Part 17
El náufrago del Guadamil se dejaba mimar. Doña Emilia salió de la habitación a decir que inmediatamente pusiesen al fuego una olla con agua, y regresó a poco andando de puntillas. Aunque Perea tenía los párpados bien cerrados, ella, para que la luz no le hiriese si los abría, sujetó con alfileres, alrededor de la lámpara, un número de _El Faro_; hecho lo cual, enamorada y dócil como una sierva, prosternose delante de la cama. Don Higinio se había dormido, y bajo su bigote hirsuto los labios dejaron escapar un ronquido polífono y grotesco. Su mujer aprovechó estos instantes para ir en busca de la botella del agua caliente, que trajo envuelta en una toquilla y con gran diligencia. Aquel reparo, transmitiéndose rápidamente a los yertos pies del enfermo, debió de aliviarle, por cuanto no tardó en abrir los ojos. De ver el rostro de doña Emilia tan cerca del suyo pareció sorprenderse.
—¿Qué haces ahí?
—Mirarte... cuidarte...
—¿Por qué no te acuestas?
—Es muy temprano.
—¿Temprano?... ¿Qué hora?
—Las ocho, tal vez... Nadie ha cenado todavía...
—¡Las ocho! —repitió.
Había perdido la noción del tiempo; él hubiese jurado que estaba amaneciendo.
—Sin duda —dijo— cuando volví traía un poco de calentura, pero ahora me siento mejor.
Miró a su mujer y de nuevo maravillose de verla tan amable, tan hembra, tan cerca de él. Ella, sin deponer su actitud de inferioridad y adoración, comenzó a besarle las manos, y cuantas veces lo hacía entornaba los negros ojos, cual si gustasen sus labios el roce de algo exquisito. La inocente señora tenía deseos locos de abrazar a su esposo; mas no como a marido y persona vulgar o de este mundo, sino como a héroe; asegurarle que de allí en adelante no volvería a reñirle ni habría en aquella casa otra voz que la suya; decirle que le perdonaba su travesura con la italiana de marras, y pedirle muchos detalles, muchos..., ¡muchos!... de su reyerta con el pavoroso holandés. Pero así, tan de sopetón, no se atrevía; temía que la detenida rememoración de aquellos momentos crueles mortificasen demasiado al vencedor de la Grande Jatte; un remordimiento, por adormecido que se halle bajo el tiempo, siempre es desagradable. Suavemente, mientras llegaba la ocasión propicia, interrogó:
—Ahora no tienes fiebre, ¿quieres comer algo?
Esta proposición evocó instantáneamente en don Higinio una sensación de hambre. Vio claro en su interior. Desde medio día no probaba bocado. Él no estaba enfermo, sino hambriento. Indolente, con la laxitud, follonería y la mala crianza de quien se reconoce muy mimado, manifestó deseos de comer unas sopitas de ajo.
—¿Con un huevo? —preguntó la esposa.
—Con dos.
Ella le besó.
—¿Las quieres claras o espesitas?...
—Mejor espesitas...
—¿Te gustaría tomar también una copita de jerez?... Una copa pequeña, de esas de licor...
El recuerdo de la comida enardecía a Perea, y su estómago, por segundos, recobraba toda su jovial prepotencia.
—Sí, quiero jerez, pero no en copa de licor; sírvemelo en vaso.
Doña Emilia sonrió maternal: antes esta exigencia la habría parecido una impertinencia estúpida; a nadie, con sentido común, hallándose en aquel estado de debilidad, se le ocurriría beber un vaso grande de jerez... Pero ahora se daba cuenta fácil de lo que en otra ocasión no hubiese comprendido. Don Higinio era un hombre mucho más fuerte que la mayoría de los hombres; un temperamento excepcional; un varón fuerte, bravo, nacido para la orgía y la pelea, que, como los mosqueteros legendarios, tras de un asalto y entre los brazos de las hermosas que se les rindieron, se curaban sus heridas con vino.
Mientras Teresita y Vicenta aderezaban las sopas, doña Emilia quiso friccionarle al enfermo los lomos con alcohol alcanforado. Perea accedió, soboncito y mimoso; después de pasar a la intemperie tantas horas ingratas, necesitaba sentirse curado, defendido. Su mujer le ayudó a colocarse boca abajo, le subió la camiseta hasta arrollársela alrededor del cuello, como una bufanda, retiró las mantas, dejándolas en aquel lugar, honesto todavía, donde la túnica de la Venus de Milo se detuvo, y comenzó a resobarle las mollares espaldas. Pronto la piel fue coloreándose; pero doña Emilia proseguía su saludable tarea briosamente, pensando que bajo aquella carne, más amada entonces para ella que nunca, había una bala.
Con la friega, el calor de la botella que tenía a los pies y el sustancioso reparo de la comida, no tardó el paciente en hallarse tan ágil, ufano y bien dispuesto como si nada malo le hubiese acaecido. Sus ojos brillaban. ¿Por qué se mostraba su mujer tan cariñosa, tan femenina?... Pidió un cigarrillo, tenía ganas de fumar y de charlar, exagerando los riesgos y fatigas que había hurtado.
—¡El río estaba imponente! —exclamó—. ¡Cómo rugía!... Imposible vadearlo; hubo momentos en que me acordé mucho de vosotros, particularmente de ti, Emilia. «¿Si no volveré a verla?», pensaba.
En su imaginación, naturalmente romancera y con ayuda del jerez, los sucesos se abultaban; el Guadamil se convertía en Amazonas. La esposa se enterneció:
—¿Es cierto —balbuceó lagotera— que cuantas veces te has visto en peligro de muerte te acordaste de mí?
—Siempre, hija mía.
Y al responder así don Higinio pensaba en su desafío con míster Ruch como en un hecho real. Doña Emilia se dejó resbalar de la sillita que ocupaba y quedó de hinojos sobre la alfombra, los brazos apoyados en el borde del lecho.
Teresita apareció, caminando de puntillas.
—Ahí está don Gregorio.
Perea se alegró; iba a llamarle; pero su mujer se lo impidió llevándose un índice a los labios. Volviose hacia su hermana:
—Dile que Higinio está profundamente dormido, y que si algo ocurriese ya le avisaremos.
Agregó, casi por señas:
—Vosotros podéis comer.
—¿Y tú?
—Yo, si tengo ganas, cenaré más tarde.
Teresita salió del aposento sin ruido, y al andar, a lo largo de su cuerpecillo rígido y seco de virgen cuarentona, su sencillo vestido negro se movía como una cortina sobre el vano de una puerta. Doña Emilia no quería separarse de su marido; la retenía a su lado la punzadora, la irrefrenable curiosidad de saber; sus manos suaves, nerviosas, acariciaban con fervor inexhausto las manos del héroe; y nuevamente Perea vio temblar en los ojos de su compañera, olvidada del amor durante largo tiempo, aquella expresión humilde, voluptuosa y rendida que antes, por dos veces, le había emocionado.
—¿Qué tienes? —preguntó.
Como las circunstancias le favorecían, acababa de hallar también en su garganta una inflexión dulce de voz. La esposa vaciló, se restañó los ojos con el embozo de la sábana, y de repente sus escrúpulos y reservas flaquearon. A tropezones, ahogándose bajo un desatado aluvión de suspirones y de lágrimas, murmuró:
—¡Lo sé todo, Higinio..., todo!... ¡Todo!... ¡Ah!... ¿Por qué fuiste tan malo y tan reservado conmigo?
—¿El qué sabes? —replicó Perea.
—Tu aventura del hotel de los Alpes... esa aventura que es la mitad de tu vida... Me lo ha contado Lucía esta tarde... ¡Es horrible!... ¡Horrible!...
Y le besaba las manos:
—Tú, con estas manos tan buenas..., que jamás hicieron daño a nadie... ¡haber matado a un hombre!...
Su dolor desbordó al eco de sus propias palabras, y su respiración tornose tan espasmódica y anhelante que necesitó levantarse y quitarse el corsé. Don Higinio se había quedado estupefacto. A espaldas suyas su hazaña iba adquiriendo proporciones cómicas: lo que él dijo a don Gregorio, este se lo comunicó a doña Lucía, quien, a su vez, se lo confesó a doña Emilia. ¡Buenas son las mujeres para guardar secretos de nadie cuando jamás supieron defender los suyos!... Él debía haber pensado en esto antes de mentir como un tonto y de atribuirse rasgos de baratería tan contrarios a su sencillez, templanza de costumbres y juiciosa manera de ser. ¿No era bufo que su mujer, creyéndole un asesino, llorase de aquel modo? Él, que nunca proporcionó a su compañera penas reales, ¿permitiría que así se afligiese por fantasmas?... Y luego, sus hijos, cuando fuesen hombres y cediendo al testimonio público aceptasen la certidumbre de aquella tragedia que todo el pueblo repetía, ¿qué pensarían de él?... ¿No le juzgarían severamente, y con razón?... La conciencia de Perea tuvo un gesto honrado.
—Todo eso —dijo— es falso.
—No mientas —replicó doña Emilia—, ¿por qué mientes?... ¿Quién, mejor que yo, te guardaría un secreto así?... ¡Ay!... ¡Ahora es cuando comprendo cuán poco me has querido!...
—Repito que nada de eso es cierto...
Lo negaba con honradez hidalga; pero súbitamente el primer impulso noble de su espíritu decayó, y entre sus labios la misma blandura de su negativa equivalió a una confesión. Doña Emilia, las manos cruzadas sobre el pecho, volvió a arrodillarse...
—Ten confianza en mí —musitaba—, yo no soy mala, yo te perdono todo, aunque me hayas burlado con muchas mujeres... ¿Qué importa, si al cabo volviste a mí? ¿No soy la verdadera, la única compañera de tu vida?... Al hablarme Lucía de esto tuve celos, sí... ¡celos horribles!...; pero apenas duraron un instante y los olvidé para solo pensar en ti, en el peligro que corriste luchando con ese hombre... ¡Dios le tenga en su gloria!, que el pobre, haciendo lo que hizo, defendía su honor. En estos casos, yo lo he dicho siempre, la infame que no merece perdón es la mujer. ¡Las mujeres son las perras!... Vosotros, no; vosotros no tenéis culpa: los hombres buscan, piden, y si consiguen algo... ¡Tan contentos!
Sonrió y tuvieron sus labios una complacencia inefable.
—Yo sé que ella era italiana y muy guapa... ¿verdad?... Él era holandés, creo... ¡Oh!... Cuéntame, me muero de curiosidad; yo debo saberlo todo para consolarte y sufrir contigo; yo quiero que sean míos tus remordimientos...
Y como don Higinio, desconcertado por el imprevisto sesgo de aquel discurso, tardase en responder, agregó:
—Si soy muy buena, si te amo más que a mi vida... ¿Sabes lo que hice aquí mismo, mientras tu dormías?... Pues rezar dos padrenuestros y dos avemarías por el eterno descanso de tu víctima. ¿Di, no era ese mi deber?... ¿No estamos obligadas las mujeres a pedir a Dios el perdón de cuantas locuras cometen sus maridos?...
Su verbo adquiría, con el entusiasmo, inflexiones proféticas.
—Créeme, Higinio: lo que no llegué a comprender en tantos años lo he visto ahora de golpe: todo en la vida tiene su razón, su «porqué» divino. Esto ya no hay quien me lo saque de la cabeza: si Dios me puso a tu lado y consintió nuestro matrimonio fue para que rezase por ti.
Se enternecía, su voz volvía a llenarse de lágrimas.
—Tu reserva de tantos años ha retrasado, sin duda, tu salvación. Pero yo sabré ganar el tiempo perdido, rezaré a Dios día y noche para que te perdone y Él me oirá...
Temblaba en su acento el deseo vehementísimo de que el drama de la isla de la Grande Jatte fuese cierto; y reiteradamente y entre grandes llamaradas pasó por sus pupilas mojadas en llanto aquella expresión lasciva y dulce que tanto había interesado a Perea. ¡Oh, paradojas del alma femenina! Doña Emilia, tan ordenada, tan rectilínea, devota y esclava del buen parecer burgués, no hallaba muy mal que su marido hubiese asesinado a un hombre: era una inconsecuencia pueril y deliciosa; algo truculento, pero también pintoresco, atrayente, como un romance de bandidos. Don Higinio sonrió por dentro. Si su mujer, efectivamente, con la seguridad de que él había matado a un holandés iba a ser en lo sucesivo más feliz que lo fue nunca, ¿por qué persuadirla de su error? ¿Qué mal había en ello?... En cuanto a sus hijos, ya les diría él la verdad más adelante... ¡Y eso si hacía falta!... Y, sobre todo, ¿dónde está lo cierto, dónde lo falso?... Hay millones de verdades que no lo son porque nadie cree en ellas. ¿Cuántos siglos, verbigracia, anduvo la humanidad sin saber que la tierra era redonda?... En cambio, una mentira defendida por todos es una verdad...
De sofisma en sofisma don Higinio iba recobrando aquella alerta disposición de ánimo en que estaba cuando inventó su hazaña en la botica de don Cándido. La botella de agua caliente, la friega de alcohol, las sopas, el vaso de jerez, la actitud dócil de Emilia... todo le animaba a seguir mintiendo. La estimación más fuerte la obtenemos, sin duda, con nuestra sinceridad; pero si en un caso concreto y por circunstancias especiales sucede lo contrario, ¿por qué buscar en ella el demérito y la ruina?...
El amante de Leopoldina dejó de fumar, contrajo sus cejas poderosas, dio a su fisonomía las expresiones graves de la resignación y del remordimiento. Aquella mentira le producía el malestar físico de un salto de mucha altura.
—Es verdad —declaró—; si ya lo sabes..., ¿a qué negarlo?...
Sus manos acariciaron paternales la cabeza de doña Emilia, y merced a un extraño miraje romántico le satisfizo que la cabellera que él conoció joven tuviese algunas canas, cual si estas hubieran brotado al dolor de sus locuras juveniles.
—¡Pobre Emilia!... ¡Tan buena!... ¡Qué demontre!... Yo nunca había pensado hablar contigo de esto...
Su ademán sobrio, dulce, tuvo esa fina elegancia que infunden al hombre la amabilidad y la melancolía. Habló lentamente. ¡París..., los días de niebla..., la melancolía de verse solo..., la castidad..., la tentación emboscada en el fastidio de cada hora que pasa!... Una noche, después de cenar, en el momento de salir a la calle, conoció a Leopoldina: era alta, flexible, elegantísima y llevaba puestos un gabán de paño negro a guisa de guardapolvo y una gorrilla escocesa de viaje. Mientras su marido hablaba con el intérprete del hotel, ella se había quedado inmóvil, lívida y como petrificada, mirando a don Higinio. A doña Emilia se la escapó una exclamación de cólera:
—¡Tía bribona!... ¡Si yo hubiese estado allí!...
Perea tenía una imaginación eminentemente plástica que le permitía ver cuanto iba inventando; pero con tal diafanidad y bulto, que apenas lo fantaseaba cuando ya lo recordaba y percibía como si realmente se hubiese retratado en sus pupilas alguna vez. Así, según devanaba el hilo de su aventura, recomponía los lugares donde colocaba su acción, asociando para ello con arte y presteza sorprendentes sitios y personas: sucesivamente evocaba la figura maciza del holandés, el perfil espiritual, cera y violeta, de la italiana; el aspecto risueño del comedor, el ascensor, la portería con sus carteles multicolores, la disposición de las habitaciones y pasillos del hotel de los Alpes, la calle Feydeau...; y luego la escena entre él y el marido, su viaje a través de París, la lucha sin testigos y a muerte, entre la bruma, sobre un suelo resbaladizo, cubierto de escarcha...
Animado por los incidentes de su novelesca relación, el náufrago del Guadamil se había sentado en la cama, y con tan artística vehemencia sentía su mentira, que ni un instante cesó el ademán de responder con absoluta fidelidad a la palabra. Aquella ley fisiológica que impone a cada idea rotunda y vivaz un gesto terminante, cumplíase en él exactamente. Su patraña, síntesis magistral de observaciones y de movimientos, adquiría por instantes el vigor de lo vivido. Su numen halló frases felicísimas. En la descripción de la pelea, especialmente, la cálida fantasía del narrador se desbordó con la misma generosidad que lo hizo aquella tarde el Guadamil. El encuentro había sido rápido y salvaje. Primeramente él y su enemigo lucharon a brazo partido; míster Ruch ponía todo su empeño en agarrarle del pescuezo. Indudablemente quería estrangularle; él, comprendiéndolo así, procuraba zafarse merced a esguinces y agachadillas de extraordinaria agilidad. Hubo instantes en que su valor se sintió abrumado y casi vencido bajo el corpachón del terrible holandés. Al cabo, aprovechando un descuido de su rival, pudo desasirse y desenvainar su cuchillo; míster Ruch entonces dio dos pasos atrás, sacó su revólver y disparó. Perea ni siquiera tuvo tiempo de sentirse herido: ciego de ira lanzose sobre su agresor y mientras con la mano izquierda le arrebataba el revólver, con la otra le hundió el cuchillo, hasta el mango, en el corazón...
Doña Emilia lanzó un grito.
—¿Y quedó muerto?...
Don Higinio adelantó el labio inferior, desdeñoso y perdonavidas.
—¡Toma!... ¡Tú verás! ¡Creo que la hoja le salió por la espalda!...
Horrorizada abrazó a su esposo, escondiendo su rostro en el pecho velludo del héroe.
—Calla, Higinio, por Dios —murmuró—, calla; has tenido en este instante una manera de mirar que me ha dado miedo.
Y, tras una pausa:
—¿Y cómo escapaste de allí? ¿No dices que estabais en una isla?
—Sí —replicó Perea—, y confieso que libré de milagro. Apenas me cercioré de que míster Ruch era cadáver, me puse mi pañuelo sobre la herida para detener la hemorragia lo mejor posible, me abroché el gabán, y guiándome por las huellas que nuestras pisadas dejaron en la nieve, regresé al sitio donde momentos antes habíamos desembarcado. Comprenderás que iba enfurecido y dispuesto a todo, incluso a asesinar al botero si por azar se negaba a volverme a la orilla. Afortunadamente, el hombre pareció alegrarse de verme; cuando yo llegué estaba dormido en el fondo de su lancha y para despertarle le sacudí por un brazo. Recuerdo que me preguntó: «¿Y su compañero?...». Yo, en previsión de que hubiese oído el tiro, le respondí: «Se ha quedado con unos amigos hasta más tarde; por cierto que ha matado con su revólver una rata terrible...».
Calló unos momentos y luego zambullose en el lecho diciendo con aire displicente:
—¡En fin!... ¿Para qué hablar más de eso?... Ya el tiempo se lo llevó todo, y... ¡menos mal!... que la policía no supo dar conmigo.
Doña Emilia sollozaba: acababa de representarse a su marido camino de la cárcel, maniatado y entre gendarmes. Perea continuó:
—Mi rival había tenido la precaución de no llevar consigo cédula, pasaporte ni ningún otro documento que señalase su personalidad; y como la pobre Leopoldina, por amor a mí, nada dijo, el lance quedó en el más absoluto misterio. Otro día te leeré lo que los periódicos dijeron del crimen de la Grande Jatte; ya verás; yo estaba aterrado; en París la gente no hablaba de otra cosa. Fue la época en que tú, pobrecita, te desesperabas porque yo no escribía. ¿Te acuerdas? ¿Comprendes ahora?... ¡Ah!... ¡Si supieses cuánto sufrí para que la servidumbre del hotel no se apercibiese ni de mi herida ni de las inquietudes horribles que me devoraban!... Al médico que me asistió, un señor anciano y muy bueno, pude convencerle de que el balazo me lo había dado yo mismo examinando una browning. ¡Cuántas penas! A no ser por tu recuerdo... ¡Ah!... Yo hubiese querido salir de París inmediatamente, pero no me atreví. «¿Y si me detienen?», pensaba. Un extranjero siempre es sospechoso, máxime a raíz de un crimen cuyo autor se ignora; por lo mismo preferí estarme quietecito y continuar mi vida ordinaria, y esto acaso me salvó.
Aún tuvo don Higinio cinismo para añadir a su mentira otros detalles. Los nueve días que tardó en cicatrizarse su herida los pasó encamado, pretextando un ataque de reúma; la hermosa Leopoldina le acompañaba día y noche, con un tesón de madre, y para que nadie la viese, siempre que llamaban a la puerta, se escondía detrás de un armario. Para justificar la insólita desaparición de su marido dijo en el hotel que míster Ruch había regresado precipitadamente a La Haya por asuntos de familia, y que, transcurrido algún tiempo, si no volvía iría a reunirse con él. Entretanto su amor hacia Perea crecía; le miraba con devoción llena de agradecimiento y de cariño; como se mira a un padre, a un libertador...
El narrador suspiró, arqueó las cejas y adoptó una actitud más cómoda.
—La infeliz..., ¡eso es verdad!..., se portó como una heroína; más de una semana estuvo sin quitarse el corsé.
Doña Emilia se mordía los labios celosa de la italiana y al mismo tiempo agradecida a su abnegación. Empezó a rezongar: verdaderamente, comportándose así, se limitó a cumplir su deber; ella, en su puesto y tratándose de un hombre tan bravo y caballero como Perea, hubiese hecho lo mismo.
—¿Y después? —exclamó.
—¿Qué?...
—¿Dónde se marchó esa mujer; qué fue de ella?...
La idea torcedora de que su marido no la hubiese olvidado y quizás la escribiera aún acababa de herirla, sofocándola como una punzada en el corazón. Don Higinio comprendió que, al revés de la realidad, donde las pequeñas historias suelen prolongarse demasiado, su mentira, para mayor intensidad y poética melancolía del relato, debía concluir pronto. Volvió a suspirar y su voz fue profunda:
—La pobre Leopoldina —murmuró lacónico— falleció en La Haya al año siguiente... de remordimientos, tal vez.
—¿Tú me lo juras, Higinio; tú me juras que esa mujer ha muerto?...
Perea extendió su mano derecha; aquella mano que vertió sobre la nieve de la isla de la Grande Jatte, como una gota de lacre, la sangre de un hombre.
—Te lo juro, Emilia. Si no fuese así, créeme, no te ocultaría la verdad.
Las pupilas ingenuas de la esposa resplandecieron de júbilo; pero instantáneamente, como era muy devota y no quería alegrarse del mal y menos de la muerte de nadie, se amustió y quedó pensativa. Por sus mejillas, dos lágrimas resbalaron.
—Si Dios la ha perdonado —murmuró—, como yo en este instante la perdono, estará salva.
Enamorada como nunca de su marido, trastornada su conciencia bajo la explosión de un cariño fulminante y novelesco, la excelente señora hallaba muy natural que una mujer enloqueciera y atropellase por don Higinio sus obligaciones más sagradas. Sus ojos se clavaban en el héroe con lubricidades masoquistas de bacante. ¡Ella misma!..., tan recogida, tan fiel, tan dueña de su carne, puesta en la situación de la hermosa italiana del hotel de los Alpes, ¿qué hubiera hecho?...
Quiso después ver el orificio de entrada de la bala. Perea se desconcertó imperceptiblemente: allí estaba la prueba que había de desbaratar su fraude de raíz, o, por el contrario, infundirle visos inconcusos y terminantes de certidumbre. Con notable aplomo, medio incorporado en el lecho, comenzó a desabrocharse la camiseta y sus dedos tactearon en la base del pecho rollizo y peludo. No dudaba vencer: don Gregorio, don Cándido, el notario, el secretario del Ayuntamiento, Gutiérrez... todos habían visto la herida y daban fe de ella. ¿Cómo doña Emilia, guiada por el ejemplo acaso más que por sus propios ojos, no la vería también? Por algo estaba enamorada y los enfermos de daño tan grave antes ven lo que quieren ver, que buscan y apetecen lo que realmente han visto.
—Mira —dijo Perea.
—¿Ahí?...
—Aquí mismo...
Su dedo índice señalaba la cicatriz blanca, tenue, que en aquel sitio le causara, treinta años atrás, un trozo de cristal. Doña Emilia levantó la cabeza, parpadeó, se frotó los ojos; la luz eléctrica suspendida en el comedio de la habitación, cerca del techo, estaba cansada y alumbraba mal. Miró, sin embargo...
—Veo entre el vello una especie de herida...
—Esa es.
—Sí, sí... ¡Ahora!... ¡Qué horror!... ¡Pensar que por un agujero así se nos puede ir la vida!...
—La bala —replicó audazmente don Higinio— era de esas delgadas y largas que ahora se usan; su diámetro, según dijo el médico, sería menor que el de un cigarrillo; por eso el orificio de entrada es tan pequeño.
Las grandes pupilas candorosas de doña Emilia estaban llenas de espanto.
—¿Y no sientes la bala?...
—Muy raras veces; únicamente cuando el tiempo cambia o ando mucho... o si realizo algún esfuerzo...
Añadió cruel:
—Hace un rato, por ejemplo, dejé que me friccionases con alcohol porque todo este lado de los riñones me dolía bastante.