Part 4
—No quiero cuentas con el Supremo Consejo —repuso Villela—. Bien sabemos todos que este no hace sino lo que le manda el ministro de Gracia y Justicia. Haga usted que pongan en libertad a esa pobre mujer, y cumplirá con la ley de Dios.
—Y con la de los masones —murmuré.
—¿Alguno de los presentes tiene que decir algo en contra de lo que he manifestado? —preguntó Villela con soberbia.
Nuevamente sentí deseos de hablar; pero el recuerdo de la epístola, acompañado de cierto miedo, me cortó la voz.
Don Buenaventura tampoco dijo nada, y seguía meditando.
—Déjeme usted nota —indicó Torres—. Yo veré...
El consejero escribió la nota y la entregó al ministro. Al retirarse, habló así:
—Tengo gran empeño en ello, señor Lozano; pero grandísimo empeño. Si consigo arrancar a esa mártir de las garras de los verdugos de Logroño, me conceptuaré dichoso.
Cuando don Ignacio Martínez de Villela se fue, alzó de súbito la meditabunda frente el señor don Buenaventura, y dando un porrazo con el bastón, exclamó:
—¡Vive Dios, señor Lozano de Torres, que ya no me queda duda!
Don Juan Esteban reía como un zorro, y graciosamente se atusaba con la mano derecha el remolino de cabellos rubios que Dios, cual digno coronamiento de una obra perfecta, había puesto sobre su frente.
—¡Fermina Monsalud! —repitió, leyendo el papel que había dejado Villela.
—Madre de Salvador Monsalud —dijo el marqués—; madre del hombre que anda trayendo y llevando mensajes de los masones; de ese que ha logrado hasta ahora burlar, con su ingenio peregrino, las pesquisas de la justicia.
—El mismo —añadió Lozano—. ¡Ese pobre señor Villela...! vamos, parece increíble.
—_Vox populi, vox cœli_ —repuso el Marqués—. Hace tiempo se viene diciendo que muchos elevados personajes de la corte están en connivencia con la masonería; hace tiempo se viene diciendo que el señor Villela... Lo que digo: _vox populi, vox cœli_.
—Cuando el río suena, agua lleva —afirmó Lozano, que, por no saber latín, expresaba la misma idea en refrán español—. Para mí hace tiempo que no es un secreto el francmasonismo de Villela; pero Su Majestad, a quien don Ignacio ha sabido embaucar con tanto arte, no consiente que se le hable de esto, y sostiene que todo lo que se dice de las sociedades secretas es pura fábula.
—También yo tengo datos para asegurar el francmasonismo del señor consejero que acaba de salir —dijo don Buenaventura.
—Desde que estoy en esta casa —afirmó Lozano— no ha pasado una semana sin que haya venido con pretensiones de indulto, de sobreseimiento o de evasión en favor de algún agitador o revolucionario.
—Y este empeño porque se ponga en libertad a la mamá de ese... Cuando la Inquisición de Logroño le ha dado tormento, ya sabrá por qué lo ha hecho.
—Pues claro está.
—Salvador Monsalud... ¿dónde he oído yo ese nombre? —dijo don Buenaventura, procurando recordar, e irritado de su fatal memoria.
—Hace días que hablé de él en este mismo sitio —repuso Lozano—. Es un revoltoso a quien nunca se ha podido echar el guante.
—Ya... ¡si no se puede castigar a nadie! —dijo el marqués con enfado—. ¡Si todos los criminales se escabullen, protegidos por estos señores que, afectando servir al trono y a las buenas ideas, son los más firmes auxiliares de la revolución! No sé cómo Su Majestad protege a tan pérfidos hipócritas... Ya lo he dicho: la serpiente de la anarquía se agasaja en los mismos cojines del regio solio... ¡Y pretende ahora la nueva vacante del Consejo! Pipaón, o hemos de poder poco, o será para ti.
Me incliné, dando las gracias con lenguaje mudo.
—Es triste lo que está pasando —dijo el ministro—. Prendemos a los revolucionarios, y los primates del absolutismo, los más íntimos amigos del rey, vienen a implorar que se les ponga en libertad.
—Soy familiar de la Santa Inquisición —declaró con vehemencia el Marqués—. Mi deber es seguir la pista a los criminales. Es preciso trabajar con pies y manos para que no se nos venga encima la revolución, ¿estamos? Adelante: urge desenmascarar a los bribones, poner de manifiesto las malas artes y la perfidia de los que les protegen.
—Pues señor familiar de la Inquisición —dijo Lozano sonriendo—, descúbrame usted el paradero de este Salvador Monsalud; proporcióneme los medios de cogerle, y yo le respondo de que no se burlará por más tiempo de los ministros de Su Majestad...
—¿Está en Madrid? —preguntó el marqués.
—Creo que no.
—Está en Madrid —afirmé yo, rompiendo al fin el silencio.
El ministro y don Buenaventura me miraron asombrados.
—No se pasmen ustedes —añadí—: yo no soy masón. Por una casualidad he sabido que está en la corte ese señor mensajero de los revoltosos. Hablando con toda franqueza, debo decir que en nuestra primera mocedad fuimos amigos Salvador Monsalud y yo; pero desde el año 13 no hemos vuelto a vernos.
—¿Y cómo sabe usted que está en Madrid?
—Una señora paisana mía, que por desgracia le conoce muy bien, asegura haberle visto hace días.
—Soy familiar de la Inquisición —repitió gravemente don Buenaventura— y como tal tendría un gozo vivísimo en poder echar mano a un propagador del jacobinismo y de la herejía... ¡Ah, Pipaón, si tú quisieras ayudarme!... ¿Dices que le conociste en tu juventud?
—Somos paisanos.
—¿Y qué tal hombre es?
Me llevé el dedo a la frente para indicar ingenio.
—Sí: debe de ser listo... pero un tunante, ¿eh?...
—Sirvió al rey José.
—¡Afrancesado!
—¿Y respondes de que está en Madrid?
—Respondo.
—Ha demostrado en las últimas conspiraciones un atrevimiento y una constancia que confunden —dijo Lozano.
—Hemos de cogerle aunque no sea sino por dar en los hocicos al masón vergonzante señor Villela que le protege... —dijo el marqués—. Pipaón, ¿me ayudas o no?
—Ayudo.
—Soy familiar de la Inquisición: pondré de mi parte cuanto pueda. ¿No hemos visto a los más insignes hombres de la nobleza, a los Medinacelis y Albas y Osunas saltando de tejado en tejado, en calidad de alguaciles mayores del Santo Oficio, para perseguir a los criminales?
—Voy a dar a ustedes un resumen de las fechorías de ese Salvador Monsalud —dijo Lozano de Torres, tirando de la campanilla—. Los corregidores y las Salas de Alcaldes han suministrado algunos datos, los cuales, unidos a los informes que tomé en el ministerio de Seguridad pública, forman un curioso expediente.
Se presentó un oficial de secretaría, el cual, por indicación de Lozano, trajo poco después un grueso legajo.
—Se cree que tomó parte en la conspiración de Richard para asesinar a Su Majestad —dijo Lozano fijándose en el primer pliego.
—Se cree... eso es, y debe de ser cierto —indicó don Buenaventura—. No puede menos de ser cierto.
—Viósele en Granada el año 16 —continuó Lozano leyendo—, y al poco tiempo estuvo en Murcia y Alicante, donde le protegían López Pinto, el brigadier Torrijos y algunos oficiales del regimiento de Lorena.
—Esta fue la conspiración del regimiento de Lorena, abortada por fortuna... Ojo, señores. Por empeños de Villela fueron puestos en libertad los conspiradores.
—El año 17 estuvo en los baños minerales de Caldetas, donde pasaba por criado del malogrado Lacy, y el 5 de abril salió de Tarragona con las dos compañías de Quer. Desapareció en Arenys de Mar.
—Desapareció... —dijo con enfado don Buenaventura—. Si no existiera esta sorda y astuta confabulación de todos los pillos, no se habría evaporado tan fácilmente.
—Volvió a aparecer en Gibraltar, visitando la casa del judío Benoltas, que dio dinero para la sublevación de Alicante —continuó Lozano, hojeando los papeles—. Después se le vio en Murcia muy unido a Romero Alpuente y a Torrijos; pero cuando este fue descubierto y preso, el otro... desapareció.
—¡Desapareció!... Lo de siempre.
—Pero al poco tiempo se le vio en Madrid, donde los masones de Murcia tienen tan buenas aldabas. Sostuvo relaciones epistolares con don Eusebio Polo y con Manzanares, oficiales de Estado Mayor, y otros muchos militares distinguidos, afiliados en la masonería. Cuando estos fueron reducidos a prisión, se pudo echar mano al Monsalud; pero al poco tiempo de encierro...
—Desapareció. Ya sabemos lo que son esas desapariciones —afirmó colérico el familiar de la Inquisición—. Los hermanos del Grande Oriente han tenido buen ojo en la elección de sus venerables. Son estos algunos señores de la grandeza, generales y consejeros, como Villela.
—Reapareció en Valencia —prosiguió Lozano— a principios de este año. Trabajó con don Diego Calatrava en los preparativos de la conspiración de Vidal. Frustrada esta, fue herido gravemente y preso con otros muchos. Llevado a la cárcel en camilla, se le encerró en un calabozo, donde era imposible la evasión. Cuando fueron a sacarle para conducirle al patíbulo, encontraron en su lugar...
—¿Qué?
—Un muñeco vestido con sus ropas.
—Esto es burla... Pero sea lo que quiera, Pipaón ha dicho que el _desaparecido_ está en Madrid.
—Así me lo han asegurado. Creo que podemos saberlo con toda certeza.
—Soy familiar de la Inquisición, y tú, Pipaón, un hombre agudísimo. Si de esta vez no hacemos algo de provecho, tengámonos por dos alcornoques de tomo y lomo.
—Pero si hacemos algo, mi señor don Buenaventura —dije—, que sea para desenmascarar a un magistrado tan corrompido como el señor Villela.
—Vamos, a ti lo que te escuece es la vacante de consejero que Villela se quiere apropiar, caliente aún el cuerpo del señor Requena. Por mi parte, te juro que aborrezco a Villela. Siempre he visto en él un hombre tan astuto como peligroso, que está sirviendo a la revolución.
—Ya se lo dirán de misas. Soy...
—Cójame a ese Monsalud, señor don Buenaventura —dijo el ministro—. Vamos, ¿a que no se atreve?
—¡Que si me atrevo! Pipaón, vete por casa mañana. Hablaremos.
—Pues hasta mañana, señor marqués.
—No hay más que hablar.
VIII
Veamos lo que en mi casa ocurría. Detenido en ella el señor don Miguel de Baraona por ciertos achaquillos en las piernas que no le permitían zarandearse en paseos y cafés, mataba el aburrimiento escribiendo cartas o perorando, si por mi desgracia lograba cogerme de su cuenta. Jenara hacía vida muy distinta. Menos ocupada que antes en sus labores de mano, salía con alguna frecuencia, pasando largas horas fuera. Todo revelaba en la hermosa dama que traía entre manos un asunto importante, que requería tanta actividad como cavilaciones. No tuve que hacer grandes esfuerzos para descubrirlo, porque ella misma me lo reveló todo una noche junto al brasero, después que Baraona se recogió en su cuarto.
—¿Ha averiguado el gobierno —me preguntó— el paradero de Salvador Monsalud? ¿Sabe que está conspirando?
—El gobierno, señora —le respondí—, lo sabe todo y no sabe nada; mejor dicho, sabiendo que se conspira a más y mejor, es completamente incapaz de descubrir, y más aún de castigar, las conspiraciones.
—¡Qué gobierno! —exclamó Jenara—. Bien dice mi abuelo que estos que hoy mandan son como los muñecos que se ponen en el campo cuando se acaba de sembrar: espantan a los pájaros, pero no a los hombres. Diga usted, que sabe tanto —añadió con jovialidad—: ¿por qué no se habían de encomendar a mujeres ciertas cosas del gobierno?
—¿Por qué no? Ahí están Catalina de Rusia, Isabel de Inglaterra y otras, que gobernaron a sus pueblos...
—No, no es eso lo que digo. Gobiernen a los pueblos los hombres; lo que, según mi entender, podía confiarse a las mujeres, es un trabajo menudo y que no requiere ciencia de libros: por ejemplo, el descubrimiento de las conspiraciones.
—En Francia dicen que hay muchas mujeres empleadas en la policía secreta.
—Las mujeres —añadió Jenara con gravedad y gracia— son más leales que los hombres, sirven con más ardor y honradez a una causa cualquiera, son menos accesibles a la corrupción, poseen instinto más fino y mayor agudeza de ingenio, mayor penetración. Ustedes piensan; nosotras adivinamos.
—Es verdad: las señoras adivinan —dije con sorna—. Vamos a ver, ¿ha adivinado usted el paradero de Salvador Monsalud?
—Sí, señor —repuso mirándome con fijeza, y sonriendo vanidosa y triunfalmente—. Sí, señor: lo he adivinado, lo he descubierto, lo sé.
—¿Pero es broma, es sospecha o presunción?
—Es certidumbre, señor don Juan.
—¡Es usted un tesoro, es usted una diosa, Jenara! —exclamé con entusiasmo—. Pero dígame usted: esas salidas diarias, esa multitud de recados, esa ocupación constante durante más de una semana, ¿se han consagrado al servicio de la patria y del rey? Me parece inverosímil.
—Si he de hablar con verdad, no he atendido gran cosa al servicio de la patria y del rey... He tenido fijo el pensamiento en mi esposo acuchillado y moribundo.
—Verdad es que la persona a quien queremos castigar ha sido por mucho tiempo la pesadilla y el espantajo de su familia de usted.
—Yo no sé hacer nada a medias —dijo Jenara con solemne voz—. Me impulsaba a dar estos pasos un sentimiento que inflama mi corazón, un sentimiento criminal que ofende a Dios, lo sé; un sentimiento...
—¡Jenara!
—Sí, señor de Pipaón, el odio; hablo del odio que se ha fijado en mí desde hace algunos años, como un puñal que me atraviesa el corazón. Incapaz de tranquilidad, escandalizada de la debilidad de los hombres, que han dejado sin castigo a tan atroz criminal, me he lanzado resueltamente y con todo el ardor de mi carácter a un trabajo impropio de mi sexo y condición. He desfallecido muchas veces, he sufrido grandes sonrojos; pero al fin la fuerza de mi propia pasión me ha dado energía, y con la energía una luz extraordinaria. ¡Qué no conseguirá la voluntad de una mujer, su penetrante instinto, su admirable sagacidad!...
—Esas prendas, señora, han revuelto el mundo muchas veces, han provocado guerras y revoluciones —dije contemplándola fijamente, ansioso de descubrir las verdaderas ideas y los sentimientos efectivos de Jenara en aquella ocasión.
No era fácil averiguar esto, y en vano clavaba mis ojos en la marmórea beldad que ante mí tenía. Por experiencia sabía yo que, para el conocimiento del alma de Jenara, era preciso atenerse a lo que decían sus labios, dejando al tiempo o al acaso la misión de descubrir el color y los astros de aquel cielo siempre cubierto de nubes. Al mismo tiempo, no podía hacer grandes observaciones fisiognómicas, porque mis ojos, lo mismo que mi atención, se distraían con el recreo y embobamiento que tan grande hermosura les producían. ¡Lástima grande que bajo aquella serenidad majestuosa, aunque algo artificial como los papeles del teatro, se escondiese, cual serpiente en nido de rosas, el odio tan ponderado verbalmente por ella!
—Si es cierto —dije— que por las averiguaciones que ha hecho usted, como principal agraviada, se logra descubrir y capturar a ese hombre, el estado y el rey están de enhorabuena. Precisamente nuestro amigo el señor Lozano bebe los vientos por ponerle la mano encima. ¿Pues y don Buenaventura? Poco contento se va a poner cuando yo le diga... Como que nuestro paisano es el alma y la clave de las conspiraciones. Parece mentira que una señora haya conseguido lo que intentaron hasta ahora en vano tantos y tan buenos espías...
—¡Espías! Los de la Inquisición, lo mismo que los del gobierno, están vendidos a los masones —afirmó Jenara con desprecio.
—Cuénteme usted todo; cuénteme esos prodigios.
Sonrió la dama, y por breve rato puso los ojos en el brasero, sin dejar la sonrisa, que parecía esculpida en su rostro.
—Si le contara a usted todo lo que he hecho —dijo al fin—, se asombraría de algunas cosas, y de otras se reiría, formando mala idea de mí.
—Vamos a ver.
—Sin hacerse cargo de la impresión que produjo en mí la vista de ese hombre en la iglesia del Rosario, nadie comprenderá las locuras que he hecho. Yo estaba aterrada; parecía que me apretaban el corazón con tenazas de hierro; yo no podía dormir; la terrible imagen iba tras de mí a todas horas, infundiéndome miedo y una congoja extraña.
—Lo conocí.
—Yo presagiaba toda clase de males; veía en ese hombre un poder maléfico... Era tal mi turbación y lo preocupada que yo vivía, que una noche creí verle deslizarse por esos pasillos como un fantasma.
—¡Jenara!
—Sí; la imaginación me le puso delante... ¡y con cuánta verdad! Vi su cara, sentí el ruido que hacía su capa rozando en las paredes...
Me quedé frío.
—Pero no... no se asuste usted... yo no creo en fantasmas. ¡Cosas de mis ojos que suelen ver lo que no existe!... Ya me ha pasado lo mismo otras veces... Ello es que la propia exaltación mía me dio fuerzas para sobreponerme al miedo, a la congoja, y furiosa me revolví contra mi atormentador. El placer de castigarle, de hacerle sentir el peso de una mano justiciera dirigida por mí, dio mayor fuerza a mi voluntad. ¡Era preciso buscarle, burlar su astucia, sorprenderle, cogerle, destrozarle!
—Veamos lo que hizo usted.
—Desde luego, sabiendo que ese hombre estaba en Madrid, parecía natural creer que vivía en alguna parte.
—Eso no tiene la menor duda.
—Yo pensé de otra manera: yo pensé que viviría en muchas partes.
—Ya... es decir, que cambiaría todos los días de domicilio para desorientar a sus perseguidores.
—Justamente. Pero esta idea tenía poco valor, mientras no se averiguase una por lo menos de las guaridas del miserable. Empecé sin resultado mis pesquisas, cuando de repente vino en mi ayuda la casualidad, proporcionándome un nuevo encuentro con él cierta noche que volvíamos a casa Paquita y yo un poco tarde.
—¿Y le habló a usted?
—¡Qué disparate! No me conoció: yo sí le conocí perfectamente, a pesar de que iba embozado hasta los ojos.
—¿Y dónde fue ese encuentro?
—En la calle Mayor. Eran las nueve. Él iba en dirección a la plaza de la Villa. Paquita y yo veníamos de casa del señor Grima, corregidor que fue de Vitoria.
—Y usted y Paquita, llenas de terror, avivaron el paso para huir de él.
—Al contrario, volvimos atrás... y le seguimos.
—¿Le siguieron?
—Sí, señor. Nos arrebujamos muy bien en nuestros mantones, y le seguimos a cierta distancia. Como él anda tan a prisa, llegamos sin aliento a la calle de Santiago.
—Donde se escurrió por algún portal...
—Entró, sí, en una casa; pero yo no me desconcerté por eso, y con toda serenidad examiné el edificio detenidamente. Era un palacio enorme, pesado y triste, con grandes balcones y un escudo formidable sobre el del centro. Parecía la vivienda de un grande de España. Monsalud, al entrar en ella, iba a visitar a alguien; de ningún modo a quedarse allí.
—Muy bien pensado; pero las casas de los grandes, sobre todo si los que las habitan no son muy grandes, suelen tener buhardillas que se alquilan a gente pobre, y a las cuales se sube por la escalera de servicio.
—También pensé yo esto —dijo la dama demostrándome su prodigioso método de raciocinio—, y para salir de duda me decidí a preguntar al portero.
—Lo que no dejaba de ser aventurado y sospechoso.
—No me importaba; yo entré resueltamente y dije al portero: «¿Vive en las buhardillas de esta casa una pobre viuda enferma, llamada doña Petra, que ha puesto un anuncio en el _Diario_, pidiendo limosna a las almas caritativas?» El portero me informó de lo que yo quería saber, diciendo: «En esta casa no hay buhardillas alquiladas, ni aun vivideras, ni aquí vive nadie más que mi amo el señor conde...» Ya estaba segura de que Monsalud no vivía allí y de que más tarde o más temprano saldría. Paquita y yo nos llenamos de paciencia y aguardamos.
—¡Qué valor, qué constancia sublime!... En una noche fría... dos mujeres solas en la calle.
—Nadie se metió con nosotras. Antes de las once Monsalud salió.
—¿Y le siguieron?
—Le seguimos. Él miraba atrás algunas veces; pero viendo transeúntes indiferentes o mujeres, seguía tan tranquilo.
—¿Y fue larga la segunda caminata?
—No muy larga. Entró en el café de Levante; pero no por la puerta del local público, sino por otra lóbrega y estrecha que hay al costado y por la cual creo se sube a la tertulia.
—Así es, en efecto. Supongo que no entrarían ustedes en el café ni aguardarían tampoco la salida del aventurero, porque tales garitos no se vacían hasta la madrugada.
—Entrar no; pero aguardar sí —me contestó con una serenidad que me dejó pasmado—. En aquella acera, que es de gran tránsito a causa de las puertas de los cafés cercanos, se ven mujeres y chicos que piden limosna, castañeras, ciegos que venden villancicos, y también muchos rateros y gente sospechosa, con la cual alternan en amor y compaña los alguaciles. Paquita limpió el lodo junto a la puerta por donde él había entrado y por donde esperábamos que saliera, y...
—¡Jesús, María y José! —exclamé interrumpiéndola—: ¿fue usted capaz?...
—Sí, señor; nos sentamos allí. Con los mantos sobre la cabeza, no nos diferenciábamos gran cosa de la sociedad allí reunida... Yo no me acobardaba ante ningún obstáculo. Resuelta a marchar derecha a mi objeto, llena y encendida toda el alma con la llama de un aborrecimiento que era mi sostén y mi martirio, no reparaba en dificultades. Solo así se vence, señor Pipaón.
—¿Y hasta cuándo duró la guardia?
—Hasta las cuatro de la mañana. Fue aquella noche que estuve fuera de casa. ¿Se acuerda usted? Entré por la mañana diciendo que había estado acompañando a una amiga parturienta.
—Me acuerdo, sí.
—Hasta las cuatro, sí. Nos levantamos de allí medio heladas —continuó riendo—. Él salió con otros tres; marchó hacia la calle Mayor. A la entrada de la de Boteros, uno de ellos se separó, y Monsalud con los dos restantes entró en la plaza. Les seguimos a bastante distancia; pasaron a la calle de Toledo, y pasamos también nosotras. Detuviéronse en la esquina de la calle Imperial, y entonces resolvimos adelantarnos y pasar junto a ellos para que no sospecharan que los seguíamos. Cuando pasamos oí claramente la voz de Salvador que decía a sus compañeros: «Estoy muy fatigado, y voy a acostarme...» Siguiéndole, pues, hasta el fin, era seguro que sabríamos dónde vivía.
—¡Qué admirable paciencia! El más astuto y diligente alguacil no haría otro tanto.
—Esto no puede hacerlo la justicia, que es mercenaria y venal: lo hace una mujer.
—¿Y dónde vivía?
—En la calle de Segovia. Detúvose en una puerta, y después de dar varios golpes, bajaron a abrirle y entró.
—Dando fin con esto a las investigaciones de usted, pues no creo...
—No entramos..., ¡qué disparate! Pero examiné cuidadosamente la casa. En los balcones del piso segundo de ella vi los papeles que suelen ponerse en las casas de pupilos. En la parte exterior del portal vi una muestra que anuncia lo siguiente: _Pepita Rojo, bordadora en fino_. En el principal, otra tabla dice: _Planchadora_, y en el tercero un balcón roto y algunos tiestos.
—¿Significa algo el balcón roto y los tiestos?
—Nada: lo digo para que vea usted cómo examiné uno por uno todos los accidentes de la fachada de aquella casa, como se examinan las facciones del facineroso que nos ha robado, para poder dar sus señas a la justicia.
—¿De modo que le tenemos allí?
—No cante usted victoria todavía, señor mío, que aún falta mucho por contar... Nos retiramos a casa. Yo calculaba que un hombre que se acuesta a las cinco de la mañana no podría levantarse muy temprano.
—¿Pues qué? ¿Proyectaba usted nuevas excursiones? —pregunté con la mayor sorpresa.
—A las ocho, después de charlar un poco con mi viejo, estábamos en la calle Paquita y yo. ¿No se acuerda usted?
—Sí, me acuerdo.
—Salimos, sí, en dirección a la calle de Segovia. Llegamos: pregunté en el portal por _Pepita Rojo, bordadora en fino_, y dijéronme que vivía en el sotabanco; Paquita entró en la casa de huéspedes del segundo pidiendo pupilaje.
—¡Qué demonio! Fue cuando Paquita estuvo fuera de casa tres días, y usted dijo que había ido a Daganzo de Abajo a ver a su madre enferma.
—Eso es. Yo entré en casa de la bordadora a encargarle una obra muy difícil y costosa. Sin hacer alarde de riqueza, me mostré generosa; volví al día siguiente, llevando un regalito a sus niños; conocí a su marido, que es herrero, y no parecía tener trato alguno con revolucionarios; pero ni mi observación ni mi dinero me dieron luz alguna.
—¿Y Paquita?