La segunda casaca

Part 7

Chapter 74,085 wordsPublic domain

Poco después Jenara y yo, luego que dejamos dormido al viejo, nos reunimos en el comedor, junto al brasero. Soltaba ella la labor para tomar un libro, y luego el libro para coger la labor, demostrando en esto que su espíritu se hallaba atormentado por ideas contrarias, y en un estado de obsesión inquieta que no podía vencer, variando a cada paso el entretenimiento con que quería darle reposo. Púseme yo a leer el _Diario_, papel mucho más entretenido entonces que su único compañero de publicidad, la _Gaceta_, y de repente Jenara hizo una pregunta que me heló la sangre en las venas.

—¿En dónde ahorcan aquí? —dijo.

—En la plazuela de la Cebada —repuse—. Se alquilan balcones, como en _Corpus_.

Jenara, tomando la labor, empezó a dar terribles pinchazos con la aguja. Sus dedos parecían el pico de un pájaro hambriento. Torné yo a mi lectura del _Diario_, y de nuevo me distrajo súbitamente, diciéndome:

—En verdad, Pipaón, merece usted una corona por la diligencia que ha mostrado en este negocio.

—¿Servir al estado y servirle a usted no es estímulo bastante para un hombre?

Jenara, dejando la labor, tomó otra vez el libro; pero al poco rato apartolo con hastío.

—No abro el libro una sola vez esta noche —dijo— sin que mis ojos encuentren alguna idea triste. Oiga usted:

Donde antes rosas y placer, ahora Cadáveres y horror huella la planta, Y en olor de sepulcro, en vez de rosas El aire tiñe sus funestas alas.

—¿Qué poeta es ese?

—Cienfuegos.

—Un majadero. Siga usted mi consejo y mi ejemplo, Jenara. La mejor lectura es el _Diario_. Oiga usted: «El lunes fue ahorcado en Valencia...»

—Basta, basta —exclamó interrumpiéndome—. Es particular... me salen horcas y muertos por todas partes.

—Es usted a veces más valerosa que un águila, y a veces más tímida que un pajarillo. ¿La idea de la muerte de un hombre, de un malvado, le causa a usted tanto temor?

—No, señor de Pipaón: ni me asusta ni me aterra la idea de que un gran criminal expíe sus crímenes; lo que me causa pavor, y más que pavor, repugnancia, es la horca, esa herramienta vil... Las justicias de la tierra debieran hacerlas siempre los agraviados en el momento de recibir la ofensa... Qué quiere usted... yo soy así... tengo esas ideas y no lo puedo remediar.

—Extraña justicia sería esa, Jenara.

—La mejor. Justicia rápida y por la mano del ofendido. Yo no la concibo de otra manera. Esa que está en manos de hombres pagados, vestidos de negro, amarillos y casi siempre sucios; esa que da tormento al reo, y antes de matarlo lo envuelve en una mortaja de papel escrito, me da tanta tristeza como repugnancia. Detesto al criminal y sería capaz de matarle yo misma, sí señor, yo misma; pero compadezco al encausado.

No quise seguir tratando aquella cuestión, y los dos permanecimos largo rato en silencio, que solo se interrumpió para dar órdenes al nuevo criado que me servía. Doña Fe se hallaba otra vez en cama, molestada de sus pertinaces dolores. Aunque era ya un poco tarde, ni Jenara ni yo teníamos ganas de dormir: sin duda una y otro llevábamos tantas ideas en la cabeza, que el sueño no podía entrar en ella. La respectiva situación nuestra, nuestro desvelo, el silencio que reinaba en la casa, las moribundas ascuas del brasero, que servían como de intermediario a nuestra melancolía meditabunda, trajeron a mi memoria el recuerdo de la noche en que recibí el singular escrito. No pude reprimir un repentino acceso de miedo, el cual se apoderó de mi alma y corrió por dentro de mí y pasó como una influencia eléctrica... Pero mi razón se esforzó en serenarse, diciendo: «Ahora no hay cuidado.»

De pronto sonaron no sé qué extraños ruidos en lo interior de la casa. Yo di un grito y Jenara se puso a temblar.

—No es nada —dije—. La puerta que se ha cerrado a impulsos del viento... ¿Qué es eso, Jenara, tiene usted miedo?

—Tengo frío —me contestó arropándose en su mantón.

—¿No se acuesta usted?

—Sí... ahora —dijo mirando a todos lados con el recelo propio de quien busca, y al mismo tiempo teme ver algún objeto desagradable.

Llamé a la doncella, que acudió al punto; acompañelas a las dos hasta su habitación, y cuando di a la señora las buenas noches, respondiome con tristeza:

—Muchas gracias... pero ya sé que esta noche no he de dormir.

Dirigime pensativo y no completamente libre de susto a mi cuarto. Cuando abrí la puerta de él, cuando la luz que yo llevaba iluminó el interior de la pieza..., ¡terror incomparable!..., lancé un grito de espanto y no quedó gota de sangre en mi cuerpo... ¡Jesús mil veces! En mi cuarto había un hombre.

Un hombre, sí, que tranquilamente sentado en mi propio sillón, clavaba en mí una mirada fulgurante y burlona a la vez.

¡Cielos divinos! ¡Socorro!... ¡Un hombre en mi cuarto!

¿Quién? Salvador Monsalud.

XIII

Salvador Monsalud en persona.

Largo rato estuve sin habla, sin movimiento, paralizado por el espanto. Yo no era Pipaón; yo era el miedo mismo. Mi espíritu era incapaz de reflexión, de comparación, de juicio... Las piernas me flaqueaban; la voz, muerta en la garganta, no podía ni sabía pedir auxilio.

Creí ver un fantasma. Por un instante, perdiendo mi buen sentido, creí en brujas, en duendes, en almas del otro mundo, en todos los disparates de los cuentos de viejas.

Pero el fantasma se reía de mi turbación, y alargando un brazo hacia mí, me dijo:

—No te asustes, Juan. Soy yo, tu amigo Salvador.

—¡Tú, Salvador, Salvadorcillo!... —murmuré con voz ahogada—. ¿Por dónde entraste?... Esto es una alevosía.

—Calla, calla —me dijo levantándose, al ver que yo, recobrando el aliento, iba a alborotar la casa—. Soy tu amigo. No me tengas miedo. Hablaremos un rato. Vengo a darte las gracias.

—¡Las gracias..., a mí!

—Sí; me has hecho un favor, un beneficio inmenso que te agradeceré toda mi vida. Siéntate.

Imperiosamente me ofreció una silla. Los dos nos sentamos. El miedo y no sé qué fascinación extraña me subordinaban al intruso visitante.

—Sí —añadió sonriendo y pasando cariñosamente su mano por mi hombro—, un beneficio inmenso. A ti te debo que se hayan dado hoy las órdenes para poner en libertad a mi pobre madre.

—¡A mí!... Es verdad... sí, yo... —repuse tratando de sacar una idea de la confusión espantosa que había en mi cerebro—. Yo fui quien supliqué al ministro...

—Cediste a mi ruego...

—Como me lo pedías en aquella hoja... —dije viendo un poco más claro, y determinando sacar partido de la situación—. Me pareció justo lo que me pedías... Pero dime, ¿con quién mandaste aquel papel?

—Lo traje yo mismo.

—¡Tú!... Bien puede ser, puesto que ahora estás aquí... ¿Y por dónde has entrado?

Monsalud rompió a reír.

—¿No has caído en ello? Por el agujero de la llave.

—Estas bromas no me gustan. Ya veo que no hay casa segura para la masonería.

—Ni para el absolutismo. Si yo entro en la tuya, no falta quien entre en la mía.

—Eso no me lo cuentes a mí. Nunca he sido espía.

—Pero sí amigo del marqués de M***. Escúchame, Juan: esta noche han querido prenderme. He sospechado que anduvieras tú en este negocio.

Dominome de nuevo el miedo, y haciéndome el sorprendido, repuse:

—¡Prenderte!... ¿Y qué tengo yo que ver con eso?

—No es más que sospecha... —dijo seriamente—. Te he creído autor al mismo tiempo de un beneficio y de un agravio. Me ha parecido inverosímil que me salvaras y me perdieras en un solo día, y he querido apelar a tu franqueza y lealtad para que me digas la verdad.

—El beneficio, obra mía es; pero el agravio...

Salvador me clavaba los ojos con tal fijeza escrutadora, que sus rayos parecían penetrar en mi alma. Yo también le observé a él. Lejos de parecerme siniestro y terrible, como decía Jenara, Monsalud tenía aspecto en extremo agradable, y había ganado mucho desde que no nos veíamos. Su fisonomía era inteligencia y fuerza; la expresión de sus ojos ejercía inexplicable dominio sobre mí, y toda su persona tenía un sello de superioridad y nobleza que cautivaba. Vestía bien.

—Esta noche han intentado prenderme, con un lujo de precauciones y de habilidad que me han llamado la atención —dijo—. Gracias a la lealtad de un hombre, he podido escapar a tiempo, y el señor marqués ha cogido tan solo a unos pobres aguadores que dormían en el sótano de la casa. Sé que una señora desconocida sobornó a la pobre mujer del guarda; sé que tu amigo el marqués dio las órdenes para sorprenderme; pero desconozco la trama y los móviles de todo esto. Tú lo sabes y me lo has de decir.

—¡Yo!... ¡Yo no sé una palabra! Todo lo que me dices es nuevo para mí.

—Dime la verdad... ¡tú lo sabes todo! —dijo apretándome el brazo—. Dímelo, Bragas, o te acordarás de mí.

—¡Por mi nombre, por Dios que nos oye, te juro que nada sé! —repliqué temblando de susto—. A fe que tienes buen modo de agradecerme lo que he hecho por tu madre.

—Tú eres amigo y confidente íntimo del señor familiar —añadió Salvador aplacándose.

Fingí gran sorpresa.

—¡Yo!... ¡Yo amigo de ese majadero!... Pero tú no sabes lo que dices. ¿En qué país vives?

—¿No eres tú de la pandilla de Lozano y del marqués de M***? —preguntó algo desconcertado por mi aplomo.

—Vaya, vaya..., veo que no estás enterado de nada... ¡Ya esos tiempos pasaron, Salvador!

—Entonces has variado de ideas y de conducta.

—Sí, señor, he cambiado de ideas, de conducta, de todo. Mi ruptura con toda esa caterva absolutista es completa desde hace tiempo. Les trato y nada más.

Salvador manifestaba el mayor asombro.

—¡Pues ya!... —continué, cada vez más dueño de mí mismo—. Si así no fuera, ¿crees que hubiera intercedido por tu madre?... ¿Crees que me hubiera expuesto a pasar por cómplice de los conspiradores?

—Juan, por favor, ya seas mi amigo, ya seas mi enemigo, te ruego que me digas lo que sabes respecto a mi persecución de esta noche.

—Te juro que no sé una palabra, ni tengo parte en ello —respondí con tanta seguridad, que no se me traslucía en la cara ni las más ligera turbación.

—Para que seas franco, voy a darte un ejemplo de franqueza. Escúchame bien: en esta azarosa vida mía, consagrada a un afán que devora, a una pasión que lentamente consume y postra las fuerzas del alma, me he dejado dominar por vanos caprichos o veleidades amorosas. Mi carácter, en el cual hay ansiedades que nunca se han satisfecho ni se satisfarán jamás, me ha impulsado a esto. Me he tolerado yo mismo estas distracciones, como se tolera el soldado, en medio de la pelea, descansos cobardes para fortalecer su ánimo. Pues bien: últimamente amaba a una mujer con más vehemencia de la que suelo poner de algún tiempo a esta parte en asuntos de amor. Pero no sé qué fatalidad me persigue: con mi exaltación vino una frialdad inexplicable en la persona amada: tuve primero celos, luego sospechas de que me vendía. No quiero entrar en detalles inútiles. Lo principal es esto: al saber hace poco que una señora había comprado con dinero el secreto de mi morada, se han aumentado mis sospechas. Herido en lo más delicado de mi alma, he sentido un furor y deseo de venganza que no puedo expresarte con palabras; me he vuelto loco a fuerza de discurrir, buscando antecedentes o indicios que confirmaran mi sospecha; he vagado como un insensato por las calles, jurando muertes y venganza; he prometido no descansar mientras no aclarase este enigma que me atormenta y me abrasa las entrañas.

Mi amigo apoyó la cabeza entre sus manos. Su hermoso y noble semblante expresaba viva cólera.

—En esta confusión —prosiguió— discurrí que tú, como amigo del familiar, podrías sacarme de dudas.

—No sé una palabra. En un tiempo conocí a todas las familias que tenían relaciones con don Buenaventura. ¿Cómo se llama esa señora?

—Andrea.

—No puedo darte ninguna luz, amigo.

—Al mismo tiempo que tal traición infame suponía, otra idea, otra sospecha aumentaba mi confusión, amigo Juan; idea sobre la cual espero que puedas darme más luz que sobre la otra.

—A ver.

—Existe otra mujer, a quien también puedo atribuir mi persecución: una mujer que vive en tu misma casa, y de cuyas acciones, por reservadas que sean, puedes tener noticia.

—¿Jenara?

—La misma. Esa tiene motivos para aborrecerme. Cuanto haga contra mí no me sorprenderá. Nada pienso hacer en contra suya. Dejaré que caiga su mano implacable, y pediré a Dios que nos perdone a mí y a ella.

—Pues tampoco puedo sacarte de confusiones. No tengo ni el más leve indicio de que Jenara...

—¿De veras?

—Te lo juro por mi salvación.

—Está de Dios que yo me consuma en el fuego de esta duda espantosa —afirmó Salvador con imponente afán.

Durante las últimas palabras, así como en diversos momentos de nuestro diálogo, me inquietaba un rumor que fuera de la alcoba sentía, rumor como de leves pasos y faldas de mujer, y la idea de que un oído importuno nos escuchase, empezó a mortificarme. No quise, sin embargo, llamar sobre esto la atención de mi amigo, y me propuse no decir cosa alguna que pudiera ser desagradable a la persona que, según mi presunción, aplicaba su curioso oído a la puerta.

—Creo que puedes tener seguridad completa en ese particular —dije a mi amigo—. Jenara es incapaz de hacer el indigno papel de inquisidor.

—También lo creo así —me respondió Monsalud.

Diciendo esto, ambos nos quedamos absortos, porque la puerta se abrió suavemente y apareció ante nuestra vista una magnífica figura blanca, cuya presencia repentina, unida a la belleza y emoción de su rostro, tenía todo el carácter de las misteriosas apariciones de la poesía y de la noche.

—Es un error —dijo con voz tan turbada que no parecía la suya—. La inquisidora he sido yo.

Salvador se levantó; dio indeciso algunos pasos como quien no sabe si mostrarse cortés o enojado, y habló de este modo:

—¡Que Dios nos perdone a ti y a mí, Jenara!... Por esta vez has errado el golpe.

—En otra ocasión seré más afortunada —aseguró la dama, dando un paso atrás y atrayendo la hoja de la puerta hacia sí.

—Aguarda un instante —dijo Monsalud, corriendo a detenerla—. En pago de tu crueldad, quiero darte una mala noticia.

Jenara se detuvo.

—Carlos, tu pobre marido, llega mañana... Como hace tiempo que has dejado de quererle, según él dice, por eso llamo a esto mala noticia.

Salvador acentuaba sus palabras con punzante ironía.

—Pues no ha anunciado su viaje —dije yo, advirtiendo en Jenara una gran perplejidad, y deseando sugerirle una idea para que saliese de ella.

Pero Jenara no chistó. En su semblante, que poco antes parecía de mármol, distinguí una alteración súbita. Leves llamaradas de rubor tiñeron sus mejillas.

—No ha anunciado su viaje —añadió Monsalud— porque viene a lo celoso, callandito... Quiere sorprender, acechar, vigilar. ¿Sabes que está celoso, Jenara?... El pobre Carlos no será nunca feliz.

Vi moverse los labios de Jenara y replegarse en torva conjunción sus cejas. Difícil es conocer lo que pasaba entonces en su mente y en su conciencia (¿nos lo dirá ella misma algún día?), porque en vez de hablar cerró con estrépito la puerta, y desapareció como una visión de teatro. Fui tras ella... huía como la corza herida. Creyérase que tras su fugitiva persona, semejante a la sombra de una diosa ofendida, había quedado en la atmósfera un suspiro que por breve instante reprodujo su emoción.

Cuando volví al lado de Monsalud, este reía.

XIV

—Gran bien me ha hecho tu huéspeda sacándome de dudas. Al fin veo que no he perdido el tiempo con venir aquí.

—¡Conque era ella!

—¡Esta! —exclamó con júbilo—. ¡Oh!, amigo Juan, qué dulce es ver que solo nos hacen daño nuestros enemigos... Sospechar de un amigo, de una persona amada, es el mayor de los martirios.

—¡Quién lo había de decir! —indiqué yo, haciendo un esfuerzo para que no me cogiese en mentira—. ¡Cómo había de figurarme yo que Jenarita...!

—¿Y no sospechabas nada?

—Ni una palabra.

—¿Y no te había confiado nada?

—¿A mí? Si no nos podemos ver... si somos el perro y el gato. ¡Cuánto me alegro de que venga Carlos, a ver si esta gente se marcha de una vez de mi casa!

Antes de pronunciar estas palabras me cercioré de que el espionaje había concluido. Nadie nos oía. Cerradas cuidadosamente todas las puertas, me senté junto a mi amigo, resuelto a poner en ejecución el hábil plan que había concebido.

—¿Pero es cierto que no os lleváis bien los Baraonas y tú? —me preguntó Salvador en tono que indicaba alguna desconfianza.

—No nos podemos ver, te he dicho. Ya conoces las ideas del abuelo. Es un hombre insolente. Respecto a la implacable soberbia y a los rencorosos sentimientos de Jenarita, ¿qué puedo decirte que tú no sepas?... ¡Pues digo, si llegan a saber que yo he intercedido por tu infeliz madre...! Cuando se les habla de tal asunto, son fieras el abuelo y la nieta.

—No me hables de esto —dijo Salvador pálido de ira—, porque me olvidaré de que estoy en casa ajena y en situación poco a propósito para pedir cuentas a nadie... Los Baraonas y los Garrotes son autores de la prisión y del martirio de mi pobre madre. ¡Venganza miserable! Todo porque le herí en un duelo leal, provocado por él... ¡Si supieras cuánto he luchado aquí para conseguir la libertad de la pobre mártir!... Diferentes veces se ha logrado lo que hoy te concedió el ministro; diferentes veces, por empeño de poderosos amigos míos, ha dado órdenes generosas el Consejo Supremo. Mientras Carlos ha estado en la Rioja, todo ha sido inútil. Yo no sé cómo se las compone el maldito, que puede allá más que el Consejo Supremo aquí.

—Tiene amigos y parientes en la Inquisición de Logroño, y es familiar de ella.

—Mi madre será puesta en libertad pronto, gracias a que Carlos ha salido de allí, a que las órdenes de ahora son muy enérgicas, y, sobre todo, a la revolución que se aproxima... Pero sálvese o no la infeliz señora, la infamia de esa gente rencorosa y vengativa como las furias antiguas no quedará sin pago... ¡Me parece mentira que Carlos Garrote viene a Madrid, y que he de verle delante de mí!

Diciendo esto, eran tan enérgicas la expresión y los ademanes de mi amigo, que me aparté de su lado, temeroso de alcanzar alguna señal dolorosa de su indignación.

—Esta gente es atroz —dije—. No veo la hora de que se marchen de mi casa. Estamos riñendo todo el día. ¡Cuántas veces les he echado en cara ese furor inútil contra doña Fermina, por no poder cebarse en ti!

—Por eso te llamará tanto la atención verme en esta casa, albergue de mis implacables enemigos, y que al mismo tiempo lo es de un rabioso absolutista.

—¡Absolutista yo! —exclamó comenzando a desarrollar mi plan—. No me insultes.

—Yo vacilé largo rato antes de presentarme a ti; pero el deseo de que me sacaras de una cruel duda me decidió. Por un lado sospechaba que tú, como familiar del familiar, no dejarías de tener parte en mi persecución; por otro, el saber que habías implorado la libertad de mi madre, me inspiraba cierta confianza hacia ti, a pesar de tu absolutismo.

—¡Absolutista yo! Vuelvo a decirte que no me insultes. Bien sabes tú que no soy servil. Si lo creyeras así, no te atreverías a venir a mi casa.

—¿Por qué no?

—Porque temerías que te detuviese y te entregase a la justicia.

Monsalud se echó a reír, burlándose descaradamente de mí.

—Pues qué, ¿si yo fuera absolutista de los de don Buenaventura, estarías tú tan tranquilo en mi presencia?

—Dices eso, pobre hombre, porque ignoras que aunque seas absolutista de los de don Buenaventura, no puedes nada contra mí dentro de tu propia casa.

—¡Cómo que no!

—Mírame —añadió desembozándose—. No traigo armas. Esto prueba mi confianza.

—Y si yo quisiera... —dije lleno de confusión—. Verdad es que alguno de mis criados está vendido a la masonería.

—Lo están todos.

—¡Todos! De modo que en mi propia casa...

—Estoy yo más seguro que lo estuve esta noche en la mía —me contestó riendo—. No te alarmes por eso. Además, el mal es irreparable, porque si despides a tus criados y tomas otros, sucederá lo mismo... ¿Sabes que me encuentro bien aquí? Si me lo permites, descansaré un poco —añadió, acomodándose holgadamente en el canapé.

Volvió de nuevo el miedo a apoderarse de mí; pero yo había resuelto seguir la corriente a que me impulsaban mis nuevos propósitos y las ideas de mi amigo, y le hablé de este modo con amabilidad.

—Por supuesto, Salvador, la traición de mis criados es perfectamente inútil, porque has de saber que no solo soy incapaz de perseguirte, sino que te ocultaré y protegeré en caso de que otros te persigan.

—Vamos —dijo sonriendo amistosamente—, no me confundas más de lo que estoy. Di que eres mi amigo, di que conservas algo del afecto que hace años nos teníamos. Lo creeré, no solo porque mi corazón es crédulo en materias de amistad, sino porque has dado pruebas de ello hoy mismo intercediendo por mi madre, lo cual te agradezco en el alma. Dime eso, querido Juan; dime que eres leal y honrado y generoso conmigo; pero no me digas que no eres absolutista, porque me echaré a reír.

—Pues te lo repito. Vamos, me enojaré de veras si insistes en tal absurdo. Ven acá —añadí mostrando el paquete de folletos que me había dejado don Antonio Ugarte—. ¿Es absolutista el hombre que se ocupa en repartir estos papeles?

—¡El folleto de Flórez Estrada!

—He repartido ya más de cien. Asómbrate, Salvadorcillo: he hecho llegar este cuaderno a las manos de Su Majestad y de los infantes.

—Esto es algo —dijo con formalidad—; pero no es una prueba completa de ruptura con el absolutismo. Quizás tu entendimiento se incline a otras ideas; pero ya estás muy amoldado, Bragas, estás endurecido en la forma de los Lozano de Torres, de los Buenaventura, de los Eguía, de los Elío... Necesitarías que te derritieran y que de nuevo te fundiesen en otro crisol.

—Tonto —repliqué con brío—, ¿y quién te ha dicho que no me he puesto ya al fuego?

—¡Tú!, el covachuelo, el oficial de Paja y Utensilios, el director de la Caja de Amortización, el amigo del señor Chamorro, el brazo derecho del señor Ugarte, el tertulio de Palacio, el mandadero de Su Majestad...

—¡Yo, yo, yo! Sí —afirmé con enfado—. ¿Quieres que te convenza de una vez con dos palabras, Salvador?... Pues para que comprendas mi decidida ruptura con todos esos deplorables antecedentes y personas, óyeme lo que voy a decirte. Quiero ser masón.

Monsalud manifestó asombro.

—Ser masón es no ser nada, si no se conspira —me dijo.

—¡Quiero conspirar! —exclamé dando fuerte puñetazo sobre la mesa, y metiéndome después las manos en los bolsillos.

—Pero no se conspira para aumentar la autoridad de la corona, sino para disminuirla. No se conspira en pro del rey, sino en pro de la nación.

—Pues en pro de la nación.

—Se conspira para restablecer el gobierno liberal y la Constitución, es decir, lo que tú llamabas _la mamancia_ cuando escribías en _La Atalaya_.

—Para restablecer el gobierno liberal y _la mamancia_ —repetí frunciendo el ceño y con los ojos fijos en el suelo.

—Y para dar al traste con la infame polilla de España que mina el trono y el país, y al mismo tiempo se los está comiendo.

—¡Para eso, para eso!

—Debo añadirte que hoy se hila un poco delgado debajo de Madrid.

—¡Debajo de Madrid!

—¿No me entiendes? En las logias y reuniones secretas, quiero decir. Hoy se toman precauciones. Cuando un señorón de categoría elevada, sea quien fuere, ofrece su ayuda a la revolución, lo que ocurre todos los días, queda ligado por compromiso solemne; y las veleidades, querido Bragas, los arrepentimientos, suelen costar caros a quien los padece.

—Sí, ya sé... —dije inspeccionando otra vez la puerta, para cerciorarme de que nadie nos oía—. Hay pruebas rigurosas, palabras enigmáticas, juramentos que hielan la sangre en las venas... y el que hace traición muere sin remedio.