Locura y muerte de Nadie

Part 3

Chapter 33,905 wordsPublic domain

Arturo busca una frase que sirva de antifaz a su criterio. No la encuentra y apela al balbuceo:

—Interesante.

—¿Sí?

Arturo, para olvidar aquel fracaso de puros elementos pictóricos, aniquilados bajo la mano impersonal de Sánchez, hundidos en la fosa común del módulo académico, comienza a recorrer el cuadro, hacia arriba, en busca de otros deliciosos territorios, si ajenos al arte, de lleno, en cambio, en la curiosa y pintoresca región de las anécdotas.

De la firma salta a los pies; de los pies, a los tobillos; desde los tobillos emprende una lenta ascensión, maravillándose, de pronto, de estar recorriendo un terreno conocido. Ya lo debió advertir ante el gesto de la bañista de llevarse las manos a los ojos, idéntico al de Rebeca.

El vientre algo combado, los senos cónicos, los hombros suavemente caídos. Es la mujer gótica, reconstruida en un taller actual, terminada por un rostro sin otra seducción que su belleza. La fisonomía la tiene desigualmente repartida por todo el cuerpo. Apenas le ha llegado a la cara. Se cubre con las manos la parte menos delatora de su cuerpo.

Que acaba de ser impersonal en el pelo. Ejemplar de un modelo corriente, sin un guiño, sin un acento. Toda la cabeza es un común denominador del resto del voluptuoso organismo.

Arturo junta sus reservas de discreción. Oye los pasos del drama. Se agazapa. Medita. La mujer del cuadro es la misma que poco antes, entre un balcón entreabierto y un solo espectador —Arturo— ha bosquejado aquel gesto de cautela.

De cautela, porque ahora se advierte que con él solo se ha intentado conservar el anónimo, no el pudor. Y con la diferencia de que en el cuadro una luz cruda cayó vorazmente sobre las formas desnudas como una esponja implacable que sorbiese relieves y borrase contornos.

Comienza a desarrollarse ante los ojos asombrados de Arturo la crónica galante de Rebeca; pero Juan Sánchez da un tijeretazo al celuloide.

—Debí quemar el cuadro. Ya sé que es de unas pretensiones deplorables...

—¡No, no!

—Lo pinté hace tiempo, cuando creí que llegaría a ser pintor. Luego escribí música. Al principio, como todos, escribí sonetos... Los sonetos, sí los quemé, y la música; pero esto le gusta a mi mujer.

—Lástima de versos.

Arturo acentúa su pena por la desaparición de los versos, para así embozar la que sufre por la conservación del cuadro. El momento es enmarañado, porque el idioma no tiene recursos para expresar la emoción que se siente ante quien, siendo apenas una firma con su rúbrica, ha recorrido tantos modos de expresión sin acertar con ninguno. Todas las artes le prestan, una tras otra, esos preciosos instrumentos por los que puede revelarse el espíritu, sin que Juan Sánchez logre otra cosa que manosearlos, arrinconándolos luego en un zaquizamí de ilusiones mutiladas.

Juan Sánchez se fue asomando a todas las troneras, desde las cuales es posible suscitar la atención del mundo, y el mundo sigue su camino, indiferente, sin querer descifrar la firma y rúbrica de Sánchez. Y los que podrían ser risueños trofeos no son sino irónicos testigos de una franca derrota.

El trance es duro, pero se salva con otro más duro. Rebeca, seguida de un mozo robusto, impertinente, asoma por el pasillo. En el umbral del comedor, Sánchez presenta a los dos:

—Matilde, mi mujer. Alfredo, mi primo.

Rebeca masculla azoradísima unas palabras inútiles. Alfredo sonríe ceremoniosamente. Del conflicto dramático —porque estamos en presencia de un profundo conflicto dramático— a Arturo solo le preocupa, en primer término, para no precipitar el desenlace, recordar bien el verdadero nombre de Rebeca.

Pregunta, medroso, a Juan Sánchez:

—Dijo usted...

—Matilde.

—¡Ah, sí! Matilde.

Respira como si hubiese realizado con éxito una brillante investigación filológica. Sería peligroso mezclar aturdidamente en el diálogo el falso nombre de Rebeca, que es, sin duda, un bello nombre de batalla.

Acaso Matilde reparte su belleza bajo el manto pudoroso de un grupo de nombres bíblicos, con una generosidad que disculpa todo desordenado amor al incógnito. De la misma manera que las caritativas damas esconden la hermosura de su gesto bajo el doble negro manto de la noche y del anónimo, para repartir entre los menesterosos vergonzantes dinero y fe: amor, al fin, aunque de calidad muy diferente.

Porque el verdadero amor —como todas sus numerosas falsificaciones— gustó siempre de esconderse para repartir sus dones, con el fin de que —como acontece en el lamentable retrato de Matilde— una luz desaforada no descubra algún torcido perfil, alguna deforme exuberancia. Y esta anónima pluralidad de Matilde, este afán de difundir su personalidad, de repartirla generosamente, pudo sorprenderla Arturo en esos momentos de léxico borroso en que las palabras más pulidas ceden su puesto a cualquier turbia interjección. Tampoco Matilde, en el período cósmico de su ternura, recuerda bien el nombre de sus colaboradores.

¿Y Alfredo?

Parece el personaje más nebuloso de este drama. Es cierta masa vegetal, coronada por un gesto socarrón. De su adolescencia, transcurrida entre sacos de legumbres, ha brotado una espesa juventud, de radio corto, vivida entre facturas, plazas de toros, mesas de café, vagones de ferrocarril y lechos de placer. Su vida es una teoría de sucesos extraídos del anecdotario común. Sus ambiciones son dos: las buenas comisiones y las mujeres suculentas. Aunque, en trance de elegir, prefiere el tanto por ciento.

El tanto por ciento es su único amor. Matilde es, por ahora, su único deseo. Los negocios decadentes de Juan Sánchez exigen la manipulación de Alfredo. La voracidad erótica de Matilde también recaba el concurso impersonal del negociante. No es el amigo, no es el camarada ni el amante. Es el cómplice. Un cómplice a quien es preciso ceder mesa y lecho, para robustecer su complicidad.

—Con un puntal así —piensa Arturo— persistirá durante mucho tiempo esta estructura doméstica donde yo soy un miembro esporádico.

Y sigue, relumbre a relumbre, repasando las insolentes piedras repartidas por los dedos, por la cadena del reloj, por la corbata de Alfredo. Toda su personalidad la ha reducido a toscos productos de joyería. La ostenta, fanfarrón, en desafío.

Son la vanguardia deslumbrante de una opaca fisonomía. El mismo guiño truhan de sus ojos apenas es una chispa desdeñable entre tanta ceniza.

* * *

Se sitúan los cuatro comensales a los extremos de una cruz. Arturo queda frente a Matilde y Alfredo frente a Juan Sánchez. Las cuatro miradas y los cuatro silencios se cruzan perpendicularmente en un punto: en un punto gris, como el formado por cuatro rayos de color diferente.

Punto muerto. En vano se intenta reavivarlo con algunas palabras insustanciales, ajenas al nudo dramático. El punto crece, se ensancha, amenaza anegar a los cuatro. Lo componen los residuos espirituales más vergonzosos de cada comensal. Es a saber:

El cinismo de Matilde, que, al mismo borde del despeñadero, ha recobrado su desenvoltura.

La timidez de Arturo, incapaz de abandonar aquel curioso cepo doméstico.

La socarronería de Alfredo, que calcula íntimamente las fuerzas irrisorias del evidente enemigo nuevo.

Y la flaqueza mental de Sánchez.

Cada uno se instala dentro de su cabaña tejida de tupidas hojarascas; apaga todas las luces de su espíritu, se hunde en una bruma común, desliza frases opacas, mates.

Un halo plomizo enturbia las frentes. De sus pensamientos escogen el más vulgar, el de tipo más conocido, el más lejano de su inquietud; de sus ademanes, el más blando, el menos auténtico, el más fácil de olvidar. Va inundando el comedor una nube cenicienta, nutrida por espesas oleadas, alimentada por los cuadros, por las palmeras, por el filtro, por el trinchante, por los comensales, por todo lo allí agrupado, inerte o vivo.

Ensaya Arturo esfuerzos sobrehumanos para avizorar en la niebla. Le empuja una invencible curiosidad de conocer en cada espíritu sus relieves y fronteras. De aquellos tres paisajes interiores solo conoce un vaho soñoliento, y él sabe que entre la nube algodonosa y la médula del terruño hay siempre declives imprevistos.

Le desespera no hallar en los ojos de Matilde ningún hito de avance. Matilde cerró herméticamente el cofrecito de sus verdaderas miradas y distribuye, en lotes iguales, entre los tres, unas sonrisas y unos mohines apócrifos.

Y esta misma ausencia de elementos concretos le empuja a mirar a sus compañeros de mesa como elementos abstractos de un drama latente, de un juego cuyas cartas nadie se atreve a arrojar sobre la mesa.

Arturo —que por complacer a la fracasada Rebeca, está leyendo estos días un lote copioso de novelas del siglo XIX— define en esta vaga fórmula la extraña situación íntima del grupo:

—Sobre nosotros se cierne la tragedia.

Arturo siente volar sobre las cuatro cabezas, el gran pajarraco negro. Calcula el ímpetu de los cruentos picotazos...

A juzgar por el número de los personajes, la tragedia se ofrece algo disminuida; una ligera meditación acerca del número cuatro comienza a tranquilizarle sobre el posible final, como el examen de las sustancias combinadas en la probeta hace posible precisar las consecuencias del cuerpo explosivo resultante.

Del número uno al tres, las posibilidades de tragedia crecen rápidamente. Un solo personaje apenas puede plantearse sino problemas metafísicos: ser, conocer, existir. Es el monólogo, con toda su total ausencia de choques vitales. Hamlet dando paseos por dentro de sí mismo, persiguiendo fantasmas.

Para que surja el conflicto dramático real es preciso contar al menos con dos seres que se atraigan o repelan, que se entable el diálogo, y surjan conflictos que serán fáciles de resolver porque se limitarán a desacuerdos temperamentales, a transitorias ansias de libertad, si se trata de disturbios domésticos.

La tragedia reviste su verdadero carácter al llegar al número tres, en que un tercero rompe el equilibrio definitivamente. El grupo social puede admitir al tercero como elemento de armonía, como el «mediador», pero en el grupo dramático el tercero es siempre un disociador, la dinamita que hace estallar los bloques más recios.

El número tres es fatal en la tragedia bien planteada, que ya solo podrá disminuir, desvanecerse, con la expulsión de un término.

Pero la tragedia comienza asimismo a reducirse de tamaño, al crecer el número de actores esenciales. Cuatro principian a ser excesivos. Comienza a intervenir el elemento irónico. Tres mantienen la escena, y uno contempla: y todo el que verdaderamente contempla, termina por desgajarse de lo contemplado.

En cinco, se relajan ya tanto las cuerdas patéticas, que solo falta un leve empuje para penetrar de rondón en los dominios de la comedia de enredo. Seis o siete personajes ya solo pueden producir un coro; pocas veces consiguen encontrar su autor.

Ahora, en esta mesa, Arturo señala mentalmente los papeles.

El marido.

La mujer.

Amante primero.

Amante segundo.

El amante primero es Alfredo. Lo delatan sus recios músculos de atleta, capaces de adjudicarle el campeonato en todos los concursos de fisiología galante. Arturo no vacila en asignarse el cuarto papel, se reduce a la baja condición de amante subalterno.

Y de contemplador que ya va pensando en desgajarse del grupo.

En esta partida doméstica, como en las de tantos juegos de azar, se llamó a un cuarto jugador para que así pudiera continuar el juego: a ese cuarto que frecuentemente pierde, porque, reclutado a la ventura, no conoce las tretas del resto del grupo. Arturo se siente allí como el verso-ripio en una cuarteta pasional.

Será preciso eliminarse, cautamente, aun a trueque de agudizar el drama. Tres meses de ternura amorosa comienzan a agotar sus posibilidades de tragedia. Como otras veces, renuncia al goce que acaba de disfrutar. Todos sus propósitos podrían medirse por su distancia al deleite.

Fatigada, en declive, su carne obedece, sumisa, al imperativo del espíritu.

La tragedia, cansada ya de cernerse sobre las cuatro cabezas, se aburre y se va, dejando abiertas las ventanas al tedio. Matilde se lleva las manos a los ojos: es su gesto favorito, que ahora lo utiliza para simular una jaqueca.

Sale y se enrollan todos los bastidores de la escena. Ni un gesto, ni una sonrisa. Al estrechar las manos deja en cada oído una fecha.

Lejos de Matilde se sienten los tres más cercanos. El recuerdo de Matilde es mejor aglutinante que su real presencia.

Alguien propone una excursión nocturna. Se sentirán más apiñados en una mesa de café. Silenciosamente van penetrando en la calle, desembocan en una plazoleta oscura. Alfredo ordena :

—A La Perla.

Es el caudillo. Uno a uno van entrando en el zaguán.

5 Noche de placer

Dentro del cabaret, los modos de fascinar están ya tan gastados que algunas muchachas inteligentes pretenden ir cambiando todo el repertorio. En vez del pícaro juego de las miradas utilizan la preciosa geometría de las piernas.

A la insolencia ha sucedido el ingenio. Son modales que la sociedad ensaya allí —como en una granja agrícola se ensaya una familia importada de membrillos—, para trasplantarlos luego a los salones.

Una tanguista arrebata a Alfredo, y Juan Sánchez intenta continuar sus confesiones. Arturo ensaya una piel especial de oidor de confidencias por la que resbalen sin dejar huella, como el mercurio. Atiende, resignado.

Se necesita una sabia flexibilidad para ir acomodándose a las ondulaciones emocionales del confidente, a su intensidad, tono y timbre. El oidor de confidencias debe buscar un rodrigón, un punto de apoyo para no flaquear en la larga cuerda floja. Y Arturo encuentra felizmente ese punto en una media de seda que comienza a disgregarse en el opulento arranque de una curva: punto de patetismo superior al de muchas falsas escenas de caballeros con la mano en el pecho.

Arturo contempla, emocionado, aquella pierna profesional, mientras Juan Sánchez persiste en su sombría locura:

—Ser o no ser. Hallarse a merced de un registro civil, de una cédula falsificada, de un pasaporte. Esperar a que alguien nos diga qué somos...

Las piernas inician un delicioso vaivén para escamotear el punto suelto. Se quiebra la armonía de la mujer sentada, que todo lo fio a la parte inferior, tan esquemática.

Un movimiento torpe produce otro más torpe. Si estudiamos la torpeza en sus dos aspectos sinónimos, dinámico y voluptuoso, veríamos que un caso de torpeza rítmica destruye totalmente la sensual. Nada suscitan unas piernas en franco desnivel armonioso.

—Porque nuestro ser es tan frágil que el más leve control lo desvanece...

Un punto es todo y es nada. El geómetra no puede atraparlo, y se lo inventa en el cruce de dos caminos. Es un átomo de la línea, es la larva de un poliedro. Sin gozar de ninguna dimensión puede engendrar las tres.

Este punto que examina Arturo esta describiendo una línea recta. Se agranda, se ensancha, anula la distancia de su mesa a la de Arturo; unas manos se posan en los hombros de Juan Sánchez, le tapan los ojos, le vuelven la cabeza, le zarandean, le golpean...

—Pero, ¿no me conoces, Juanito?

Juan Sánchez abre los ojos, atónito; quiere recordar. La muchacha ríe, alborozada.

—¡Pero este Juanito!

—No recuerdo.

—¡Si eres inconfundible! Tu cara no se olvida nunca. ¿Convidas? ¿Vienes?

Juan Sánchez, estremecido, renaciente, se deja arrastrar (¡Inconfundible! ¡Inconfundible!), mientras Arturo recorre el cabaret con los ojos, buscando otro punto de apoyo para mover aquel menudo universo de sus imágenes fatigadas.

Bebe. Queda medio adormilado. Le despierta la explosión de aplausos que provoca Nené, la atracción de La Perla, bello ejemplar de cocota que se ofrece en el ruedo totalmente desnuda bajo una lluvia de gasas negras. Juega con sus encantos al escondite. Se desliza friolenta, arropándose en las sombras, tiritando bajo la cruda luz de un reflector.

Finge su rostro un mortal abatimiento. De pronto, da un grito, se arranca la máscara de tristeza. Cínicamente reta a los espectadores, adelantando, sonriendo, entre las apretadas nieblas, un seno.

Un vientre redondo gira en torno de su eje, que ahora es el eje de todo el cabaret; ahuyentó las nubes, y una luna rosada describe lentamente glotonas espirales. En el centro ríe un primoroso hoyuelo, boca pintada de grana, que de pronto se pierde entre el ceñudo aluvión de sombras.

Sobre la desnudez siempre en fuga, se van plegando dócilmente los jirones de humo. Nené hace de él cascadas, nubes, rosas enormes. Sujeta en alto las sombras, se las derrama a capricho sobre su carne que se acoge o se hurta a ellas, felina, ondulante.

Alza un puñado sobre la frente, lo deja caer sobre sus senos, por su espalda, como una ducha; se lo ciñe a la cintura, a las caderas; se forja peregrinas cúpulas o temblorosos zócalos de bruma sobre los cuales se estremece toda la fábrica voluptuosa.

A veces, del volumen de sombras solo queda una enorme flor patética prendida sobre el sexo azorado, o una empalizada tras de la cual blanquea, romántica, la pudorosa azucena de su rostro.

Finge el pudor, como finge la suprema lascivia.

Borra sus propios perfiles, cambia de acento su sonrisa, se ofrece o se niega, es impúdica o candorosa, dócil, altiva, según el gesto de esa mano que empuña a su placer el cetro del claroscuro.

Nené es la dueña absoluta de su total geometría, y la esconde o la cede a su antojo, como se da a morder una fruta, sin soltarla de la mano.

Nunca vio Arturo sufrir tan deliciosas transformaciones al perfil de una mujer. Miembros tersos, flexibles, temblorosos o inmóviles bajo una ráfaga de aire negro, cuya ruta se tuerce cada minuto. Ágiles miembros cuya belleza se va multiplicando, según el complejo sombrío —diáfano, denso— que sobre ellos se acumula.

Poco a poco, la sensualidad que despertó Nené se va apagando. Se van repitiendo —van cansando— las circunvoluciones. Su gracia movediza va retrocediendo por los mismos signos del zodíaco. Nace en los espectadores la serena contemplación, como nace una corola clásica de un puñado barroco de hojas verdes.

La mirada de Arturo brinca del blanco vientre —risueña luna— de Nené hacia su propio vientre. Se convierte en un Buda, hincados los ojos del espíritu en su propia intimidad.

—Nuestra vida —se dice— es también así: un juego de sombras. Algo cándido, fraguado con materia infantil, blanca, primitiva, que hacemos ir recorriendo desfiladeros de nubes. Pasan las sombras por esa blancura temblorosa como pasan las inquietudes por nuestro espíritu.

Ateridos bajo una lluvia de oscuras incertidumbres —sigue pensando Arturo—, sucumbimos o resurgimos, según nuestra capacidad de voltear, de domeñar, nuestros propios fantasmas. Toda nuestra vida es una perenne maniobra para escamotear nuestra esencial desnudez, la verdad fundamental de nuestra vida. Danza patética de la que acaso salimos sin saber otra cosa que nuestra propia fatiga, nuestros íntimos derrumbamientos.

* * *

El eje de la atención de algunos clientes de La Perla sigue pasando por el ombligo de Nené, y Arturo recuerda las graves palabras del filósofo: «Serio es aquello por donde pasa el eje de nuestra existencia», y piensa en lo cómico de la actitud de estas gentes que, por un momento, parecen haber abandonado su verdadero eje para hacer piruetas en el eje provisional de aquella voluptuosa perspectiva.

Arturo arranca de sí aquel pulpo tiránico que por unos momentos le ha sorbido la atención, y aloja a Nené, con todos sus brumosos subrayados, a Nené aún presente, en el mundo de los frívolos recuerdos.

Nené ya no existe. Arturo solo atiende con los ojos: dócil sentido donde suele refugiarse la pereza. Atender con los ojos es la primera fase del buen entendedor. También suele ser la última del cauto distraído. El espíritu reserva para los demás infinitas coqueterías: una de ellas está encomendada a los ojos, por los que nunca suele asomarse el alma.

El espíritu, ante las cosas que le cautivan, comienza por abrir mucho los ojos; pero termina, si las ha capturado bien, por cerrarlos herméticamente para no dejar huir sus maravillosas prisioneras, las imágenes. Ante las que le dejan indiferente, sigue abriéndolos como embobado. Salir y entrar libremente.

Esta frase de abandonar el eje de nuestra vida, simulando una decisiva atracción del contorno, es la farsa mayor de nuestro espíritu. Lo que nos rodea existe en cuanto sumerge, al menos un costado, en nuestra propia irradiación. Lo demás, lo no hundido en nuestra atmósfera, son fríos astros, goce metálico de las ciencias cartujas.

Vibramos, movemos en derredor nuestro un poco de aire viciado por nuestra propia emanación: cuanto no respire el mismo aire nos es indiferente.

Por eso es tan duro llegar a conocer ninguna auténtica fisonomía. Hay que traspasar esas capas enrarecidas. No podemos fiarnos de su, a veces, petulante transparencia. Lo normal es desistir de conocer a los hombres, porque ir en busca de su verdadero rostro es un comienzo de locura.

Y pretender que los demás conozcan la nuestra es una infantil ingenuidad. Solo nos conocerán cuando una arista de nuestro ser roce el suyo, les hiera, les haga volver los ojos.

Arturo vuelve los suyos hacia la vida de Alfredo. Cada vez que el azar le trae una palabra suya —Alfredo bebe y ríe en una mesa cercana, entre dos tanguistas— se despierta en Arturo el apetito de irrumpir en la intimidad de aquel hombre. Lo advierte un solitario espectador.

—Perdóname, amigo mío. Supongo que Alfredo no lo será tuyo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—He venido observando vuestro grupo desde que entrasteis al cabaret. Es mi profesión de estas horas. Elegí este lugar porque aquí los hombres suelen obrar con más desembarazo. Se acercan más a sus propios instintos. Aquí la gente viene a desnudarse de su traje de sociedad; suele exigir el pago de una semana, de un mes de trabajo encasillado. Suele reclamar cínicamente su plus de goce... Alfredo es de estos hombres. Lo conozco bien. Soy un especialista en esta parcela de humanidad, porque suelo venir frecuentemente; me siento en este mismo sitio, veo cruzar muchas veces los mismos hombres, con sus mismos deseos. Tú eres aquí nuevo.

—Cierto.

—Lo conocí en seguida. Para ti, entrar aquí constituyó una excepción, mientras para Alfredo solo es continuar una actitud. Esto le hace despreciable. Me sorprende veros juntos.

—Nos ha juntado el azar.

—Vuestras vidas no pueden ser paralelas.

—Se encuentran, efectivamente, en un punto.

—¿Dónde?

—En una mujer.

—Es la que suele trazar esos ángulos. Debí figurármelo. Ahora, todo lo comprendo mejor.

—Dime.

—Eres el complemento de Alfredo. La mitad superior de un hombre.

—Gracias por la noticia. Pero yo también me siento inferior.

—Hablo de la que domina. ¿No has observado la oblicuidad de los ojos de Alfredo? ¿Y sus labios redondos, gruesos, de glotón, de ente inmundo? ¿Y su nariz curvada hacia la boca? Debes aprender los signos de la repulsión.

—Todo lo confío a mi instinto. Que no suele engañarme. Había reparado en ese retrato de traidor de melodrama que me acabas de pintar. Pero no le temo.

—No te burles, y controla al mismo instinto. Suele dormirse. Puesto que Alfredo es tu mitad inferior, aprende bien sus características.

—No creo en la maldad absoluta. Apelaré a su tanto por ciento de bondad.

—Eres excesivamente generoso.

—Soy muy egoísta. Y la generosidad es una forma superior del egoísmo.

—Eres incorregible. Adiós.

* * *

En la calle, Juan Sánchez y Ruth van quebrando su propia dirección, trazan figuras de infinitos lados que tienen por vértices los faroles, los serenos, los taxis. Y los pálidos supervivientes de algún naufragio lunático —gárgolas perdidas, mojones del vago reino de las sombras—, empapados de versos y de vino: los falsos poetas. Ruth va empujando a su amigo hacia un portal flanqueado por dos aburridas hembras que esperan vanamente un cambio de tedio. Entre tantas herméticas, foscas, una dócil puerta se deja violar. Un pasillo oscuro, que Juan Sánchez alumbra con un encendedor...