Part 6
Inmóvil y pálido como una figura de cera, Juan Thom replicaba guiñando los ojillos.
--Ese es un don que no se adquiere en ninguna parte. Yo no «estudio» al caballo que voy á montar: yo lo «adivino»...
Hablaba de _Rick_, que era su pasión, su orgullo: describía su complexión, su color, la expresión de su mirar, su aliento soberano.
Para distraer á sus interlocutores y convencerles de que los mejores caballos son los alazanes obscuros ó tostados, refirió una historia que oyó contar, siendo niño, á su amo y maestro don Pedro del Real.
Decía la leyenda que cierto _cheik_ ciego iba guiado por su hijo, huyendo de un tropel de furiosos enemigos. «--Hijo--preguntó el _cheik_--, ¿qué caballos montan nuestros perseguidores?--Caballos blancos, padre.--Entonces, llevémosles por donde haya sol, porque bajo el sol se derretirán como si fuesen de nieve...» Transcurrieron así varias horas, pasadas las cuales tornó á preguntar el _cheik_: «--Hijo, ¿cómo son los caballos que oigo galopar detrás de nosotros?--Son negros, padre.--Pues procura llevarlos por terreno áspero, porque á fuer de casquiblandos se romperán los cascos en el suelo...» Pero luego, como sintiese el anciano jefe que el estrépito de sus acosadores resonaba más cerca, volvió á informarse con inquietud del color de los caballos que montaban, y al saber que eran alazanes exclamó: «En tal caso, lo mejor es ocultarnos y dejarles pasar. De lo contrario, somos muertos».
--Y así es _Rick_--concluyó Juan Thom--como esos caballos árabes que corren sin sudar, durante todo un día, bajo el sol del desierto.
Proseguían charlando hasta las nueve y media ó las diez de la noche, hora en que el jockey, que necesitaba madrugar, se retiraba. Al marcharse, el tabernero, más afectuoso que antes, le acompañaba hasta la puerta, mirándole con ojos de enternecimiento y simpatía que parecían decirle: «No crea usted que he olvidado la conversación que tuvimos una tarde: mi hija y yo pensamos en usted».
Una noche el señor Gustavo y Marta invitaron á Juan Thom á cenar; los dos parecían preocupados y hablaron poco. A los postres el bordelés preguntó:
--Diga usted, amigo Juan: ¿usted tiene mucha confianza en _Rick_?
--Tengo más confianza en él--repuso gravemente el jockey--que en mí mismo.
Hubo un largo silencio que desconcertó á Thom. Aquella pregunta inesperada acababa de precipitarle en un abismo de dudas. Los dos hombres se miraban, fumando sus pipas: Marta leía un periódico. El señor Gustavo fue quien habló primero:
--¿_Rick_ no ha sido vencido nunca?
--Jamás--repuso Thom, cuyos ojuelos llamearon de soberbia.
--Es que el mejor caballo, en un momento cualquiera puede flaquear... despistarse...
--¡Pero éste no!--interrumpió Thom orgulloso y magnífico--: yo respondo de él. ¡_Rick_, bajo mis rodillas, es invencible!
En aquel instante el pequeño jockey aparecía transfigurado y mejorado: su perfil simiesco temblaba de emoción colérica. Marta había dejado de leer y fijaba en él una mirada rectilínea de curiosidad y de sorpresa.
El señor Gustavo descargó un formidable puñetazo sobre la mesa, y levantando mucho la voz, en una sincera explosión de generosidad:
--Pues, si es así--dijo--, Marta juega los quince mil francos de su dote á _Rick_... ¡Y se casan ustedes!
Un livor cadavérico cubrió las mejillas pecosas y enjutas del jockey, y mortal temblor sacudió su pobre cuerpo enano.
--¿Es verdad, Marta?--balbuceó--¿es verdad lo que dice el señor Gustavo?
Y la joven, sonriendo apenas, repuso:
--Sí, señor Thom: mi padre lo ha dicho... Juan Thom sintió que la emoción le ahogaba: el agradecimiento y la alegría arrasaron sus ojos en lágrimas y rompió á llorar.
--Gracias--tartamudeaba--, muchas gracias... Ya soy feliz... ya no dudo... ¡Marta será mía!...
Calló y, sin saber qué hacía, se puso de pie; pero en seguida tuvo que sentarse. Estaba deslumbrado: ante sus ojos acababa de pasar una gran luz.
VI
Las carreras del «Gran Premio», que se disputa sobre el _turf_ de Longchamps, despertaban aquel año extraordinario interés. Se hablaba de una apuesta de quinientos mil francos pendiente entre el conde Narciso y un _sportsman_ inglés dueño del _Cromwell_, que había ganado el premio «Diana» y era tenido por el corredor más fuerte de los hipódromos británicos. Los periódicos de sports aseguraban que la lucha entre _Cromwell_ y _Rick_ sería emocionante: era la primera vez que aquellos dos corredores, hasta entonces invencibles, iban á medir sus fuerzas. Muchos inteligentes votaban por _Rick_; otros, en cambio, decían que las facultades del llamado, por antonomasia, «el primer caballo de Francia», iban declinando, mientras _Cromwell_, más joven que su glorioso enemigo, alcanzaba la plenitud de su vigor.
Juan Thom, por su parte, no dudaba de la victoria, y á solas en la caballeriza con _Rick_ le abrazaba y besuqueaba hablándole de su próximo combate, donde era necesario vencer, porque de ello dependía su boda con Marta.
--¡Si supieses cuánto la quiero!... Esa mujer puede hacerme dichoso, _Rick_; ayúdame á lograrla. ¿No te gustaría á ti verme contento?
Enternecido por sus propias palabras, el jockey sentía que su amor hacia _Rick_ desbordaba, trocándose en gratitud honda y jugosa; _Rick_ le escuchaba derribando las orejas hacia atrás, bajando la cabeza para que su jinete le rascase la frente; y luego alzaba el cuello poderoso, con un resoplido de ufanía.
De repente y como por ensalmo, la adversidad vino á destruir los planes de Juan Thom. A principios de Abril, mes y medio antes de verificarse las carreras del «Gran Premio», falleció el conde Narciso, y su hijo y heredero, con quien meses atrás el pequeño Thom había tenido un disgusto, despidió al jockey.
Aquella noche, Juan refirió llorando al señor Gustavo la desgracia que le abrumaba. Estaba fuera de sí. La pérdida de _Rick_ le enloquecía, no porque el pan fuese á faltarle, pues el amo de _Cromwell_, apenas supo lo ocurrido, le mandó llamar, sino porque él amaba á _Rick_ y parecíale que con éste le quitaban la historia de todos sus triunfos. En aquellos primeros momentos de pesadumbre desgarradora, el jockey no hablaba de su porvenir ni de su amor hacia Marta: sólo hablaba de _Rick_, que era su pasado; pasado magnífico, glorioso como una selva de laureles.
--Yo lo he visto nacer--decía llorando--, yo lo he amaestrado como ningún otro caballo lo fué... ¡es el fruto de todos mis estudios!... Sin él mi fama se derrumbará, porque ya he perdido las ganas de trabajar, y seré uno de tantos...
Era ya tarde, y el señor Gustavo, apenas se marcharon los últimos parroquianos, cerró la taberna. Después puso sobre la mesa del jockey tres «dobles» de cerveza, encendió con aire preocupado su pipa, y sentado á horcajadas en una silla, esperó. Marta observaba á Thom sin comprenderle, hallando un poco ridícula aquella pasión de artista. Pero las lágrimas del jockey habían emocionado el corazón meridional del tabernero.
--No hay que desesperarse--dijo--. ¡Trueno de Dios!... Usted, por lo visto, es de los hombres que naufragan en un buche de agua.
--¿Yo? ¿Porqué?... ¿Acaso no tengo motivos para desesperarme? ¿No comprende usted que este accidente destruye todos mis planes?...
--A eso voy. Yo le prometí á usted jugar á Rick los quince mil francos de la dote de Marta...
--Sí, señor.
--Pues yo no me arrepiento jamás de lo que ofrezco; de modo que si no los juego á _Rick_, los jugaré á _Cromwell_... Vaya... ¿está usted contento?...
Juan miraba al suelo sin contestar. Las palabras generosas del tabernero no parecían haberle alegrado. El señor Gustavo continuó:
--Yo tengo en usted confianza inmensa y me parece que no perderemos la apuesta, ¿eh?... Diga usted, creo que no la perderemos...
Hubo un silencio, durante el cual Marta miró ahincadamente al jockey, como subrayando con los ojos lo que acababa de decir su padre. Juan Thom permanecía inmóvil y callado; estaba muy colorado, su respiración era un jadeo, sus ojuelos azules se dilataban en el círculo de sus pestañas rojizas. Temblaban sus mejillas pecosas. Aquel silencio, que parecía disimular una duda, alarmó al tabernero.
--¿Usted ha visto á _Cromwell_?
Maquinalmente el jockey replicó:
--Lo he visto.
--¿Qué edad tiene?
--Siete años.
--¿Y es realmente un animal magnífico?
--Soberbio.
--¿Lo montará usted á gusto? ¿Se siente usted capaz de vencer con él?
Hubo otra pausa. El pequeño Thom se oprimía las manos una contra otra, haciendo crujir los dedos.
El tabernero se impacientó. Una nube de desconfianza sombreó su frente.
--Porque, debemos hablar clarito--exclamó--; si usted no está seguro de ganar... ¡qué diablos!... ¡no hay nada de lo dicho!
Y Marta, que sin duda pensaba con zozobra en que los quince mil francos de su dote podían perderse, agregó suavemente:
--Yo también soy partidaria de esperar; ¿no le parece á usted, señor Thom? Tendremos paciencia.
Estas palabras cautelosas de prudencia y desamor sacudieron el cuerpecillo del jockey, que miró á Marta fieramente. La joven parecía resignada, y la serenidad de su actitud ratificaba la decisión de su padre. Juan Thom sintió que aquel último baluarte de su felicidad se le escapaba también, y su orgullo de jinete y su cariño hacia Marta le devolvieron su vigor derrotado.
--Pueden ustedes apostar por mí--exclamó--; y no hablemos más de esto. ¡_Cromwell_ vencerá!
Vacilante, el tabernero se atrevió á objetar:
--¿Y si se equivoca usted?
--No, señor.
--Sería horrible que usted, llevado de su buen deseo...
El jockey le interrumpió con un gesto vertical y magnífico de emperador.
--Repito que no me equivoco--dijo--; yo sé lo que prometo. _Cromwell_ vencerá.
Durante los cuarenta días que faltaban aún para la celebración del famoso concurso hípico que marca la dispersión de la aristocracia parisina hacia las estaciones balnearias, Juan Thom dedicó todos sus afanes á la educación física y moral de _Cromwell_. Era un caballo negrísimo y de alzada gigantesca, fino de extremidades y de cuello; su cabeza, fea y grande, tenía un extraordinario poder; al andar había en todo su cuerpo un vaivén de agilidad suprema. El pequeño Thom pasaba los días junto á él, estudiando su condición, acostumbrándole á sus mañas, adiestrándole en aquellos esforzados ejercicios que mayor elasticidad y entereza podían dar á sus músculos, corrigiendo cuidadosamente la calidad de sus piensos. De noche, antes de acostarse, también iba á verle, mimándole, hablándole, procurando voluntariamente dedicarle aquel gran cariño paternal que sintió por _Rick_. Y había en este esfuerzo algo del empeño inútil que ponen las madres en consolarse, con el hijo que les queda, del hijo que se fué.
También trató de enseñarle aquel grito de guerra que hizo á Rick invencible:
--¡Gruiiii!... ¡Gruiiii!...
Pero este avatar misterioso no despertaba en _Cromwell_ ninguna emoción. El jockey que desbravó á _Cromwell_, y pasaba por ser uno de los mejores caballistas de Inglaterra, ¿poseería también algún golpe ó palabra que tuviese la capacidad de desbocarle?... Esto era imposible averiguarlo, pues tales secretos los jockeys no se los dicen nunca, y Juan Thom se alivió considerando que el grito que trastornaba á _Rick_ nadie lo sabía tampoco.
No satisfecho con perfeccionar las excelencias físicas y morales de su nuevo caballo, el veterano jockey, aprovechando cuantos detalles pudiesen cooperar al buen éxito de su empresa, construyó una fusta especial, á la vez ingrave y durísima, y mandó fabricar una silla que apenas pesaba dos libras y cuyas acciones de lana y seda tejió él mismo: y, finalmente, sometióse á nuevos masajes y á severísimos ayunos. Bien pronto apareció más pequeño, más flaco; su busto se encorvó; acentuóse la canal de su nuca; sus mejillas terrosas, maculadas de pecas, tenían la palidez de los cadáveres; su cabeza chata y puntiaguda de simio llegó á ser repugnante. Una tarde Juan Thom comprobó alegremente que pesaba menos de cuarenta y cinco kilos.
En la taberna del señor Gustavo no se hablaba mas que del «Gran Premio». La misma Marta parecía emocionada, como si aquello fuese más que un asunto de interés, una cuestión de amor propio. Todas las noches, después de cenar Thom, los novios hablaban un ratito. El señor Gustavo, para no estorbarles, cogía un periódico y se sentaba al otro extremo del establecimiento.
--¡Trueno de Dios!--pensaba--, bueno es que los muchachos vayan acostumbrándose el uno al otro.
Pocos días antes de las carreras, Marta se mostró más efusiva, «más mujer» que nunca.
--Mi padre--dijo--ha visto á _Cromwell_ y está entusiasmado; le gusta más que _Rick_.
Y añadió confidencial, bajando la voz:
--Creo que, en lugar de quince mil francos, va á jugar veinte mil; todo lo que tiene. Si él llegase á decirle á usted algo, yo ruego á usted que no se dé por enterado.
El jockey hizo un ademán de asentimiento; estaba embelesado; aquella súplica inocente le había parecido dulce como una caricia. El, por su parte, vació en Marta su corazón.
--Yo también apostaré á _Cromwell_ todas mis economías: treinta mil francos. No es mucho... pero... ¡no tengo más!...
Ella, cariñosamente, le llamó «ambicioso». Con cincuenta mil francos y un poco de orden podían abrir una taberna, ó una tiendecita de sombreros para señoras, y vivir tranquilos.
--Yo--concluyó--aprendí cuando niña el oficio de sombrerera y me gusta mucho.
Oyéndola Juan Thom entornaba los párpados, sintiendo que á la felicidad se la ve mejor con los ojos cerrados.
Luego, tímidamente:
--¿Por qué no nos vamos á España, á un pueblo...? ¡Oh! Tengo tantos deseos de vivir en el campo...
Marta le interrumpió, y hubo en la seca displicencia de su gesto una gran crueldad.
--No, eso, no. A mí no me gusta el campo, no piense usted en el campo. Yo no quiero salir de París.
Cuando Juan Thom se fué, la joven le acompañó hasta la puerta.
--Adiós, Marta; mañana vendré temprano.
--Adiós, señor Thom.
El se alejaba, volviendo á cada dos ó tres pasos la cabeza, y ella le saludaba con la mano. Al fondo de la calle había un farol, traspuesto el cual ya se perdía de vista la taberna. El jockey lo sabía y allí se detuvo. La luz caía aplomo sobre él, poniendo un nimbo lechoso á su figurilla mezquina y ridícula. Marta sonreía. Nunca el pequeño Thom la había parecido tan feo.
VII
Juan Thom consultó su reloj; las ocho; hora de cenar. Sin perder momento cerró cuidadosamente el armario de luna y miró á su alrededor, cerciorándose de que todo, dentro de su pulcro gabinete de soltero, quedaba limpio y ordenado. En el recibimiento recogió su sombrero, que acostumbraba á encajárselo bien sobre el occipital, como hacía en los hipódromos con su liviana gorrilla de jockey, y salió. Comenzó á bajar la escalera; sus pies calzados con botas de charol, pies enjutos, pequeños como los de un niño, rozaban delicadamente los peldaños alfombrados.
Al llegar al portal le entregaron una tarjeta roja con filetes dorados, que olía á heliotropo. En el fondo bermejo y satinado del cartoncillo aparecía en caracteres blancos, de la más fina escritura inglesa, un nombre de mujer: _Ana María_.
--Esta tarjeta--dijo la portera--debe de haberla traído la misma interesada. ¿La conoce usted?
El jockey alzóse de hombros, ingenuo y desdeñoso.
--No recuerdo.
--Vamos, señor Thom, no sea usted hipócrita...
A la insinuación maliciosa de la portera, sonriente, el diminuto Thom opuso un gesto escéptico y triste.
--Demasiado sabe usted que las mujercitas no me preocupan.
--Ya lo sé, señor Thom...
Y al reconocerlo así, la buena mujer, que había tenido varios hijos, suspiró y miró á su inquilino con esa sincera piedad que inspiran á las madres de familia los hombres que llegaron á viejos sin haber sido amados. Agregó:
--Si quiere usted esperar á esa señora... dijo que volvía en seguida, que tuviese usted la bondad de aguardar un poco...
Juan Thom examinaba la tarjeta perplejo, con ese aire idiota que adquiere el semblante del hombre á quien le dan á leer un libro escrito en un idioma que no comprende.
--No sé...--murmuró suspirando--no sé... ¿Y si tarda?
En aquel momento penetró en el portal, llenándolo con el frufruteo perfumado y alegre de sus faldas, una mujer alta y rubia, hermosa, con hermosura imponente y llamativa, bajo las alas ondulantes, artísticamente complicadas, de un enorme sombrero blanco. Una blusa color salmón, con mangas transparentes de encaje, ceñía apretadamente su busto magnífico, á la vez flexible y pomposo. Tenía los ojos azules y grandes, la nariz corta; en el óvalo del rostro carnoso, «maquillado» como el de una actriz, los labios retocados exageradamente de carmín, pintaban un clavel sangriento. Avanzó resuelta, segura de agradar.
--¿El señor Thom?...
--Servidor de usted.
--Esta tarde tuve el honor de dejarle mi tarjeta... deseaba hablar con usted.
--Estoy á sus órdenes, señora; si quiere usted molestarse en subir á mi cuarto...
Ella le examinaba curiosamente, sorprendida de que aquel hombrecillo, que en los hipódromos parecía llevar á la Fortuna bajo las rodillas, fuera, visto de cerca, tan mezquino y tan feo.
--No--dijo--, podemos dar un paseo: mi automóvil nos llevará adonde usted guste.
Salieron. En la esquina más próxima esperaba el automóvil de Ana María; un soberbio «Renault» pintado de amarillo, trepidante, amenazador en el nimbo rojizo de sus focos encendidos. La joven subió la primera, y al apoyar su pie sobre el estribo, todo su cuerpo espléndido tuvo una larga oscilación voluptuosa. Cerca de ella se acomodó Juan Thom; sus pies apenas tocaban al suelo; en la amplitud del vehículo, el pequeño jockey, con su rostro anémico y flaco y su sombrero metido hasta el cogote, daba la impresión de un niño enfermo.
El «Renault» de Ana María rodaba silencioso y pausado sobre los densos pneumáticos de sus ruedas.
--¿Hacia dónde quiere usted ir?--preguntó la joven.
--Me es igual--repuso Thom cortésmente--; dirija usted.
--No... porque no querría turbar el plan que se hubiese usted trazado para esta noche. ¿Usted no ha cenado todavía?
--No, señora.
--¿Quiere usted cenar conmigo?
El jockey iba á responder afirmativamente, pero la imagen de Marta, con sus ojos grandes y honrados, revivió de súbito en su memoria y aquel recuerdo le intimidó y turbó como una acusación. Empezó á balbucear:
--Con mucho gusto... sí... pero... me había comprometido... una familia, con la que no tengo confianza, me espera, y...
La aventurera comprendió; lo único que puede separar á un hombre de una mujer, es otra mujer... y sonrió, hallando muy cómico que el pequeño Thom estuviese enamorado.
--Es igual--dijo--; otra noche será. ¿Dónde le aguardan á usted?
--En la calle de... Es muy lejos; más allá de Neuilly...
--No importa; para los automóviles no hay distancias.
Sus dedos finos y blancos, ricamente enjoyados, repicaron frívolos sobre los cristales delanteros del vehículo. El _chauffeur_ volvió la cabeza, y sus ojos negros, llenos de vehemencia moza, miraron á la joven osadamente, cual si en ellos persistiese aún la impresión de haberla visto desnuda alguna vez... en una noche de aburrimiento quizás...
Ana María gritó:
--¡Hacia la puerta Maillot!
Después, volviéndose confidencial hacia el jockey, agregó:
--Lo que necesito comunicarle se dice pronto; yo creo que llegaremos á entendernos...
Rápidamente demostró conocer la historia artística de su interlocutor durante aquellos dos últimos años. Juan Thom sonreía, asombrado y contento. Ella le citó nombres de caballos célebres, le habló de _Rick_ y de sus éxitos más notables; su conversación fácil, en la que barajaba familiarmente nombres de jockeys y de _sportsmans_ célebres, probaba que Ana María conocía perfectamente la vida íntima de los hipódromos. Las carreras de caballos la exasperaban, y en ellas había disipado y rehecho su fortuna varias veces. Aquella pasión insensata la arrebató sus amantes más generosos, que la dejaron, cansados de malgastar dinero. El año anterior había perdido cerca de medio millón de francos. También habló de _Cromwell_.
--El objeto principal de mi visita--añadió--es saber, pero con fijeza absoluta, si usted está seguro de triunfar con _Cromwell_ en las próximas carreras del «Gran Premio».
El rostro de Juan Thom adquirió bruscamente una expresión cerrada, impenetrable.
--No puedo--dijo--dar á su pregunta ninguna contestación concreta. Todos los jockeys peleamos sobre el _turf_ con absoluta buena fe; usted lo sabe... Hacemos cuanto podemos, cuanto sabemos... pero no es lo mismo tener «la esperanza» de vencer, que «la seguridad» de vencer...
Ana María le interrumpió con una sonrisa callada, suave, acariciadora como el roce de un terciopelo.
--Todas esas son «palabras...», señor Thom, y yo no me doy por satisfecha con tan poco. Necesito y merezco saber más. Sea usted franco; no tema usted. Yo soy la querida del marqués de Laverie... el propietario de _Cromwell_.
La sorpresa agudísima que crispó las facciones del jockey dibujó sobre los labios acarminados, lascivamente prometedores, de Ana María, una nueva sonrisa.
--Ya ve usted--concluyó--que no está usted tratando con una persona extraña.
Prosiguió hablando con aquella voz persuasiva y blanda--voz de alcoba--rica en desmayos y cadencias de amor, que tan alto y penetrante merecimiento daba á sus palabras. Ella estaba resuelta á jugarse en las próximas carreras todas sus economías: ciento cincuenta mil francos. ¿Pero, á cuál de los dos principales corredores? ¿A _Cromwell_... á _Rick_?...
Había cogido entre sus manecitas hadadas la diestra flaca y dura del jockey.
--Prescinda usted por un momento--murmuró--de su orgullo de jinete. Ya sé que pido mucho... Los artistas, y usted lo es, antes que hombres son artistas... Pero no olvide usted que, si es usted bueno para mí, yo sabré ser muy indulgente y muy generosa con usted...
Calló para mirarle de frente, y en sus largas pupilas azules había un infinito de amor. El pequeño Thom tembló y sus mejillas pecosas se colorearon ligeramente, Balbuceó:
--Siga usted...
--Yo necesito saber--continuó Ana María--si _Rick_ ha sido invencible porque usted lo montaba, ó si, por el contrario, usted ha sido invencible porque montaba á _Rick_. Si lo primero, yo apuesto por _Cromwell_; si lo segundo, apuesto por Rick.
Había rodeado con uno de sus brazos semidesnudos el cuello delgado de Thom, y le atraía hacia sí, ofreciéndole apoyo y generoso descanso en la ampulosidad de su seno odorante y magnífico. Transtornado Juan Thom, iba á condenar á Rick, pero se contuvo.
--_Rick_--dijo--vale mucho.
--¿Y vencerá?
--No, señorita. Vencerá _Cromwell_.
--¿Por qué?
--¿Y para qué quiere usted saber la razón?... Conténtese usted con estar segura de que la victoria será mía... nuestra...
Y repentinamente, como si tuviese prisa en quebrar aquel hechizo sensual en que la joven iba envolviéndole, añadió:
--Yo tengo novia, señorita... y mi novia, con quien pienso casarme este verano, juega toda su dote á _Cromwell_.
Esta confesión varió el rumbo del diálogo, cual si á partir de aquel instante la imagen de Marta se hubiese instalado entre ambos interlocutores separándoles. Fué la conversación leal, íntima, sin asomos sensuales, de dos amigos que se unen para realizar un buen negocio.
--¿Ganaremos, señor Thom?
--Ganaremos, señorita; no lo dude usted. El automóvil se detuvo. Ella preguntó:
--¿Hemos llegado?
El jockey miró al través de los cristales y reconoció aquel farol desde donde se perdía de vista la taberna de Marta.
--Sí--repuso--, hemos llegado.
Apeóse del vehículo, y sus manos esqueléticas estrecharon cordialmente las manecitas cariñosas de Ana María.
La joven exclamó:
--Después del «Gran Premio» búsqueme usted. Quiero que su mejor regalo de boda sea el mío.
VIII