Part 16
Doña Lucía titubeaba; sus deseos de hablar eran irresistibles; algo físico; una especie de cosquilleo lingual.
—Porque Higinio —dijo— no es lo que supones, ¿comprendes?... Vives a su lado hace dieciocho o diecinueve años y le conoces menos que yo. Higinio, para que te enteres, no es de los hombres que, como dice el vulgo, «se ahogan en poca agua»; de consiguiente, vive tranquila. Higinio vendrá luego o mañana..., y le verás llegar sano y salvo. Tu marido es valiente y sabe guardarse.
Calló unos instantes, durante los cuales su honrada reserva y su indiscreto deseo de proclamar el heroísmo de don Higinio lucharon a brazo partido. Al cabo, añadió gravemente:
—Tu esposo, hija, no se parece al mío; Gregorio es lo que todos vemos: con su vozarrón diríamos que va a comerse los niños crudos, y luego, en el fondo, nada: un infeliz; yo misma hago de él cuanto quiero. Pero tu Higinio es muy diferente. ¡Ay, Emilia, qué engañada vives!... Tu marido es un hombre de historia...
Las frases ambagiosas de la señora de Hernández y aquella sonrisita de ironía y misterio con que las subrayaba, atizaron en el levantisco ánimo de doña Emilia una sospecha celosa.
—¡Tú hablas así por algo! —exclamó—; no disimules; ¿a qué esas reticencias? ¿Tiene Higinio relaciones con alguna mujer?...
Para responder, doña Lucía adoptó un gesto solemne.
—No tengas celos; yo sé que tu marido no te engaña. ¿Entiendes?... Fíjate bien: tu marido, actualmente, no te engaña; pero en otra época ya lejana pudo engañarte..., y si entonces, de algún enredo que acaso fue muy grave, supo escapar ileso, es inocente que ahora te asustes tanto por él.
Estaba rendida; sus esfuerzos para callar habían postrado sus energías. Tras un silencio, doña Emilia replicó absorta.
—No te entiendo, hija; la verdad: no te entiendo...
Quedose suspensa, los ojos puestos en el trozo de cielo que se divisaba por la ventana. Doña Lucía, muy inquieta, se levantó, arreglose los cabellos ante un espejo y volvió a sentarse. A pesar de la ajamonada solidez de su talle, el generoso crecimiento de los senos, la pomposidad durísima de las lucias caderas, el saludable color del rostro y la señoril bonitura de sus manos enjoyadas y pequeñas, daban a su figura notoria voluptuosidad y picante interés. Al decir de cuantos la conocieron joven, nunca fue muy hermosa; pero sus ojos y ademanes hubieron siempre una intención que inquietaba a los hombres, y esta fue la ventaja que envidiaron todas las mozas y trajo revueltos a los mozos mejores de su época. La misma doña Emilia recordaba que, muchos años atrás, siendo todos solteros, su marido y la actual señora de Hernández, cuya casa tenía a cierto callejón sin salida una reja muy florida y oscura, habían coqueteado un poco.
Doña Emilia, que tampoco podía estarse quieta, se acercó a la ventana, al espejo; bebió agua otra vez...
—¿Y tus hijos? —preguntó.
—En el colegio. Desde allí van al Casino en busca de su padre y luego vuelven todos juntos.
Anochecía rápidamente. En la penumbra del gabinete, sobre la blancura de las paredes, una antigua sillería de yute rojo alzaba sus respaldos ovalados; encima del sofá un espejo, semejante a un lago inmóvil, iba anegándose en sombras; cromos baratos y manojos de fotografías y tarjetas postales servían de sencillo paramento a los muros; sobre un viejo velador con piedra de mármol, colocado en el centro de la habitación, una planta descolorida por el polvo y la luz, abría la estupidez de sus flores de trapo.
Pisadas inquietas, juveniles, acompañadas de otras varoniles más lentas, turbaron la quietud del zaguán. Se oyó preguntar:
—¿Y mamá?... ¿Ha venido mamá?
Eran Anselmo y Joaquín. Doña Emilia reconoció la voz de sus hijos y acudió a su encuentro. Venían los muchachos acompañados de un minero, que se había destocado respetuosamente y miraba a las señoras de Perea y de Hernández muy compungido.
—Esto es lo único que hemos hallado —dijo Anselmo.
Y presentó a su madre el paraguas, hecho trizas, de don Higinio.
—¡El paraguas de papá! —exclamó doña Emilia crispando las manos y levantándolas blancas y trémulas sobre su cabeza—; pero, ¿y vuestro padre?... ¿Dónde está vuestro padre?...
Los dos mozalbetes, aunque consternados, no dejaban de gozarse secretamente en la importancia que les confería la noticia de que eran portadores.
—Nosotros —dijo Joaquín— apenas tú saliste de casa nos fuimos a buscar a papá, y ya en el campo encontramos a este hombre, que traía el paraguas.
Anselmo presentó al obrero.
—Trabaja en nuestra mina; es entibador.
Doña Emilia, lívida, temblante, fantasmal, tuvo que sentarse. La mujer del médico se mantenía a su lado, de pie, acariciándola los hombros con una mano, pronta a socorrerla, y por prudente indicación suya Joaquinito fue a buscar un vaso de agua.
El rústico se rascaba la cabeza.
—Yo —dijo— me sentía hoy mal, que llevo más de ocho días con calenturas, como sabe muy bien don Gregorio, y ese fue el motivo de que dejase el trabajo antes de la hora. Cuando salí de la mina eran las cinco y llovía bastante. Yo vivo, para lo que las señoras gusten mandarme, a la entrada del Calvario Viejo, de modo que, para no rodear mucho, seguí el camino que guía a la llamada Venta del Ansia, por mal nombre. Conque al acercarme al río, que viene crecidísimo... ¡Aquí los señoritos lo saben y pueden decirlo!... Viene para darle un susto al más guapo. Conque ya iba a cruzarlo y me había arremangado el pantalón, con permiso de ustedes, hasta semejante sitio, cuando veo una cosa que flotaba sobre la corriente; según estaba, parecía una rueda. Pienso: «Eso es un paraguas abierto». Me paro, y como el viento lo traía hacia donde yo estaba, lo cogí sin trabajo. Entonces... «¡Pero si es el paraguas del amo!...». Lo reconocí por la cenefa morada, que no hay otro igual en Serranillas, y porque el amo ha bajado a la mina muchas veces con él. A poco encontré a los señoritos, y aquí estamos todos para cuanto las señoras quieran disponer. Yo, al menos, ya lo saben las señoras: si en algo puedo ser útil... Con toda confianza...
Calló, y como en el estupor de tragedia que sus palabras habían producido nadie hablase, añadió:
—Ahora lo que hace falta es que a don Higinio no le haya sucedido ninguna desgracia.
Todo volvió a quedar en silencio. Joaquinito procuraba abrir el paraguas, húmedo y siniestro como un ahogado. Su hermano se lo arrebató.
—Estate quieto, tonto, ¿no comprendes que vas a romperlo?
Doña Emilia permanecía inmóvil y sin color, los ojos enjutos, fijos, enormemente abiertos, cual si viera rodar las ondas turbias del Guadamil y flotando sobre ellas el cadáver de don Higinio. La misma doña Lucía, a pesar de la confianza que el campeón de la Grande Jatte la inspiraba, empezó a inquietarse. Ella conocía el cariño que don Higinio profesaba a su paraguas; por lo mismo, cuando se resignó a perderlo debió de ser en circunstancias de terrible y excepcional peligro; probablemente, viendo que la tempestad no amainaba, decidiría repasar el Guadamil, y al intentarlo y sentirse vencido por la corriente tiraría sus enseres de pescador, su sillita de campo, su paraguas... ¿Y después?... Porque un hombre, por heroico que sea, si no sabe nadar se ahoga en seguida.
No obstante, la señora de Hernández supo hallar en su atribulado magín palabras discretas de esperanza.
—Yo creo —dijo— que don Higinio no habrá cometido la imprudencia de querer vadear el río hallándolo tan crecido.
Su insinuación piadosa halló eco en el minero.
—Eso mismo pienso yo. El amo conoce el río mejor que nadie, y sabe que con el Guadamil no es bueno jugar. Don Higinio se habrá escondido en el hueco de alguna peña, y allí estará aguardando a que la corriente baje un poco...
Ya el minero se había retirado y doña Emilia aún continuaba idiotizada por la impresión sufrida: «El paraguas —repetía— el paraguas...». Aquel dolor seco, reconcentrado y sin gestos comenzaba a ser de malísimo agüero. Para dicha de todos, la crisis resolviose al fin en un torrente de lágrimas.
—¡Ya no le veré nunca! —sollozaba—, ¡nunca!... ¡Ah!... ¿Por qué le dejé marchar?... ¡Si yo lo sabía!... ¡Si esta mañana, cuando le vi ponerse su traje de pana nuevo, me dijo algo el corazón!...
Hablaba a media voz, hipando, bebiéndose las lágrimas. Joaquinito también rompió a llorar. El primogénito, muy pálido, se mordía los labios enfrenando el llanto, obediente al bizarro consejo de su padre, según el cual los hombres nunca deben demostrar dolor. Únicamente doña Lucía permanecía animosa: su confianza en el héroe resucitaba; era imposible que un hombre del temerario temple de Perea muriese así, tan oscuramente, tan prosaicamente, sin oponer al peligro un bello gesto de nadador. Pero, ¿y el paraguas?... ¿Cómo don Higinio, a no hallarse en riesgo extremado de muerte, pudo decidirse a perder su paraguas?...
—Eso es —dijo— que se le ha caído, y como el viento sería muy fuerte...
Pero doña Emilia, inconsolable, movía la cabeza negativamente.
—¡Nunca le veré, nunca! —repetía—. Ese traje, que hoy se puso por primera vez, era su mortaja... Yo no me engaño, Lucía; mi corazón no se equivoca...
Acompañada de sus hijos y de la esposa del médico, la presunta viuda volvió a su casa. Al verla tan caída, Teresita y Carmen empezaron a llorar. Vicenta, la cocinera, y las dos azafatas también tenían los ojos húmedos. Todas hablaban a la vez, sospechando las razones que inducían a creer en la muerte de don Higinio, y el paraguas, el maldito paraguas origen principal de tan lamentable alboroto, iba de unas manos a otras. Pepe, el jardinero, se presentó.
—Si a la señora le parece bien yo puedo ir a buscar al amo.
En la noche de tantas conversaciones inanes y estériles, aquella proposición resuelta y viril tuvo la eficacia de un rayo de luz. Súbitamente doña Emilia se reanimó; casi de un salto, a despecho de sus carnes, se puso de pie.
—¿Tú sabes dónde él pensaba pasar el día?...
—Aproximadamente, sí, señora. Es en un recodo del río que llaman Hoyo Grande.
—¿Muy lejos de aquí?
—Como a dos leguas. Pero la distancia no importa y si alguien me acompañase..., pues convendría que fuésemos varios y con hachones...
Doña Lucía intervino; aquello era lo mejor; de todos modos su optimismo opinaba que debían de esperar algo más; hasta las ocho, por ejemplo...
—Entretanto —añadió, dirigiéndose a Anselmo y a Joaquín—, vosotros iréis al Casino para informar a mi marido de lo que ocurre y decirle que venga aquí pasado un rato. Nadie como él para disponer qué hombres han de acompañar a Pepe.
Apenas los muchachos y el jardinero se marcharon, con urbanas razones doña Lucía rogó a Carmencita y a las criadas salir de la habitación. La buena señora no podía represar más tiempo la tentación de descubrir el terrible lance del hotel de los Alpes; a su juicio, era indudable que el conocimiento de la verdadera personalidad impasible y heroica de don Higinio había de infundir a su mujer grandes alientos. Ella misma, ¿de dónde sacaba su seguridad de que Perea había de volver, sino de la ciega fe que tenía en su valor?...
—¿Me marcho yo también? —interrogó Teresita.
—No, usted puede quedarse; lo que voy a decir es muy grave... ¡mucho!... Pero no tanto que usted no pueda oírlo.
El misterio de que la señora de Hernández rodeaba sus miradas, frases y gestos era tal, que oyéndola doña Emilia parecía olvidar su dolor. La esposa del médico se acercó a su amiga, la abrazó, la besuqueó sonora y efusivamente las mejillas...
—Lo que voy a decirte te asustará al principio, pero luego ha de tranquilizarte. ¡Emilia, mi pobre Emilia!... ¡Ah! ¡La mujer que tiene la suerte..., o la desgracia..., ¡nadie lo sabe!..., de pertenecer a un hombre como el tuyo, en la situación actual no debe asustarse!
La narradora miraba a las dos hermanas y a cada momento se interrumpía, saboreando su secreto, complaciéndose en tenerlo sobre la lengua y paladearlo como quien paladea un caramelo.
—Higinio —prosiguió—, donde le veis, tan bueno, tan suave, tan incapaz de hacer daño a nadie..., porque pocos caracteres habrá mejores que el suyo, ¿verdad?... Pues bien; Higinio... ¡ha matado a un hombre!...
Doña Emilia se levantó trémula, balbuciente, espectral. Sus cabellos se erizaban.
—¿Ha matado a un hombre?
Y Teresita, más aterrada tal vez que su hermana, porque su doncellez servía de abono a su ingenuidad, repitió con voz agonizante:
—¿Mi cuñado ha matado a un hombre?...
La señora de Hernández se ratificó en un gesto lleno de melancolía y de gravedad.
—Como estáis oyéndolo.
A sus palabras siguió un silencio terrible. De súbito doña Emilia lanzó un grito y adelantó hacia su amiga la lividez de sus manos temblantes y crispadas:
—Pero, ¿cuándo? ¿Cuándo ha sucedido eso? ¿Ha sido esta tarde?...
—No, hija mía; fue hace cinco o seis años, allá en París...
La relativa antigüedad de la fecha no mermó en un ápice el sobresalto de doña Emilia; tan grande era que bruscamente hallose aliviada, cual si el horror de aquella tragedia ignorada oscureciese su congoja presente.
—Tu marido —prosiguió doña Lucía— se lo confesó a Gregorio y a otros amigos en casa de don Cándido; ya sabes que los hombres, entre ellos, no tienen secretos; y Gregorio me lo ha contado a mí. Higinio mató en desafío al esposo de una italiana hermosísima, según dicen, con quien tuvo relaciones...
Oyendo esto la señora de Perea no experimentó malestar ninguno; ni siquiera tuvo celos; hallábase absorta y como desquiciada y fuera de sí. ¡Oh, la acre atracción del espanto! Ella, tan aficionada a leer novelas, creía asistir a la representación real, palpitante, de un inaudito folletín. Rápidamente, pero con una destreza que ni omitía detalles ni regateaba colores, la señora de Hernández fue refiriendo cuanto sabía del sangriento lance, y aun añadió bastante por cuenta de su propia imaginación y dadivoso temperamento: las citas de don Higinio con la italiana, las sospechas del marido, el encuentro de los dos hombres, su viaje a través de París, el Sena, la isla de la Grande Jatte, el barquero, la niebla, el combate a brazo partido, el tiro, y, finalmente, la cuchillada que partió en dos pedazos el tempestuoso corazón del holandés...
Víctima de indescriptible y jamás sentida tribulación, doña Emilia lloraba, reía, y tan pronto detenía la respiración, enfriábanse sus labios y dentro del pecho su ánima parecía ovillarse de miedo, como cobraba fueros y la sana color de la sangre volvía a sus mejillas. Cuando oyó que el holandés había disparado su revólver contra don Higinio quedose blanca, y segundos después, al saber que Perea, gallardamente y sin auxilio de nadie dio fin de su rival, se puso roja.
—¿Y dices que tiene una bala dentro del cuerpo?
—Sí.
—¿Dónde?...
—En la columna vertebral, un poco más arriba de los riñones.
—¿Y la herida?... ¡Yo no le he visto cicatriz ninguna!...
—No te habrás fijado; es pequeñita; Gregorio la conoce y... ¡ya comprenderás que un médico no puede equivocarse!... También la vieron don Cándido, Cenén, Arribas, el jefe de Correos..., todos, en fin, cuantos allí estaban; la cicatriz la tiene en la parte inferior del pecho: es una huella blanca, una especie de hendidura... ¡Como las balas de estos revólveres modernos apenas dejan rastro!...
Doña Emilia se persignaba: una inefable, recóndita y desconocida emoción la poseía. A pesar de saberse engañada no tenía celos, y al miedo que la patética historia la produjo iba aparejado una emoción muy dulce, muy consoladora, de admiración hacia el hombre que así, tan valerosamente, cuchillo en mano, defendió su vida. Su femenil vanidad se sentía halagada. Seguramente Higinio, al arremeter a su rival, pensó en sus hijos y también en ella... ¡sobre todo en ella!... Y su alma romántica, sin advertirlo, se esponjó de gozo. Se reconoció humilde; era débil, tímida; una pobre mujer sin valor y sin fuerzas. Él, en cambio, había dado pruebas concluyentes de heroísmo. ¡Ah! ¡Y ella durmió entre aquellos brazos temerarios y temblado de placer bajo la caricia viril de unas manos que, no obstante su proverbial bondad, si el caso llegaba sabían matar! ¡Qué revelación, qué alegría!... ¡Higinio!... «¡Su Higinio!...». ¿Por qué no estaría allí para abrazarse como esclava a sus rodillas?...
—De esto —concluyó doña Lucía— no hables a mi marido, pues le juré no decirte nada. Y hubiera mantenido mi juramento a no ser porque me he creído obligada a tranquilizarte, demostrándote que un hombre como el tuyo no es de los que se ahogan en un buche de agua.
A poco volvieron Anselmo y Joaquín; con ellos llegaban don Gregorio, Cenén y otros amigos de Perea, todos muy alborotados, conversadores y dispuestos a recorrer el bosque y aun a dragar el Guadamil, si era preciso, con tal de descubrir el paradero de don Higinio. Julio Cenén quería salir en su busca inmediatamente. Según las últimas noticias llegadas del campo, el nivel de las aguas había bajado mucho, de modo que si Perea ya no estaba allí era porque, luchando tal vez por vadear el río, sufrió algún percance grave. El impresionable secretario se paseaba nervioso, y en aquel ir y volver continuo, bajo la luz de la lámpara, su monda cabecita ornitológica adquiría brillanteces distintas.
—No creo —añadió— que se trate de un accidente irreparable; pero de algo muy serio, sí, porque Higinio es un carácter que no se amilana fácilmente.
Los circunstantes asintieron y de soslayo, con disimulo enigmático, miraron a doña Emilia. La pobre mujer se ruborizó y en medio de su dolor experimentó un gran alivio: la satisfacción vanidosa y exquisita de ser la consorte, la viuda quizás, de un héroe.
«¡Todos saben lo del hotel de los Alpes!», pensó.
Hernández había sacado su reloj, que por dos veces se llevó al oído. Temía que no anduviese, porque él hubiera jurado que era más tarde.
—¡Pero, señores —exclamó—, si apenas son las seis! No nos asustemos tanto; es que los días han acortado mucho. Acaso no hayan encendido todavía el reloj de la iglesia.
Doña Lucía se asomó a una ventana.
—Sí —dijo—, ya lo han encendido; desde aquí se ve. El cielo está muy limpio; hay luna...
En atención a lo moderado de la hora, prevaleció el criterio de don Gregorio. Esperarían a las siete para emprender la batida. Mientras Pepe el jardinero podía buscar las teas con que los ojeadores habían de alumbrarse. También era muy conveniente llevar perros.
—De paso —ordenó Cenén a Pepe—, llégate a mi casa y pide mis polainas.
—Tráete además las mías —dijo don Gregorio—, mis hijos saben dónde están.
Todos se habían sentado formando semicírculo delante de doña Emilia, y la prodigaban frases vulgares de consuelo. Don Higinio conocía a palmos las orillas del Guadamil, y era un hombre sereno y valiente acostumbrado a desafiar riesgos mucho mayores. La esposa del médico abrazó a su amiga.
—¿Lo ves?... ¿No te lo decía yo?
Y doña Emilia, afligida y consolada a la vez, hacía signos de asentimiento y se restañaba los ojos. Había, sin embargo, en aquella escena algo fúnebre, que trascendía a velorio o a visita de pésame.
A poco llegó don Cándido; en el Casino le explicaron lo que sucedía y en seguida fue a la botica a calzarse sus botas montaraces y a tomar un piscolabis. A doña Benita se lo dijo:
—No cuentes conmigo en toda la noche.
Don Gregorio le ofreció a su lado un asiento y le informó de cómo permanecerían allí hasta las siete. En aquel momento apareció el notario; vestía traje de pana, boina azul y polainas del mismo color; parecía un guerrillero; noticioso de lo ocurrido, su afecto a Perea le obligaba a pedir un puesto entre los primeros amigos que fueran a buscarle. También se sentó jadeante y obeso, y puso entre sus piernas la cayada de pastor de que venía armado. La reunión se animaba; parecía una tertulia de cazadores y a ello contribuía el violento ladrar de los perros que acababan de traer y andaban por el patio; los animales venteaban una aventura. La excursión, que al principio pudo parecer desabrida, cobraba de repente un interés cinegético enorme; en la conciencia de todos, insensiblemente, don Higinio se convertía en una presa.
Bruscamente la puerta se abrió y apareció Pepe. Con voz ahogada:
—¡El amo! —gritó.
Los circunstantes se levantaron; doña Lucía dio un grito; doña Emilia preguntó heroica, con la bizarría de una espartana:
—Pero, ¿viene vivo?...
—¡Sí, señora! Viene por su pie.
El jardinero desapareció. La esposa corrió hacia la puerta y todos la siguieron, apretujándose al salir. Nadie se asombraba de que Perea hubiese reaparecido, por muy recios obstáculos que hubiese necesitado vencer; ellos le conocían; el amante de Leopoldina era «un hombre». Doña Emilia atravesó el zaguán y salió a la calle, gritando:
—¡Higinio!... ¡Mi Higinio!...
Y allí mismo, bajo el perfil irónico de la luna y ante los balcones llenos de vecinos atisbadores y conmovidos, abrazó al héroe. A su vez sus amigos le rodearon, pero no osaban tocarle por miedo a mojarse. Don Higinio estaba densamente pálido, y era tan grande su frío, que los dientes le castañeteaban y apenas sabía concertar las palabras. Daba lástima y risa: llegaba embarrado hasta más arriba de las rodillas, traía roto el pantalón y había perdido la cinta del sombrero. Únicamente don Gregorio se atrevió a abrazarle, y lo hizo con la rudeza de un hércules.
—¿No le dije a usted esta mañana que el cielo amenazaba tormenta?... ¡Pero como usted es un hombre sin freno y sin ley!...
Don Higinio sonrió vagamente; estaba desjarretado, rendido y sus ojos buenos, medio cerrados por la fatiga, tenían el dolor de una infinita humildad. No podía hablar. Declaró que le dolían mucho la cabeza y la espalda, y necesitaba acostarse en seguida. Cuando supo que aquellos buenos amigos pensaban ir a buscarle con perros y antorchas se conmovió y supo dedicarles una sonrisa de gratitud.
—Gracias. Mañana les contaré lo sucedido..., mañana... ¿Eh? Ahora tengo frío... sueño... Sí, ustedes me perdonarán; hasta mañana...
Con esto despidiose de todos y entró en su casa. Doña Emilia clavó en don Gregorio una mirada suplicante.
—No es nada —repuso el médico—; un poquito de fiebre. De todos modos, yo volveré después de cenar.
VIII
Perea llegó a su cuarto, entornó la puerta y sin hablar se metió en la cama. Doña Emilia le ayudó a desnudarse y a cada momento se persignaba, significando así su asombro: el traje de pana, con el agua y el barro que traía encima, bien pesaba una arroba y seguramente quedaría inservible; las botas estaban rotas, y de tal modo las había desgobernado y encogido la mojadura, que su dueño necesitó forcejear mucho para quitárselas; los calcetines también aparecieron inservibles, agujereados y cubiertos de lodo. Doña Emilia no cesaba de pasmarse; su marido llevaba salpicaduras de barro hasta en la corbata; eran manchas absurdas, que nadie hubiera explicado cómo pudieron caer allí. El héroe de la Grande Jatte terminó por quedarse en pelota y vestirse un traje de franela amarilla que usaba cuando padecía amagos de reúma. Después cerró los ojos. Su mujer le contempló amorosamente, con una ternura nueva en ella, y por dos veces le besó la frente.
—¿Tienes frío?... ¿Eh?... ¿Tienes frío?...
Perea repuso lacónico, sin molestarse en abrir los ojos:
—Sí.
Ella deslizó bajo las mantas una mano tibia y maternal, buscando los pies uñosos, duros y grandes de don Higinio.
—¿Quieres una botella de agua caliente?
—Bueno...