Part 6
—El ministro y yo vamos a hablar de masonería. Si ve usted a don Buenaventura, denúnciele esta logia.
—Pues hablemos de masonería —repitió Lozano sentándose junto a la corpulenta humanidad de su amigo—. Pipaón, adiós.
Yo estaba tan sorprendido como satisfecho. Presentábanse aquel día las cosas a pedir de boca, pues después de conseguir del ministro amenazado lo que poco antes me resultara imposible o al menos dificilísimo, quedábame ancho y expedito el camino para congraciarme con el ministro sucesor, proporcionándole uno de los más vivos goces que pudiera anhelar. La Providencia, que jamás me abandonó, disponía en aquella ocasión que quedase bien con todos: bien con Lozano de Torres, y mejor aún con el marqués, principal imán de mis complacencias a la sazón, porque los servicios que yo le prestara habían de influir mucho en la provisión de la primer vacante en el Consejo.
Recibiome don Buenaventura gozoso, aunque con modestas razones aseguró no tener noticia de su proximidad al sillón de Gracia y Justicia. Cuando le comuniqué las verídicas noticias que llevaba, púsose más alegre, y al punto se vistió para ir en busca del Gobernador de la Sala de Alcaldes, y del señor Alguacil Mayor de la Inquisición de Corte. El estado y la Iglesia estaban de enhorabuena. Tomáronse desde por la mañana con el mayor sigilo todas las precauciones imaginables, porque el señor don Buenaventura era uno de los esbirros más celosos y más diligentes que por entonces tenía el absolutismo. Para que se vea qué vehemencia acostumbraba poner aquel piadoso varón en sus gestiones inquisitoriales, dejaré hablar por un momento a un célebre cronista de aquellos tiempos.[2]
[2] Van-Halen, _Memorias_.
«El marqués de M***, familiar del Santo Oficio, hombre fanático por la Inquisición, y oficioso por ella con delirio, había por sí y ante sí organizado una tropa de espías, que él pagaba a sus propias expensas, y en la que figuraba con distinción un antiguo oficial suizo, que, conociendo el flaco de este corifeo, lo embaucaba y hacía creer mil maravillas. Nadie osó ofrecer al rey mi nueva captura con la decisión que este digno caballero.»
Don Buenaventura, aunque marqués, vivía en una casa de huéspedes de la calle de la Abada. Amigo de la casa y obsequiador de las tres hermosas niñas de la patrona era un tal Núñez, compinche de los conspiradores, el cual se había dado muy buenas trazas para espiar a los espías del marqués y al marqués mismo de un modo tan seguro como ingenioso. Y fue que las niñas habían practicado un agujero en el tabique de la estancia del familiar, el cual huequecillo, cubierto con un mapa, les permitía oír desde la pieza inmediata cuanto en aquella se decía. Desde que iba el suizo a dar parte de sus pesquisas o a recibir órdenes de don Buenaventura, ya estaban las niñas con el oído pegado a la pared, y junto a ellas el travieso Núñez. Véase por esto si daría resultados la policía del marqués.
Cuando todo quedó concertado, después de mis revelaciones para dar el golpe seguro contra el astuto agitador, aquella misma noche mi ilustre amigo y protector me dijo:
—Querido Pipaón, no puedes figurarte cuánto hemos penado el señor Alguacil Mayor y yo, noches pasadas. Recorrimos toda una manzana de casas, saltando de tejado en tejado, más parecidos a gatos que a grandes de España. El señor duque se destrozó una pierna contra la reja de una buhardilla, y yo resbalé por las tejas... ¡Ay!, poco me faltó para rodar hasta el alero y caer a la calle... Y por fin de fiesta, no cogimos nada... por todas partes gente honrada y piadosa. Madrid, y sobre todo los pisos altos, desvanes, sotabancos y chiribitiles, están atestados de modelos de virtud... Los espías que pago son perros jóvenes que apenas tienen olfato... se equivocan siempre. Denuncian un conspirador hereje en tal o cual buhardilla, vamos allá y resulta un exabate hambriento que compone villancicos y romances para los ciegos... Nos hablan de una logia, corremos a ella, y después de rompernos las piernas contra las chimeneas, hallamos un altar donde se adora entre flores y velas a la santísima Virgen... O los espías no sirven para el oficio, o la sociedad toda es una mentira, pura hipocresía y enredo... En fin, si es verdad lo que me has dicho, esta noche haremos algo de provecho, mayormente si Su Majestad se digna nombrarme ministro. Como supongo que estás impaciente por saber el resultado del golpe, en cuanto todo esté hecho, te mandaré un recado con Perico.
Dejé a don Buenaventura entregado a sus dulces proyectos, y después de despachar varios asuntos, me retiré ya de noche a mi casa, donde encontré a don Antonio Ugarte, que pocos días antes había llegado de Andalucía, y me estaba esperando para hablar conmigo, según dijo, de un negocio interesante.
Desde que le vi, diome un vuelco el corazón, anunciándome con su ignoto lenguaje que algo grave iba a tratar conmigo el tal sujeto. Era Ugarte el hombre a quien yo más respetaba en aquella época. Su suprema inteligencia y tino me subyugaban de tal modo, que no podía dejar de obedecerle ciegamente. Sus presunciones, sus barruntos, eran leyes para mí; y a pesar de mi amistad con diversas personas, solo aquella influía de un modo poderoso en mis ideas y en mi conducta. Al mismo tiempo, él me tenía por auxiliar tan poderoso de sus planes, que podía llamarme su brazo derecho. Ugarte no podía ir a mi casa para una tontería. Advertí que traía un paquete bajo la capa; algo estupendo iba a salir de sus sibilíticos labios. El coloquio que ambos sostuvimos encerrados en mi cuarto y sentados frente a frente, es tan útil para la perfecta inteligencia de estas _Memorias_ mías, que no puedo pasarlo en silencio.
XI
—Pipaón —me dijo con el tono reprensivo que empleaba siempre para echarme en cara mi conducta, cuando esta no le convenía—, de algún tiempo a esta parte estás haciendo tantas y tan grandes simplezas, que apenas te conozco. No solo te haces daño a ti mismo, si no que me lo haces a mí.
—Ya me dijo usted, señor don Antonio —le respondí con humildad—, que encontraba censurable mi empeño en ser consejero; pero también he dicho a usted que no es por el huevo, sino por el fuero; que es para mí un caso de honra, de dignidad.
—Nada de eso hace al caso. Importa poco que lo pretendas por esta o la otra razón; lo que encuentro perjudicial y aun soberanamente necio es que lo solicites, cualquiera que sea el motivo. Llevas trazas de no conseguirlo nunca, y aun de perder lo que has adelantado en tu carrera.
Como no podía penetrar el sentido de aquellas razones, esperé sin decir nada a que el gran Antonio I me las explicara.
—Mi situación en la corte no es hoy lo que hace un par de años —dijo muy preocupado—, ni la tuya tampoco.
—Desde la compra de los malhadados barcos rusos —respondí—, nos hemos averiado un tanto, y navegamos mal. Demos gracias a Dios por no habernos estrellado ya.
—¡La compra de los barcos rusos! —exclamó, fija la vista en el suelo y moviendo la cabeza—. Ahí tienes un servicio eminente prestado a nuestro país, y, sin embargo, nadie nos lo ha agradecido.
Hice un esfuerzo supremo para no reírme.
—Verdaderamente —añadió don Antonio—, los barcos no valían ni para leña. Hablando aquí en confianza, amigo Pipaón, yo no creí que fueran tan malos. El señor bailío me aseguró que podían hacer un viaje.
—No creo que sea posible un negocio peor, señor don Antonio; dígolo con referencia al país. Si las quinientas mil libras que nos dieron los ingleses para indemnizar a los perjudicados por la abolición de la trata se hubieran repartido equitativamente entre los españoles pobres...
—No te hagas eco tú también de las vulgaridades que corren a propósito de los cinco navíos y la fragata que compramos al emperador de Rusia —dijo con cierto enfado—. Si ha resultado que esos buques están podridos, la culpa no es mía. ¿Entiendo yo de barcos? Además, aquí no quieren sino gangas. ¿Pues qué, con quinientas mil libras, o sean cincuenta millones de reales, se podían comprar seis buques acabaditos de salir del astillero?
—Señor don Antonio, si el gran Alejandro sigue con tan buen ojo para los negocios, pronto no cabrá el dinero en todas las Rusias de Europa y de Asia.
—¿Y a mí qué me cuentas? —dijo amostazándose más—. El tratado secreto que se celebró para comprarlos, firmelo yo como _secretario íntimo_; pero fue el rey quien lo hizo. Era tal su impaciencia por cerrar el trato de una vez, que estaba el hombre desasosegado y fuera de sí. Yo quise ir con tiento, yo quise establecer alguna garantía; pero, amigo Pipaón, si vieras cómo estaba, cómo se puso ese hombre... Parecía sediento, ávido; parecíale que si no se compraban pronto los barcos, se iban a convertir en humo las quinientas mil libras de los ingleses. ¿Qué dices a esto?
—Parece mentira que tal haga, y de tal modo se apure, un hombre que tiene a su disposición más de cien millones del tesoro público y otras gangas...
—Si es un saco roto. ¡Y el vulgo necio cree que de la compra de los cachuchos podridos me aproveché yo!... —dijo Ugarte con cierta expresión que indicaba como lástima de sí mismo—. ¡Yo, Pipaón!... No me ha tocado sino una miseria, un bocado, indigno de mí y de los muchos afanes que pasé. Pero, querido, los revolucionarios se valen de todos los medios... Ni los barcos son tan malos como dicen, ni es absolutamente imposible que se den a la vela.
—Los marinos han dicho que no se embarcan en ellos.
—¡Los marinos! ¿Ignoras que todos están vendidos a la masonería?... Pero es preciso desplegar gran energía contra esa gente; si no... Al capitán de navío don Roque Gruzeta se le ha puesto preso por haber dado un informe desfavorable a los cinco buques.
—Es que no quieren embarcarse, señor don Antonio; es que nadie quiere ir a América.
—Exactamente: ese es el mal primero y más grave, y ayer se lo he dicho claramente a Su Majestad. Ni militares ni marinos quieren correr los riesgos de una navegación larga, ni exponerse a las epidemias de América, ni menos entrar en campaña con los rebeldes en un país tan vasto como aquel. Los que vuelven, escuálidos y moribundos, quitan a los expedicionarios las pocas ganas que tienen de embarcarse. Con esta cobardía general, toda guerra ultramarina es imposible, y las Américas se perderán, amigo Pipaón.
—Claro es que se pierden. Si este último esfuerzo no da algún resultado...
—¿Qué esfuerzo ni qué niño muerto? ¿Pero tú crees que las tropas del ejército expedicionario que yo dispuse llegarán a embarcarse? ¡Necedad! Fui a Cádiz hace poco, y pude ver por mí mismo cómo está aquella gente. Hay que oírles, amigo. Con decirte que no hay un solo oficial que no esté afiliado en alguna sociedad secreta, está dicho todo: hablan con el mayor desparpajo del mundo de ideas liberales, de constituciones, de democracia, de soberanía nacional y aun de república. En los círculos de oficiales y en los cuerpos de guardia no se oye otra cosa que versitos, pullas y chascarrillos contra el despotismo, contra el rey absoluto, y contra todas las personas que le rodean. Hay allí una atmósfera que marea; al llegar a la Isla se respira revolución, como al acercarse a un incendio se respira humo.
—No estaba yo muy seguro de las aficiones absolutistas de los oficiales del ejército, especialmente de los pertenecientes a cuerpos facultativos —dije participando de las inquietudes de don Antonio—; pero no creí que las sociedades secretas estuvieran tan extendidas.
Don Antonio dio una especie de silbido, que indicaba la plenitud de su convicción en punto al enorme influjo de las sociedades secretas.
—Estás en Babia, Pipaón —me dijo sonriendo—. Las sociedades secretas, llámalas masonería, clubs, orientes, o como quieras, ofrecen hoy una ramificación inmensa dentro de la sociedad. En ellas está comprometida toda clase de gente. ¿Crees que solo los perdidos son masones? ¡Error, amigo mío, vulgaridad supina! Altos personajes...
—Eso lo sé también. Podría citar aquí media docena...
—¡Media docena! Yo te citaré centenares. De algunos no tengo seguridad completa; pero de muchos no puedo dudarlo, porque tengo datos irrecusables. ¡Y qué hombres, y qué nombres! Precisamente los que mejor suenan en los oídos del absolutismo, son los que más se pronuncian hoy en las logias. Ministros, tenientes generales y algún capitán general, vicealmirantes, infinidad de brigadieres, consejeros de Estado, alcaldes de Casa y Corte, familiares de la Inquisición, hasta inquisidores, hasta canónigos, hasta frailes hay en la masonería. No me asombraré de ver en ella a un señor obispo el mejor día... Por de contado, el núcleo, la base, el amasijo fundamental de este gran pastel que se está cociendo y que pronto fermentará, si Dios no lo remedia, lo forman los oficiales de todos los cuerpos que guarnecen la corte y las principales ciudades y plazas del reino.
—Vamos, es para volverse loco.
—No: hay que tomarlo con calma, con mucha calma y sangre fría —repuso don Antonio mostrando gran dosis de ellas en su voz y semblante.
—Pero entonces, ¿qué va a pasar aquí?
—Qué sé yo... allá veremos —dijo alzando los hombros—; pero cualesquiera que sean los acontecimientos que han de venir, Pipaón, es preciso estar preparado para ellos.
—¿Y cómo?
—Todo será según y como venga lo que ha de venir —dijo con aplomo—. Ninguna cosa, ni aun la revolución, es mala de por sí. Todo depende del procedimiento, de la conducta.
—Si mal no recuerdo, señor don Antonio, he oído decir que frente a las sociedades masónicas se ha formado también una especie de masonería absolutista que se llama _La Contramina_, y cuyo objeto es atajar la revolución, o ahogarla antes de nacer.
—Ríete de contraminas —repuso—. Conozco a los principales individuos de ella, y con decirte que esa anti-conjuración la ideó el marqués de M*** está dicho todo. Nada, nada, Pipaón, es preciso huir siempre de los necios, y no tener nada común con ellos. Todo lo que hoy intenta el gobierno contra las sociedades secretas, su tardía diligencia contra ellas, es pura necedad. No se lucha contra todas o casi todas las capacidades del reino, en milicia, en dinero, en talento.
—¿Esas tenemos? —exclamé asombrado al ver cómo iba creciendo el fantasma masónico que Ugarte ponía ante mis ojos.
—Esas tenemos, sí; y todo lo contrario es tontería y ridiculez. Por ejemplo: tú, poniéndote al servicio de Lozano de Torres, y haciéndote lugarteniente del marqués de M***, llevando mensajes al primero, y ayudando al segundo en sus grotescos espionajes por tejados gatunos y casas de huéspedes, eres tan soberanamente necio que al saberlo me he visto en la precisión de venir a atajarte, a prevenirte, a salvar tu porvenir y tu carrera, comprometidos con la amistad de esos hombres.
Sin acertar a decir hada, miré a don Antonio lleno de asombro. El punto grave de nuestra conferencia había llegado.
—¿Piensas tú que vas a sacar algún provecho de tu servilismo? ¿Piensas atrapar de ese modo la plaza de consejero? —prosiguió—. ¡Cuán equivocado estás! Lozano y el marqués de M***, a pesar de todos sus humos, y aunque el uno suceda al otro en el ministerio, son hoy dos fantasmas de la corte. Su valimiento es pura farsa y engaño. Agárrate a sus faldones y te hundirás con ellos.
—Verdaderamente, señor don Antonio, después que he dejado de frecuentar la cámara de Su Majestad, vivo a oscuras de todo.
—Se conoce. Estás con una venda en los ojos; marchas a tientas y te estrellarás sin remedio. Yo también estoy apartado de Palacio; ignoro lo que allí pasa; he perdido relaciones muy útiles allí, y ando como tú, algo desorientado; pero hace tiempo que empiezo a ver claro, y de resultas de mis recientes observaciones, he sacado en limpio que es un suicidio tratar de oponerse al creciente poder de las sociedades secretas.
Abrí los ojos con espanto.
—Durante algún tiempo —continuó don Antonio— me he dedicado a observar esta sociedad, como observa el médico a su enfermo: le he tomado el pulso y le he mirado la lengua, Pipaón; me he fijado escrupulosamente en todos los síntomas, y he comprendido que el enfermo va a dar un estallido.
—¡Un estallido!... ¡Una revolución!...
—Pues qué, ¿lo dudas tú?... Por mi parte no moveré la mano para impulsarla, ni tampoco para contenerla —dijo mirando al techo—. Soy agente de negocios: yo no soy hombre político. Si los grandes errores cometidos traen una conmoción popular, casi, casi... les está bien merecido. Lo que ahora me inquieta es que cuando esa revolución venga (y ten por seguro que vendrá), no me incluya a mí entre los absolutistas rabiosos... ¡Pues no faltaba más! Yo no soy amigo del despotismo puro; yo he aconsejado la templanza.
—Y yo también.
—Mi plan —continuó— es el que debe servir de norma a todo español honrado: ni impulsar ni perseguir la revolución. ¿Que viene?, pues muy señora mía. ¿Que no viene?, pues lo mismo que antes. Yo no daré un céntimo para sediciones militares; pero tampoco reñiré ni me enemistaré con la flor y nata del reino en talentos, armas y riquezas... porque te lo repito, Pipaón, lo más granado está hoy en las sociedades secretas.
—Vamos, que a usted, señor don Antonio, se le están pasando las ganas de hacer una visita a las logias y codearse con lo más granado.
—No; en eso te equivocas. Jamás iré a las logias. Yo soy agente de negocios; no soy hombre político... Pero debo ser franco contigo. Si personalmente no quiero ir, no me disgustaría tener algún contacto con esa gente.
Yo empezaba a comprender.
—Esa idea me parece admirable, señor don Antonio. Nunca está de más poner una vela al diablo.
Ugarte se sonrió. Luego, en tono resuelto, continuó de este modo:
—En una palabra, Pipaón, cuando se me ocurre un asunto delicado, una dificultad de esas que requieren tacto, cordura y mucha discreción para ser resueltas, miro a todos lados y no veo más que un hombre: tú.
—Dígamelo usted de una vez, ¿a qué andar con rodeos?
—Pues bien, amigo querido: hazte masón.
No pude menos de soltar la risa, y don Antonio me acompañó festivamente en mi desahogo.
—Para ti y para mí, este paso que te aconsejo no puede menos de ser provechoso. Hazte masón, con reservas, se entiende. No creas que en las sociedades secretas es todo misterio, lobreguez, sangre, horror, barbas luengas, palabras enigmáticas: nada de eso. Hoy los masones son la gente más cortés y más amable del mundo... Vas allá; yo buscaré quien te lleve; procuras hacerte pasar por muy entusiasta. Di a todo amén, y cuando los otros den un grito a la Constitución, tú das cuatro.
—Entendido.
—Además, no es preciso dejar de ser sincero. Puedes abrazar la nueva idea con entera buena fe, porque esto lleva camino, hijo mío... ¿Lo harás?
—No tengo inconveniente.
—¿Romperás con Lozano de Torres, el marqués de M*** y demás hermanos venerables de la necedad?
—Romperé.
—¿Dejarás el papel de espía y buscador de masones?
—Lo dejaré.
—¿Me darás cuenta de todo lo que veas, oigas y entiendas?
—La daré con mucho gusto, señor don Antonio; me ha hecho usted ver nuevos horizontes con unas cuantas palabras. Adelante.
—Adelante. Lo principal es que dejes de mostrar empeño en la persecución y castigo de los muchos reos políticos que andan por ahí. Esta oficiosidad, de que ahora haces alarde, puede serte perjudicial en los momentos presentes y altamente nociva en los venideros.
—Pues que triunfen y se diviertan los reos políticos.
—Es más, amigo Pipaón. Desde el momento en que vas a ofrecer tu cooperación a los oscuros trabajadores de las logias, tu deber es amparar a los que se vean comprometidos... No te asustes; podría citarte una docena de señorones graves, firmísimas columnas del estado en el Consejo y en la milicia, los cuales han sido encubridores de la mayor parte de los comprometidos en las conspiraciones de Porlier, Lacy y Torrijos. La historia secreta de estas tentativas es muy curiosa. Los pobrecitos inmolados ofrecieron con su sangre tributo externo al derecho público; pero tras los cadáveres de Lacy y Porlier, amiguito, se han escurrido impunes muchas personas, cuyos nombre han sonado siempre bien en Palacio... ¿Conque entrarás por la nueva vía?
—Entraré. Usted ha venido a dar a mis ideas giro distinto del que llevaban. Vivo algo retraído, y cuando usted está fuera de Madrid, apenas conozco hacia dónde va la marejada.
—¡Ah! —exclamó con cierta tristeza—, la marejada va hacia adelante... y más que de prisa.
—¡Pues adelante! —exclamé yo con alguna vehemencia.
—Nos veremos. Nos pondremos de acuerdo —dijo poniendo sobre la mesa el paquete que traía, y que estaba compuesto como de medio centenar de cuadernitos—. Entre tanto, hazme el favor de repartir estos folletos a los amigos. Esto se hace con cautela: un día das uno, otro día das otro... Es preciso que vaya cundiendo.
—Pero ¿qué es esto?
—Un admirable folleto que ha escrito en Londres Flórez Estrada. En él se pintan de mano maestra los males de la nación. Es obra que no tiene desperdicio: lo digo aunque no soy de los mejor tratados.
—Bien: se repartirá poco a poco.
—Todos los días te echas uno en el bolsillo...
—Entendido, entendido...
—Conque adiós. Veámonos con frecuencia para que me tengas al tanto de lo que haces y de lo que ves.
—Todos los días. Adiós, mi señor don Antonio —dije estrechando sus nobles manos.
—Me voy tranquilo. Ya sé que cuento con un auxiliar poderoso.
—Nosotros, ya se sabe... —afirmé abrazándole—, amigos hasta la muerte.
—Gracias, gracias. Adiós.
Cuando Ugarte se marchaba, un criado llegó a la puerta y me entregó una carta que decía:
«¡Victoria, amigo Pipaón, victoria completa! El criminal y sus cómplices están ya en poder de la justicia. Ni uno solo ha podido escapar. Para celebrar tan fausto suceso, vente a cenar conmigo...
EL MARQUÉS DE M***.»
XII
Contesté excusándome, y me quedé en casa. Necesitaba meditar.
Poco después de anochecido entró Jenara a decirme que la cena estaba preparada, y le di la carta para que la leyese.
—Ya ve usted —le dije— que la justicia oficial, cuando quiere tener ojo de lince y brazo de hierro...
La señora no hizo ademán alguno de alegría. Tampoco se entusiasmó cuando le dije que estaba conseguida la libertad de doña Fermina Monsalud, aunque me dio las gracias, asegurándome que había librado su alma de un gran peso. La cena pasó triste y grave, hablando Jenara y yo de asuntos indiferentes. Como le preguntase los motivos de su melancolía, me dijo:
—Hace muchos días que Carlos no me escribe, y estoy con cuidado.
—Se habrá puesto en camino.
—¿Sin avisármelo? —dijo vivamente y como enojada.
Poco después dimos tertulia al señor de Baraona, que no salía de su habitación, y para alegrarle un poco el espíritu le notifiqué la prisión de su enemigo.
—Tengo poca fe —respondió— en el rigor de estos señores. ¿Quién me asegura que el criminal recién aprehendido no se paseará mañana por las calles de Madrid? Ya te he dicho, querido Pipaón, que la justicia está minada. Es como un doble edificio: en sus magníficas salas se sientan jueces de cartón que sentencian, discuten y condenan, asistidos de miserables ministriles. Ve esto el necio vulgo, creyéndolo justicia; pero no ve el laberinto de entradas y salidas que en lo macizo de sus paredes y cimientos tiene el tal edificio, por los cuales pasos secretos se escurren los criminales, a ciencia y paciencia de aquellos señores jueces de figurón. Desengáñate, hijo, los hombres del gobierno, los jueces, los consejeros, los ministros, forman hoy una especie de retablo, donde mil vistosos personajes accionan y se mueven con las apariencias de la vida. Acércate, mira bien, y verás que todo es cartón puro: cartón el cetro del monarca; cartón la espada de los generales; cartón la vara del alcalde; cartón la cuchilla del verdugo.
Trajéronle las sopas, y calló.