La cita: novelas

Part 9

Chapter 93,836 wordsPublic domain

Durante aquellos primeros días, el recuerdo de la adorada persistió en la memoria del estudiante bajo la rara sensación de un perfume á violetas. De los anchos ojos verdes de Alicia, de su boquirrita epigramática y cruel, de su cuerpo blanco y carnoso, ó no recordaba, ó creía no acordarse bien. En cambio, aquel olor á violetas invadía su espíritu, y de él parecían hallarse impregnados sus vestidos, sus manos, sus libros de texto, su lecho mezquino. Esta dulce ilusión, sin embargo, fué decayendo; el tiempo se la llevaba, borrándola, como había borrado su recuerdo en Alicia. Darlés lloró mucho. Aquella noche escribió á la joven una postal desesperada, un poco enigmática.

«Mañana iré á verte--decía--; si no me recibes, me muero. Sé compasiva. Mi cuartito ya no huele á ti.»

La misiva del estudiante enojó á Alicia. ¿A qué venían estos hiperbólicos alardes de pasión? ¿Acaso lo acaecido entre ambos no era algo baladí y perfectamente vulgar?... Y tan segura estaba de ello, que su emoción, más que de disgusto, fué de asombro. Al principio, su sorpresa la inspiró cierto regocijo.

--Sería interesante--pensaba--que ese muchacho se prendase de mí como un héroe de drama.

Pero la alegría de tal curiosidad duró un momento apenas. Inmediatamente la voluntad fría, el espíritu rectilíneo y ególatra, que no toleraban ser molestados, reaccionaron contra aquella posibilidad novelesca. Ella no quería amar ni ser amada; que por referencias de amigas íntimas sabía que el amor, con sus zozobras y sus celos, tan funesto y agrio es para el que lo siente como para quien lo inspira.

El capricho que la llevó á los brazos de Enrique carecía á sus ojos de importancia. La tarde que antecedió á su primera y única noche de intimidad, Darlés acertó á sorprenderla en una de esas horas de fastidio, de laxitud y de eclecticismo, que en la voluble moral femenina divagan equidistantes del bien y del mal. Fué liviana como pudo ser casta, arbitrariamente, sin razón ni motivo precisos. Quizá, á tener el estudiante los ojos más hermosos, le hubiera dicho que «sí»; acaso también, si aquel collar de esmeraldas, por el que momentos antes ella y Manolo riñeron, la hubiese gustado algo menos, le habría dicho que «no»... Lo único cierto es que aceptó la compañía de Darlés porque supuso, bondadosamente, que la conversación de un hombre, aunque éste sea muy pobre, vale y entretiene más que el recuerdo de un collar. Y cuando, á la mañana siguiente, regresó á su casa, hallóse un poquito sorprendida de su conducta. Aquello fué una genialidad, una humorada semejante á la que hubiese podido llevar á un crítico como Sarcey, después de cuarenta años de teatro serio, á una barraca de fantoches. El lance, por tanto, no volvería á repetirse; era absurdo.

Al otro día, Alicia supo por Teodora que Darlés había ido á visitarla hallándose ella ausente. En tardes sucesivas ocurrió lo mismo. La joven acabó por sentirse molestada ante la imagen deplorable y testaruda de aquel muchacho, mendigo de amor, que inopinadamente venía á turbar el fácil curso de su despreocupado vivir. Cada vez que Teodora la informaba de que el estudiante había vuelto, Alicia Pardo se revolvía colérica.

--Pero ¿qué quiere?--exclamaba--; porque yo no lo sé...

Y era sincera, no lo sabía; en la frivolidad egoísta de su carácter, no comprendía cómo un hombre que lo obtuvo todo de una mujer no se canse de ella. Su disgusto arreció con la postal, donde el estudiante dolíase de su abandono. Era indispensable desenlazar aquel enredo de una vez, y para conseguirlo nada mejor que recibir al importuno y hablarle impasible, cual si no mediase entre ellos nada secreto.

Al día siguiente, y á la hora de costumbre, Enrique Darlés llegó á casa de Alicia. Teodora le dejó pasar al comedor.

--Voy á informar á la señorita de que está usted aquí.

El estudiante quedóse de pie, en actitud meditabunda, un codo apoyado sobre el alféizar de la ventana. Antes, cuando no era allí mas que «el amigo de don Manuel», le recibían sin etiqueta, nadie le anunciaba. Ahora se hallaba aislado, oprimido por esa amabilidad hostil con que acogemos á los visitantes que nos son molestos.

Teodora reapareció.

--Dice la señorita que puede usted pasar.

Alicia Pardo se hallaba en su gabinete acompañada de una joven alta y pelinegra, vestida de gris. Completaban la elegante expresión masculina de su traje inglés el lacito de una corbata roja y la albura de su cuello y de sus puños almidonados. Al ver á Enrique, Alicia, sin moverse de su asiento ni alargarle la mano, exclamó:

--¡Hola! ¿Es usted?...

Y hubo en la cordialidad, un poco desdeñosa, de su saludo algo que humillaba infinitamente. El estudiante palideció. Hacia su corazón toda su sangre había refluído, hecha hielo. Siempre displicente, Alicia le presentó.

--El señor Darlés; mi amiga Candelas...

Esta fijó en el recién llegado sus ojos fulgurantes y astutos, y luego miró á Alicia, como preguntándola si aquella visita no ocultaba un secreto de amor. La joven comprendió, y para la ladina interrogación de su amiga tuvo una respuesta vertical:

--No--dijo--, te equivocas. Enrique viene aquí porque es amigo de Manolo.

El estudiante hizo un ademán de asentimiento, y por los labios de Candelas resbaló una sonrisa fría. Después las dos jóvenes reanudaron el diálogo que interrumpió la llegada del estudiante, con lo que Darlés se sintió repentinamente aislado y despedido. Transcurrieron cinco, diez, quince minutos... sin que aquel animado charloteo declinase; en la conversación citábanse nombres de amigos, y Candelas reía mucho al describir los pormenores de una cena, á la que ella y Alicia Pardo concurrieron. Quizás lo hacía con propósito dañino, para persuadirse de que Enrique no era allí, en efecto, mas que «un amigo de don Manuel».

Después llegó una visita. Era una jamona que comerciaba en ropas y alhajas. Traía un pesado envoltorio, que depositó en el suelo. Alicia preguntó:

--¿Qué novedades hay, Clotilde?

La interpelada pareció esponjarse de gozo dentro de su mantón alfombrado.

--Llevo--dijo--las mejores faldas de barro y las mejores medias del mundo.

--¿Muy caras?

--Y muy baratas. No sé por qué me figuro que hoy tiene usted ganas de gastar dinero.

En un momento los muebles del gabinete desaparecieron bajo una oleada multicolor de sedas joyantes, verdes, moradas y azules, que, al ser extendidas, esparcían un agradable olor á limpieza. Como por ensalmo, Alicia y Candelas mostráronse devoradas por ese prurito adquisitivo que atormenta á las mujeres ante el mostrador de las tiendas de modas. A porfía las dos se informaban del valor de cada prenda.

--¿Cuánto cuesta esta falda?

--Por ser para usted, cien pesetas.

--¿Y ésa, la heliotropo?

--Setenta y cinco. Fíjese usted bien. ¡Es magnífica!

Enrique observaba con asombro aquella evaporación de elegancia y de lujo. Jamás había soñado que la civilización rodease al amor de tantos refinamientos, y al hundir sus miradas candorosas en las faldas llenas de suaves murmurios y en los lazos y opulentos encajes de aquellas camisas de dormir, amplias y majestuosas como togas senatorias, recordaba tristemente las pobres camisitas blancas y los refajos groseros, sin voluptuosidad, que las mujeres de su pueblo ponían á secar sobre el alféizar de sus azoteas.

Un nuevo detalle acrecentó su angustia. La vendedora y Alicia discutían empeñadamente el precio de la falda heliotropo. Clotilde pedía setenta y cinco pesetas y la joven aseguraba que no podía dar más de diez duros. La vendedora insistía:

--Anímese usted, porque no hallará en ninguna parte otra más barata. La vendo en ese precio por complacerla á usted; pero no gano en el trato medio maravedí.

Y agregó, dirigiéndose á Enrique:

--Vamos, este caballero se la regalará á usted.

Darlés enrojeció y no supo contestar. Los hombres sin dinero son despreciables, y como Alicia ni siquiera levantase la cabeza para mirarle, el estudiante comprendió que la había perdido. ¡Oh! Si hubiera una banca diabólica donde los amantes pudiesen cambiar por dinero los años que han de vivir, su existencia, toda su existencia, la habría dado á cambio de aquellos quince duros malditos...

Cansada de discutir, la vendedora rehizo su paquete; la conversación cambió de rumbo; se habló de alhajas. Candelas enseñó una lanzadera que la habían regalado. Clotilde ofreció á las jóvenes un collar.

--Si quieren ustedes verlo, lo traeré; lo tengo en casa.

Alicia suspiró y aquel suspirón largo, entrecortado como los de los niños, fué de inmensa pena.

--Estoy enamorada de un collar que venden en la calle Mayor y no quiero ningún otro. Sueño con él. No he visto maravilla igual. Os aseguro que el hombre que me lo regale me conquista.

--¿Cuánto vale?

--Quince mil pesetas.

Y agregó, clavando en Darlés una mirada indefinible:

--Creo que aquí, este señor, piensa comprármelo... ¿Verdad, Enrique?...

Candelas iba á reir, pero se detuvo; en el rostro congestionado del estudiante, sus ojos zahorís acababan de sorprender un drama espantoso. Sin poder contenerse, Darlés se había levantado para marcharse, y sus ojos revelaban una vergüenza y una desesperación tales, que Alicia tuvo piedad de él.

--Le despediré á usted--dijo.

Salieron del gabinete. Al llegar al recibimiento, el estudiante, fuera de sí, empezó á cubrir de besos las manos de la joven; sus lágrimas se desataron.

--¡Alicia, Alicia!--balbuceaba--, ¿por qué eres tan cruel? Me muero por ti... Alicia... ¡oh!... ¿por qué no me quieres?...

Ella, ya repuesta de su pasajera emoción, procuró desasirse.

--Vaya, vaya... ¡qué tonto eres!...

--Te adoro... Alicia... ¡alma de mi alma!...

--Ea, sé juicioso... adiós. Esto me compromete.

--Necesito verte... verte... ¡verte!...

--Bueno... calla, y adiós... calla... Candela podría sospechar y no quiero que se ría de nosotros.

Hablaba en voz baja, al mismo tiempo que, suavemente, empujaba á Darlés hacia la puerta. Él murmuró:

--¿Me despides?

--No.

--¡Sí; me despides!

--No, no... anda...

--Sí; me echas... me echas porque soy pobre, porque no he sabido conquistarte... pero ¿cómo conquistarte, si no he tenido tiempo?...

Ella se impacientaba; su entrecejo se endurecía. Él prosiguió juntando las manos:

--Y haces mal en despedirme...

--Bueno.

--Haces mal, porque el hombre que ama mucho puede mucho, y yo, que soy pobre, sería rico; y yo, que soy obscuro, sería artista famoso si tú quisieses. Por ti yo mataría, yo robaría...

--Calla, calla... y vete...

--Sí, lo que tú me ordenases; eso,., héroe ó ladrón,., todo; pero á tu lado, contigo, para ti... Alicia, mi Alicia... lo que tú quieras... ¡Si tengo veinte años!...

Sin sospecharlo, el inocente había dicho una frase, una gran frase, al poner á los pies de la ingrata el tesoro de esa edad, por la que Fausto se condenó.

Alicia había abierto la puerta.

--Adiós--susurró--, márchate; Manolo puede venir...

--¿Cuándo nos veremos?

--Otro día.

--¿Cuándo?

--No sé... déjame...

--¿Mañana?...

--No.

--Díme, señálame una fecha... yo tendré paciencia... aguardaré... ¿Cuándo?

Ella vaciló. Él insistía, calenturiento.

--¿Cuándo?

--Me mareas.

--¡Oh! ¡Acaba de una vez!... ¿Cuándo?

Por los ojos verdes, verdes como esmeraldas, de la pecadora, pasó una mirada de perdición, de locura, que luego pareció resbalar por sus mejillas hasta trocarse en sonrisa sobre la línea tiránica de sus labios.

--¿Cuándo?--repitió.

Inconscientemente el estudiante tuvo miedo, pero se rehizo pronto.

--Sí, habla; ¿cuándo?

--No sé.

--Dílo, dílo.

--Es un disparate.

--No importa; dí, ¿cuándo?

Suavemente, ella repuso:

--Nunca. Cuando me traigas el collar que te he pedido.

Él la miró aterrado, pareciéndole que Alicia hablaba en serio. Ella repitió:

--Entonces...

Y cerró la puerta. Enrique Darlés bajó las escaleras llorando.

IV

A la mañana siguiente Darles salió á la calle muy temprano; estaba rendido; había pasado una noche de insomnio y de espanto, y al clarear el día y hallarse en su habitación pobrísima, sin otro mobiliario que una cómoda cargada de periódicos y de libros, una mala mesita de pino y algunas sillas de enea, todo mezquino y viejo, recibió con la violencia de un golpe la emoción de su soledad y experimentó esa inquietud que los psicólogos denominan claustrofobia ó «terror á los espacios cerrados».

Largo rato caminó absorto en vacilaciones sin nombre ni dibujo. No se reconocía. En pocas horas de dolor su conciencia habíase retorcido cruelmente, y de esta convulsión fiera emergían ahora desdoblamientos insólitos, panoramas morales enormes constelados de perplejidades aterradoras. Contra el baluarte de los principios éticos que le inculcaron cuando niño, su desesperación desencadenaba una recia avalancha de preguntas. Y cada interrogación constituía un enigma terrible. ¿Dónde termina el bien? ¿Dónde comienza el mal? ¿Por qué, si todos nuestros esfuerzos deben ir enderezados á procurar nuestra felicidad, hay deseos que la moral instituída juzga depravados y deshonestos? ¿Por qué no será lícito todo lo agradable?...

Al llegar á la calle de Atocha, Darlés tropezóse con un amigo suyo, estudiante de medicina también, llamado Pascual Cañamares. Los dos jóvenes se saludaron. Cañamares iba á San Carlos.

--¿Quieres venir?--dijo--. Te enseñaré la sala de disección.

Darlés siguió á su condiscípulo. A éste le impresionó la palidez de Enrique.

--Tienes muy mala cara.

--Es que no he dormido.

--¿Habrás pasado la noche de fiesta?

--Al contrario. La he pasado llorando.

Y hubo en su respuesta un dolor tan varonil, que su interlocutor no se atrevió á indagar.

La sala de disección, fría y blanca, emocionó á Darlés vivamente. Desde los altos ventanales el sol caía á raudales, pintando una ancha franja de oro sobre los zócalos de azulejos. En las mesas de mármol, y cubiertos por sábanas manchadas de sangre, había varios cadáveres, con las cabezas afeitadas y los labios abiertos. Sus pies desnudos y juntos daban una macabra sensación de quietud. Flotaba en el aire un olorcillo indefinible, nauseabundo, á carne muerta. Darlés experimentó un ligero vahido que le obligó á cerrar los ojos, y huyó de la sala. Más de una hora anduvo por los claustros espaciosos, siniestramente sonoros, de San Carlos. Una rara tristeza gravitaba sobre el edificio, caserón viejo y húmedo que antes de ser escuela fué convento, y donde á la honda melancolía de una religión que sólo piensa en la muerte, parece añadirse el gran desengaño de una ciencia que no sabe librar del dolor á la vida.

Cuando Pascual Cañamares salió de clase, quiso que Darlés le acompañase á almorzar. Enrique accedió. Eran las doce. Cañamares almorzaba en una taberna de la plaza de Antón Martín: era un establecimiento alegre, con altos zócalos de madera pintados de rojo. Los dos estudiantes se instalaron ante un velador, sobre el cual la tabernera había extendido un pequeño mantel. Cañamares exclamó:

--¿Qué quieres comer?

--Me es indiferente. Lo que tú comas.

--¿Sopa y cocido?

--Bueno...

Cañamares ordenó, campechano:

--¡Patrona! ¡Un cocido!

Era un muchachón de veinte años, sanguíneo y rollizo, lleno de esa jovialidad sana y turbulenta que se desprende, á modo de perfume, de las grandes energías vitales. Hablaba mucho, y había en su conversación pintoresca y frívola un buen humor contagioso. Enrique Darlés le respondía distraídamente y con monosílabos, atento sólo á lo que varios cocheros, instalados en una mesa próxima, referían de cierto crimen cometido aquella mañana. Dos hombres, enamorados de la misma mujer, habían reñido á navajazos y uno de ellos mató al otro. El vencedor estaba preso. Era un lance vulgar, pero intenso, de una belleza bárbara y, á su modo, caballeresca, ya que en la lucha no hubo traición. Y el estudiante admiró y aun envidió á aquellos dos bravos que, por amor, afrontaron la solemnidad de ese momento donde coinciden la herida que produce la muerte y la puñalada que lleva á presidio.

Al salir de la taberna, Pascual se despidió bruscamente.

--Me marcho, porque no me divierto contigo. No sé qué te sucede. ¡Ni siquiera escuchas!...

Y se fué. Enrique Darlés le vió alejarse impasible, y luego experimentó una dolorosa sensación de vacío. Estaba solo porque había tenido la franqueza de no disimular su negro humor, porque dejó que toda la melancolía de su alma se asomara libremente á sus ojos; y entonces comprendió que ser muy sincero equivale á ser muy generoso, ya que cualquiera sinceridad, aun la más inocente, siempre cuesta mucho.

Por la noche cenó frugalmente y se acostó temprano. Largo rato estuvo despierto, atormentado por una marea de recuerdos inconexos. Su padre, que era su pasado, y Alicia Pardo, que simbolizaba su presente, le solicitaban. Al cabo, la imagen de la joven prevaleció.

Poco á poco dióse á examinar el alma tornadiza y burlona de aquella mujer que, al despertarse de una noche de amor, le había mirado encogiéndose de hombros. ¿Qué había sucedido? ¿En cuál de los dos estuvo la falta? ¿Acaso ella era una ingrata incapaz de sentimientos levantados y duraderos, ó es que él, encogido y pacato, no había sabido corresponder á la ilusión de Alicia?...

Bajo la tiranía torturante de su voluntad, la memoria evocó momentos, recompuso frases, dió actualidad nueva á los pormenores de aquella noche hadada en que creyó que todo Madrid olía á violetas... Y como siempre tendemos al perdón del ser amado, tras mucho discurrir, Enrique Darlés llegó á convencerse de que Alicia Pardo era inocente. Ella, desde el primer momento, había sido buena; ella le animó á emprender su conquista, y después, llanamente, sin otro propósito que el de verle feliz, le abrió sus brazos; brazos venusinos que pusieron alrededor de su cuello un lazo de dulzura y misericordia. Y él, á cambio de tan subida ventura, ¿qué había dado?...

En la conciencia del estudiante alzábase acusadora una voz implacable.

Alicia, habituada al roce del gran mundo, era una mujer de gustos exigentes y refinados, que adoraba el lujo y entendía á Beethoven. Varios aristócratas la amaron, poniendo su belleza en boga, y más de un tenor de ópera cantó para ella sola y en la intimidad de su dormitorio, su _racconto_ favorito.

Y la voz inexorable continuaba:

«¿Qué hiciste tú, pobre Darlés, para merecer ese tesoro? ¿Qué méritos son los tuyos? Las mujeres que son todo belleza quieren lo que brilla, la fuerza, belleza suprema del hombre: la fuerza, que es gloria en el artista, dinero en el millonario, elegancia y aplomo en el hombre de mundo, desesperación en el suicida, valor y rebeldía en el ladrón que, audazmente, se pone enfrente de la ley. Pero tú, que no eres nada, ¿de qué te dueles ni á qué aspiras?...»

El estudiante lanzó un gran suspiro y sus párpados se llenaron de lágrimas. Era un necio, un zagalón menguado y cobarde. De una mujer puede quejarse el hombre que se arruinó por ella, ó quien, por conservarla, mató y fué á presidio. El, en cambio...

De pronto Darlés se estremeció tan violentamente, que la descarga eléctrica de sus nervios le arrancó un grito. Incorporóse en el lecho; estaba lívido. Si no podía ofrecer á Alicia ni una gloria de artista, ni una fortuna, debía brindarla su honor: debía robar... Fué una revelación terrible que sonaba á infierno. Entonces comprendió aquella expresión enigmática que inflamó los ojos y resbaló luego por los labios de Alicia la última vez que hablaron. El la había dicho: «¿Cuándo te veré?» Y ella contestó: «Nunca. Cuando me traigas el collar que te he pedido». Ahora estas palabras cabalísticas resonaban en su espíritu claramente: ahora las entendía. Alicia estaba enamorada de una joya que no podía comprar, y más de una vez, pensando en ella, se puso triste; su dolor era sincero; él lo había visto. Acaso la joven, al despedirle y recordarle aquel collar, habló en broma; quizás habló en serio. ¡Quién sabe!... De todos modos, al afirmar que «nunca» se verían, expresó veladamente su convicción de que él era un cobarde que jamás llegaría á perderse por ella. Los ojos febriles de Enrique Darlés brillaban como carbunclos. ¿Y por qué no robar? ¿Por qué no mostrarse valiente y capaz de todo? Hay en el fondo de los grandes sacrificios algo superhumano que ofusca y arrastra. Si él fuese ladrón; si pagase con su audacia lo que no le era dable adquirir por dinero; si, por complacerla, perdiese su carrera, arrostrase la maldición de su padre y el rigor de las leyes, Alicia le amaría ciegamente, con aquel frenesí que Vautrin, el héroe balzaciano, inspiraba á las mujeres.

La voz que antes tronó acusadora en la borrascosa conciencia del estudiante, ahora musitaba lagotera y suave:

«Alicia, tu Alicia, sería feliz con las esmeraldas de ese collar. Si no tienes medios de comprarlo, róbalo. Eres un miserable si no robas para ella. ¿Qué te importa la opinión del vulgo? ¡Egoista! El hombre que no es capaz de ser ladrón por una mujer, puede quererla mucho, pero no la quiere ciegamente. Lo que tu Alicia desee, tú debes dárselo. No dudes, y roba; roba para ella ese collar y cíñeselo después á su cuello, cuya nieve tantas veces, en el espacio de una noche, dió frescura á tus labios...»

Estas ideas acudieron á corroborar sus impresiones más recientes: la de su visita á la sala de disección, donde vió otra vez que todo es nada, y la de aquel crimen por celos que oyó referir en la taberna. Y, repentinamente, Enrique Darlés se sintió calmado. Su porvenir acababa de decidirse: robaría. La Fatalidad, hecha carne en el cuerpo de Alicia Pardo, acababa de decretarle un camino.

Todas las tardes, al tramontar del sol, en esa hora de misterio en que los faroles comienzan á encenderse y las mujeres parecen más lindas, el estudiante salía de su casa y, por las calles de Mesonero Romanos y Carmen, dirigíase hacia la Puerta del Sol, siempre llena de una multitud desocupada y abúlica que no sabe andar. En la calle Mayor se detenía, hundiendo una mirada ávida y medrosa en la joyería, cuyo escaparate refulgente parecía una brasa.

La contemplación diaria y reposada de aquellos tesoros producía en Enrique Darlés un trastorno moral, cuya gravedad él no sospechaba. La idea de robar iba incubándose en su ánimo, obsesionándole, trocándose en resolución irreductible y desapoderada.

Para tormento suyo, aquel collar de esmeraldas que servía de reclamo á la tienda no hallaba comprador. Era demasiado caro.

Con la nariz aplastada sobre el cristal del escaparate, Enrique sufría largos minutos de angustia sin poder disuadir sus ojos de aquel abismo, precipicio de oro y terciopelo en cuyo fondo los brillantes, los topacios, las esmeraldas, las perlas, los rubíes, las amatistas, parecían las pupilas de una extraña multitud. Su imaginación, entretanto, devanaba una historia de locura. El, con su presa oculta en su bolsillo más secreto, iría á ver á Alicia, y la diría: «Toma, aquí tienes tu collar; el collar que ni don Manuel, ni esos aristócratas millonarios que conoces, han querido comprarte, te lo he ganado yo jugándome la vida. ¿Qué dices ahora?...» Y discurriendo así cerraba los ojos, creyendo que á su alrededor el aire olía á violetas. Después, cuando abría los párpados, las esmeraldas del collar, verdes y duras como las pupilas de Alicia, parecían decirle: «Todo eso, tan bonito, sucederá cuando tú quieras». Era la voz sigilosa de la tentación: voz hecha luz...

Una tarde, al recobrarse de uno de estos duraderos y profundos ensimismamientos, vió que Alicia Pardo y su amiga Candelas se acercaban. Ellas también le habían visto. Turbado, casi sin voz, el estudiante las saludó. Alicia le estrechó la mano afectuosamente, y él aspiró esta vez con más fuerza, aquel perfume á violetas que aromaba sus sueños de ladrón. La joven preguntó:

--¿Qué hace usted aquí?

--Nada... pasar el rato...

Alicia inspeccionó el escaparate.

--¡Ah, sí! ¿Miraba usted mi collar?

--Sí, precisamente...

Y al decir esto enrojeció, porque equivalía á confesar que estaba acordándose de ella. Candelas examinó al estudiante risueña. Alicia Pardo agregó cruel:

--Ya sabe usted que se lo he pedido.

--Lo sé, me acuerdo.