Part 7
Llegó la tarde en que los mejores caballos de Europa iban á disputarse los cien mil francos del «Gran Premio». Una muchedumbre cosmopolita y aristocrática llenaba el perímetro enorme de Longchamps: las avenidas que conducen al hipódromo retemblaban bajo las ruedas fugitivas de millares de coches; los automóviles y los vehículos á _la Dumont_ atronaban el Bosque con el agrio clamoreo de sus trompetas; los trajes claros de las mujeres endomingadas pintaban alegres manchas rojas y blancas sobre el fondo verde de los árboles; un murmurio inmenso de voces invadía el espacio; la luz cegaba; en el cielo azul las banderas tricolores flameaban brillando jubilosas bajo la caricia fulgurante del sol.
La prensa de aquella mañana había soliviantado el ánimo de la multitud que frecuenta los hipódromos. Varios periódicos, entre ellos _Le Journal_, apostaban por _Rick_ y recordaban su historia; aquella historia sin derrotas por la que mereció ser llamado «el primer caballo de Francia». En cambio, el diario _Les Sports_ votaba por _Cromwell_ y publicaba su retrato. Esto enardecía al público, y sobre el _turf_ de Longchamps las apuestas se multiplicaban, equilibrándose.
Ante el palco del presidente de la República, y bajo el ávido mirar del mundo elegante de las tribunas, los caballos iban y venían inquietos, mirándose con ojos recelosos y ardientes, esperando entre azorados y coléricos el momento del combate.
A lo largo de la cuerda la multitud se apiñaba impaciente, codeándose, levantándose curiosa sobre las puntas de los pies. En lo alto de los coches que ocupaban el centro del _turf_ oscilaba una muchedumbre de sombrillas blancas y bermejas; la brisa, al ceñir al cuerpo de las mujeres los finos trajes vernales, dibujaba indiscreta ampulosidades llamativas.
La aparición de _Cromwell_ fué saludada con nutridos aplausos por un grupo de ingleses. Juan Thom, impávido bajo su gorrilla roja, paseó sobre aquellos millares de cabezas una mirada de indiferencia y desdén, y apenas correspondió á la sonrisa confortante que Marta y su padre le dirigieron desde una tribuna. Sus piernecillas, metidas en prietos calzones blancos de punto, oprimían como en un crispamiento el lomo soberbio del caballo; el busto blandengue se encorvaba dentro del prestigio de la blusa sangrienta, cuyo arrebatado color exageraba la demacración amarillenta del rostro.
Juan Thom estaba triste. En aquellos últimos días, y bien á despecho suyo, había pensado mucho en _Rick_: él recordaba que su querido caballo, la víspera de las grandes carreras, se mostraba impaciente, sobresaltado, como si le mordiese un presentimiento. Entonces era cuando él le acariciaba, le decía palabras amistosas, le explicaba que estaba enamorado de Marta y que necesitaba á todo trance casarse con ella. Pero aquella unión rara y dulce pasó, y los que fueron como hermanos, ahora, por un vaivén clownesco de la suerte, eran enemigos.
Un problema terrible atenaceaba en tales momentos el alma del jockey.
--Si gano la carrera--pensaba--me caso con Marta y aseguro mi porvenir, mi felicidad. Pero si _Cromwell_ vence, _Rick_, que es mi pasado, mi historia y también mi presente, pues lo que soy no es más que el reflejo de lo que fuí, queda deshonrado... y ya no será tenido por «el mejor caballo del mundo...»
Y, por primera vez, dentro del alma genial de Juan Thom, el artista y el hombre se encontraron frente á frente.
Los franceses, á quienes disgustaba tener á su jockey favorito combatiendo á Francia sobre un caballo inglés, le dirigieron algunos denuestos; y el pequeño Thom, impasible y pálido como un muñeco de cera, consideraba que quienes le inculpaban tenían razón y que la lucha que iba á emprender bajo los auspicios del pabellón británico era una falta de patriotismo. Desde la tribuna primera, Ana María, espléndida, vistosísima entre la nieve de su sombrero y de sus encajes, le saludaba recordándole lo prometido.
Un grupo de corredores se acercaba. Tras ellos iba Rick, solitario, inquieto, aislado de todos por su poderosa personalidad. Al ver á su antiguo jinete, el noble caballo relinchó, y su relincho extraño parecía decir que aquella tarde la historia gloriosa de uno de los dos quedaría rota. Los ojos de Juan Thom se llenaron de lágrimas.
Ya los jockeys habían sido pesados. La carrera iba á empezar. El juez de salida, el de campo y el de llegada, ocupaban sus puestos. Los espectadores se estrechaban á lo largo de la pista, poniéndose sobre las puntas de los pies, estirando el cuello, no queriendo perder ningún detalle de aquel instante, breve y magnífico, del «arranque». En la amplitud verde del hipódromo la muchedumbre osciló como una ola inmensa.
El momento había llegado. Los jockeys, vestidos unos de amarillo, otros de azul, ó de verde ó de rojo, procuraban domeñar la impaciencia fugitiva de sus cabalgaduras para colocarlas en la misma línea. Pero la operación era difícil, porque los ardientes animales no sabían estarse quietos. Poco á poco, sin embargo, iban reduciéndolos á la obediencia. Hubo, al fin, un momento en que el juez de salida creyó que estaban bien formados. Entonces vibró una campana: los caballos partieron...
Al principio, todos avanzaron juntos, formando una masa palpitante y terrible. Corrían con el vientre cerca del suelo, los ollares hinchados por la cólera, los cuerpos alargados y como dislocados en una contorsión tetánica de todos sus músculos. Los jockeys, en pie sobre los estribos para pesar menos, les estimulaban atacándoles sañudamente con las espuelas y golpeándoles con sus fustas rellenas de plomo.
Pero en seguida comenzaron á distanciarse: uno de ellos, al arrancar, se amorró demasiado y rodó por el césped; otro, cuyo jinete trató de «hacerle el juego» á un compañero, se despistó y quedó fuera de combate. Los demás continuaron.
Bien pronto _Rick_, que había tomado la cuerda, ocupó la delantera, huyendo con aquel correr suyo poderoso y tranquilo, como el vuelo de las águilas. Junto á él iba _Cromwell_, menos corpulento que su enemigo, pero corajoso y ardiente como _Al-Borak_, la yegua hadada que llevó á Mahoma, en el espacio de una noche, desde la Meca á Medina...
La lucha entre ambos animales, verdaderos modelos de energía y de voluntad, era asombrosa. En el segundo tercio de la carrera, Juan Thom, que se había limitado á impedir que _Rick_ se le adelantase, alzóse sobre los estribos y comenzó á fustigar furiosamente las ancas de su cabalgadura; sus espuelas cruzaron los hijares palpitantes del animal de líneas rojas. _Cromwell_, enardecido por la cólera del dolor, aventajándose á sí mismo, adelantó más... más...
Durante algunos segundos, _Cromwell_ y _Rick_ pelearon sin sacarse ventaja, y sus jockeys sentían el calor magnético de los millares de miradas que les perseguían acosadoras. Momento magnífico. Iban pálidos, sudorosos, jadeantes, medio ahogados en la velocidad asfixiante de la carrera. Al fin, y bajo la fusta incansable de Thom, _Cromwell_ avanzó... avanzó lentamente... semejante á un águila que volase á ras de tierra...
Un grito formidable atronó el espacio.
--¡Pierde _Rick_!--exclamaron millares de voces--¡_Rick_ pierde!...
Francia iba á quedar vencida; los ingleses aplaudían. Juan Thom miró de reojo y vió junto á su rodilla la querida cabeza de su caballo, que parecía llorar despidiéndose de él para siempre, en la vergüenza irremediable de la derrota. Aquella mirada inteligente y desesperada traspasó el alma del jockey; Juan Thom pensó lo que hacía estaba mal hecho, porque iba á destrozar la larga historia triunfal de _Rick_, y _Rick_ no era responsable de que Ana María quisiera rehacer su fortuna, ni de que él se hubiese enamorado de Marta, ni de que la dote de Marta fuese tan pequeña...
Una vez más el artista vencía al hombre, y entonces Juan se olvidó de sí mismo, de su amor, de sus treinta mil francos... y echando el cuerpo fuera de la silla lanzó aquel alarido extraño, gutural que hacía á _Rick_ invencible.
Los dos corredores enfilaban el jalón de distancia plantado cien metros antes de llegar á la meta.
--¡Gruiiii!--gritó el jockey--¡gruiiii!...
Y _Rick_, fuera de sí, bebióse la brida y brincó, dejando atrás á _Cromwell_, arrastrando así sañudamente por el suelo, como si fuese un cuerpo muerto, todo el porvenir de Juan Thom.
No obstante, aquella tarde, al volver de Longchamps entre la curiosidad de la muchedumbre que le miraba con un poco de lástima, la frente triste del pequeño Thom era noble y altiva como la de un rey.
Madrid.--Mayo, 1909.
EL COLLAR
I
Había terminado el primer acto, y Enrique Darlés, llevado de su curiosidad provinciana, descendió al _foyer_. Quería asimilarse pronto el alma grande y abigarrada de la urbe, ver muchas cosas, afirmar su personalidad ante la renovación de tantas emociones nuevas, sentir cómo todo Madrid iba pasando bajo la suela de sus zapatos andariegos.
Momentos antes, desde su vulgar asiento de «paraíso», el teatro Real, con su amplio patio de butacas y sus palcos anegados en la llovizna fulgurante de centenares de lámparas eléctricas, habíasele ofrecido cual un raro jardín; especie de ramillete enorme donde los cintillos diamantinos que adornaban las femeniles gargantas, gotas de rocío parecían detenidas sobre pétalos monstruosos de sedas, de terciopelos joyantes y de epidermis desnudas. La intensidad de este espectáculo fué tan cautivadora, que apenas si logró percatarse de lo que la orquesta y los artistas iban diciendo. Las impresiones visuales derrotaban en su ánimo toda otra emoción, y miraba sin saciarse nunca. Aquel pensil humano exhalaba una fragancia extraña, un vaho adormecedor y sensual á esencias de heno, de jazmines, de musgo y de violetas parmesanas, á carnes bien lavadas, á finas ropas interiores. Y en el fondo del cuadro luminoso, resplandeciente como una apoteosis de opereta, las mujeres, con sus talles mimbreantes, sus hombros impúdicos expuestos á la voracidad analítica de los gemelos, sus semblantes risueños, embellecidos por esa placidez de expresiones que da la riqueza, sus cabecitas cuidadosamente peinadas, sus manos enjoyadas, que movían abanicos de plumas ante las gasas de los escotes...
Ganoso de examinar de cerca este mundo, Enrique Darlés descendió al _foyer_. Allí se detuvo, un poco avergonzado de sí mismo. Por primera vez hallaba ridículos su sombrero hongo pasado de moda, su trajecillo negro que le daba aspectos de seminarista, sus brodequines viejos y mal lustrados. Su corbata flotante, anudada con negligencia estudiantil, también era fea. A su alrededor pasaban hombres correctamente vestidos, con elegantes fracs de floridas solapas y levitas de impecable severidad, y damas que arrastraban majestuosamente la albura de sus faldas de moaré y de gro por la alfombra mullida y bermeja. Era aquella una sinfonía magistral de sedas, de brocados, de pieles fastuosas, de finos tarsos vislumbrados tras el misterio perverso de las medias caladas, de aderezos esplendorosos y de pulseras tintineantes, cuyos dijes repetían la canción de su oro sobre la morbidez armiñada de los antebrazos.
Aturdido, sin saber justificar su presencia allí, Darlés adelantóse á examinar un busto de Gayarre; busto broncíneo, de cabellos cortos y revueltos y enérgica actitud, que recuerda la figura de Otello. Una mano se apoyó familiarmente en su hombro. El joven volvió la cara.
--¡Don Manuel! ¡Qué sorpresa!
Era un caballero de mediana estatura, recio y un poco calvo. Representaba cincuenta años. Una crespa y abundante barba rubia cubría sus mejillas abultadas y felices, llenas de sangre. Vestía de levita. Sobre su nariz epicúrea, ancha y corta, temblaban unas gafas de oro.
--¡Muchacho!--exclamó--; ¿tú por aquí?
Muy colorado, sin saber por qué, Enrique repuso:
--He venido á ver esto...
Inconscientemente, con ese respeto que cuando niños aprendimos á tener á los amigos de nuestros padres, se había quitado el sombrero, que sujetaba con ambas manos á la altura del pecho. Además, don Manuel era diputado. Pero el prohombre le obligó á cubrirse.
--¿Y qué haces en Madrid?
--Estudiar.
--¿Derecho?
--No, señor: Medicina.
--¡Buena carrera! ¿Qué año cursas?
--El preparatorio.
Sonrió avergonzado. Comprendía que sus respuestas eran demasiado lacónicas y que no sabía hablar; y experimentó con más fuerza que antes la vejatoria sensación de hallarse mal vestido. Don Manuel miraba á su alrededor y había en su gesto impertinencia y desenfado. A cada momento murmuraba: «Estoy esperando á uno...» Luego reanudó su vaneo con el estudiante, interrogándole por su padre y por el cacique del pueblo. Invariablemente, á cada nueva interrogación, Enrique Darlés contestaba: «Todo está igual, todos siguen bien...» Y el diálogo volvía á interrumpirse.
Don Manuel preguntó:
--¿Vives en casa de huéspedes, verdad?
--No, señor.
--¿Cómo?
--He alquilado, en la calle de la Ballesta, un pisito tercero interior, que me renta trece pesetas mensuales, y como en una taberna de la misma calle.
--Veo que sabes vivir; así te ahorras el lidiar con patronas. Cuando conozcas bien Madrid, no habrá quien te haga volver al pueblo. Madrid es muy hermoso. Aquí, teniendo dinero, un hombre listo se divierte mucho.
Con ese tono confidencial que los necios y soplados adoptan para admirar á los individuos que estiman inferiores, don Manuel añadió:
--Mira: tú no eres un niño; yo, ¡qué diablos!... tampoco he llegado á viejo; por tanto, y ya que ese amigo á quien esperaba no viene, podemos hablar libremente. Yo... ¿comprendes?... tengo... un quebradero de cabeza...
Enrique hizo un signo afirmativo.
--Alicia Pardo, ¿la conoces?
--No, señor.
--Es muy popular entre la aristocracia de buen humor. Una hermosura espléndida. En el Casino la llamamos «Tacita de oro».
Repentinamente la expresión de sus facciones cambió: los ojos brillaron glotones y alegres; acentuóse el color congestivo de las mejillas y dió media vuelta sobre sí mismo, acariciándose la barba y ajustándose bien sobre la frente el sombrero de copa, con la petulancia del fatuo que se supone admirado.
El agudo y sostenido repiqueteo de unos timbres anunciaron que el segundo acto iba á empezar. Los espectadores refluían hacia el salón, y en la soledad del _foyer_, bajo la claridad blanca de los focos eléctricos, el busto de Gayarre parecía más alto. Don Manuel exclamó:
--Sígueme; te presentaré á mi amiga.
Y, refiriéndose á una mirada despavorida del estudiante, agregó:
--No importa que tu traje no sea de etiqueta. Te quedas en el antepalco.
Echó á andar con paso firme, preocupado en dar á sus movimientos soltura y flexibilidad juveniles. Sin responder palabra, Enrique Darlés le siguió, á un mismo tiempo gozoso y turbado.
Penetraron en una platea. Don Manuel murmuró:
--Bien, ¿eh?, hasta luego; desde aquí puedes oirlo todo.
Enrique no contestó; la representación había comenzado, y en el silencio hierático de la sala triunfaba el coro de una de esas dulces óperas italianas, cargadas, para todos nosotros, de recuerdos de infancia. Darlés levantó ligeramente uno de los pesados cortinajes que defendían el antepalco. De espaldas á él, y acodada sobre la barandilla de la platea, había una mujer joven, vestida de blanco. Las firmes caderas ondulaban lascivas bajo la brevedad pueril de la cintura; los hombros eran redondos y de armoniosa anatomía; sobre la nieve de la nuca desnuda, los cabellos rubios, casi rojos, fingían tonalidades leoninas; dos esmeraldas enormes temblaban, como gotas de ajenjo, en el rosado lóbulo de las orejas diminutas. Enrique Darlés advirtió que don Manuel y Alicia cambiaban algunas palabras. Seguidamente, ella volvió la cabeza con un movimiento curioso, lleno de gracia, y el estudiante recibió en los ojos el choque de dos pupilas grandes, verdes y luminosas, como animadas esmeraldas. Fué una mirada breve, pero inquisitiva y penetrante, que se resolvió en una expresión de desdén.
Tembloroso y con las mejillas abrasadas en rubor, Darlés dejó caer la cortina y fué á refugiarse al fondo del antepalco. Al principio quiso huir de allí, mas luego cambió de opinión, pareciéndole que marcharse sin despedirse era poco correcto. El creía que se fastidiaba, pero, en realidad, lo que tenía era miedo. No obstante, esperó. Lentamente el hechizo musical de la ópera fué invadiéndole, librándole de su propia conciencia. Desarrollábase uno de esos poemas románticos, completamente líricos, donde las figuras lo son todo: el ambiente, el marco que rodea á los personajes, lo objetivo, no existían allí. Temblaban sobre el suave y acordado plañir de los violoncelos gemidos de quebranto; apuntaban los violines agudos gritos de rebelión y arpegios de ufanía, y sobre el poema orquestal, rico, proteico, multiforme, como una alma, alzábase la voz del tenor, persuasiva y caliente, desgarrándose en un lamento inconsolable.
Enrique tornó á levantarse y á separar tímidamente los cortinones del antepalco. Su movimiento quedó inadvertido. Alicia estaba de espaldas á él, suspensa en el hechizo hadado de la representación, y su emoción fingía deslizar por entre sus omoplatos un estremecimiento de carne rosa. Alrededor de los cabellos, la intensa reverberación blanca de la sala prendía un nimbo tornasol. Repentinamente Enrique Darlés tembló; antes los ojos de la joven habíanle parecido dos esmeraldas, y ahora las esmeraldas que brillaban bajo la hoguera de sus cabellos creyó que le miraban como dos pupilas. Pero esta idea absurda duró poco; la orquesta languidecía en un «ritornelo» doloroso, y á lo largo del «motivo» capital las frases musicales se desgranaban abundantes, resbalando en escalas cromáticas, desde los tonos tiples á los más graves, alcanzándose, flagelándose, confundiéndose luego todas en un acorde de angustia inmensa. Y en aquel treno grandioso había abatimientos de desilusión y zozobras de esperanza, cansancios y anhelos, muecas y risas; la vida, en fin, trágica y filante, que se retorcía en la amargura de todo cuanto fué y ha de ser.
Enrique volvió á sentarse; una pena sin nombre oprimíale la garganta y sintió deseos punzantes de llorar. Su pasado y su presente desfilaron por su espíritu en velocísima visión cinematográfica. Su padre era viejo y tenía una botica que apenas le redituaba para mal vivir; y él, terminada su carrera de médico, debería regresar al pueblo, monótono y odioso. Allí, trabajando para devolver á sus progenitores cuanto de ellos recibió, marchitaría sus años mozos; ilusiones de amor, curiosidades de artista, lo más excelente de su alma allí quedaría enterrado. Luego se casaría y tendría hijos; después... su existencia trazaba un larguísimo camino recto, sin ondulaciones ni altibajos, perdido en la monotonía de un desierto. Saber lo que será de nosotros dentro de diez, de veinte, de treinta años, ¿hay algo más horrible?
El pobre estudiante se mesó los cabellos, y sus ojos se arrasaron en lágrimas. El hubiera querido ser rico, no tener familia y hallarse expuesto á los zarpazos, generosos en poesía, de lo imprevisto. Sin duda por sus venas corría sangre de conquistadores, de aventureros esforzados que realizaron hazañas preclaras y murieron en lejanos climas, y aquella estirpe belicosa dejó en él, con la afición al peligro, la melancolía infinita de acercarse á la vejez sin haber hecho nada diferente de lo que todos los hombres hacen todos los días. Terminar una carrera costosa, aburrida y difícil, para más tarde ganar un jornal, una mujer y un rincón: una casa pobre donde hay tantos palacios, un amor donde laten tantas pasiones, un jornal miserable al lado de tantas fortunas...
Y, excitado por la música, la pena absurda de Enrique Darlés estalló en sollozos.
Acabó el segundo acto y don Manuel y Alicia Pardo entraron en el antepalco. Al ver á Darlés, los habladores ojazos verdes de la joven llenáronse de sorpresa.
--¿Cómo? ¿Estaba usted llorando?
Antes de que el estudiante pudiera contestar, repitió, dirigiéndose á su amigo:
--¿No te parece? ¡Estaba llorando!
Enrique, avergonzadísimo, dijo:
--No sé... me hallaba distraído. Pero, sí... es posible...
Ella repuso sonriendo:
--Tiene usted novia, ¿verdad?
--No... no, señorita.
--¿Y entonces?
--Es que siempre... ¡tonterías!... sin saber por qué, como á las mujeres histéricas, la música, aunque sea mala, me pone triste.
--¡Es raro!... A mí, no.
Don Manuel, sanguíneo y macizo, significó con un alzamiento de sus hombros cuadrados que aquello carecía de importancia, y les presentó; y Enrique sintió en su diestra ardorosa la mano fría y suave--nieve y terciopelo--de «Tacita de oro». Después los tres se instalaron sobre el mismo diván. Alicia quedó colocada entre los dos hombres. Don Manuel sacó su petaca.
--¿Quieres?--dijo.
--Muchas gracias.
--¡Buen chico!--exclamó el diputado--; no tiene vicios.
Alicia interrogó:
--¿Qué, no fuma usted?
--No, señorita...
--¡Sí que es usted raro!... Pues yo, fumo.
Enrique Darlés bajó los ojos, ruborizándose de nuevo. Comprendió que aquel detalle agravaba la ridiculez de su traje; las mujeres, generalmente, gustan de los hombres que fuman; para ellas el tabaco suele ser el perfume mejor. Tuvo hacia sí mismo un movimiento de rabia; de buena gana, para recobrarse ante Alicia, hubiese apurado, uno tras otro, cuantos cigarrillos, egipcios ó turcos, llevaba don Manuel en la petaca; pero ya era tarde; la oportunidad, esa gran hechicera que da mérito y gracia á todas las cosas, había pasado.
La joven, con desenfado perfectamente inglés, había cruzado una pierna sobre otra y fumaba tranquilamente, apoyada contra el respaldo obscuro del diván. Esta vez, alrededor de sus cabellos diabólicos, el humo del cigarrillo, subiendo parsimonioso en la quietud del ambiente, tejía un halo azulino. Darlés la observaba, aunque de reojo. Tenía aguileño el semblante, la nariz respingueña, la boquirrita sangrienta y cruel; bajo la frente pequeña, dura, llena de instintos egoístas, los largos ojos verdes miraban con imperio y fastidio: era una expresión fría, taladrante, sondeadora, que no revelaba piedad. Un hilo de menudas perlas ceñía su garganta mórbida y rosada; ardían sus dedos, de uñas puntiagudas, bajo el incendio de las sortijas. En la euritmia de su escultura, en el acordado ritmo de sus actitudes, en todos los pormenores y perfiles de aquella adorable muñeca, Enrique Darlés, á pesar de su inocencia provinciana, adivinó un alma ególatra, una de esas voluntades sin emoción, reconcentradas en sí mismas, que jamás sintieron la melancolía.
Don Manuel, con ese buen humor petulante de los hombres sanos y ricos, poseedores de una mujer bonita, exclamó:
--Conque, dí, Enrique: ¿qué te parece mi «Tacita de oro»? ¿A que no viste en nuestro pueblo cara igual?
Y agregó triunfante:
--Además, no me cuesta mucho. Cuando nos conocimos, la pregunté:--«¿Qué quieres de mí?» Y me contestó:--«Que me abones á una platea del Real» ¡Casi nada! Mil trescientas y pico de pesetas por catorce funciones. Y aquí nos tienes. La pobrecilla no es exigente.
A las palabras del diputado, Darles no contestó; se lo impedían la emoción, la novedad de aquel mundo, que ni aun de referencias conocía; mundo descarrilado y amoral en que, como en arte, sólo la belleza tiene precio, y donde hay mujeres calculadoras que se dan por un palco.
Alicia Pardo, entretanto, observaba á Enrique, y la franqueza rectilínea de su mirada tenía desenfado azorante. Habíanla interesado su mucha juventud, la ingenuidad de sus respuestas, la corrección apolina de sus facciones, las tonalidades obsidiánicas de su rizosa cabellera meridional, la bravura negra de los ojos ardientes y curiosos en la tersura efeba del rostro, fácil al rubor; y más que todo esto, la emotividad de aquel espíritu artista á quien la música arrancaba lágrimas. Alicia, que sólo vió á los hombres llorar por celos, ó por motivos aún más bajos y ruines, encontraba en el llanto de Enrique Darles algo exquisito y estupendo. Y por su cabecita, llena de curiosidades, pasó la idea de que sería muy raro y muy dulce dejarse amar por un muchacho así.
De repente exclamó: