La cita: novelas

Part 8

Chapter 83,765 wordsPublic domain

--Y usted, ¿qué hace en Madrid?

--Estudiar...

--¡Ah, ya!... Estudiante... El protagonista de una novela que leí ha tiempo, y que me gustó mucho, era estudiante también. ¿Qué coincidencia, verdad?

Darlés, vencido por la sencillez pueril de la observación, hizo un ademán afirmativo. «Tacita de oro» continuó:

--¿Qué edad tiene usted?

--Veinte años.

--¿Sin mentir?

--Sin mentir. ¿Por qué?... ¿Acaso represento más?

--Al contrario. Representa usted menos. Yo voy á cumplir diez y nueve y parezco más vieja.

Don Manuel había desdoblado un periódico y leía la sección de Bolsa. Alicia Pardo quiso saber cómo se llamaba Darlés.

--¡Enrique!--repitió--; ¡es muy bonito nombre!...

Quedóse absorta, recordando que todos los Enriques que había conocido, y eran muchos, la fueron simpáticos. Y así, retrocediendo en su historia, llegó á los años de su infancia; años serenos, pasados en la quietud virgiliana de un pueblo, y creyó ver en Darlés, sano, inocente y tostado por el sol de la provincia, algo de lo que ella misma había sido. Fuera de sí, arrobado y boquiabierto, el estudiante la contemplaba también, como quien examina una muy excelente obra de arte.

En los pasillos resonaba un estrépito insólito de pisadas; vibraban varios timbres; una ola de espectadores invadía el patio de butacas. El tercer acto iba á empezar. Alicia y don Manuel se levantaron.

--¿Te quedas?--preguntó el diputado á Darlés.

--No; muchas gracias.

--¿Por qué?

--Porque... necesito acostarme temprano. Mañana he de madrugar.

Estaba tan cierto de que Alicia podía amarle, y era tal el empacho de ventura que esta certidumbre le producía, que necesitaba hallarse solo para disfrutarla mejor. Don Manuel añadió:

--Como gustes. Cuando quieras verme, mejor que á mi casa, donde no estoy nunca, ve á la de Alicia. Allí me encontrarás por las tardes, de seis á ocho.

Se despidieron. Al salir del palco Enrique Darlés volvió la cabeza, y sus ojos y los de Alicia Pardo se tropezaron, acariciándose mutuamente, como dándose un beso y una cita. Fué una de esas miradas terribles, trastornadoras de existencias, que los hombres suelen recibir en su juventud y luego les acompañan toda la vida.

II

Alicia pasó la tarde en su casa leyendo un libro ante el fuego de la chimenea. Don Manuel había ido á verla; disputaron y ella le despidió. Estaba nerviosísima; tenía ganas de llorar, de bostezar, de mesarse los cabellos y emprenderla á puntapiés con los jugueteros, desde cuyos frágiles entrepaños de cristal las muñecas, las figulinas de porcelana y los «bibelotes», de formas extravagantes, mostrábanle sus rostros picarescos.

Es indispensable haberse aburrido alguna vez para comprender toda la negrura, todo el silencio, todo el horror de abismo sin fondo ó de túnel sin salida, que guarda el hastío. Y, sin embargo, como la muerte es origen de vida, así el fastidio suele ser principio de acción. A veces un gran fastidio tiene el vigor de una gran voluntad. Por aburrimiento, muchos hombres de juventud libertina fueron en sus años maduros espejo de esposos, y aplicándose luego á los negocios murieron millonarios. El fastidio produce también obras de arte; Byron y Heine, de no aburrirse enormemente, no hubiesen llegado jamás á las excelsitudes de la poesía.

Aunque muy joven, Alicia Pardo sufría ya ese mal; mal de quietud que borra los linderos y apaga los contrastes. Nunca estuvo enamorada, y el egoísmo de sus amantes acabó de dar á su alma, poco inclinada á la ternura, durezas diamantinas. «Yo ya no puedo querer á nadie--decía--; me hice hombre...» Entonces, como el espíritu no sabe estar ocioso, amó el lujo; no era codiciosa ni ahorrativa, pero sí gustaba de los vestidos costosos, de los sombreros llamativos, de las piedras finas donde los rayos solares se hicieron cristal. Vivir, á su juicio, era comprar buenos muebles, estrenar trajes, exhibirse, gastar sin tasa; entre sus lindas manos, alternativamente pedigüeñas y dispendiosas, el dinero se deshacía. Tenía mucho y necesitaba más, y como pronto se aburría de lo adquirido, su caudal no aumentaba.

Aquella tarde la joven hallábase furiosa; no sabía qué hacer; tenía poco dinero y por la mañana había visto en un bazar muchas frivolidades bonitas. Había cogido un libro para distraerse, y no lo consiguió; su desasosiego persistía. ¿Por qué no ser infinitamente rica? Y hallaba clownesca esta pobre vida, donde los hombres se creen dichosos con poseer la diezmillonésima parte de lo que quieren.

Cuando Enrique Darlés llegó iban á dar las siete. Al ver al estudiante, Alicia lanzó un suspiro de satisfacción y tiró el volumen al fuego.

--¿Qué hace usted?--gritó Darlés, para quien cualquier libro era algo sagrado.

Ella repuso:

--Casi nada. Es una novela estúpida; con todo lo que nos aburre debíamos hacer otro tanto.

Enrique tomó asiento.

--¿Y don Manuel?

--Estuvo aquí un rato y se fué. O, mejor dicho, le despedí. Le aseguro á usted que estoy insoportable; quisiera reñir con todo el mundo; daría no sé qué por experimentar una emoción fuerte. Me desespero. Son los nervios, los nervios malditos, que revuelven cuanto de malo y de canallesco duerme en nosotros. Hoy es uno de esos días negros en que el bienestar de nuestros amigos nos hace desgraciados.

Interrumpióse para examinar á Darlés, quien, con su semblante barbilindo, sus ojos meridionales y sus rizados cabellos negros, mostrábase interesante y dulce como un paje.

--Soy rara--continuó--, voluble, ingrata, incapaz de poner pasión duradera en nada. Por eso, desde el primer momento llamó usted mi atención: por apasionado. Buenos ó malos, me gustan los caracteres radicales, las voluntades de hierro. En cuanto á esos temperamentos tibios y equilibrados que á todo saben amoldarse, comparados les tengo á los trajes de entretiempo, con los cuales siempre estamos mal, pues si en verano nos abrigan más de lo justo, en invierno nos resguardan bastante menos de lo necesario.

Tímidamente, Enrique Darlés se atrevió á decir:

--¿Y de dónde proviene su disgusto?

--No lo sé.

--¿Cómo?

--Lo que usted oye. A menos que...

Se detuvo, escudriñándose, y prosiguió:

--Mis palabras le sorprenden, porque es usted muy joven. Cuando tenga usted más años y con ellos más mundo, comprenderá que el origen de cualquiera de estas minúsculas contrariedades que amargan nuestra existencia no puede referirse á hechos concretos, sino que debemos reconocerlas como suma ó corolario de nuestra historia, de todo cuanto hemos vivido. Ahora, por ejemplo, nos sentimos tristes, porque antes estuvimos tristes ó estuvimos alegres. Hay, pues, en nuestras lágrimas presentes acíbares de lágrimas antiguas y también cansancio de risas pasadas. ¿Comprende usted?... No le extrañe, pues, que yo no sepa concretamente por qué me hallo hoy de tan pésimo humor.

Calló, abismándose en una reflexión que abrió sobre su gracioso entrecejo un pliegue vertical. Luego dijo:

--¿Suele usted pasar por la calle Mayor?

--Muchas veces.

--¿Recuerda usted una joyería que hay á la derecha, en la acera de los números pares, cerca de la Puerta del Sol?

El estudiante hizo un signo afirmativo.

--Pues si le gustan á usted las joyas--continuó Alicia--, fíjese en el collar de esmeraldas que ocupa el centro del escaparate. Hoy, casualmente, lo vi, y tan gran impresión me ha causado, que no puedo olvidarlo. Es magnífico, no sólo por el tamaño y clarísimo oriente de las piedras, sino por su engarce.

--Valdrá mucho...

--Quince mil pesetas.

Darlés no contestó, y sus cejas se arquearon con expresión admirativa. En su sencillez provinciana, esas cifras, enormes para la ruin poquedad de su bolsa, le inspiraban aturdimiento y pánico. «Tacita de oro» continuó:

--Se lo he dicho á Manolo...; pero Manolo es un zorro astuto, un miserablón, á quien no hay modo de comprometer en gastos extraordinarios. Ello contribuyó también á que riñésemos... Crea usted que los hombres tienen la culpa de que nosotras no seamos más fieles.

Aunque inocente en cuestiones de psicología femenina, Enrique comprendió que el torcido humor de Alicia debía de referirse á aquel tan admirado y querido collar de esmeraldas. Un deseo no satisfecho es como un alimento no digerido: al principio nos produce un vago malestar, que luego va en aumento, hasta que la indigestión estalla. Con arreglo á este símil, podría decirse que una pena es «la mala digestión» de un capricho. Ingenuamente, sin calcular que no es discreto prometer nada ni á las mujeres ni á los niños, Enrique exclamó:

--¡Si yo fuese rico!...

Hubo una pausa novelesca, uno de esos silencios durante los cuales las mujeres se deciden á todo. Bruscamente, con aquel mismo gesto de aburrimiento con que momentos antes arrojó el libro que leía á la lumbre, Alicia abandonó una de sus manecitas entre las manos huesudas, trémulas de emoción, del estudiante.

--¿Le gustan á usted mis manos?--preguntó.

--Extraordinariamente.

--Dicen que las tengo grandes.

--Al contrario, son pequeñísimas.

Examinó con arrobo la mórbida finura del carpo; las líneas caprichosas que las venas azules trazaban bajo la blancura de la piel; los hoyuelos que embellecían la primera falange de los dedos; dedos de bailarina, alhajados ostentosamente, y que concluían en uñas triangulares y rosadas. Alicia se miraba sus sortijas; en las lanzaderas los zafiros, los rubíes sanguinarios, los topacios, los diamantes hechos de luz, componían ramilletes de minúsculas florecillas inmarcesibles.

--Cuando pase usted por la calle Mayor--insistió la joven--examine bien el collar de que le he hablado. Dos collares hay en el escaparate: uno de perlas negras, y otro de esmeraldas. Me refiero al segundo; lo verá usted un poco á la izquierda, sobre un medio busto de terciopelo blanco.

La visión de las preciosas piedras verdes revivía en su memoria con tenacidad obsesionante y, al llenar su espíritu, ejercitaba sobre todas sus ideas una peligrosa tiranía centrípeta.

Eran las ocho, y Enrique Darlés se levantó.

--¿Se marcha usted?--preguntó Alicia.

--Sí; me voy á cenar.

Ella le miró de pies á cabeza y le halló esbelto, con hermosura casi infantil, dentro de su modesto trajecillo negro. Después pensó que aquella noche, en que no tenía nada que hacer, iba á fastidiarse horrorosamente.

--¿Por qué no cena usted conmigo?--dijo.

--¿Para qué?

--¡Vaya una pregunta! Para no separarnos tan pronto.

--Yo..., en fin, como usted quiera...; pero sentiría molestar...

--¡Qué tonto! Al contrario. Su conversación me distraerá. Verá usted qué pronto recobro el buen humor.

Levantóse con un movimiento rápido y elástico que hizo crujir sus faldas y extendió á su alrededor intenso olor á violetas. Apoyó un timbre. Una camarera se presentó.

--Díle á Leonor--exclamó Alicia--que tengo un convidado. El señorito Enrique cena conmigo.

Acercóse á un espejo para arreglarse los cabellos. Parecía contenta, transfigurada.

--¿Ha visto usted--dijo--el drama que estrenaron anoche en la Princesa?

--No.

--Me han asegurado que es muy hermoso. ¿Quiere usted que vayamos á verlo? Aún hay tiempo; cenaremos en seguida...

Un poco desconcertado, Enrique Darlés palpóse disimuladamente los bolsillos de su chaleco cerciorándose del dinero que llevaba, y contó mentalmente: «cinco pesetas, diez, quince...» Había lo necesario para comprar dos butacas y, á la salida del teatro, tomar un coche.

--Como usted guste--repuso, ya más tranquilo.

--Entonces, voy á mudarme de traje. Salgo al momento.

Desapareció tras el cortinaje carmesí que cubría la puerta de su dormitorio, y luego el estudiante oyó un alegre murmullo de ropas interiores que caían al suelo, de ballenas de corsé que crujían sobre un busto mimbreante, de lazos sedeños zafados apresuradamente, de armarios abiertos y cerrados con ímpetu.

Enrique Darlés hallábase sobresaltado y contento. Hacía más de un mes que conocía á Alicia. Durante este tiempo, y so pretexto siempre de ver á don Manuel, visitó á la joven varias veces y nunca, á despecho de la intimidad de estas entrevistas, se atrevió á dejar traslucir su amor; en su inocencia no acertaba á planear tan difícil conversión; y cuando Alicia, que adivinaba su inquietud, quería ayudarle dando al diálogo un rumbo confidencial, él esquivaba toda declaración, receloso de formularla torpemente y de parecer ridículo. Pero ahora sentíase más tranquilo, más dueño de sí. Sin saber por qué, sospechaba que el mal humor de Alicia le beneficiaba. Ella le retenía á su lado porque se fastidiaba, porque temía pasar la noche á solas con la imagen mordedora de aquel collar de esmeraldas que, probablemente, nunca sería suyo; y Enrique pensó que aquel collar, hecho para ceñir gargantas, podía ser el símbolo de un yugo de amor que empezaba. Después halló algo íntimo y dulce en la confianza con que Alicia se vestía á pocos pasos de él, y en la complacencia que la camarera demostró al saber que «el señorito Enrique» cenaba allí. Eran detalles nimios que alentaban su decaído ánimo y dábanle á comprender que todo aquello, si su torpeza no era mucha, podía trocarse para él en algo más recatado y exquisito que una casta y cordial amistad.

Perdido en estas amables imaginaciones, Enrique Darlés recordaba que la mayor parte de los jarifos y elocuentes protagonistas de las novelas que había leído, conocieron situaciones análogas á la que él, mísero provinciano, afrontaba en tales momentos. La luna biselada de un armario le devolvía la imágen de su cuerpo, alto y esbelto, vestido de negro, y su rostro de romántico perfil, pálido y lampiño. ¿Qué sorpresas tendría reservadas el Destino á su gran juventud?... Para distraerse comenzó á examinar los muñequillos de porcelana ó de bronce de que los jugueteros estaban abarrotados: gnomos encapuchados, perros, gatos que se miraban con una mueca de asombro en un espejo diminuto; y luego inspeccionó el reloj de mármol y los jarrones que decoraban la chimenea, y los retratos y los cuadritos de bazar, de escaso mérito pero de vistosos marcos, que cubrían hasta cerca del techo el papel verde claro de las paredes. Y Enrique pensó juiciosamente que aquellos retratos, aquellas tablitas al óleo, aquellos muebles bonitos y frívolos, eran la estela de todos los amores mercenarios que habían pasado por allí.

Llamó también su atención una rica colección de postales prendidas en un biombo japonés: representaban bailarinas, paisajes, escenas galantes; en casi todas ellas había una firma de hombre y una dedicatoria expresiva. Muchas estaban fechadas en París, la Ciudad-Sol, querida de los aventureros, otras en América, ó en El Cairo. Aquellas targetas eran como un incienso ofrecido á la belleza de la misma mujer; entre las añoranzas del destierro y bajo todos los climas, hubo para ella un recuerdo; diríase que el calor de su carne había dejado en aquellos hombres vagabundos una huella inmortal.

Alicia Pardo reapareció envuelta en una bocanada de esencia de violetas.

--¿Le he hecho esperar á usted mucho?... Creo que no. ¡Ea, pues; vamos al comedor!... Si queremos llegar al teatro á buena hora, no perdamos minuto.

La cena fué agradable y ligera: una sopa á las hierbas, dos perdices á la inglesa, unos langostinos; y de postre, tocino de cielo, mermelada de naranja y dorados plátanos.

En el teatro, Alicia y su acompañante ocuparon dos butacas de la segunda fila. Cuando llegaron, la función ya había comenzado. No obstante, la presencia de «Tacita de oro» excitó curiosidad entre el elemento masculino de los palcos. Varios gemelos convergieron hacia ella; desde el escenario, un actor aprovechó un mutis para dirigirla una sonrisa, casi imperceptible, á la que ella respondió con una inclinación de cabeza.

Estas muestras de simpatía, que suelen ser para los hombres mundanos motivo de satisfacción y vanidad, desasosiegan á los galanes jóvenes, produciéndoles, según su temperamento, emociones de vergüenza ó de celos. Por su parte, Enrique Darlés se sintió cohibido y desencentrado, y una gran ola de sangre caliente invadió sus mejillas. Ni un momento pensó en que aquellos graves caballeros, ricos y viejos, que jamás llegan á la intimidad de las cortesanas por el florido camino de la simpatía, pudiesen envidiarle viéndole bello y joven.

En el silencio del estudiante adivinó Alicia el empacho que le dominaba.

--¿Qué le sucede? ¿Tiene usted vergüenza de que le vean conmigo?

Enrique fingióse sorprendido.

--¿Vergüenza?--repitió--; ¿y de qué? Al contrario...

Y sus dedos oprimieron los de ella con ardor inefable.

Al terminar el acto el público comenzó á aplaudir; muchas voces entusiastas llamaban al autor. Alicia Pardo palmoteaba también.

--Quiero conocerle--decía.

Enrique, por complacerla, aplaudía ruidosamente. En medio de aquella crepitante tempestad de apoteosis volvió á levantarse el telón y apareció el autor. Era un hombre de aguileño perfil, á quien sus éxitos teatrales y sueltas costumbres ponían un nimbo prestigioso de talento y de escándalo. Representaba poco más de cuarenta años; pero su cuerpo flexible conservaba toda la movilidad traviesa de la juventud. Las luces de la batería le iluminaban muy bien; sonreía; tenía el gesto petulante de los vencedores. Sin dejar de aplaudir, Alicia Pardo exclamó dirigiéndose á Enrique:

--Es muy simpático, ¿verdad?... He de hacer que me le presenten. Mi amiga Candelas le conoce mucho...

Y sus largos ojos verdes se dilataban de emoción, y sobre su frente caprichosa sus cabello crespos y rojos temblequearon como una melena leonina. En aquel momento Enrique Darlés tornó á sentirse pequeño y obscuro. Nada significaba su amor en la vida voluble de Alicia. Minutos antes, mientras acariciaba sus dedos mimosos, la creyó rendida, enamorada de él; y de sopetón la veía transfigurada, fuera de sí, la loca cabeza echada hacia atrás en un gesto de donación que ofrecía al dramaturgo triunfador su garganta de nieve. Por razones étnicas, las mujeres adoran todo lo fuerte, lo que brilla, lo que arrastra...

«Si yo no estuviese aquí--pensó Darlés melancólico--, seguramente ella iría á buscarle...»

En el transcurso del acto segundo el estudiante recobró su alegría. Alicia se estrechaba contra él, soboncita y nerviosa, y sus alborotados rizos producíanle en las sienes cosquilleos eléctricos.

A la conclusión de la obra repitióse la ovación, y el autor reapareció. Enrique aplaudía tibiamente; hubo un instante en que creyó que las miradas del dramaturgo se detenían sobre Alicia con avidez. Bajo esta impresión penosa, el estudiante salió á la calle. La joven iba cogida de su brazo y temblaba de frío dentro de su elegante capa gris. La noche era desapacible; había llovido. Alicia preguntó:

--¿Dónde vamos?

Sorprendido, él repuso:

--A tu casa; tomaremos un coche...

--No, á mi casa no.

--¿Cómo?

--Vámonos por ahí. Te regalo esta noche.

Le miró sonriente, con una sonrisa prometedora y fascinante, que valía un paraíso. El recordó angustiado que apenas le quedaban diez pesetas. Para evitar los tropezones y miradas de los transeuntes, Alicia refugióse en el quicio de una puerta; tenía yertos los pies; la humedad del piso traspasaba la suela sutil de sus zapatos.

--Resuelve pronto--balbuceó--; me muero de frío.

Enrique, con una resolución que creyó muy de hombre de mundo, exclamó de pronto:

--Si quieres cenar, vámonos á Fornos.

Ella hizo una mueca de espanto.

--¡Qué horror! En Fornos me conoce todo el mundo.

--Entonces, vamos á casa de Morán.

--Menos; allí también puede haber algún amigo mío.

--A la Viña P.

--Tampoco; no me atrevo...

Y agregó, con ingenuidad cruel:

--No me atrevo porque... ¿sabes?... las mujeres nos desprestigiamos. Si mis amigos, que son hombres serios, me viesen contigo por ahí, dirían que tengo caprichos, me llamarían loca...

Enrique Darlés apenas comprendía, pero sospechaba vagamente que todo aquello envolvía una humillación para él. De repente, como quien se agarra á una idea salvadora, Alicia exclamó:

--¿Qué hora es?

--La una y cuarto.

--Pues, mira: vámonos á las Ventas ó á la Bombilla. El mismo coche que nos lleve puede traernos.

--Es... es que...

Vacilaba; no sabía cómo decir su ridiculez, la enorme, la imperdonable ridiculez, de ser pobre. Al fin decidióse á hablar, hostigado por las preguntas de Alicia, que no comprendía sus incertidumbres.

--Es que... perdóname... no traigo dinero bastante.

Ella repuso:

--¡Qué niño!... Pero si no hace falta casi nada... ¿No llevas siquiera... doscientas pesetas?

--¡Doscientas pesetas!--balbuceó Enrique Darlés aterrado--; no... no...

--¿Y cien?

--Tampoco.

--Bueno, acabemos: ¿cuánto tienes?

Enrique hubiese querido morir. Desesperado, mordiéndose los labios, replicó:

--Si apenas me quedan dos duros...

Ella lanzó una carcajada; una de aquellas grandes risas, leales y rudas, que quizá no había vuelto á tener desde que un hombre rico, al encumbrarla en el camino del pecado, la quitó la suave alegría de ser pobre.

--¿Y con diez pesetas--dijo--me proponías ir á Fornos?

Avergonzado, Enrique contestó:

--No te merezco, no soy digno de ti. Te llevaré á tu casa.

Alicia repuso, seducida por la novedad bohemia de la aventura:

--No importa; quiero que cenemos juntos; llévame á una taberna, á un cafetín económico. Me es igual...

El vacilaba; ella insistió. El temor de quedar mal contenía á Enrique.

--¿Y si la cena te disgusta?

--¡Tonto! Ahora yo no trato de «conocer», trato de «recordar». ¿Crees que siempre fuí rica?

--En tal caso...

--Sí, llévame... méteme en tu vida...

Cogidos del brazo siguieron calle abajo; sus pies caminaban al compás. El repetía febril:

--Alicia, mi Alicia...

Y al hundir sus labios blancos y trémulos entre los cabellos de la muy Deseada, parecíale que todo Madrid olía á violetas.

III

Después de aquella noche memorable transcurrieron varios días sin que Enrique Darlés hallase ocasión de ver á Alicia. Fué á su casa muchas tardes, de dos y media á tres, hora en que don Manuel nunca estaba allí. Pero Teodora no le permitía pasar del recibimiento. Unas veces «la señorita» había salido, otras estaba durmiendo ó enferma de jaqueca y no podía recibirle. El acento de la camarera era seco, desconcertante; porque si en algo conocemos el concepto malo ó bueno que una persona tiene de nosotros, es en el modo con que nos reciben sus criados. El estudiante tartamudeaba:

--¿No le ha dejado á usted ningún encargo para mí?

--No, señor; ninguno.

Y ante el semblante picaresco y reidero de la joven, Enrique sentía que su rostro se alargaba de melancolía y que sus ojos se anegaban en dolor y humildad, como los de un criado despedido. Después, como no quisiese renunciar completamente á la ilusión que allí le había llevado, murmuraba:

--Bueno; ¡cómo ha de ser! Dígale usted que he estado aquí y que vendré mañana.

Cuando bajaba las escaleras iba muy triste; aquella noción de su inferioridad que le hirió la noche en que fué presentado á Alicia Pardo, volvía á acometerle. Sí, era un vencido, un inepto, que no aportaba allí nada positivo: ni dinero, puesto que no era rico; ni gloria, pues que no era artista aplaudido; ni tampoco alegría, ya que la poca que hubo en su corazón reflexivo y sentimental se la robaban los desvíos de Alicia.

Muchos días, á la hora del crepúsculo, acudía á estacionarse en la calle Mayor delante de la vidriera donde centelleaba aquel soberbio collar de esmeraldas de que Alicia le había hablado; y unas veces iba y venía por la acera, embozado en su capa con cierto aplomo mundano, y otras parábase á contemplar la joyería, cuyos focos eléctricos envolvían á los transeuntes bajo un derramamiento gigante de luz. Allí permanecía largo rato, preso en el sortilegio de los rubíes sanguinarios, de los topacios ardientes como heridas, de las turquesas color de cielo, de las cadenas y de las sortijas, que trazaban vibraciones de oro sobre el terciopelo negro, artísticamente arrugado, que á modo de alcatifa cubría el amplio perímetro del escaparate; y en esta atracción vagarosa que las joyas le causaban, había como un presentimiento.

Entre tanto, su alma infantil pensaba:

--Si Alicia pasase, se holgaría de verme aquí.