Part 8
—No hay nada de eso —me dijo riendo—. Huye de esas reuniones formularias que establecen el sainete en los sótanos. Ahora no se trata de eso. Cuando los pueblos padecen y luchan por su emancipación, obran seriamente y van a su objeto sin necedades de teatro. Ahora, amigo Bragas, las cosas han llegado a un punto tal, que se trabaja por la libertad a toda prisa, con la avidez del náufrago que entre las olas lucha con la muerte y por la vida... Fuera misterios y ritos anticuados y palabras vacías. Todo es acción: las tinieblas y el misterio han dejado de ser vano velo de las chocarrerías de los holgazanes. Yo lo he visto todo desde el principio: he visto las jimias haciendo muecas entre dos calaveras en la ahumada atmósfera de una cueva; y hoy veo a los hombres inteligentes y formales labrando en silencio y sin aparato las palancas poderosas con que pronto ha de moverse lo de arriba. Solo en las épocas en que no hay nada que hacer existen esas vanidades y espantajos ridículos de que habla el vulgo. Ahora la inmensidad de la tarea une las manos de todos los hombres en una obra común, y desaparecen las máscaras convencionales y las fórmulas aparatosas, que más bien eran entretenimiento que utilidad. Eso no quita que en plena luz, y a la faz del mundo oficial y de la tiranía, se empleen ciertos signos para reconocerse y obrar de acuerdo; pero allá dentro, amigo, en nuestro reino escondido, en aquella vida de catacumbas donde se prepara la nueva vida libre y pública, todo es claridad y sencillez. Se trabaja, se extiende la acción con arte y fuerza; se prepara el golpe con la destreza y habilidad necesarias para que no se malogre como otras veces. Ahora bien, Bragas de Pipaón: tú, servidor declarado de los poderosos de hoy, ¿quieres servir a la revolución?
—Sí quiero —respondí—. Pero dime antes una cosa: ¿esa revolución vendrá?
—¡Vendrá! Para ti es condición indispensable que la revolución venga. Adoras el hecho, no la idea... No puedo responderte. Puede venir y puede no venir. Eso dependerá de este, del otro, de mí, de los demás, de ti mismo, de todos reunidos. Si hacemos tonterías, ¡cómo ha de venir la revolución!
—Lo preguntaba porque eso es muy importante. Don Antonio Ugarte, uno de los hombres más listos y de mejor ojo que hay en España, me ha asegurado que la revolución vendrá.
Al decir esto, la idea del puesto que en el Consejo me habían negado se fijaba en mi cerebro como la marca de un hierro encendido. Me quemaba.
—¡La revolución viene, la revolución viene! —proseguí sintiendo en mí una especie de voz interior que así me lo decía—. Lo conozco, lo adivino, lo veo, amigo Monsalud, en la atmósfera que nos rodea; lo veo en la cara misma de los palaciegos. Es un hecho inevitable, lógico. La revolución viene como viene el día después de la noche. Todo lo anuncia, ilustre amigo. Hasta los pájaros cuando cantan dicen «revolución.»
—Esto te infundirá valor y aliento. La revolución no suprimirá los destinos... por eso tu acción tiene poco mérito. Pero, en fin, quieres ser de los buenos, y el sistema adoptado es recibir a todo el mundo, venga de donde viniere. Ahora voy a cogerte por la palabra, para que no te arrepientas de aquí a una hora. ¿Puedes salir conmigo esta noche?
—¿Por qué no? Vamos a donde quieras.
—Es muy cerca; no andaremos mucho.
—Mi capa, mi sombrero... ¡Blas!... pero ¿es posible que este sencillote criado mío esté también vendido a la masonería?
—En cuerpo y alma. Ahora, ciudadano Robespierre —me dijo con donaire—, convendría que tomásemos algo. Quizás tengamos que velar toda la noche. Has de saber que no carezco de apetito: es imposible que en la casa de un hombre que ha servido en tan altos puestos no haya a estas horas excelentes fiambres.
—Todo lo que quieras. ¡Blas, Blas!... Este tunante masón no viene.
Al fin apareció mi criado, al cual no pude mirar sin rencorosa prevención, considerándole traidor, y nos sirvió un bocado confortativo. Mientras comía, meditaba yo sobre aquel nuevo giro que tomaban mis ideas, sobre aquel nuevo camino que emprendía mi actividad.
«Es preciso —me dije para mí— que en este mundo desconocido en que ahora entro procure desde el primer instante disipar los recelos que mi presencia pudiera despertar. Cuidadito, Pipaón, con mostrar tibieza o indiferencia, aunque veas toda clase de extravagancias y locuras. Un celo excesivo y un entusiasmo demasiado ardoroso, no serán tampoco el mejor sistema. Tomemos por modelo al maestro don Antonio Ugarte. Conviene, pues, adoptar una actitud intermedia, poner cara en cuyas facciones se asocien artística y noblemente el entusiasmo y la dignidad, la templanza del gobierno y la energía revolucionaria... Mi papel es el de un honrado repúblico que, comprendiendo con dolor la incapacidad del absolutismo para gobernar a los pueblos, se acerca grave y triste, pero resuelto, a la revolución y le ofrece sus servicios, porque sería lamentable que la revolución, si algo hace, lo hiciera sin él... Ánimo y disimulo. Seguro estoy de que al poco tiempo de andar en la conspiración, me encontraré tan a mis anchas como en la camarilla de Su Majestad a los dos días de ingreso... seguro estoy de que mi sutil travesura volverá lo de arriba abajo y lo de abajo arriba, en esas escondidas sociedades que voy a visitar... seguro estoy de que al poco tiempo de mi feliz iniciación, armaré más líos y enredos que vio Creta en su famoso laberinto, y de que no pasarán muchos meses sin que traduzca en provecho propio las tenebrosas artimañas de estos caballeros y mi novel liberalismo. ¡Lo haré; sin remedio lo haré! ¡Ay!, me conozco como si me hubiera parido.»
XV
—¿Duermen todos en la casa? —me dijo Monsalud cuando el reloj de _cucú_ que exornaba mi sala dio las diez.
—Sí; mas para salir nosotros, poco importa que duerman o no... mayormente, señor brujo, cuando ahora vamos a escaparnos por una grieta misteriosa abierta en la pared o por el cañón de la chimenea de la cocina. Vamos, haz la invocación y vendrá un señor gentilhombre del Tártaro a abrirnos paso.
—Tú puedes hacer la invocación —dijo Salvador poniéndose la capa.
—¿De qué modo?... ¿Llamo al demonio?
—O a doña Fe, que es lo mismo.
—¡Doña Fe! ¡Señora doña Fe!
Mis gritos se perdían en las soledades de la casa sin hallar respuesta; pero al fin un eco de ellos pudo llegar a las orejas de la dueña.
Y en verdad fue como si el mismo Lucifer apareciera justificando la broma de nuestra demoniaca evocación y brujería, porque había que ver la fealdad de mi doméstica, soñolienta y amarilla la faz, cerrado un ojo mientras revolvía el otro en todas direcciones, cual si ambos se concertaran para turnar en sus funciones, acordando que durmiera el uno mientras el otro veía. Sin ser vieja, doña Fe tenía en su desagradable semblante una especie de decrepitud sin respetabilidad, mientras el peinado, con pretensiones de elegancia, y la escofieta picuda, la hacían bastante ridícula. Dando al viento la destemplada y bronca voz, dijo al llegar a mi presencia:
—De morir tenemos.
—Ya lo sabemos, señora —respondí con ira—; ya lo sabemos. ¡Maldita sea usted y toda su casta! Ya he descubierto que está usted engañando a su amo, que abre usted la puerta de mi casa a hombres desconocidos... porque si ahora ha querido Dios que introdujera usted a un amigo, otra vez podrán ser asesinos y ladrones... Señora doña Fe, mañana mismo se pone usted en la calle.
—Todo sea por Dios —dijo la dueña con calma imperturbable—. El padre Beraza me dijo que, haciendo lo que he hecho, servía a Dios.
—Ya, ya ajustaremos cuentas. Respóndame usted: ¿duerme el señor de Baraona?
—Sí, señor.
—¿Y la señora doña Jenara?
—También parece que duerme.
—Bueno: retírese usted.
—No, que va a ir delante de nosotros.
—¿A dónde?
—A enseñarnos el camino y abrirnos la puerta.
Doña Fe salió de mi cuarto, y tras ella Monsalud, y tras Monsalud yo, sin comprender a dónde íbamos, viajero errante y extraviado dentro de mi propia casa.
Atravesámosla toda hasta llegar a un sitio próximo a la cocina, donde estaba la puerta de una escalera que bajaba al patio colindante con el jardín de la casa inmediata. Como aquella salida no tenía comunicación directa con la calle, habíala yo condenado al entrar en la casa, clavándola fuertemente. Sorprendiome mucho verla desclavada y practicable, y juré en mi interior tomar al siguiente día venganza pronta y ejemplar de doña Fe. Por entonces no dije nada; y cuando Salvador mandó a la dueña que abriese, y esta obedeció, salimos y bajamos los tres.
—¿Para qué necesitamos ahora a esta infame bruja? —pregunté a Salvador.
—Ya verás —replicó Monsalud.
Llegamos al patio lóbrego, destartalado y profundo, cuyas humedades e inmundicias criaban en distintos sitios algunas hierbas raquíticas y arbustos tristes. Uno de sus cuatro lados era una tapia que limitaba el jardín inmediato, cuyos elevados árboles secos traspasaban el espacio de sus dominios para invadir los míos, y alguno de aquellos alargaba sus dedos flacos, desnudos y ateridos hasta tocar los cristales de mi comedor. En los otros lados había varias ventanuchas y puertecillas, tapiadas todas menos una, que se decoraba con media docena de cristales rotos y una cerradura mohosa. Doña Fe golpeó con su mano en uno de los cristales; viose al través de ellos una luz, y al poco rato se abrió la puerta del modo más natural posible, sin que precedieran al acto ni fétido olor de azufre ni aullidos de demonios bufones.
La comunicación abierta dio paso a un anciano robusto, guapo y sonrosado, cuya alegre fisonomía no me era en verdad desconocida. Al vernos se sonrió con la franqueza propia de los tunantes hechos a la farsa y engaños de la vida; rascose una oreja, dejando caer sobre la sien contraria el sombrero anticuado y mugriento con que cubría su hermosa cabeza cana, y después nos hizo un saludo tan cortesano y fino como el de un diplomático.
—Sean bien venidos Sus Mercedes.
—Señor Mano de Mortero —dijo Doña Fe, mostrando un cazuelo de comida que en la mano traía—. Ahí tiene usted lo de hoy.
—Venga acá —repuso el gallardo y festivo viejo, dando un paso fuera de la puerta—; venga esa bendición de Dios. Pero ¿qué hacen estos caballeros que no pasan adelante?
Franqueamos el estrecho umbral; desapareció doña Fe, perdiéndose en la oscuridad del patio; cerrose la puerta, y nos hallamos en una ancha habitación de techo abovedado, cuyo aspecto, sin tener nada de sobrenatural, ni de infernal, ni aun de extraordinario, me dejó suspenso y estupefacto. Los cuatro testeros de la tal pieza apenas tenían superficie para tanto trebejo roto y sucio, para tanto cachivache como en ellos había acumulado una mano diligente y allegadora. Prescindiendo de los muebles de uso diario, parecía una prendería del peor género: había sillas de montar, enteras unas, despedazadas otras; cajas de violín, frenos y herrajes de caballerías, artesas rotas, copas de cobre que llevaron lumbre y ahora llevaban polvo; armarios que fueron sepulcro de ejecutorias y eran ya depósito de clavos, hebillas, tenedores, pesas de reloj, garfios, badilas, espuelas, llaves, tinteros de cuerno, tacones de palo, asadores, cucharas, lancetas, tabaqueras, tenacillas, peines, dedales, piedras de chispa y otras mil y mil baratijas de diferentes edades y sexos, que habían servido para diversos usos de la vida.
Aquí y allí, colgadas unas, en pie otras, puestas de costado o boca abajo, se veían multitud de imágenes. Dolorosas con el pecho traspasado, Josés con vara, Migueles con demonio, Santiagos a caballo, Roques con perro, Antones con cerdo, Pedros con llaves y Lorenzos con parrillas; toda la corte celestial, en suma. Pero entre tanta arrinconada santidad, solo una Virgen del Rosario tenía los honores del culto. Puesta en una especie de altarejo muy singular, adornado con no sé qué estrambóticos fragmentos (entre ellos las roscas de una trompa y la placa dorada de un morrión de la guardia), tenía delante algunas flores de trapo y a los lados algún resto mocoso de velas de cera.
Vi en el ángulo oscuro una cama de no mal aspecto. También había diversas suertes de armas, tales como espadas, las más sin punta, sables, algún coselete que debía de tener memoria de Roldán, y además pistolas que habían conocido el fuego, pero que no tenían más que la intención, un mosquete, y la más variada colección de trabucos que he visto en mi vida. Entre los muchos objetos pacíficos que en los rincones y paredes distinguí, tales como velones, candeleros, platos de metal, braserillos y loza de china, creí reconocer alguna pieza de mi pertenencia que había desaparecido de mi casa, sin que nadie pudiese averiguar quién cargara con ella; pero me callé y seguí observando.
Lo que más llamó mi atención fue una especie de banco de taller, donde había multitud de figurillas, al parecer juguetes de niños; caballitos, títeres que movían brazos y piernas con articulaciones de alambre; panderetas, nacimientos, instrumentos rústicos, dominguillos, peonzas y otras zarandajas, muchas de las cuales estaban por concluir o a media pintura, entre tarros de almagre y toscas herramientas.
Ocupaba el centro de la habitación una mesilla de zapatero, y junto a ella un asiento agujereado, del cual parecía acabar de levantarse el Mano de Mortero, y veíanse a un lado y otro suelas y tacones, con multitud de gruesos zapatos negros y chinelas juanetudas; pero nada de obra nueva.
—¿Qué tal? ¿Se trabaja mucho? —preguntó Monsalud al anciano, que, sin dejar la lámpara de la mano, se disponía a ser nuestro guía.
—Estoy echándole medias suelas al señor Definidor —repuso con desdén—; poca cosa, señor. Si no fuera por lo que cae...
Diciendo esto, dirigió una mirada orgullosa y magistral a los innumerables chirimbolos que en toda la redondez del cuarto se veían. Los miró como mira un general su ejército.
—¿El señor es el amo de doña Fe? —dijo después, mirándome con impertinencia—. ¡Ah! ¡Doña Fe!... ¡Excelente señora!... ¿No se le ofrece a usted alguna cosilla? También hago juguetes. Si tiene usted niños...
—Veo que guarda usted una buena colección de... preciosidades.
—Yo... recojo todo lo que encuentro.
Con sus manos en la cintura, y el sombrero sobre la ceja, ofrecía la más rufianesca y cómica apariencia que puede imaginarse. Yo conocía a aquel hombre; pero la perplejidad en que me encontraba era gran estorbo para mi memoria.
—¿Quieren ustedes pasar allá? Pues vamos —dijo Mortero tomando su linterna.
Cuando esto decía, habíamos salido Monsalud y yo; y nos internábamos por un largo callejón oscuro, que no tenía nada de agradable como paseo. Iba el viejo despacio, por no permitirle sus piernas mayor actividad, y Salvador y yo teníamos tiempo para recrearnos en las contorsiones y horribles gestos que hacían nuestras sombras bailando en la pared a medida que avanzábamos. Según los movimientos de la linterna de Mortero, corrían aquellas, anticipándose a nosotros: desde lejos nos miraban, aguardando a que pasáramos para unírsenos de nuevo; otras veces se quedaban atrás, y luego en tropel corrían jugando para tomarnos la delantera.
Llegamos a una puerta, que empujó el anciano, y yo creí que por ella salíamos al aire libre. Pero mi sorpresa y mi pesadumbre fueron grandes cuando vi que, en vez del libre espacio, se extendían ante mí negras bóvedas de ladrillo; cuando en lugar de subir, bajamos una escalerilla que si no conducía al infierno, llevaba cuando menos a las antesalas de este.
—Pero ¿a dónde vamos? —pregunté bastante inquieto—. ¿No hemos bajado bastante todavía? ¿Esto es el Tártaro, o qué es?
—Chitón —dijo Monsalud sonriendo y poniéndose el dedo en los labios.
La escalera no era muy larga; pero tan estrecha que sin cesar me iba aporreando la cabeza contra la bóveda de ella, haciendo de camino gran acopio de telarañas.
—Estamos en plena novela, amigo Salvador —dije librando mi rostro de aquellos cendales—. ¿Qué demonios es esto? ¿Está tu logia en el centro de la tierra?
Salvador, sonriendo de nuevo, repitió:
—¡Chitón!
Habíamos entrado en un vasto recinto abovedado, que se extendía considerablemente, sin que la vista alcanzase a divisar el fin, dividido por arcos de ladrillo desnudo. A un lado y otro, la escasa luz de la linterna permitía distinguir multitud de objetos cuya forma no se apreciaba claramente. Más que el objeto mismo, veíase la sombra de ellos; disformes masas que se abrazaban unas a otras, o se repelían, formando un conjunto semejante al de un gran montón de ruinas en la penumbra de una noche de luna.
Salvador se detuvo y, poniéndose ante mí, me dijo:
—Bragas, estamos en los calabozos de la Inquisición.
XVI
Sentí que la sangre se me trocaba en hielo, los cabellos se me pusieron de punta y por breve rato estuve sin respiración. Mi primer impulso, cuando pude tener impulso, fue buscar con la vista un hueco por donde echarme fuera de allí. Mi mayor confusión consistía en no poder asociar estas dos ideas: la Inquisición y el señor Mano de Mortero.
—No te asustes —dijo Monsalud—, aquí estamos tan seguros como en tu casa. Después de todo, esto no es tan feo como parece desde arriba.
Acudió en tropel a mi mente todo lo que había oído, visto y leído referente al temible tribunal. Aquel solitario y lúgubre sitio en que me encontraba desmentía un poco con su silencio y abandono las ideas de espanto que invadieron mi cerebro, porque ni se oían lamentos, ni se veían los humanos cuerpos arrastrando cadenas sobre el ensangrentado suelo. Con todo, aquel lugar, bastante pavoroso por sí, lo era mucho más desde que la fantasía lo asociaba a la tremenda Inquisición. No podía uno menos de considerarse sepultado allí. No bastaba que la razón dijera _estoy libre_; el corazón se sentía comprimido por una mano de bronce, y el cuerpo se reconocía cobarde hasta para huir.
Imposible dejar de ver en los indefinidos objetos que obstruían el paso hórridos aparatos de tormento, que, cual manos ávidas, alargaban sus garfios para agarrarle a uno las carnes; imposible dejar de ver en movimiento toda aquella maquinaria infernal, y los apagados hornillos encenderse, cual miradas del infierno, ascuas que resplandecían contemplando y llamando a sus víctimas; y los tornos girar, zahiriéndolas con su irónico chirrido, semejante a pullas de vieja; y los potros estirarse, deseosos de descoyuntarse a sí mismos mientras no les dieran cuerpos humanos que desbaratar, y abrirse las cajas, murmurando un gruñido sordo, como bostezo de Satanás, para cerrarse luego, tragándose un cuerpo humano palpitante aún de rabia y dolor. Imposible dejar de ver brazos amenazadores, escuetas figuras de angustia, semblantes doloridos, luengos trajes negros y garabateadas dalmáticas de ignominia, monteras de papel llenas de gatos y diablillos pintados, y horribles caperuzas sin rostro, con dos agujeros por donde asomaba la Suprema sus insaciables ojos, buscando la herejía.
Al cabo de un rato de observaciones, distinguí varias puertas a un lado y otro.
—¿Son esas las mazmorras donde están los presos? —pregunté a mi amigo.
—Mazmorras son; pero no hay víctimas.
—¡Que no hay presos en la Inquisición!
—No; esto es ya una broma, un cachivache histórico que solo asusta a los niños de teta. Los dos o tres presos que hay, están en el piso segundo, y se pasean por los corredores tomando el sol.
—¿Y estos instrumentos de suplicio?
—Tú ves visiones: aquí no hay nada que sirva para dar tormento —dijo Monsalud dando un puntapié a una caja vacía que retumbó con lastimero acento—. ¿Ves esto? Pues es una caja de botellas de vino.
—Desechos de la comilona que tuvieron el otro día los señores —dijo Mortero.
—¿Y aquellos maderos que allí se ven? —pregunté señalando unos palos en cruz, cuyo aspecto me parecía el más siniestro que se podía imaginar.
—Es un catre de tijera colocado patas arriba.
—¿Y aquello que luce y parece metal?
—Un brasero viejo.
—¿Y aquello que tiene cadenas y unas como pesas?...
—La garrucha vieja que estaba en el pozo del patio grande.
—¿Y aquel cilindro horrible?
—Un tambor que servía al pregonero de la bula.
—¿Y aquella argolla enorme?
—El aro de una pandereta con que jugaba en las Pascuas del año pasado el niño del conserje.
—Pero allí veo unas al modo de mandíbulas, que parece se van a comer a todo el género humano.
—Si es un fuelle viejo sin cuero.
—Y una caperuza.
—Fue la que me puse el carnaval pasado.
—Algunos cachivaches de tormento deben de quedar aquí —dijo Monsalud.
—Pero están hechos pedazos y cada pieza por su lado —replicó Mortero—. Yo cojo todos los días madera y hierro para remendar las guitarras, y hacer obra nueva. Si no fuera esto, no tendría materiales para la juguetería... Hago caballitos, nacimientos, peonzas, aros, ballestas y mil diversiones para los niños... Lo que servía para atormentar se lo llevaron hace poco a la cárcel de la Corona en la calle de la Cabeza... lo pidieron las comisiones de Estado... Lo que ahí queda, entre los ratones y yo lo acabaremos.
Después del temor que yo había experimentado, sufrió mi alma una transición notoria: un vivo sentimiento de lo cómico se apoderó mí. Produjo estos efectos la disparidad que resultaba entre el terrible tribunal como la mente lo concebía, y la grotesca realidad de sus calabozos; pero lo que principalmente había enfriado de súbito mi terrorífica excitación, era la voz, el gesto, la figura del miserable viejecillo, cuya persona en aquellas oscuridades inofensivas se asociaba al siniestro _exurge domine_. Era aquello como el despertar en sainete después de haber soñado tragedias. Como alta torre que se desploma, así cayó ante mis ojos el tremendo aparato fantástico de la Inquisición de Corte, y roto el negro capuchón, aparecía desnudo el vil mamarracho, cuya grotesca risa más inspiraba desprecio que horror.
—Pero ¿usted quién es? ¿Qué hace usted aquí? —pregunté a Mortero sin poder refrenar mi curiosidad.
—Yo barro las salas bajas —respondió—, limpio el patio, hago recadillos a los señores, les arreglo el calzado, subo agua, voy por una onza de rapé, saco a paseo los niños del conserje, y remiendo y compongo los sillones, las cajas, las mesas y la estantería del archivo.
Mirándole y recordando al fin su historia, no pude menos de echarme a reír. Era un antiguo chalán del Rastro, contrabandista y capitán de matuteros, gran maestro de los tomadores del dos y hombre de empuje para toda empresa difícil.[3] Puestas a un lado las armas, cuando con la edad se acabaron a nuestro héroe las fuerzas, se dedicó al comercio de las _Américas_, o sea el tráfico del _Nuevo Mundo_; que estos nombres tienen hacia el sur de Madrid las industrias de compra y venta establecidas en la Ribera de Curtidores. A Mano de Mortero no le favoreció mala suerte. Parece que la justicia dio en creer que el almacén de aquel varón insigne se abastecía del hurto, teniendo por principales acopiadores a todos los ladrones de la corte.
[3] Véase _Napoleón en Chamartín._ 1.ª serie, tomo 5.º
¡Infame y vil calumnia! Víctima de ella, el pobrecito Mano de Mortero hubiera sido indignamente perseguido sin la caritativa intervención de los padres de la Merced que le tenían particular afecto; y no solo le libraron estos de las execrables garras de la justicia, sino que lograron colocarle en un puesto humilde, pero honroso, dependiente de la conserjería de la Inquisición de Corte. El sueldo era casi una limosna; pero Mortero era Mortero y se las ingeniaba en aquellas profundidades. Llevó toda su hacienda al lóbrego departamento que le destinaron, y no le faltaban industrias que ejercer. ¡Extrañas anomalías del siglo! La casa de la Inquisición ofrecía un refugio al inválido de la matutería, al insigne Aquiles retirado de las epopeyas del contrabando, al atleta de las luchas con la autoridad civil. Cuando le hacían notar esta coincidencia singular y el amparo que recibía en su vejez, decía sonriendo: