La segunda casaca

Part 2

Chapter 24,009 wordsPublic domain

—Harías la obra más meritoria y más patriótica de tu brillante carrera, Pipaón —manifestó Baraona con semblante adusto—. Mi nieta y yo te lo agradeceríamos mucho más que esos mil favores de oficina que nos hiciste. ¡La justicia! ¡El castigo del crimen, de la traición, de la herejía, del engaño!... Yo deliro por esto. La justicia sin aplicación no es ni será más que una palabra inútil. No hay que decir que se encargue Dios de castigar al criminal, no. Aparte de esto, a nosotros, hombres, nos corresponde no dar paz a la cuchilla, para que los díscolos aprendan, para que los buenos teman y los extraviados se corrijan... ¿Por ventura habría llegado a la tierra de Promisión el pueblo elegido, si Moisés, por orden de Dios, no hubiera aplicado tremendos y merecidos castigos? ¡Oh! ¡Cuán hermoso espectáculo dio aquí Su Majestad dictando a poco de su llegada rigurosas leyes contra los francmasones y liberales! Yo creí que el pueblo elegido llegaría a la tierra de Canaán; pero no, ya veo que se quedará en mitad del camino. Todo es debilidad: las leyes no se cumplen; cada cual hace lo que más le agrada; son presos los pequeñuelos, mientras los grandes conspiran; alrededor del trono alzan su cabeza enmascarada de sonrisas la traición y la sedición; todos los militares trabajan sordamente en la masonería. Es esto un constante hervidero de inquietud, de amenaza, de ambiciones locas que surgen, como los insectos en el muladar, de la gran escoria del reino; los magnates se ocupan de convites y cenas, mientras los masones proyectan comerse a la nación; son cogidos algunos criminales conspiradores, y a poco se les suelta; reina una confabulación espantosa entre los conspiradores y la policía, entre presos y carceleros, entre alguaciles y alguacilados para taparse sus respectivas infamias, y hasta la Inquisición, volviéndose tibia y complaciente, es un cuchillo que se ha hecho alfiler; apenas pincha... Todo es flojedad, enervación, raquitismo, pequeñez. La nación, que tan enérgica, varonil y potente ha sido contra el extranjero, es en su vida interior un juego de chiquillos, que retozan en el fango, y con el fango hacen bolas que se arrojan unos a otros, no para matarse, sino para mancharse... ¡Quiero morirme de una vez, si no he de vivir más que para ver esto! ¡Los hombres como yo estamos de más en reuniones de muchachos! El papel de Herodes es difícil, y el de maestro de escuela ridículo.

III

Dijo, y siguió accionando en silencio durante un rato. Estaba desasosegado y colérico. La enorme desproporción entre su energía intelectual y su fuerza física, entre sus ideas y su posición, le ponían en aquel estado de frenesí, tan semejante a una monomanía furiosa.

—En algunas cosas tiene usted razón, señor don Miguel —dije—. No se castiga todo lo que debiera castigarse; pero si ese humor de mil demonios que usted tiene se ha de aplacar con la prisión y escarmiento de Salvador Monsalud, dese usted por curado... Hablaremos a Lozano de Torres... aunque sigo en mis trece, y sostengo que ese desgraciado no está en Madrid. Debe de haber error en esto.

—Está, está en Madrid —afirmó segunda vez Jenara, clavando en mí sus ojos azules, cuya serenidad se alteró visiblemente—. Yo le he visto.

Al decir _yo le he visto_, se puso pálida. Su semblante expresaba más bien miedo que cólera.

—¿Le ha visto usted?

—Hace seis días —dijo palideciendo más— fui a misa a la iglesia del Rosario, que está aquí cerca. Después de oír misa y de rezar, me dirigí a la puerta. La iglesia era toda oscuridad. Pasaba yo junto a la entrada de una capilla, cuando sentí más bien que observé la proximidad de un bulto, de una figura, de un hombre. Llegó hasta mí una corriente de aire frío, cual si una capa se agitara a mi lado; yo temblé. Al mismo tiempo, llevadas por aquel aire glacial, sonaron en mis oídos estas palabras, dichas con marcado tono de burla o ironía: «Adiós, Generosa...» Me estremecí toda; tropecé en una estera, y ya tocaban mis rodillas en el suelo, cuando una mano me levantó con energía. En el mismo instante, alguien levantó la cortina del cancel, entró alguna luz, y vi a mi lado una cara muy morena, la misma cara. ¡Jesús!

Daba Jenara a su relación un interés inmenso. La patética emoción del drama se pintaba en su semblante.

—Nunca he tenido —añadió— tan fuerte impresión, no sé si de miedo, no sé si de ira, no sé si de lástima... En término muy breve mis sensaciones fueron muy diversas, traídas la una por la otra. Temblé, como si sintiera la mano del demonio agarrando la mía... creí que iba a ser asesinada en aquel mismo instante... me pareció que aquel hombre no era un diablo ni un asesino, sino simplemente un pobre que me pedía limosna... se me representaron uno tras otro los crímenes de Monsalud, desde su traición a la causa nacional hasta su duelo con Carlos... no vi luego más que desgracia, mendicidad, hambre... ¡y qué cara, santo Dios!

—¿Le observó usted bien?

—Está más moreno, mucho más moreno que antes. Sus ojos queman; su boca, al sonreírse con ironía, no sé si hambrienta o sanguinaria, muestra unos dientes más blancos que el marfil; su aspecto infunde miedo y dolor. Viste de un modo extraño, anda de prisa, pasa y mira.

—¿Pero le ha visto usted una sola vez? —pregunté, asombrado de tantos detalles.

Un ratito tardó en contestarme. Luego, mirando al suelo, dijo:

—Una sola vez... Yo corrí para salir de la iglesia. Desde la puerta miré hacia dentro, y vi que un fraile se le acercó.

—¡Un fraile!... —murmuró sordamente Baraona—. ¡Buenos están también!

—¿Y dice usted que desde ese día no ha vuelto a verle? —pregunté a Jenara.

Después de vacilar, me contestó:

—No... no puedo asegurar que haya vuelto a verle... ni tampoco que no le haya visto.

—¿Cómo es eso?

—Quiero decir que la impresión que en mí produjo aquel encuentro ha sido tan duradera, que a veces se reproduce ella misma, sin causa real... La imaginación...

—Diga usted los nervios. Cuidado con creer en duendes y apariciones.

Callamos todos, contemplando las menudas ascuas de la copa de bronce que, mezclándose con la blanca ceniza, lanzaban su último brillo; existencias que, próximas a expirar, dirigían a los vivos su postrer mirada. Baraona, Jenara y yo mirábamos en silencio la moribunda lumbre. Todo callaba en derredor nuestro. Era la hora en que los espíritus pusilánimes y los niños suelen tener miedo, y para ahuyentarlo, al ir a acostarse, atraviesan corriendo y cantando los largos pasillos y las oscuras piezas. Era la hora en que las puertas de algún ventanejo alto y lejano suelen dar porrazos, estremeciendo la casa y el corazón de sus habitantes. Era la hora en que el gato trasnochador suele lanzar lastimeros ayes, que parecen llanto de criaturas, o algazara de voladoras brujas que van por los aires a sus repugnantes asambleas. Era la hora en que el viento suele ponerse en la boca el tubo de la chimenea, como un gigante que sopla su bocina, y cantar, decir o refunfuñar alguna horripilante estrofa, que hiela la sangre en las venas del inquieto durmiente... Los tres nos hallábamos profundamente pensativos, cuando sonó de improviso en lo interior de la casa inusitado estrépito, una puerta que se cerró, un mueble que vino al suelo, un golpe, un tiro, qué sé yo... una nada, una tontería, un fútil accidente; pero que sin duda, a causa de la hora y de cierta predisposición de espíritu, nos estremeció a todos.

—¿Qué es eso? —chillamos a una vez.

Miré a Jenara. Estaba blanca como el papel, y sus dientes chocaban.

—Es la puerta de mi cuarto que ha dado un golpe. Quedó abierta la ventana de la calle... —dije yo, tranquilizándome por completo.

Al cabo de un instante me sentaba de nuevo junto al brasero, después de cerciorarme de la insignificante causa de nuestro pueril miedo. Jenara seguía temblando; yo me reí, y ella, arropándose en su mantón, dijo que tenía frío. Baraona, levantándose, dio la orden de acostarse todo el mundo.

Les acompañé a sus habitaciones. Al pasar por la extensa galería que las separaba de las mías y del comedor, observé que Jenara dirigía miradas inquietas a un lado y otro. La sombra de nuestros cuerpos sobre la pared atraía sus miradas con más fijeza de lo que una vana sombra merece. Yo iba tras ellos. Cuando les despedí en la puerta, Jenara me dijo: «Entre usted.» Seguía temblando, y como yo le interpelase sobre aquella injustificada desazón, solo contestaba:

—Tengo frío.

Obligome a que registrara su habitación; a que asegurase las puertas, las cerraduras de las ventanas, y cuando me retiré al fin después de manifestarle lo innecesario de tales precauciones, echó llaves y cerrojos por dentro, quedándose acompañada de su criada.

Dirigime a mis habitaciones, sin dar importancia a las voluntariedades de mi hermosa huéspeda; pero al llegar a mi alcoba y lecho, y cuando a acostarme me disponía, recibí una sorpresa, una impresión tan fuerte, que mis carnes temblaron, dieron unos contra otros mis dientes, y me quedé frío, absorto, mudo, petrificado. Sobre mi lecho y en la misma vuelta de las sábanas, había un papel escrito. Con trémula mano lo tomé; recorriéronlo mis ojos en un instante; decía así:

«Infame Bragas: Tú que eres amigo y compinche del Tigre y del Zorro, podrás conseguir que manden poner en libertad a Fermina Monsalud, presa y atormentada en la Inquisición de Logroño por supuesto delito de infidencia. El Elefante trabaja en pro de la mujer inocente. Ha asegurado que la Culebra, es decir, tú, podrás ayudarle con éxito seguro.

»Infame Bragas: si dentro de quince días está libre mi madre, no te pesará; si no lo estuviere, te acordarás de

SALVADOR MONSALUD.»

IV

Juzgad, ¡oh amigos!, de mi asombro, de mi anonadamiento. Largo rato estuve con el papel en las manos sin saber qué partido tomar, sin poder concretar mis ideas, sin resolverme a dar un paso, incapaz de formar un juicio claro sobre aquel hecho. En mi cerebro bullía el caos. Llenaba mi espíritu un miedo horroroso, un miedo cual nunca lo he tenido.

Pasé algún tiempo en dolorosa incertidumbre. Como si tuviera la conciencia de que mi cuerpo era una masa de apretada aunque suelta arena, que se desmoronaría al menor movimiento, no me atrevía a dar un paso ni a menear un dedo. Poco a poco fuime recobrando; empecé a discurrir; me esforcé en atenuar la gravedad del caso, y la curiosidad se abrió paso en mi espíritu. ¿Quién había traído aquella hoja amenazadora? El hombre que me escribía, mi camarada antaño, ¿por qué había ideado tan singular modo de comunicarse conmigo? ¿Era él realmente o algún chusco desocupado? Y quienquiera que fuese, ¿de qué medios se había valido para dirigirme tan atroz apercibimiento?

Mi casa no era casa de duendes, aunque muy antigua y grande, propia, por lo tanto, para que se pasearan por ella los invisibles habitantes de la sombra, si el miedo les permitía la entrada. Felizmente yo no creía en brujerías, ni en fabulosas chuscadas de almas en penas. Ni por un instante pensé en tales puerilidades. Pero al mismo tiempo tenía la seguridad, gracias a un reconocimiento prolijo que a poco de mi mudanza hice, de que en mi casa, con ser de dos puertas, no había comunicaciones novelescas, ni sótanos, ni compuertas, ni armarios maravillosos, ni escotillones, ni ninguna tramoya de esas que en el teatro y en los libros dan materia para un sorprendente enredo. No teniendo, pues, mi casa secreto alguno, era evidente que alguno de los criados había sido conductor del extraño mensaje.

Eran tres: el primero, que tenía por nombre Farrancho, servíame de mandadero, ayuda de cámara y también de amanuense en casos de mucha urgencia, y era hombre de honradísimos antecedentes, por su cacumen, casi incapaz de sacramento, pues discurría como una acémila, por su carácter moral, apreciabilísimo al parecer. Jamás le cogí en mentira, ni en hurto, ni en falta alguna.

La segunda persona de mi servidumbre era una mujer, venerable matrona bastante vieja y fea para no incurrir en deslices amorosos, bastante joven y aseada para servir bien y guisar mejor, Marta por lo diligente y entendida en cosas domésticas, Magdalena por lo piadosa. Había servido a monjas durante veinte años, con lo cual dicho se está que era la prudencia misma, la santidad personificada, la honradez en efigie. Jamás se ocupó de chismes domésticos, y parecía carecer del uso de la palabra, como no fuera para emplear ciertas fórmulas piadosas: nunca entraba en mi cuarto sin decir lúgubremente el estribillo cartujo de _morir tenemos_. Su obediencia era ciega, su solicitud extremada, su cariño firme y mudo como el de los buenos esclavos, su arte culinario de plata, su silencio de oro. Hasta su nombre era admirable de concisión y santidad. Se llamaba doña Fe.

Había además en la casa otra hembra; pero no me servía a mí (aunque bien lo quisiera yo), sino a Jenara, de quien era doncella. Paquita, guapa moza, llevaba poco tiempo en casa, y no me eran conocidas las prendas de su carácter. Parecía excelente muchacha. Mis sospechas recaían principalmente en ella, después en Farrancho. Doña Fe quedaba libre de toda suposición desfavorable, porque además de tener un carácter formalísimo, incapaz de toda farsa o enredo, hallábase a la sazón en cama, molestada de horribles dolores en la cara y oídos.

Una vez repasadas mentalmente las cualidades de aquel doméstico triunvirato, recayó mi atención en el asunto principal, en la extraña hoja que tan a deshora había venido a turbar la tranquilidad de un hombre de bien, servidor diligente de su rey y de su patria. Lo más singular del singularísimo documento, era que el autor de él, ya fuese en realidad Monsalud u otro cualquier pelanduscas de su propio estambre, al mismo tiempo que solicitaba mi auxilio, me ofrecía su protección como parecía indicarlo el _no te pesará_. Pero a renglón seguido me amenazaba de un modo insolente. El _te acordarás de mí_ me ponía en gran cuidado... ¿Sería aquello una farsa ridícula? El que ofrece protección o castigo es porque tiene poder; y si Monsalud tenía poder, ¿por qué solicitaba mi auxilio?... ¿Debía yo despreciar el escrito, o fijar en él toda mi atención?

Pensando en esto, venían a mi memoria recuerdos del ardiente carácter de mi antiguo amigo; surgía ante los ojos de mi imaginación su figura, representándomela desmelenada, horrible, teñida de la palidez siniestra del jacobinismo. Volviendo a contemplar el escrito en cuyos caracteres se conocía la mano de Salvador, y dueño de mi espíritu, el miedo me sumergía de nuevo en vacilaciones sin fin.

Las palabras del escrito indicaban una resolución firme. Lo que a mis lectores podrá parecer oscuro y enigmático, para mí no lo era entonces, por ser común y aun popular el tiznar con viles apodos la persona de hombres esclarecidos y respetabilísimos, que consagraban su vida al servicio del reino. Así, el _Zorro_ era don Juan Esteban Lozano de Torres, ministro de Gracia y Justicia; el _Tigre_, mi amigo y protector don Buenaventura, recientemente convertido en marqués de M***, y el _Elefante_, don Ignacio Martínez Villela, consejero de Castilla y hombre muy metido en Palacio, aunque por entonces corrían voces de que era masón.

Después de mucho meditar, no repuesto del mortal susto, juzgué que para requerir a los criados convenía esperar al siguiente día. Acosteme; pero el sueño huía de mis ojos. No se apartaban de mi mente las anécdotas que acerca de los masones y su audacia había oído contar últimamente sin darles importancia; recordé lo que por entonces se decía de connivencias misteriosas, de sobornos de criados, con otras artimañas atrevidas que establecían una verdadera mina dentro y debajo de la sociedad.

Yo procuraba determinar algo; pero ninguna resolución definitiva lograba echar su raíz en mi vacilante y perturbada voluntad. Mi entendimiento, excitado por la vigilia, iba de aquí para allí, entre las revueltas olas de un mar de ideas, empujado, ya de un lado, ya de otro, sin poder llegar a ninguna orilla, ni sumergirse en el silencioso y quieto fondo, que era el dormir y lo que yo más deseaba.

Pero la luz del día, ¡bendita sea mil veces!, disipó aquel delirio caliginoso en que mi pensamiento con angustia se revolvía como un loco en su jaula. Se me presentó el hecho en proporciones muy pequeñas, y libre ya del miedo, si no del recelo, tomé dos resoluciones: no hacer caso del escrito, e interrogar a mis criados para despedir de mi honrado hogar al delincuente.

Cuando conté el caso a doña Fe llenose de miedo, trajo al punto de la iglesia un cantarillo de agua bendita, y roció toda la casa, recitando exorcismos. La piadosa mujer, hecha un mar de lágrimas al ver el peligro que mi persona había corrido, me dijo haber visto a Farrancho en la calle el día anterior, secreteándose con individuos de aspecto tan revolucionario como heterodoxo, y aunque el tunante protestó y lloró, mojándome las manos con la baba de sus hipócritas besos, le despedí. Su culpabilidad era evidente. Jenara me respondió de la inocencia de su doncella, y antes hubiera dudado yo de mí propio que de la venerable matrona a quien tan bien sentaba el nombre de Fe. Baraona quiso levantarse a deshora del lecho para dar dos palos al infame y desleal muchacho; pero le contuvimos, y durante un rato Jenara y yo hablamos vagamente del asunto.

—Yo tampoco he dormido nada en toda la noche —me dijo.

Le pregunté si también había recibido papelito; pero no se dignó contestarme.

V

El incidente que he referido dejó de inquietarme al siguiente día, y poco a poco fue olvidado por completo. Salgamos ahora de mi casa y veamos cómo andaban las cosas públicas en aquellos días, que eran los últimos de octubre de 1819, a los once meses de la sangrienta conspiración de Vidal en Valencia y a los cuatro de los sucesos del Palmar.

Grandes mudanzas habían ocurrido en la corte desde 1815 a 1819. En tan breve tiempo Fernando se había casado dos veces: la primera con Isabel de Braganza (cuyas bodas concertó en el Brasil fray Cirilo de Alameda y Brea, enviado secreto de Su Majestad Católica); la segunda con María Amalia de Sajonia, hermosa y desabrida, humilde y bondadosísima, devota y también algo poetisa. Mientras reinó Isabel, la influencia política de los criados mermó mucho en Palacio, y este fue lo que debía ser una vivienda de reyes; pero desde diciembre del 18, en que Dios se llevó de la tierra a la insigne princesa, las culebras de la camarilla empezaron a recobrar su imperio. Sin embargo, ni Alagón ni Chamorro fueron tan poderosos. Ramírez de Arellano y un tal Villar Frontín, antiguo escribano del resguardo, eran los que se comían el reino crudo.

Nueva gente se encontraba en las oficinas, en los Consejos, en Palacio, y los ministros variaban a menudo; que no es la inconstancia don peculiar de los poderes constitucionales. En seis años vi bajar y subir tantos, que casi se pierde la cuenta de ellos. Ceballos se hundió en octubre de 1816. Don Tomás Moyano había desaparecido también del escenario, cayendo en la oscuridad, de donde jamás volvió a salir, quedando tan solo, cual muestra de su paternal administración, los mil y un parientes que en su breve poltronazgo sacó de la miseria y soledad del campo; don Francisco Eguía también dejó por algún tiempo al ejército huérfano de su protección. Hubo un divertido minueto de señores ministros de la Guerra durante corto plazo, porque a Eguía sucedió Ballesteros, a Ballesteros el marqués de Campo Sagrado, y al marqués de Campo Sagrado otra vez el señor Eguía, sin cuya coleta creyérase que no podía existir la atribulada nación. La Marina había perdido a Cisneros, y era gobernada por Figueroa. Desgraciada andaba la Marina en aquellos tiempos, pues para que su orfandad fuera completa, también perdió en abril de 1817 a aquel imponderable terror de los mares, el infante don Antonio Pascual, de quien dijo el poeta:

¡Neptuno, Tetis, Céfiro y Favonio Eterno mostrarán llanto abundante. Pues falleció el infante don Antonio!

Así terminaba el soneto que al triste suceso dedicó don Diego Rabadán, el primero de los poetas de aquel tiempo, Rioja de los líricos y Herrera de los heroicos, hombre de esclarecido ingenio, gloria de su época, y al cual la envidiosa posteridad ha tratado injustamente, equiparándolo al don Hermógenes de Moratín... ¡Como si no fuera la mejor pieza del mundo aquel célebre soneto en que, para decir que don Antonio había muerto de pulmonía, se manifestaba _que el cierzo quiso dar testimonio de su aridez,_

_arruinando a la España su almirante_!

No puede darse imagen más hermosa ni entonación más robusta que la de aquel comienzo:

_Ya vencidos de Acuario los rigores_ _que aprisionan a líquidos cristales..._

Pero llevado de mi afición a la poesía y a los buenos poetas de mi tiempo, me he apartado de lo que estaba tratando, y era, si no recuerdo mal, los cambios de ministros. Don Felipe González Vallejo, a quien pusimos en Hacienda, salió como había entrado, es decir, que se lo llevó un viento cortesano, y el pobrecito, con ser tan inocentón y tan para poco, no se libró del destierro. Entonces era común que a todos los caídos les recetaran un paseo higiénico para recobrar las fuerzas gastadas en el servicio de la patria. Sucedióle Ibarra; luego López Araujo, que apenas sabía leer y escribir, y al fin entró el célebre don Martín Garay, que más que hombre era una escuela, pues trajo al ministerio todo un plan e idea completa para reformar la Hacienda pública, tarea equivalente a beberse el mar, o a ponerse por montera el Moncayo. Gozaba el señor de mucha fama, que aún conserva su nombre; pero todos los hombres de mi tiempo, desde el rey y los ministros y el clero hasta el último zascandil, se pusieron en contra suya, y tuvo que salir del ministerio y marcharse con la música y el sistema a otra parte. Por fortuna no tuvo tiempo de hacer nada de provecho; que si le dejáramos, capaz hubiera sido de volver la Hacienda del revés, elevando los ingresos y mermando los gastos. Su sucesor, Imaz, era un bendito.

En Estado, el célebre León Pizarro, amigo y compinche de don Antonio Ugarte, no duró mucho tiempo, ni tampoco Irujo, que empezó su carrera por paje de Bolsa de un consejero y la acabó marqués y millonario. El duque de San Fernando, su sucesor, no fue menos afortunado, porque al principio de la guerra era soldado raso, y en 1818 teniente general, duque, grande de España y no sé qué más.

En Gracia y Justicia, después del obispo de Mechoacán, que fue ministro veinticuatro horas (¡_tanto se emprende en término de un día_!), entró y duraba aún en la época de mi relación, don Juan Esteban Lozano de Torres, la gran figura de aquellos tiempos, y no porque la tuviera gallarda, ni aun digna de ser vista, sino porque con su hermosura moral a todos cautivaba, empezando por el rey. Había sido Lozano de Torres en su mocedad relojero. No había hecho estudios de ninguna clase, siendo el primero y el único ministro de Gracia y Justicia lego en jurisprudencia. Ni siquiera sabía latín, cosa rara y chocante en aquellos tiempos.

La carrera de este benemérito español había sido el comisariato del ejército. ¡Y qué herejías dijeron de él a propósito de la administración del hospital militar de la Isla! Con ser tan fuertes, sin embargo, las especies que acerca del comisario dijo el vulgo, no llegaban, ni con mucho, a lo que decían los enfermos, unos tunantes que ponían el grito en el cielo desde que les faltaba caldo. ¡Qué tal fama de abastecedor y despensero tendría el niño, cuando, destinado a la intendencia de Castilla la Vieja, no quiso darle posesión el gran Wellington, jefe del ejército aliado!