Part 15
Existe, además, otra mentira que no se deriva del miedo ni de la fantasía, sino del cálculo; superchería que no es exaltación o alboroto romántico del carácter, mas sí represión, disimulo o empequeñecimiento del mismo. La mentira de la imaginación hincha lo más sencillo; la razonada, como su madre la hipocresía, tiende, por el contrario, a cepillar o reducir cuanto haya de saliente en el individuo; aquella, «multiplica»; la segunda, «resta»; y de ambas, evidentemente, esta es peor, porque su humildad inspira confianza: suele ser la mentira favorita de los inferiores, de los criados, de los niños. También es la más frecuente: su anguilada suavidad, su color gris, tan de acuerdo con la mediocridad colectiva, su respeto incondicional a lo instituido, su miedo lacayuno a las costumbres, equivalen a un uniforme. ¿Cómo diferenciar entre la bondad verdadera y la fingida o pegadiza? ¿Cómo saber quién es noble «por dentro» y quién muestra hidalguía accidentalmente y de paso?... En los espíritus caballerescos la decencia constituye algo sustantivo, rígido, muy incómodo, ciertamente, de llevar; en los solapados y rufianes, es una librea. Las apariencias, sin embargo, no varían: entonces, ¿cómo distinguir cuándo la honradez y la sinceridad son «trapo» y cuándo «piel»?...
Amén de la timidez y de la imaginación, los manantiales mentirosos más abundantes son la vanidad, el orgullo y la envidia. Lo que esta inventa, cae inmediatamente bajo la égida amparadora del amor propio, y el orgullo y la vanidad lo mantienen ante la opinión, aun a riesgo de grandes sacrificios. También se miente por misericordia.
En los hombres de espíritu cultivado, como don Higinio Perea, y capaces de realizar complicadas síntesis mentales, las mentiras se alambican y esclarecen difícilmente, pues se afianzan al espíritu que las produce con numerosas raíces. El héroe de la Grande Jatte, aunque nunca había mentido, propendía a la mentira acaso por culpa del medio donde naciera, demasiado pequeño para su actividad, o tal vez porque envidiase la plenitud de vida que rebosan las biografías de los varones trotatierras y fuertes y quisiera igualarles. La sociedad lugareña que le circundaba, mundo tranquilo donde la desocupación servía de maravilloso abono a la murmuración y a la calumnia, le invitó al engaño y él mintió por el único pueril antojo de obtener durante el breve espacio de una tarde, el elogio envidioso de sus amigos más íntimos. Cuestión de vaya y pasatiempo. Pero como la seriedad de sus palabras y acciones fuese proverbial, su invención obtuvo resonancia estupenda, y rebasando los límites de Serranillas traspuso las márgenes verdes del Guadamil y levantó en Almodóvar del Campo un clamoreo admirativo.
Ante aquella inesperada realidad don Higinio, a la vez asustado y satisfecho, concluyó, tras detenido examen de conciencia, por encogerse de hombros. ¿Qué inmoralidad hay en el embuste que sin lastimar a nadie mejora a quien lo dice, y a todos por igual regocija y divierte?... Los agiotistas, los conquistadores, son hombres de voluntad que cultivan la acción; la quietud reflexiva pertenece a los artistas, a los sabios. Perea sintiose ligado a los individuos de este último grupo por cierta comunidad espiritual. ¡Su mentira, aquella mentira donde su destino parecía haber encarnado!... ¿Por qué no imponerla al vulgo como se impone una obra de arte? _Don Quijote_ y _Fausto_ carecen de realidad histórica, no vivieron jamás, y, sin embargo, ¿no es cierto que existen los dos?...
Aquel día, muy temprano, los vecinos de la plaza vieron pasar a don Higinio cargado con todos sus pertrechos de pesca: las cañas al hombro como lanzones, su sillita de campaña a la espalda, y colgados sobre el brazo izquierdo el cesto de la merienda y el voluminoso paraguas de algodón negro guarnecido por una franja morada. Vestía traje de pana color vino, y llevaba echado hacia la nuca un amplio sombrero de fieltro gris. Caminaba de prisa, jaque, rechoncho, peludo y alegre, bajo la claridad plomiza de la mañana. Al enfrontar una calleja que por entre bardales y pobrísimas viviendas de mineros desembocaba en el ejido, saludó a don Gregorio.
—¡Bien madrugamos! —gritó Perea.
Hernández llevaba puestas sus polainas de cazador y un chubasquero que le cubría hasta cerca de los pies.
—Vuelvo de ver a _Tocinico_.
—¿Sigue mejor?
—Creo no llegue a la noche; si no reacciona...
Se habían detenido y hablaban de acera a acera, con familiaridad pueblerina. El brusco vozarrón de don Gregorio retumbaba en el silencio ecoico del callejón desempedrado, pendiente y vacío.
—¿Cómo sale usted a pescar en un día así?
—¿Qué le sucede al día?
Miró al espacio: el cariz del cielo, efectivamente, era intranquilizador. Soplaba un poniente frescachón que anunciaba lluvia. El médico extendió un brazo.
—Debía usted saber que cuando aquellos picos no se ven claros, en Serranillas llueve siempre.
—Es verdad.
—Y para el hombre que ha abusado de la vida como usted y lleva en su cuerpo lo que usted tiene la desgracia de llevar en el suyo, los cambios barométricos son fatales. Eso está al alcance de un niño; pero usted, por lo visto, no se quiere bien.
Desdeñoso y heroico, el amante de Leopoldina se alzó de hombros. Sí, ya comprendía a qué aludía don Gregorio: a la bala del holandés... ¡Bah!... ¡Buena cosa le importaba a él la bala!...
—La humedad es un veneno terrible para las heridas viejas —agregó Hernández.
Campechanamente, levantando el brazo derecho con el gesto alegre del hombre que tira su sombrero al aire, don Higinio repuso:
—¡Historias, don Gregorio! ¡No haga usted caso!... ¿Quién se acuerda de esas antiguallas?...
Y siguió adelante. El médico exclamó, como si le tirase una piedra:
—¿Antiguallas? ¡Bueno! ¡Las locuras se pagan!...
Perea se alejaba sin mirarle y haciendo signos negativos con la cabeza.
—¿Que no se pagan?... ¡Dentro de algunos años me lo dirá usted!
A su vez, don Gregorio reanudó su camino. Una gota de agua acababa de caerle en la nariz y miró al cielo. ¡Marcharse a pescar con un tiempo como aquel! Decididamente don Higinio no tenía miedo a nada... Cuando llegó a su casa, su mujer le preguntó:
—¿Has visto a Perea?
—Ahora mismo, en el callejón. ¿Por qué?
—¡Nada! Por aquí pasó muy tieso, con un traje de pana flamante y un sombrero gris. Cada día está más joven.
Hernández se echó a reír.
—¡Bueno traerá a la noche el trajecito, con lo que va a llover!...
Don Higinio encontró crecida y más rápida que de ordinario la corriente del Guadamil, señal inequívoca de haber llovido la víspera en la sierra. Esto le obligó a caminar un buen trecho, remontando el curso del río hasta dar con un vado por el que pasó sin apenas mojarse los pies a la otra orilla, donde había hondonadas y quebrajas hospitalarias perfectamente defendidas del aire. Aún anduvo otro medio kilómetro buscando cierto paraje pedregoso llamado Hoyo Grande, al cual en los días ventosos y nublados los barbos y las sabrosas truchas acudían en mayor cantidad; y una vez allí, preparó las cañas, encebó los anzuelos y clavó en la tierra una estaca, a la que ató sólidamente su paraguas abierto, formando así una especie de minúscula tienda de campaña bajo la cual se instaló. Después encendió su pipa, una gran pipa marinera, recuerdo de París, y aguardó.
Durante la primera hora cayeron algunas gotas de lluvia; pero el viento, que debía de ser fuerte, barrió las nubes hacia levante, esclareciose el cielo y hubo momentos en que pareció asomarse el sol; pero de muevo el espacio se cubrió y muy lejos, al otro lado de la sierra, tal vez, se oyó rodar un trueno. Una fuerte claridad lechosa inundó el paisaje. El aire olía a tierra mojada y sobre los crecidos herbazales corrió un raro estremecimiento verde. Como las ráfagas del cierzo soplaban muy altas, cendales sutiles de bruma iban oscureciendo el cauce del río, cuyas ondas adquirían la muerta coloración de la ceniza. El silencio, ese silencio absoluto, quietud de letargo, de la niebla, ahogaba todos los ecos serrinos. Don Higinio se acordó de que una mañana así fue la elegida por él para deshacerse del temible holandés del hotel de los Alpes, y pensando en los buenos consejos de don Gregorio a propósito de la malsana influencia de la humedad en la cicatrización de las heridas antiguas, se echó a reír con un cinismo del que debió ruborizarse un poco su conciencia.
Encendió otra pipa, y para neutralizar los efectos del frío, que empezaba a entumecerle las rodillas, sacó del cesto de las vituallas el frasco de la ginebra y trasegó algunos sorbos largos. Desde el sitio donde se hallaba, bajo y rodeado de ribazos arbolados y fragosos, el horizonte que exploraban sus ojos era limitadísimo. Nada se veía del pueblo, distante ocho o nueve kilómetros, ni del campo en que estaban las minas. Solo se divisaban las márgenes del Guadamil, que escapaban en pendientes ariscas hacia la sierra, y mucho más allá, la dentada crestería, semejante a airones basálticos, de los montes que cerraban el valle. Con ser tan reducido el panorama, la brumazón, por momentos, iba acortándolo; densas masas de vapores plomizos engrudaban el espacio, y la claridad diurna aumentaba su livor de agonía. En la oscuridad creciente, los contornos se borraban: los árboles parecían diluirse sobre el vasto fondo fuliginoso del suelo; el fastigio de los altos cerros concluyó por mezclarse a las nubes que los cubrían y desvanecerse en ellas, y de este modo, cielo y tierra se aunaron y perdieron tras la misma homogeneidad gris. Mientras el caudal del Guadamil, engrosado por el aguacero que probablemente desde hacía horas estaba cayendo en la sierra, aumentó tanto que Perea necesitó trasladarse a un sitio más alto. Su optimismo, empero, no claudicaba, y a mediodía almorzó reciamente, así por exigencias del estómago, como por la satisfacción de las tres libras de buen pescado que llevaba cobradas. ¡Bah! En total, aquel mal tiempo reducíase a cuatro gotas y a un poco de humedad.
Acabando estaba de preparar el café cuando empezó a llover tan furiosamente que en pocos minutos, y a despecho del paraguas, sintiose calado y remojado igual que si le hubiesen echado de cabeza al río. Al pronto creyó que se trataba de una grupada de corta duración, pues la misma violencia del chaparrón parecía señalarlo así, y confiado en ello, sin detenerse a recoger sus enseres de pesca, huyó pendiente arriba a refugiarse en una concavidad del terreno, una especie de casilicio que apenas le abrigaba los hombros. Desde su refugio, el paladín de la Grande Jatte observaba la melancolía de su paraguas inútil, chorreando agua, y de sus cañas que dejó suspendidas sobre la corriente del río, y la idea de que a su engaño hubiesen acudido más peces hacíale sufrir.
Transcurría el tiempo y el aguacero no amainaba, y como la tierra iba empapándose por instantes, la rústica hornacina que a Perea servía de escondite comenzó a rezumarse de modo que antes le mojaba que le cubría. Don Higinio empezó a inquietarse; para un reumático hereditario como él, aquellas humedades podían ser fatales. Hernández tenía razón: marcharse a pescar tan lejos en un día así, era una locura.
Caía la lluvia tan compacta que los retamales comenzaron a doblarse bajo ella, y su caudal componía hilos que resbalaban brillantes sobre los troncos de los allozos y de los pinos. Las aguas del Guadamil habían adquirido sonoridades y garrulerías de amenaza; su curso era más violento; rodaban sus ondas, oscurecidas por el tiznado dosel de las nubes, en remolinos espumeantes y al chocar contra los peñascales y raíces que dentaban las márgenes, saltaban destrizadas y convulsas. Recalado, los pies fríos y doloridos, el sombrero metido hasta el cogote, don Higinio se alentaba las manos para calentárselas. Estaba asustado. Desde el legendario diluvio que puso a flote el arca de Noé, no era verosímil que en tierras de la Mancha hubiese llovido nunca así. No sabía qué hacer y ni siquiera la distracción de fumar le quedaba, pues con la humedad el tabaco no ardía. Tuvo que guardarse la corbata en el bolsillo; el cuello de su camisa había perdido la tiesura del almidón y convertídose en un tirajo viscoso, frío, que le causaba la impresión de llevar un reptil enroscado al cuello.
La niebla de las primeras horas matutinas se había resuelto en agua pacíficamente; pero a media tarde cambió la expresión del cielo, y la que hasta allí fue lluvia susurradora, con el favor del viento hízose tempestad. El ciclón, improvisado al otro lado de la sierra, iba a pasar sobre el valle de Serranillas con iracundo aletazo. Sopló fragorosa una ráfaga que disciplinó los árboles y arrancó de los alcores rocosos gemebundeos de agorería y espanto; un relámpago cabrioló en el espacio, y su luz apocalíptica iluminó hasta los rincones profundos del bosque; el trueno tableteó rebotando de montaña en montaña. Flagelada por el huracán, la lluvia embestía rabiosamente contra la hornacina de don Higinio y el viento, revolviéndose sibilante entre aquellas hondonadas, recogía las hojas caídas y levantándolas a considerable altura las dispersaba por el aire; en cada arista, en cada hendidura del monte, su violencia producía alaridos bárbaros. Obedeciendo a una costumbre infantil, Perea se signó; jamás su cumplida experiencia de hombre rústico había visto espectáculo igual. De pronto sus cañas, su sillita de campo y su paraguas, arrebatados por el coraje de los elementos, cayeron al río. Instintivamente don Higinio corrió tras ellos para recobrarlos; mas su diligencia fue inútil, pues la corriente era muy rápida y hubiera sido temerario meterse en ella. El paraguas, especialmente, hinchado de aire, huía rápido, voltejeando como un animal de quimera sobre las ondas gruñidoras del Guadamil.
Ante este desastre, el esforzado galán de la italiana del hotel de los Alpes solo pensó en la huida. Pero, ¿cómo volver al pueblo si para ello necesitaba repasar el río y con la riada no habría manera de vadearlo?... Don Higinio quiso saber la hora para ceñir a ella sus planes de retirada, y hasta este auxilio le faltó, porque su reloj se había parado en la una y cinco. El bizarro manchego apretó las puños y dardeó contra el cielo una mirada simoníaca. ¡Sin tabaco, sin reloj, calado hasta los huesos como un náufrago!... ¡Ah! ¿No es cierto que hay trances en que todo cuanto nos rodea, tierra y espacio, árboles, piedras, nubes, montañas, parecen burlarse de nosotros?
Alicaído recogió el cesto de sus provisiones, único objeto que por su pesantez y volumen exiguo no cayó al río, y echó a andar, indiferente, bajo el aguacero. El camino era ingrato, por lo resbaladizo unas veces, otras por encharcado y blanduzco. Después de recorrer tres kilómetros don Higinio hallose rendido y necesitó sentarse: sus botas, embarradas, parecían las de un gigante y pesaban de modo que se agarraban al suelo como raíces; su traje de pana, aquel flamante traje avinado en que doña Lucía detuvo una mirada furtiva, ahora agarrotaba sus movimientos y gravitaba sobre sus lomos cual una armadura. La lluvia caía siempre y el errante, los ojos apagados, la boca entreabierta, sentía correr por su espalda su caricia helada. Transcurridos unos momentos, prosiguió su camino.
Anochecía cuando llegó a la hoya temible del Jabalí. En aquel paraje, erizado de peñascos hostiles, el Guadamil se encrespaba y tenía fosquedades urañas de torrente. Los ojos azules y bondadosos de Perea registraban la orilla.
—¡Si mi paraguas se hubiese detenido aquí! —pensaba.
Siguió adelante, acuciado por el temor de que la noche le sorprendiese. En realidad no sabía qué hacer: la crecida había inutilizado seguramente todos los puntos vadeables del río, y aunque él estaba cierto de conocerlos palmo a palmo, comprendía el peligro de meterse en el agua sin saber nadar y confiando su salud a piedras movedizas que el ímpetu de la corriente acaso arrancó y trasladó a otros sitios. La lluvia había cesado, apaciguose el viento y en el espacio mudo, inexpresivo, como fatigado por la tormenta que pasó sobre él, los árboles se erguían inmóviles y brillantes. Pocos kilómetros más allá, en la oscuridad nocherniega, llena para los caminantes de hostilidad y zozobras, el campeón de la Grande Jatte vio brillar dos de las esferas del reloj de la iglesia, lo que le reanimó con la emoción de una subidísima alegría.
—Cuando el reloj está encendido —pensó— es que son las seis.
Y reanudó su marcha, siempre con cuidado, porque el Guadamil al echar fuera el pecho había arriado muchos parajes que horas antes estaban enjutos.
Entretanto, la ausencia inexplicable de don Higinio había convertido su hogar en una sucursal o abreviado remedo de aquel «valle de lágrimas» de que hablan las Escrituras. Por la mañana, apenas empezó a llover, doña Emilia fue al armario a cerciorarse de si estaba allí el impermeable de su marido, y como lo viese se contrarió muchísimo. Era uno de esos caracteres dominadores y vehementes, en los que todos los sentimientos, hasta el del amor, tienen un gesto de cólera.
—¡Se ha empeñado en no ponerse el impermeable —refunfuñó—; milagro será que no vuelva con un enfriamiento!
Su hermana Teresita, buena y sorda, con una sordera creciente que añadía a la natural expresión amable de su rostro una dulzura nueva, procuró tranquilizarla.
—No te apures, mujer; no se trata de un niño; a la hora de almorzar, seguramente, le tenemos aquí.
Los largos ojos árabes de doña Emilia resplandecieron rencorosos.
—¡Parece mentira que no le conozcas! ¡Él, volver!... Pero, ¿no sabemos que en viendo una caña de pescar se vuelve loco?...
Según transcurrían las horas la nerviosidad de la excelente señora iba en aumento: todo influía sobre ella insanamente; de una parte, la ausencia de don Higinio; de otra, la atmósfera saturada de electricidad. Sus manos temblaban. Fue a la cocina y rompió varios platos; intentó coser y se pinchó los dedos. Un presentimiento aciago la traspasó el pecho; llamó a su hermana.
—Creo que va a sucedernos una desgracia; acabo de sentir un calofrío muy raro, como si algo me hubiese rozado la nuca.
Teresita no oyó bien.
—¿Cómo?
Arrepentida de sus palabras doña Emilia no quiso contestar; estaba irritadísima, con esa mortificación de vanidad que produce la conciencia de haber dicho una tontería.
Llegó la hora de almorzar y don Higinio no apareció. Doña Emilia apenas pudo catar bocado; sucesivamente poníase roja, blanca; nunca la había oprimido el corsé tanto como entonces. Sus hijos comieron perfectamente, pero hablaban de buscar al padre.
—Iré yo solo —dijo Anselmo.
El futuro jurisconsulto tenía el orgullo de sus dieciséis años y de sus músculos, endurecidos por dos cursos de gimnasia.
Joaquinito quería acompañarle, y el primogénito le humilló echándole en rostro su poca edad.
—Tú eres muy pequeño todavía.
Y luego:
—¡A callar, mocoso!...
No estando allí su padre, Anselmo creíase obligado a asumir las responsabilidades y derechos del cabeza de familia. Joaquinito, furioso, amenazó a su hermano con un cuchillo de postre, que luego clavó sañudamente en un pastel de crema y cabello de ángel. Carmencita callaba, pensando que ella era ya una mujercita y que cuando hace mal tiempo las señoras distinguidas no salen de casa. Doña Emilia terminó la discusión.
—¡Aquí no se hace nada que yo no disponga! Ya lo sabéis. Y si alguno me desobedece se acordará del día de hoy.
Dejó la mesa y comenzó a pasear de un lado a otro; a cada momento iba a la calle, bajo el aguacero, con esperanza de ver llegar a Perea, y sus cabellos, al desrizarse con la humedad, invadían plañideros la frente y daban al rostro una expresión dramática. Teresita, sorda y dulce, arrastrada inconscientemente por la inquietud y dolor de su hermana, caminaba tras ella.
A media tarde, al resonar aquel formidable trueno que tanto empavoreció a don Higinio y le obligó a signarse, su mujer dio un grito y fue a ponerse de hinojos ante una imagen pequeñita de Nuestra Señora del Refugio que tenía en su dormitorio entre velas azules y flores de trapo. Allí permaneció dilatado rato, los llorosos y suplicantes ojos vueltos hacia arriba, los brazos abiertos. Teresita, que la había seguido, también se arrodilló; luego, absorta y como desvanecida en el fervor de su místico recogimiento, hundió la barbilla en el pecho y buscó actitud más cómoda sentándose sobre los talones. Fuera rugía la tormenta, y a intervalos el deslumbrante zigzagueo de los relámpagos inflamaba la habitación. Anselmo se asomó a la puerta; aquella escena le interesaba sin entristecerle; en Ciudad Real recordaba haber visto una zarzuela que se desenvolvía a orillas del mar y cuyo primer acto terminaba con un cuadro así.
Dieron las tres, las cuatro... y la tormenta, al alejarse, parecía dejar tras sí un indefinible latido de desolación y tragedia que doña Emilia no pudo resistir.
—Me voy —declaró.
Iba a casa del médico; necesitaba ver gente, hablar con doña Lucía, desahogar su inquietud de algún modo. Tal vez Perea, de regreso de su malhadada excursión, se hubiese detenido allí... No quiso incomodarse en ceñirse el corsé; vistiose un abrigo encima de la bata que llevaba puesta, se rodeó al cuello una bufanda y salió a la calle.
Apenas había doblado la esquina, Anselmo y Joaquinito se aliaron.
—¿Buscamos a papá? —propuso el mayor.
—Vamos.
Cogieron sus boinas y se encaminaron al portal. Teresita, secundada por Carmen, intentó detenerles; pero su bondadoso prestigio no alcanzaba a tanto.
—Volvemos pronto —dijeron.
Y escaparon en dirección al río. Iban corriendo. En el fondo de aquel amor al padre había un juvenil deseo de libertad, de campo; un prurito ardiente de zapatear sobre la hierba húmeda...
Doña Emilia llegó a casa del médico tan demudada y diferente a sí misma, que la señora de Hernández se asustó.
—¿Qué tienes?... ¿Ocurre alguna desgracia?
Sin saber por qué, doña Emilia preguntó por don Gregorio.
—Ha salido, pero si le precisas irán a buscarle; está en el Casino.
Doña Emilia hizo un signo negativo y para serenarse pidió agua. Lo que ella necesitaba saber era el paradero de su marido; tenía el presentimiento de que le había sucedido un percance; en la sierra debía de haber llovido horrorosamente y el Guadamil, sin duda, arrastraba mucha agua; quizás Higinio intentó vadearlo y como la corriente sería muy fuerte y él no sabía nadar...
La esposa de Hernández procuró tranquilizarla.
—Gregorio le saludó esta mañana y hablaron un momento.
—¿A qué hora?
—Temprano. Yo también le vi: iba muy currutaco con su sombrero gris y su traje nuevo de pana.
—¿Te dijo algo?...
—No me vio. A tu marido le sucede con su caña de pescar lo que al mío con su escopeta. Gregorio cuando va de caza no conoce a nadie.
Observaba a su amiga de un modo extraño, acariciador, lleno de piedad; se acordaba del duelo entre don Higinio y el holandés, que su esposo la refirió cierta noche de sobremesa y bajo secreto de confesión. ¡No!... ¡Ella nada diría; lo había jurado!... Además, ¿para qué darla celos con la hermosa Leopoldina?... Sin embargo, de saber Emilia quién era Perea, el verdadero Perea, aquel hombre terrible que no temía a la muerte y del cual ella solo conocía el aspecto casero, risueño y metódico, su dolor en aquellos momentos seguramente no sería tan hondo. Emilia se angustiaba porque, a su juicio, su esposo era un niño, una especie de hijo mayor... ¡Ya, ya!... Eso parecía con su aire mansito, y luego resultó lo que ya sabía todo el pueblo...
Doña Emilia creyó ver en los ojos de su amiga una expresión desacostumbrada de cariño, de misericordia...
—¿Por qué me miras así?
—¿Cómo, tonta?
—Con esa cara... ¿Es que sabes algo... algo malo, y no quieres decírmelo?...
Se levantó impetuosa y trabando a la señora de Hernández por los hombros la registró largamente y de hito en hito las pupilas.
—¿No me ocultas nada?...
Doña Lucía se mordió los labios.
—¿Por qué preguntas eso? Bástete saber que a tu marido no le sucede ninguna desgracia.
—¿Lo sabes tú?... ¿Y cómo?