a 58.
—O a 58,50.
—Se está comprando muy de prisa.
Arturo asiste a la solemne ascensión del dios. Se remonta altanero, majestuoso, sobre la conmovida multitud. Una gavilla se yergue —como en las eras de Canaán— y recibe el homenaje de once gavillas subordinadas. Hacen corro otras más humildes: de cebada, de alfalfa. Arturo ve ascender el dios agrícola, mecerse en el aire, esconderse en las nubes.
Queda flotando en el aire una espiga. Una espiga enorme de trigo candeal, crujiente grumo de oro que amenaza desgranarse sobre la frente de Arturo, medio dormido. Enjambre vivo que defiende una guardia de finas lanzas amarillas, ceñidas en hostiles escalones. Cada grano destaca su centinela, en orden perfecto de batalla.
Arturo ve iniciarse en la espiga un tránsito del símbolo a la geometría. Ve fracasar en ella toda muelle sensualidad. Fruto para goce de los ojos, huraño al tacto, casi mineral, enjuto, soberbio de sus delgadas cápsulas, donde se esconde el alimento de los hombres y la sustancia de los dioses.
Confín de los sentidos. Detrás del racimo dorado se extiende la región de lo esquemático, la región innumerable de las místicas metáforas, hoy la lenta caravana de los números. Por él ondulan las largas columnas de cifras en las falsillas de los libros mayores.
Trigo soberano, cuentas amarillas de un precioso collar, apiñadas en lo sumo de una caña delgada, donde pueden tañerse bellos himnos rurales. Caña sonora que opone su tañido jocundo a la oquedad ética de las altas cañas pensantes que se miran vanidosas en el río fiel.
Hiende el aire la espiga como un hosco insecto aprisionado en los mismos umbrales de las formas puras. Rubio dios de los campos, convertido en mero nombre por estas gentes codiciosas que, sin saberlo, sin poderlo ver en toda su grandeza, lo acogen, lo desechan, lo almacenan, lo arrojan, según la veleidad de un tablero de precios.
—¡El 344!
Se dispersa el cortejo de lanzas. La espiga da un estallido y se derraman los granos de oro. Pasa el número 344, una espléndida Dánae, que con un cheque en la mano va a cobrarse alguna transitoria cesión de su belleza. La lluvia de oro desciende sobre el número 344, corre a lo largo de sus opulentos flancos...
Dánae abate, al fin, la cabeza. La sumerge en el otro mundo, en el mundo de los números y las máquinas. Va a ser guillotinada. La preciosa cabeza de ámbar se estremece, se desmelena; las manos de Dánae se crispan, arañan un bolso de piel, extraen un poco de encaje... ¡La cuchilla va a caer! Arturo sofoca un grito.
Y se incorpora bruscamente. Ha creído ver unas manchas rojas entre el amarillo ¿de las espigas, de los bucles? Las manchas rojas se desvanecen. Arturo se frota los ojos. La cuchilla no cae. La boca, pintada; las mejillas, pintadas desaforadamente... Dánae cierra con un chillido metálico su bolso y se va.
La guillotina, ¿no funciona? Forcejean desde dentro, tiemblan un poco las cabezas en la platina. Al fin, nada: un cambio de papelitos rojos, de papelitos morados.
—¡El 345!
* * *
Un codazo del hombre de la izquierda.
Arturo sale de su semivigilia. En su papelito rojo está marcado el número 352. El 345 deja libre un asiento que Arturo se apresura a ocupar. Incrustado entre un caballero gris y una lozana campesina que recuerda a Gabriel y Galán, se dispone a pasar de masa oscilante al menor vaivén, donde se reflejan todas las presiones, a cuerpo en perfecto equilibrio, inamovible.
El caballero gris se impacienta, le roza un pie, se disculpa:
—Perdone.
Surge el diálogo nutrido de protestas contra la lentitud del Banco. El mismo diálogo, entablado, como todos los días, con un número de orden.
El desconocido remira su papelito rojo, como el desconocido de ayer. El 351 es el antecesor de Arturo. Así Arturo puede declinar —como siempre— su temor de perder turno: basta seguir los pasos del hombre desconocido. Le liga a él una relación aritmética a que debe obedecer ciegamente, y esta servidumbre —como todas— le extirpa un ojo sobrante, le borra un campo inútil de atención.
Ya puede invertir su tiempo en contemplar el vaivén de los números que se apiñan en la rotonda. Pocos lugares como un Banco para realizar estudios sobre la vulgaridad. Es aquí muy remoto el peligro de tropezarse con un genio. Y una escrupulosa vigilancia elimina de los clientes lo que pudiera ser considerado como turba. La criba solo deja pasar seres intermedios, normales, caras y cuerpos de desesperante equilibrio. Un mismo maniquí ha servido para treinta gabanes; igual módulo para cien fisonomías; idéntico manual para todos los saludos.
En vano las implacables ventosas pretenden acentuar el perfil de algún rostro. La misma emoción ante las subidas de Bolsa. La alegría ante un alza de precios es de tipo común. Un mismo coletazo de la larga serpiente de cifras produce en cien bocas el mismo gesto de acritud.
En vano la luz de las altas vidrieras pretende subrayar en las facciones algún gesto inusitado. Solo consigue éxitos efímeros, banales. Sobre tal mejilla color de langostino, se desliza un rayo verde que, por un momento, trueca en biliosa la faz placentera de un comisionista. Un rostro enflaquecido, color garbanzo, se empapa en un chorro granate, trocándose de esquizoide en sensual.
La luz de los cristales se divierte infantilmente en ir cambiando uno por uno los temperamentos de los clientes.
—¡El 348!
—¡El 349!
Va bajando el termómetro. Estallan en la tina las últimas burbujas. Se apaga, al fin, el hervor. El hombre de galones da plata ya no se perfila para atravesar de canto la sala; camina de frente, sin miedo a chocar con alguna huraña cuenta corriente.
En alguno de los diminutos proscenios se producen ya entreactos: el telón no desciende, pero el héroe suspende sus escamoteos de billetes, deja ver, perfectamente enmarcada, una angulosa faz inmóvil, que lentamente se va convirtiendo en el retrato de sí mismo.
Los cuatro policías de la sala, obligados antes a multiplicar por cuatro su atención sobre la homogénea muchedumbre, pueden ya deshacer la operación y seguir su faena con la visión normal.
Las haces policromadas que llovían de las altas vidrieras no encuentran ya a su paso frentes y mejillas resignadas a tan frívolo bautismo de verbena; se deslizan por bustos, por caderas, por grupas descuidados; en enroscan en tobillos, resbalan por zapatos, se pierden definitivamente en las baldosas.
Pero, en su tránsito, fueron dibujando ingeniosos bocetos. Los perfiles de los clientes pueden afirmar su escasa originalidad plástica, en plena holgura. La atención tiene zonas más confinadas y, al apretarse, comienzan a surgir escorzos, algunos originales. Tal brazo desnudo, oprimido antes por el torso de un enorme almacenista de alfalfa, recobra su gracioso ademán. Unos senos se yerguen, sin temor a ser punzados por el codo de un tendero enjuto. Todo recobra el sobrante de espacio necesario para crearse una atmósfera personal.
—¡El 350!
—¡El 351!
El caballero gris se levanta y llega a la ventanilla, donde unos ojos implacables le recorren de arriba a abajo. Arturo le sigue. El desconocido alarga su papelito rojo y una mugrienta cédula personal. Manotea nerviosamente, replica al empleado, protesta, infla la voz. El empleado exige el cumplimiento de un rito. Quiere firmas, créditos, certidumbres, evidencias. Pretende que el desconocido deje de serlo, que un número cualquiera logre rápidamente, en la batería del diminuto proscenio, un carácter definitivo de personalidad. Pretende que aquel hombre destacado de la multitud, que viste análogo terno y canta el mismo cuplé de todos los demás, adquiera de pronto facciones de héroe.
La contienda termina dramáticamente. El caballero se abre el pecho y lo muestra desnudo al empleado. Gesto patricio de los héroes que imploraban en el ruedo, ante los césares, piedad para un vencido. A cuenta de una individualidad reconocida, pedían el olvido para un ente borroso...
Sorpresa, explosión de risas. El empleado alarga unos billetes. El hombre desconocido se abrocha precipitadamente y sale del Banco.
Arturo consigue una pronta evasión, y corre en busca del desconocido. Lo encuentra en una esquina, le pregunta:
—¿Cobró usted, por fin?
—Cobré. Son bobos. Cada día exigen más firmas. Menos mal que yo llevo la mía... Guardo un documento infalible. Cuando no reconocen mi firma, me abro el pecho y la muestro grabada en la piel.
—¿Un tatuaje?
—Sí, voy siempre firmado y rubricado. Soy el notario de mí mismo. A mí me identifican en seguida. Venga conmigo.
En un zaguán, el desconocido se desabrocha e invita a Arturo a contemplar una presumida rúbrica en forma de intestino que sirve de pedestal a un nombre: Juan Sánchez y Sánchez.
* * *
—¡Qué capricho!
—¡Qué sarcasmo!, querrá usted decir. Porque esto es señal de algo terrible. Esta escena del Banco Agrícola se repite diariamente en mi vida. Mi tragedia es abrumadora, tiene muy profunda la raíz. Vea usted que no se trata de fortuna o desdicha, de obrar bien o mal, de producir o de evitar algo nefasto. Se trata de algo anterior a mi voluntad, anterior al destino. Se trata de _ser_. Fíjese bien: ¡ni siquiera de existir! ¡De ser! Porque a fuerza de pensar mucho en mí mismo, he deducido que, aun suponiendo que exista, _no soy_.
2 Campo magnético
En la terraza del bar, ante un _cocktail_ de ginebra, se plantea Juan Sánchez un viejo problema filosófico: el de la esencia y la existencia.
Es la hora más banal del día: la hora del aperitivo. Hora de hacer el resumen de la mañana y de fraguar los proyectos que la tarde irá desbaratando. El orador insiste en convencer a Arturo de que él, Juan Sánchez y Sánchez, no es. Entre ese tropel de seres inclasificables, de ambos sexos, que luchan desde sus banquetas por reproducir exactamente el contorno exterior de una estrella de moda, Juan Sánchez, el hombre firmado, de rúbrica en forma de intestino, se revela como un fanático perseguidor de su propia esencia.
Es un místico amante de la personalidad. Tiembla ante la idea de gozar de una forma sustancial colectiva, de un subconsciente solo colectivo, de un alma común. Intentó crearse un rostro, acentuarse, al menos, un defecto, estilizarse alguna aberración que pudiera izar como bandera de un carácter. Nada logró.
—He intentado —dice— lo absurdo. Llegué a provocar en mí alguna enfermedad crónica que modificase, que torciese mi temperamento, que me lo cambiase de raíz, a ser posible, para intentar buscarme, con el nuevo, otra fisonomía... Hice experiencias inútiles.
—Eso es peligroso. Se expone usted a quebrarse el aparato.
—Es desesperante no tener nada mío. De niño me tomaban siempre por mi hermano. Y, ahora, el arcediano de Sos tiene mi misma cara. Y un médico. Anteayer me preguntaron reservadamente, en un zaguán, por el estado de un cáncer... ¡Si yo pudiese, al menos, no ser nada, pasar inadvertido! Pero hay algo peor que todo eso: ser otro cualquiera, uno que casi nunca me gustaría ser.
No es fácil estrenar todos los días un amigo, y menos un _universal_, un hombre-tipo, como Juan Sánchez, que oculta problemas tan arduos bajo su firma y rúbrica grabadas en la piel. Por eso Arturo, además del _cocktail_, saborea golosamente este placer de convertirse en minero de espíritus, de socavar, estrato por estrato, las entrañas de un nuevo continente.
Es delicioso estrenar los amigos como quien estrena un gabán, y reponer a tiempo los usados, antes de lamentar su decadencia. No importa que la originalidad de muchos se agote al primer día: al menos en este, todo espíritu nuevo es capaz de ofrecer cierto curioso lote de gracias imprevistas.
Arturo está sentado frente a la viva corriente humana, en la terraza del bar; Juan Sánchez, de espaldas a la calle, frente a Arturo, es decir, frente a un espejo donde pretende verse en todo su crespo interior. Representan dos mundos opuestos. Para Juan Sánchez, Arturo es una placa sensitiva donde va a ser escrupulosamente recogido el gráfico de una inquietud. Pero en los ojos de Arturo, voluntariamente dispersos, se quiebran todos los perfiles de la calle. Su cara es como un lago que se quisiera contemplar en azul reposo, y de pronto comienza a tiritar bajo la loca lluvia de guijarros de un tropel infantil.
El día, en plena granazón, abre sus pomposos abanicos de emociones sazonadas, normales: pavo real de académico civismo, sin audacia cromática alguna.
Es la hora de acudir al hogar, donde miles de hembras, también maduras, aguardan la dulce confidencia de un alza de bolsa o de un ascenso. Todos los caminos que ahora se recorren en la ciudad son claros y abiertos: el día está en su punto cimero de doméstica legalidad. Ni la religión —como en las primeras horas— desvía los pasos del torturado incrédulo hacia algún templo de los suburbios, ni el amor —como en las horas últimas— desvía los del impetuoso joven hacia la equívoca intimidad de una mujer.
Todo en la calle palpita ordenadamente bajo el signo del trabajo. La disciplina social escalona rigurosamente sus ejércitos, instalándolos según normas tradicionales: los directores y consejeros se arrellanan en opulentos coches; los jefes de contabilidad, en averiados taxis; los sencillos empleados se apretujan en un tranvía; los ordenanzas van a pie. Apenas se advierten a esta hora las conquistas sociales. No se toleraría, como al anochecer, que alguna mecanógrafa inquieta y un cajero inmoral rompiesen ahora tan severa ordenación jerárquica penetrando en un _Hispano_ a morder el «fruto prohibido».
Nubes de obreros y burócratas cruzan en todos sentidos la calle. Han cesado de castañetear las ametralladoras de cifras de todas las marcas; todas las ventanillas acaban de guillotinar, uno tras otro, los momentos finales de la jornada.
El Banco Agrícola vierte sus empleados en la acera, los desparrama a lo largo de los primeros soportales. Un obeso banquero atraviesa lentamente la calle, deteniéndose cada tres pasos entre las blasfemias contenidas de dos infelices subalternos condenados a marcar idéntico compás de marcha, tan salpicado de insoportables calderones.
Se producen nudos, interferencias, cruces a veces dolorosos. Algún pie se alza indignado y aplastado por otro más aturdido, que desconoce el arte de andar. Se ve que el empleado municipal que yergue virilmente su batuta intenta armonizar las masas ambulantes; pero estos elementos que han de ejecutar la hirviente sinfonía revelan un total desconocimiento de la partitura. Sobreviene un flujo y reflujo de espesas resonancias, que solo podrían desaparecer si se inculcase a las gentes de a pie cierta virtud que les falta de acomodación a un ritmo.
—Hubo una época —martillea Juan Sánchez— en que llegué a olvidar mi nombre. Me complacía no ser más que «el joven que cruza la acera de seis a siete», «el que compra _La Crónica_ en el quiosco de enfrente»... En una casa me conocían —yo soy comisionista— por «Hermanos Vallés. Cementos»; en otra, por «La Bola de Oro»; en otra, por «Martorell y Compañía»...
Persiste entre las multitudes el tipo de guerrillero de la circulación, que, con grave peligro de sus huesos, se lanza heroicamente a ganar batallas de velocidad. Y la masa se complace en destacar esa suerte de individuos exteriormente indóciles. Exteriormente —piensa Arturo—, porque la docilidad en el hombre apunta en razón inversa de su excelencia personal. Por eso el sabio obedece como un niño a los signos del agente, mientras se obstina en rebelarse contra un principio de Euclides. A un sabio podrá vestirlo cualquier sastre, pero solo le provee de ideas un genio...
—Yo sabía —no cesa el zumbido de Juan Sánchez— que en todos los escalafones subían y bajaban algunas docenas de Juan Sánchez, y desprecié rotundamente mi firma. ¡Caro me costó! Porque esto me condujo a la evidencia de que en mí no se escondía un determinado individuo, sino un maniquí capaz de soportar una personalidad cualquiera, con preferencia una razón social.
En cambio, un pobre diablo acata las ideas del más humilde teorizante de café, mientras opone su libre, la que él cree libre, personalidad a la blanca mano de un guardia. El orden exterior de la calle —y del mundo— no suelen conservarlo íntegramente sino el sabio y el discreto, sumisos al polizonte, aunque discutan a Platón.
—Si mi nombre lo usaban algunas docenas de empleados en cada escalafón, mi cara, mis gestos, mi andar, toda mi anatomía rodaba al mismo tiempo por los vagos recuerdos de cada transeúnte...