Part 3
La causa de su elevación a la silla de Gracia y Justicia fue el desmedido y loco amor que a Fernando tenía, el cual era de tal naturaleza que raras veces se presentaba ante Su Majestad sin derramar lágrimas de ternura, y para besarle la real mano hincaba la rodilla en tierra. Había en el alma de Lozano un sentimiento parecido a la dulce fibra del misticismo, que le llevaba a la identificación con el objeto amado, haciéndole partícipe no solo de las impresiones morales de este, sino también de sus sensaciones físicas. Cuando Fernando estaba enfermo, Lozano de Torres se quejaba de la misma dolencia, y si a Su Majestad le dolía un pie, al punto cojeaba el amigo: tal era la fuerza de simpatía entre los dos.
Pero cuando el ministro de Gracia y Justicia desplegaba toda la vehemencia de su alma fervorosa, era cuando la reina Isabel estaba embarazada. En cierta ocasión, mi hombre celebró en San Isidro por su cuenta solemne función religiosa y manifiesto, que había de durar hasta que Su Majestad saliese de cuidado; y queriendo dar pública muestra de su amor a la monarquía, hizo en medio de la iglesia tales aspavientos de devoción, golpeándose el pecho y desollándose las rodillas ante el altar, que los fieles no pudieron contener la risa. No quedó sin premio lealtad tan ardiente... ¡pues no faltaba más! Según puede verse en la _Gaceta_, Fernando VII dio a Lozano de Torres la gran cruz de Carlos III _por haber publicado el embarazo de la reina_.
Desde 1815 éramos muy amigos don Juan Esteban y yo. El pobrecito no recibía recomendación mía sin que al punto la despachase, y en la camarilla partíamos un confite, según éramos de tolerantes y condescendientes el uno con el otro, sin estorbarnos ni quitarnos de la boca el hueso, como hacían algunos, más semejantes a perros hambrientos que a cortesanos hartos. Yo no dejaba de prestarle servicios menudos, a más de los grandes, bien desempeñando ante Su Majestad un papel entre Lozano y yo convenido, bien llevándole secretitos y noticias, sabiamente pescados al vuelo detrás de una cortina.
Conste, ante todo, que yo estaba cesante desde el verano, pues una cuestión de delicadeza (yo siempre fui muy delicado) obligome a ceder mi plaza a un sobrino del ministro de Estado; pero se me había ofrecido el primer puesto que vacase en el Real Consejo. Como la ambición y el dorado sueño de mi vida eran esta canonjía, la esperaba con viva ansiedad.
¡Crítico y solemne momento! A fines de octubre estaba vacante una de las canonjías del Consejo. Yo tenía derecho a esperar que se cumpliría la oferta, no solo por mis méritos personales, que eran muchos, dicho sea sin modestia, sino porque repetidas veces y por mediaciones de ambos sexos, me había prometido la plaza Su Majestad.
Verdad es que las promesas de Fernando eran como los _cien pájaros volando_ del viejo refrán; ¡pero tenía yo tantos amigos! Como el viajero que después de larga travesía divisa la ansiada orilla, así estaba yo cuando divisé la tal vacante. No cabía en mi pellejo de puro angustiado, inquieto y caviloso. Estudiaba hasta las más insignificantes palabras de los íntimos de Fernando; atendía a los gestos y a las miradas, porque no había accidente alguno en que no viese esperanzas de obtener mi prebenda.
Andaba tan desasosegado, que apenas comía. ¡Ay, si hubieran provisto la vacante en individuo distinto del que está dentro de esta casaca, me habría muerto de pena! Y verdaderamente había motivos para que no estuviese tranquilo, por ser España la tierra de la injusticia y de la ingratitud. ¿El sin par Colón no murió en el olvido? ¿No acabó sus días Hernán Cortés oscurecido en una aldea? ¿Y qué diré de Cervantes?... ¡Vive Dios, que si no me daban la plaza, yo había de hacer algo sonado; rey y cortesanos y ministros se habían de acordar de mí!
Pero últimamente yo no tenía en la corte el favor a que me hacían acreedor mis servicios y adhesión al monarca. Tocome a mí también un poco de aquel hálito de desgracia que a tantos había matado, y aunque no me persiguieron ni me desterraron, hallábame en situación bastante equívoca, ni elevado ni caído, lejos de Palacio, a pesar de que Su Majestad me enviaba hipócritas recadillos. Yo no podía tragar al señor Ramírez de Arellano, ni este me tragaba a mí. Supe que se hacían esfuerzos para desprestigiarme; pero como yo tenía tantos amigos, como conservaba excelentes relaciones con los hombres más eminentes, no solo esperaba defenderme de los que me querían empujar hacia abajo, sino también recobrar el terreno perdido. Alagón, Ugarte, don Buenaventura, Imaz, Villela, San Fernando, Lozano de Torres, me tenían en gran aprecio y me halagaban con fastuosas promesas.
Yo no descansaba. Comprendiendo, como groseramente dice el refrán, _que el que no llora no mama_, vivía sobre un pie, de visita en visita, de conferencia en conferencia, de lamento en lamento, pidiendo a todos, ya en desnudas, ya en artificiosas razones; exponiendo mis méritos, como se exponían entonces; desacreditando a todo el que estuviese en olor de candidato; trabajando a lo topo y a lo castor, en la oscuridad y a la luz del día; armando muchos enredillos, y ganando voluntades, y levantando polvaredas de intriga y humaredas de adulación; en fin, practicando todo lo que un hombre listo practicaba entonces y practica hoy en circunstancias análogas, que estas viejas mañas son de hoy como ayer, y primero faltarán garbanzos que Pipaones en España. Oí decir un día que la vacante se proveería al siguiente. Corrí a ver al señor Lozano en su despacho del ministerio, y cuando me vio puso cara agridulce, como de quien sonríe para disimular disgusto. Temblando aguardé mi sentencia. Lozano de Torres era pequeño y cari-fruncido, con un airoso moñito de pelo rubio sobre la frente, graciosamente arremolinado. Iba ya para viejo: sus movimientos eran tardos, sus pasos meditados, y al andar colocaba en el suelo con una especie de estudio el blando pie, calzado con zapato de paño. Poníase ordinariamente muy serio, queriendo de este modo tomar la máscara de los hombres de saber; pero con los amigos de confianza, y cuando no se trataban asuntos graves del ramo, era francote y risueño, mostrando a las claras su alma sencilla y su rústico entendimiento. Tan declaradamente manifestaba su índole al hablar, que solo le faltaba decir: «¡Dios mío, cuán bobo soy!»
Hízome sentar a su lado; ofreciome un polvo, que rehusé; diome después un cigarrillo, y tras un par de toses, habló de esta manera:
—Querido Pipaón, anoche me habló largamente de usted Su Majestad. Conviene en la precisión de dar a usted un puesto correspondiente a sus dilatados... a sus dilatados servicios.
—En efecto —repuse—: la última vez que tuve el honor de entrar en la cámara real, Su Majestad me dijo que la plaza vacante del Consejo Real sería para mí.
El ministro cerró fuertemente un ojo, torciendo con extraño mohín la boca.
—¿La vacante del Consejo?... —balbució—. Sí... en efecto: yo mismo prometí a usted... Si de mí solo dependiese; pero...
—¿Pero qué... pero qué? —dije remedando la perplejidad de Lozano—. ¿Es esto formal? ¿Se puede decir hoy una cosa y mañana otra? Si se me cree indigno de formar parte de una corporación en la cual han entrado peluqueros, boticarios y mozos de caballerizas, díganlo de una vez... ¿Por ventura la he pretendido yo?
—No: ya sé que es usted modesto.
—Yo no he pedido la plaza... han venido a ofrecérmela, empezando por el rey; me han estado pinchando mucho tiempo; me han sacado de mis casillas... ¡Si yo no quiero ser consejero, si no quiero figurar!... Por todo el oro del mundo no sacrificaría mi dignidad a cambio de una posición.
—Vaya, señor de Pipaón, no se amosque por tan poca cosa —dijo el buen Torres—. ¿Por qué no espera usted ocasión más favorable? Siendo usted quien es, no tardará en ser consejero. Pronto habrá más vacantes. Aguarde usted unos meses... Su Majestad la reina doña Amalia estará embarazada bien pronto. Cuando venga lo que ha de venir, se repartirán muchas mercedes, sobre todo si es príncipe...
—Señor ministro —repuse, sin poder contener mi sofocación—, se han burlado ustedes de mí. Esto no se hace con un hombre que ha prestado tantos y tan delicados servicios al reino, al rey, a los amigos, a usted mismo.
—Es verdad: por eso dije que anoche acordamos darle a usted una recompensa magnífica —afirmó Su Excelencia melifluamente.
—¿Cuál?
—Puede usted escoger. La Superintendencia de la Moneda en Méjico, la...
—¡India, señor Lozano! —exclamé con el mayor desdén—. Ya sabe usted que no me gustan viajes por mar. Puesto que se me trata de ese modo, renunciaré a servir en la Administración. Para ir a América y labrarme en cinco años una fortuna, no necesito que el gobierno me dé un destino con visos de destierro.
—Entonces, amiguito... Debo advertirle que Su Majestad fue quien manifestó deseos de que marchase usted a América.
—Es raro —respondí—. La última vez que nos vimos, Su Majestad no me dio un canastillo de cerezas como a Campo Sagrado, ni un mazo de cigarros como a Villamil. Yo no pretendí la plaza de consejero; yo no la quería; yo no di paso alguno para que se me diera; pero me la ofrecieron: se ha dicho que yo iba a entrar en el Consejo; he recibido ya las felicitaciones, y aun algunos regalos anticipados, como previa acción de gracias por beneficios que no he hecho todavía... Por consiguiente, si ahora salimos con que no hay nada, mi situación no puede ser más grotesca. Mi dignidad, mi honor, indúcenme a no admitir otro destino que el de consejero.
—Pues hijo —repuso Lozano, dando un suspiro—, lo que es eso... La vacante está ya provista.
Y me alargó un papel que tomó de la próxima mesa.
VI
—¡Me lo figuraba! —exclamé con indignación, devolviendo la minuta después de leerla—. El nuevo consejero es el sobrino del marqués de M***. ¡Bonito nombramiento!
La ira apenas me permitía articular las palabras. Pegajosa saliva entorpecía mi lengua, y con los crispados dedos arañaba los brazos del sillón en que me sentaba.
—¡El sobrino del marqués de M***! —repetí—. ¡Me lo temía!...
—Mañana aparecerá en la _Gaceta_.
—Y mañana sabrá España, ¿qué digo?, sabrá la Europa entera, sí, señor, la Europa entera, cuáles son las prendas, cuáles los antecedentes que se necesitan aquí para escalar los puestos del Consejo. En primer lugar, ser jugador, borracho, calavera, no pagar las deudas contraídas, deber más de tres mil reales en Canosa; y en segundo lugar, no saber más que un poco de latín, echársela de traductor de Horacio, decir mil pedanterías a propósito de leyes antiguas, defender malamente algún pleito de tenuta, criticar en todo, fantasear en la Sala de Alcaldes, hablar mal de los funcionarios honrados y respetables como usted, y también tener de brevas a higos algún tratadillo con los masones de Granada y de Madrid.
Don Juan Esteban alzó los hombros.
—¡Qué personajes, santo Dios! —proseguí sin que con tanto hablar se desfogara mi cólera—. Tal sobrino para tal tío...
—Silencio —dijo vivamente Lozano—. El marqués está aquí.
En efecto: sin previo anuncio, porque a causa de su intimidad con el ministro no lo necesitaba, apareció en el despacho el marqués de M***, el cual no era otro que aquel famoso personaje a quien puse el nombre de don Buenaventura, tapando con esta especie de benevolencia el suyo propio, para que la posteridad no le mortificase. Fue mi protector, mi amigo, mi Providencia en los primeros años de mi carrera.[1] Por esta razón infundíame siempre mucho respeto, y aunque últimamente solía mostrar envidia de mi rápido encumbramiento y me molestaba cuanto podía, yo, hombre agradecido, le ponía generosamente a él, como a sus sobrinos, fuera del alcance de mis artimañas y de mi lengua.
[1] _Memorias de un cortesano de 1815._
Don Buenaventura, a quien solían llamar el _Tigre_, se había hecho marqués de la manera más sencilla. Nombrado consejero de Hacienda en 1814, reunió en poco tiempo una gran fortuna, comprando fincas que estaban adjudicadas al crédito público. Por aquellos tiempos, necesitando los padres de Atocha algún dinerillo para reparar su templo, dioles Fernando dos títulos de nobleza para que los vendiesen. Don Buenaventura compró en veinte mil duros el de marqués de M***. Era familiar de la Inquisición, hombre cruel, y absolutista tan fanático, que se pasaba la vida buscando masones por todos lados, y averiguando picardías de liberales para contárselas al rey. Tenía en 1819 gran privanza en Palacio; pero le hacía sombra Villela, de quien se contaban no sé qué masónicas liviandades. Conmigo sostenía buenas relaciones; pero a pesar de eso, solapadamente y sin dejar de halagarme, bebió los vientos para quitarme la plaza de consejero; y a pesar de lo mucho que me moví, ganome la partida, como se ha visto.
—¿Se murmura, eh? —dijo amistosamente, después de saludarnos—. Este diablo de Pipaón no está nunca contento.
—Ya le he dicho que puede esperar mejor ocasión —añadió don Juan Esteban, ofreciendo un cigarrillo a su amigo—. Grandes acontecimientos van a venir... Puede que nazca un príncipe...
—Es claro —dijo el marqués, mirándome con sorna—. Pero ¿tú qué crees? ¿Se hacen consejeros de treinta y seis años? Estos sietemesinos, apenas dejan el biberón, ya ambicionan los primeros puestos del estado... ¡qué tiempos, señores! No se a dónde vamos a parar. He aquí un chiquilicuatro a quien saqué de las covachuelas hace seis años. Le hemos visto subir como la espuma; le hemos ayudado como buenos amigos, y ahora, ingrato y descontentadizo, todo lo quiere para sí. Paciencia, amiguito; paciencia, y aguardar. Felizmente no estamos en los tiempos en que el señor Chamorro y Paquito Córdova disponían de los destinos y sueldos del reino. Ya los caprichos de una bella no conmueven la monarquía; ya no caen y se levantan los ministros al compás de la escoba de los mozos de retrete: estamos en tiempos mejores.
—Las personas han variado, convengo en ello —respondí con malicia—; pero las cosas, no. Entre las ruinas de la antigua camarilla, eleva su majestuosa frente la negra del señor Villela.
—Silencio —dijo Lozano de Torres—. Le espero de un momento a otro; puede venir.
—¿Quién gobierna? ¿Quién aconseja a Su Majestad? ¿Quién empuña el timón de la nave, como generalmente se dice? —proseguí—. Todos sabemos que si Artieda no tiene el poder de antaño, lo tienen Ramírez de Arellano y Villar Frontín, pues los ayudas de cámara también caen y se levantan, como los ministros, aunque sin canastillos de cerezas ni mazos de cigarros.
—Bueno —dijo don Buenaventura riendo—. Sigue tú en la agencia universal y diplomática de don Antonio Ugarte. Sigue comprando barcos rusos y contratando empréstitos. ¿Qué más quieres, pelafustán? ¿Aspiras también a comprar a los rusos sus barbas, para ponérnoslas a nosotros después de hacérnoslas pagar?
Don Juan Esteban se reía como un bendito.
—¿Quieres ser consejero? —añadió el marqués—. ¿Y para qué? ¿Qué vas tú a hacer en el Consejo? Sepámoslo. ¿Meditas algún informe luminoso sobre cualquier materia? ¿Vas a poner en olvido las dotes eminentes de Jovellanos, Campomanes, don Arias Mon y demás notabilidades? Para traer y llevar los recados de don Antonio Ugarte, para ayudarle en sus negocios, ¿no estás mejor en cualquier oficina que en el Consejo? A pesar de ello, yo te prometo que te apoyaré decididamente en la primera vacante: ¿qué más quieres?
—Sé lo que es el Consejo—respondí breve y sentenciosamente—; sé lo que son las oficinas: todo lo conozco y aprecio en su justo valor, menos las influencias que imperan hoy, las cuales son de tal naturaleza que no sabe uno a qué atenerse.
Me levanté para marcharme. En el mismo instante un portero anunció a don Ignacio Martínez de Villela, que no tardó en entrar. Me quedé.
Este venerable señor, uno de los que más trabajaron en 1814 cuando la persecución de los diputados, era entonces muy influyente en Palacio.
Él, Lozano de Torres y otros que no menciono, formaban a la sazón la pequeña corte del monarca, sustituyendo a la antigua, que con gran trabajo desbancaron y de la cual tuve la gloria de formar parte. Era Villela, además de corpulento como un elefante, hombre muy vividor, y en la apariencia grave y respetable, con grandes humos de probo y justiciero. Oyéndole, parecía que por su boca hablaba el derecho público y privado. Poseía bastantes conocimientos jurídicos, lo cual le daba respetabilidad, poniéndole en situación muy favorable; porque desde 1816 y desde la venida de la reina (que coincidió con el eclipse de nuestra camarilla), comenzaron a estar en alza los llamados sabios, los jovellanistas, y los de la escuela de Garay, verificándose un descenso rápido en el influjo de toda la gente lega y romancista.
Pero la mayor notoriedad del magistrado en cuestión no era su sabiduría, sino su _negra_, una tal doña Inés, ama de llaves y gobernadora de la casa, de cuya intervención en los negocios públicos se habló durante mucho tiempo. Habíase captado de tal modo la voluntad de su dueño, que teniendo este la clave de muchos nombramientos, túvola ella también. Especialmente las mitras, que se concedían siempre a propuesta del Consejo, fueron de tal modo monopolizadas por doña Inés, que esta no abría la mano sin que saliera de ella un obispo. Había previo convenio y eclesiástico arreglo antes de que una mitra fuese provista, y era cosa sabida: ni el más pintado, aunque fuera el mismo san Pedro, empuñaba el báculo si antes no se ponía a bien con la tal negra, impetrando y consiguiendo su soberana gracia. Con este motivo ocurrió más adelante un suceso curioso que no quiero callar.
Vacó la diócesis de Astorga, y siguiendo los trámites ordinarios, fue presentado para la silla un sujeto, cuyo nombre no hace al caso. Llevose el decreto al rey para que lo firmara, y Fernando, que tenía felicísimas salidas de aticismo cómico, leyó detenidamente el pliego, sonriendo con la socarronería que le era habitual. Estaba verdaderamente cargado, como ahora se dice, de aquella ambición desmedida de la negra de su amigo, y decidiendo emplear su iniciativa y usar sus facultades con tanta insolencia usurpadas, no colérico, sino con mucha calma y gravedad, tomó la pluma, y al margen de la propuesta puso estas sencillas palabras, que constan en un archivo: «Será obispo de Astorga don X... X..., _y perdone por esta vez doña Inés_.»
Pues bien: aquel que acababa de entrar en el despacho del ministro era el venerable magistrado, el celoso juez de 1814, el Consejero de la Sala de Justicia del Consejo Real, con honores del de la de Cámara; era el amo de su negra, en fin.
VII
—Señores —dijo sin responder a nuestro saludo—, ocurre una cosa muy importante. El señor Requena acaba de morir de un ataque de apoplejía fulminante. ¡Pobre señor, pobre amigo mío! ¡Nos queríamos tanto!... Pero, en fin, puesto que Dios ha querido llamarle a su seno... ello es que con esta muerte hay ya otra vacante en el Consejo.
Yo di un salto en mi sillón.
—¡Una vacante en el Consejo! —repitieron el marqués de M*** y Lozano de Torres.
—Si, señores —añadió Villela sentándose—: una vacante en la Sala de Provincia.
—No podía venir más a propósito —dijo Lozano de Torres mirándome.
—Ahí tienes, Pipaón, ahí tienes... —dijo el marqués de M***—. La Providencia no abandona jamás a quien confía en ella. He aquí que cae del cielo una vacante y te toca en la punta de la nariz.
—Poco a poco, señores —dijo el señor Villela de muy mal talante, mirándome por encima de sus gafas verdes—. No me toquen a esa vacante, que es para mi primo.
Toda la hiel de mi cuerpo vino a mis labios al oír esto, y era tanto lo que se me ocurría decir, que no dije nada.
—Tengo promesa de Su Majestad para la primera vacante —añadió Villela—; y además, amigo Lozano, ¿no hablamos de esto la otra noche?
—Sí, es cierto... —repuso con turbación el ministro—; pero, a la verdad, no sé cómo contentar a todos. Pasan ya de media docena las personas a quienes Su Majestad ha prometido la primera vacante. Creo que lo mejor será echar suertes.
—¡Bah! —exclamó Villela con su impaciencia habitual y mirándome de hito en hito—; ¿lo dice usted por Pipaón, que nos está oyendo? Amiguito, usted es joven aún y puede esperar. En mis tiempos no se entraba en el Consejo antes de los sesenta años. En los que vivo no he visto un mozo más favorecido que usted por la fortuna... Cuando mucho se sube, más peligrosa puede ser la caída. Usted se ha encaramado con excesiva prontitud, y me temo que si no se detiene un tantico, vamos a ver pronto el batacazo... Un polvito, señor marqués; un polvito, señor Lozano; amigo Pipaón, un polvito.
Describió un lento semicírculo con su caja de rapé, en la cual iban entrando sucesivamente los dedos de los amigos.
—Señor don Ignacio —repuse yo aspirando con placer el oloroso polvo—, admito los consejos de una persona tan autorizada como usted... pero debo hacer una indicación. Jamás pretendí la plaza de consejero; pero como se me ha ofrecido repetidas veces, y se ha hecho pública mi pronta entrada en la insigne corporación, sostengo el cuasi derecho que me da la real promesa.
—¡Oh!... usted puede sostener lo que quiera —indicó Villela, volviendo risueño el rostro y elevando la mano, cuyos dedos sostenían aún el polvo—. Cada uno es dueño de tener las ilusiones que quiera. Por eso no hemos de reñir.
—Con perdón del señor Villela —dije yo, inclinándome y poniendo un freno a mi cólera—, seguiré esperando, pues Su Majestad no me ha de dejar en ridículo.
—¡Tantas veces han puesto en ridículo a Su Majestad personas que yo conozco...! —indicó el consejero de la Sala de Justicia, llevándose a la nariz los dedos y aspirando el tabaco con cierto adormecimiento voluptuoso en sus ojos ratoniles.
—¡No lo dirá usted por mí! —repliqué colérico.
Villela se puso muy encendido.
—Por todos —murmuró.
—Señores, señores, basta de tonterías —dijo el ministro, conociendo que la cuestión se agriaba un poco—. Basta de pullas. Se procurará contentar a todos. Esto se acabó.
—Por mi parte, concluido —dijo Villela estirando el cuerpo, arqueando las cejas, sacudiendo los dedos y tirando de la punta del monumental pañuelo para sacarlo del bolsillo.
—Por mi parte, ni empezado siquiera —indiqué yo.
—Háblese de otra cosa —dijo el marqués de M***.
—Hablarán ustedes, porque yo me voy al Consejo —dijo Villela, después de sonarse con estrépito.
—¿Tan pronto?
—Pero no sin hacer al señor ministro una recomendación. A eso he venido.
Diciendo esto, Villela sacó un papelito.
—Veamos qué es ello.
—Lo primero que pido al señor Lozano de Torres, confiado en que lo hará, es una obra de justicia: es que ponga término a una iniquidad horrenda, a un atropello impropio de los tiempos que corren.
—¿Qué?
—En las cárceles de la Inquisición de Logroño —continuó Villela— está una pobre mujer anciana, llamada Fermina Monsalud, a la cual se ha dado tormento para arrancarle declaraciones en la causa que se sigue a un hijo suyo que vive en Francia. Es mujer piadosísima, y a nadie se le ha ocurrido tacharla de herejía. ¿Por qué ha de pagar esa inocente las faltas de otro? Si no pueden atar a la rueda al verdadero criminal, ¿por qué se ensañan en la que no ha cometido otra falta que haberle parido?
—¿Cómo se llama esa señora? —preguntó Lozano, haciendo memoria—. Ese apellido...
—Fermina Monsalud —repuso Villela, guardando el papelito.
—Monsalud... —repitió don Buenaventura, apoyando la barba en la mano y haciendo también memoria.
Tuve intenciones de hablar; pero después de un rápido juicio, resolví no decir una palabra y observar tan solo.
—Esto es una iniquidad, una brutalidad sin nombre —exclamó Villela, golpeando el brazo de la silla—. Hablé anoche de ello a Su Majestad, y Su Majestad se escandalizó...
El ministro y el marqués meditaban.
—Pero eso es cosa del Supremo Consejo —observó Lozano de Torres.